jueves, 3 de febrero de 2011

El espejo de Szeged. III



En Other Voices, Other Rooms, la primeriza novela que en 1948 publicara Truman Capote, éste ya desde el título recreaba un tema tópico de la narrativa: el de la otredad. La presencia en el ámbito de la narración, de los personajes que por ella pululan, de una sombra, de un lugar y un tiempo otros. En cierto modo inasibles, pasados. Pero cuya presencia difusa posee una suerte de realidad, de sentido, que el presente, por el contrario, no alcanzaba nunca a colmar.

Es en el pasado donde ocurrió todo, vamos descubriendo a medida que la novela avanza. Una suerte de catástrofe anterior, una suerte de colapso último en la vida de los personajes, el cual ocurre en otro tiempo, otro lugar, el que por fin explica el sordo drama en que su vida se desarrolla ahora. Qué sino el desvelamiento del pasado y de sus voces le da voz por fin a esta especie de silencio obsceno, esta cargante ausencia en que su vida se ha convertido ahora. Recordando la advertencia que otro novelista, esta vez Lawrence Durrel trazara en su Cuarteto: "en el pasado, es decir, irremediablemente".

En un determinado paraje de la novela, Randolph, el irónico y desgraciado artista que habita en la casa de los pantanos, revela a Joel una historia asombrosa. Es la historia de los habitantes de la casa, del hombre del cuarto de arriba y la muer del vestido rojo. Es la suya propia y Joel comprende que nunca su amigo volverá a tener más realidad que ahora que está contando el pasado. Que éste carece de redención y que no va a volver a nombrarse como ahora se nombra.

En ese momento surge un espejo en la novela. Randolph se contempla de pronto en un espejo. Y la escena cobra un carácter de instante único, momento irrepetible del conocimiento que, seguramente, no volverá a acontecer.

- ¡Qué tortura tan sutil sería destruir todos los espejos del mundo! - dice entonces Randolph.- ¿Dónde buscariamos entonces la confirmación de nuestra identidad? Te lo aseguro, querido, Narciso no era un egoista. Era simplemente uno de nosotros que, en su indestructible aislamiento, reconoció, al ver su imagen, al único camarada hermoso, al único amor inseparable...

Un golpe en la puerta interrumpe la escena del espejo. Nunca volverá a tener lugar la revelación.

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