Fotografías
nómadas. El mapa de Armenia,

A mediados del
siglo XX el mapa de la diáspora armenia es muy extenso, difícilmente
reproducible. Llega por una parte hasta el otro lado del Océano, a Argentina, Mexico o
Nueva York. O, en torno al exilio en Europa, a Bulgaria, Rumanía, la llanura moldava, Grecia,
París… Encontramos empresas armenias en la antigua Persia, en Siria, en los
puertos rusos del Mar Negro, la remota Cachemira...
No era nuevo. La historia recordaba entre otras la
temprana emigración hacia Cilicia, tras la invasión de los turcos selyucidas;
la creación del barrio armenio en Jerusalén en el siglo IV; la retirada del sha Abbas I en
1064 frente a los ejércitos otomanos, que causó la muerte de unos 300000 exiliados,
se dice, en el paso del río Aras, obligados a acompañarle en su marcha hacia
Isfahan. Una noticia sobre la publicación de los primeros libros impresos en
armenio destaca que estos – Urbatagirk o Libro del Viernes, o
Sagmosahran o Libro de los Salmos – estaban editados en Venecia
hacia 1512. La misma noticia recuerda que: “Se fundaron imprentas armeníes en
Venecia, Estambul, Milán, París, Marsella, Leipzig, Londres y San Petersburgo”,
estas últimas ya en el siglo XVIII.

Enmarcada en una
tradición de emigración de los armenios desde su país natal, estos habían
constituido colonias en las ciudades de Levante desde el siglo XVII. Pero
también compañías de comercio – los conocidos “New Julfa Merchants” entre otros, bajo el dominio de
los iraníes – en lugares tan distantes como la India o San Petersburgo. O, se
nos dice en otro lugar: “Kabul, Herat, Qandahar, Marsella, Venecia, Génova,
Moscú o Ámsterdam”. Un pasaje de El libro de los susurros recuerda esta tradición comercial en la
infancia del narrador, en la ciudad de FoÇsani:
“Los caminos
recorridos por los convoyes eran largos. Los mercaderes esperaban sus
mercancías en los puertos, las ordenaban en los almacenes de Alepo, Tabriz o
Tiflis y luego se ponían en camino por rutas más resguardadas vía Odesa y Lvov.
Algunos bajaban hasta Suceava, donde había ferias de ganado y, desde allí,
atravesando la cordillera, tomaban el camino de Viena. Otros llegaban hasta las
brumosas regiones del mar del Norte”. En una prolija enumeración, Varujan Vosganian apuntará los rótulos de los comercios armenios que él recordaba, en los mercados o en los muelles: "Los rótulos de los comerciantes armenios suponían un viaje infinito por los caminos del Oriente: A LA INDIA te invitaba la tienda de comestibles de Ervant Krikor; a EGIPTO tentaba, también entre coloniales, Michael Arichian; EL BÓSFORO lo recordaba Chircor Diyabarkirian y EL CÁUCASO Aram Maniginian. Y luego ARABIA de Nisan Ovanisian, BUHARA de Nubar Papazian o CEILÁN de Dicran Balian".

Una referencia
frecuente a la diáspora recoge la noción del antiguo mapa de Anatolia como un
lugar que ha quedado vacío a finales del siglo XIX. (A Waste Land,
en muchas de las crónicas de la época). Escribir esta historia era, por
ejemplo, para el historiador Erik Jan Zürcher, especialista en el Imperio
Otomano, como “dibujar figuras en un paisaje vacío”.
Miré las
montañas, y vi sólo nieve,
Sobre los
montes, y nubes rotas,
Más allá, sólo
el cielo gris,
Y alrededor de
todo, sólo un país vacío.
Se lamentaba en
el poema “Mi destino” el escritor Tlgadintsi, contemporáneo de las masacres en
su ciudad, Kharput, en 1915.
(Él mismo sería asesinado al poco tiempo). Esta desolación, esta
diáspora mantenida desde finales del siglo reflejaba su melancolía frente a una
historia tradicional de la región, sostenida hasta la Edad Media, en la que,
como nos recordaba el Steven Runciman historiador de las herejías medievales:
“Dios trajo el Arca a reposar sobre las pendientes del Ararat; y Armenia,
entonces elegida para ser la cuna de la Humanidad, permaneció durante
incontables siglos como el centro del mundo Antiguo”. (Los valles de la región del lago Van serían, en su minucioso estudio, el lugar de refugio y la permanencia de tradiciones y comunidades maniqueas, paulicianas, monofisitas o incluso mazdeístas, que resurgían de pronto en las aldeas tras largos siglos de persecución y silencio. Pero también recuerda cómo, en tiempos de la formación de la antigua iglesia: "El centro de la iglesia armenia había sido trasladado hacia el norte, lejos de los peligrosos confines de Siria, cuna de tantas herejías, dentro del valle de Araxes, más allá de Ararat y Valarshapat").

El relato armenio acumularía los términos de "Yeghern" - el crimen o catástrofe; "Abrilian Yeghern" - el crimen de abril; o "Aghed" - catástrofe, el más usado-, para aludir a esos años del final del Imperio otomano. “El fin de la
deportación es la nada” le había confesado un wali turco al alemán Franz
Werfel, testigo de las masacres y autor más tarde de una leída novela en su
época, Los 40 días del Musa Dagh sobre las matanzas a las que
había asistido. (Un término anterior, repetido por los historiadores, aludiría a las "masacres hamidianas", provocadas por Abdul Hamid II entre 1894 y 1896). Cuando la guerra mundial hubiera acabado, en 1920, y con ella el Medz
Yeghern – o Gran Crimen- el doctor Riza Nun, ministro otomano de Asuntos
Exteriores, frente a las demandas occidentales, recomendaría que ¨las reliquias
y restos de los monumentos de Ani – la antigua ciudad de las 1000 iglesias,
capital del reino medieval de los bagrátidas- sean borrados de la faz de la tierra”.

Algunos relatos posteriores recogen esta
dispersión de los armenios, y la profusión de lugares y nombres y fechas. La
descripción – velada, contada apenas, como en voz baja – de los parajes de las
familias que han sobrevivido a las deportaciones del primer tercio de siglo XX
es prolija. Nombran ciudades como Ereván, Tesalónica, Adana, Plovdiv, FoÇsani,
Sochi, Esmirna o Sebastopol. Otros relatos son más imprecisos porque no hay
exactamente ciudades en ellos. Aluden a regiones despobladas como Mesopotamia,
los puertos de Anatolia, la provincia de Sopheni, la llanura moldava y el
destino final del siniestro campo de Deir-el-Zoz en Siria, en el desierto que
lo circunda, o por fin, acabada la guerra, los gulag de Siberia.
El eco de la gran deportación – el Medz
Yeghern – perduraría durante mucho tiempo en la región. En una novela sobre
su infancia en Bakú, - “Los Días del Cáucaso”- la azerbaiyana Banine,
posteriormente exiliada en París, recordaba cómo a sus juegos infantiles en una
villa cercana al Mar Caspio asistía a veces una pariente lejana, Tamara, de
origen armenio. Al pronto, comenta, se convertiría en el sujeto pasivo de una persecución
constante por parte de sus primos – que sin saberlo quizá reproducían el clima,
y la memoria de una época. (Ella, la bella Tamara, sin embargo, siempre volvía
a la merienda familiar).
“En días de
fiesta, jugábamos a las matanzas armenias, juego que preferíamos a cualquier
otro. Ebrios de pasiones racistas, inmolábamos a Tamara en el altar de nuestros
odios ancestrales”. La prima armenia, que regresa al jardín y nada dice, le
cuenta a la novelista en otro momento que sus primos Said y Alí han inventado
para ella otro juego en los invernaderos, que se llama “las violaciones
armenias”, mezcla de ingenuidad y de una oscura crueldad infantil. Los estudios de fotografía habían comenzado a proliferar. De regreso
del veraneo al Bakú de sus ricos padres petroleros la escritora comenta:
“Condenada también la reproducción de figuras humanas (por el Corán), aún así,
los fotógrafos no daban abasto, y los musulmanes se hacían retratar de perfil y
de frente sobre fondos de parques pintados o cortinajes tumultuosamente
drapeados”. Entre los fotógrafos, recuerda, abundaban los armenios. En la región, el escritor Essad Bey - cuyo nombre era en realidad el del judío Lev Nussimbaun- recordará asimismo el papel de aquéllos, perseguidores a veces y perseguidos tantas otras, en la caótica ciudad de Bakú, antaño próspera y en donde al final de la guerra bolcheviques, tropas turcas, alemanes y rusos blancos luchan por sobrevivir - en una región que quedará finalmente desalojada de sus antiguos comerciantes. (Años más tarde en su melancólica "Fuga sin fin", el relato de Joseph Roth sobre un vagabundeo por una Europa que ha perdido sus antiguas referencias, éste describirá un Bakú adonde se conservan los muelles, pero donde ya no llegan barcos que no sea algún transporte local).
Estas historias
de los armenios, según las releemos ahora, son muchas veces historias de la
disolución. Todo lo que se nombra se está desvaneciendo en ellas. Las casas que
habitaban en tiempos o la iglesia a la que acudían al rezo, o a charlar en los
patios. Los parientes que nombran, cercanos o más remotos. Los negocios, las
costumbres. Las montañas natales o los puertos en los que comerciaban. Los
muebles o las joyas. Los aperos de trabajo o los libros familiares… Todo lo que
se nombra ha sido trastornado y los propios armenios han sido exterminados en
una gran parte. Las imágenes sustituyen progresivamente en el relato, sostenidas en las páginas, a las
personas que, en cambio, se desvanecen.
“En El libro
de los susurros las fotografías sustituyen a menudo a las personas vivas.
(…) Los armenios, colocados en su círculo cada vez más menguado, cuando
desaparecía alguno, para no romper el círculo ponían en su lugar una
fotografía. Por eso, en las regiones de origen, en el triángulo formado por los
tres lagos, Van, Sevan y Urmia, (…) la fotografía suponía, de alguna manera, el
presentimiento de la muerte”.

La fotografía
ambulante y la difusión de estudios en las calles de las ciudades levantinas se había
extendido desde la segunda mitad del siglo XIX. Una tradición que se remonta
a la década de los 50 recoge las noticias y las primeras imágenes
estereoscópicas del paisaje armenio como un escenario en ruinas. Entre ellas
las de los restos de Ani, la legendaria capital medieval del reino de los
Bagrátidas- abandonada desde el siglo XVIII- como un símbolo de la devastación
de la antigua Armenia. El viajero Lynch, que recoge más tarde estos restos,
hablará de: “Las torres desmoronadas y las iglesias de la antigua fortaleza
(como) las melancólicas señales de la ruina progresiva de los habitantes
armenios”.
La ciudad vacía
había sido conquistada por los seléucidas ya en 1064, quienes “después de un
asedio de 25 días ocuparon la ciudad y mataron a gran parte de su población”.
El relato de un testigo, recogido por el historiador árabe Sibt Ibn al-Yamazi,
contaba cómo: “El ejército entró en la ciudad, masacró a sus habitantes,
saquearon y quemaron, dejando todo en ruinas y tomando prisioneros a todos los
que quedaron con vida”. Una pequeña población marginal se mantuvo entre los
muros durante el siglo XVII. Hasta que es abandonada en su totalidad en el
siglo siguiente.

De la obra del
fotógrafo armenio Ohannes Kurdjian, que había recogido hacia 1880 los restos de
la fortaleza en una vasta colección estereográfica, se nos comenta en algún
lugar que: “Ani, en esencia, presentaba unas ruinas sin ninguna
redención”. La
publicación de estas imágenes, que muestran siempre unos edificios en ruinas, o
a los escasos habitantes que vagan entre los restos de un derruido monumento,
aparecían en revistas como la británica The Graphic, en torno a 1876,
con una clara intención elegíaca. No era una recreación de los edificios del
presente. Sino el signo, siempre melancólico, de un pasado desvanecido. Y con
él, los ominosos augurios de la destrucción de Armenia. (El fotógrafo Ohannes, perseguido por las autoridades rusas en Yerevan, se instalaría más tarde en las Indias Orientales Holandesas, en donde abriría el próspero estudio O. Kurdjian & Co., conocido por sus tarjetas coloniales y retratos de la aristocracia local).
Figuras de la
disolución: El relato del exterminio está lleno de alusiones y figuras que se
pierden, es impreciso a veces. Muchos de los personajes que se nombran han
desaparecido en algún momento del relato. A veces se ignora el final. Los
escenarios han cambiado: el mapa más o menos reconocible de la población
armenia a principios del siglo XX ha sido transformado en un mapa de la
diáspora. (Hasta llegar a FoÇsani, recuerda Vosganian, la historia de sus abuelos "Arranca de Adana, Van, Afion-Karahisar y Constantinopla. Pasó por los desiertos de Mesomotamia, entre cadáveres abandonados a los lados de los caminos o flotando hinchados de agua (...) por los puentes mugrientos de los buques y por orfanatos, entre equipajes hechos a toda prisa").

Mucho tiempo
después, una bibliografía extensa ha recogido, ya desde la distancia,
la historia de la persecución y la dispersión del pueblo armenio, que culmina después de la
Primera Guerra Mundial. Existía alguna descripción primeriza de la última
década del siglo XIX, como la del periodista George Hepworth (“A través de
Armenia, a caballo, se examinan las causas y efectos de las recientes
matanzas”) . Las notas del viajero James Bryce hacia
el monte Ararat en 1876 – “Transcaucasia and Ararat: Notes on a Vacation Tour
in Autumn of 1876”-. O la temprana producción hecha en Hollywood, “Ravished
Armenia”, de 1919, dirigida por Óscar Apfel. (Muchos años más tarde, en 2015, el belga Francis Alys elaboraría en la frontera turca un melancólico cortometraje que titularía The
Silence of Ani, rodado en la devastada meseta).
Algunos relatos
posteriores, como los de Stefan Zeromski, Franz Werfel o Arnold Toynbee, se
remontan también a la primera mitad del siglo XX. Otros
son mucho más inmediatos, como los estudios de Raymond Kevorkian, Noah
Berlatsky. Incluidos los filmes de Atom Egogan o los hermanos Taviani: “Ararat”
del 2002, o “La masseria delle allodole” del 2007, sobre la novela de la
armenia Antonia Arslan. . Un artículo reciente, de la escritora Haiganush Dzhezarlian, escrito ya desde la Bulgaria de este siglo- en 2015- recuerda "la vida de sus padres en la ciudad de Van, sus actividades cotidianas y sus contactos con otras comunidades como los kurdos o los turcos antes del genocidio". Para más tarde apuntar "las terribles vicisitudes que mi madre y mi padre experimentaron antes de que se asentaran y encontraran refugio en la ciudad de Varna". Bulgaria, como describirá el sefardí Ángel Wagenstein en su novela "Lejos de Toledo", situada en la ciudad de Plovdiv, era un refugio final de las comunidades armenias, kurdas y turcas. Pero también sefardíes y griegas. Antes de la segunda guerra mundial, en donde al principio los nacional-socialistas y más tarde las tropas soviéticas terminarán con esta tradición secular.

Entre estos relatos tardíos figura El Libro de los Susurros, crónica de los armenios del siglo XX del
escritor Varujan Vosganian. Es una crónica de recuerdos, nombres y lugares que se
desvanecen. Es una narración dispersa, interminable. (“Aunque el libro parece
autobiográfico no se trata en realidad de mis recuerdos. Son de mis abuelos, de
los ancianos armenios de mi infancia o quizás más antiguos todavía“)
En él figuran historias en voz baja, personajes apenas aludidos,
ciudades que ya no se nombran… Cuando, cuenta en el libro, los mayores bajaban
la voz en casa el autor, un niño todavía, sabía que estaban hablando de lo
velado y que ningún extraño debía oírlo. Los armenios susurran, recuerda. El
relato es una crónica de ausencias, de recuerdos a medias, de sobreentendidos.
“Esta historia
que nosotros llamamos El libro de los susurros no es mi historia. Empezó
mucho antes de los tiempos de mi infancia, cuando se hablaba en susurros (…) Y
no empezó en el FoÇsani de mi niñez, sino en Sivas, en Diyarbakir, en Biltlis,
en Adana y en la región de Cilicia, en Van, en Trebisonda, en todos los
valiatos de la Anatolia oriental donde nacieron los armenios de mi infancia”.
En medio de esta
crónica de la devastación, de la disolución de los lugares y las fechas, la
fotografía a veces acude como una vaga certeza de lo que ha sido. Su práctica,
común en las familias de la ciudad y los pueblos, se erige como un deseo de
permanencia, un instante detenido en medio de la desolación cotidiana.
“Indudablemente, el espejo con memoria en los años 1850 del autor
americano Oliver Wendell Holmes, la fotografía era pensada para realizar una
sólida y durable impresión de lo que era efímero y fugaz”. De
la citada ciudad de Van, ampliamente reproducida desde mediados del siglo XIX
por los viajeros de la región, primero en grabados muy difundidos, y a partir
de un momento en fotografías, se nos dice en algún lugar, tajantemente:
“Fotografías y grabados de la ciudad vieja son doblemente preciosos porque Van
ya no existe”. Para añadir más adelante: “Su destrucción total por los turcos
durante la defensa de la ciudad por la población armenia ha sido ampliamente
documentada”.

La fotografía
imponía en ocasiones su presencia física como parte de su eficacia simbólica.
Así, seguía citando David Low:
“Los pasajes de
Tlgadintsi y Rendell Harris a los que me he referido emplean los motivos
fotográficos para diferentes objetivos, y son tan sugestivos como fotografías y
como objetos físicos, clavados en las paredes y sostenidos entre las manos, con
unas funciones domésticas, permitiendo a los emigrantes mantener una presencia
en la casa familiar de la que estaban ausentes”. En otros casos, la fotografía sostendrá su
carácter de evidencia frente a lo que estaba sucediendo. Como en la actuación
del médico alemán Armin T. Wenger, el cual comienza a extraer imágenes de los
campos de refugiados durante sus viajes por el Oriente Medio, desde un destino
militar inicial en Estambul. “A pesar de las prohibiciones, realiza centenares
de fotografías de los campos de deportados, (…) envía cartas a Alemania,
escribe un diario, recoge apuntes y se arriesga a hacer llegar a su destino
parte del material”. Ineficaces las misivas que envía – entre otros al
presidente Wilson, o al propio Hitler más tarde-, su diario aparecerá publicado
– inútil al fin- en 1919 bajo el título “El camino sin retorno. Un martirio en
cartas”.
En sus fotografías había desaparecido totalmente cualquier intención simbólica. Ni imagen alegórica ni evocación a una otra parte que no se nombra. Eran imágenes directas de aquello que recogían, sin más simbolismo. Eran las imágenes de la matanza y la deportación. Su autor fue obligado a abandonar Turquía al pronto y, denunciando más tarde la persecución a los judíos alemanes, pasó por varios campos de concentración, antes de poder abandonar Alemania en la guerra.

En una ocasión,
por lo menos, la fotografía había sido no sólo la huella simbólica de lo
perdido, sino la última marca física de ello. Así cuando el pastor evangélico
Rendell Harris, testigo en 1897 de las primeras deportaciones en las
provincias, recordaba en sus cartas cómo:
“Una sola cosa
encontré que había escapado a la destrucción. Dentro de las paredes de una casa
en ruinas, en el segundo piso, estaba clavada una fotografía … Era de un grupo
de trabajadores armenios en una factoría de Worcester, y había sido
indudablemente enviada por algún emigrante afortunado a sus parientes”.
Era, comentaba el pastor, el último resto de una aldea que había sido
devastada. Y con ella, la memoria de sus habitantes. (“Estas huellas
espectrales, las fotografías, constituyen la presencia vicaria de los parientes
dispersos”, nos recordaba al principio de Sobre la fotografía, la
escritora Susan Sontag).

Algunos viajeros
tempranos habían ya recogido en sus imágenes la noción de un paisaje de ruinas-
como una presentación de un escenario ausente, de otro momento, en el que los
restos apenas indicaban su existencia disminuida. El fotógrafo Thompson, que con
su cámara había elaborado un amplio reportaje sobre el Oriente Medio –
ampliamente reproducido después-, en concreto sobre la ciudad chipriota de
Famagusta, ocupada igualmente por los turcos, hablaba en sus notas de ésta cómo:
“La ciudad fue derrocada por los turcos en 1571, y fue devastada por los
invasores de tal forma que el asedio parecía haber tenido lugar el día
anterior. Es un paraje de ruinas, una ciudad de muertos, en donde el viajero se
sorprende de encontrar un solo inquilino”.
Otros viajeros habían recogido este escenario devastado en las montañas armenias.
Como el escritor de origen irlandés HFB Lynch el cual publicaba en 1901 dos
gruesos volúmenes sobre sus viajes por la región. En una nota sobre los restos del monasterio de
Surb Karabet hablaba de las piedras que cubrían “Las tumbas de antiguos
príncipes y guerreros, de los que leemos en las páginas de los historiadores
armenios“. Y, prosigue el viaje, más adelante: “Entre la superficie nevada
estaba enclavada una aldea armenia con tres notables edificios, ahora en
ruinas: una reliquia de los tiempos pasados”. En otra nota comentaba cómo:
“Algunas familias armenias se arrastran entre las ruinas de un pasado que
ignoran”. Ani, la antigua capital, había constituido antes para el ruso Nikolai
Marr – que perseguía los restos de los templos cristianos entre la dominación
otomana- un “centro para los recuerdos históricos”.

Los fotógrafos
armenios habían establecido desde mediados del siglo XIX una amplia red de
establecimientos, dedicados al retrato fundamentalmente, en toda la región. (Pero
gran parte de los fondos de los estudios de fotografía se pierde también,
durante las dos primeras décadas del XX). Durante la última mitad del siglo la
fotografía se había extendido como una práctica común en el Mediterráneo
oriental.
Los primeros
fotógrafos habían sido reporteros ambulantes. La situación de la región armenia
como centro de todas las vías desde el Cáucaso al Bósforo y a Siria, favorecía
el nomadeo. También, en algún momento habían sido ambulantes las fotografías
que en las aldeas se guardaban:
“Un cercano
examen de una fotografía hecha en Kharpert por un misionero muestra páginas de
unos magazines ilustrados americanos colocadas en los muros de una panadería,
con una de ellas, aparentemente sobre el tema de la ciudad moderna americana,
soportando la imagen de un rascacielos y el lema Ciudad de Cristal”.
En la práctica
ambulante, y, más tarde, en los estudios, llega a establecerse una suerte de
género extendido como fue la “pintura de novia”, los retratos de familia o las
fotos de los recién graduados en los colegios o universidades locales. “El
retrato fue la actividad más común de los fotógrafos, sostenida por una
clientela local más que por los turistas de algún mercado exterior.
Particularmente sillas, mesas, columnas, balaustradas, telas, cortinas y escenarios
se repiten en las imágenes de lugares diferentes”.
Algunos relatos de escritores armenios recuerdan aún la llegada de
las primeras cámaras a su población:
“Yake Haig, (…)
un escritor de Kharpert formado e influido por Tlgadintsi describe cómo el
primer encuentro de la provincia con la fotografía tuvo lugar en 1860, con la
visita de un fotógrafo que venía del Cáucaso”.
En
alguno de los dispersos lugares del Imperio son también los primeros en establecer un
estudio, se describe en otra parte. Como el establecimiento del
constantinopolitano Pascal Sebah en El Cairo, el más conocido en la época.
O en Palestina.
“Garabed Krikorian (1847-1920) es indudablemente el fotógrafo más prolífico y
conocido de Palestina. Aprendió fotografía de las manos de Yesayi Garabedian,
el patriarca armenio de Jerusalén, quien estableció el primer atelier nativo
en Palestina – seguramente en el mundo árabe – en el monasterio de San Jaime en
1859”. Una biografía relata cómo: "Yesayi Garabedian, que en 1865 se convertiría en el Patriarca Armenio en Jerusalén, aprendió fotografía de los hermanos Abdullah en Estambul, volvió a Jerusalén y abrió un estudio en el monasterio ortodoxo de San Jaime". Un sucesor tardío de éste sería el fotógrafo Elia Kahfedjian, superviviente del campo de Deir En Zof, que es acogido por una familia siria y que comienza a retratar la ciudad vieja y sus alrededores a partir de los años 20.

Además de los
numerosos fotógrafos ambulantes, los armenios, se nos dice en otro lugar, son
conocidos en las décadas finales del Imperio Otomano por la profusión de
estudios para retrato en centros urbanos. Los primeros locales se instalan en
la Constantinopla de fin de siglo. Pero otros amplían su negocio, en ese
momento próspero, a ciudades como El Cairo, Tesalónica o distintos escenarios
del Líbano. Tienen una clientela numerosa, se afirma,
entre la que figura algún personaje de las casas reales europeas a su paso por
Estambul.
(De los conocidos
hermanos Abdullah, con locales en El Cairo y Constantinopla, se cuenta que el
“Gran Duque Nicolás comisionó a Kevork Abdullah para sacar un retrato de grupo
con 107 personas. Irritado por ello el sultán Abdulhamid II prohibió a los hermanos
que usaran el monograma real y retiró los anteriores retratos del sultán que
habían tomado”). La
mayoría de los clientes son, no obstante, los propios armenios, que gustan de
ser fotografiados junto a sus familias. Entre los estudios más famosos figura el citado
de Pascal Sebah, que abre un segundo local en El Cairo. O el de los “Abdullah
Fréres”, como aparecen nombrados en la prensa de la época, con estudios en las
dos ciudades, igualmente. El primero editaría un conocido álbum Les costumes
populaires de la Turquie, que llevaría a la Exposición Internacional de
Viena de 1873. Los segundos abren con el tiempo otro estudio sobre el Mar de
Mármara, igualmente frecuentado, en el barrio armenio de Brousse. En el Líbano son asimismo populares los
salones de Camille el Kareh o de Yartchan Karkikian. Esta tradición, relata una
historia de la fotografía, “fue abruptamente interrumpida y olvidada después
del genocidio de 1915 y de la partición bolchevique de Armenia en 1920”. Una noticia posterior apuntaría cómo "muchos armenios, como Yusuf Karsh, Aram Alban, Abel Minassan y Van Leo se convertirían en notables fotógrafos en la Diáspora".

Dos eran, cuenta una historia de la fotografía en la época, los temas repetidos por los grandes estudios en Turquía: de un lado, la vista panorámica desde la Torre de Galata, vista que incluía el puente sobre el Cuerno de Oro y la antigua Constantinopla, con los minaretes turcos al fondo. (Solían ser incluidas en una colección de diez o doce fotografías que se plegaban en un álbum). El otro tema repetido era la fotografía de estudio, en la que la misma historia señala la recreación de un Oriente idealizado que las copias deseaban de algún modo reproducir.

Las fotografías de estudio tienen siempre algo
de ejemplar: los vestidos, los gestos, las actitudes, algunos personajes
característicos… El salón principal cuenta con un decorado y unos objetos
tradicionales que acompañan a los clientes, que recrean este modelo y posan,
inmóviles, de frente al objetivo. En algunos casos, un soporte invisible les
ayuda a mantener la quietud, necesaria para la larga exposición. En cualquier
caso, el retrato aspira a la inmovilidad, la permanencia. Las imágenes aspiran,
no a la individualidad, sino a mostrar un mundo tradicional del que los
retratados no son sino un ejemplo.
Hay un afán notable – nos cuenta Julia Grimes- en posar con trajes,
tocados y dagas tradicionales que seguramente en el momento ya habían dejado de
ser usados. Los objetos, la vestimenta, nombraban una posición social, que aspira a ser conservada en la imagen. Resultarían típicos, en este sentido, anuncios
como los del local en Grecia del fotógrafo Nikolaos Pantzopoulos, a mediados de
siglo, el cual anunciaba en griego y francés: “El estudio pone libremente a
disposición de quienes deseen ser retratados suntuosos trajes nacionales
(vestidos de campo y fustanellas de corte) para hombres, mujeres y niños
de todas las edades”.

Debió de existir
una cierta separación entre el imaginario urbano y un escenario rural que aún
pervivía en fotógrafos de provincias que nunca salieron de allí – como la
dinastía de los Karastoyanov en Plovdiv; o los Soussourians del distrito de
Sopheni.
“En un tiempo en
que los telones de fondo de los estudios estaban dominados por decorados
arquitectónicos, con columnas, arcos, arquitrabes, frisos y escaleras,
frecuentemente de un estilo clásico, adornando representaciones de un interior
burgués y urbano, el escenario dispuesto por los Soussourians sugería en cambio
una vida provinciana y rural”.
En numerosos
relatos de la época se insiste en la afición de los armenios a ser retratados.
“Las fotografías me mostraban un mundo estrafalario. – nos cuenta Varujan
Vosganian - Mi bisabuelo Kevork Vosganian llevaba fez. Junto a él, en la foto,
el abuelo Garabet (…) toca la mandolina, vestido con un chaleco bordado y
pantalones anchos. Al fondo se ven las azoteas blancas con tejas semicirculares
de un puerto del Mediterráneo, quizás Aldana. El cielo parece en calma. Habían
transcurrido, como indica la fecha al pie de la fotografía, dos años desde las
matanzas que tuvieron lugar en la ciudad, en 1909. Entonces fueron pasados a
cuchillo decenas de miles de armenios en Adana y los alrededores. (…) Así pues,
aquél había sido el mundo de mi abuelo Garabet”. La fotografía, inevitablemente, remite a la
disolución. Los rostros que surgen en ellas se desvanecen, intuimos, en un
tiempo más o menos inmediato.

Vosganian
recuerda en algún momento a un fotógrafo concreto de FoÇsani, su ciudad natal.
Era Arsag Sâvagian, retratista y relojero. El niño que era él entonces
contemplaba con cierto temor siempre la llegada de aquél a su casa, donde
enseñaba y manipulaba placas con su abuelo, encerrados en un cuarto oscuro en el que nadie podía entrar.
Arsag Sâvagian
había sido testigo involuntario unos años antes de una muerte, la de Nicolae
Iorga, rector de la Universidad de Bucarest, asesinado por la Guardia de Hierro
rumana. En algún lugar de su estudio conservaba las placas. Con el abuelo del
escritor comentaban en voz baja a veces el hecho.
“En realidad, al
ampliar la fotografía, (…) Arsag Sâvagian se provocaba dolor, rascaba la costra
con la uña para que no se cerrase la herida. “¿Por qué?”, le preguntaba el
abuelo. “Al fin y al cabo has fotografiado un sinfín de muertos, de todas
clases”. “No lo sé”. Temblaba Arsag, tiritando de un frío que no se le iba.
“Creo que me recuerda a mi padre. Tenía ese mismo aspecto cuando lo encontré
entre los cadáveres, en Pera, en el incendio del barrio armenio. Me recuerda a
todos nuestros muertos. Cuando están llenos de sangre, los muertos se parecen
entre sí”.
Pero en los años
de La Gran Matanza los fotógrafos también habían desaparecido: “En 1915
los Kharpert de Tlgadintsi y los Soussourians llegaron a su final cuando la
provincia fue vaciada de armenios en el breve espacio de dos meses, un proceso
relacionado no con la emigración, sino con la deportación y las matanzas
masivas”.
En su recuerdo
infantil de las experiencias de las matanzas la armenia Bertha Naksian describe
la muerte de los Soussourians en la ciudad:
“Arrestaron a
Arkanaz Soussorian junto con otros hombres prominentes en Husenig. En prisión
golpearon y torturaron a los hombres jóvenes sin piedad. Justo antes de que
muriera transportaron el cuerpo ensangrentado a la puerta delantera del hogar
de los Soussourians y lo dejaron allí”. Un
viajero posterior, el diplomático Leslie A. Davis, “visitó muchas ciudades y
villas en la meseta de Kharpert, entre ellas Mezre, Sursur, Husenig y Tgladin,
con cada lugar una escena de destrucción y desolación”.
Entre las dos
guerras mundiales, se nos cuenta en otro lugar de El libro de los susurros,
un grupo de familias armenias se había instalado finalmente en Moldavia, en la
llanura rumana. La lista de los puertos, las aduanas, los pasos de montaña o
los campos de refugiados que han surcado hasta llegar a Rumanía es
interminable. Los viejos hablan de ellos en voz baja. Otros, callan.
Las fotografías
de las familias, más tarde, recogen en cierto modo el único momento de una
cierta inmovilidad, un instante detenido en esta historia incesante de
desplazamientos y de continua disolución. Hay todavía una cierta solemnidad en
ellas.
“En Focsani, al
igual que en otras ciudades moldavas, vivieron muchas familias armenias ricas.
Como a todos los armenios, les gustaba hacerse fotografías. Posaban con los
bigotes retorcidos, con los chalecos a punto de reventar por la barriga, con
miradas serias dirigidas hábilmente por el fotógrafo a un lado o por encima. Se
sentaban en sillas de respaldo redondo y las mujeres se colocaban detrás, de
pie, ataviadas con pesados vestidos y ceñidas por unos corsés que las tenían al
borde del desmayo”. Es un raro instante de inmovilidad. El mismo relato añade a
continuación que: “La guerra dispersó a las gentes y el comunismo las igualó
con mano dura”.

En esa época
anterior al Gran Crimen, recuerda Vosganian, por los pueblos de la llanura se había
extendido la costumbre de la fotografía ambulante. Los fotógrafos, armados con
cámaras enormes y pesados trípodes, anuncian su próxima llegada con bastantes
días de antelación. Así, a los vecinos les da tiempo a prepararse. “El
fotógrafo avisaba con unos días de antelación. Iba de pueblo en pueblo”. (Una historia de la fotografía en Bulgaria recordaba asimismo que: "Los primeros fotógrafos en Bulgaria eran fotógrafos ambulantes extranjeros que aparecieron a mediados del siglo XIX").
Existe un a modo
de diferenciación social. A las familias ricas se las retrata en el salón principal de la casa. Buscan el sillón más grande, bajo un fondo solemne, para que,
sentado el patriarca, se disponga toda la familia alrededor de él. Las más
humildes, en cambio, se retratan en la plaza del pueblo, delante de una suerte
de telón ambulante que el fotógrafo trae consigo. En el telón figura una
balaustrada a veces, jarrones clásicos, un busto arcádico, incluso alguna
columna que surge de un jardín impensable en la llanura.
Vestidos con
cuello duro y vestidos largos, son de ver los rostros abotargados en las
imágenes por el calor, agotados por la lenta espera, con una indumentaria que
es, ciertamente, un suplicio para las largas horas de sesión de una fotografía
que se retrasa siempre. Todos llevan, no obstante, sus mejores galas, a
despecho de la estación.
Semanas más
tarde, el fotógrafo vuelve por el pueblo, esta vez con las copias en cartón. "Encorvado en una banqueta, enseñaba los cartones sepia a la gente. Quienes se reconocían levantaban la mano y recibían la foto que habían pagado y para la que habían sudado a mares". Los patriarcas también compran sus fotografías.
"En casi
todas las casas de los viejos armenios he encontrado fotos como ésas. Las
familias reunidas alrededor de los ancianos. Sin sonreír, rígidos, parecían más
bien objetos de exposición que seres humanos. Los armenios, en aquellos
tiempos, se volvían locos por fotografiarse. Era su modo de permanecer juntos
ya que, poco después, las familias se redujeron y dispersaron. De esa forma,
aunque muchos murieron, desorientados y en condiciones tan humildes que ni aún
hoy se han encontrado sus sepulturas, sus rostros han quedado impresos en los
cartones sepia descoloridos en los bordes. Queriendo hacer patente a toda costa
que alguna vez existieron".

Muchos años más
tarde, una crónica de Bakú en la era postsoviética remedaba este escenario
ambulante, que en cierta manera había quedado inmovilizado:
“Por lo demás el
escenario tenía mucho de la era soviética: fotógrafos ambulantes provistos de
viejas cámaras Polaroid que hacían fotos a niños colocados junto a viejos y
polvorientos animales disecados, un parque de atracciones cuyos caballitos y
coches pedían a gritos que los pintaran y repararan”.