domingo, 18 de septiembre de 2022

Noticias de Crimea

"El otoño de 1920 fue muy frío. El hielo llegó muy pronto".

    - Boyarchikov, 2º de Caballería.

En una apartada librería de Alicante encuentro un raro volumen de la trilogía que el general Piotr Krasnov publicara originalmente en París hacia los años 30. En la portada figura la editorial Araluce de Barcelona, una editora de carácter familiar que sobrevivió hasta la posguerra y era conocida, sobre todo, por sus colecciones de literatura infantil -junto con otras de carácter histórico. La cubierta se abre con las portadas un tanto truculentas que la edición de aquellos años gustaba de ofrecer, con siluetas en sombra, amenazantes, sobre un fondo de llamas y edificios en ruinas. El volumen está intonso, lo que refuerza la sensación de rareza del libro, que nadie ha abierto antes. Con ella, la noción de una lectura morosa, con una larga tarde por delante, en la que había que ir deteniéndose cada cuatro páginas para abrir las siguientes. "En plena anarquía" era el título del libro, dentro de una trilogía titulada a su vez "Del águila del zar a la bandera roja".

El tema, la pérdida y el final de la Rusia imperial, refuerza la noción de lo raro en aquellos días. Pues era la traducción del relato que en esos primeros años del final de la guerra civil se efectuaba por parte de los vencidos, tras su desbandada y exilio -los que pudieron salir- desde la península de Crimea al mar de Mármara y Constantinopla primero, a los puertos griegos y franceses, a las ciudades del occidente europeo más tarde. Una narración de la partida recordaba cómo: "El Waldeck-Rousseau disparó una salva de veintiún cañones para despedirse de Wrangel (...) En conjunto unos 126 barcos de distintos tamaños consiguieron evacuar a un total de 145.693 civiles y militares, de los que 83.000 eran refugiados. Tomaron tierra en Constantinopla (...) en las islas Prinkipos, en el mar de Mármara". El general Wrangel en sus memorias -que se editan en París y Londres tras su muerte, en 1929, y nunca serían traducidas al español- recordaría cómo, en el último embarque desde Crimea: "La noche está cayendo. Las estrellas brillan en el cielo oscuro; el mar es todo brillo. Las luces de mi costa nativa se debilitan y luego desaparecen todas, una detrás de otra. Y la última se desvanece de mi vista. ¡Adios, mi tierra!". Moriría en Bruselas en 1928.

 Piotr Krasnov había sido uno de los generales del ejército blanco, atamán de las fuerzas del Don, y en su exilio parisino se dedicó a recobrar su antiguo oficio periodístico y literario. En sus artículos y novelas rememoraba la disolución de un mundo antiguo, el del zarismo, que poco a poco y fatalmente se estaba desintegrando. Hasta culminar en la creación del mundo nuevo de los soviets. Entre la disolución del antiguo régimen, unos cuantos personajes enteros, de firmes convicciones, vagan por las páginas. En medio de otros, la mayoría, cuya actuación está marcada por la ambigüedad, la pérdida de las antiguas creencias, la adaptación a los nuevos tiempos. O la venalidad, directamente. El destino de aquéllos es normalmente trágico. En la novela se recoge todavía esa tradición de la intensidad -o el drama- de la narración rusa del siglo XIX. No hay -a despecho de la banalidad en la narrativa posterior a las vanguardias- momentos vacíos ni insignificantes en el viaje continuo de sus actores. Sí el drama de una actuación sin objeto, de unas creencias que no tendrán respuesta ya. (Piotr Krasnov, leemos en otro lugar, recobraría su papel como general durante la Segunda Guerra Mundial, para ser fusilado por los soviéticos al final de ésta).

Aquel invierno el lago Sasyk, de aguas rojas, se heló muy pronto, recordaban los exiliados, y la caballería de Budionny, el comandante rojo, pudo cruzar por el fango de improviso. Ninguna esperanza les quedó ya a los últimos restos del ejército de voluntarios, a los cosacos del Kubán, los tártaros de la Península, los burzhoi, los rusos blancos. 

Crimea estaba muy lejos... Qué noticias llegaron; qué raros libros se editaron en aquellos años, que traían las noticias de ese lugar remoto en el extremo del Mar Negro, en donde las tropas del general Wrangel sólo esperaban ya a los barcos de la repatriación. Y con ellas los últimos restos de una Rusia blanca que había perdido la guerra y sabían lo que les aguardaba a la llegada de los bolcheviques. (Un tal A.V. Osokin, exiliado en Lausana, declararía frente a un tribunal poco después que: "La matanza duró varios meses... Cada noche se podían oír las ametralladoras hasta el amanecer... Los residentes de las casas más próximas se marcharon... Los heridos se arrastraban hasta las casas para pedir ayuda y a algunos vecinos los ejecutaron por haber alojado a supervivientes"). Consumada la guerra, el pintor Glasse, refugiado en alguna parte de la región, podía anotar cómo: "A consecuencia de la "pacificación", la provincia de Tambov se quedó sin médicos ni maestros. Una parte de los intelectuales locales murieron en combate: otros fueron fusilados en los sótanos de la Checa de Tambov. En 1922 había múltiples pueblos en los que sólo vivían mujeres y niños". 

Vladimir Nabokov evocaría aquellos días finales mucho tiempo más tarde, en unas páginas de los densos recuerdos de un mundo que él había perdido, definitivamente. 

En "Habla, memoria" -cuya primera edición es de 1951- recordaría cómo: "En marzo de 1919, los rojos penetraron por el norte de Crimea, y desde varios puertos comenzó la tumultuosa evacuación de los grupos antibolcheviques por el espejeante mar de la bahía de Sebastopol, bajo el furioso fuego de las ametralladoras que disparaban desde la playa (...) mi familia y yo zarpamos rumbo a Constantinopla y El Pireo en un pequeño y espantoso barco griego cargado de frutos secos". Más breve, la trágica Marina Tsvietaieva, que había conseguido llegar al sur desde un Moscú famélico, anotaba en sus cuadernos en esos días: 

"Noche. Ventarrón al nordeste. Vocerío de soldados. Ruido de las olas".

Ella ya había recogido la sensación de un mundo cenital en alguna de sus notas anteriores sobre un Moscú sombrío, celebrando el culto en una iglesia del Kremlin que pronto sería desmantelada:

"Acabamos de llegar del templo de Cristo Salvador, donde oímos los cuchicheos de los peregrinos:

- "Han acabado con Rusia"..."En las escrituras todo está dicho"..."El Anticristo".

El templo es grande y oscuro. En lo alto - un Dios vertical. Islotes de candelas".

(Mucho tiempo más tarde, y desde el exilio en Berlín, Praga y París, y a pesar de los consejos de Boris Pasternak, la poeta regresaría a una Rusia que añoraba con una nostalgia incontenible. Pero, nos recuerda una biografía del exilio: "Tenía la esperanza de de redescubrir los círculos de escritores que había dejado atrás casi veinte años antes. Pero en Rusia sufrió el duro golpe de verse completamente aislada. Como recordaba Nadiezhda Mandelstam, con Stalin "se había vuelto un acto reflejo no acercarse a los que regresaban de Occidente").

Perdidas en la diáspora las noticias de los exiliados y sus recuerdos del mundo antiguo y de la Revolución, habrían de llegar a España en principio algunas obras de manera esporádica, en raras ediciones cuyas traducciones estaban hechas de segunda mano- del francés por lo general- en un momento en el que no hay ningún traductor directo del ruso. Más tarde, con la dispersión generalizada habrían de llegar algunos, profesores y eruditos, a la ciudad de Barcelona sobre todo. Como los Marcoff, -Alexis y Boyan- que traducen a Andreiev, Gorky o las novelas de Krasnov, y escriben incluso una "Historia de Rusia" para la editorial Labor. O el menchevique Nikolas Tasín, que llega a España desde su exilio berlinés y realiza una amplia labor de traducción de obras de carácter político, junto a otras de clásicos literarios del siglo. (Como Leonid Andreiev, Anton Chejov, Maximo Gorky o las memorias políticas de Kerensky, en editoriales como Calpe o Rivadeneyra). Antes de desaparecer rumbo a París, en donde se pierden sus noticias. El editor José Ruiz Castillo lo recordará en sus memorias: "Tasin, como miembro del partido republicano revolucionario de Kerenski, había sido encarcelado y deportado a Siberia por el régimen zarista y hacía pocos meses que había llegado a España, fugado de Siberia, donde también había sido deportado por los comunistas (...) En la editorial Biblioteca Nueva publicamos a Tasin, entre otros libros, La revolución rusa y Héroes y mártires de la revolución rusa".

O George Portnoff, traductor y profesor de ruso en el Ateneo de Madrid, que en 1932 había editado en el Instituto de las Españas de Nueva York un "La literatura rusa en España". (En la editorial de Martínez Sierra, ediciones Estrella, durante su estancia española, habría traducido entre otros a Turgueniev, Andreiev, Gorky o Chejov). En otro lugar, comenzaría la incansable tarea de Rafael Cansinos Assens, empeñado en traducir a los clásicos rusos del XIX, Dostoievsky, Turgueniev o Andreiev, para editoriales como Aguilar o Renacimiento, entre otras. 

El periódico ABC había publicado un artículo temprano de Maximo Gorky -anterior a su colaboración con Lenin y las autoridades soviéticas -titulado "El terror bolchevista" en marzo de 1919. Se editaría como libro casi al tiempo en una ignota editorial barcelonesa, B. Bauza, sin fecha. También la editorial Biblioteca Nueva publicaba las reflexiones del exiliado Kerenski "El bolchevismo y su obra", dos años más tarde. Llegaría en fecha posterior la voluminosa obra del profesor S.P. Melgunov, "El terror rojo en Rusia" en una edición de 1927 de Caro Raggio que se publicó en dos volúmenes. (Era, de algún modo, un minucioso manual del horror).

Recobrando en París su antigua actividad académica para la editorial petersburguesa Zadruga el profesor había documentado una vasta serie de horrores sin término a lo largo y ancho de la antigua Rusia, que se produjeron de forma indiscriminada desde los primeros días de la Revolución. ("Un mes más tarde Lenin autorizó a la Checa a torturar y asesinar, sin juicio ni supervisión policial... En tan sólo dos años Dzerzhiski reunió bajo sus órdenes a 20.000 hombres y mujeres", anotaba una historia reciente de los primeros días de la Revolución). Una de cuyas primeras tareas, recordaba Melgunov de forma casi innecesaria, había sido el asalto a la Asamblea Constituyente, la disolución de la misma y la creación de la Cheka omnipresente.

Ignoro cuál sería la difusión de la obra en su momento, si es que tuvo alguna. Volúmenes sueltos, de la vasta producción del exilio ruso -desde Berlín y París, fundamentalmente-, iban llegando a las librerías españolas. Seix Barral había traducido -en 1921, por medio del catalán Gaziel- el libro del periodista francés Sergio de Chessin La locura roja, que había sido muy leído en Francia y que, según una historia de las publicaciones rusas en España, iba a ser bastante difundido aquí también. Curiosamente, un relato de la oposición anarquista a los soviet había sido traducido por Diego Abad de Santillán muy pronto. La "Historia del movimiento machnovista (1918-1921)" de Pioytr Arshinov en edición bonaerense. Un raro Georg Popoff, editado por Aguilar, sobre "La Inquisición roja. La Cheka", sin año (La edición original era de 1924). El también temprano "La convulsión rusa" (1920) del italiano Virginio Gayda - que acabaría en las filas del fascismo más tarde. Otro no menos raro Pablo Schostakovsky, sobre "El mundo hundido. Recuerdos de la Rusia zarista". (El autor, que había huido con su familia a través del helado Golfo de Finlandia, sería uno más de los que nunca regresaron a su patria. Entre las páginas de un reformista eslavófilo aparecía "la majestuosidad natural rusa. Crimea, Siberia, y las "dachas" de la Rusia negra (en) diversos capítulos, donde Schostakovsky pretende demostrar la conexión existente entre el medio natural y la cultura rusa". La descripción de una ciudad sumida en el hambre y el terror, Petrogrado, abría el libro, hasta la evasión final por el mar helado). Las "Confesiones" del prolífico y desencantado Leonid Andreev, escritas ya en 1917. "Hubo Rusia, ya no hay Rusia. Rusia está muerta". Mucho más interesante, era el diario de Ivan Bunin sobre los "Días malditos", que escribe en 1925, y no se edita en España hasta 2007, con la recuperación por parte de la editorial Acantilado de varios de los títulos de aquellas remotas fechas. Del proscrito Boris Pilniak se traduciría su "El Volga desemboca en el mar Caspio" en 1931 que el autor no había podido publicar en la URSS (Una reseña del juicio a éste en 1938 informaría que: "Sostuvo reuniones secretas con André Gide y le suministró información acerca de la situación en la URSS". Antes de ser condenado a muerte y fusilado a continuación).

En algún lugar de sus memorias Ivan Bunin había recordado los paseos en una Yalta meridional frente al Mar Negro con el ya enfermo Antón Chejov. "Al prestar atención al desarrollo de su enfermedad Bunin llegó a la conclusión de que en Yalta la salud de Chejov empeoró: Fue la pasión por el mar lo que acortó su vida". (Era una Crimea otoñal y un tanto convaleciente, sobre la que Chejov había anotado en sus Cartas a Olga: "El tiempo es cálido, pero a la sombra hace fresco y los atardeceres son sombríos. Me paseo perezosamente, pues, no sé por qué, estoy flojo. Aquí en Yalta una compañía de paso pone en escena El jardín de los cerezos"). Se tradujo también un inadvertido relato de los días de la guerra desde el recuerdo de un oficial prusiano, preso en varios campos. Lo publicó Espasa-Calpe en 1931. Era el "La fuga. Entre blancos y rojos" del alemán Edwin Erich Dwinger. El diario, que culminaba con los últimos días del ejercito blanco y la interminable fuga hacia Manchuria, constituía un curioso ejercicio de lucidez en medio de la tragedia. En donde recogía el cinismo de los gobiernos occidentales; la crueldad de los soviéticos; la corrupción generalizada en las tropas del almirante Kolchak; la intervención interesada de los japoneses en apoyo del delirante atamán Semionov... En España la novela pasó completamente desapercibida, al contrario de Alemania, donde fue profusamente leída.

Mayor difusión, en cualquier caso, habían tenido las crónicas tempranas de la escritora Sofía Casanova, corresponsal del ABC en San Petersburgo- más tarde expulsada por las autoridades bolcheviques- que desde los inicios de la Revolución había tenido una visión pesimista de ésta, y que serían recogidas en el volumen "De la revolución rusa" del mismo año 1917. La escritora, viviendo ya en Varsovia en los años posteriores a la Revolución, habría de publicar una novela sobre sus experiencias una década más tarde, "Las catacumbas de la Rusia roja", que edita Espasa en 1933. Y, posterior a los hechos y alentado por un cierto contenido sensacionalista, aparecería el relato del príncipe Félix Yusupov, protagonista del asesinato del pope Rasputín, que se publicó en una primera edición en Madrid, "Cómo maté a Rasputín" de 1929. Y una segunda en Barcelona "El asesinato de Rasputín", varios años más tarde. Un carácter parecido tendría la publicación de Valentin Speransky en el mismo año, "La noche roja: el trágico fin de Nicolás II y su familia", con las primeras noticias que llegaban a España sobre los verdugos de la Casa Ipatiev y el fin de los Romanov en el remoto Ekaterimburgo, que edita en este caso Iberia.

Hubo más noticias. El periodista inglés Arthur Ransome que vivía en la Rusia anterior a la Revolución -y más tarde regresaría a Inglaterra acompañado de la secretaria de Trotsky, Evgenia Petrovna Shelepina, que habría de ser su segunda esposa- escribió un relato más o menos apologético de la revolución, sus "Seis semanas en Rusia en 1919", que se publica en Valencia en 1920. Y que le valdría una investigación por parte del servicio de espionaje británico, el MI5, que le acusa de connivencia con los bolcheviques. (Pero el escritor, se nos dice en otro lugar, había trabajado al mismo tiempo como informador del Servicio Secreto de Su Majestad). Más tardía sería la versión del libro del también agente británico Robert Bruce Lockhardt, las "Memorias de un agente británico en Rusia" que habían aparecido en su edición inglesa en 1932 y que en España se publican años más tarde en una imprenta madrileña sin fecha. Los recuerdos del cónsul belga en Moscú durante esos años, Joseph Douillet, ferozmente antisoviéticos, que edita Razón y Fe en 1931 con el título de "¡Así es Moscú! Nueve años en el país de los soviet". (El relato, curiosamente, sería la fuente de uno de los primeros cuadernos del también belga Hergé, su raro "Tintín en el país de los Soviets", que no sería reeditado con posterioridad). 

Y desde luego estaban los reportajes periodísticos de un Manuel Chaves Nogales que había viajado por la Rusia soviética en 1928 como corresponsal de El Heraldo de Madrid, y había dejado a su regreso una colección de artículos que recoge después en libros como Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929), o en la melancólica recopilación sobre el exilio de Lo que ha quedado del Imperio de los zares, cuya primera edición es de 1931- después de su aparición como artículos en el periódico Ahora. Eran los reportajes de un burgués liberal, cuya ironía constante no alcanza, no obstante, a dulcificar el escenario del horror que está relatando. O, en torno a las ciudades como París o la Nueva York del exilio, tampoco lo dulcifica la mordacidad del retrato sobre los personajes de la emigración, al fondo de la cual late la noción de un patético desamparo. Chaves Nogales aún habría de editar una alambicada novela sobre "El maestro Juan Martínez que estuvo allí", mezcla de disparatada peripecia de un artista flamenco en las estepas de Ucrania y lúcida recreación del caos sangriento que el autor había visto- o, por lo menos, conocido de algún modo.

 En otro lugar están los viajes, más o menos devotos, de los republicanos españoles que inician una peregrinación incesante- que el malvado Ernesto Giménez Caballero habría de titular como "las romerías a Rusia" de los intelectuales- al paraíso socialista, invitados por las autoridades soviéticas. (Miguel de Unamuno había publicado ya en 1923 en la revista España un artículo titulado "Ateología" donde hablaba de "la misma Rusia convertida en entidad mística"). Y de resultas de los cuales habrían de figurar al regreso los libros y opúsculos de Fernando de los Ríos, -"Mi viaje a la Rusia sovietista"-; de Margarita Nelken, exiliada en la URSS tras la revolución del 34, donde escribe su Por qué hicimos la revolución, en el que establecía un paralelo entre la sublevación de Asturias y la Rusia de 1917; Álvarez del Vayo, -que publica un apologético "La nueva Rusia" en 1926-; Ramón J. Sénder, -"Madrid- Moscú. 1933-34"-; Ángel Pestaña -"Setenta días en Rusia. Lo que yo vi"- o Félix Ros, entre otros. También aparecería en prensa un escéptico Viatge a Rusia del escéptico Josep Pla, en 1925. (En este último el novelista cita un triste encuentro con el entonces traductor -y activista de la Internacional- Andreu Nin, residente en aquel entonces en Moscú: "Lo que más me impresionó del viaje fue la tristeza de Andreu Nin. Como buen catalán Nin había jugado la carta del perdedor. Existía a la sazón la lucha entre Stalin y Trotsky. Nin tenía entonces una renta en Moscú, jugó la carta de Trotsky y perdió. Nin disimulaba, era un comunista terrible, un enamorado del pueblo ruso, pero a los cuatro días fue invitado a subirse a un vagón de ganado con su familia y expulsado de su paraíso impresionante aunque infecto"). O más tarde las crónicas de Rafael Alberti-Mª Teresa León, "Noticiario de un poeta en la URSS" en 1933. (La segunda editaría en libro tiempo después "El viaje a Rusia de 1934 y otros recuerdos soviéticos", elegíaca evocación de sus celebraciones moscovitas).

Ángel Pestaña, fiel a una mitología libertaria, había hablado en su libro con emoción del encuentro con el patriarca del anarquismo, el príncipe Kropotkin: "Ante la aparición de aquella figura, a la que daba aspecto de apóstol la barba blanca que cubría su rostro, sentimos una profunda emoción". Para pasar, a diferencia de alguno de sus correligionarios, a criticar la dictadura del Partido en la nueva república. José Bergamín, que habría de viajar a la URSS en 1928 en compañía del poeta José María Hinojosa -el cual es fusilado por los milicianos de Málaga al comienzo de la guerra- escribiría un retórico artículo a su regreso, típico de su prosa, en el que decía, literalmente: "La apariencia es apariencia, como la propaganda, propaganda: superficie y vacía. Rusia es mentira de verdad. Por eso existe o está fuera". Vaciedad retórica que no le impediría luego, en la guerra, ser uno de los más fervientes defensores del estalinismo frente a sus opositores poumistas. (Y escribir un prólogo mendaz en el libelo contra Joaquín Nin Espionaje en España, publicado tras la desaparición del político catalánen el que recuperaba en algún momento una retórica cristiana: "Las manos lavadas de los Pilatos no responden más que del juego sucio de la traición, de la sangre inocente vertida"). El poumista Julian Gorkin, en aquel momento exiliado y agente de la Komintern, publicará por su parte una colección de ensayos titulada "El revolucionario profesional" en torno a su viaje de 1925, en la que, en contra de las opiniones anteriores, comentaba cómo: "El viaje a la Meca moscovita era el sueño poco menos que religioso de todos los militantes; a mí los tres meses que pasé en ella, las confidencias que me hizo Andrés Nin, con el que convivía en el famoso Hotel Lux, las intrigas que observé en torno mío, (...) el ambiente de espionitis en torno a los delegados, la jerarquización y el favoritismo y el propio concepto de disciplina de arriba hacia abajo, determinaron en mí una profunda crisis moral". En otro lugar del libro había apuntado, también de forma insólita, de la traductora que le acompañaba a las sesiones de los congresistas que: "Ella no es comunista sino una inadaptada al nuevo régimen político, que trabaja de intérprete porque necesita ganarse la vida, ya que con la Revolución vio desaparecer cuanto tenía y se perdieron en Rusia todas las cosas bellas que yo amaba". Marginado por su condición antiestalinista, las notas del dirigente poumista no habrían de tener en su momento ninguna repercusión. 

Curiosamente sí la tuvo, aunque efímeraa, el libro del falangista Félix Ros, Un meridional en Rusia, que edita en 1936, poco antes de iniciarse la guerra civil, y que se reedita ya en la posguerra. A despecho de su poca afinidad ideológica, comenta Fernando Castillo, el breve volumen no ofrecía ninguna crítica al clima del Gran Terror que se había desatado en aquellos años. Y sí una cierta admiración por la arquitectura del pasado, el monumental Leningrado, y el novedoso paisaje tecnológico, después de visitar el nuevo metro de Moscú. La visita obligada a las fábricas Krasno-Prena de los suburbios es, en su caso, bastante menos entusiasta que la descripción de la misma visita, dirigida por el Intourist, en la páginas de un enfervorizado Rafael Alberti. En una reseña de los artículos del primer viaje de éste, publicados en la revista Luz en 1933, se nos indica cómo: "En la reunión con los obreros que describe Alberti hay de todo: un discurso improvisado del subdirector, alusiones a los carteles que estimulan a cumplir con las cifras de producción del plan quinquenal, charlas con los obreros que parecen espontáneas (...) o el paseo por las instalaciones de la factoría". 

Uno de los últimos ejemplos del "Viaje a Rusia" lo constituiría la edición del viaje, anecdótico, del dibujante y periodista sevillano Andrés Martínez de León, que firmaba como "Oselito": "Oselito en Rusia", publicado en 1935. Éste, enviado por el periódico "La Voz", había realizado un viaje a la URSS que ilustró con las viñetas del personaje, taurino y sevillano, de sus dibujos. En el volumen -que tuvo, diría la prensa, cierto eco popular- después de comentar que "Rusia no es el infierno que otros cuentan", incluiría dibujos de osos junto a una supuesta entrevista con Stalin, al que convence, afirma, para que en la URSS se realicen corridas de toros. (Entre otras anotaciones casticistas). El autor, publicista en Valencia del 5º Regimiento y condenado a muerte tras la guerra por sus caricaturas sobre el bando franquista, sería rehabilitado al poco tiempo, continuando su labor de dibujante, esta vez ya de tema exclusivamente taurino o futbolístico.

Y más tarde, una serie de editoriales de inspiración comunista, como la colección "Rusia roja" en los años 20; las editoriales Cenit, Oriente, Fénix... Dirigida por el comunista Joaquín Arderius la colección "Las nuevas doctrinas sociales" había publicado varias obras de Lenin entre otros. 


La fundación en 1930 de la editorial Europa-América obedece directamente a una iniciativa del Comité Ejecutivo de la Comintern, que pretende crear una sucursal en España del primer proyecto de edición, iniciado en París, y que se dirigía asimismo a un público hispanoamericano. Radicada en principio en Barcelona y más tarde en Madrid, la editorial estaba dirigida por varios agentes de la Internacional, alguno de los cuales era ajeno por completo al trabajo de edición. Publicaría un extenso catálogo de libros, dentro de la más estricta ortodoxia del Partido. Entre los cuales se encontraban las obras de Lenin sobre el imperialismo o el izquierdismo infantil; los Recuerdos de Nadejda Krupskaia sobre el mismo -que se editan primeramente en París en 1930. El conocido reportaje del activista norteamericano John Reed sobre los Diez días que conmovieron al mundo. O, ya en plena contienda, un raro folleto de Andre Marty -el dirigente francés de las Brigadas Internacionales- sobre la guerra, España, donde se juega el destino de Europa. O un también raro Rafael Alberti De un momento a otro (Poesía e historia) editado en Valencia el año 1937 -en el que incluirá su elegía a la resistencia madrileña Capital de la gloria. O, con firma colectiva, el libelo Proceso contra el bloque antisoviético de derechistas y trotsquistas, que se publica en Barcelona en 1938 en medio de los Procesos de Moscú. Abandonada Cataluña con la toma de la ciudad en 1939 alguno de sus activistas proseguirían entonces su agitación editorial en países como México o Uruguay.

Una pequeña editorial como Ediciones Ulises, bajo el patrocinio de la CIAP, llegaría a contar en su catálogo político también con obras como "Lenin en 1917" del desencantado militante Viktor Serge - que, perseguido por la NKVD muere en el exilio mexicano. (Viktor Serge desde París, en la primavera del 37, habría de protagonizar una campaña  exigiendo la liberación de su conocido Andreu Nin. Campaña que se reveló completamente inútil a la postre). O "La turbina", de su editor, antiguo vanguardista convertido en militante comunista, César Arconada. Vida Nueva edita a un Trotsky ya en el exilio, "La revolución española". (También a un incipiente agitador como Ilya Ehrenburg, que más tarde viaja como corresponsal en la guerra civil, y de quien publica su "Citroen 10 HP”, con una reconocible portada del diseñador Mauricio Amster). El pintor Gabriel García Maroto por su parte había ilustrado una rara, y temprana, edición de la Caballería roja de Isaak Babel en la editorial madrileña Biblos, en 1927. (El escritor ucraniano, antes de su caída en desgracia y posterior fusilamiento en un sótano de la Lubianka, había aparecido varias veces como uno de los frecuentes comensales en las fiestas del viaje a Moscú del dúo Alberti-León). Ediciones Biblos tendría una efímera existencia con el traslado de García Maroto a México al poco. Codirigida por el comunista Ángel Pumarega, en su corta actividad editaría dos clásicos de la ilustración del pintor Maroto -“Andalucía vista por el pintor” y “La nueva España 1930”- junto con una colección de novela, “La Rusia roja”, donde figuraba “Las ciudades y los años” de Konstantin Fedin, relato de la revolución de octubre que sería clasificada como ejemplo del “realismo social” en sus primeras obras. Del mismo modo que la también temprana La semana, que Yuri Lebedinsky había escrito en 1920. O La derrota del bolchevique Aleksandr Fadeyev, calificada en algún lugar de "obra maestra de la literatura proletaria soviética de los años 20", que se edita originalmente en París en 1929. (En el prólogo de la traducción, L. Guerrero, -probablemente la argentina Lila Guerrero- ésta afirmaba que: "No cabe duda que con el triunfo completo del comunismo se creará un arte comunista que abarcará toda la humanidad"). Al cerrar, muchos de estos títulos serían recogidos por la nueva Ediciones Jasón. Ésta, también auspiciada por la Comintern, -al igual que la ya citada Ediciones Ulises- ofrecería un curioso programa de publicaciones. En el que figuraban, junto al ortodoxo "Materialismo y Empiriocriticismo" de Lenin, otras colecciones de títulos varios sobre esoterismo, sexualidad, o las obras completas del noruego Knut Hamsun, entre otros. Pero también la continuación de la serie Novelistas de la Rusia Roja, que había iniciado Biblos antes. (En una rara entrevista efectuada por un reportero de La Gaceta Literaria a su director, el agente peruano César Falcón, éste, en torno a la  iniciativa de "Historia Nueva", que abarcaba varias editoriales afines, comentaría que: "Nuestro plan -me dice Falcón un poco enigmáticamente-  abarca varias y muy distintas actividades. Y, con serlo mucho, no es la más importante la de editar y vender libros").

Uno de los mayores éxitos de Ediciones Ulises, y de la literatura del "viaje a la URSS", fue la publicación de "Rusia en 1931", el libro de viajes al Kremlin del peruano César Vallejo. Que sin embargo, y cerrada la editorial al año siguiente, no iba a conocer ninguna reedición hasta la década de los 60 posteriormente. (A raiz de un segundo viaje en 1931, invitado al "Congreso Internacional de Escritores Simpatizantes", Vallejo intenta publicar también una "Rusia ante el segundo plan quinquenal", que ni la editorial Teivos acepta,- pese al encargo inicial- ni la anterior Ulises. Era una apología entusiasta del paraíso proletario, que sólo en 1964 editará por fin su viuda, Georgette, en una rara edición limeña. En el prólogo ésta recordaba la llegada desde Madrid después de un viaje agotador a la frontera rusa. Allí, el poeta, "Después de conocer la central electrica más poderosa del mundo, visita en el Cáucaso el kholkov (sic) más grande de la Unión Soviética y allí se encuentra con Piscator, el conocido director de teatro alemán"). En el catálogo de la editorial figuraba también un raro "Al servicio de Stalin. El zar rojo de todas las Rusias" (1931) del antiguo secretario Boris Bajanov, que huido de la URSS en 1928 pudo publicar una temprana crítica de la política del dictador en su huida. (Perseguido incansablemente por la NKVD moriría muchos años después, en su exilio parisino). Varias de estas ediciones cuentan también con las portadas del impresor polaco Marian Rawicz - compatriota del más conocido Mauricio Amster, autor de alguna de las tipografías más reproducidas de la época.

La trayectoria del tipógrafo Rawicz en España acompañaba a la historia de estas nuevas editoriales, que como indicaba la revista Nosotros en 1930, en relación con la recién aparecida Ediciones Hoy: "Los tres primeros libros señalan ya el carácter de la editorial. Indican que Ediciones Hoy recogerá en su catálogo la fuerte y estremecedora literatura de la época", para culminar definiéndola como "ardorosamente revolucionaria en sus finalidades". En Ediciones Hoy se publicará en algún momento la obra de Leon Trotsky "La Internacional Comunista desde la muerte de Lenin", traducida por Julian Gorkin; el "Nacimiento de nuestra fuerza" de Victor Serge. O el raro "La mujer nueva y la moral sexual" de Alejandra Kolontai, entre otros. En un momento determinado, informada por Rawicz del supuesto trotskismo de su director Juan Andrade, la editorial berlinesa Malik Verlag, referencia alemana de las ediciones de izquierda, cederá sus derechos a la competencia española, la editorial Cenit.

Ésta, en 1928  había editado la rara "Un notario español en Rusia" de Diego Hidalgo -el cual financia luego varias de las publicaciones. Y, más tarde, la no menos rara "Rusia al desnudo" del desengañado rumano Panait Istrati - traducción que provoca las primeras disensiones con el heterodoxo Andrade. En algún momento habrían de editar entre otras una serie de colecciones populares. Entre las que figuraban títulos como "Episodios de la lucha de clases", "Cuadernos de cultura proletaria" o "Cursos de iniciación marxista". Revista de Occidente por su parte traduciría algunos títulos rusos de la época. Como el apologético "El tren blindado 14-69" del revolucionario Vsevolov Ivanov en 1926, exaltación de la mitología ferroviaria de la revolución. (Que traduce la exiliada Tatiana Enco de Valera. Ésta, que muere al poco, sería conocida posteriormente por la primera traducción de los Cuentos de Afanasiev en la posguerra). O el raro "De cómo se curó el consul Erasmo", del científico exiliado Yevgeni Zamiatin, en una edición sin fecha. Dos años antes la editorial había traducido al desconocido Leonid Zurov, que en su relato "El cadete" recreaba los inicios de la lucha de los blancos contra el ejército rojo. Y la disolución de la Rusia tradicional tras la guerra. Era una inusual descripción del universo de los voluntarios de Wrangel en nuestro país. (Zurov, exiliado en París, conoció allí sin embargo un cierto eco como autor, afiliado a todas las organizaciones del exilio en Francia, y secretario en algún momento de Ivan Bunin).

O, posteriormente, la Asociación de Amigos de la Unión Soviética cuya iconografía estalinista habría de teñir, ya en plena guerra civil, las calles y edificios de la capital en armas. (Auspiciada, entre otros, por la decidida militancia comunista del director de Bellas Artes, el valenciano Josep Renau, cartelista heredero del constructivismo y del “agitprop” a su vez). Creada en 1933, una amplia lista de firmas figuraba en sus estatutos iniciales. Entre ellas, la de un Antonio Machado que afirma que: "Moscú es hoy el foco activo de la historia (...) la Rusia actual, la gran República de los Soviets va ganando de día en día la simpatía y el amor de los pueblos porque toda ella está consagrada a mejorar la condición humana". Los paneles de inspiración estalinista habrían de figurar, más tarde, en el repertorio de la propaganda republicana en la contienda. Como se recogerían en las famosas imágenes de la Puerta de Alcalá, encartelada con figuras del Politburó en plena guerra. O de la fachada del Hotel Colón en la Plaza de Cataluña, enmascarada con los mismo motivos. 

Anteriormente, el extremo más caricaturesco de las crónicas soviéticas seguramente lo habrían de constituir los reportajes del dúo "Rafael Alberti y la señorita Teresa León"- en expresión de un malvado Manuel Azaña- una de las cuales se titula "Dos horas y veinte minutos permanecimos sentados frente a Stalin". Los intelectuales del socialismo, en plena época de los Procesos de Moscú, las grandes purgas, la desaparición de todos los "españoles", y tras la generalizada campaña de deportación de los campesinos de Ucrania -y el Holodomor o la Gran Hambruna que devasta a su vez la República de Ucrania, el Kubán, la Ucrania amarilla…- celebraban una especie de jubilosa recepción ceremonial en los edificios del partido y las dachas del Mar Negro, donde el caviar se reitera en todas las descripciones, para posteriormente hablar de la felicidad incontenible de las masas en torno a la electrificación del país... (Aún en los años 80, el chileno Pablo Neruda en sus memorias hablaría de sus recuerdos de Moscú como: "La magnífica capital del socialismo (...) la sede de tantos sueños realizados"). En algún momento de la España de 1937, la mexicana Elena Garro que asiste al Congreso de Intelectuales en Valencia, comenta: "En aquellos días los comunistas que habían estado en la Unión Soviética actuaban y se expresaban como "seres aparte": habían penetrado en el gran secreto, habían recibido la iluminación, conocían los secretos del dogma, eran los grandes iniciados...".

Otras noticias, bien que de manera inesperada, habrían de llegar en aquellos años, lejos de la narrativa oficial del Partido. O de la prensa nostálgica del exilio. Aparecerían en las novelas extrañas de un no menos extraño Essad Bey, autor enigmático en la época y que como tal permanecería, a despecho de su éxito inicial en la Centroeuropa de los años 20, hasta su redescubrimiento en la espléndida quéte "El orientalista" del escritor Tom Reiss. Essad Bey, ataviado de aristócrata turco en las portadas, publicaría una serie de novelas basadas en sus recuerdos de una infancia y juventud precarias tras la ocupación por parte de los bolcheviques de la ciudad de Baku. Y de una novelesca huida a través de pueblos y montañas remotas del Turquestán, en las que aún pervivían los antiguos jázaros; los yazidíes o adoradores del Pavo Real; los bandidos chíies al norte de Persia; o unas tropas inglesas en retirada frente al avance de los bolcheviques en el mar Caspio.

De Essad Bey -cuyo nombre real era el de Lev Nussimbaun, de origen judío askenazí - llegarán a España títulos como el clásico "Petróleo y sangre en Oriente", que edita Ulises en 1931. O la "Rusia blanca. Nombres sin patria" de 1933 de ediciones Dédalo. Su narrativa, que siempre persiguió el tono de "orientalismo" con que el autor desde el principio quiso señalarse, recogía a través de sus páginas, no obstante, el periplo de una sociedad culta y adinerada, como había sido la del Baku de la infancia, a través de la desdichada huida que en algún momento compartieron con los restos de la Rusia blanca. Después de matanzas indiscriminadas, sobornos varios, y caminos en la nieve y el hielo, en algún momento llegan a la ciudad de Batum, "puerto petrolero del Mar Negro".

"Estafadores y millonarios de toda Rusia se sentaban aquí, en la frontera con el Viejo Mundo, y esperaban el barco que les llevara a Europa. Gente extraña, antes escondida en oscuros callejones. Estábamos con parientes, con ex empleados compartíamos un apartamento con una mujer de dudosa reputación y esperábamos, esperábamos, esperábamos. ¿Qué esperábamos? O bien el colapso del bolchevismo, o bien el vapor que nos llevara a Europa, como todo el mundo".

A través del Mar Negro llegan a Constantinopla primero. A Italia, a Marsella, a París más tarde; finalmente a un Berlín atestado de refugiados rusos, que se defendían del exilio de todas las maneras posibles- incluidas las de la negación de un régimen que desdeñaban. ("Según la opinión de la mayoría de los exiliados, Rusia había dejado de existir en 1917", apuntará en algún lugar de su excelente El baile de Natacha el historiador Orlando Figes). La narrativa del prolífico Essad Bey recogería, desde Berlín o Viena más tarde, ese relato de un mundo que había abandonado, irremisiblemente, y que era el de las sociedades cultas del Oriente Medio. Para centrarse en algún otro momento en el relato de la barbarie del bolchevismo, como "La policía secreta de los zares". O en un recuento nostálgico -y, sin embargo, lúcido- como era "La Rusia blanca". Ambas publicadas en Madrid en la década de los 30, la segunda en traducción de Benjamín Jarnés para Ediciones Dédalo.

Estos libros fueron, de algún modo, olvidados. (No los versos apresurados del militante Alberti, recogidos en alguna antología, que hablan de asambleas populares y entusiastas en plena guerra, del caviar en paletadas, las presas hidráulicas y los osos blancos. O, en un giro no menos grotesco, aseguraban ya en 1953 que:

"No ha muerto Stalin. No has muerto (...) Los niños en sus canciones cantarán que no has muerto (...). Lenin, junto a ti dormido, también"). De regreso de la URSS Ramón J. Sénder habría escrito unas páginas no menos delirantes sobre las cárceles de Rusia, a las que tildaba de centros de reeducación y plácida convivencia. "Las cárceles son lugares donde el preso trabaja, juega, hace cultura física, reposo obligatorio después de comer".

Un largo silencio -a excepción de la propaganda oficial- cubre luego la referencia a ese lugar remoto. Si hubo una copiosa producción editorial del exilio ruso -tal vez como la última posibilidad de citar una patria que ya habían perdido- del ingente catálogo, traducido al inglés principalmente, en estas décadas apenas nada llega a España. Berlín, Praga o París se habían convertido en sedes de la prolija producción editorial del exilio. Serían muchos años más tarde que en una minuciosa tarea de recuperación bibliográfica, editoriales como Acantilado, Olañeta o Sexto Piso, ya en esta última década, recobrarán obras que habían pasado desapercibidas. Como la edición en J. de Olañeta de la elegíaca "La librería de escritores" de Mijail Osorguin, nostálgica descripción de un Moscú de libros perseguidos y bibliófilos sin rumbo en los primeros días de la Revolución. (Antes de que el autor abandonara la URSS en compañía de los intelectuales deportados en el famoso Barco de los Escritores). El desolador "Contra toda Esperanza" de Nadiezdha Mandelstam. La traducción -entre otras- del Réquiem de Anna Ajmátova. Los "Diarios de la revolución de 1917" de Marina Tsvietaieva. O, de la misma, esa joya melancólica y jubilosa que era "Mi padre y su museo" sobre la fundación del Museo Pushkin de Moscú- todos estos últimos en ediciones Acantilado. (Que también publica el clásico Dias malditos (un diario de la Revolución) de Ivan Bunin que nunca había sido traducido antes).

Un largo velo de silencio había cubierto todos esos años. (El historiador Orlando Figes bautizaría como "Los susurradores" -The Whisperers- su ensayo sobre la vida en susurros bajo las sombras de Stalin, las décadas en que ninguna noticia llegó fuera, nadie supo nada de ellos).

Los días del Mar Negro habían quedado muy lejos. 

"Madre, debemos regresar, no es cierto, no es posible que todo aquello se haya muerto, se haya convertido en polvo", escribía en fecha temprana un Nabokov recién llegado a "la penumbra de Cambridge". En las notas de un estudiante desconocido, recogidas en el Gimnasio Ruso de Praga por la prensa del exilio, éste había anotado, allá en Crimea, cómo:

"Recuerdo vívidamente el día que me separé de mi patria. El mar estaba ruidoso y amenazador, la gente miserable y helada se apiñaba en el muelle, en algún lugar se escuchaban voces de borrachos y disparos lejanos, y, como en burla, los jirones de la bandera tricolor ondeaban sobre todo esto".

Boulevard

Café de Flore.  Saint-Germain-des-Prés.

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