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viernes, 14 de agosto de 2026

Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volver por la noche, ya de madrugada, el calor no se había movido de allí. Apenas las drizas en un mástil se agitaban, levemente, y desde el muelle se escuchaba un tintineo metálico sobre los barcos. 

Habíamos vuelto a la costa. Conocía el día sin viento, el sopor que se cierne por encima de la ciudad, desde la primera mañana. Había sido el verano durante tantos años. Cuando una indiferencia infantil nos hacía recorrer las calles en el pueblo, vacías a esa hora del mediodía, y alcanzarnos hasta un café de la carretera. Conozco este lugar, pensé. Y también pensé en quién habría recogido el día sin matices, el tiempo inmóvil y como ausente del verano, su escenario repetido allá en la costa, en el Mediterráneo; en qué mares del sur.


Estos días he estado releyendo unos relatos de Rudyard Kipling. Son narraciones sobre sus recuerdos de una India aún británica. Al sur, se extienden las regiones del monzón. Al norte, más allá de la cordillera del Himalaya, las tierras de los montañeses salvajes, inalcanzables, algunas comarcas que ni siquiera los mapas recogen. A ellas se dirigirán, en un relato inolvidable, los trotamundos Daniel Travot y Peachy Carnehan, los protagonistas desmesurados y precarios de "El hombre que fue rey". Es un territorio, Kafiristan, que la interminable contienda, el "Gran Juego" entre el Imperio ruso y el Británico no ha alcanzado. Más allá de las cumbres, de los últimos fuertes de las tropas de Su Majestad, las trágicas expediciones de Elphistone, de la retirada mortal de Kabul, en su intento de abarcar también el país de los afganos. Al otro lado, en las montañas sin nombre, aún un par de vagabundos podían alcanzar su sueño - aunque éste fuera efímero también.

En algún otro relato de Kipling aparece de pronto el calor como escenario del mismo. Es un calor bajo un cielo amarillo, el polvo que inunda las mansiones, los árboles muertos, inconcebible. Si al fondo del verano en el mar latino aún luce un cielo azul, que humaniza el estío, esta tiniebla inmóvil que cubre el día en la India sugiere un lugar impensable, en donde una sombría maldición ha caído sobre las mañanas. Y hemos cruzado al otro lado de algo, sin darnos cuenta. En su escenario indescriptible tienen lugar algunos acontecimientos, unos sórdidos sucesos que a este lado no hubieran sido posibles.

"Al este de Suez, afirman algunos, cesa el control directo de la providencia: allí el hombre es entregado al poder de los dioses y demonios de Asia y la Providencia de la iglesia de Inglaterra sólo ejerce una supervisión ocasional, y modificada, en el caso de los ingleses" -había escrito el novelista al inicio de uno de sus relatos. (Al comienzo de "La marca de la bestia", en concreto). En un volumen de narraciones sobre el Imperio -Cuentos de las colinas- me encuentro de nuevo con alguno de estos relatos: un suceso oscuro, una suerte de antigua maldición que se repite, sólo posibles en ese tiempo enfermizo, impensable, del calor en la India. No lo encuentro ahora, pero recuerdo otro cuento, "La puerta de las cien penas", sobre un fumadero de opio en unas calles que nadie encuentra, un portal escondido en un pasaje de Calcuta. Estaba al otro lado, también.

El calor existía, desde luego, en un relato clásico sobre el mismo. En El Extranjero de Camus, donde un malestar incurable, una permanente extrañeza presidía la narración - y yo recordaba un puerto argelino, una playa gris, el vacío que nombraba las calles desiertas. Pero no era una novela, ni un autor, que deseara releer ahora. La presunción de una época, la seguridad con que sus protagonistas -los intelectuales del existencialismo- lanzaban sus definiciones sobre su entorno; la propia figura del intelectual como profeta ateo en el foro; su malestar, no eran lugares a los que añorara volver. Ni a los muelles despoblados de Argelia. No sé en qué estanteria estará ahora la novela.

El calor había aparecido al fondo de un cuarteto inolvidable - porque lo leímos en el tiempo en que aún eran posibles las revelaciones- el Cuarteto de Alejandría, del angloindio Lawrence Durrell. Al fondo de la ciudad enfermiza, polvorienta, se extendía el lago Mareotis, recordaba, en donde tenían lugar alguno de los sucesos más desdichados de la misma. Y de donde se levantaba el viento Khamsin, que aplastaba a la ciudad bajo su desdicha. ("Símbolos de Alejandría -escribía el novelista en alguna parte-: un lago muerto, de agua salobre rodeado de un silencioso, incalificable e inocente desierto que penetra en África bajo una luz mortecina"). Durante su estancia en los años de la guerra, le había escrito a su amigo Henry Miller - que se había refugiado mientras tanto en California:

"No, creo que no te gustaría. En primer lugar, esta llanura húmeda y humeante -ni una colina, ni un montículo-, atascada hasta casi reventar por los huesos y los sedimentos ínfimos de culturas desaparecidas. Luego esta sórdida, derruida y acabada ciudad napolitana, con sus montículos levantinos de casas desconchándose al sol. Un mar plano, sin olas, de un sucio color marrón, rozando el puerto".

Es años más tarde, desde Chipre, que el escritor, refugiado en la isla, recordaría aquellos días, de los que nunca da un relato definitivo -porque la ciudad y sus personajes, y los días entre el sopor y el deseo, jamás alcanzaron una conclusión al término de las cuatro novelas; nunca culminaron una narración precisa. En la casa de Bellapais, al norte de la isla, describía, al comienzo de Justine: "Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos...". 

La imagen del calor, pensé luego, había surgido en algunas páginas, que aún recordaba, de las memorias del príncipe de Lampedusa sobre su Sicilia natal. En concreto en las notas inacabadas sobre sus lugares familiares, -incluidas en I racconti- en donde describía sus recuerdos de infancia y el viaje anual desde Palermo a la villa de Donnafugata. (A Santa Margherita di Belice, en realidad). Era una descripción sobre un viaje estival por una isla agostada por el calor, que cualquier viajero del Mediterráneo podía reconocer al instante.

Repetiría esta descripción en su única novela, Il Gattopardo:

" (...) Durante horas atravesábamos el paisaje bello y tremendamente triste de la Sicilia occidental: creo que aún era el mismo que habían encontrado los Mil al desembarcar -Carini, Cinisi, Zucco, Partinico; después la vía bordeaba el mar, los raíles parecían estar sobre la arena; el sol, ya ardiente, nos asaba en nuestra caja de hierro. No había termos y en las estaciones no cabía esperar refresco alguno; después el tren cortaba hacia el interior, entre montañas pedregosas y trigales ya segados, amarillos como melena de león. A las once, por fin, llegábamos a Castelvetrano, que entonces distaba mucho de ser la pequeña ciudad coqueta y ambiciosa de ahora: era un pueblo lúgubre, con las alcantarillas al aire y los cerdos paseándose por la calle mayor; y millones de moscas. En la estación, que ya llevaba seis horas achicharrándose al sol, nos esperaban nuestros dos coches, dos "landaus" a los que habían puesto cortinas amarillas".


Hay un ardiente, estéril verano siciliano, que el novelista recrea sin paliativos. Luego, vuelvo a leer Il Gattopardo y encuentro que toda la novela es una elegía. A despecho de algunas críticas posteriores que aludirán al relato como un ejercicio de sagacidad política y ambigüedad nobiliaria. Todo lo que la novela describe -los palacios, los caminos por el yermo, los jardines secos, las vajillas heráldicas o los bailes crepusculares en Palermo- está destinado a desvanecerse desde el instante de su aparición en la novela. Incluidos el príncipe de Salina y sus vástagos, las costumbres y las mansiones de su aristocrática familia.

Una inacción especial, un largo sueño que alcanzaba a toda la isla. "El sol, que todavía estaba muy lejos de alcanzar su máxima intensidad en aquella mañana del 13 de mayo, revelábase como el auténtico soberano de Sicilia: el sol violento y desvergonzado, el sol narcotizante incluso, que anulaba todas las voluntades y mantenía cada cosa en una inmovilidad servil".


Estos días -el bochorno que desciende de la sierra, quizá- he vuelto a leer a William Faulkner. Buscaba su minuciosa recreación de un escenario a su manera también aristocrático. Si bien aquí la aristocracia carece de emblemas y pervive precariamente entre los muros despintados de alguna vieja mansión colonial, casi derruida entre los campos de algodón. O en el orgullo de algunos personajes a trasmano que, apartados y absortos, aún recrean un relato de plantaciones interminables, bailes meridionales y esclavos de color en medio de su alcoholismo y sus ropas remendadas, únicas posesiones que les quedan. Los caminos que los lugareños recorren en los cuentos transcurren entre canales inundados, frondas impenetrables, una granja al fondo, apenas entrevista entre los cañaverales. Tienen algo de dibujo impreciso entre un laberinto húmedo siempre. El relato que releí al final, en otro volumen que sus "Cuentos completos", no era esta vez el del lento verano de las tierras del sur. Sino un cuento también crepuscular, localizado en el otoño, "El otoño del Delta", que recoge entre otros Richard Ford en su excelente antología sobre "El cuento norteamericano". 

Es un relato memorable sobre el otoño: el del Delta, el del antiguo paisaje cenagoso y perverso del sur. Pero también el del otoño del protagonista, el viejo Mc Caslin. Y la recreación de una antigua memoria, que todavía podía nombar un escenario, fatigoso y salvaje, cuya supervivencia ya se anunciaba condenada. (Y con la ocupación de los pantanos y los cañaverales abrumadores, y de las mansiones abandonadas, el final de la mitología de una aristocracia sureña definitivamente enfangada en sus tórridos sueños).

Quien sí recrearía un verano inconcebible, "al sur del sur", más allá de Nueva Orleans, sería la novelista Eudora Welty -que "Había nacido en Jackson, Mississipi" según anota su biografía y permanecería la mayor parte de su vida en la mansión familiar- en su relato No Place for You; My Love -que también incluye Richard Ford en su minuciosa antología. Lo había leído hacía tiempo y volví a retomarlo, con la sensación de un descensus ad inferos renovada.

Un calor mitológico; una humedad formidable; la extensión de un paisaje indefinible... Entre marismas, humedales, brazos del río que se confunden con las orillas; animales en el pantano; rumores en el bosque, casas entre los cañaverales... Al sur de Nueva Orleans todavía es posible proseguir el viaje, más allá de la ciudad, en torno a un territorio que se adivina como el límite. Y en esta búsqueda escéptica y un tanto adormecida, sus protagonistas emprenderán una peregrinación que les llevará hasta el extremo: hasta un sur que estaba, todavía, más allá del sur de donde habían partido.

"Estaban cruzando más terreno baldío, poblaciones cada vez más escasas e insignificantes. Debajo de todo había agua, incluso donde habían dejado en pie un muro de selva, se oían chapoteos bajo los árboles". En su periplo cada vez más dificultoso, en pos de un límite que se les escapa, rondará también la tentación de una historia sentimental. Que, entre el bochorno y la incredulidad, se evade igualmente. No hay ninguna redención del calor, los errores del pasado, en el relato. (En su viaje al otro lado del río encontrarán un lugar formidable, "El local de Baba", un cobertizo con farolillos, cazuelas de camarones y música de máquina de discos, donde se reúnen los vecinos que surgen de la niebla, con algo de lugar mitológico, al límite de las islas, último puerto homérico antes del naufragio. Las nubes de mosquitos inundan el cielo mientras algunas parejas se dirigen hacia el baile entre los farolillos).

Los protagonistas regresarán al fin, escépticos y distantes, a un Nueva Orleans, que se adivina como el postrero recinto urbano -y dotado de leyes y avenidas y semáforos- frente al Delta. Antes, habrán arribado por un instante a su extremo.

"Después de dar marcha atrás entre las tumbas, él siguió conduciendo hacia el sur al atardecer. Alcanzaron a un anciano que andaba con paso ágil en su dirección, él solo. Llevaba una camisa limpia con un par de palmeras verdes estampadas en el pecho, y señaló el coche con gestos circulares.

- Están llegando al final del camino- les dijo. Señaló hacia delante, se ladeó el sombrero hacia la señora y volvió a señalar.- Fin del camino".

Luego recordaré que un periplo similar, un descenso a los infiernos cuya estación terminal se encuentra también al sur de Nueva Orleans, aparecía en un cuento de Truman Capote, "Shut a Final Door" - que había publicado inicialmente en The Atlantic Monthly en 1947. En el que el protagonista, un sureño un tanto amoral y perplejo, había iniciado un viaje de retorno desde Brooklyn, Long Island y Manhattan hacia el sur de nuevo, que le llevaba a lugares cada vez más desolados, más distantes de su efímera estancia jubilosa en las mansiones de Long Island.

Un hotel sin nombre es el término sin remisión de su descenso, más allá de Nueva Orleans. "El cielo rojo de esa noche de agosto le había hecho pensar en hogueras encendidas, y el paisaje sureño, aquel paisaje insólito interminablemente contemplado desde el tren y repasado en la memoria en un intento de sublimar todo lo demás, había hecho más precisa la sensación de haber viajado hasta el límite, el desfiladero".

Ecos de la biografía del propio Truman Capote, un sureño arribado a Nueva York, que en su primera novela -Other Voices, Other Rooms- había recreado el escenario angosto y obsesivo de una mansión en el Delta, rondan por las páginas del cuento. En el que -tan diferente por otra parte del relato liminal de Eudora Welty- se nombraba de nuevo el lugar del límite: más allá de las ciudades, en un territorio tórrido y sin nombres, al sur de Nueva Orleans.


martes, 14 de enero de 2025

Del bosque, el desierto

Sierra de la Peña de Francia, en el límite con los montes extremeños. Al oeste, hacia Portugal, la Sierra de Gata, ya en la divisoria con las comarcas cacereñas. Cercana al pico más alto, llamado propiamente la Peña de Francia, bajo el santuario se encuentra la villa de La Alberca, en la falda. Alrededor, un monte espeso de robles, tejos, brezo y castaños. 

Llegar a La Alberca suponía, en los inviernos de antes, acceder al pueblo oscuro en la ladera de la sierra, de calles empedradas, aleros prominentes y sombra en las esquinas. Una niebla fría cubría a veces la llegada, el calvario en la entrada. Poca gente en la calle, un balcón iluminado sobre la plaza, adonde se accedía para tomar un caldo frente al hielo de los portales. 

Alrededor, el monte oscuro, la noche sin luces, el silencio del bosque de robles- como cargados de rumores, que no se aciertan a desvelar.

Era el escenario aún medieval de la aldea y el monte que la rodeaba, su cercanía ominosa y negra.

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La repoblación medieval de la comarca tiene lugar en una fecha relativamente temprana, durante el reinado de Alfonso IX. Asegurada en parte la frontera con los reinos árabes, tras la toma de Toledo por Alfonso VI en 1085, curiosamente la repoblación de los poblados de la sierra es anterior a la ocupación de las villas en el llano, siendo éstas sin embargo de una economía mucho más productiva que los dispersos caseríos, siempre agrestes, pedregosos y de tortuoso cultivo - o de precaria actividad ganadera, entre riscos e impenetrables bosques. Los serranos viven de la montanera o del producto de la sierra: miel, olivas, cera o castañas, con las que, cuenta la historia, elaboraban en tiempos un pan áspero y oscuro. Los restos de numerosas torres, las derruidas fortalezas, hablan de una repoblación de frontera, en el límite con las taifas árabes.

Diversas leyendas hacen alusión al descubrimiento de la imagen de la Virgen, cerca del posterior santuario. Leyendas que, como en otros casos, repiten la presencia oculta de una imagen, que se habría guardado durante siglos frente a la amenaza de los árabes. Un peregrino francés, Simon Roland, - Simón Vela, en la tradición de la sierra- habría soñado con la imagen, la cual encuentra tras haberse desviado del Camino de Santiago. "Por 1434, miércoles de la infraoctava del Espíritu Santo, reinando en Castilla Juan II, el peregrino francés Simon Roland (...) tras siete años de búsqueda, encontrará, dentro de una covacha, una de esas tallas negras, que pasará a llamarse la Virgen de la Peña de Francia". Una lugareña, la llamada Vidente de Sequeros, había soñado años antes con la imagen. Pero no había podido precisar dónde se encontraba. En algún caso en relación con la talla perdida se cita al último rey godo, el rey Don Rodrigo, el cual, según aquélla, se había refugiado en algún caserío cercano antes de perderse definitivamente en los montes portugueses. Alrededor de estas tradiciones siempre aparecen noticias de tesoros ocultos, imágenes escondidas, una reina mora -la de las Quilamas- refugiada en un castillo en ruinas. (Curiosamente, la frecuente alusión a los mouros que se conserva en esta mitología local hace más bien referencia a los ouros, los antiguos y enigmáticos habitantes de las minas y los bosques, ya desaparecidos, antes que a los "moros" de la historia medieval. En el folklore portugués las mouras, de tez pálida y cabello rojo, habitan en las cuevas o cerca de las fuentes. Guardan a su vez el secreto de tesoros escondidos y vetas de oro en las peñas).

Una tradición de la Alberca, "antiguamente llamada Valdelaguna", señala que desde siglos antes - siglo XVI según las noticias- se establece el ritual de la Moza de Ánimas, que aún hoy se mantiene. 

En las calles, al atardecer, pasea la llamada "Moza", una mujer del pueblo enlutada, que se acompaña de otras dos mujeres también vestidas de negro.  

En su procesión por las calles se acompañan de una esquila, que va sonando a intervalos. Tras el primer toque la moza salmodia:

"¡Fieles cristianos! Acordémonos de las Benditas Ánimas del Purgatorio, con un Padre Nuestro y un Avemaría, por el Amor de Dios". Un segundo toque y continúa: "Otro Padre Nuestro y otro Ave María por los que están en pecado mortal, para que su divina Majestad los saque de tan miserable estado". Un tercer toque. La procesión culmina frente a una hornacina en la pared de la iglesia, donde están enclavadas dos calaveras sobre el muro. Nadie acompaña a las mujeres cuyas voces admonitorias se dejan oir entre las calles. Recuerdan un mundo intermedio, oscuro, que acompaña a éste.

O, más antiguamente, la tradición de la Esquila del Mes, que también estaba destinada a contener a las ánimas. En ésta, que se celebraba el viernes primero de mes, una esquila sonaba a la madrugada, recorriendo toda la villa y finalizando asimismo en el osario de la iglesia. En un estudio sobre Vida y muerte en La Alberca se apunta cómo: "No hace muchos años era un hombre quien recorría el pueblo entero, saliendo a las tres de la madrugada, mientras tañía la esquila, cuyo mágico sonido de bronce se encargaba de ahuyentar y guiar a las Ánimas que por allí pudieran vagar".  [1]

Las sombras cubrían el pueblo, luego. El bosque, la noche fuera, siguen guardando su amenazadora presencia.

(Estas procesiones remiten en cierto modo también al mantenimiento de los rezos de ánimas en la comarca de Sayago, esa tierra de pizarra y afiladas cortaduras en el extremo de Zamora, cercana al lago de Sanabria. Allí, en la aldea de Abelón, se celebraba en la noche de Difuntos el llamado "Ramo de Abelón" -"Ramo de Ánimas"- en el que, tras la procesión por el pueblo y el persistente toque de campanas hasta la llegada a la iglesia, unas mujeres recitaban un largo parlamento dedicado a evocar a los penados del purgatorio y sus demandas. "Era una de las imágenes más tétricas que acompañaban el paisaje devocional del mundo rural hasta no hace muchos años", comentaba un artículo sobre el secular Ramo. Perdido éste en Abelón, la tradición se ha conservado hasta hoy en el vecino pueblo de Pobladura de Aliste.  [2]   Cercano, en la comarca de Aliste, particularmente en la villa de Alcañices o en el Miércoles Santo de Bercianos, todavía se conserva el canto procesional del Miserere, salmo 50, entonado en las calles al atardecer, lento y plañidero, cuya melodía monofónica aún conserva el eco de una liturgia vagamente mozárabe

Miserere mei, Deus,

secundum misericordiam tuam;

et secundum multitudinem miserationum tuarum).

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El bosque, la foresta alrededor de los caminos, nos recuerda el medievalista Georges Duby, forman parte del paisaje europeo durante siglos.

"Pocos hombres, muy pocos - sólo vastas soledades que gradualmente se van extendiendo hacia el Norte y el Este, llegan a ser inmensas y muy pronto terminan por invadirlo todo - baldíos, cenagales, ríos vagabundos y los páramos, los tallares, las dehesas, todas las formas degradadas de la selva que suceden a los incendios de matorrales y a los cultivos ocasionales de los incendiarios de bosques (...) A grandes trechos, una ciudad, pero que, invadida por la naturaleza rural, no es sino el esqueleto enmohecido de una ciudad romana, trozos de ruinas que contornean las caballerías...". Así comenzaba su ensayo sobre la "Adolescencia del cristianismo occidental" el historiador francés.  [3]  En la representación de aquel mundo Duby señalaba la presencia de un centro -villae- y de la periferia, -silva- siempre amenazante y oscura. "Un vasto disco cubierto por la cúpula celeste y rodeado por el océano. En la periferia, la noche. Poblaciones extrañas, monstruosas, de unípedos, de hombres lobos. Se contaba que surgían de vez en cuando, en hordas terroríficas, como adelantados del Anticristo". En algún momento se nos recordará la extrañeza, lo inhóspito en los caminos que cruzan estas regiones: "Doce siglos después, el vocablo -peregrino- seguía manteniendo ese significado. La Partida Primera lo recuerda de forma muy precisa: "peregrino tanto quiere dezir como ome estraño, que va a visitar el Sepulcro Santo de Hiersusalem e los otros santos lugares en que nuestro Señor Jesuchristo nasció, bivió e tomó muerte e passion por los pecadores; o que andan pelegrinaje a Santiago o a Sant Salvador de Oviedo o a otros logares de luenga e de estraña tierra".   [4]

El también francés Jacques Le Goff destacaba por su parte al paisaje del desierto en los orígenes del cristianismo, que como recuerda, había surgido en las sequedades del oriente. Allí, el desierto era el lugar de la pobreza y la contemplación en silencio. La ciudad quedaba muy lejos. Pero también era el lugar de la amenaza, cuya soledad inmensa estaba poblada por todos los rumores y los daimones de la oscuridad, que escapaban a las leyes de la urbe.  [5 ]   El desierto, recordaba Ernest Renan -en un comentario un tanto arriesgado, anota el francés- es el origen de las religiones monoteístas del mundo. En su escenario desolado, y lejos de los hombres, tiene lugar la ascesis de los ermitaños de la Tebaida, ese pedregoso paraje cercano al río Nilo. También la de los austeros monjes del desierto de Siria. Al desierto, cercano al río Jordan, recuerda el historiador de nuevo, se había retirado san Juan Bautista antes de iniciar su predicación. ("Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad" proclamaba Isaias en 40:3). Y en el desierto de Judea -"una montaña muy encumbrada"- tienen lugar la aparición y tentaciones del maligno a Jesucristo. ("Fue conducido del Espíritu de Dios al desierto, para que allí fuese tentado por el diablo", relataba sencillamente Mateo, 4:1).

Al lugar del desierto en el oriente se contrapone, afirma el mismo ensayo, el bosque en la geografía occidental. (Marc Bloch, nos recuerda, señalaba el rostro de la selva medieval "que abarcaba espacios mucho mayores que hoy en macizos mucho menos abiertos por los claros"). El bosque -la gaste forêt de Perceval - es, como reitera constantemente la literatura del ciclo bretón, el lugar de los encuentros enigmáticos. Y también el de un laberinto sin salida, ni posibilidad del regreso.

"Cuando el joven Tristán, que había huido de los mercaderes piratas noruegos, llegó a las costas de Cornualles, subió con gran esfuerzo al acantilado y vio, más allá de la landa abarrancada y desierta, un bosque que se extendía sin fin". Su huida con la bella Isolda encontrará refugio, como se sabe, en el impenetrable bosque de Morrois, alejados de toda persecución. "[Las gentes] de esa región de Cornualles /eran tan tan esquivos del bosque de Morrois / que nadie se aventuraba a adentrarse", escribía el bardo Beroul en su legendario relato sobre los amantes. La Bretaña continental, explica un tratado histórico, estaba en aquel siglo cubierta de robles. (Y un término bretón medieval será Douna: bosque profundo). En otro relato del roman courtois, en la legendaria foresta de Broceliande encontrarán refugio -y según otros la muerte- el mago Merlín y el hada Viviana. (En ella se había introducido también el Caballero del León, tras haber encontrado "un camino a la derecha") Será el lugar asimismo de las primeras reuniones de los cátaros, cuando la herejía llegue hasta las costas de Bretaña. (Antes, nos recordaba un tratado sobre el monte medieval, los druidas del celtismo celebraban su reunión anual en el bosque de las Carnutas -actual bosque de Orleans- para elegir sus guías).

"Más tarde, hacia 1140, un iletrado bretón llamado Eudes de l´Etoile, fue predicando la herejía en la región alrededor de Saint-Malo, y acostumbraba a mantener reuniones secretas en el bosque de Broceliande", recordaba el Steven Runciman de The Medieval Manichee. Fuentes hechizadas y robles milenarios -y una tumba enigmática - eran según la literatura artúrica alguno de los lugares de la foresta. Sin ningún nombre sobre ella, en algunos textos aparece como La Tumba de Merlín. Mientras que otros aluden a una Tumba de los Gigantes, de los que no se da ninguna otra referencia.

Pero en otro lugar - un ensayo sobre la selva oscura del Inferno de Dante, donde la diritta via era smarrita - se nos recuerda la "visión del abate calabrés Gioacchino di Flora, dotado de espíritu profético, un religioso que se extravía en la selva y el camino está impedido por linces, leones, serpientes". (Esta selva selvaggia e aspera e forte/ che nel pensier rinova la paura en el Canto I del florentino).

En la búsqueda de la ascesis en el monacato europeo se denomina "desierto" también a esta selva fragorosa: Desierto de la Grande Chartreuse que pueblan san Bruno y sus compañeros en la fundación de la Orden de los Cartujos. O las cabañas de Molesmes que ocupan san Roberto y algunos eremitas en Citeaux - en los orígenes de la Orden del Císter. San Ronán, el santo irlandés -nos relata la Vita san Ronani-: "Se adentra en el desierto y llega al bosque de Nemet en Cornouaille". (Allí será acusado de connivencia con los lobos, licantropía y hechicería, por lo que más tarde se traslada al reino de Domnonia, en el extremo de Bretaña). Había abandonado su obispado en Irlanda, para llegar a la áspera costa de Cornualles. O la fundación de la comunidad de Sainte-Foy-de-Conques - la formidable basílica románica, origen de una de las rutas principales a Santiago de Compostela- de las que el cartulario nos indica que la misma fue a establecerse en un lugar en el que "no había ninguna habitación humana, salvo la de los bandidos de los bosques". En el origen de la Grande Chartreuse había tenido lugar el abandono previo por parte de Bruno y sus compañeros de la abadía de Solesmes para adentrarse "sin motivo aparente" en los Alpes, en dirección a Grenoble. Allí, encontrarán en un páramo montañoso el lugar de Chartreuse - que dará lugar más tarde a la fundación de la Cartuja. Según una crónica de la Orden el lugar: "Se encuentra en el Delfinado (...) un lugar espantoso, frío, agreste, cubierto de nieve, rodeado de precipicios y de abetos (...) Es un eremitorio muy amplio y extenso, pero habitado sólo por bestias y desconocido por los hombres, debido a la aspereza de su acceso (...) su tierra es tan estéril e infecunda que no se puede plantar ni sembrar nada en ella". 

 O en otro lugar, tiempo antes, la fundación de la Camandula, la reforma benedictina que tiene lugar en el alto valle del Arno, en Toscana.

Allí el noble Romualdo "decidido a abandonar el mundo a pesar de tener ante sí un futuro de comodidades (...) había encontrado a Dios en los densos bosques del Casentino (...) Justo allí, cerca de un árbol, Romualdo había tenido en un sueño la visión de una escalera recorrida por algunos monjes, como premonición del nacimiento de la Orden". Era su intención: "Campus Malduli (...) convertir el mundo en un yermo".   [6]

Cuando, en algún momento de la posguerra europea, el escritor británico Patrick Leigh Fermor acceda en su interminable periplo a las celdas del monasterio de Saint Wandrille, en Normandía, no podrá menos que evocar, en unas páginas posteriores, los orígenes del antiquísimo convento, que había sido fundado por Vandresigilo, el santo originario de la región de Austrasia, allá por el año 649.

"Tempranas crónicas aún existentes y el famoso Gesta Abbatum nos cuentan sus inicios, cuando el norte de Francia estaba dividido en los enigmáticos reinos de Neustria y Austrasia, regiones de bosques y ciénagas sólo habitadas por lobos y jabalíes". (Más tarde, el relato evocará las distintas destrucciones y la devastación que se habían sucedido en la historia. De las que, sin embargo, aún perduraba la actual abadía benedictina y sus monjes).   [7]

Al oeste de la Península, por los valles del rio Sil, a principios del siglo VII en la soledad del Bierzo, San Fructuoso, -uno de los llamados "Padres del yermo"- huyendo de las ciudades tras el establecimiento del monasterio de Compludo, fundará en los montes Aquilianos el eremitorio de san Pedro de Montes. A estos cerros en la Valdueza leonesa acudirán eremitas o ascetas, como san Valerio, en cuyas laderas fundarán a su vez iglesias como la ermita mozárabe de Santiago de Peñalba, entre las escobas, el brezo y los riscos. (El invierno, la aspereza de aquellos lugares, protegerán en ocasiones el deseo de soledad de los cenobitas como Valerio. Éste, comentando aquellas primeras fundaciones, apuntará: "Como seguía viviendo en aquel monte, (...) en tiempo de bonanza venían muchos muchachos para aprender conmigo. Pero en cuanto se acercaban los malos tiempos del invierno con sus lluvias, todos se marchaban, y yo me quedaba solo y pensando únicamente en la muerte").

El término "desierto" se incluye a su vez en las fundaciones de los carmelitas descalzos, que buscan lugares apartados pero también "amenos", que favorecen la contemplación, afirman las ordenanzas de la reforma del Carmelo. Así, el más antiguo de ellos, el Desierto de San José en el valle de las Batuecas. Pero también el formidable -y arruinado- monasterio del Desierto de Calanda, en un intrincado paraje cercano a la villa. O el convento del Desierto de Las Palmas, en la Plana Alta, cercano a Benicassim - cuyos últimos monjes fueron asesinados durante la guerra civil. En otra sierra, aneja a Benifallet, se levantó en tiempos el monasterio -y las ermitas- de Sant Hilari de Cardó, allá por el Bajo Ebro...

Una descripción repetida en las "Historias de los monjes de Siria" del obispo de Ciro, Teodoreto, en sus minuciosas historias de santidad, reitera una escena inicial en las biografías: un monje abandona la ciudad, el mundo donde se ha criado, y se encamina al desierto -omnipresente en las montañas de Siria. Así cuando compara al "célebre Marciano" con: "Elías, Juan y sus seguidores, quienes vestidos con melotes, con pieles de cabra, indigentes, atribulados, maltratados (...) erraban por desiertos, montes y cavernas y las hondonadas del terreno".  [8]  Estos rigores en el cristianismo oriental adoptarán, como se sabe, en ocasiones la búsqueda de las más remotas cumbres. O de las cuevas en riscos inaccesibles - que dan lugar más tarde, entre otros, a la formación de los formidables monasterios de Meteora, en la Tesalia. En una referencia a la biografía de san Atanasio el Meteorita, en efecto, se recordará cómo éste termina su noviciado en el célebre Monte Athos, para abandonar a continuación el conocido santuario. "Atraídos por las noticias de los muchos milagros que acontecían a los de Meteora, donde -informaba el obispo de Verria a los peregrinos- sólo vivían buitres y cuervos, (...) deambularon en dirección sur hasta establecerse en una cueva en las cimas del Stylos, llamada también la Roca o la Columna", recordaba el viajero inglés Leigh Fermor en sus notas sobre el monaquismo en Meteora.

Pero en otro lugar muy distante, en el extremo norte de la cristiandad, Le Goff señala cómo: "los ermitaños irlandeses pueblan los solitarios islotes". El término "desierto" hace alusión, aquí, a los islotes apartados, a unas costas inhóspitas - por donde, permanentemente, se teme la llegada de los navíos de los hombres del norte. 

En la Vida de san Columbano, que tanta influencia iba a tener sobre el eremitismo irlandés, se nos cuenta: "Cuando san Cuthberto, al final de su vida, se retiró de su comunidad de Lindisfarne para instalarse en una ermita de la isla de Inner Farne, seguía una práctica bien conocida. El atractivo del desierto -“el grito de las olas, el grito del viento, las vastas aguas del petrel y de la marsopa"- que resuenan con tanta fuerza en la hagiografía celta, pobló de ermitaños muchas islas y acantilados desérticos por todas las costas de Irlanda y del norte de Gran Bretaña". Si en la Regla de San Benito se había advertido contra los llamados monjes "giróvagos", monjes que se alojaban tres o cuatro días en distintos monasterios, "siempre vagabundos ...de cuya misérrima vida es mejor callar que hablar", una referencia diferente aludirá a estos viajeros irlandeses y escoceses, siempre errantes, en una peregrinatio pro Christo, propter Deum. La cual se define como: "una forma de renunciamiento ascético, que les impulsaba a peregrinar sin descanso durante la vida entera, sin retornar nunca a la tierra natal".  [ 9 ]  El monacato irlandés, se apuntaba en el mismo ensayo, había recogido la noción primitiva de la peregrinatio perpetua, la incesante deriva.

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Fuera de la ciudad, el bosque, su laberinto oscuro e inextricable, será el espacio de las sombras. 

"Sombras, esos poderes mágicos cuya existencia sólo se percibe alguna que otra vez, en las visiones premonitorias de la muerte, en todos los rumores que cubren entonces la noche, pero que, como cada cual sabe, dirigen enteramente el universo", había escrito el Georges Duby del minucioso manual sobre los orígenes del románico editado por Skira. Una afirmación generalizada entre los clérigos altomedievales denotaba: Aures sunt nemoris. Los bosques oyen.

Del bosque, nos informa otra noticia, surgen de vez en cuando sus remotos habitantes: los leñadores, los proscritos, fugitivos, los perseguidos por la justicia. Pero también el oso, los lobos o, en la imaginería medieval, seres aún más hórridos, como los trasgos, la banshee, el hombre salvaje o una sombría procesión que atrapa a los que la contemplan en los cruces de caminos. Su oscuro laberinto está plagado de voces, como bien conocen los habitantes de las aldeas. Pero estas voces, presagios de qué turbia amenaza, nunca se distinguen muy bien. Al atardecer, recuerda el monje Glauber, comienzan los aullidos en el monte, las voces de qué sombría advertencia. (Y en el lai Bisclavret de Maria de Francia sobre un remoto bosque de Bretaña ésta nos recordaba al principio que: "Antaño se podía oir, y ocurría con frecuencia, que algunos hombres se convertían en garval y hacían de los bosques su casa. "Garval", es decir, animal salvaje. Mientras tiene esa rabia devora hombres, causa gran daño, en los bosques vive y se refugia").

El bosque sombrío señalaba, ya desde la remota descripción de Tácito en la "Germania", el límite entre el mundo ordenado y concebible, el de los países del Imperio, frente a esa selva oscura y, al decir de muchos interminable, que era la sombría selva Herciniana, que cubría la frontera con los germanos. (James George Frazer recordará cómo Julio César interrogando a unos prisioneros germanos había recibido de estos la respuesta de que su extensión era inabarcable. Más adelante el antropólogo escocés escribe: “Cuatro décadas después fue visitada por el emperador Juliano y la soledad, oscuridad y silencio de la selva parece que hicieron profunda impresión en su naturaleza sensible”). Su antigüedad era, apuntaban las primeras relaciones sobre Hercinia, asimismo innombrable.

"Tácito nos habla de los semnones, los primeros seres de las tribus suevas que nacieron del humus y que se reunían anualmente en asamblea en el bosque sagrado". Su mundo, una foresta laberíntica y húmeda, es inhabitable al decir del aristócrata latino que era Tácito. De ella surgen a veces las hostiles tribus de los alemanes a los que, en un esfuerzo inútil, las legiones tratan de contener. Tácito advierte que: "Aunque fértil el paisaje es pardo, oscuro, húmedo y de clima amargo".

Del bosque surgen también los ritos, enigmáticos y sangrientos en ocasiones, de los antiguos celtas. Siglos después una noticia sobre las remotas tierras de los druidas nos informará que: "El Concilio de Arles legisla contra la adoración de árboles, fuentes y piedras, o el de Tours de 567 o Nantes en 568, que irán contra los que practican un culto sacrílego, en lugares salvajes y escondidos al fondo del bosque".

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La ciudad está delimitada a veces por las murallas. Éstas establecen una nítida separación entre la villa y sus afueras. (En su De civitate Dei San Agustín ya había hablado de la oposición "Dentro del júbilo del Señor" y de las "tinieblas exteriores").

En las ilustraciones que realiza el monje benedictino Matthew Paris en la abadía de St. Albans para su Chronica Majora, a finales del siglo XIII, figuran las del itinerario que había dibujado para describir y documentar el viaje que el peregrino debería recorrer desde Londres hasta alcanzar la ciudad santa de Roma - o, en otra versión, hasta el extremo meridional de Brindisi, desde donde había que embarcar hacia Tierra Santa. El itinerario, según la tradición medieval, señala las ciudades y las distancias que hay que cubrir en una línea recta que desdeña la representación analógica del territorio, y que dibuja y anota con señales el recorrido hasta Jerusalén.  [10]   De su Historia Anglorum se nos señala cómo "las principales ciudades de Londres, Dover y York (aquí conocido por su nombre latino Eboracum) aparecen acompañadas por pequeños dibujos de castillos o fuertes, con murallas almenadas".

Las ciudades son nombres en el mapa. Una inscripción en tinta, debajo, las designa. Su existencia es la del nombre, desde luego. Pero su dibujo es siempre el de una torre, una iglesia, un castillo encerrado entre murallas en ocasiones. Los edificios son reconocibles y figuran como emblemas del lugar. Los muros señalan, en la representación medieval de la villa, la situación de ésta. Y marcan, en su aislamiento, la presencia a su vez de un afuera que, por el contrario, no se puede dibujar.

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No siempre el bosque es el lugar del caos, lo oscuro, lo innombrable. Una tradición que remite a la figura del jardín del Edén, también situado fuera de los avatares y sombras de la historia, se desarrolla sobre todo a partir de la extensión del llamado Estilo Internacional, a mediados del siglo XIV. Se reiterará en las ilustraciones de los Libros de Horas de las cortes borgoñonas, por ejemplo, ya a finales de siglo. (Pero también en la fabulosa serie de tapices de Flandes “La dame a la licorne”, del género llamado mille-fleurs, representación de un jardín encantado en el que el fabuloso animal es subyugado por una doncella, que se elaboran a partir de unos cartones que habían sido dibujados en París alrededor del año 1500).


Pero antes, había aparecido en las raras ilustraciones que en 1230 en la abadía benedictina de Seckau acompañaban los primeros manuscritos de los Carmina Burana, la colección de cantos goliárdicos de los siglos XII y XIII recogidos en el monasterio de Beuern.

Le Goff indicará cómo en las ilustraciones: "En ese bosque mágico, bajo los árboles extrañamente estilizados, cohabitan el caballo, el león, el ciervo, la liebre y toda una población de pájaros".   [11]  O el vergel que surge en uno de los primeros ‘roman’ artúricos, la aventura de “Erec et Enide”- vergel que, en consonancia con su carácter paradisíaco, se encuentra poderosamente vedado. En torno a un castillo y y un río infranqueable aparecerá el mágico lugar de la Isla de Oro:

“El rey lo lleva a un vergel. Es un lugar mágico en el que no se puede entrar aunque no se perciba muro alguno (…) Perennemente, abundan las flores y las frutas aunque no puedan sacarse del lugar. Todos los pájaros con todas las variedades de su canto están allí representados; de la misma manera que no falta especia ni planta medicinal”. Pero el jardín está defendido por el formidable Manobragain, cuya vigilancia nunca había sido franqueada.

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Alguno de los motivos característicos del romanticismo europeo - alemán sobre todo- se habían recogido en la publicación, que se realiza primeramente en prensa, de las Leyendas de Bécquer, a mediados del siglo XIX. Un escenario medieval, la pervivencia de las leyendas que surgían en la historia, la intervención de lo sobrenatural en la sucesión de los días, el ideal, normalmente trágico, sobre los intereses cotidianos... Un mismo clima rodea los relatos, al fin. Y éste puede definirse como el de la preeminencia de lo distante sobre lo cercano; lo indefinido sobre lo preciso; lo incierto sobre lo inmediato...

En una de las leyendas más conocidas, la de "El monte de las Ánimas", el relato se situará en un lugar ejemplar, como es la ciudad medieval de Soria, en el monte oscuro y sus ruinas a lo lejos, y en una noche no menos ejemplar, como es la de la fecha de Todos los Santos. 

Del monte, a la distancia, Bécquer hablará de: "(...) Un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad".

Era la representación de una tradición europea que surgía en la edad media, del monte sombrío y sus voces, allá fuera, a lo lejos.
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Un dictamen esforzado hablará del establecimiento de una nueva fundación de la orden del Carmelo, esta vez en el remoto lugar de las Batuecas, el valle y los riscos inmediatos a la Peña de Francia. La fundación del convento de San José, en el Santo Desierto de las Batuecas, se realiza a partir de 1599, establecida por el P. Tomás de Jesús, Superior Provincial de los Carmelitas Descalzos de Castilla.

Una crónica posterior, de finales del siglo XVII, nombrará:

"La extrañeza y retiro de estos montes, de estas rigurosas breñas, habían derramado por los pueblos circunvecinos opinión que allí habitaban demonios, y alegaban testigos de los mismos infestados de ellos. En los pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos; oída ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio: que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo...".  [12]   El benedictino Benito Jerónimo Feijoo había recogido en su Teatro Crítico Universal estas noticias seculares:

"Es fama común en toda España, que los habitantes de Las Batuecas, sitio áspero y montuoso (...) vivieron por muchos siglos sin comercio, o comunicación alguna con todo el resto de España, y del mundo, ignorantes, e ignorados aún de los pueblos más vecinos".   [13]

El monasterio, presidido por la modesta iglesia, estaba situado en el valle del río de las Batuecas. Sobre las peñas alrededor de la ribera se levantaban las pequeñas celdas y oratorios de los monjes. En el muro oeste, una puerta abre paso al refectorio, la cocina, los talleres, el lavadero. Una cerca de piedra de unos seis kilómetros de extensión rodea todo el conjunto. El plano de las edificaciones seguiría un esquema generalizado en los yermos de la orden, con una iglesia de nave única y crucero con cúpula en el centro, inscritos en un rectángulo en el que se situaban las celdas con jardines y, al exterior del recinto, las dependencias como las pequeñas ermitas, panadería, almacén, porterías, etc. (Modernamente, se ha instalado una hospedería en la entrada, que acoge a los que lo solicitan). Sería construido todo, según relata la crónica del convento, con materiales de una extrema pobreza. Desalojado el lugar con la desamortización de Mendizábal en 1838, el recinto se abandona. A finales de siglo sufre un enorme incendio, que quema la comarca alrededor y destruye los restos del eremitorio. Después de varias vicisitudes, el monasterio vuelve a ocuparse en 1950, cuando la orden de los Carmelitas Descalzos restablece la comunidad.   [14]
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Cuenta la leyenda que un día de frío intenso, a finales del siglo XIX, la animera de La Alberca quedó en cama, olvidándose de salir aquella tarde. Al día siguiente los vecinos comentaron que, sin embargo, todos ellos habían escuchado la esquila por la noche.

La leyenda la recoge, entre otros, el estudio sobre "Vida y muerte en La Alberca" publicado a finales del siglo anterior por la Universidad de Navarra. También un antiguo manual, inencontrable hoy en día, del P. Hoyos sobre la sierra, que se edita en 1946.   [15]

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[1]. Mercedes Cano / Javier Sanz    Vida y muerte en La Alberca.      Dialnet, 1989.

[2]. José Lorenzo Fernández Fernández.   "El culto a las Ánimas. El ramo de ánimas de Abelón (Zamora)".    Bibl. virtual Miguel de Cervantes  

[3].  Georges Duby.    Adolescencia del cristianismo medieval.   ed. Skira,  Ginebra. 1987.

[4]  cit. en  J. A. García de Cortázar    Viajeros, peregrinos y mercaderes en la Europa medieval   Gobierno de Navarra, 1992.

[5] J. Le Goff.  Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval.   ed. Gedisa, Barcelona, 2017. pg. 38

[6]  Paolo Cozzo   "Bosques y patrimonio forestal en la cultura monástica (...) el caso de la congregación camaldulense"
   Univesitá degli Studi di Torino    septiembre 2021.

[7]  Patrick Leigh Fermor    Un tiempo para callar     eds. Elba, Barcelona. 2010.

[8]. Teodoreto de Ciro.   Historia de los monjes de Siria.   ed. Trotta, Madrid.   2008.

[9]  José Orlandis   Las peregrinaciones en la religiosidad medieval     Inst. Príncipe de Viana   Navarra

[10 ] cit. en   AA.VV.   Arte e historia en la Edad Media. , vol I     ed. Akal, Madrid, 2009. pg. 228.

[11]  J. Le Goff.   La civilización del Occidente medieval.   ed. Juventud, Barcelona, 1969.   pg. 185.

[12].  Daniel de Pablo Maroto.  "La antigua biblioteca del desierto carmelita de las Batuecas".   Salmanticensis 48. ( 2001).

[13]   B. J. Feijoo   Teatro Crítico Universal     eds. Cátedra,  2006.

[14].  José Miguel Muñoz Jiménez.    "La arquitectura de los desiertos carmelitanos"   en Monte Carmelo 97,   1989.

[ 15].   P. Hoyos    La Alberca, monumento nacional.   Salamanca, 1946.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Leopoldo Panero en otoño

En la Plaza Mayor de Salamanca, con la llegada de noviembre, instalan las casetas de la feria del libro en el centro de la explanada. Noviembre ha traído un turbión de aguaceros, nubes en la sierra, ha llenado los caminos de hojas.

Un tiempo viejo, como de regreso, que incluye los libros que encuentro en la feria. Juan, el de la librería Vitorio, ya no viene: en tiempos aparecía con alguna obra inencontrable sobre ganaderías antiguas en Salamanca, y alguna otra, no menos rara, sobre las elecciones locales de la República y el Bloque Agrario. Siempre vendía algo en la ciudad, me contaba, y además a él y su mujer les encantaba el aperitivo en los bares de alrededor, un aperitivo que estaba aderezado, por lo que contaban, de delicias castellanas como los morros, la jeta o las manitas de cerdo a las que eran especialmente sensibles. Alguien me dijo que había cerrado la librería, definitivamente. Tampoco viene Begoña, con su local repleto de ediciones raras frente a la fachada de la Universidad, a la que no me importa no encontrar, porque incluso cuando anunció que cerraba la librería no quiso abrirme el armario en el que guardaba los libros más difíciles, que yo sólo alcanzaba a imaginar.

En una de las primeras casetas, bajo el arco de la plaza del Mercado, - el llamado popularmente “de Villa-Rosa” - encuentro amontonados sobre una silla varios ejemplares de la colección de Temas Españoles. Es una colección popular, editada pobremente, con temas que remiten aún a la mitología de la guerra civil. Pero en cuyas modestas encuadernaciones se encuentran algunos datos, algunos temas insólitos - entre otros un catálogo de la arquitectura de los pueblos de colonización, editada en plena época del Plan Badajoz, que encontré una mañana en la Cuesta de Moyano. Tienen dos folletos encima del montón sobre la República y el Partido Comunista en la guerra que compro y que luego descubro no tienen ninguna noticia de interés. Más allá, en la conocida librería de la calle Compañía, encuentro una atractiva colección de primeras ediciones del 27 y del 36 que nunca había advertido en el local y no sé de dónde salen esta vez. Están muy altas de precio y no me quedo con ninguna. En su lugar, a un precio razonable, la excelente edición que Andrés Trapiello ha hecho de los poemas de Leopoldo Panero para la editorial Comares de Granada, que sí adquiero. También una primera de la "Antología consultada" de 1952. En ésta, pasados apenas los primeros años después de la guerra, empiezan a aparecer los temas que se harán luego frecuentes, parte de un paisaje de la poesía de posguerra, como la pregunta sobre la función social de los poemas, la referencia a las "exigencias de un tiempo" o directamente la alusión al pueblo, ese protagonista anónimo y un tanto oscuro que inundará a continuación la literatura - y la fotografía y la plástica- de aquellos años. Es curioso: me interesan mucho más los autores desgajados de la primera posguerra que no la lírica que se hará más popular a continuación, de poetas como Blas de Otero, Gabriel Celaya o José Hierro, con sus motivos sociales y sus guiños a la censura. En su lugar, en esos primeros años, una intensa meditación religiosa que surge de entre las sombras, con algún excelente poema de Carlos Bousoño, José María Valverde o Vicente Gaos. A quienes nadie ha vuelto a leer, intuyo, nunca.

Alguna otra cosa suelta en la feria; muchos ejemplares de la editorial Barral o de Taurus, que hoy son un raro hallazgo: ninguno que no tenga ya. Lo mismo me ocurre con los manuales de editorial Juventud o las colecciones de arte de Skira. En varios mostradores, numerosas publicaciones de cómics, más recientes o más raros, que hace tiempo dejaron de interesarme por completo - y motivaron un día una encendida discusión con el poeta J., que los sigue coleccionando todos. En una rara librería de Huesca comienzo a charlar con el librero, que me enseña espaciosamente una joya detrás de otra y que abandona toda comunicación con los clientes para hablar conmigo de las precarias ediciones de la posguerra. Alguno de los libros no lo había visto nunca, sólo encontrado la cita del mismo en un lugar u otro. Entre otros la primera edición del mentado "Comunistas, judíos y demás ralea" que recopilara el teatral Ernesto Giménez Caballero sobre textos de Pio Baroja en plena guerra. O la primera también del "Aquí París" del vasco. Se publicaron en una época en la que los exiliados en la capital francesa - Baroja o Azorín entre otros- subsistían gracias a los artículos que iban publicando en la prensa argentina. O chilena en algún caso. Tiene también el igualmente raro "Eugenio o la proclamación de la primavera", de Rafael García Serrano, que edita la falangista Jerarquía en el año 38. Es un ejercicio de lírica forzada, según descubro al poco, donde el autor intenta elaborar una trabajosa apología de la guerra y del entusiasmo de un joven falangista en medio del ruido de los frentes, que resulta al fin un empeño un tanto tedioso, una fatigosa prosa del entusiasmo.

Mucho más interesante resulta su "Plaza del castillo", ya del año 1951, donde García Serrano realiza un entrañable retrato de un tiempo inmóvil, el de la Pamplona de principios de siglo, que poco a poco se va acercando al levantamiento y al estallido de la guerra que acabarán con su letargo expectante, y que - ya la había leído en otro momento- resulta una excelente evocación de los días de julio del año 36. Con el fondo, ya con las dosis suficientes de escepticismo pasados los años, de apología de la sublevación frente a la barbarie.

Leer en otoño, con las tardes que se acortan, tiene algo de ejercicio lento, ajeno por completo al espectáculo. Lo tiene la lectura de "La senda dolorosa", de la saga del "Aviraneta" de Pio Baroja, de 1928, que también adquiero del prolífico librero argentino - "Mis abuelos emigraron de La Rioja antes de la guerra", me contará otra mañana en la que acudo a la feria de nuevo, el cielo amenaza nieve, y no le compro nada. En el caso de la novela de Baroja, en la primera edición de Caro Raggio, esta lentitud se ve acentuada por su carácter de libro intonso, que obliga a buscar un viejo abrecartas en la biblioteca familiar, y a detenerse a abrir las páginas de cada cuadernillo. Es un libro abrupto, por decirlo de algún modo, más aún de lo que suelen serlo las novelas del vasco en esos años. Hay algo en él, independientemente de que el moho se haya adueñado de muchas de sus páginas, que evoca un permanente olor a sacristía y desván cerrado. Pero en su arriscado relato de la muerte del Conde de España se introduce en primer lugar la descripción de unas ciudades del Bearn, cercanas a la frontera española, que eran un paisaje acostumbrado de los refugiados vascos - de los partidarios del rey Carlos- en cuyo melancólico y provinciano escenario se mueven en continuas conspiraciones mirando hacia los Pirineos. (Pau, Bayona, Orthez, San Juan de Luz...). Y, por otra parte, existe la descripción de una Cataluña de masías aisladas y cercas decrépitas que es aneja al gusto por los escenarios añejos del escritor. (Y por sus atrabiliarios personajes). Y que en la polvorienta novela se reiteran puntualmente.

O el páramo leonés, la sierra del Guadarrama a lo lejos, o las laderas del Teleno. Son los lugares que surgen, como en sordina, después de un tiempo al que las sombras han invadido: después de la guerra. Son escenarios recurrentes en la obra de Leopoldo Panero. En cuyo paisaje acostumbrado - el de los padres, el jardín familiar, la casa de Astorga- va a tener lugar su honda reflexión religiosa. Es una meditación que se mueve en el escenario de lo cercano. Terminada la contienda, cubiertos aún los días de sombras, hay ecos de Unamuno en su clara dicción castellana. O de la tristeza de un César Vallejo que había conocido en su momento la hospitalidad de la casa de Astorga y cuyo recuerdo acompañará siempre al poeta. ("Y siempre estaba solo - escribiría en 1947 en su poema al peruano- aunque nosotros le quisiéramos"). 

“De la estancia vacía” se titulaba su segundo libro, de 1944. El páramo se extiende, inmediato, y a lo lejos se advierten unas cumbres sobre el jardín, cuya presencia es la de lo familiar siempre. Pero también otras veces la de la amenaza de una tormenta incipiente. Luis Felipe Vivanco, compañero del grupo, -de quien yo había encontrado hacía poco su raro "Tiempo de dolor", volumen de poemas escritos en plena guerra-, tenía también un poema titulado "El peregrino amante", con la misma sensación de lo errante sobre la llanura

Sé que la soledad es la viva canción de mi sangre

que convierte los días en llanura exaltada

La llanura, la casa, el páramo frío... Unas fotografías muestran el caserón familiar de los Panero en Castrillo de las Piedras. Hay una galería acristalada, un jardín con un pozo, la hiedra perenne... Sobre el peso de las cosas cercanas flota la noción en el escritor del eco de una antigua alianza entre Dios y los hombres, que a veces es ocultada, y por la que el poeta se preguntará siempre.

Las cosas, en estos tiempos de aislamiento, aún pesaban.

"hacia la primavera, en lo distante,

con los ojos cerrados, Dios se siente".

Pero también aparece la figura del caminante, del vagabundo por la despoblada llanura, en un poema como "El mendigo", de su libro "Escrito a cada instante". (Que remite, al pronto, al Antonio Machado de los campos y el páramo de Soria, aquel de “un pobre caminante que durmiera / de cansancio en un páramo infinito"). Sobre lo cercano, la inquietud por la antigua alianza. "Estamos siempre solos", afirmará en su evocación de su adolescencia astorgana "A mis hermanas". (Pero también Vicente Gaos, en su poema dedicado a la "Adolescencia" hablaba en algún lugar de "la noche sin Dios, súbita y triste").

Sobre la mesa, otras compras igualmente lentas. Un Gabriel Miró de Biblioteca Nueva, con manchas de moho en las páginas - y el recordatorio del un Miércoles de Ceniza del año 1938 que aparece de pronto entre aquéllas. La traducción, firmada por Manuel Azaña, del alegórico "La esfera y la cruz" de Chesterton de 1930 en Biblioteca Nueva también. Unas raras "Confesiones" de Paul Verlaine - un tanto decepcionantes- que traduce el ultraísta Eliodoro Puche para Mundo Latino en 1921... 

Baja el frío otra vez. Sobre la Peña de Francia, las primeras nieves.


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martes, 24 de octubre de 2023

De Octubre

 

                                            "Ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño"

                                                                               (Covarrubias, 1611).

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(Cit. en el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias. (1611). En su caso "Cuando en una casa donde solíamos ser recibidos ya no nos conocen").

Tb. en El Quijote II, 74. 2ª parte, 1615:

"Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño". ( Después de haber pedido perdón a Sancho, "haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo".  También en II, 74: "No haber hallado nidos donde pensó haber pájaros").

En La lozana andaluza  (Venecia, 1528):

"- Señora Lozana, no se maravelle, que quien viene no viene tarde, y el deseo vuestro grande me ha traído, y también por ver si hay pájaros en los nidos de antaño".

vid. tb. Agustín de Rojas Villadrando, 1603. Diccionario Autoridades  1726-1732. et alt.

vid.  Ramón Menéndez Pidal    Romancero hispánico hispano-portugués, americano y sefardí    Espasa-Calpe, 1953.

Longfellow: "There are no birds in last year´s nest"     Ballads and Other Poems   1842.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Turris Babel. II



"Y le respondió diciendo: - Mi nombre es legión, pues somos muchos".

(Marcos, 5:9)

Un tiempo nuevo otra vez, con la tarde que acaba enseguida, la chimenea encendida y el agua que golpea en los canalones, fuera.

Rebuscando en la trastienda de algunos puestos de la Feria del Libro en el paseo de Recoletos encuentro algo. Un librero al que desconozco me enseña una primera edición de la "Casa de campo" de José Donoso que no había visto nunca. También la primera de los "Dos días de setiembre" de Caballero Bonald, ambas de Seix Barral, con la cubierta rancia del arquero de la Biblioteca Breve. También tiene un breve relato de Miguel Delibes, "Los raíles", editado en la Novela del Sábado hacia los años 50, y, después de discutir un rato, se lo compro todo.

Lo que el librero no sabe, ni falta que le hace, es que con las ediciones clásicas de Barral lo que estoy comprando, además del texto, es el recuerdo de un mundo editorial de papel áspero y cubierta opaca, que evoca ese tiempo de escritores en pensiones de la posguerra, publicaciones baratas y el realismo de la época, que teñía de gris todo lo que le rodeaba, tabernas de vino agrio incluidas.

Apenas hojeo luego el Caballero Bonald. Ya lo había leído en tiempos y lo dejo para mejor ocasión. Tampoco el Delibes, que se pierde al pronto en una estantería caótica. Sí abro la novela de José Donoso, a quien, después de una lectura adolescente de su Obsceno pájaro de la noche, y otra mucho menos fascinada de sus Tres novelitas burguesas, no había vuelto a hojear. La novela del chileno, en la prosa de un sur que desconocemos, recrea ese mundo cerrado, redundante y profuso y como al borde de la devastación, que podíamos esperar de un escenario tantas veces reiterado: la casa de campo, las familias antiguas, el calor de la selva, que aguarda afuera y está comenzando a inundar el antiguo recinto ordenado, aristocrático, cansado. Es un paraje ensimismado, que se repite en tantos momentos de la narrativa del boom de los latinoamericanos - había aparecido antes en los relatos sobre la montaña leonesa en Juan Benet. O en las masías de las afueras de Barcelona de Luis Goytisolo.

En el fondo reproduce un tema de la literatura desde la epopeya de Gilgamesh, que es el del jardín cerrado, escenario absorto en donde una suerte de destino ensimismado discurre dentro de los muros que lo aíslan del mundo afuera.

Yo recordaba ese paisaje obsesivo en "Bomarzo", otra novela excelente dentro del boom, del argentino Manuel Mújica Laínez. Y, sobre todo, "Aura", el también obsesivo relato del mejicano Carlos Fuentes, modelo del recinto enigmático- esta vez en una colonia sin nombre del Distrito Federal de México. (Que el profesor García nos indicó una vez que se trataba probablemente de la calle Donceles, en el Centro Histórico).


En las baldas de fuera de las casetas, entre el montón de libros acumulados y de saldo, encuentro un raro Ricardo de la Cierva sobre las "Brigadas Internacionales", que había visto citado en otras obras, pero nunca en los estantes de la librerías. Hojeado luego, resulta previsible y no puedo ver ninguna noticia, rara o no apuntada en otros libros, que pudiera guardar. También está la edición de bolsillo del "Diccionario de símbolos" de Juan Eduardo Cirlot, que compro por el precio, aunque sospecho que ya estaba en alguna estantería de la casa. De este último recibo una cierta decepción al escudriñar sus entradas en orden alfabético. Las cuales resume enseguida con una referencia a la dualidad, sin más profundidad. Una lectura posterior en cambio me reconcilia con la obra, al releer la introducción, una buena digresión sobre los problemas del simbolismo y la noción de un imaginario universal, más allá de la torpe fantasía de lo individual.

Siguen el aire frío, una lluvia intermitente que cae todos los días. En la vieja Salamanca resta apenas un resquicio de la antigua ciudad en la portada de la iglesia de San Benito, siempre sola, el bar Bolero al fondo de una calleja sin salida, el café Novelty en la plaza... Entre la procesión de turistas y tiendas de recuerdos que ocupan ya, a todas horas, las calles.

La librería C., frente a la fachada de la Universidad, es un remanso en medio del desfile y los puestos de comida rápida. Alguien me contó que habían comprado hacía poco la colección completa de clásicos de la editorial Gredos. Me acerqué algún día pero estaba siempre cerrada. B., la dueña, me viene a decir que abre cuando hace buen tiempo. Esta mañana luce un sol frío, de otoño, y por eso está allí, detrás de una mesa caótica y una estantería en la que guarda algunas ediciones realmente raras. Esas no las vende, me informa, fiel a una costumbre de librero de lance que agradezco en el fondo.

Toda la colección de Gredos, esas joyas de la edición de los Ovidio, Herodoto, Aulo Gelio y aún Rutilio Namaciano, están ya vendidas, dice. En cambio ha conseguido el catálogo de la biblioteca medieval de Siruela, no menos raro. Le compro la edición de Victoria Cirlot del Mabinogion galés, el repertorio de antiguas leyendas contadas originalmente en antiguo gaélico, y en cuyas páginas asoma el paisaje bretón -no se sabe cuál sería anterior- los primeros motivos artúricos y un recuerdo como velado de una mitología celta y la epopeya de antiguos héroes y reyes britones de los que apenas tenemos noticia. 

Tiene muchas otras cosas. Pero la mayoría de las novelas de la editorial Áncora y Delfín o del Premio Formentor de relato las tengo ya. Una rarísima edición del poeta José María Hinojosa, publicada en Málaga en los años anteriores a la guerra, está dedicada a no recuerdo quién y no la había visto jamás. Pero el precio es insólito también y B. además no tiene ganas de desprenderse de ella, deduzco. Sí le compro otro raro Azorín, el "Cavilar y contar" del año 42. De cuando Azorín, de regreso de un París del que sólo ha visto los puestos de libros de la orilla del Sena y los restos del Segundo Imperio, vuelve al Madrid de la posguerra, un tanto hastiado de todo, y se dedica a escribir sobre sus amigos inmediatos. Y sobre la tertulia gris del café Belgrado, allá en la calle Alcalá, lejos de la contienda mundial que prosigue en las costas de Francia, las estepas ucranianas, al otro lado de la frontera.

En otra librería de Salamanca, en un pasaje también olvidado por las romerías del turismo, a la que acudo con cierta frecuencia - el café en la plaza es excelente- me miran con cierta sorna cuando una mañana les pregunto por varios títulos que creía desaparecidos para siempre. Tienen el Erwin Panofsky sobre "Los primitivos flamencos", su ensayo sobre iconología medieval, y aún el volumen de Aguilar de "El renacimiento meridional" de André Chastel, que me apresuro a adquirir antes de que entre en la librería otro orate. No tienen el raro libro sobre "El grutesco" de éste último, pero me lo pueden conseguir en dos días, y en efecto a los dos días me llaman. No tienen, y no se puede conseguir si no es a precio desorbitante, me informan, ni el insólito estudio del erudito bizantino Pavel Florensky sobre la perspectiva de los iconos. Ni aún menos el Stanislas Klossowsky sobre "El juego áureo", ambos de editorial Siruela. Lo escucho casi con una sensación de alivio. La Biblioteca de Babel no se halla aún en la plaza de San Boal, y en el fondo es un consuelo saberlo. (Luego, después de haber leído el excelente ensayo sobre el grutesco del francés André Chastel, donde aventura la tesis de que el juego frívolo y anticuario de las figuras caprichosas de decoración tal vez oculte un sistema alegórico indescifrable, el tono académico y de historiador clásico del mismo en el volumen sobre el renacimiento me sorprende al principio. Y me agrada después. Retomo más tarde el Panofsky sobre la pintura flamenca y su memorable ensayo sobre la cosmovisión de la perspectiva, posterior a Brunelleschi. Aún tengo reciente una visita al museo Groeninge de Brujas, y sus Van Eyck, Hans Memling, Gerard David y otros).

De camino otro día a la tertulia capitalina, acudo esta vez con el raro catálogo de una galería de arte malagueña, después de pasar la mañana con B. en la feria de arte antiguo. En cuyos fondos, puestos ahora a la venta, figuraban una magnífica estela egipcia del reino de Meroe; un no menos obsesivo Kylis griego, con las figuras de Ayax y Telamón en lucha. O un ladrillo paleocristiano del siglo III, en el que ya aparece el crismón, la representación de la figura de Cristo - "El ungido"- en el cruce de las letras griegas X y P. Hay algo iniciático - de iniciación y de regreso a unos primeros tiempos- en ese emblema aún torpe en una época en la que el cristianismo busca sus propias figuras, sumergido todavía en una tradición absorbente de dioses, planetas y alegorías de la Antigüedad pagana. 

En la tertulia, sin embargo, el erudito profesor García está desazonado con la publicación de un emblema muy distinto. Se trata de un sello, editado en colores y diseño industrial por no sabemos qué organismo oficial, que conmemora el centenario de la fundación del Partido Comunista. "Un ejemplo en la lucha por las libertades", había leído en alguna parte.

- Sería más consecuente si hubieran celebrado la expansión de las legiones del Maligno - comentó, aún ofuscado. Para añadir luego-. Claro, que para eso tenían que haber leído algo más...


Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...

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