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miércoles, 18 de junio de 2025

Noticias del Frente del Norte

 Noticias del Frente

Aquel otoño del 37 debió de ser excepcionalmente frío. Tras la caída de Bilbao en junio de ese año, una niebla permanente, contaron, acompañó el reinicio de las hostilidades en Cantabria a continuación. El hielo, la ventisca fría, cubrían los Picos de Europa, taparon los puertos asturianos al final del verano.

Yo buscaba una suerte de memoria de aquellos días, más allá de la crónica militar, de las digresiones políticas al uso. En algunas páginas sueltas del “Diccionario para un macuto” del navarro Rafael García Serrano había hallado a veces una evocación de los días y el clima de la guerra que en otras historias o manuales al uso no surgían.

Estaba en concreto buscando algunas páginas en donde se recordaba el final de la Campaña del Norte. Tras el caluroso agosto el primer otoño había traído un clima hostil sobre las montañas. Aquélla había tenido lugar tras el derrumbamiento del Cinturón de Hierro de Bilbao, el confuso pacto de Santoña entre el PNV y los italianos, la acelerada toma de Santander a continuación. Antes, durante unos meses había sucedido, describe García Serrano entre otros, una especie de pausa en la que los requetés navarros regresaron de permiso a los valles de Alarar o el Baztán – otros bajaban a la Ribera-, se reciben noticias del frente de Madrid, algunos solicitan un permiso para viajar a San Sebastián, y en una descripción efectuada como de paso, se nombra una ciudad en la que aún persistía la costumbre del veraneo antiguo, pese a todo, y los afortunados cenan en Xauen, tertulian en el Hotel Continental o acuden al remozado bar de Pedro Chicote, cuyo local en la Gran Vía madrileña había sido socializado. En alguna otra crónica -una relación de la estancia de Edgard Neville en medio de sus filmaciones en los frentes, los encuentros con Agustín de Foxá y la redacción de La ametralladora - había encontrado el término de “el verano prolongado” referido a la ciudad aquel año.

Un clima frío, inhóspito, se instalará a primeros de septiembre en las montañas cantábricas, donde tiene lugar la campaña final del Norte a continuación.

Noticias de los días… Una evocación del paisaje de estaciones de tren y oscuras cantinas, en unas calles donde los capotes militares refuerzan el escenario sombrío, surgía en una novela posterior de García Serrano, “Los ojos perdidos”, que narra un día de permiso de un alférez provisional en los bares de la ciudad de Gambo, - una mención a Pamplona, seguramente- entre la aspereza del frente de donde viene y la inminencia de otro frente cercano, adonde ha de partir a continuación. Ninguno de estos dos se nombra, pero su presencia flota, constante, sobre el momentáneo sosiego de la ciudad cercana a la frontera.

Antes, un aire como de veraneo antiguo persistía aún. Se filtra a veces a través de las noticias que de la costa guipuzcoana y de las playas del país Vasco francés, con lugares como Biarritz o San Juan de Luz, aparecen en las crónicas de aquel verano. Las encontré por ejemplo en el libro, por lo demás delirante, de memorias del embajador norteamericano en la guerra, Claude Bowers, el cual justifica todos los crímenes del bando republicano como “necesarios”, defiende su legalidad irreprochable y llega a afirmar que Negrín y sus ministros dormían en las cárceles para proteger a los presos- Bowers será inmediatamente destituido con el reconocimiento del régimen en 1939. Alejo Carpentier, que había viajado una vez más desde París por las mismas fechas, escribía por su parte: “Si yo fuese miembro del Gobierno de Valencia, invitaría al señor Claudel a darse un paseo por estas regiones. Se convencería de que el único crimen cometido con ciertas iglesias- !bien pocas!- ha consistido en transformarlas en hospitales de sangre o en museos públicos”. (Claudel, a quien aludía el cubano, había publicado el poema "A los mártires españoles" como prólogo a La persécution religieuse en Espagne, que había sido editado en Sevilla en 1937 con la traducción de Jorge Guillén. Y en el que habría recordado en un verso a los "Once obispos, seis mil sacerdotes asesinados y ni una sola apostasía").

Pero en su estancia en San Juan de Luz durante aquellos meses previos– empeñado en una tarea de rescate por barco de los súbditos americanos que lo solicitaban- el diplomático de Indiana viaja continuamente al otro lado de la frontera, se reúne con embajadores y exiliados varios en la costa francesa, y apunta en alguna parte:

“Este lugar está compuesto de lo que popularmente es conocido por una playa internacional de moda, y era agresivamente franquista (…) Los hoteles y las villas estaban atestados de refugiados de la nobleza y la aristocracia, y un forastero, paseándose por la playa de San Juan de Luz, habría creído hallarse en una ciudad española, puesto que la mayor parte de los transeúntes hablaba en español. Estos llenaban el bar Vasco de san Juan de Luz y el bar Sonny en Biarritz a las horas del cóctel (…) Muchos habían llegado del territorio leal por medios tortuosos”.

Hasta allí llegan ecos del frente, recogidos desde una retaguardia cercana… Pio Baroja, refugiado en los primeros días de la guerra en Hendaya, recogía también en unas notas –que no serían publicadas hasta muchas décadas después- las noticias y el ruido que desde el otro lado de la frontera llegaban al, por otra parte plácido, puerto francés. Despotricando de un modo ferozmente barojiano contra tirios y troyanos – republicanos y carlistas- en algún momento contrasta la sensualidad de la playa de San Juan con las noticias y el rumor de los bombardeos más allá del Bidasoa. ("Lo que se cuenta es un verdadero horror" apuntará. Antes de defender a los milicianos vascos frente a las brigadas navarras, de paso). Y con las llamas nocturnas y las luces sangrientas que del incendio de Irún llegaban hasta la villa. Una niebla constante, una fría llovizna, afirmaba, cubrieron aquel primer verano de guerra.


Ese otoño, a su llegada clandestina a Bilbao, un voluntario comunista, Pierre Bochot, describirá la extrañeza que le produce la capital vasca, desde el relato que en Francia habían elaborado los sindicalistas de la región de Toulouse:

"Más tarde, lo que nos choca es el ambiente insoportable de los grandes cafés. Hay mucha gente antipática, que bebe licor Pernod, chocolate, vino de Oporto, cerveza, juegan al dominó, leen el periódico o no hacen absolutamente nada. (...) Cuando la orquesta toca el himno anarquista, La internacional, y el himno de la República española, la gente permanece sentada. Solamente el himno vasco les hace levantarse de sus asientos". A continuación su relato -Los voluntarios del pueblo- se perderá en un paisaje húmedo y boscoso en las montañas, almuerzos en los caseríos, hospitales en la retaguardia y continuas retiradas. (En algún momento, en el frente de Sustaintza apuntará: "Hace un tiempo abominable. Frío. Cae aguanieve. Los picos ya están nevados. Nubes veloces como el humo de nuestros cigarrillos. Paseo matinal por los caminos llenos de agua para ir a beber zumo en el salón").

La joven aristócrata Jessica Mitford, hija del barón de Redersdale, que ha huido a Bilbao con el brigadista Edmond Rosmilly -a su vez sobrino de Clementine Churchill- describirá en sus notas el ambiente apesadumbrado de los cafés vizcaínos. Que sólo se interrumpe, cuenta, para interpretar el himno vasco. Y regresar a continuación al comentario de las noticias pesimistas del frente, difundidas como en sordina.

El tiempo detenido entre las batallas, luego… Algo más lejos, en la fría Castilla, Dionisio Ridruejo describirá en sus memorias los primeros días del invierno en la ventosa ciudad de Burgos, que durante un tiempo se convierte en capital del Alzamiento. Los uniformes inundan las calles, los cafés, el paseo del río; también las tejas clericales y los manteos pardos. La ciudad está cercana a un frente inmovilizado durante algún tiempo. Del norte de Burgos, de las montañas palentinas, partirán más tarde las brigadas castellanas hacia los puertos asturianos y leoneses. Las líneas de las trincheras, desde el primer mes de la guerra, están inmovilizadas en ellos. (De la biografía de Manuel Machado, el poeta sevillano que el mismo día del Alzamiento quedó retenido en Burgos, sin poder regresar a Madrid, las notas trazarán el paisaje, que le acompañará esos años en la ciudad, como un escenario ciertamente provinciano y clerical, a quien venía de un pasado trasnochador y bohemio. Como la mención a la Pensión Filomena -"calle Aparicio y Ruiz ocho"- en la que vivirá el matrimonio durante toda la guerra; la redacción del diario "El Castellano"; la del "Diario de Burgos"; la Delegación de Hacienda en la calle San Juan donde recobra su trabajo de funcionario; la amistad con Bonifacio Zamora, el "padre Zamora"; la del prior de la Cartuja de Miraflores, don Agustín María Hospital... En sus recuerdos de aquellos días, Eulalia, su mujer, apunta que el poeta: “Hace ejercicios espirituales con el padre José Zalema (…) Por las mañanas, el sacerdote le da pláticas en la portería de las Esclavas y por las tardes ambos pasean juntos por la orilla del Arlanzón”). Incluso en la sitiada Oviedo - donde las tropas del coronel Aranda están cercadas por los milicianos que se encuentran sobre el alto del Naranco- una historia oral de la guerra recordará que, en los primeros meses: "Los combates eran escasos, los cafés seguían abiertos, la gente podía dar su paseo vespertino por la calle Uría. Los almacenes de Oviedo (...) estaban llenos".

Frente a las noticias que llegan de la otra parte, que hablan de la transformación de un escenario tradicional de las ciudades – en Barcelona han sido quemados todos los templos, dicen, banderas rojinegras inundan las calles, la población viste con monos azules, en las calles los fusiles se amontonan frente a las terrazas – Ridruejo recrea la noticia de una vida provinciana que aún se mantenía a despecho del rumor de los frentes cercanos:

“El barrio de la Castellana, algunos restaurancitos chicos de lechón y clarete y (…) el hotel Condestable, lugar casi obligado para las comidas de compromiso”. El catalán Ignacio Agustí, huido de Barcelona, que en Valladolid edita la revista Destino, define ésta como “una ciudad sombría”. El Diario palentino, en medio de la guerra - que se mantiene en los puertos del norte de la provincia- aún describe: "Los lugares tradicionales de paseo: la orilla del río, avenida de Valladolid, la carretera de Grijota, la calle Mayor y, cuando el tiempo es bueno, (...) la floresta de san Diego, el Cerro del Otero, la fuente de la Salud...".

Más al sur, el voluntario británico Peter Kemp, de camino hacia algún frente, se detiene en Ávila. La describe al llegar como “Situada en una colina, rodeada de almenadas murallas, y relacionada para siempre con el nombre de santa Teresa”. En un hotel de la fría ciudad se reúne la colonia extranjera: periodistas, diplomáticos y voluntarios de paso hacia alguna otra parte. “La cena fue excelente, el vino abundante y animada la conversación en todas partes”. 

(Desde el lado republicano, la descripción de las primeras jornadas en Barcelona surgiría en cierto momento en las páginas que George Orwell, voluntario en las filas del POUM, escribe a su regreso a Gran Bretaña - y que fueron rechazadas por su editor aún antes de haberlas leído. Una noción de la vida cotidiana, más allá de la digresión ideológica, se filtraba en ellas. Los sombríos cuarteles de la ciudad, el sempiterno olor a letrina, la tediosa instrucción en los patios... Y, en algún otro momento, de camino al frente de Huesca, Orwell escribirá sobre:

"Ulteriores experiencias conformaron esta impresión; por ejemplo el aburrimiento, el hambre canina de la vida en las trincheras, las vergonzosas intrigas por hacerse con las sobras del rancho, las mezquinas y fastidiosas peleas en las que se enzarzaban hombres muertos de sueño". Inmovilizado el frente, la prensa de Barcelona anunciará en repetidas ocasiones la inminente toma de la ciudad. Que nunca se produjo, en medio de las luchas entre las facciones republicanas. Tal como recogería, dos años después, la novela del -desengañado- brigadista alemán Gustav Regler, The Great Crusade).

La campaña en el Norte se reanuda poco después. Bajo la montaña, en los pueblos de la antigua Castilla, los voluntarios italianos habían tenido un tiempo de reorganización después de los avatares de Guadalajara y se agrupan en ciudades como Peñaranda de Duero –de donde acuden los días de permiso a la cercana Aranda de Duero, mucho más animada- o Briviesca, en la que ocupan todas las terrazas de la carretera a Miranda de Ebro. Algunos jóvenes locales se quejan de que siempre llevan el uniforme impecable, y son los primeros en salir a bailar a la verbena de la plaza. Renzo Lodoli, oficial de la División Littorio, recuerda su estancia en Villarcayo:

"Estábamos en un pequeño pueblo de Villarcayo, a unas millas del frente. Era julio y desde marzo alguno no había luchado. Me acuerdo del casino de Villarcayo. Nosotros: pretenciosos, el humo, el olor a humanidad, lleno de canciones, el desfile de los oficiales...". (Mussoliniano convencido, al final de sus memorias de guerra defenderá que: "Sin la victoria de Franco en España se habría afirmado un régimen comunista" para lamentar después que en España, a excepción de "unos cuantos saludos y símbolos", no se hubiera instaurado un régimen fascista en el fondo).


Desde Medina de Pomar, un oficial desconocido, Guglielmo Sandri, recoge en su cámara la estancia en la comarca de las Merindades burgalesas: unos pueblos absortos entre las piedras y el calor de las eras. (Una crónica afirma que también tomaría imágenes de la campaña de Santander, pero éstas nunca han aparecido). No serían publicadas hasta 1992, en que alguien encuentra los negativos abandonados en una casa de la provincia de Bolzano. Las fotografías nombraban el tiempo detenido en la estancia de los voluntarios, que se sientan frente a un pórtico de piedra en las afueras de algún pueblo y miran hacia la cámara. Y de un tiempo, detenido mucho antes, en las viejas enlutadas que barren las escaleras de ese mismo pórtico; en unos aldeanos que regresan, como cada tarde, con las caballerías al pueblo. 

Otra noticia nos habla de las fotografías que otros voluntarios están tomando en el mismo momento, alejados del frente. De Michele Francone o Maurizio Lorandi. El primero recorrerá los diversos lugares de las batallas según el CTV está avanzando: Santander, Aragón, Levante, el Ebro, Cataluña, para acabar en el avance final, la última semana de la guerra, que se incia desde Toledo hacia Madrid. El segundo recoge las imágenes del ocio de un verano caluroso en la comarca de las Merindades, en Aragón después. (Una enumeración, ciertamente evocadora, nos dice que: "Hubo italianos en el valle de Tobalina, Merindad de Cuesta Urría, Trespaderne, Valle de Losa, Merindad de Sotoscuera, Espinosa de los Monteros y Merindad de Valdeporres"). Los italianos, cuenta otro relato, llevaban con ellos su propio aceite de oliva y se acercaban hasta Burgos para comprar el pan de la capital. (No podían sufrir ni el aceite ni el pan local, contaba el mismo relato). De su estancia en Quintana de Valdivieso una historia local recuerda que: "El recuerdo del pan también es claro, ya que estos soldados se lo regalaban (a los vecinos) blanco y hasta entonces lo habían comido negro y muy malo". (Pérez Galdós, apuntaba Azorín, ya había hablado en su novela Ángel Guerra de "el patriótico aceite frito, que rechaza las invasiones extranjeras"). El sargento Alfonso Covone, de origen sardo, forzado por una herida a permanecer en las oficinas de Burgos, realiza una serie de fotografías de la ciudad durante su estancia obligada. "En sus fotografías podemos ver que lo que más le gustaba fotografiar eran las arquitecturas religiosas de la ciudad, así como sus monumentos típicos como el Arco de Santa María". Otras imágenes suyas recogían el paseo acostumbrado a la tarde por el Espolón, los voluntarios vestidos con uniforme y las madrinas de guerra con blusas estampadas que en las terrazas se citaban todos los días.

Debió de haber luego antes del otoño unas semanas de calor implacable, ese calor del norte húmedo, inmisericorde, que se pega a las ropas, en los primeros días de la campaña de Santander, adonde acuden las tropas del Corpo di Truppe Volontaire italianas. Desde el cerro de la Maza al norte de la provincia, que domina los pasos hacia la Cordillera Cantábrica, la misma historia relata cómo al comienzo de la campaña: "Al acabar el día, las tropas italianas ya eran enteramente dueñas de la carretera principal a Santander". En el frente oriental las brigadas navarras y castellanas habrían copado a los republicanos en la llamada "Bolsa de Reinosa", entrando en la ciudad a continuación.

El periodista Indro Montanelli recogía en un artículo los días finales de aquélla, poco antes de la entrada en la ciudad:

“Los rojos han movilizado su radio- escribe en su crónica a Il Messagero –. Toda la noche han voceado con admirable unanimidad. Es por ella que aprendimos que los milicianos en el frente de Santander no fueron desbaratados, sino que “se retiraron por razones estratégicas”. Más adelante, describe: “Nos encontramos en el fondo de un valle, un brochazo verde en un pardo paisaje (…) Un largo paseo y un solo enemigo: el calor. Un calor en picado, arrogante, brutal”.

Esta crónica, alguna otra similar del escritor, -como la titulada "Nuevo avance de veinte kilómetros de los legionarios al norte de Reinosa"- provocarán su retirada de la campaña del Norte y su forzado regreso a Italia. Las autoridades militares habían deseado – y consiguieron que algún reportero redactara en su lugar- una descripción heroica de la entrada de los voluntarios en Cantabria, vagamente épica, que contrastaba con la relación del periodista florentino del paseo de unas brigadas por una carretera de la costa sin oposición alguna, -con la rendición de las últimas tropas del gobierno republicano-, protegidas en los altos por las columnas navarras, señalaba, y agobiadas únicamente por el calor de agosto de aquel año. Los voluntarios - además del permanente recurso a la radio, que, recuerda algún lugareño, escuchaban constantemente en los bares- leen el diario Il Legionario, que ha comenzado a editarse cercano al frente. (Un subtítulo lo anunciaba como "Giornale de lavoratori combattenti in Spagna in difesa della civiltá europea, contro la barbarie rossa", antes de volver al más sencillo “Quotidiano dei volontari italiani”). Las noticias sobre España eran publicadas cotidianamente en la prensa italiana. 

Los burgaleses escuchaban la radio, también. Recordando la función del "parte" el descrito en su momento como "cronista oficial" de la prensa nacional, Víctor Ruiz Albéniz, escribía desde Salamanca: "Un cornetín toca atención: es el parte oficial del CGG. Noticias de última hora. Hasta el más escondido rincón, hasta los pueblecillos inaccesibles perdidos en los riscos de las montañas o en los rincones de la costa, llega la voz de Salamanca". Un periodista italiano anónimo había comentado la instalación de receptores en los bares de las Merindades, de los que estos habían carecido antes. Cumplían la misión de difundir los partes de guerra, antes de ser utilizadas, a la tarde, como gramófono para los bailes locales.


Inmediatamente después de la caída de Santander se inicia la batalla de Asturias. Esta vez los nombres recogen los topónimos de unos pueblos de montaña a los que, tiempo atrás, el Consejo de Asturias había fortificado. "El general Muñoz Grandes, con sus Brigadas Navarras, desciende por el Pinar de Lillo y llega a Cofinal (...) Caen las Minas de Talco, Castiltejón, La Granda, Valerianos (...) En los primeros días de octubre, caen San Isidro, Tarna, Pajares, Somiedo... El 21 de octubre, la caída de Gijón da por concluido el Frente Norte". Luis María de Lojendio, en la Oficina de Prensa en ese momento, -más tarde llegaría a ser abad del Valle de los Caídos-, recordaría cómo en la Sierra de Cuera: "Avanzaban los soldados envueltos en sus grandes capotes pardos, azotado el rostro por los vientos del Atlántico, empapados en esa lluvia fría, fina y penetrante que arrastran las ráfagas del noroeste".

En Italia las noticias sobre España son leídas a diario. Una referencia del oficial Davide Lajolo, escritor piamontés de origen campesino, comentaba que: "Los viejos campesinos españoles (...) sabían a esas alturas que aquellos italianos eran todos gente de la tierra, braceros". Afirma luego que: "Muchos habían echado la solicitud (...) con la esperanza de poder hacerse con una hacienda". El siciliano Leonardo Sciascia recordará después - en relatos como L´antinomio - la obsesión que en su juventud había tenido con la contienda española y la semejanza con su Sicilia natal que ésta le provocaba. 

Novelaría tiempo después un relato sobre un voluntario anónimo, en el que éste recordaba al principio: "Era bella Cádiz, recordaba a Trapani, por el blanco de las casas más luminosas, y también Málaga era bella en aquellas jornadas de febrero plenas de sol, y el buen vino y el cognac". Más adelante escribía, sin embargo: "Guadalajara, la batalla por Madrid, eran un infierno: desde la primavera dulce de Málaga no habría creído nunca que pudiese encontrar en España un invierno tan violento".

Escasas noticias veraces de los frentes llegan habitualmente a la prensa republicana. En su lugar se repiten los titulares sobre la unidad y la inquebrantable resistencia de los milicianos, que ocupan las portadas y las páginas interiores de los periódicos en un cuerpo de letra desmesurado y con abundancia de exclamaciones. Una pequeña nota titulada “Parte de guerra”, elaborada por el organismo oficial correspondiente, - Ministerio de Defensa- anunciaba normalmente que las líneas no se habían movido y que las tropas leales han avanzado en tal o cual dirección. Pero en el norte la localización del frente inamovible está cambiando a diario, en dirección a la costa. Lo que en algún raro momento se traduce como “ligera rectificación de nuestras líneas en el sector de Santoña” corresponde a las noticias que, desde el otro lado, anuncian el derrumbamiento de todo el frente. En algún momento, enfrentados a la innegable evidencia de la caída de Gijón- y de todo el frente Norte con ella- el periódico Ahora, que había pasado a ser gestionado por las Juventudes Socialistas tras el abandono de su director Chaves Nogales, comentará: "La caída de Gijón en poder de las tropas invasoras no es, ni mucho menos, un hecho imprevisto. Caído Bilbao y Santander, nadie ha ocultado el peligro inminente en que quedaba colocada Asturias que, por su aislamiento del resto de la España leal, se ve imposibilitada de recibir ayuda exterior". El artículo finalizaba no obstante con la afirmación: "La caída de Gijón no es, sin embargo, la caída de Asturias". En la misma fecha -23 de octubre del 37- el ABC republicano encabezaba su edición con los titulares: "A PESAR DE TODO ...NINGÚN MOTIVO ... PARA SENTIRNOS PESIMISTAS ...NINGUNA RAZÓN".

En algún momento de aquel año, enfrentados en la base de Albacete los voluntarios internacionales a las noticias oficiales, éstos protestan. "El brigadista británico John H. Bassset recordaba las protestas de sus camaradas a los que un comisario obligó a asistir a la lectura en público de Frente Rojo, un periódico que siempre decía que la República iba ganando, aunque sus hombres se batieran en retirada", apunta una historia de las Brigadas Internacionales. Por su parte Manuel Azaña, en sus notas de esos días, lamentaba por un lado la inactividad de las Cortes, que nunca llegaron a reunirse hasta el final de la guerra. Y por otro, la ausencia de la prensa, que había acompañado la anterior política del Parlamento: "Tampoco hay prensa. Los periódicos parecen escritos por la misma mano, no escriben más que diatribas "contra el fascismo internacional" y seguridades de victorias...".

La prensa republicana seguía sin fisuras el principio del periodismo como propaganda. La ideología sustituía a los acontecimientos. Los grandes titulares –a dos tintas en el caso de Frente Rojo o Mundo Obrero- repiten, en todos los números, la llamada a la Unidad – unidad que, promovida por la Komintern, sólo se produciría con la fusión de las juventudes socialistas y comunistas para formar las Juventudes Socialistas Unificadas. La Voz de Cantabria, incautada por el Frente Popular y editada en Santander, repite a diario el mantenimiento de la iniciativa en todos los pueblos, los montes y los puertos del Cantábrico. La derrota del fascismo se anuncia inminente de una u otra forma. ("La guerra está ganada en toda España" proclamaba un número de mayo del 37 de Euzkadi roja). Los frentes se mantienen invariables, afirman. Notas sobre el imparable avance en todos los lugares aparecen a diario en la Gaceta del Norte. También noticias sensacionalistas como la de las heridas recibidas por el general Cabanellas en Talavera, un presunto atentado contra Gil Robles en Salamanca, la sublevación de la ciudad de Valladolid... O, dentro de otro registro, una fotografía de la viuda de Lenin "detenida con motivo del proceso llamado de los trotskystas".

En otro escenario, cuando tras los enfrentamientos de mayo en Barcelona agentes del enlace soviético Aleksandr Orlov secuestren y asesinen al dirigente del POUM Andrés Nin y el PSUC elabore una novelesca fábula sobre su colaboración con el espionaje alemán, los periódicos comunistas recogerán sin matices la teoría. "Hasta Mundo Obrero - apunta una historia de los sucesos de Mayo- publicó una fábula según la cual Nin, tras ser liberado por falangistas, estaba en Burgos". A partir de un momento toda la prensa comunista incluirá en sus páginas alegatos contra el trotskismo y sus agentes colaboradores.

El voluntarismo ilustra las portadas: "¡Euzkadi es invencible!" titula aún en mayo de 1937 uno de los últimos números de CNT del norte. También las noticias falsas. "Se lucha ya en el interior de Toledo" proclamaba el mismo número. "Los falangistas luchan contra alemanes e italianos en las calles de Salamanca y Valladolid", escribe la comunista "Euzkadi roja" en junio. Y en otro número del mismo año anuncia la sublevación de la ciudad de Ceuta, aplastada, afirman, con miles de fusilamientos. El periodista Claud Cockburn recuerda en alguna parte una reunión en la sede de la Agence Espagne, fundada por los agentes Otto Katz y Willy Murzenberg en París, para difundir las noticias del bando republicano. El checo Katz le solicitará un amplio artículo sobre una reciente sublevación en Tetuán - de la que Cockburn no tiene noticia.

"- Bien, pues lo que quiero ahora es un testimonio presencial y de primera categoría sobre la gran revuelta antifranquista que ocurrió ayer en Tetuán, y cuya noticia está siendo reprimida por la censura.

- No he estado en Tetuán en mi vida - dijo Cockburn, que no sabía nada de tal revuelta.

- Eso no importa - replicó Katz con un gesto de impaciencia-. Tampoco ha ocurrido tal cosa, que yo sepa".

(Una descripción, ya en la posguerra, de la enciclopedia Espasa-Calpe, comentará cómo: “Pero adoptada por aquél – el gobierno de Valencia- la “táctica de la mentira” (…) llegó a conseguir frecuentemente un resultado contrario al buscado, al intensificar en todas partes el interés de escuchar la radio nacional”). El navarro García Serrano incluye un capítulo titulado “Donde se escucha el parte original a medianoche mientras llueve lo suyo” en una de sus novelas sobre aquel primer momento bélico. Las noticias sobre “el parte”, la radio de galena en las repisas de las cocinas se repiten en otros lugares.

Del periodismo, de la propaganda como obligada lectura entre líneas. “¡Bilbao será la tumba del fascismo!” titulaba la revista Acracia el número del 19 de junio de 1937, mientras las brigadas navarras entraban en la ciudad. (Mucho más acertadamente, el conde de Foxá había afirmado en su momento que: “El cura Yzurdiaga será la tumba del fascismo” a sus regocijados contertulios, que detestaban por igual al agreste padre navarro). Y, una semana después, el mismo semanario anarquista afirmaba: “¡Bilbao volverá pronto a ser nuestro!”. Era la primera noticia de la toma de Bilbao que aparecía en la revista, editada en Gijón.

(La narración de aquellos días sólo surgirá, décadas después, cuando alguien recoja, entre otras memorias, las notas del padre Onaindía, que había actuado esos meses como mediador entre los nacionalistas vascos y las autoridades italianas, en una mediación que ninguna noticia recogía. En un relato efectuado a partir de esas memorias podemos leer cómo: "Los franquistas entraron en Bilbao el 19 de junio sin disparar un solo tiro tras negociar la rendición con los batallones nacionalistas que custodiaban la ciudad. (...) En Baracaldo la rendición fue a los italianos, que penetraban por la costa y dominaban los pueblos de enfrente, en la margen derecha (...) Tras defender con éxito Altos Hornos de Vizcaya, que era la mayor productora de acero de España, enfrentándose a los dinamiteros asturianos, el Gordexola rindió armas al ejército italiano en la Plaza de los Fueros de Baracaldo").


No había apenas información militar de los frentes. En su lugar los grandes titulares victoriosos. “¡Asturias volverá a ser nuestra!” proclamaba en portada un número de Mundo Obrero de octubre de 1937, en lo que asimismo era el primer reconocimiento de la caída de Asturias. Y, en un último número editado también en Gijón: “¡Unidad de acción internacional que obligue a salvarla!”. (Finalizada la arrolladora campaña de Aragón, la batalla del Ebro, la retirada de las tropas republicanas y a punto de comenzar la campaña de Cataluña, en el invierno de 1938, el mismo rotativo proclamaba en primera página, inalterable: "Los invasores volverán a estrellarse en los frentes contra la invencible moral de nuestro ejército"). 

El género literario más reconocible de la prensa republicana era la arenga. Los titulares de "Euzkadi roja" del 18 de junio de 1937, un día antes de la entrada de los nacionales en Bilbao, proclaman en portada: "¡Resistid! ¡A fortificar!". (Una nota oficiosa en una página posterior escribirá: "La rectificación de líneas verificada ayer, obedece a principios tácticos que sin duda mejorarán el conjunto defensivo de la capital de Euzkadi, haciéndola invencible"). El parte oficial de guerra sobre el Norte del mismo 20 de junio comunicaba: "Vizcaya. El enemigo intensifica su presión sobre Bilbao, cuyos defensores continúan batiéndose con incréible valentía. (...) Los facciosos, que han introducido algunas fuerzas por la margen izquierda del Nervión, concentran su afán en impedir la evacuación de la población civil". A esas horas, comenta una historia militar del frente, las tropas nacionales habían ocupado toda la ciudad sin lucha, y avanzaban hacia Santoña, en la costa.

El modelo de la arenga -y la falta de noticias- se mantendría hasta el final de la guerra. El mismo día de la entrada del Ejercito del Norte nacionalista en la capital catalana el 26 de enero de 1939, el diario socialista "Claridad" no daba ninguna información de la caída de la ciudad y sólo afirmaba en una nota marginal que: "Prosiguen los durísimos combates en los frentes de Cataluña, donde las tropas españolas continuan resistiendo". Un relato de los últimos días en la ciudad recoge al periodista Herbert Matthews esperando la entrada de los nacionales en Barcelona: "Amodorrado por la falta de sueño, escribiendo a máquina en medio de los ataques aéreos a la luz de una vela, en el Hotel Majestic, Herbert Matthews, del The New York Times, aún confiaba en que Barcelona despertaría para oponer la última resistencia que le habían prometido (…) sus fuentes gubernamentales". (Un titular delirante de “Claridad”, el diario socialista, proclamaba en esas fechas que: ”Barcelona ha sido ocupada pero no ha sido dominada”). No hubo ningún parte de guerra del Ministerio de la República ese día. (El parte nacional se iniciaba con la noticia de que: "Barcelona ha sido conquistada"). Unos días antes el Ministerio de Defensa desde Valencia había anunciado que: "El repliegue estratégico del Ejército del Ebro sobre la línea principal de resistencia (...) se ha terminado con notable éxito y ha dado una nueva y brillante prueba de las cualidades militares y de la disciplina de los soldados republicanos".


Refugiado oscuramente en el Madrid miliciano de la guerra, el escritor Rafael Cansinos Assens había anotado en su Diario de aquellos días: "Los periódicos no cuentan la gravedad de la situación (...) Mundo obrero estampa algunos versos de Rafael Alberti, el titulado poeta del Partido Comunista, ponderando el heroísmo del pueblo matritense y del río Manzanares, que no permitirá al enemigo cruzar por sus márgenes. La radio oficial está también invadida por una legión de berreantes poetas y poetisas que parafrasean la consigna del Majakowski español". Ninguna otra noticia llegaba a la capital. (Cuando las tropas de Franco entren en la ciudad Cansinos anotará: "Estamos por fin liberados (...) yo, que durante estos tres años he sido un cautivo en mi casa, salgo a la calle, ávido de tomar también la ciudad").

El soviético Mihail Koltsov, corresponsal de Pravda, y según algunos, enviado personal de Stalin a la guerra de España, había viajado en un primer momento – julio del 36- a Vizcaya y entrevistado a varios dirigentes del gobierno vasco. Unas crónicas elogiosas y fervientes habían acompañado esta primera visita, en donde, aseguraba, la solidez de la República era inalterable. (Permaneciendo en Madrid durante la evacuación del gobierno a Valencia, una historia del periodismo republicano comenta cómo: "Koltsov, que desconocía los esfuerzos de Barea en esa dirección -el mantenimiento de la censura de prensa-, estaba furioso porque, antes de poder establecer un nuevo sistema, varios corresponsales extranjeros habían logrado enviar al exterior crónicas desesperanzadoras"). Un segundo viaje al Norte, en mayo del 37, a punto de caer la ciudad de Bilbao, constituía en cambio una crítica soviética a la débil defensa del Gobierno, formado de manera insólita para él por nacionalistas, comunistas, anarquistas varios e incluso católicos, como llegaba a apuntar en una nota anterior.

“Los propios nacionalistas vascos, en estos días durísimos y decisivos, actúan de manera insensata e inexplicable. Sólo cabe explicar sus actos por las contradicciones y la lucha entre los mismos nacionalistas”. En otro artículo para Pravda lamentará que no haya “un mando unificado”, que afirma debía haberse producido con los comandantes comunistas Manuel Cristóbal y Nino Nanetti. Palmiro Togliatti, agente de la Comintern asimismo, atribuirá la caída de Bilbao y más tarde de Santander “a la falta de unidad dentro del Frente Popular”. Un número de junio de ese mismo año de Euzkadi rojo se había abierto con una portada en la que anunciaba: “Miguel Koltzov habla al pueblo de Bilbao” y el subtítulo “El redactor-jefe de Pravda nos manifiesta su convencimiento de que Bilbao no será del fascismo”.

No había noticias concretas de la campaña, ni de los acontecimientos de aquella apenas en la prensa de Madrid o Barcelona tampoco. Sino ante todo la reiteración de un futuro victorioso inminente. (La promesa socialista de una redención futura sobrevolaba en todos los titulares por encima de la precariedad de los días). Los partes de guerra siguieron siendo mínimos. En febrero del 39, un mes antes del final de la guerra, un titular de la prensa madrileña a tres columnas recogía las declaraciones de la Pasionaria, frente a los Pirineos: “España será la antorcha que ilumine el camino de liberación de los pueblos sometidos al fascismo”. Por esas fechas el doctor Negrín había escrito a Stalin solicitando más armas e informándole de “la evolución positiva del contexto interno español”. (Hasta el mismo Azaña protestó airadamente "ante la vesanía"). Julián Besteiro por su parte replicaba al doctor que: "Le tengo a usted por un agente de los comunistas". En esos días, y cercano el derrumbamiento de todo el frente de Cataluña, el presidente de la Generalitat desde Barcelona aún proclamaba: "!Aguantad, que los días se precipitan en favor de mejores posibilidades¡".  Del frente del Norte desde el otoño de 1937 no había habido más noticias. Al poco el parte oficial de guerra, sencillamente, dejará de hablar del frente de Cataluña.


Ese mismo año 37, una historia triste habla de un último encuentro del periodista Koltsov con el también enviado a España Ilia Ehrenburg. Como presintiendo un inmediato final el ucraniano le habría comentado a Ehrenburg, sentados en el café de una Praga melancólica: “¿Qué habré dejado yo cuando muera? Los artículos periodísticos son algo efímero. Ni siquiera son útiles para un historiador, porque en nuestros artículos no mostramos lo que de verdad está pasando en España, sólo lo que debería pasar”. Reclamado por Stalin en Moscú, después de haber pronunciado una conferencia en la Asociación de Escritores, es detenido esa misma noche por agentes de la NKVD y hecho fusilar al poco.

El también nacido en Kiev Ilia Ehrenburg se libró, una detrás de otra, de todas las purgas sucesivas con las que se recibió a “los españoles” a su regreso a Moscú. Había escrito en 1934 su “España, república de trabajadores” después de un primer viaje, y había regresado a Madrid en la guerra como corresponsal de Izvestia. Una noticia de Claridad, el periódico socialista, había anunciado en su momento su llegada, bajo el título: “El nuevo gobierno español, enjuiciado por el rotativo Izvestia”. Y, debajo, el epígrafe “El nuevo gobierno es una garantía para la victoria de las armas antifascistas”. Alojado al llegar a Madrid en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, un número de la revista “El Mono azul” -editada por la misma Alianza- anunciaba a su vez la publicación de su carta a Miguel de Unamuno, aparecida originalmente en la prensa rusa, en la que el periodista recriminaba al pensador vasco su apoyo a la causa nacionalista. 

Del "ex revolucionario y ex poeta, colaborador del general Mola" reprochaba que en sus reportajes sobre Sanabria o los pueblos de la frontera portuguesa nunca hubiera mencionado en primer lugar el hambre, ni la miseria que, según el periodista soviético, se extendía feroz por todas las aldeas. En otro lugar habría escrito también contra la crítica a la URSS que había surgido en las páginas del Retour a l´Urss de André Gide. La cual fue ferozmente perseguida en el Congreso de Intelectuales de Valencia. Y de la que Ehrenburg comentaba: "Ayer, en el Diario de Navarra, portavoz de los verdugos de Asturias, se reproducía en lugar destacado la protesta del nuevo aliado de los moros y de las camisas negras, del viejo ruin, del renegado de sucia conciencia, del llorón de Moscú, de André Gide". 

Ehrenburg, más tarde, desde el frente del Oder, alentaría la violencia sobre la población civil de las tropas soviéticas en la ocupación de la Alemania del 45. Al igual que el resto de los periodistas soviéticos, mientras cubría la guerra española, nunca escribiría una línea sobre los Procesos de Moscú. Ni, de vuelta a sus reproches sobre la penuria en Sanabria, -la miseria que insistía en subrayar en sus crónicas españolas- ninguna noticia sobre la Holodomor, la terrible hambruna impuesta por Stalin al pueblo ucraniano, que acabó con la vida de millones de campesinos a partir de las primeras requisas, las deportaciones en masa iniciadas en el año 1932. (Una nota al pie de página en las "Memorias de un revolucionario" del antiestalinista Viktor Serge, apuntan: "El retrato más justo del oportunista Ehrenburg, propagandista sin fe ni ley, se debe a Marc Slonine, en su Historie de la littérature russé sovietique", que no se edita hasta 1985).

 

 

miércoles, 16 de octubre de 2024

Noticias de Bucarest

Noticias sueltas, incompletas, llegaron del azaroso periplo que Agustín de Foxá, diplomático de carrera, iba a emprender huyendo del Madrid de los paseos para recalar en la embajada de Bucarest. En la legación rumana, enviado por el gobierno republicano, iba a mantener según las crónicas un doble juego cancilleresco. Hasta regresar, esta vez sin ambages, a la Salamanca nacionalista. (De donde partiría a su vez a la Roma del PNF, donde mantiene un sonado enfrentamiento con el conde Galeazzo Ciano). En su estancia salmantina, sobre las mesas del café Novelty lee a sus conocidos la novela "Madrid, de corte a cheka", que sería saludada por la prensa nacional como una de las primeras narraciones de la guerra civil desde el bando sublevado.

También, se comentó, habría escrito una segunda parte de la novela, titulada "Salamanca, cuartel general" de la que nada más se sabe, desaparecido el manuscrito no se conoce si por razones de la censura, desgana del autor o consejo de sus amigos falangistas. (Una suerte de referencia mitológica habla del perdido manuscrito en las sombrías salas del caserón de los Sánchez Mazas en Coria. Pero nadie ha sabido dar luego cuenta de él). Dionisio Ridruejo en sus memorias alude a varios cuadernos voluminosos en los que Foxá estaba recogiendo notas, tarjetas varias y apuntes sueltos en esos días. Ignora lo que sería más tarde de ellos. ("Llevaba su diario en un grueso cuaderno escolar", anota. Para enumerar a continuación los: "recortes de periódicos, entradas de teatro, hojas de flores, retazos de tela, emblemas y amuletos, cajetillas de tabaco, octavillas y hasta carteles (...)".

Del doble juego del aristócrata falangista ha dado noticias por ejemplo Andrés Trapiello en su muy citado "Las armas y las letras". También de la azarosa huida del Madrid de las chekas, de donde en un momento determinado sólo un pasaporte diplomático le salva del paseo de los milicianos frente a las tapias de la Casa de Campo. En "Misión en Bucarest", que ha reeditado recientemente Renacimiento, -del fondo de Abelardo Linares-, encontramos en efecto al principio de la novela las referencias a un Madrid sombrío, de patrullas nocturnas y disparos al alba, del que Foxá se evade gracias a su destino consular en un distante Bucarest. (Es el mismo ambiente que describe por esos días el cónsul noruego Félix Schlayer, que huye al año siguiente por el puerto de Valencia, perseguido hasta el muelle por las brigadas policiales). La salida por Port Bou supone el reencuentro con un país, Francia, que el autor, aliviado, recordaba perfectamente.

"Paseos del crepúsculo por la ribera del Sena entre los libros de viejo, con portadas de damas encorsetadas con camelias en el seno y barbudos vizcondes enchisterados con una pistola sobre la sien".

Hasta llegar al Mar Negro la narración de la novela se demorará en la descripción del paso del ferrocarril por una Europa que, de momento, estaba aún libre de los azares de la guerra y que el autor, que conocía bien sus lugares, se detiene en celebrar. El Simplon Orient Expres se está alejando de la Europa central, y acercándose a los Balcanes.

"Trieste como un castillo de luces en el monte, derramadas hasta la orilla. Y el rudo Simplón de las llanuras (...) Se extendía triangular una encerada vela latina sobre el mar, barcas de pescadores coloreaban el fondo. Cipreses".

Incluido el acceso final al paisaje de los Cárpatos, que el novelista cubre esta vez de pellizas de cordero, estaciones de tren vacías, cúpulas bizantinas y por último el escenario de una tradición aristocrática y cortesana, vagamente oriental, a la que el Marqués de Armendáriz es especialmente receptivo.

"Llovía con frío en Timisoara, la ciudad de los bellos y dorados faisanes, donde el rey Carol invitaba a cazar al cuerpo diplomático". De los primeros artículos que el conde había enviado desde Bucarest en un destino anterior, una reseña de su obra anotaba que: "Resulta significativo que las apenas seis piezas publicadas en su primera estadía rumana se situaran en páginas dedicadas a la vida de la alta sociedad europea".

Inmerso en su segundo destino poco a poco en los peligros de un doble juego diplomático la novela se detiene bruscamente cuando las sombras se empiezan a cernir sobre su personaje, claramente adscrito a la sublevación.


No sería la única figura ambigua del exilio temprano. Desde la defección del embajador Juan Cárdenas en París -que obliga a las autoridades republicanas a enviar apresuradamente a la capital a Fernando de los Ríos para reanudar el tráfico de armas, asunto que el catedrático de derecho desconocía absolutamente. (El anterior embajador José Quiñones de León habría dimitido ya en 1931 al proclamarse la República. De clara adscripción monárquica, se dijo que su habitación del Hotel Meurice, frente al jardín de las Tullerias, sería durante la contienda uno de los principales centros de la conspiración nacionalista en París). En Londres, donde el canciller Ramón Pérez de Ayala había cesado al comenzar la guerra, el periodista Luis Bolín, corresponsal del ABC, desplegaba una incesante actividad a favor del bando nacionalista. (La que le llevaría en algún momento a ser interrogado por el MI6 británico y destinado a un campo de prisioneros después, de donde no saldría hasta el final de la guerra). También la despliega el falangista Alcázar de Velasco, agregado de prensa en la capital, y que entabla relación con una serie de dudosos personajes, que más tarde el MI6 desentraña. Como el periodista Felix George Sturrup, adscrito a la Unión Fascista de Oswald Mosley. O la no menos dudosa Eleanor Dove, relacionada con el agente germano Eduard Ries, "de origen judío y colaborador de Alcázar". O la atractiva agente Elisabeth, -tal como aparece en los informes de la inteligencia británica- supuesta simpatizante de los alemanes, que en realidad pertenecía también al MI6. "Su centro de operaciones fue el conocido Café de Paris (club nocturno londinense) y su actividad implicaba entregarse en alma y cuerpo al objetivo marcado", comentaba una reseña sobre la propaganda de la época. Actividad de propaganda que según las crónicas se correspondía con la amplia gama de amistades del Duque de Alba, nuevo embajador del gobierno de Burgos, y su asidua presencia en los clubs londinenses, "cuya sosegada charla ganó definitivamente el favor de la aristocracia británica en contra del gobierno republicano y las patrullas anarquistas", leemos en alguna parte. 

Destinado por su parte en Roma el corresponsal César González Ruano había de representar un dudoso juego aristocrático -que no le correspondía- visitando con frecuencia al rey en el exilio, y acogido en su estudio por un Juan Ramón Masoliver cuya militancia falangista por el contrario no era dudosa - y que visitaba a su vez a un Ezra Pound que terminará recluido en Rapallo, tras sus encendidas alocuciones en defensa del Duce. (Ruano después, ya en París, se iba a entregar a un juego aún más oscuro, con contrabandos varios, venta de pasaportes y delaciones a la Gestapo incluidas, que le supondrían el internamiento en la prisión militar de Cherche Midi). En otro lugar, la mitología de la guerra hablará de Josep Pla que, refugiado en Marsella, vaga solitario por el puerto con una difusa labor de espionaje de los barcos en el muelle, que le habría encomendado la organización de Francesc Cambó. Había partido de Barcelona, junto con su amante noruega, Adi Enberg, -a quien siempre se atribuyó el papel de espía-, en el bajel Anfa, que cubría la ruta Casablanca-Marsella. De la organización financiada por Cambó, el llamado SIFNE - Servicio de Información del Nordeste- la historia del espionaje en la guerra destaca su eficacia. Asimilada ésta más tarde a la inteligencia nacionalista, el escritor ampurdanés proseguiría luego sus viajes por el Mediterráneo, en torno a lugares como Croacia, Elba, Ankara, Estambul o Alejandría, de los que al regreso habría de escribir su luminosa "Las ciudades del mar". 

Al otro lado del mar, una historia del incipiente servicio de información nacionalista comenta que: "Se distribuyeron agentes en Bucarest, Estambul, Ankara y Atenas para tener vigilados los puertos turcos y griegos". La misma noticia añade que en el Norte se habían enviado agentes a Danzig o Hamburgo. (Se había enviado incluso un mercante armado, con el fin de intervenir la ruta alternativa de los puertos franceses del Atlántico, con escaso éxito al parecer). No tenemos muchas más noticias de esta difusa actividad. Excepto la referencia confusa a unos agentes anónimos, sin apenas medios, que vagan por los puertos del Bósforo, algún remoto enclave en el Mar de Mármara, el barrio turco de Pera, y envían informaciones sobre el tráfico mediterráneo a una oficina comercial en Roma, de donde llegaban por algún medio a España.

A Bucarest, en un determinado momento, había sido enviado el funcionario policial Manuel López del Rey para delatar a los presuntos agentes nacionalistas, el secretario Foxá entre ellos. Este último aludía a su propia actividad doble en la inacabada Misión en Bucarest en la figura novelesca de Julio Vega, el encargado de negocios de la Embajada. "En sus informes al ministro rojo, Álvarez del Vayo, empleaba el estilo no excesivamente delicado del Heraldo de Madrid, que sabía que tanto placía al ministro rojo. Hablaba siempre de "hordas vaticanistas", "generales traidores" y de la "legación facciosa" (...) Aquel lenguaje desvanecía en Valencia todas las sospechas".

Tarea de desenmascaramiento encargada al funcionario policial el cual, curiosamente, había surgido antes en unas páginas del relato "Aquí, París" de Pío Baroja, escritas ese mismo año desde la Residencia de España en la capital francesa. En donde el novelista describe la llegada una mañana a los jardines de un furgón cerrado, con milicianos armados encabezados por el mismo: "Un tal López Rey, muy rojo, y luego su hermano, jefe de la policía de Madrid, se presentó allí con un camión grande vigilado por dos milicianos armados y un chófer". En la capital rumana el enviado republicano intentaría llevar a cabo una intensa labor propagandística en favor de la República, tarea que se enfrentaba a la más frecuente defensa de los sublevados en la prensa de la época. Con los fondos del gobierno de Valencia, se nos dice, en algún momento habría de editar una obra de propaganda Spania 1937, "en colaboración con un profesor rumano de origen judío que firmaba bajo el seudónimo de Savelle". Proyecta también, entre otras, la publicación de los Diarios del presidente Azaña, que nunca será llevada a cabo. Así como la edición de noticias favorables a la causa republicana, que consigue al final sean insertadas -mediante una generosa subvención- en los diarios socialistas de la capital.

Más prolija sería la actividad del delegado nacionalista, Pedro Prat y Soutzo, superior de Foxá en la Delegación. Al cual se atribuye la creación de un incipiente "Servicio de Información Ruso" durante su estancia en Bucarest. (De origen griego por parte de madre, el diplomático falangista también habría creado un Servicio de Información Naval, que pretendía dar noticias sobre el tráfico marítimo por el Bósforo). Obligado a abandonar la ciudad a finales de 1940, reanudaría luego sus actividades informativas en Ankara, colaborando en ocasiones con la Abwehr, la agencia alemana. Reanudada la tarea del citado Servicio... las informaciones eran enviadas en ocasiones directamente al embajador Von Papen, en Ankara. O a la prolífica red del austríaco Richard Kaudet, "Klatt", establecida en Sofia, cuyos tentáculos llegaban hasta Ucrania y la retaguardia soviética. Una rocambolesca historia situaría estas ambiguas actividades diplomáticas sobre el trasfondo de agentes dobles, telegramas falsos, espías soviéticos, judíos emigrados de Austria al servicio de los aliados e, incluso, alguna enigmática encargada de claves germana, Wilhermina Bargasy, que seducía a los diplomáticos ingleses y funcionarios turcos en los locales nocturnos del antiguo barrio de Pera. Otra legendaria espía de la Abwehr, esta vez rusa, Mariana Dumont, se habría introducido en la flamante Goeland Company, que dirigía Collins, un agente inglés del MI6 de origen cosaco, y pretendía suministrar noticias a Londres de todo el tráfico portuario en el Bósforo.

Con la ayuda del agente ruso Vladimir Velikotny, antiguo oficial zarista, que había sido combatiente durante la guerra en el bando nacional, el embajador expande sus actividades a Estambul y los puertos del Bósforo. Recibe también la colaboración de un periodista japonés, Momotaro Enotomo -el cual es obligado a su vez a abandonar Turquía en 1942, acusado de colaborar con la embajada japonesa. (De Enomoto, corresponsal del periódico Mainishi Shimbum, se nos cuenta en otro lugar, su carnet periodístico le permitía viajar libremente entre Viena, Budapest y Berlín. En otro momento, informa la misma fuente, entraría en contacto con la sofisticada red de The Max Network, dirigida por el judío austríaco Richard Kauder, que se había extendido desde Estambul hasta Sofia. Y con el periodista británico Peter Smollet, reportero de The Times, el cual sería identificado más tarde "como un agente soviético". Reclutado este último por el conocido Kim Philby su figura inspirará el nombre de la taberna Smolka vienesa en "El tercer hombre", la sombría novela sobre la Viena de posguerra de Graham Greene). Otra figura de la red -que "tenía extensiones en la retaguardia soviética y los Balcanes"- era el también periodista, nacionalizado español, el rumano Arnaldo Dalismo Damiano. Todos ellos abandonarían Turquía antes del final de la guerra.

Otras noticias imprecisas hablarán de un matrimonio español residente en Sofia. O de Eugenio Janet y Viale, agregado de prensa en Ankara. Sin más precisión nombran también a "un diplomático español acreditado en Beirut conocido como Vine".

La ciudad, Bucarest, era aún una capital cortesana, un tanto remota, en las páginas de Foxá. ("Le gustaba recorrer sus calles, meterse en las iglesias más apartadas, recorrer las tiendas de los judíos y las barracas de cinturones rumanos, objetos de plata, maderas taraceadas, iconos y rosarios musulmanes de ámbar"). Entraba en aquellos años por otra parte en la historia de una Rumanía convulsa en las memorias de la época. Entre la figura en algún momento absorbente del rey Carol II, su forzado exilio posterior; la represión inicial de la derechista Guardia de Hierro; la creciente presión alemana, la ocupación soviética de la Besarabia, el reinado de Miguel I y la firma última del Tratado Tripartito con las potencias del Eje -bajo la sombra de nuevo de la Guardia de Hierro y del dictador Ion Antonescu.

Unas páginas del Danubio de Claudio Magris recordaban a Bucarest, ya al final del recorrido del Orient Express, como: "El París de los Balcanes (...) significa un eón ulterior y profano en ese proceso de emanación que ve difundirse y degradarse gradualmente, a medida que avanzamos hacia el sudeste, la imagen y el modelo de la Ciudad, capital de Francia y del siglo XIX, o sea de Europa". Más adelante el escritor triestino evocará la profusión del estilo Liberty en las fachadas y las calles. Y en los paseos y muelles de la costa del Mar Negro, que nombran el pasado esplendor de una burguesía que no habría de regresar. En los momentos anteriores a la guerra, los edificios de estilo Biedermeier, palacios y hoteles, que rodeaban al palacio real habían sido arrasados por orden del rey, que quiso construir en su lugar una amplia explanada de ceremonias. La escritora inglesa Olivia Manning, que estaba destinada en esos días en el British Council en la capital, recordaría cómo: "Aparte de la belleza bizantina de una pequeña iglesia, y la fachada del palacio, que tenía una cierta grandeza, los restantes edificios eran un revoltijo de lugares comunes, el horizonte mediocre: y muchos estaban en ruinas". (El viajero Patrick Leigh Fermor por su lado, más distante de la nostalgia de Claudio Magris por la Mitteleuropa, había definido la capital años antes, a su llegada, como "Una mezcla de Samarkanda y Detroit").

La mayor parte del antiguo Cuerpo Diplomático, comentarán las historias de la época, se pasará en un momento u otro al servicio del gobierno nacionalista de Burgos. Foxá describe en algún lugar la convulsa situación de los compañeros que habían quedado en el Ministerio de Madrid sin poder escapar de la constante amenaza de los milicianos y los agentes republicanos. 

Figuras del doble juego que se mantiene durante algún tiempo, la ambigüedad del espía dará lugar más tarde a un amplio repertorio literario. (Cuyo relato paradigmático sería la novela Tinker, Taylor, Soldier, Spy de un melancólico John Le Carré). El modelo más célebre sería quizás el de los Cinco de Cambridge, los intelectuales ingleses de la sociedad Los Apóstoles controlados desde los años 30 por el coronel de la KGB, el soviético Yuri Modin. Y a los que, desde su temprano reclutamiento en las aulas universitarias, ningún acontecimiento posterior -guerra mundial, grandes purgas soviéticas, ocupación de Polonia o los Balcanes, inicio de la Guerra Fría- hará declinar su primitiva militancia comunista. 

La literatura nombraba la existencia de otra parte de ésta, la occidental, que estaba más allá del muro. La descripción del lugar al otro lado -de una Europa gris y como sumida en un eterno domingo de suburbio- será de nuevo la que el novelista británico recoja de manera ejemplar en sus novelas sobre la posguerra en la Europa soviética:

"Había caído la oscuridad y con ella el silencio (...) Ante él estaba la carretera y a ambos lados el muro, una cosa fea y sucia de bloques de cemento perforado y cabos de alambre de espino, alumbrada por una barata luz amarilla, como un telón de fondo que representase un campo de concentración" - apuntaba al inicio de su novela The Spy who Came in from the Cold. (Que recoge más tarde el excelente film británico de Martin Ritt en 1963). Películas como la tenebrosa La carta del Kremlin, que dirige John Houston ya en 1970, reproducen certeramente este ambiente.

Una niebla constante, un tiempo suspendido cubre la Alemania del Este en las novelas de Le Carré - abundantes en aeropuertos provincianos, muros que no dan a ningún lado, bloques de viviendas sin luces:

"Tras él se levantaba un inmenso inmueble en un solar enorme. A lo lejos, medio ocultas en la nieve que caía, se alineaban hileras de pequeñas casas. No se oía ningún ruido.

- ¿Cómo se llama eso?- preguntó el capitán.

- Es un grupo de viviendas, viviendas obreras. Todavía no tiene nombre.

- No, me refiero allí abajo.

- No es nada. Sígame".

Era el escenario, de tedioso silencio dominical, en donde iba a tener lugar el desolado final de la novela The Looking Glass War, al otro lado del Telón de Acero.

En medio de este juego ambiguo, la misma fidelidad al modelo soviético surge en las páginas de la voluminosa biografía del alemán Richard Sorge - "Un espía impecable"- quizás el más célebre agente soviético de la Segunda Guerra Mundial. El cual, después de una temprana iniciación en las redes de la información militar en Moscú, y a pesar de todas las vicisitudes posteriores en su carrera, nunca abandonará su temprana militancia comunista.

La carrera del alemán Richard Sorge incluirá lugares como Londres, Berlín, Escandinavia o la remota Manchukuo. Para recalar ya en plena guerra en la Concesión Internacional de Shanghai, llena de refugiados de todas las guerras, ciudad caótica y centro del espionaje internacional. Y finalmente en la creación de una asombrosa red de información en Tokyo, formada por colaboradores japoneses, croatas, y un radio operador alemán. Y la inestimable amistad del embajador alemán, que, ignorante de su verdadera fidelidad, le introduce inconscientemente en los secretos de la Embajada del Tercer Reich.

En medio de esta prolija carrera a su alrededor todo se irá desmoronando. Los generales al mando de la Cuarta Sección son fusilados uno detrás de otro. Los embajadores soviéticos a su regreso también, acusados de militancia occidental. Los mismos agentes son detenidos a su vuelta a Moscú. (Sorge escribirá una trágica carta defendiendo su fidelidad a su jefe, el general Berzin, sin saber que éste había sido fusilado unos meses antes:

"Querido camarada: No te preocupes por nosotros. Aunque estamos terriblemente cansados y tensos, somos compañeros disciplinados, obedientes, decididos y devotos, dispuestos a llevar a cabo las tareas relacionadas con nuestra gran misión").

 Su propia mujer, Katya Maximova, será detenida y enviada a un gulag en 1942 -acusada de "connivencia con el enemigo"- en donde muere un año más tarde.

La historia de la Cuarta Sección es una historia de supuestas delaciones de los miembros del servicio secreto, detenciones en la noche y acusaciones vagas que remiten inevitablemente a un gulag. O al paredón de fusilamiento. También de desdenes. Stalin, informado por un cable del espía de la inminente invasión alemana de la URSS, rechazará la noticia como "la fantasía del propietario de un burdel japonés". Una segunda información sobre la retirada de las tropas japonesas de Siberia, también desdeñada en principio, permitirá sin embargo el envío de las divisiones siberianas al frente de Moscú, donde finalmente los alemanes son rechazados.

Todo su mundo inicial se estaba desmoronando. Sorge sin embargo, y aunque evite el regreso a Moscú, quizás presintiendo su inminente depuración, seguirá fiel a la tarea que desde su reclutamiento juvenil había empezado y continuará el doble juego con las autoridades nacional socialistas y con los militaristas japoneses, desde la red de Tokyo. (No así su radioperador, Max Clausen, el cual, decepcionado con la promesa de la instauración del comunismo, comenzará a boicotear las emisiones de la red y, más tarde detenido, informará con todo detalle a la fiscalía japonesa de las actividades del círculo). En 1941 el Kempetai, la policía secreta japonesa, después de las revelaciones de un matrimonio comunista que había retornado a las islas, había detenido a toda la red, suponiendo en principio que trabajaban para la Abwehr, la organización de inteligencia alemana. 

Sorge nunca abandonará la esperanza de que Moscú lo rescatara después de la detención del grupo. Alguien propuso un canje a los rusos. Los soviéticos sin embargo nunca le reconocieron y será ahorcado finalmente en Sugamo, una cárcel de Tokyo.

Al otro extremo de la guerra, en Bucarest, el mundo acostumbrado se estaba desmoronando también. La firma del Pacto Tripartito en noviembre de 1940 suponía finalmente la entrada de Rumanía en la guerra, junto a las tropas del Eje. (Una historia de la guerra comenta que los alemanes se demoraron casi un año en su entrada, debido a que: "Fue el invierno más frío en mucho tiempo"). El inglés Patrick Leigh Fermor recogerá de algún modo esta devastación en su propia biografía, que se inicia con la llegada a un Bucarest aristocrático en octubre de 1934, después de un viaje por Europa que se había iniciado en un puerto holandés. Allí tiene la oportunidad de acceder a una ciudad en donde la nobleza aún utiliza el francés como idioma habitual. Y a la que, después de la decepción que le había supuesto una estancia previa en Sofia, la capital búlgara- "un villorrio rural"- definirá como una mezcla entre París y Londres, cercana a un Oriente que se adivina más allá de sus barrios extremos. ("La revolución industrial había dejado estas regiones sin tocar y el ritmo de la vida se había detenido muchas décadas detrás de la lentitud del Este").

En los suburbios -mahala- de la ciudad el escritor asiste a una suerte de indefinición entre lo urbano y las villas de los campos a su alrededor que advierte no ha encontrado en ninguna otra parte. Ninguna frontera define esta separación, que se pierde en una confusa lontananza. (Paul Morand que sufre una especie de fascinación por estos suburbios en la misma época escribe que: "En el mahala la ciudad europea se pierde y comienza el Asia"). Claudio Magris en su viaje por el Danubio anotará que: "La mahalá, el suburbio de Bucarest, ha proporcionado un fondo inagotable de historias, intrigas, líos y anécdotas picarescas a la comedia de Ion Lucas Caragiale, el clásico del teatro rumano. En los cafés de esa periferia, a fines del siglo, recogía destinos y parodias de destinos, melancolías e historietas conyugales en los que se reflejaba el tumultuoso y aproximado crecimiento de la nueva Rumania". Leigh Fermor por su parte ha conocido en las recepciones de la Cancillería Española y más tarde en el palacio de Peles -"un Balmoral de los Cárpatos"- a personajes como Grigori Gafencu; Antoine Bibiesco, y los restos de las familias Cantacuzene, Stirbeys y Strurdzes, de una antigua nobleza boyarda y moldava que le deslumbra en principio. Su introducción, años más tarde, a las memorias de Matyla Ghyka -"The World Mine Oyster"-, el escritor y diplomático de origen principesco, a quien también había conocido en la ciudad, constituirá de alguna manera la rememoración de un mundo definitivamente desaparecido tras la guerra y la entrada de las tropas soviéticas al final de la misma.

En Bucarest el joven escritor se reencontrará con la pintora Balasa Cantacuzene, de una familia aristocrática de origen moldavo, a la que había conocido en Atenas. Y con ella viaja a los restos de la residencia familiar en Baleni, la mansión de los Cantacuzéne en Moldavia. Allí se instala junto a su amante, la princesa, durante algunos veranos.

"Rodeados de amigables campesinos, la laberíntica mansión aún permanecía y era un lejano refugio, muchas millas distante de cualquier lugar; de belleza, inteligencia, originalidad y amabilidad". Nada de ello perdurará tras la guerra, incluido el anterior escenario cosmopolita de la ciudad. ("Todos los amigos se han desvanecido en una repentina oscuridad", escribirá cuando, a su retorno a Moldavia recupere las notas de su anterior estancia, The Green Diary, que habían guardado las Cantacuzéne hasta entonces). Cuando al cabo de algunos años -en 1949- el escritor regrese a Rumanía la antigua mansión ha sido devastada primero por un terremoto y ocupada posteriormente por los soviéticos. Los antiguos propietarios en la región han sido deportados. Encontrará a su antigua amante -y a su hermana, la encantadora Hélene Donici- viviendo en un triste ático en Duviosa "cerca de Tirguviste". Sobreviven dando clases de inglés o francés. No han podido escapar del país y nada resta de su antigua vida en Bucarest, Atenas o Moldavia.

Ella le había escrito anteriormente: "Es muy extraño pero todos los que compartieron nuestra vida en Baleni ya no están- algunos muy lejanos, o muertos...Todos los que conociste tan bien están lejos en la distancia o en el tiempo". En un poema escrito en 1944 dedicado a la antigua mansión familiar la princesa había apuntado cómo, frente a su recuerdo:

Lentamente atravieso las puertas

de este innombrable pasado.

Me pierdo en la penumbra

de los pasos abandonados

(Alcanzado por las noticias de la guerra que acaba de estallar Leigh Fermor abandona Baleni y se incorpora a las filas del ejército británico en septiembre de 1939. Será pronto destinado a misiones de inteligencia en Albania primero. Y más tarde, dentro de las filas del espionaje británico, incorporado a la resistencia en Creta, donde, viviendo en la clandestinidad de las montañas, protagonizará junto a otros el célebre secuestro del general alemán Kreipe en la isla. Un compañero con quien se reúne más tarde en una villa en El Cairo recuerda en una biografía cómo: "Paddy había participado en la dura retirada de Grecia y luego de Creta. Pero no pasó mucho tiempo antes de que regresara a esta última isla como agente secreto. Disfrazado de pastor y con una emisora de radio vivió en aquellas montañas clásicas y durante dieciocho meses mantuvo la antorcha de la libertad encendida junto con los valientes y pacientes isleños").

Una caótica colección de refugiados aparecía en la ciudad en esos años, descritos en las novelas que la británica Olivia Manning, destinada junto su marido Reginald Smith a la delegación del British Council en Bucarest, escribiría años más tarde bajo el título de The Balkan Trilogy. Aristócratas rusos arruinados; la antigua clase de los fanariotas, los griegos que habían monopolizado el comercio de la ciudad a principios de siglo; princesas rumanas despojadas de sus posesiones en la Besarabia; campesinos de la Valaquia; refugiados polacos que accedían por oscuras carreteras tras la ocupación nazi; comerciantes judíos de Ucrania que habían sido expropiados... El francés Paul Morand, que se había instalado unos años antes en el Athenée Hotel, recogía en sus notas la definición de la reina Isabel, quien le había comentado que: "Es una ciudad hecha de remiendos". Para afirmar, más adelante, que: "El Atenea Palace está hecho a imagen y semejanza de Bucarest". El escritor se había casado en 1927 con la aristócrata rumana Helene Chrissovoleni, princesa Souzo, y en 1942 será destinado por la Francia de Vichy como embajador en Rumanía. Cargo que abandona dos años más tarde ante la inminente llegada de las tropas rusas. En su novela Bucarest -de 1934- había descrito una ciudad de innegable influencia francesa todavía: "Calea Victoriei, la más famosa avenida de la ciudad, con sus palacios y jardines aristocráticos, se convierte en el teatro de la vida moderna, de la sociedad refinada, de la vida nocturna", afirma un artículo sobre la novela. El centro de la vida social - y del espionaje en la zona- se encontraba en el tramo que transcurría desde el célebre café Capsa -el "Lhardy de Valaquia" en la definición de Foxá- al Athenée Palace. Pero Morand en sus páginas también apuntaba una condición fronteriza, en el límite con Oriente, que era parte de la convulsa historia del país. Y la presencia de un mundo que era el de la absoluta otredad con la constante presencia de los gitanos y la música zíngara en los sórdidos suburbios - y en cierto modo, los judíos también- y en sus calles.

Uno de los volúmenes de la trilogía de Olivia Manning, The Great Fortune, describía esta condición suburbial de los límites, en cuanto su protagonista se alejaba del escenario habitual de la Calea Victoriei, la avenida principal, de sus lugares de encuentro y los ambiguos personajes del British Council:

"Ahora habían llegado a los suburbios donde vivían los campesinos. Las casas eran chozas de madera de una sola habitación, pintadas con pez blanca, apuntaladas con latas aplastadas de gasolina (...) A pesar del frío antiséptico que reinaba por todas partes, el aire apestaba a desperdicios (...)".

En su siguiente novela, The Spoilt City, la guerra europea está avanzando y las sombras que se ciernen sobre la ciudad se van haciendo más densas. Hasta que en un momento determinado los antiguos miembros de la comunidad internacional que habían recalado en sus populosas calles sólo acierten a nombrar unos puertos de salida que se están reduciendo cada vez más. Son el muelle de Costanza, sobre el Mar Negro; el puerto de Varna en Bulgaria; un Orient Express que ya apenas lleva viajeros, el difícil vuelo a Atenas, que nunca se sabe si va a despegar del aeropuerto... 

En una reunión de los últimos representantes del British Council en la ciudad, -en el Polisinel, "un antiguo restaurante de la época de los boyardos" que ahora estaba casi siempre vacío- uno de ellos, llamado David, comentará que había viajado a la frontera rusa.

"Desde la orilla del Dniéster había mirado al otro lado, donde había algunas cabañas". No había podido cruzarla. "La única señal de vida era una vieja campesina que trabajaba en la huerta". (En la novela, el culto David, que siempre había defendido la economía soviética, aparecerá vagamente como un agente de éstos).

El restaurante contaba con un amplio jardín alrededor, que en otro momento había estado de moda. La escritora, bajo la figura de la lúcida Harriet en la novela, comentará:

"Al fondo del jardín se encontraban los antaño famosos salons particuliers con todas las luces encendidas. Algunos tenían las cortinas corridas, como si hubiera gente dentro (...) En el más cercano vio una mesa puesta para dos y un sofá cubierto con un satén verde, un verde claro como de nenúfar, mugriento seguramente. Esas habitaciones no habían cambiado en cincuenta años y se decía que tampoco las habían limpiado. La enterneció esa grandeza decadente que se arrastraba en la vida como podía mientras todo se derrumbaba alrededor de Guy y de ella".

Bucarest había sido en sus novelas una ruidosa mezcla de hoteles de la Belle Époque y mercadillos orientales desplegados a lo largo de las aceras, con campesinos que dormían sobre los puestos de comida. Una estrepitosa colección de corresponsales extranjeros, actrices rumanas sin contratos y periodistas alcohólicos se reunía a diario en el British Bar, que más adelante sería ocupado por los oficiales de la Gestapo. Ella pudo escapar hacia Atenas en uno de los últimos vuelos regulares antes de que cerraran el aeropuerto. Su marido, Guy en la novela, partió una semana más tarde. 

Éste, profesor en el Council, había defendido siempre la inminente ocupación rusa del país como la única solución para los Balcanes. Años más tarde, el MI5, el servicio de información británico, estableció que desde 1938 "Reggie había sido reclutado como un espía comunista por  Anthony Blunt - uno de los Cinco de Cambridge- en una visita a la Universidad de Cambridge en 1938". De vuelta al Reino Unido, y vigilado por el servicio de contraespionaje británico, no abandonaría su militancia comunista hasta 1956, con motivo de la invasión soviética de Hungría.


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