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sábado, 25 de enero de 2025

Alem do mar


Una incierta distancia, un intervalo más o menos extenso, separaba a las tierras del Preste Juan de los reinos cristianos desde su origen.

Pudieron, afirmaban, sus tropas haber intervenido decisivamente en la recuperación de Tierra Santa, después de la caída de Edesa en 1145. Así por lo menos lo relataba el obispo de Gibellum, Hugo de Jabala, quien, en medio de la desesperanza, comenta que por fin el ejército del mítico Emperador había decidido recuperar Jerusalen de los infieles. Antes, en su victorioso avance, habían llegado hasta Ecbatana, ancestral capital de los persas.

Hugo de Jabala, en concreto, contaba que: "un cierto Juan, rey y sacerdote de un pueblo que se encontraba al otro lado de Persia y Armenia, en el Extremo Oriente (...) aunque inclinado al nestorianismo declaró la guerra a los hermanos Samiardos y conquistó su capital, Ecbatana. Al conseguir la victoria, el mencionado Juan prosiguió su camino, a fin de prestar ayuda a la Santa Iglesia. Sin embargo, una vez alcanzado el Tigris y sin disponer de barcos, no podía cruzar el río y se dirigió al Norte, donde le habían dicho que el río se helaba en invierno. Pasó allí unos años esperando, pero el frío no llegaba; se vio por tanto obligado a volver a sus tierras, sin haber alcanzado la meta".

Sólo las aguas del Tigris, finalmente, les habían separado de su retorno. El Reino -tan cerca por un momento- al cual el Preste Juan regresaba se encontraba lejos: "al otro lado de Armenia y Persia", en ese lugar aún más remoto que era "el Extremo Oriente". Ningún mapa daba aún cuenta de esas tierras, más allá de la ruta de Alejandro, de las Tres Indias conocidas y mencionadas en los textos; del Mar de Arena, de la Taprobana o de las islas de los escitas antropófagos. Más lejos.


Años después, Marco Polo en su "Maraviglie" nos hablaría de nuevo del Reino y de la batalla inmensa que el Preste hubo de librar con el gran Khan -Chenchis en su relatobatalla cruenta y titánica que finalmente se saldó con la derrota del Rey cristiano. (Marco Polo hablará luego en su libro del recuerdo más cercano de su estancia en la Corte de Kubilai). Una batalla apenas le había separado de haber conocido la otra corte, la de aquel Emperador que reinaba "sobre no menos de setenta y dos paises y setenta y dos reyes" hasta entonces. Él estuvo cerca y los restos del Reino aún se encontraban en varias partes de los dominios del Khan. (De la provincia llamada Tangut nos contará que: "Partiéndose de Erguil y entrándose en las regiones del Preste Juan, llégasse a una provincia que llaman Tangut, la cual enseñorea un rey del linaje del Preste Juan que se llama Jorge por propio nombre". En ella, según describe más adelante: "Está aquel lugar que la Escritura Sacra llama Got y Magot". Pero también de los tártaros que habitan más allá de la ciudad de Catlogoria, inalcanzables detrás de un desierto que se extiende por más de cuarenta jornadas, nos dice que: "Allí biven tártaros sin señor. Rígense en comunidad e dan tributo al Preste Juan"). El Reino quedaba ya oculto tras la victoria, y la evidencia, del imperio del Gran Khan, a cuya corte en adelante se dirigirán las inciertas embajadas occidentales. (Y, cuando en su "Libro de las Maravillas del mundo" el prolijo Jan de Mandeville se refiera al Preste, advertirá que: "De manera que ni el Preste Joan de las Indias, ni el soldán de Babilonia, ni el emperador de Persia no tienen que fazer con él -el Gran Khan- en comparación de la nobleza, potencia y riqueza en que excede a todos los príncipes terrenales").



Un mapa incierto, al este de las estepas arábicas y Babilonia la Desierta, dibujaba las tierras del Preste.

"Nuestra tierra se extiende por el desierto y progresa hacia el orto del sol, volviendo en declive hasta Babilonia la Desierta, junto a la Torre de Babel". En la carta del Preste Juan al emperador de Bizancio Manuel Comneno se citaban personajes como el patriarca de Santo Tomás en la India Mayor, el protopapa de Samarcanda o el archiprotopapa de Susia, lugares más o menos reconocibles, a los que accedían en sus rutas los mercaderes de la Ruta de la Seda. Pero también se nombraba la fabulosa ciudad de Briebric, la incierta Taxila, el río de piedras o, al extremo norte, los reinos amurallados de Gog y Magog ("Antaño salían de sus tierras, hasta que Alejandro les impidió el paso elevando su famosa muralla que se abrirá al fin de los tiempos") de cuya existencia nadie había sabido dar cuenta hasta la fecha.

Pero el reino del Preste Juan, cuyos embajadores, se dice, llegan hasta Constantinopla, aunque a veces intuido como cercano, aparecía siempre teñido por la marca de la distancia.

"[Los mercaderes] les conviene yr a comprar a Catay que es mucho más cerca, aunque de Venecia a Catay ay camino de diez o doce meses por mar. Pero mucho mas lexos es la Tierra del Preste Juan..." explicaba uno de los mayores expertos en las tierras del Rey cristiano, Jean de Mandeville, en su fabuloso "Libro de las maravillas del mundo".

O, añadía después, hablando del insondable Mar de Arena que cercaba el Reino: "y no puede hombre passar aquella mar en ninguna manera, por esto no pueden saber qué tal sea la tierra que está de la otra parte".

La distancia, indefinible pues no se mide en meses de trayecto -como la que lleva a los mercados de Catay o a Gedrosia-, es la marca del Reino. Es un intervalo apenas definido, una sensación de estar siempre "un poco más allá".

El desierto, unos montes infranqueables y un tiempo sin referencias lo cercan.

"Y además de estas islas y tierras y de los desiertos del reino del Preste Juan, yendo directo para el este, los hombres no encuentran sino montañas y grandes rocas; y allá queda la región de las tinieblas, donde nadie consigue entrever, ni de día ni de noche...".


O les separaba también un tiempo cíclico, interminable, que tampoco se mide en jornadas de viaje. Como por el contrario se medía la ruta de Trebisonda, la que recorre el embajador castellano Ruy González de Clavijo, en su busca del gran Khan, aliado hipotético y siempre buscado en la lucha contra los infieles.

Frente a la extrañeza de lo lejano, al asombro de la enorme distancia, la ruta de los enviados del rey Enrique III de Castilla aparece señalada en sus notas continuamente por las fechas exactas, los lugares precisos.

"E otro dia jueves veinte e dos días del dicho mes de mayo partieron de aquí e fueron a dormir a un aldea que ha nombre Partir Juan (...) E viernes seguiente llegaron a un aldea que ha nombre Ischu e estovieron en esta aldea este día que allí llegaron e otro día sábado, e en esta aldea bivían muchos armenios (...) E domingo seguiente fueron dormir a un aldea que ha nombre Delurlarquente, que quiere dezir el aldea de los locos, e los que allí bivían eran moros como hermitaños que llaman caxises..." - narraba el embajador en su minuciosa Embajada a Tamorlán.

O la embajada del franciscano Giovanni de la Pian del Carpini, enviado, en largo periplo, por el papa Inocencio IV "a través de Rusia meridional, con instrucciones de entrar en contacto con el Khan mongol (...) y también con instrucciones para contactar con el propio Preste Juan". El viaje desde Cumana por las estepas duraría tres años y el embajador papal pudo al fin alcanzar la corte del Khan. Pero no así la del legendario rey cristiano, que nunca llega a ver. Tampoco la vio el dominico Ascelino de Lombardía, cuyo rastro se pierde al regreso de Tartaria.

En otro lugar, figuraban las jornadas exactas marcadas en los innumerables "Roteiros" de los navegantes portugueses del siglo, que miden las distancias en días de navegación. Frente a la enumeración, y el recuento de los días de los roteiros, las jornadas del Reino son incontables, asimismo.

Un tiempo cíclico, innumerable, acompaña las jornadas del Preste Juan y su Imperio. Estaba señalado ya por las remotas predicaciones del apóstol Tomás, cuyo cuerpo yacía en algún lugar de la India, incorrupto. Así, sabemos que el "Árbol de la vida", uno de los raros atributos del mismo, "era guardado por una serpiente dos veces mayor que un caballo, teniendo además nueve cabezas y dos alas. Vigilante todo el tiempo, ella dormía apenas el día de San Juan Bautista, cuando se podía recoger el bálsamo que el árbol produce y del cual se elabora el crisma y el óleo sagrado". El Reino se relaciona a veces con Juan el Apóstol - el que nunca murió, según la leyenda. También con el regreso de los Tres Reyes Magos de Oriente a sus reinos remotos -tras el legendario viaje al portal de Belén. Del Emperador se dice que tiene más de cien, de doscientos años... Éste es un tiempo extenso, ya en el límite. A él se llega por ejemplo desde la "Tierra de Vaqueira", también imprecisa: "De aquí se va hombre por muchas jornadas ".


Pero aunque distante y remoto en las jornadas y los desiertos, del Reino llegan noticias en ocasiones, algunos signos.

Así, la minuciosa carta que en 1150 hubo de escribir el Preste Juan a los personajes principales de Occidente -el reino de lo cercano- entre ellos al emperador de los romanos Manuel Comneno, a Federico I o el Papa Alejandro III. La Carta recogía la noción de la inmensa distancia también: "Hacia la otra parte del desierto se encuentra una tierra llamada Femenia, en la que ningún hombre puede vivir más de un año. Y aquella tierra es muy grande, pues en atravesarla a lo largo o a lo ancho se tarda cincuenta jornadas". En su descripción aparecen las figuras tradicionales de la extrañeza, la distancia: El río Sambatyon, infranqueable; las Diez Tribus perdidas; los animales salvajes; los seres mitológicos; el río del Paraíso "tan grande que sólo se puede atravesar en barco"; los desiertos o las murallas inabordables. "En las partes extremas del mundo, hacia mediodía, tenemos una ínsula grande e inhabitable en la que el Señor hace llover dos veces por semana (...) Nadie puede decir hasta dónde se extienden las demás partes de nuestros dominios".

La Carta fue editada y leída profusamente en los años siguientes. Noticias de la época dan cuenta también de una confusa relación sobre embajadores personales del Preste, que accedían a Europa. Pero nadie supo dar luego noticia precisa de ellos. En 1237 el abad de los frailes misioneros le comunicaba también al papa Gregorio IX:

"Hemos recibido muchas letras del patriarca nestoriano, a quien obedecen la grande India, el reino del Preste Juan y las tierras vecinas del Oriente".

Años más tarde de la primera misiva, en 1177, el papa Alejandro III envía a su médico personal - siempre nombrado como Giuseppe, sin más atributos - a que establezca contacto con el Preste. Parece que el enviado papal termina su misión en Abisinia "sin ningún resultado". En otros lugares se nos informa de que la misiva -encargada esta vez al "médico Felipe"- nunca llega y ambos "acabaron perdiéndose en algún lugar entre Roma y la India". El franciscano Odorico de Pordenone por el contrario, que viaja hasta la remota Catay un siglo más tarde, anotaba en su De rebus incognitus que: "Cuando salimos de Catay yendo hacia el oeste (...) navegamos cerca de un mes, y llegamos a las tierras del Preste Juan, que no son de ningún modo como de ellas se cuenta". Esta carta era la respuesta del Papa a la misiva que tiempo atrás había recibido y en donde, entre otras razones, se le invitaba al Preste a que estableciera una iglesia en Roma "para la unificación de la cristiandad" y que regularizara el intercambio de embajadores. La carta, asimismo, nunca recibió respuesta.


Viajeros posteriores, embajadores varios, llevan como misión, además, establecer contacto con el Reino. Reciben noticias, escuchan relatos sobre el mismo, intercambian opiniones. Pero el Preste no termina de ser alcanzado, separado siempre por el desierto, por un espacio inmenso, unas arenas infranqueables. En un momento determinado, a partir del siglo XIII, la presencia de los misioneros franciscanos cerca del imperio de Etiopía contribuye a situar en aquel país por fin el lugar del Reino. "Esta es la razón por la que el papa Eugenio IV, al invitar al emperador abisinio al Concilio de Florencia en 1439, se dirigía a él como a: "Nuestro querido hijo, el preste Juan, ilustre emperador de Etiopía". Enviada la carta por medio del legado papal, el franciscano Alberto Sachiano, éste sin embargo nunca llega a su destino. En su lugar, refiere una crónica, "la recibieron el patriarca copto de Alejandría, Johannes, de quien dependía canónicamente Etiopía, y (...) el abad del convento etiópico de Jerusalén, Nicodemos". El rey Juan II de Portugal envía más tarde otros enviados "con muchos gastos que el Rey hizo en ello", sin que en ningún caso recibiera respuesta. Confusas noticias hablan de enviados posteriores, sin que alguno logre establecer contacto con el remoto emperador -hasta la expansión portuguesa en el siglo XV. Ésta, como se sabe, no tiene lugar en el siglo hasta el paso del mítico Cabo Bojador por el navegante Gil Eanes, en 1434. "Los navegantes se detenían también por el viejo terror, heredado de los árabes, al verde mar tenebroso; y por el temor de que el mar tropical estuviera hirviendo, o de que el sol tropical los volviera negros". Entre las intenciones del príncipe Enrique el Navegante, que alienta estos viajes hacia el mediodía, estaba inicialmente la de encontrar una ruta al sur que permitiera el acceso a las anheladas especias de Asia. Pero también la de establecer contacto con el legendario reino cristiano, al que en algún momento sitúan más allá del Golfo de Guinea. O de la desembocadura de los grandes ríos africanos. (Estaba en el interior de las nuevas tierras descubiertas, afirmaban los navegantes al regreso a Lisboa). Una relación del segundo viaje del navegante Diego Cao por las costas recién alcanzadas nos hablará de nuevo de una renovada decepción. Junto a la también renovada esperanza de poder alcanzar el Reino. "El segundo viaje de Diego Cao en 1486, que llegó al golfo de Guinea, supuso una desilusión cuando vieron que la tierra que iba primero al E., seguía hacia el sur, resultando la distancia a navegar más grande de lo calculado. Pero allí descubrieron el reino de Benin, donde habían conocido que 250 leguas al este había un rey muy rico llamado Ogané. Los cosmógrafos volvieron a examinar el mapa de África de Ptolomeo y dedujeron que se trataba del Preste Juan".

El Reino estaba ahora más cercano. Pero siempre se interponía el intervalo, esa terca distancia aún.


El viajero cordobés del siglo XV Pero Tafur -“hidalgo e cavallero andaluz"- nunca llegaría a la India Mayor, en donde se proponía alcanzar la corte del Preste Juan, tal como lo relata en su Viaje a Oriente. Pero sí conoció a quien había regresado del Reino y le traía noticias, por demás abundantes, de él. Desde El Cairo, -llamada "Babilonia" en sus memorias- el hidalgo había conseguido un permiso especial para acceder al legendario Monasterio de Santa Catalina en el Sinaí, "donde la tradición supone que Moisés vio la zarza que ardía sin consumirse". (Una noticia previa, diez siglos antes, de la noble viajera Egeria había comentado que: "A la hora cuarta llegamos a la cumbre de aquel santo monte de Dios, el Sinaí, donde se dio la Ley, es decir, el lugar donde descendió la majestad del Señor el día en que el monte humeaba. En este lugar hay ahora una iglesia reducida, pues (...) la cumbre del monte no tiene demasiada extensión pero la iglesia es de gran belleza"). Al monte y el oratorio en el desierto llegaban las caravanas de la India cargadas de mercancías, antes de alcanzar los puertos del Mediterráneo, y partir de regreso al oriente más tarde. (Del patriarca del monasterio se decía que: "elige patriarca para embiar a la India Mayor al Preste Juan" para que éste le suceda a su muerte). Más allá del monasterio se extendía el vasto desierto, unas llanuras arenosas sin apenas noticias ciertas según se alejaban del mar Mediterráneo.

En la espera en el convento del Sinaí el cordobés conoce al afamado viajero veneciano, Niccolo del Conte, que venía en la caravana junto a su mujer y dos hijos y una hija "que ovo en la India". Habían recorrido un largo camino desde la costa malabar, por el Mar Rojo y los desiertos arábigos, hasta llegar a La Meca, donde es obligado a convertirse al Islam- aunque, añade, lo ha hecho sólo para proteger a su mujer y sus hijos. Enterado de los propósitos del viajero andaluz le apremia para que no emprenda el interminable camino:

"Por el amor que te he, pues eres cristiano y de la tierra donde yo soy, que no te entremetas en tan gran locura, porque el camino es muy largo e trabajoso e peligroso, de generaciones estrañas sin rey e sin ley e sin señor". Y además, añade: "Mudar el aire e comer e bever estraño de tu tierra, por ver gentes bestiales que no se rigen por seso e que, bien que algunas monstruosas aya, no son tales para aver placer con ellas". Y, concluye Tafur: "E tantas e tales cosas me dixo, e a la fin concluyó que, si yo no pasava volando, imposible era llegar allá".

Pero Tafur desiste de acometer el azaroso viaje y, junto al veneciano, emprenderá el camino de vuelta a El Cairo. Durante el mismo éste le cuenta abundantes noticias del legendario Emperador, al que Niccolo afirma ha conocido:

"E preguntándole del Preste Juan e de su poder; dize cómo era muy grande señor e que tenía veinte y cinco reyes a su servicio, pero estos no eran grandes ombres, e aun muchas gentes de aquellos que no han ley ninguna e siguen el rito gentílico, le obedecen".


El Reino en las noticias del veneciano es, frente a la noción tradicional de un lugar armoniosamente cristiano en medio de los infieles, un país un tanto azaroso. Abundan los gentiles en él, afirma, los animales monstruosos, las tribus de los paganos. Una montaña inmensa lo rodea, tan alta que los de arriba nunca tienen noticia de los que viven abajo. "El Preste Juan e los suyos son tan católicos e buenos cristianos que más no se podríe dezir, pero que no han noticia ni se rigen por la nuestra iglesia de Roma". El viajero reafirmará la noción de la distancia, la ausencia de noticias que llegan del Reino. "Estando él allá, vido dos veces embiar embaxadores el Preste Juan a los príncipes de acá, pero no oyó dezir que oviese respuesta de ellos, aunque vido aderesçar al Preste Juan de venir con sus huestes fasta Jerusalén, que es mucha más tierra que de allá acá".

De vuelta a El Cairo, Pero Tafur iniciará entonces su viaje de regreso hasta Andalucía, que comienza en la ciudad de Constantinopla, ésta sí bien conocida y cartografiada, de la que escribe abundantes notas antes de emprender una azarosa travesía que le llevará hasta el puerto de Venecia primero, la Lombardía después, a través de los pasos de los Alpes más tarde.


Situado alternativamente "más allá" de las tierras del califato, del Gran Khan, de los escitas, o en "las Tres Indias", es a partir del siglo XIV que el Reino comienza a desplazarse a África, todavía mal trazada en los mapas, a los reinos que los embajadores y exploradores portugueses y aragoneses sitúan como "descendientes de la antigua Reina de Saba", en el impreciso territorio al Sur del Nilo. Pedro Manzano, embajador de Aragón, afirmaba en 1450 que el rey de Abisinia -el Negus Neguste - era el verdadero Preste Juan, descendiente directo de la Reina de Saba. Su poder, según decía, era igualmente incontable. Antes, a mediados de siglo, el cartógrafo genovés Angelino Dulcert, había sido el primero en dibujar el Reino "ao sul do Egito", según las crónicas portuguesas. También aparecía el mismo en el conocido Planisferio de Fra Mauro, el cartógrafo benedictino italiano, editado hacia 1457, en el que en las notas explicativas se indicaba que: "120 reinos tributaban al Rey y su ejército superaba el millón de hombres". El mapa recogía en sus notas la leyenda de “las puertas de hierro”, con las que, se decía, el Preste podía cerrar el cauce del Nilo a Egipto. (“Porte de ferro. Con queste porte se farave el Nilo andar per Terra de negri e pocho en Egipto”, rezaba una leyenda al pie de un dibujo).

En torno a estas regiones, el anónimo franciscano autor del Libro del conoscimiento a finales del siglo había escrito en él que: "Llegué a la ciudad de Molsa, do mora siempre el Preste Johan, que es patriarca de Nubia y de Etiopía (...) e pregunté por el Paraíso Terrenal".

En 1485 el rey Juan II de Portugal designa a los embajadores Pedro da Covilha y Afonso da Paiva para que viajen más allá de Egipto, con la intención de establecer contacto con la ruta de las especias entre el Mar Rojo y el Índico hasta la India, y de entrar en contacto con el Preste Juan, con quien se desea establecer una alianza frente a los musulmanes, que dominan todas las rutas de los estrechos.

Entre los presentes que el rey otorga a sus embajadores, se dice, figuran un salvoconducto real, "de latón, indestructible y escrito en todas las lenguas conocidas"; 400 cruzeiros y varias cartas de crédito para la banca. Llevaban un planisferio, "para señalar las tierras del Preste Juan cuando las alcanzaran". Y una carta oculta que el rey enviaba al Emperador, el cristiano rey de Oriente.

El itinerario de ambos es conocido hasta cierto momento. De Santarem partieron a Lisboa. De aquí a Valencia y después a Barcelona. Allí embarcan y se dirigen a Nápoles. De aquí a Rodas -última tierra cristiana que iban a visitar-  en donde recibieron la hospitalidad de la Orden de San Juan, todavía en poder de la isla, para partir de ésta ya disfrazados de mercaderes árabes al puerto de Alejandría, en donde enferman. De allí, cuando pudieron recobrarse, tomaron la ruta tradicional que seguía a Rosetta y luego a El Cairo. Embarcaron para Suez, cruzan como peregrinos las ciudades de La Meca y Medina y por fin en la costa, en 1488, se separan, con la intención de encontrarse de nuevo al regreso en El Cairo.


Pedro da Covilha hubo de alcanzar el cabo Guardafui, Aden de nuevo, Ormuz, la India y los puertos de las especies, Goa y Calicut. Afonso da Paiva cruza el mar Rojo para partir directamente hacia la tierra del Preste Juan. Murió en el camino y nunca sabremos si por fin las alcanzó. A partir del litoral del Mar de Eritrea los nombres de los lugares habían dejado de ser conocidos.

Cuando Pedro da Covilha regresa, después de su accidentado periplo, a El Cairo, no encontró a su compañero Paiva. En su lugar habían llegado unos espías judíos del rey de Portugal -Rabi Abrao, de Beja y el zapatero Joseph, de Lamego- que le entregaron una cartas del monarca en las que éste le ordenaba regresar y zarpar de nuevo en busca del Preste Juan. Covilha les entregó a su vez una extensa relación de sus viajes para el Rey, que se archivó en algún lugar de Portugal y que nunca más se ha encontrado.

Aquí su rastro se pierde, en el extremo de los mapas conocidos. Pedro da Covilha sería alcanzado, años después, por el embajador portugués Rodrigo da Gama en la corte del rey Nahud de Abisinia. "Allí vivía aún en 1526, al tiempo de la embajada de D. Rodrigo de Lima". Había arribado a la corte en vida de su hermano Alexandre, Negus y León de Judá. Aunque bien recibido, nunca se le permitió regresar y en Etiopía acabó sus días, en torno a 1530.


Seguían llegando noticias inciertas del Reino. En textos portugueses se menciona "um documento há pouco descoberto na Chancelaria de Alfonso V. Nele se menciona um certo Jorge, embaixador de Preste Joáo, que estava em Portugal em 1452". Nunca más sería nombrado y el rastro del enigmático embajador se agota en esta mención. El enviado del rey de Benim, llegado a Lisboa, informó a D. Juan II "que más allá de su país, cosa de doscientas leguas al oriente, había un príncipe muy poderoso, llamado Ogané, de quien el rey de Benim era vasallo". Otras noticias llegarían con Lucas Marcos, sacerdote etíope recién venido de Abisinia, "que había ido antes a Roma a besar el pie de Inocencio III".

Pero ahora el Reino iba a estar por fin más cerca. En 1497 partía la histórica expedición de Vasco da Gama, que doblaba el Cabo das Tormentas -da Boa Esperança, según la posterior denominación real- alcanzaba por fin la costa oriental de África, cruzaba el Índico y arribaba a Calicut y los puertos de las especias en la India.

Llegando a la costas de Mozambique, el anónimo redactor del "Roteiro da Primeira Viagem da Vasco da Gama" - atribuido entre otros a un tal Álvaro Velho, de la región del Algarve - contaba que:

"También nos dijeron que el Preste Juan estaba allí cerca, y que tenía muchas ciudades a lo largo del mar, y que sus moradores eran grandes mercaderes, y tenían grandes naves; pero que el Preste Juan estaba muy tierra adentro y que no se podía llegar allí si no era en camellos (...)".


¿Cerca? ¿Lejos? ¿"muy tierra adentro"? Sin duda la tierra del Preste Juan era la única que se prestaba a semejante definición, que escapa a la certidumbre, la exclusión de Occidente. Pues ahora que se afirmaba estar tan cerca, se decía también sin escándalo que el acceso se prolongaba, y que el país del Rey se demoraba. Una vez más, de nuevo. Una descripción posterior nos informa que "fue en Mozambique donde los portugueses recibieron las primeras noticias sobre las muchas ciudades, los muchos mercaderes, los muchos barcos del Preste Juan, aunque también supieron de su lejanía".

En carta al rey Manuel, en 1499, el informador Girolamo Sernigi le advertía, frente al entusiasmo de los primeros viajes a los puertos de la India: "no entiendo que haya cristianos allí con los que se tenga que contar, a no ser los del Preste Juan, cuyo país está lejos de Calicut". 

A principios del siglo XVI, Alfonso de Alburquerque, gobernador de las nuevas posesiones orientales de la Corona portuguesa, escribe una relación en numerosas cartas sobre los viajes que hubo de efectuar entre las costas del Océano Índico y el Mar Rojo, ahora alcanzado, después de siglos, por las naves occidentales.

En una de ellas, enviada desde el puerto de Mecua afirmaba que "Nom temos ja outra pemdença a na India, senam a do Mar Roxo e Adem (...) e prazerá a nosso Sehor se fizemos asemto em Mecua, porto do Preste Joham".

Y, más adelante, se sitúa por fin cerca, tan cerca del Reino, que a punto está de alcanzarlo:

"[El Jeque de Dalaca] Disse me mais que o Preste Joham se trabalhara per muitas vezes per ganar a ilha de Macua, e que non tinha com que passar a ela, e que tentava ja tapar o braço do mar que vay emtre a ilha e a terra firme, e nam podera... disse me mais que tinha grandes desejos de nos ver e de nossa conversaçam e trato e que le parecía que se aly chegasse capitam de vos´alteza com armada, que viria ho preste Joham en pessoa". Francisco Álvares, miembro de una delegación portuguesa a la corte de Etiopía escribiría alrededor de 1520 una relación de la embajada como Verdadeira informaÇao das terras do Preste Joáo das Indias.

Alburquerque iba a estar más cerca todavía. En 1513 escribe al rey Manuel de Portugal:

"Numa noite escura, no Mar Vermelho, quando a armada, ancorada fora da porto, esperava pela brisa, surgiu no céu uma cruz luminosa que brilhou sobre a terra do Preste Joáo (...)

Eu tomey daquy que a nosso Senhor aprazia fazermos aquele caminho, e que nos mostrava aquele synall pera aquela parte. Mas, nao obstante, nao se levantou vento que levasse a armada a Macua".

El Reino estaba más cerca que nunca. Un intervalo constante, una pequeña diferencia, una contrariedad nunca resuelta, se oponían a su acceso, a la plena presencia.

Cerca, pero también lejos. Un río, un desierto, una batalla perdida, el silencio, la muerte del embajador o los vientos contrarios señalaban la distancia. Siempre.


sábado, 29 de enero de 2022

A través del espejo


"Alicia empezaba a estar muy cansada de estar junto a su hermana en la orilla y de no hacer nada; una o dos veces había echado una mirada al libro que su hermana estaba leyendo. (Antes había advertido que: "Hay una habitación que puedes ver a través del espejo. Es exactamente igual que nuestro salón, pero las cosas están al revés").

Para comentarle a Kitty, la gata, después: "Me pregunto si allí te darían leche. Puede que la leche de espejo no sea buena". 

                                      (De las ilustraciones de John Tenniel para Alice in Wonderland, de 1864). 

sábado, 15 de septiembre de 2018

Los viajes del verano



Se acerca San Miguel, la fecha de finales de septiembre en la que tradicionalmente se renuevan los arrendamientos y las sementeras para todo el año. En otro lugar, quedaron los viajes del verano. 

R. envía fotos de una villa en Corfú, una cala aislada entre olivos y sombras y las montañas de la isla que llegan al mar. Bajan a la ciudad alguna tarde, me cuenta, e incluye imágenes descoloridas de una villa griega sobre la bahía, tumultuosa como toda población helénica, un tanto decrépita al fin.



“Te hubiera encantado”, escribe. “Corfú son los restos de una antigua villa bizantina entre los gritos de los habitantes actuales”. Corfú era, le recuerdo, el nombre de uno de los pocos lugares del Paraíso. Tal como éste aparecía en las novelas de Gerald Durrell, la serie de “Mi familia y otros animales”, en la que, más allá de las hilarantes descripciones de la estancia de la familia Durrell en la isla, lo que flotaba era la noción de un paraíso perdido, tal como sólo la infancia y el Mediterráneo anterior a los tour operators podía nombrar. “Ya las he leído” contesta R. “Me he acordado de la novela estos días”. Y termina la carta, dice, porque se tiene que ir a la costa de Albania en el barco de unos amigos. El litoral se ve en las fotografías siempre al fondo.

Nadie accedía a aquella costa oscura, le ha contado su anfitriona, una veneciana que se refugia todos los veranos en unas tabernas griegas cercana a su palacio. Pero ellos emprenden el viaje en un barco reumático e inseguro, me dice, para alcanzar las remotas montañas albanesas en las que, según los lugareños, "sólo habitan las cabras".


Todo el mundo ha ido este verano a Grecia, parece. Ellos no lo saben – o sí – pero están regresando al origen. M. escribe desde Atenas. Habla de tabernas tumultuosas en las calles de Plahka, de otro barrio sórdido cuyo nombre no recuerda, de un café oscuro donde se podía cortar el aire – caluroso aún de noche. Pero también del Museo Arqueológico de la Plaza Omonia en donde pasa todas las mañanas, se pierde en las inacabables salas y al día siguiente regresa, porque siente que aún apenas han empezado a verlas. Y aún queda todo por contar.


Había emprendido un viaje un tanto frívolo en su origen, por lo que me había anunciado unas semanas atrás en un bar de Zamora. Incluía cenas en Atenas, y visitas a las villas del Egeo, y una estancia en una isla en la que nunca se hacía de noche, y varias cosas así. Pero de pronto me envía noticias de una asombrada excursión a Delfos, otra a Corinto y, sobre todo, una última a Eleusis, en donde sus amables anfitriones les instruyeron acerca de todo lo que se podía decir sobre los Misterios –que nunca se deben revelar por completo– y la frivolidad inicial se había transformado al final en un viaje iniciático, semejaba, en torno a la diosa Demeter y sus lugares habituales. Es lo que tiene, pienso entonces, regresar a un lugar de donde, a despecho de la muerte de Pan y el descenso a los infiernos de la diosa Proserpina, aquellos nunca se han terminado de marchar.

Días más tarde, A. me escribe desde la costa de Creta. Lleva viajando hace años, semeja, por todos los puertos, las bahías, las templos y calas del Egeo, en busca de algo que no se atreve a nombrar y que, pareciera, está siempre en un otro lugar próximo al que se encuentra. Mientras tanto cena en una taberna abierta sobre la bahía de Elounda, con mesas azules y un mantel a cuadros y el vino oscuro del cercano monasterio de Heraklion, y pienso que no es un mal lugar para esperar la revelación de los Misterios, mientras llega.


Adonde nunca llegaron los dioses, pienso luego, es al otro lado del Océano. En las fotografías que me envía B. desde una población del Caribe no se ve sino una desolación sin límites, un mar inmenso e inhóspito, una luz cegadora, una costa de arena sin vecinos en donde nunca habitó ningún dios - a excepción, quizá, de esos demonios desconocidos para nosotros, igualmente extraños e inhóspitos, que habitaban al otro lado de un Océano "plagado de monstruos", según la aterrada definición de Avieno en su Ora Maritima. B. está viajando por el norte de la isla de Cuba. No se ve sino pálida tierra, un horizonte blanco, una claridad impensable... En una población de la costa han encontrado un café antiguo que pervive entre ruinas desde la época en que la isla no era aún un escenario de la devastación. "Creo que es el único lugar que te hubiera gustado conocer". Creo que acierta, como siempre.

Paseando luego por Habana Vieja encuentra los puestos de libros -y trastos de hierro y catálogos antiguos y fotografías de capitanes barbudos y manifiestos de la Revolución - en Plaza de Armas, inmediata al Palacio de los Capitanes Generales. Me escribe las notas que redactó a la vista de los volúmenes de literatura cubana que allí se agolpaban - alguno de los cuales ha comprado y no sé si va a leer a la vuelta.

"Una literatura del Trópico. Ésta es, siento de pronto, necesariamente enfermiza, algo redundante. La fiebre está rondando en estos lugares siempre al acecho.

La multiplicidad de los objetos inmóviles. El calor y el sueño fomentan una estética del barroco y de lo innumerable - una columna salomónica que se abraza a sí misma, sin salida.

Literatura de las islas: La enfermedad, el pantano, el movimiento en círculo. Sin solución posible".

( fot. Berta de la Vega)

Más cerca de los dioses, T. marchó en su lugar a la inmediata costa de Aveiro. Buscaban, me dijo, un escenario clásico del verano: alguna playa tranquila, el regreso a las interminables jornadas en la arena y la cena después a la tarde en alguna taberna de la costa. En su lugar han encontrado un mar inhóspito, el viento que llega del Atlántico, una costa con marismas y contrafuertes de piedra y quilómetros de soledad frente a la tempestad que llega del otro lado del mar. Incluso en verano, en agosto también.

T. pudo realizar un reportaje fotográfico excelente. Me manda algunas imágenes. Muestran dunas solitarias, arbustos batidos por el viento, el oleaje permanente, los arenales vacíos... Cenaban en el pueblo a la noche, me comenta, mientras fuera caía la tormenta a veces y el tabernero aseguraba que el día siguiente sería mejor sin duda.

No se han podido bañar ni un día. Al regreso, Oporto sigue siendo una hermosa ciudad, un punto triste. Llovía todas las tardes. Excepto ella y la cámara de fotos, no creo que los demás vuelvan.


( fot. Berta de la Vega)

En Castilla mientras, entre el calor del día y el olor a fresco que siempre llega después de la fiesta de la Virgen de agosto, leíamos la cartas con las que desde Estambul Mary Wortley Montagu, la esposa del embajador inglés, inundaba toda la Europa de principios del siglo XVIII. Y con ellas pudimos regresar a un Bizancio anterior al final del Imperio Otomano y la modernización brutal de los Jóvenes Turcos.

 Aún existían la distancia, y la noción de lo otro, y el ritmo tan lento -y sin embargo incesante- de la correspondencia postal y la inteligente Mary Pierrepoint -su nombre de soltera -, llenó de cartas y de penetrantes descripciones a la Sociedad de los Inteligentes de su tiempo, mezclando las imágenes de la antigua Constantinopla con las referencias a una sociedad del Antiguo Régimen que, en ese momento, no sospechaban iba a extinguirse por igual.

En los días de bochorno en Castilla y la esperanza de una tormenta redentora que, sin embargo, nunca llegaba a caer, alguien releyó los gélidos relatos de Jack London, en los que se repetían de nuevo los nombres como el río Yukon, la región del Klondike, las islas Aleutianas o el Estrecho de Bering - y la noche perpetua y helada sobre el silencio de la tierra. Era un alivio, pero la tormenta se negó a caer.


O los cuentos del inagotable Faulkner sobre las tierras del Sur, esa región cálida y un punto soñolienta que habíamos comenzado a descubrir en algún relato de Eudora Welty, por ejemplo, en las novelas primerizas de Truman Capote o el aire que rodeaba la memorable película The Hustler -el Buscavidas en la versión española- con un pálido Paul Newman y el impagable "Gordo de Minesota". Pero que este verano se nos ha revelado definitivamente en las prolijas narraciones de William Faulkner, que no en vano fue el escritor secreto de todos los que le siguieron más tarde.

"Este verano estuvimos en el sur de los Estados Unidos", le contestamos a alguien que insistía en relatarnos sus viajes estivales. "Ah.¿Y dónde habéis estado?". No nos atrevimos a contestarle que en el legendario condado de Yoknapatawpha, que era el lugar al que realmente habíamos viajado. "Ah. Pues por Memphis, Luisiana, Nueva Orleans y más lejos...", le replicamos. Antes de que el otro nos castigara con nombres de aeropuertos repletos, cruceros cansinos y restaurantes exóticos que en realidad nada nos interesan. 

   

viernes, 11 de mayo de 2018

Autores de la Biblioteca de Estudios Orientales




Collectania de Autores Raros de la Biblioteca Histórica.
Instituto de Estudios Orientales de Coimbra.


Un apócrifo

“Cargado de optimismo contemplo el futuro. Mis obras serán celebradas al final. Terminaré la crónica del reino de K´iang y seré reconocido por ello. Mis poemas conseguirán la aprobación de la Corte Imperial; podré codearme entonces con los que ahora rodean al Emperador. El editor real publicará mis obras y éstas se sucederán, pleno el caudal de mi inventiva.

Hasta ahora no he conseguido terminar ninguna. Mis versos reposan en cajones polvorientos. Nadie accedió nunca a publicarlos. Comencé hace muchas lunas a redactar una historia del Reino, pero diversas distracciones me han impedido continuar. Otros manuscritos duermen en mi humilde vivienda, también inacabados. Hasta ahora no he conseguido finalizar ninguno. 

Pero hoy contemplo el futuro con un intachable optimismo. He tomado el té de la tarde y éste fue bueno. Su calor me ha reconfortado”.

-                  -  Yu-Po, poeta japonés del s. XVIII.


Han- Li

“Esmerado Han-Yu, más claro que la luna nueva. Te envíe unos versos que el amor me dictó. Semanas dediqué a su composición. La noche en Kyoto me acompañaba, y nunca comencé a elaborarlos sin haber celebrado antes la ceremonia del té, que da claridad y purifica al que en ella se sumerge. Inmaculadas fueron las plumas, intachable el papel de arroz en el que los compuse. Mis vestidos eran los de los antepasados, mi corazón un cristal limpio como las hojas del té.

Ahora me entero de que tú a tu vez se los has enviado al joven Wan-Li, el protegido de la corte, como tuyos. Maldito seas mil veces, Hang Yu.”

-                     -  Del exquisito Han Li, s. XIV.


Al Yakub

“Toda la noche estuve intentando huir de la ceremonia. Me abrumaban con sus risas esos imbéciles. Tuve que festejar a la hija del alcaide, que se acaba de casar: una gordinflona que sólo piensa en comer. Las despedidas se prolongaban. Trajeron manjares nuevos y los cortesanos no cesaban de beber. No sabía cómo huir a mi casa: todo el rato intentaba recordar los magníficos versos que a la tarde había comenzado a escribir. Por fin, a riesgo de desairarlos – y sólo Alá sabe cuán irritable es el alcaide - pude partir del alcázar, a entregarme a las más elevadas tareas de la poesía.

He llegado a casa. Descansado y en silencio me he enfrentado a los tropos de mi elevada elegía. 

No puedo escribir una sola línea. Me siento pesado, ahíto, torpe y obtuso. Maldita sea esa vaca”.

-                      -   Del Viaje al país de los Garamantes, Al-Yakub,  s.XVI.




Un discípulo de Omar

“Las mujeres me desprecian. Hace meses que no duermo con ninguna. Soy torpe y ciertamente tartamudeo cuando me acerco a ellas. Vivo en la pobreza y mis vestidos están raídos. He intentado seducirlas por medio de la poesía, tal como nos cuenta hacía Ibrahim Hayamm con sus célebres Rubbaiyat. Sólo Alá sabe cuán malos deben de ser mis versos“.

-                         -  De la Antología de autores persas contemporáneos, Esmirna, 1920.



Frank Mc Calley

Poeta norteamericano. Viajó a la India, en compañía de Gregory Corso.

Su vida se mueve en torno al Greenwich Village de NY, donde publicó en colaboración con el grupo de literatos Letter & New Concept.

Fallece muy joven, en 1981. Su obra ha sido recogida en la antología de Peter Beardsley “The Tradition of the New”.

No más círculos en torno a una sombra.
Phillip ha fallecido ayer
En espiral de mierda
Y polvo acumulado en los sótanos de Waverly Place.
La sombra y la vena crecen juntas.
Las puertas, las puertas.

-                   -   De The Beat Vision  of Oriental Zen,   Georgetown, 1984.



Mushio Seko

“He sido rechazado de tus salones, oh noble Yamato San. Tus servidores dijeron que no me mantenía en pie, que no podía apenas hablar y que no se entendían mis versos. En la ceremonia los monjes de tu palacio fueron recompensados con un vestido de seda cada uno y al miserable poeta Tasho le fue entregada una diadema de coral, según me han relatado luego. 

No podrías al menos enviarme algo de sake, noble Yamato”.

-               -      Mushio Seko, s. XVII .


Noticias de Isfahan

“Esta mañana recibí el correo. Lo trajo, como siempre el torpe Mohammed al´Rabsi. Con su aliento a ajo me entregó tres misivas. La primera era de la Imprenta Real, la segunda de mi secretario en Isfahan, la tercera de Zuleima.

La primera carta me notifica que han desistido en la tarea de editar mi Diwan. Me ensalzan y halagan y aseguran no estar preparados para tan magna empresa. Sólo la mano de Ali Yusuf me había ayudado en la corte. Caído él en desgracia ahora será imposible editar mi delicada obra y mi efímero nombre desaparecerá para siempre.

En la segunda misiva B´n Jalif, mi secretario, me comunica con grandes rodeos la pérdida de una caravana a manos de unos bandidos seléucidas u osmanlíes. En ella viajaban los escasos restos de mi fortuna. Tendré que vivir en la pobreza en adelante. Por alguna razón, intuyo que B´n Jalif estaba en connivencia con los bandidos.

En la tercera Zuleima me anuncia su inmediato viaje a Córdoba. Parte junto al consejero del emir, Abd el Ifar, hombre que ha alcanzado un notable éxito en la corte. Su carta prosigue con insultos, al cabo de los cuales proclama su alegría en dejarme y me tilda de provinciano arruinado (¿cómo habrá podido enterarse?) entre otras preciosas observaciones.

Estas razones eran ya excesivas. Cualquiera de las dos primeras cartas me servía “.

-                      -     Del Libro de suicidas y tristes, Bagdad, siglo XVI.


Tomás Cepeda

Oscuro poeta, de su vida apenas se tienen noticias. Debió de viajar en su juventud por Oriente Medio, incluida una visita a Palmira que hubo de dejarle una honda huella.

Vivió el resto de sus días y publicó su escasa obra en la ciudad de Medina del Campo, donde ocupaba un cargo de funcionario local al parecer. Muere en 1957.

Sobre la yerta llanura de Medina
Flotan distantes fantasmas, 
Las termas y los capiteles rotos
Que hubiste de sorprender una mañana lluviosa
en Palmira, ciudad de los nabateos.
Aquí en Castilla se abate un sol cegador.


-                       -   Tomás Cepeda   Las ruinas de Palmira.   Medina del Campo, 1954.



Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...

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