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viernes, 2 de enero de 2026

Notas de invierno. II


Con la nieve en la sierra, la conversación vuelve a los oficios antiguos, sin darnos cuenta. Los carboneros se afanan estos días y por la mañana los vemos tomando café y aguardiente en el bar de la carretera. Están haciendo leña en las fincas, quemando cisco, arrancando tocones. La lluvia les ha hecho parar y demoran la mañana en la barra.

Los días de frío agudizan los recuerdos, parece. Con A. hemos rememorado algún invierno, que él ha conocido bien, de carboneras en el monte y chozos en las mohedas. Olor a humo, el tizne negro entre la niebla.

En la ciudad, en la feria del libro antiguo, algunos hallazgos que remiten, azarosamente, al exilio. Surgía en un raro ejemplar, editado tardíamente, de artículos de Unamuno En el destierro, textos que el catedrático de griego había ido enviando a publicaciones, normalmente argentinas, y que alguien - ediciones Pegaso- recoge en una tardía edición del año 1957. Un raro tono periodístico, esto es, apresurado e impresionista, aparece en los artículos de Unamuno, escritos en el destierro de Fuerteventura primero; en París después; por último en Hendaya. Antes de que el autor regresara definitivamente a España después de la caída del dictador Primo de Rivera. 

En la sucesión de paisajes isleños, parisinos y más tarde de la muga vasca, la sensación de que, frente a una opinión generalizada en su momento, el lugar de más valor de estos escritos surge en los poemas intercalados en el libro. Como si, libre de la urgencia periodística, el pensamiento, la escritura del autor se condensaran por fin. (Luis Cernuda, con su aguda lucidez poética, ya lo había advertido en su ensayo sobre la literatura española del siglo XX). Y en ellos resurge, nítida, esa pregunta sin respuesta que fuera la religiosidad de Unamuno. O su devoción frente a la sequedad del paisaje. ("El desierto es el origen del monoteísmo" había escrito Renan en algún lugar de su viaje al oriente).

También a un cierto exilio remite otro volumen de Pio Baroja, no menos raro, "Los enigmáticos", editado en Biblioteca Nueva el año 1948. Recoge una colección de relatos breves en torno a personajes habituales en la obra del novelista. La creación de una trama más o menos compleja en las novelas anteriores aquí desaparece. Para dar lugar a una serie de narraciones sin trama, a modo de escenas únicas, en las que se recrea un paisaje, y unos personajes, descritos con la melancolía, el escepticismo o incluso la simpatía a veces, de su prosa, libre de cualquier complejidad novelística.

En ellos podemos reconocer la reelaboración de unas notas, de los apuntes que Baroja hubo de redactar en su exilio en el País Vasco francés primero. En París y Suiza después, apuntes que años después irían surgiendo en forma de novelas inacabadas, artículos en prensa o publicaciones sueltas. O reflexiones sobre la guerra - como en su "Miserias de la Guerra", "La guerra en la frontera", "Susana o los cazadores de moscas" o en el "Aquí París", entre otras-, que nunca terminaron de formar un relato definitivo sobre la contienda. Y que en algún caso fueron censuradas por la familia - y aquí recuerdo la polémica que Andrés Trapiello hubo de mantener con aquella sobre la publicación de algunos de los textos de esa época.

Entre los paisajes que el libro recoge, la recreación de un París en el que el autor se había refugiado después del primer año de guerra, que, a despecho de la pretendida pasividad de éste, dio lugar después a varias novelas - con la sensación de incompletas siempre-, apuntes y memorias. Entre ellas alguna de las más notables que este libro recoge. Como en donde se da cuenta de una tertulia de rusos blancos en la ciudad. Noticias del exilio de nuevo. 

"Como la memoria mía es tan pobre en detalles, no recuerdo en qué calle de París estuve yo en una tertulia de rusos blancos una noche hacia 1939 o principios del 40". O la recreación de una tertulia de desterrados varios en "una pequeña prendería, que no llegaba a tienda de antigüedades, de la calle Oudinot". Un París de hoteles en calles sombrías, parques melancólicos, personajes que deambulan por las afueras, que Baroja recrea con especial dedicación. Frente a la indiferencia de Unamuno, que en París se dedicó a acudir diariamente a las tertulias de exiliados, desdeñaba el paisaje de los bulevares y recuerda en su lugar las calles de su Bilbao natal, Baroja recogerá en sus páginas la noción de una ciudad melancólica, de pasajes a trasmano, jardines invernales y personajes del exilio. (Y en algún caso, de los crímenes célebres del pasado siglo, noticias que al vasco le eran particularmente llamativas).

Había buscado también, sin encontrarla finalmente, alguna edición de otra rara novela barojiana de la época, Las veladas del chalet gris, que me interesaba por las referencias a una tertulia de personajes refugiados en el Madrid de la guerra - entre los que figuraban José María de Cossío o Ramón Carande. (Una noticia, que no había podido verificar después hacía referencia a la "Casa del Ogro" del primero, en el barrio de la Prosperidad. También a la tertulia de la librería Los Galeotes con Joaquín Álvarez Quintero, Manuel Abril o Juan Cristóbal, entre otros). Pero no había podido encontrarla en la feria, desde luego. Ni en algún otro catálogo que había consultado. Una mañana el amable encargado de una tienda de antigüedades adonde bajo a tomar café en el barrio de Salamanca se había dedicado, mucho más experto que yo, a buscar la referencia de la novela en algún lugar de las redes. Pero ésta no aparecía en ningún lugar. Excepto en la edición de Novelas Sueltas de José Carlos Mainer en donde finalmente había podido leerla.

En ella, la guerra apenas aparece, excepto como una referencia lejana a un conflicto que está teniendo lugar en otra parte. Sí aparece, en cambio, la descripción melancólica de un paisaje de chalets y calles sin salida sobre las laderas del arroyo Abroñigal, más allá de Chamartín, y cercanas a la entonces moderna Ciudad Lineal, en donde sus personajes se han refugiado. Que la guerra, la violencia y los desmanes del Madrid sitiado tengan lugar más allá no hace sino reproducir, en este caso dentro de una referencia histórica, la situación de tantas narraciones de Pio Baroja, en las que los acontecimientos y las noticias están ocurriendo en otro sitio, lejos de sus personajes.

Lecturas sueltas, divagaciones entre los encuentros, los viajes de estos días. Rebuscando el conocido poema de J. L. Borges sobre los dones, me encuentro en su lugar con otro, que no recordaba, sobre James Joyce, en su Elogio de la sombra. Unas excelentes líneas sobre la precariedad y el coraje de los días - recordando al Leopold Bloom de una jornada en Dublin- que se inicia con la certera, y lírica afirmación, de que: "En un día del hombre están los días del tiempo" para culminar con la demanda: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día".

Un opúsculo sobre el culto al Cristo de la Luz y la orden franciscana en el convento de Porta Coeli, perdido entre robledas y zarzales de la Sierra de Francia, que hemos visitado una mañana fría. (Entre las rejas de la clausura oímos un coro que era un canto jubiloso sobre la oscuridad del día). Un temprano El alma castellana, firmado aún como J. Martínez Ruiz, de ilegible dedicatoria, que encuentro en primera edición en la angosta librería de viejo frente a la fachada de la Clerecía - y en donde un joven Azorín nombra a los autores rancios y ciertamente olvidados que disertaban sobre la decadencia de Castilla, ya desde el reinado de los últimos Austrias. Un reencuentro un tanto decepcionante con El laberinto español del inglés, vecino de la Alpujarra, Gerald Brenan. En donde la admiración por el anarquismo andaluz cobra a veces los tintes de una frivolidad típicamente inglesa sobre lo pintoresco de la España anterior a la guerra. (Aunque sus noticias sobre el milenarismo libertario y rural sean a veces acertadas). Noticias de nuevo medievales: me envían la reedición de la Carta Puebla de la fundación del lugar de Benidorm sobre el viejo castillo, con referencias a los peligros de la piratería en la costa y los azares de la repoblación de los alfaces cercanos a las playas. Releo entonces las noticias que Georges Duby ofrece en su ensayo sobre el cristianismo medieval, las referencias de las crónicas clericales acerca de los bosques, los páramos, la foresta sin ciudades... Y sobre la represión de la herejía, que surge de las sombras en los montes, y en otros casos, de los navíos que llegan de Bulgaria, las ciudades balcánicas de los paulicianos.

En el pueblo M., entre café y café, me describe el recuerdo, que alguien me había relatado poco antes, de los niños de la comarca, sus compañeros, que iban a la escuela entonces y de los caminos hacia el pueblo. A pie, en una bicicleta precaria, entre el hielo y la nieve a veces. Llevaban, me cuenta, una lata en la mano con unas ascuas que debían durar toda la mañana.

 No sé por qué, los recuerdo en la escuela de una finca, mirando a la cámara con los ojos abiertos, las mejillas coloradas, unos mocos que le cuelgan al más chico en otra imagen.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Notas de invierno

Un aire frío que baja de la sierra. En lo alto, las cumbres ya están con nieve.

Al fin había podido encontrarlo. El ensayo clásico de Steven Runciman sobre The Medieval Manichee. Que había visto citado tantas veces en una u otra obra sobre las herejías medievales, pero nunca aparecía en ninguna librería. Por fin figuraba como disponible, no recuerdo en qué catálogo de una dirección inglesa, y llegó, en bastante buen estado, a mis manos. 

Paulicianos, bogomilos, patripasianos, marcionistas, albigenses, carpocracianos, dualistas insólitos desfilaban por sus páginas. En las que una prosa narrativa - como sólo puede corresponder a un historiador británico- desvelaba las continuidades y las catástrofes que sucedieron a la primitiva herejía, de origen incierto, en torno a las primeras iglesias del cristianismo. Aquella que, a despecho de sus innumerables matices, atribuía la creación del mundo a un demiurgo, más o menos distante del Extraño, el Dios Escondido, y cuya creación imperfecta recogía la inquietante demanda sobre la presencia del mal.

Steven Runciman era capaz de una notable labor de síntesis. En la que las innumerables sucesiones de eones y cielos intermedios, arcontes, hebdómadas, iconoclastias varias y rechazos del Antiguo Testamento, eran agrupadas en torno a una pervivencia: la del dualismo original a través de los siglos. Como en los enigmáticos ensayos de Aby Warburg, - el historiador del arte-, ocultas permanencias, inasibles tradiciones, resurgían de pronto en otros parajes, distantes, como una corriente sumergida que de pronto reapareciera en otro lugar. Del libro del medievalista del Trinity College recuerdo luego como una geografía imposible. En la que figuran los valles armenios, la remota región de Albania, unas aldeas búlgaras adonde habían sido desplazados los últimos paulicianos y en las que resurgirá, al cabo, la herejía de los bogomilos - los "amados por Dios"- que dos siglos después alcanzará la campiña lombarda. Y, más tarde, la región occitana - hasta perecer por último en los muros del castillo de Montsegur, sobre los Pirineos.

 Yo había leído en su momento el memorable La Caída de Constantinopla, narración - y ensayo- sobre los últimos días del emperador Constantino Paleologo que, de algún modo, se convertiría en la descripción canónica del final del Imperio Bizantino. Y con él de la entrada de las tropas turcas en la derruida muralla - por la famosa Kerkaporta, según el conocido relato que recogía Stefan Zweig en sus "Momentos estelares..."- que culminan en la ausencia de más noticias del emperador, la huida de las tropas del genovés Giustiniani, el saqueo de los templos y la leyenda acerca de la desaparición del sacerdote oficiante entre los muros del ábside de Santa Sofía. Que retornará a continuar la Consagración, según la misma leyenda, cuando Constantinopla vuelva a ser cristiana.

Había habido muchas otras historias, claro. La caída de la antigua Bizancio figuraba desde luego en el clásico de Julius Norwich sobre el Imperio. O en el ameno tratado de Warren Treagold sobre historia bizantina. Pero también en el raro Historia turco-bizantina de Miguel Ducas, que aportaba una insólita - y ambigua- defensa de la ciudad y su cultura ya bajo el reinado de los turcos. Y atribuía de algún modo su pérdida a los errores de los últimos Paleólogos - aquellos que recurrieron, en un esfuerzo inútil, a la protección de la Iglesia de Roma, creando así un nuevo cisma en la larga tradición de la iglesia ortodoxa.

Pero una vez leído el relato de Steven Runciman éste se había convertido en el clásico, el texto canónico sobre el trágico -e ineludible, a lo que se deducía- final del Imperio. Unas páginas últimas relataban la no menos melancólica pervivencia de la última corte imperial en el reino de Trebisonda, unos años posteriores a la toma de Constantinopla.

No menos ardua había sido la adquisición de otro clásico, el Hans Jonas de "La religión gnóstica", al que su traducción en editorial Siruela hacía cuando menos laboriosa la localización - al igual que tantos otros volúmenes de la prestigiosa, y esquiva, editorial. Cuando después de bastante tiempo pude encontrar un ejemplar usado en una librería valenciana, éste aparecía reseñado como "bastante usado" y desde luego poseía un precio prohibitivo. Hacía tiempo que no aparecía por ningún listado, nadie me había dado referencias de él en las últimas ferias a las que había acudido. Así que, en estos días que se han ido acortando, cada vez más lluviosos, lo compré. 

El libro estaba bastante ajado. Y sobre todo aparecía repetidamente subrayado y anotado en una gran parte de las páginas. Unas notas, a veces irrelevantes, otras veces acertadas, pero en las que subyacía todo el tiempo la intención de referir las incertidumbres gnósticas a autores contemporáneos. En concreto, a relacionarlas con ciertos pasajes de Nietzsche. Y sobre todo al existencialismo.

Me es bastante indiferente la actualización de todas las noticias. Que Camus hubiera podido dibujar una suerte de hombre ajeno similar al extranjero de la gnosis me importaba poco. Sí me importaba en cambio la pregunta por ese lugar indefinido de donde surgía la gnosis en los primeros siglos del cristianismo: un territorio al fin y al cabo denominado como "Oriente". Pero cuya genealogía apenas algún estudio ha podido determinar. Incluido el de Hans Jonas, que en un esfuerzo pedagógico intenta dibujar el mapa de los últimos siglos del helenismo. Y cita de nuevo las corrientes iranias, las mazdeístas, maniqueístas o las neoplatónicas de Alejandría. O del hermetismo en general en la formación de los sistemas de eones, arcontes y cielos descendentes de los herejes Marción o Basílides. (Una certera sensibilidad aparecerá en el capítulo dedicado a la alegoría y al simbolismo de los textos gnósticos. Que, comenta, se escriben en otro lugar del discurso del logos de la tradición occidental. Donde recoge por ejemplo, entre los manuscritos de las cuevas de Turfan, aquel que asevera: "Yo soy Yo, el hijo de los mansos. Mezclado estoy y conozco el lamento. Sácame del abrazo de la muerte").


Llueve de nuevo y ahora todas las mañanas hiela. No he podido terminar la prolija novela de Mircea Eliade, El día de San Juan, que había encontrado en una librería de Málaga. La había buscado por sus referencias al Bucarest de antes de la guerra y a la ocupación soviética, que terminaron para siempre con su ambiente cosmopolita y balcánico. Pero en la novela, que el historiador escribe ya en París, en los primeros tiempos de su exilio rumano, los personajes intercambian un diálogo confuso, nunca se responden, desaparecen continuamente y semejan todos evadidos de qué oscuro conflicto interior que nunca se manifiesta en el relato. La alusión al problema del tiempo detenido, la huida de la historia, que planea por detrás de los momentos de la narración - y que el autor por contra describirá magníficamente en su ensayo clásico El mito del eterno retorno en 1949 - carece aquí de interés, en su forma novelada y confusa, en medio de la confusión de sus personajes.

Todo lo contrario de sus Fragmentos de un diario, que leo al mismo tiempo: unas notas ya escritas en el París de la posguerra. En donde Mircea Eliade apunta de forma cotidiana y sin el menor atisbo de retórica los grandes temas del exilio: los suyos y los de los compañeros que, como Ionescu o Cioran, habían recalado en la capital francesa, huyendo de una Rumanía adonde nunca habían de volver. Las dudas sobre el propio trabajo - a pesar de que ya ha sido invitado a colaborar en la institución de Georges Dumezil-, la intención de sacar tiempo para escribir su novela; la alegría del reencuentro con la ciudad o la melancolía del otoño parisiense. La nostalgia por una Rumanía que, a despecho de su trabajo universalista, desde sus primeros estudios en la India, reaparece constantemente en su recuerdo. Los encuentros en la ciudad; los personajes jubilosos, que han reemprendido su trabajo o los otros, los que han perdido definitivamente su lugar y su razón de ser, y vagan ahora por una ciudad que ya no reconocen - perdida Bucarest; perdida Centroeuropa; en algún otro caso abandonadas unas universidades alemanas a la que ya no piensan regresar.

Los apuntes, el libro de fragmentos de Eliade, es excelente y se lee de un tirón. Al contrario que la novela, que no he podido terminar. Al igual que el prolijo Diario de Mihail Sebastian, que había leído hasta el final hacía poco, editado por no recuerdo qué institución académica, y en cuya ausencia de retórica resurgían, otra vez, Bucarest, las dudas sobre el trabajo, la inutilidad de la escritura, la satisfacción momentánea - y, en su caso, el abismo que el antisemitismo había inaugurado en el país, ya para siempre, en los últimos días de la guerra.

Un aire frío en la sierra, de nuevo. La ciudad, el otro día, se había teñido de un paisaje de bufandas y gorros calados que recordaban, de algún vago modo, Chartres, un invierno de hace tiempo.

sábado, 10 de agosto de 2024

Santiago de Compostela. Final del viaje.

 


Jardín antiguo.

Ir de nuevo al jardín cerrado,
Que tras los arcos de la tapia,
Entre magnolios, limoneros,
Guarda el encanto de las aguas.

Oír de nuevo en el silencio
Vivo de trinos y de hojas,
El susurro tibio del aire
Donde las almas viejas flotan.

Ver otra vez el cielo hondo
A lo lejos, la torre esbelta
Tal flor de luz sobre las palmas;
Las cosas siempre bellas.

Sentir otra vez, como entonces,
La espina aguda del deseo,
Mientras la juventud pasada
Vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.


Luis Cernuda
(Las nubes, 1937-1940)


miércoles, 7 de agosto de 2024

Del país del Bearn



Iglesia de st. Vincent en Sailes de Bearn.

De la tradición de la plegaria en el templo. 

El invierno, el hielo, las sombras, el rumor de las armas afuera.

martes, 25 de julio de 2023

De los caminos de Santiago


 

De los caminos de Santiago. Capítulo I del Libro V del Códice Calixtino o Guía del Peregrino Medieval.

"Son cuatro los caminos a Santiago que en Puente La Reina, ya en tierras de España, se reúnen en uno solo. Va uno por Saint-Gilles, Montpellier, Toulouse y el Somport. Pasa otro por Santa María del Puy,  Santa Fe de Conques y san Pedro de Moissac. Un tercero se dirige allí por Santa María de Vezelay, por San Leonardo de Limoges y por la ciudad de Périgueux. Marcha el último por la ciudad de Tours, San Hilario de Poitiers, San Juan d´Angely, San Eutropio de Saintes y Burdeos.

El que va por Santa Fe, el de San Leonardo y el de San Martín se reúnen en Ostabat y pasado Port de Cize, en Puente La Reina se unen al camino que atraviesa el Somport y desde allí forman un camino hasta Santiago".



viernes, 2 de junio de 2023

Contra los aciagos encantadores




Cap. X. Donde se cuenta la industria que tuvo Sancho para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos.

"Siguiólas Don Quijote con la vista, y cuando vio que no aparecían, volviéndose a Sancho, le dijo:

- Sancho, ¿Qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta donde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a a mi señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero de donde tomen la mira y asienten las flechas de la mala fortuna. Y también has de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea - según tú dices, que a mí me pareció borrica-, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.

- ¡Oh canalla! - gritó a esta sazón Sancho-. ¡Oh encantadores aciagos y malintencionados, y quien os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho mal hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus facciones de buenas en malas, sin que le tocarais en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete u ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo".



       - Miguel de Cervantes. Cap. X, 2ª parte. Al Conde de Lemos. "De Madrid, último de octubre de mil seiscientos quince".


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Turris Babel. Barcelona. III

Camino de Barcelona discurre un paisaje nuevo, que se aleja de Castilla. Son barrancas, lomas ásperas, algunos árboles en una vega, pendientes de arena. A lo lejos, en un otero, una torre mudéjar se erige sobre las casas de un pueblo. El resto, canchales de piedra, unos frutales sin hojas en las terrazas del llano.

Es Aragón, un reino nuevo que se aparta de las nieblas y los encinares oscuros de los días que dejamos atrás, en la meseta. Al pasar el tren por los Monegros, el paisaje se extrema, los árboles desaparecen, la tierra reseca se hace omnipresente: ya no hay ningún pueblo, ninguna alquería a lo lejos. 

Muchos años antes, en un viaje a Barcelona que se había hecho habitual, recuerdo que bajamos una tarde del coche, dadaístas ocasionales, y emprendimos una manifestación solitaria en medio de aquellos cerros, gritando consignas terminantes a las piedras. Cumplida nuestra acción inútil, regresamos a la furgoneta y paramos en no sé qué pueblo donde tenía lugar la actuación de un grupo que no se había presentado. Alguien propuso que los sustituyéramos. Afortunadamente, escapamos a tiempo. Los del pueblo, harto afables, quizá no eran partidarios del dadaísmo en la fiesta, intuyó otro con acierto. E. llevaba los Siete manifiestos Dadá consigo, creo recordar. Alguien llevaba también el "Apariencia desnuda" de Octavio Paz, que hablaba de Duchamp entre otros. (En París más tarde repetimos la actuación en una macro exposición Dadá, que nos pareció estaba demasiado en silencio). Ahora, al pasar por el yermo otra vez y evocar la manifestación absurda, me surge más bien la cita evangélica que hace referencia a "La voz que clama en el desierto" del profeta Isaías. De desiertos tratan estos viajes.

                                                               
                                                                  (Fot. Humberto Rivas)

Al acercarnos a la ciudad, comienzan a surgir las antiguas fábricas con chimeneas de ladrillo. Están cerradas casi todas, parece. Bajo una ladera de carrascos empiezan los descampados, la tierra de nadie que crea la industria. Un aparcamiento que cubren los matojos; una explanada frente a una factoría cerrada, una valla derruida que no sabemos qué protege... Sobre un río sucio las naves vacías tienen algo de antigua dignidad, unas líneas rectas que remiten a qué metafísica torinesa, las plazas angustiosas de Ferrara del pintor Giorgio de Chirico. Reproducen con una rara exactitud las calles que recogió el fotógrafo Humberto Rivas cuando llegara a Cataluña desde su Buenos Aires natal; las fachadas que Manolo Laguillo, que llegó a su vez desde Madrid, encuentra ahora en los suburbios de la urbe.

En la ciudad, más tarde, entre la multitud, un jubiloso reencuentro con algunos lugares, con unos pasajes que creíamos desaparecidos. Con R. y B. paseamos una mañana por el barrio del Borne, y el dédalo de calles oscuras y fachadas ennegrecidas por el puerto recrea un paisaje que antaño conocimos tan bien. Fuera de la corriente turística, que anega la ciudad, quedan plazas insólitas, olor a hojaldre en las calles, portales en sombra que nombran una vida secreta: urbana, algo canalla. B., que vive cerca, nos comenta del escenario de tejados y buhardillas pequeñas que se ve desde su casa, de una vida advertida de pronto por encima de las calles, en las azoteas. Estos barrios de Barcelona siempre me han sugerido unas terrazas a trasmano donde alguien se sienta, un balcón inadvertido, unas tardes que nadie conoce. 

Cerca del puerto, R. nos lleva a la antigua cantina donde él acostumbraba a comer en tiempos. Quiere volver a ella, pero no sabe qué se va a encontrar. Para su sorpresa, no ha cambiado nada. El colmado está lleno: todo el barrio come en la calle. Las antiguas vitrinas siguen ocupando los muros, las mesas están muy juntas, las conversaciones se cruzan. Sirven un vino áspero y negro en frascas de vidrio todavía. Huele a aceite de oliva y el pescado es muy bueno.

Otra noche nos reunimos, después de un largo paseo por el Eixample, en otra taberna del siglo pasado, ya en el Poble Nou. El suelo es irregular, la entrada apenas tiene luz y está ocupada por las enormes botas de madera, el vino es de nuevo áspero y negro. Unas prensas de hierro, inútiles, planean sobre las mesas, las conversaciones se cruzan otra vez. Nada ha cambiado tampoco en el menú: conejo frito, pa amb tomaca y unos caracoles oscuros y como payeses, a despecho de que figuren en la ciudad.

Por la tarde yo había ido a sacar unas fotografías del Mercado de la Boquería con B. Para llegar a él habíamos tenido que cruzar por el río de gente que bajaba de Gracia, cruzaba la plaza, inundaba el bulevar de la Rambla. Entre la multitud, las luces de los escaparates, volaban unas aspas luminosas que ascienden entre las cabezas y se venden en la puerta.

                                                                   (fot. Joan Colom, 1965)

Nos refugiamos en una terraza en la plaza de Sant Agustí, casi a oscuras. A la vuelta, el ruido del mercado. Más allá, las calles en sombra que se adentran en el Raval. Las siluetas se pierden en la oscuridad y algo en ellas hace pensar que nunca van a salir de allí. Tienen algo siniestro todas. Así semejaba hace años, cuando nos perdíamos por las calles traseras al bulevar, en el Raval o el Barrio Chino. Lleno de personajes absortos y bares precarios, que parecía nunca habían salido de aquel riesgoso lugar; nunca fueran a hacerlo.

Había sido una mina para los fotógrafos, en la posguerra. Joan Colom, el más conocido, pero también otros como Catalá-Roca o, más moderno, Joaquín Collado, habían vagado por un país oscuro, tan cerca de sus casas, y recogido los días y las leyes de aquel enclave en sombra, de donde sus personajes nunca salían a la luz, parecía. En Madrid el pintor Luis Claramunt había aludido a veces a aquel barrio, en donde él voluntariamente había decidido exiliarse. Más tarde, en la capital, había reproducido el mismo conocimiento de todos los lugares oscuros, inadvertidos desde fuera, que encontraba con una rara facilidad para los márgenes.

Camino de la plaza de Santa María del Pi, adonde por no sé qué extraña ley siempre acabábamos tomando café, intento evocar los lugares que en un raro artículo de Pio Baroja - pero también en otras obras- había encontrado, sobre las luchas y el clima enrarecido de la Barcelona de los años 20, con los pistoleros del sindicato único y el somatén, frente a los pistoleros de los sindicatos anarquistas. Pero no sé encontrarlos. En una plaza cercana a las Atarazanas, contaban, se había producido el fallido atentado contra el gobernador Martínez Anido, que escapó por una calle lateral y que no recuerdo cuál era. (Un confidente había manipulado las bombas, que no llegaron a estallar, contaba el relato de esos días. Baroja lo incluiría en su raro "El cabo de las tormentas", donde abundaban personajes como Martínez Anido, Bravo Portillo o el pseudo barón de Koening). Quiero imaginar una plaza sombría, bajo un edificio oficial, y una salida al mar en un pasaje. Al Noi del Sucre lo habían asesinado a la puerta de un bar, "La Trona", según leí en otra parte, que al parecer se encontraba en el Raval. Acudía allí todas las tardes, para juntarse con sus conmilitones. Del café "La Tranquilidad" y el "Café Español" partían las comitivas del sindicato Único, contaban, en busca de sus víctimas del Libre o la policía. Luego al parecer regresaban a los mismos lugares. Pero estos últimos estaban en el Paralelo y no nos hemos acercado por allí. Del frenético paseo de la primera guerra europea no sé qué encontraríamos ahora. R. sí recuerda de la famosa bomba en el Liceo. O de la del music-hall Pompeya. En un bar antaño célebre en la Rambla de las Flores tuvo lugar otro atentado. Una fotografía de la época recoge las gentes rodeando un cadáver, atravesado en la acera. También las calles que se pierden, oscuras, hacia el Raval de nuevo. El mapa de los años 20, la sangre y las delaciones, la ley de fugas y los disparos en la noche deben de estar sumergidos en toda la ciudad, ocultos ahora bajo la moderna riada de paseantes que ocupan todos los lugares.

Hacia el norte, nos cuenta B., aún no ha llegado el turismo. Yo recuerdo unas quintas en la ladera, pasado el Viaducto, adonde fuimos a parar un lluvioso diciembre. Estaban fuera de la ciudad, que se contemplaba abajo, a la distancia. De éstas habla Carlos Barral en sus memorias; también Gil de Biedma en algún lugar de su Diario del artista...  Juan Marsé contaría de ellas en sus "Últimas tardes con Teresa". Para bajar luego a una costa inmediata donde transcurrían los fines de semana de su burguesía catalana. ("Torres" era el nombre a veces, de esas casas de campo en las afueras de la ciudad. Luis Goytisolo las describe también. Siempre hay algo melancólico, una sensación de abandono en su presencia). Arrabales de la urbe, las colinas tenían sus propias leyes, según pudimos conocer en aquel invierno. Y eran leyes de lo apartado, lo no escrito, el silencio o unas tardes insólitas entre sus jardines.

B. y sus amigas se reúnen ahora a veces en algún lugar de San Gervasi, al norte de Sarriá. Allí no llega nadie aún, afirma, y sólo ellas, algún vecino, ocupan la terraza por las tardes.

domingo, 23 de octubre de 2022

De algunas fotografías de la guerra


                                                                  (Cartel U.G.T., Granada, s.f.)

En los relatos sobre la guerra civil -sobre la época en general- aparece a menudo la sensación del frío. En los reportajes sobre el frente del norte de esos días, unos soldados de precario atavío, calzados con alpargatas, rodean una lumbre en muchas de las fotografías. Reaparecerán en las posteriores noticias sobre Brihuega, sobre Teruel más tarde. Los pasamontañas son parte - irregular- del uniforme. George Orwell, al comienzo de sus Recuerdos de la guerra civil española,  (1) lo describe: 

"Es curioso, pero lo que recuerdo más vivamente de la guerra es la semana de supuesta instrucción que recibimos antes de que se nos enviara al frente: el enorme cuartel de caballería de Barcelona, con sus cuadras llenas de corrientes de aire y sus patios adoquinados; el frío glacial de la bomba de agua donde nos lavábamos (...) las milicianas con pantalones de pana que partían leña y la lista que pasaban al amanecer".

Hacía frío en las casas, contaban; hacía frío en los enormes edificios que hacían de colegios o seminarios; en las sombrías tabernas, donde alguna imagen de época muestra una estufa de hierro alrededor de la cual se calientan unos oscuros parroquianos... Hacía frío en el frente, desde luego. En Teruel: "El viento cortaba de forma angustiante, nada servía de protección frente a las rachas heladas. Nuestros ojos se llenaban de lágrimas continuamente...", escribía el corresponsal del New York Times, Herbert Matthews a su llegada a las trincheras en el gélido diciembre de 1937. Las mantas aparecen sobre los hombros de los milicianos en casi todas las fotografías, en ocasiones agrupadas en el suelo en un descanso a la llegada a un pueblo. Acompañan a los soldados en los frentes. O son la última mortaja, otras veces.

"La nieve era dura, helada; el frío, glacial; lentamente bajaba la teoría de soldados silenciosos con un interrogante en la mirada - recordaba el Rafael García Serrano del Diccionario para un macuto- (...) A otras camillas una manta las cubría totalmente: los muertos".   (2)  

                                                  (Sebastián Taberna. Puerto de Navafría, 1937)

                                                     
                                                          (Sebastián Taberna. Guadalajara. 1937).

Un escenario antiguo, como de provincia inmóvil, rodea a su vez los relatos de la guerra. Un escenario al que no se alude, porque es el paisaje cotidiano de los días. Y del que sólo ahora, desde la distancia, podemos apreciar su magnitud: cualquier imagen de aquellos años nombra, dentro de ella, un paisaje diferente, una abismal diferencia. 

Este abismo de lo diferente, esta noción de un mundo perdido, se mantendría después de la contienda por ejemplo en las imágenes de los viajes por la meseta, o por el sur andaluz, de un Nicolás Muller -o de Pérez Siquier, o Catalá Roca... El primero, un fotógrafo húngaro que había comenzado su carrera retratando a los personajes de la puszta, la interminable llanura húngara, había regresado a España en la posguerra, después de un accidentado periplo -un tanto común en la biografía de un judío de Centroeuropa- que comprendía el exilio frente a la amenaza nazi, la vida social en París, la huida posterior a Lisboa y una jubilosa estancia en el Tánger de posguerra, que aún pertenecía al Protectorado Español.

A su marcha de Tánger iniciaría una no menos provechosa actividad en la Península, donde mezcla la fotografía de su estudio madrileño con constantes viajes por un país aún anclado en una interminable tradición rural- y ciertamente antigua. ("Imagine usted un pueblo que lleva durmiendo doscientos años, y que de pronto es removido violentamente de la forma más terrible de la guerra: la guerra civil" - había escrito el novelista Torrente Ballester desde Salamanca al poeta uruguayo Rodríguez Pinto al principio de la contienda). (3)  El soviético Ylia Ehrenburg, que había recorrido el país en los años anteriores a la guerra, y después regresa como corresponsal de Izvestia a ella, había descrito esta sensación de soledad y ausencia en su libro de 1932 sobre "España, república de trabajadores":

"Peñascos, un páramo rojizo, míseras aldehuelas separadas unas de otras por crestas severas, caminos angostos que acaban en senderos... Ni bosques, ni agua (...) Una enorme meseta despoblada, barrida por los vientos. Soledad de una página en blanco...".   (4)

De cualquiera de las fotografías de Muller de estos años posteriores se podría extraer la certeza de que aquél era un mundo cotidiano, rural a veces, muy antiguo, muy gris en la mayoría de las ocasiones, que se desvelaba en las copias y estaba, ahora lo sabemos, destinado a desaparecer. Sobre ellas se repetía la presencia de un empedrado azaroso en el suelo de casi todas las imágenes; o aparecen unos poyos de piedra color ceniza donde se sientan las mujeres a la puerta de las casas. O la oscuridad que surge de unos umbrales de madera en las cuestas, donde los vecinos miran a la cámara, sin que nunca tengamos acceso a un interior que adivinamos sombrío y con olor a humo. El tiempo era, otra vez, lento en todas las calles, semejaba haberse detenido de nuevo.

                                                       (Nicolás Muller. Setenil de las Bodegas, 1959).

Pero en estos años la guerra ya había terminado. Las fotografías que hemos conservado de la contienda recogen los acontecimientos algunas veces. Son imágenes del frente, de la retaguardia en otras ocasiones. En estas últimas, pueden apuntar a un suceso también: un bombardeo en una ciudad, un desfile por las calles, un grupo que se prepara para salir hacia Aragón y se retrata, entre jubiloso y precario, frente a la cámara. El fusilamiento de unos civiles en un camposanto que desconocemos, o el saqueo de una iglesia que sí tiene nombre, frente a la cual los milicianos posan con las momias de las monjas que han sacado a la calle.


(Frente del Norte, 1937. s.a,)

O pueden ser fotografías sin acontecimiento. Las cuales recogen el mundo de lo cotidiano, el paisaje, frío y como precario, del frente de guerra o las calles de una ciudad, kilómetros atrás de las trincheras.

                                                            (Robert Capa. Vallecas, 1937).

Las imágenes tenían una intención de propaganda en muchas ocasiones. Una prensa internacional - Vu, Life, Regards, Ce Soir...- reproduce los negativos que, desde el lado republicano, los fotógrafos más conocidos, como Robert Capa o Gerda Taro, envían para su publicación. También las envían Chim - el seudónimo de David Seymour- o Walter Reuter. Las imágenes, en su reproducción, cumplen la función que desde un primer momento acompaña a la nueva técnica: la de la evidencia. La prensa republicana - y los medios internacionales afines- publican constantes imágenes de los bombardeos de Madrid, más tarde los de Bilbao o Barcelona, muchas sin firma. Una población angustiada miraba hacia el cielo en ellas. La Delegación de Propaganda de Burgos a su vez edita los volúmenes, menos difundidos, de "La barbarie roja, documento gráfico de la guerra" en Valladolid el año 1937. "Las imágenes- afirmaba el prólogo- eran las pruebas más irrefutables de la barbarie roja".   (5)

Si los primeros corresponsales editan sus negativos en medios como Life o el New York Times, Kati Horna, la fotógrafa húngara instalada en Barcelona en plena contienda, envía sus imágenes a unos medios menos difundidos: son la revista Tierra y Libertad de la F.A.I. o el periódico, también anarquista, Umbral. Otras veces guarda las copias para sí misma. Son imágenes de la retaguardia, de una vida cotidiana sorprendida por la guerra. Aunque se aproximan nunca llegan al frente. En Barcelona, fotografía los lavaderos públicos donde unas mujeres conversan alrededor de un estanque, con una fuente en el medio. Unos milicianos montan guardia frente a los restos de un templo saqueado. Unos niños corren, frente al hotel Colón, convertido en sede del PSUC. En las carreteras de Teruel, donde se desplazan los campesinos frente al avance de las tropas nacionalistas, el campo es de nuevo un terreno yermo, reseco, por donde huyen unas mujeres enlutadas en medio del páramo aragonés. 

Muchas de estas fotografías, que nunca fueron publicadas, se encontrarían años después en Amsterdam- las llamadas "Cajas de Amsterdam"- adonde habían llegado en 1947 después de un azaroso periplo. Alguno de los negativos eran de la también anarquista Margaret Michaelis, que había colaborado igualmente en la Propaganda Exterior de la F.A.I. Las cajas pertenecían a los archivos de la C.N.T. y pasaron luego al Instituto de Historia Social de la ciudad holandesa, donde por fin fueron exhibidas. Alguien había hablado en algún momento de un hipotético álbum de Horna que se titularía "España: Un libro de imágenes sobre cuentos y calumnias fascistas", que nunca se publicó como tal.

                  
                                                              (Kati Horna. Teruel, 1937)

La prensa nacionalista es más rara: serán periódicos como el lisboeta O Século, el italiano Il Legionario o el raro The Catholic Herald - financiado, entre otros, por la novelesca condesa de Kinoull. Ésta envía las fotografías a la prensa europea desde el mismo frente de Toledo en el cual se encuentra viajando, acreditada por el Conde de Aguilera como periodista internacional. 

Había acudido a España, acompañada del sacerdote belga Vincent de Moor, en los primeros días de la sublevación. Un extraordinario periplo la había llevado los años anteriores, desde su conversión al catolicismo, influida por el incansable de Moor, a un viaje interminable por África en camión con el mismo, al café Le Select de París -donde coincide con Zuloaga o el vizconde de Poncins, a los que encontrará de nuevo en España- a subvencionar un convento de beneficencia inmediato, y a entrar en España en julio de 1936 como corresponsal acreditada del citado The Catholic Herald. Con su coche particular recorrerá los frentes del Norte, envía imágenes de Eibar, Durango o Urkiola, y asiste luego a la entrada de los nacionales en el Toledo sitiado, tras el asedio del Alcázar. Firmará sus fotografías bajo el seudónimo de "Claudek" - por lo que, muchos años después, éstas aparecerán reproducidas sin citar su procedencia. Su intención era recoger los retratos de la barbarie, como ella misma afirma ante la Asamblea francesa. En 1938 publicará en Bélgica el libro, conjuntamente con de Moor, "L´horreur rouge en terre d´Espagne".   (6) 

                                                             (Claudek. Montaje. Toledo 1936) 

Revistas como la filocomunista Regards en cambio reproducen en casi todos los números de aquellos días imágenes de la guerra desde el bando republicano. Obedecen al discurso oficial del gobierno del Frente Popular, según el cual una población bombardeada y sin ayudas se enfrenta a la amenaza de las tropas y los generales que vienen de fuera - de Italia y Alemania fundamentalmente, reiteran. La maquetación de la época, las fotografías encuadradas, un constante tono sepia en las páginas, apoyan esta sensación de lo precario, un mundo arcaico que se relaciona con la contienda, y el paisaje, españoles. 

Las fotografías reproducen los sucesos, en ocasiones. (Las más difundidas serían las del temprano asalto en julio al Cuartel de la Montaña, sobre cuyo patio sembrado de cadáveres se retratan los milicianos triunfantes). Los milicianos en estos días no tienen reparo en editar imágenes de los "paseos", en las cuales aparecen, sonrientes, sobre algún cadáver reciente. Las fotografías de las momias sacadas a la calle y los asaltantes tocados con bonete frente a un templo asaltado deciden a los conservadores, ingleses y norteamericanos sobre todo, a no apoyar de ninguna manera al supuesto régimen democrático. Los nacionalistas replicarían a las imágenes de Madrid con las también difundidas de la entrada en el derruido Alcázar de Toledo del general Franco, recibido por los defensores entre las ruinas.

En su extremo el afán de recoger el acontecimiento puede llevar a la famosa fotografía de Robert Capa, que reproduce la muerte de un miliciano en los tesos de Cerro Muriano y que seguramente se trate de un montaje. En este caso -en algún otro, como las difundidas imágenes de Agustí Centellés en las barricadas de Barcelona- el interés por reproducir el suceso invierte los términos de la fotografía, la cual debía dar testimonio de un acontecimiento anterior, y crea el suceso, que nunca había tenido lugar, en la misma fotografía. La imagen del "Miliciano abatido", no obstante, se convertiría en la portada de Life en julio de 1937.   (7)


(Guglielmo Sandri. Las Merindades, 1937).

Los reportajes de Capa, de Gerda Taro, de Walter Reuter, aspiran a recoger los acontecimientos de la guerra. Intentan ser noticias. Y con ellos, aparecen los retratos de los personajes más conocidos de la contienda. Como el incansable Ernest Hemingway, que sale retratado en tantas ocasiones, el fotogénico Buenaventura Durruti, Rafael Alberti o El Campesino, que surgen en todos los frentes. Pero frente a los acontecimientos, otras colecciones de imágenes en cambio nombran un escenario de la cotidianeidad, sin ningún suceso. En el frente de Aragón un desconocido Alfred Lent, mecánico alemán de la Legión Condor, fotografía en sus momentos libres los restos de Belchite, cuando las tropas lo han abandonado ya. En algún momento habría recibido un permiso para retratar las ruinas, que le fascinan, después de que la ciudad hubiera sido retomada por las tropas nacionales. (Lent, en 1939, de vuelta en Alemania publicaría un raro "Dir Kampften für Spanien", sobre sus recuerdos de la guerra, ilustrado con quince fotografías del frente devastado, que nunca será editado en España.)

Son asimismo las instantáneas que toma el desconocido Guglielmo Sandri en la comarca de las Merindades de Burgos. (Formarán el libro, muchos años más tarde, editado en Burgos de "Guglielmo Sandri en Las Merindades").   (8)  Del teniente Sandri, voluntario italiano, se desconoce casi todo. En la campaña de España guardó cerca de 4000 negativos, que raramente incluían escenas de la guerra, sino paisajes de los lugares - Castilla, Santander, Málaga,... - que iba recorriendo. Nunca las editaría. Hasta que en 1992, "Una joven de Vitipeno, Samantha Schneider, las encontró en una caja, junto a un cubo de basura, sin ninguna referencia de su autor. La mujer de Sandri acababa de morir y su casa debió de ser desmantelada por el propietario". Las imágenes de los caminos de España, las calles vacías y las tropas caminando por un paisaje estéril eran el punto final de la actividad fotográfica de aquél, nacido en Bolzano, que se había iniciado como combatiente austro-húngaro en el Alto Adige. Para pasar a ser oficial italiano al final de la contienda, combatir de nuevo en las montañas de Etiopía y terminar, antes del regreso al Tirol, en la campaña del Corpo di Truppe Volontarie en las batallas de Sigüenza y Guadalajara. En sus copias de los pueblos de Burgos es un escenario inmóvil, como detenido décadas atrás, el que se filtra más allá de la imagen. En el pueblo de Lastras de las Eras, en primer plano, retrata a los soldados italianos, que descansan después de no sabemos qué jornadas. Al fondo, la vida en suspenso de unas mujeres enlutadas, unos niños que, como en todos los días de la infancia, no tienen ningún programa, vagan en una mañana sin citas, sin término, inmensamente dilatadas. En la imagen, el empedrado en el suelo de nuevo.

                                                         (Antoni Campaña. Poble Sec. s.f.)

También perdidas estarían las numerosas fotografías, dos cajas de positivos y una de negativos, del catalán Antoni Campaña. Había sido un profesional reconocido, al que se encuadraba en general dentro del campo del pictorialismo. Durante los años de la contienda se dedica a tomar numerosas copias de la vida cotidiana en la Barcelona de la guerra. Una ciudad en la que, en los primeros días de la sublevación, se produce una especie de transformación radical del paisaje, según relataban los viajeros a aquélla, en la que el predominio anarquista había hecho desaparecer todas las trazas de la tradición burguesa, y convertido las calles en una suerte de kermesse miliciana y libertaria. 

La lejanía del frente, y las batallas posteriores entre los comunistas, con el apoyo del gobierno, anarquistas y poumistas, transformarían en algún momento la ciudad otra vez.
 
"Las tornas habían cambiado - escribía de nuevo Orwell en su Homenaje a Cataluña-. Volvía a ser una ciudad normal y corriente, algo maltratada y castigada por la guerra, pero sin ningún signo externo de predominio de la clase trabajadora (...) El uniforme de la milicia y los monos azules prácticamente habían desaparecido; todo el mundo parecía llevar los elegantes trajes de verano que son la especialidad de los sastres españoles".
 
Antoni Campaña había retratado en esos años las escenas cotidianas de una ciudad en la que en algún momento surgían los signos de la guerra, distante: un bombardeo, el saqueo de unas oficinas italianas, una miliciana con el puño en alto en una barricada, una multitud que contempla las momias de un convento sacadas a la acera... Pero también el paseo habitual a la tarde por la Rambla de Cataluña, o el juego de unos niños frente a una fuente abierta, mientras - debía de ser verano- unos abuelos se sientan a la sombra de unos árboles en la plaza.

Las cajas fueron encontradas azarosamente en un garaje que se iba a derruir en San Cugat del Vallés. No conocemos qué es lo que llevó al fotógrafo, que continuó ejerciendo como tal en la prensa de la posguerra, a ocultarlas. No sabemos la razón, desdeñosa o secreta, de este silencio.

                                                  (de "La maleta mejicana", Teruel, s.f.)

Otras cajas, otros negativos ocultos o desconocidos surgen al cabo de los años. De estas cajas la más famosa sería la célebre "Maleta mejicana", con imágenes de Davis Seymour, Robert Capa o su compañera Gerda Taro, que se descubren en México en 1995. La historia de estas fotografías había sido ciertamente azarosa. 

El húngaro Capa, que tras la muerte de Gerda Taro en el frente de Brunete aparece en el París de la ocupación inminente, se los entrega a su ayudante Emerico Weisz, quien a su vez ante la llegada de los nazis los pone en manos de un conocido suyo chileno.

"En 1939, cuando los alemanes se acercaban a París, metí todos los negativos de Bob en una mochila y me la llevé en bicicleta a Burdeos, para intentar embarcarla a México. Por la calle me encontré con un chileno y le pedí que llevara mis paquetes de película a su consulado, para que no les pasara nada. Accedió".

Las cajas reaparecen en 1995 entre las pertenencias del general mejicano Francisco Javier Aguilar González, que había fallecido veinte años antes. Los rollos incluían imágenes de la guerra en España de los tres fotógrafos, Taro, Chim y el propio Capa, sin que en muchos casos pudiera determinarse exactamente su autor. Algunas había aparecido con anterioridad en la prensa. Otras eran rigurosamente inéditas. Ninguno de sus autores pudo tener noticia de la publicación de las mismas, al cabo de tantos años.   (9)

                                                               (Robert Capa. Invierno 1937)

Otras imágenes por el contrario se escapan del periodismo, la labor propagandista de los medios. Son las fotografías de un mundo cotidiano en los frentes en la obra de unos casi desconocidos fotógrafos navarros, que acompañan a las tropas tradicionalistas desde las primeras campañas en el norte. Son, en medio de la guerra, imágenes de la cotidianeidad, de un mundo que venía de atrás y al que las cámaras recogen.

En la edición del libro "La Cámara en el macuto" Pablo Larraz y Víctor Sierra reúnen la obra de los fotógrafos y combatientes, de los que el más conocido sería el pamplonés Sebastián Taberna. (Nicolás Ardanaz, Martín Gastañazatorre, González de Heredia, Julio Guelbenzu, Rayuán o Lola Baleztena serían los otros nombres del grupo).   (10)

                                                                      (Archivo Pablo Larraz)

Las imágenes esta vez recogían un escenario de la permanencia, en medio de la guerra. Pues la celebración precaria de la misa en un parapeto, la fajina en la nieve de las tropas, el Cristóforo o portador de la imagen que acompaña a las tropas - que desfilaba normalmente desarmado, según contaban algunos- eran fotografías de un mundo anterior, que permanecía en las columnas de los requetés y en las imágenes de los frentes. Lejos del instante decisivo, de la búsqueda del acontecimiento o de la noticia memorable que los otros publicaban en la prensa internacional. 

Ésta, la guerra civil, había sido profusamente ilustrada.  "La primera guerra atestiguada en sentido moderno: por un cuerpo de fotógrafos profesionales en la línea de las acciones militares", afirmaba la Susan Sontag de "Ante el dolor de los demás", en 2003.  (11)

                                                              
                                                                    (Sebastián Taberna. s.f.)

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Notas.

(1)  George Orwell   Recuerdos de la guerra civil española       en omegaalfa.es

(2)  Rafael García Serrano   Diccionario para un macuto   ed. Planeta, 1980.

(3) cit. en Andrés Trapiello    Las armas y las letras    eds. Destino, Barcelona. 2019.

(4)  Ylia Ehrenburg   España, república de trabajadores     ed. Crítica   1976.

(5)   cit. en  Sara Wiederkehr González   "Arte en tiempos de guerra"   Univ. de Zaragoza, 2012.

(6)  vid. "La increíble historia detrás del seudónimo Claudek (fotos de Toledo en 1936)   en toledoolvidado.blogspot.com

(7)   rev.  Life, 12 de julio de 1937.

(8) Miguel A. Moreno (coord.)    Guglielmo Sandri en las Merindades    Diputación pral. de Burgos, 2015.

(9)    R. Capa et alt.   La maleta mexicana   2 vols.   Ed. La Fábrica, 2011.

(10)   Pablo Larraz/ Víctor Sierra     La cámara en el macuto      Esfera de los Libros 2018.

(11)  Susan Sontag    Ante el dolor de los demás    eds. Debolsillo   2010.


sábado, 9 de mayo de 2020

Una quinta en las afueras



 La guerra había terminado hacía algún tiempo: indefinido, del que los relatos de la época no daban fechas precisas. Sino que de algún modo existía como un suceso anterior.

Era curioso. La novela de los 50 se constituye a veces no como una narrativa de la historia sino, en ocasiones, como la novela de un tiempo en suspenso, lejos de cualquier lugar. (Jaime Gil de Biedma, en sus memorias, recordaría la guerra como un suceso distante, del que apenas llegan rumores, alejado de la luminosidad de un verano adolescente en los pinares familiares de Nava de la Asunción, cercana a Segovia. El rumor de la contienda surgía, distante, más allá del tiempo idílico de la casona familiar).

En un relato como "Los bravos", de 1954, característico del quehacer de Jesús Fernández Santos - y con él de la narrativa de su generación - el pueblo que se nos describe, vagamente situado en la montaña leonesa, manifiesta su existencia después de un suceso, la guerra, que ha tenido lugar en algún momento, y cuyos episodios se recuerdan en sus calles de tanto en tanto. La guerra había terminado con la clausura del estado de cosas anterior a aquélla; y con el paisaje político y administrativo de aquellos años. La región tal como es ahora es la que pervivió después de la contienda.

Por qué entonces esta sensación tantas veces de un territorio al margen y un paraje sin historia, sin referencias al transcurso del tiempo, y de unos acontecimientos - los de la propia guerra - que sucedieron en un momento impreciso... Y en su lugar surge la sensación de un tiempo y un lugar detenidos, inmóviles desde siempre: en suspenso, sin ningún acontecimiento. (El tiempo del origen estaba ya clausurado. No había ninguna aspiración al retorno en él. "Casi todos los árboles de mi niñez habían desaparecido; comprendí entonces que difícil me iba a ser localizar los recuerdos", apuntaba el Juan Benet del relato "Baalbek, una mancha").

"En el pueblo no pasa nada", dirá una crítica posterior de la novela "Los bravos". Y el propio escritor, refiriéndose a ella, comentará: 

"Dice Faulkner, hablando de novela, que la finalidad de todo artista es detener el movimiento de la vida y mantenerlo fijo, de suerte que, cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a ponerse en movimiento en virtud de que es vida precisamente".   [ 1 ]

Es la misma sensación que acompaña tantos lugares de la posguerra: la del tiempo suspendido, inmóvil, lejos de la historia. "Esta sociedad barcelonesa es un reflejo de las posibilidades de una España de posguerra, en la que no pasa nada y de la que no se lleva nada", dirá una reseña de "Nada", la primera novela de Carmen Laforet, que había irrumpido en la narrativa de la época con el Premio Nadal de 1945. 

Las ciudades en suspenso... Nada ocurre en Ávila, escenario de la primera novela de Miguel Delibes, "La sombra del ciprés es alargada" de 1948. ("Una Ávila no protegida por sus murallas, sino encerrada en ellas"). Es la sensación, entre otras, que acompaña a las calles de la ciudad provinciana y tediosa, sin acontecimientos, que recoge Juan Antonio Bardem en su película Calle Mayor, bajo los soportales de una avenida sin nombre (que eran en realidad las calles de Palencia o de Cuenca). Nunca pasa nada se titula una película posterior del director de cine, de 1963, rodada en la burgalesa Aranda de Duero. "La película se sitúa en un imaginario pueblo llamado Medina del Zarzal, que puede ser cualquier ciudad pequeña de la España de entonces", explicaba una reseña del estreno de la misma.

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Debían de existir todavía aquellos escenarios... Esa suerte de territorio urbano en los límites de la ciudad, de difícil denominación, sin mapas precisos, sin numeración en las calles o, en última instancia, sin calle siquiera. El poeta Jaime Gil de Biedma dedicaba un poema de su libro "Compañeros de viaje" de 1959 a la zona que en la noche acechaba a la ciudad, desde fuera, sin referencias. Lo tituló precisamente "Las afueras". (Las afueras se intitula asimismo, una de las mejores novelas de Luis Goytisolo, - ganadora en 1956 del premio Sésamo y en 1958 del Biblioteca Breve de novela - en realidad una serie de relatos cortos).   [2]

Las afueras son grandes,
abrigadas, profundas.
Lo sé pero, no hay quién
me sepa decir más?

Ciudad
ya tan lejana!

José Manuel Caballero Bonald, en sus recuerdos de un Madrid de posguerra al que ha llegado desde su Jerez natal, y que ya se está transformando, aludiría a un paisaje de casas bajas y calles sin nombre en las afueras de la urbe, que delataba ya su próxima extinción:

"De mis paseos por los barrios periféricos madrileños, recuerdo sobre todo los que me llevaban por distintas razones, aunque todas ellas literarias, a Chamartín, a las Ventas, a la plaza Mayor, a la Dehesa de la Villa... El Chamartín de entonces no tenía nada que ver con el Chamartín actual (...) La que hoy es Avenida de Alberto Alcocer (...) era más bien, a principios de los cincuenta, una zona de casas bajas dominada por el llamado Olivar de Chamartín". En éste perviven aún los chalets de Dámaso Alonso, José Castillejo, de Ramón Menéndez Pidal en la llamada Cuesta del Zarzal, que acogen alguna tarde a los incipientes escritores que han llegado a la ciudad. Están apartados de la ciudad, que se extiende a lo lejos, más allá de los antiguos Altos del Hipódromo.

Una región sin términos precisos, distante de cualquier mapa urbano... “Más allá de la última parada" era el nombre de un relato de Ignacio Aldecoa del año 1959, en el que el protagonista se dirigía a ese territorio sin marcas, en el límite, en el que la única denominación era que estaba "más allá": 

"El paisaje le era enteramente desconocido. A su derecha, una larga pared cortada de improviso deja ver un campo de trigo mísero, apenas crecido, surgiendo a continuación hasta parecerle interminable. A su izquierda, la acequia, la calzada de la carretera, la acequia del lado opuesto y una alambrada de espinos acotando tierra parda, sin labrar; diríase tierra sin dueño".   

La ciudad, que el hombre había dejado atrás, estaba muy lejos de pronto.

"A sus espaldas, la ciudad se difuminaba en la neblina azulenca, de la que surgían altos edificios, negros, con las ventanas reflejando en sus cristales una luz mineral (…) Vio la última fuente de la ciudad, vio el verdadero hito del final de la ciudad, aunque ésta quedaba muy atrás...".

Más allá de las calles hay un territorio sin marcas. No tiene nombres, que pertenecen a lo definido, a la urbe. En otro relato anterior de Ignacio Aldecoa - "Quería dormir en paz" del año 1953 - dos guardias tropezaban con un hombre indocumentado en un paseo. El hombre no sabía explicarles dónde vivía. Estaba al otro lado del río. No tenía nombre.

“- ¿Dónde vive?
- Al otro lado del río, cerca del Puente Grande.
- ¿En qué calle?
- No es una calle.
- ¡Cómo que no es una calle!
- No, es que vivimos allí algunas familias".   [ 3

(Juan García Hortelano, en sus "Nuevas amistades" en 1959 había recreado este lugar sin términos ya, al que se accedía desde el centro de la ciudad y su paisaje con rótulos:

"Caminaron por calles desconocidas para Gregorio. Juan se detuvo al final de una de ellas, en un descampado.
- ¿Qué es esto?
- Allí - la mano indicó unos desmontes parduscos, más allá de unas casuchas y un edificio de ladrillos rojos - están las vías del ferrocarril").

Paradoja de la literatura de posguerra, la denominada a grandes rasgos novela del realismo, ésta, en sus mejores momentos, y a despecho de la imposición teórica de la época, que la obligaba "a dar cuenta de las circunstancias históricas de la época", nos describía un espacio al margen de la historia, al límite de la geografía, en un tiempo insólito. El del escenario de los límites de la ciudad, los barrios sin nombre, el tiempo sin acontecimientos de los solares extremos, las quintas aisladas, de las ventas suburbanas.

Quizás aún perduraran las colonias de hoteles, ensimismadas y al margen... Barcelona, sede urbana de la colonia de escritores de la editorial Seix Barral - la otra era el Hotel Formentor en Mallorca, o el Hotel Suecia, cuando acudían a Madrid a seguir departiendo entre copas - era una ciudad ejemplar en ese sentido. Rodeada de colonias en dirección a la costa o al Tibidabo, nada más cruzar el Puente de Vallcarca la urbe se disolvía en un amable caos de hoteles en las colinas, de jardines encrespados y profusas verjas oxidadas, que no podían sino guardar quién sabe qué secretos al margen del tiempo. A despecho de la obligación del concurso del Premio Biblioteca Breve, al que los autores frecuentaban, de que "el Jurado tomará primordialmente en consideración aquellas obras que por su contenido, técnica y estilo respondan mejor a las exigencias de la literatura de nuestro tiempo”.

Las "exigencias de nuestro tiempo"... A los barceloneses el tiempo sin referencias se les escapaba, en medio de aquellos hoteles donde la ciudad se había clausurado en un momento incierto. 

En algún lugar de sus memorias, el poeta y editor Carlos Barral hablaba de su llegada, recién casado, al barrio de San Gervasi:

"Las calles y callejas estaban en su mayor parte formadas por humildes chaletitos de dos plantas, con ventanas orladas de adornos finiseculares al gusto del albañil y había corralones y vaquerías que olían fuertemente a pelo de animal estabulado (…) y forjas artesanales y tiendecillas diminutas y raras".

En una visita al editor Jaime Salinas, que habita en ese momento en un chalet cercano al remoto Puente de Vallcarca - y a los jardines del Turó del Puxet - el poeta Gil de Biedma anota:

"Luego bajamos al jardín. Aprieta el calor, canta un pájaro, - hay una pajarera en el jardín de al lado-, huelen los árboles. Siente uno que aquel mundo lentísimo aún sigue ahí, tapado por el estruendo de la vida (...)".    [ 4]

La definición más precisa, - aparte de una referencia casi constante en todas las obras a cierta guerra civil que había ocurrido en el pasado - fuera quizá la del propio Gil de Biedma, cuando declaraba: "Yo nací en la edad de la pérgola y el tenis". Definición elegíaca que nos remitía de nuevo a tardes inacabables en jardines secretos, invisibles desde afuera.

"...cuando las familias
acomodadas
veraneaban infinitamente
en Villa Estefanía o en La Torre
del Mirador
y más allá continuaba el mundo
con senderos de grava y cenadores".

Pero es que, a despecho de las imposiciones teóricas de un J. P. Sartre omnipresente en aquellos años - y de la expresión "nuestra época" referida al franquismo y al imperialismo yanqui a partes iguales - al propio Biedma se le escapaba en cuanto podía la noción de cierta intemporalidad latente en el fondo de una poética formada en noches inagotables, y en los barrios de imposible certeza de aquella Barcelona de fiestas y jardines privados.

Como cuando nombra en "Barcelona ja no es bona...":

Algo de ese momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.

Quizá. O esas colonias de veraneo, en la costa o la montaña, donde todo acontecimiento carecía de referencias más allá, y era la repetición de un verano igual: absorto, mudo, sin marcas. (Juan García Hortelano, entre otros, lo dibujaba en su conocida novela "Tormenta de verano". O Ignacio Aldecoa en la melancólica "Los Pájaros de Baden-Baden"). Era curioso: en un lugar de veraneo, en el pueblo de San Rafael, había situado Jesús Fernández Santos un breve cuento, "El primo Rafael", donde se narraba como una historia lineal, con fechas y lugares concretos, el comienzo de la guerra que a él, estudiante de Bachillerato, le había sorprendido en la colonia de veraneantes. Era el mes de julio:

"Nunca había visto los chalets envueltos en aquella bruma cenicienta que ascendía prendida a los pinos hasta tornarse como un fuego dorado en el aire. Ni la explanada ante las casas, naciendo en sus infinitos detalles al primer sol del día, surcada hasta donde la colonia terminaba, por las sombrillas escuetas de los cardos".    (5)

Más tarde, una nueva urbanización iba a arrasar ese paisaje. Y el espectáculo global clausuraría la posibilidad de todos los territorios al margen.

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 En "Volverás a Región" la emblemática novela de 1967 en donde Juan Benet recreaba - una vez más- el mítico territorio de Región, la fantasiosa comarca situada vagamente en la montaña leonesa, el escenario poco a poco iba perdiendo su teórica localización para ir adentrándose, según se ascendía por el páramo y la montaña, hasta Mantua, la inalcanzable región del Numa, su no menos mítico guardián. Allá donde muy pocos accedían y, desde luego, ninguno regresaba.

Hasta un cierto lugar la comarca aún poseía nombres propios: el río Torce, Bocentellas, la Torre de don Salvador... Más allá los nombres se pierden, y aún las referencias. Y es en torno a este territorio, situado en el límite, más allá del mapa y la historia, al que la novela va a hacer constante mención, a su obsesiva y remota presencia.

Éste es, de nuevo, un lugar de momento impreciso, donde todos los sucesos son anteriores, sin historia.

“La gente de Región - nos dice Benet - ha optado por olvidar su propia historia: muy pocos deben conservar una idea veraz de sus padres, de sus primeros pasos, de una edad dorada y adolescente que terminó de súbito en un momento de estupor y abandono". Ningún regreso era posible a un tiempo, que vagamente es el de la adolescencia, en donde las cosas - las villas veraniegas, los jardines cultivados, el rostro de los mayores, las leyes no escritas de una antigua tradición familiar - perdieron su dibujo para siempre, y en su lugar restaba este tiempo un tanto absorto, sin camino de retorno a lo anterior.

Y en su estupor impreciso, en su paraje innombrable y suspenso, se establecerá ahora el relato. Sin acontecimientos, sin sucesos. Que no se refieran, una y otra vez, sino a una morosa, ausente repetición.

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El escultor Alberto habría hablado de sus primeros encuentros con Benjamín Palencia, el pintor de Barrax, alrededor de 1927. Frente a la noción de París en el horizonte - adonde en uno u otro momento tantos artistas plásticos iban a parar, entre otros el propio Palencia - ellos eligen un escenario más inmediato y cercano, teñido por la marca de lo suburbano, en los alrededores de un Madrid que aún conserva la memoria y los signos del origen rural de sus habitantes. Y de sus calles y sus casas, tan próximas aún a un extrarradio que no ha trazado todavía el corte, tajante, con el mundo rural que lo rodea. (Antes, hacia 1926, se había iniciado la amistad del toledano con el escultor canario Francisco Lasso, en el Café de Oriente. Según se nos relata en otro lugar "Ambos recorren los alrededores de Madrid, buscando motivos de inspiración en suburbios y campos”).    [6]

Alberto y Palencia inauguran, según las palabras del escultor, la costumbre de citarse todas las tardes, "hiciera el tiempo que hiciera", en un andén de la estación de Atocha. A partir de ahí, y siguiendo en cierto modo el itinerario paralelo a las vías del tren, su periplo cruzaba por los barrios del este de la capital hasta Villaverde Bajo, para alcanzar finalmente el pueblo de Vallecas, un villorrio manchego y campesino aún, en donde, sobre un austero cerro rebautizado como Cerro Testigo, divisaban la llanura, gris y de estériles barrancos, de los alrededores.

Con el tiempo, diversos personajes se irían incorporando al periplo vallecano de aquellos - como Moreno Villa, Maruja Mallo, Rodríguez Luna, Luis Castellanos, el poeta Alberti y aún el propio García Lorca, según testimoniara años más tarde el recuerdo del tabernero de Vallecas.

Clausurada la costumbre peripatética por la Guerra Civil - en donde el poblado de Vallecas fue frente militar durante algún tiempo - otra tradición nos habla de cómo el periplo y la estética de los campos desolados, se habrían reiniciado en cierto modo con el encuentro de un grupo de jóvenes pintores, aún en la Escuela de Bellas Artes, con la figura un tanto iniciática de Benjamín Palencia. Quien, poco a poco, iría descubriéndoles de nuevo los rituales de aquel itinerario suburbano y manchego que la contienda había clausurado. Flotaba, vago, el recuerdo de la estética del escultor Alberto y Álvaro Delgado, el mejor narrador del grupo, reconocería siempre que aquél había sido "el descubridor de aquel paisaje de greda y cal" que luego ellos reconocían en el pueblo madrileño, en las eras, los cerros y las ventas de aquel itinerario. En algún lugar, Maruja Mallo - en una conferencia ya en Buenos Aires en el año 39 - recordaba aquel escenario que, según ella, "se desborda hasta las ciudades":

"Las faenas, las noches y los días, compenetración de arados y lunas, soles y hoces, graneros y estrellas. Campos agostados y deshechos por las heladas donde el pan, el vino, el aceite, se desborda hasta las ciudades, se extiende hasta el mar". (7 )

Unas fotografías en el opúsculo de Raúl Chávarri sobre la denominada "Escuela de Vallecas" en 1975, nos lo describen, el escenario antiguo y reconocible. Los campos sin árboles, los cerros secos, las casas de labranza, un merendero en medio de un camino, la ciudad a lo lejos.

La ciudad en el horizonte... Mito o realidad, la denominación posterior de la llamada "Escuela de Vallecas" hacía alusión, de nuevo, a la presencia de este escenario de las afueras en la poética de la posguerra.

En un relato posterior, el pintor Álvaro Delgado narraba el itinerario del mismo:

“Quedamos citados en el malecón de la estación de Atocha e iniciamos la marcha hacia el pueblo de Vallecas (...) Recuerdo que era un día gris, hacía frío y los pocos árboles que flanqueaban el camino no tenían hojas. Hicimos parte de la ruta por la carretera general de Valencia y ya próximos nos metimos campo a través para ver la pequeña villa desde la vía del ferrocarril de Barcelona. La torre de la iglesia se alzaba sobre un paisaje de casas de labor, rastrojeras y tierras de barbecho. Al fondo, un cerro grande salpicado de manchas de tomillo”.

Y, más adelante:

“Algunos pares de mulas retornaban del trabajo a la cuadra cabalgados por hombres de campo, sin edad. Entramos en el pueblo, deambulamos por las calles y pasamos a un viejo café que había en la plaza, junto al Ayuntamiento y donde un grupo de campesinos se calentaba junto a la estufa”.

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Aisladas, en tierra de nadie, en un tiempo cuyos últimos acontecimientos se han clausurado en un momento anterior que casi nadie recuerda... La narrativa de la llamada "Generación del Medio Siglo" retorna una y otra vez a estas quintas, estos jardines arruinados, estos símbolos - gárgolas, fuentes, cariátides, verjas cerradas - de una remota celebración que ya a nada remiten.

“De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de la más modestas, era una de las mejor emplazadas". Con esta alusión a una quinta apartada, se inicia Una meditación, una de las novelas más conocidas de Juan Benet.   [8 ]

Su escenario, inevitablemente, remite a un momento anterior del que los jardines, las verjas arruinadas, el aislamiento de las colonias, apenas guardan eco. 

"Rara vez se había abierto aquella puerta del jardín de atrás, que permanecía todo el año cerrada con un candado enmohecido y atrancada con una barra de fundición (…)

En otro tiempo la casa había tenido un cierto tono; una residencia de tres plantas, construida en un cuartel apartado con la honorable pretensión de figurar un día en el centro más estricto de un futuro barrio distinguido".

Comenzaba el relato "Después" del mismo Juan Benet. El cual, cuando alude más tarde al presente de la mansión, lo hace describiendo su abandono:

"(…) condenada para siempre, rodeada de huertos malsanos, pequeños y negros, y vertederos humeantes y pirámides de bidones vacíos, y chabolas de chapa, y lonas y charcas de agua parda...". Era un tiempo del después, como el título proclamaba - y de una presencia como la del sureño William Faulkner, que el escritor siempre reconoció, sobre la prosa del relato. Pero también sobre la noción, como en los legendarios condados del sur de aquél, de un pasado aristocrático ya desvanecido.

El relato de un tiempo ya detenido, que sucede después de unos acontecimientos que tuvieron lugar en el pasado, y en un lugar que se sitúa más allá de lo nombrable, un espacio en suspenso igualmente, se repite en los cuentos del autor situados vagamente, una y otra vez, en torno a ese lugar que es Región - al norte, en un territorio que recuerda también, imprecisas, las comarcas de la montaña de León. Una novela corta como Baalbec, una mancha - incluida en el libro Nunca llegarás a nada de 1958- recreaba de nuevo el retorno a un lugar donde todo había sucedido en otro momento. Pero cuya huella, silenciosa y ominosa, llegaba hasta el presente.

"Yo había vuelto a Baalbec para contemplar un jardín talado, una chimenea torcida, unos grifos secos, las manchas de humedad en las paredes de un salón reducido, un balcón de metal deployé con sus chapas levantadas, oxidadas y rotas; una fachada salpicada de agujeros, por donde se vaciaba el contenido de una fábrica de cascote suelto y madera podrida".

En "Las afueras" la novela con la que Luis Goytisolo ganaría el premio Biblioteca Breve en 1958 el primero de los relatos se iniciaba con la referencia a una finca de nuevo, a la que el protagonista regresa después de un tiempo que no alcanzamos a medir. Era una quinta, una villa en las afueras.

“Durante un cierto trecho no era posible ver de la casa más que aquella torre asomando sobre los árboles del jardín, envuelta en viña virgen ". Más adelante, se repite la configuración melancólica de aquella quinta entre lo rural y lo urbano. “Era una construcción ochocentista, mezcla de masía y villa de recreo".

La constitución nostálgica de estos lugares del relato se reitera en las condiciones de la propiedad. Ésta, La Mata, había conocido tiempos mejores.

“De las tierras en las que habían trabajado más de veinte jornaleros, ahora se ocupaba una sola familia, más en calidad de guarda que de otra cosa y el bosque y las zarzas fueron invadiendo los sembrados ".  [9]

En este escenario limítrofe ya, en donde todo suceso se remite a un tiempo anterior, clausurado en virtud de una antigua condena, cuya formulación nunca se enuncia, se desarrolla, a partir de su incierta geografía, el relato, todos los posteriores acontecimientos.

El novelista Juan Marsé había hecho alusión a este escenario marginal, desde luego, en su excelente recreación del barrio del Guinardó - hoy desaparecido - en su " Si te dicen que caí", o, más adelante, en "Ronda del Guinardó". Todo el hipotético acontecimiento de la novela "El Jarama", la tan citada creación del joven Sánchez Ferlosio, - si es que alguno hay - transcurría en un merendero banal del banal escenario de las afueras del río Jarama, en un periplo dominguero y sin sentido alrededor de la ciudad.


Juan Benet, desde luego, regresa una y otra vez a este tiempo de las quintas, de los hoteles en las afueras.

Como un ejercicio casi emblemático, el cuento "Duelo" -incluido en "Nunca llegarás a nada", su primer libro de relatos del año 1961, que pasó completamente inadvertido en su primera edición - incluye una descripción de la casa más allá de la villa. Y más allá, en cierto modo, del tiempo de ésta.

“La casa se hallaba en las afueras del pueblo, en un lugar a trasmano visitado algunos domingos templados por unas pocas parejas de excursionistas. Una quinta residencial desplazada de lugar y de estilo (...) rodeada de una pequeña huerta baja, que hoy es una selva de corpulentos matorrales; erigida sobre una terraza de años ha desaparecidos jardines italianos (...) Empero se conservaba todavía un antiguo cenador estilo floreal, un montón de herrumbre, junto a una fuente (...)".

Y, en otro lugar del libro, como un escenario que se reitera, los emblemas del mismo escenario: la verja que se oxida, la puerta clausurada, la maleza del jardín... En otro relato describirá a "la señorita Amelia, una de las más significativas reliquias de las grandes familias ".

Paisajes de después de la historia, escenarios clausurados, periplos sin destino...Olvidado el origen, pero en cierto modo condenados a su oscura presencia, Mantua, la finca inalcanzable, el Numa, su misterioso guardián, flotan sobre Región, la comarca emblemática sobre la que retorna a veces la narrativa del escritor. Pero "En Región apenas se habla de Mantua ni de su extraño guardián" nos recuerda éste.

Se reiteraba la advertencia barcelonesa de Gil de Biedma

estas perspectivas bajo el sol
cuyo destino ya nadie recuerda

El tiempo había quedado en suspenso, de nuevo. Estas quintas, estos lugares de los límites, estos emblemas ya sin sentido, lo nombraban. En paisajes sin historia, escenarios de las afueras.

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[ 1 ]  en www. jesusfernandezsantos.es

[2 Luis Goytisolo Gay     Las afueras     Barcelona, ed. Seix Barral,  1958.

[ 3]  En   Ignacio Aldecoa   Cuentos completos   ed. Alfaguara, 1995.

[ 4]  Jaime Gil de Biedma   Diario del artista seriamente enfermo    ed. Lumen, Barcelona, 1974.

[ 5]  Jesús Fernández Santos    Cabeza rapada   ed. Seix-Barral, Barcelona, 1958.

[6]  Vid.   Raúl Chávarri   Mito y realidad de la Escuela de Vallecas        Ibérico Europea de Ediciones,  Madrid,   1975.

[ 7 ]   Cit. en Patricia Molins    exp. Campo cerrado    CARS, Madrid,    2016.

[8]   Juan Benet     Una meditación    Barcelona, ed. Seix Barral,    1970.

[ 9]   Luis Goytisolo    Las afueras    ed. Seix Barral, 1958



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