miércoles, 27 de febrero de 2013

De los oficios






Este invierno, de pronto, una insólita actividad en el monte. Las fincas por las que atravesamos aparecen, como una estampa antigua, cubiertas de los montones de leña del desmoche, sembrado el suelo del ramón del olivo. Los cortacinos están desplegando una rara actividad y entre los cercados se oye el ruido de las motosierras, y remolques destartalados  recogen los palos, las toconeras entre las mohedas.

Puede que sea el invierno, el tiempo de arreglar los robles antes de que vuelvan a cargarse de brotes. Pero también pienso en una insólita tarea de los carboneros, de nuevo, que vuelven al monte ahora que los demás oficios se agotan.

Cuando éramos chicos aún perduraban en las tierras los chozos, de palos y escobas, de los cortacinos. Algunos pasaban el invierno en el monte. En las majadales, todavía, se divisan a veces los restos de las antiguas carboneras, disimuladas entre los claros. Era un oficio difícil, delicado, y peligroso en ocasiones.

Los cortacinos tenían que tapar el montón de leña menuda con tierra y añadían agua a intervalos sobre la cisquera, para que los palos se consumieran lentamente. En el horno la leña se debía quemar por un igual, y un ritmo ancestral hacía que la combustión fuera ni muy rápida - con lo que el carbón se perdía - ni muy lenta. Había que trepar, con cuidado, sobre el mismo y mantener la chimenea abierta, demorar con jarros toda la combustión para que, finalmente, el ramón se hiciera cisco, carbón vegetal, entonces muy solicitado. Algún carbonero desapareció un día entre la humeante leñera, cuentan.

Pero ahora el cisco se ha acabado, combustible pobre. No sé a qué viene esta insólita actividad de los leñadores, de nuevo.

Por la mañana en el pueblo encontramos a Abel. Todos los días está en el mismo bar, a la misma hora. Ha quedado en ir a recoger unos tocones secos, que quedaron en un robledal desde el año pasado, y se lo recordamos. Que ya irá cuando el camino vuelva a estar practicable, nos dice. Como sigue lloviendo, y además ha empezado la nieve, no sé cuándo ocurrirá el evento. En abril, comenta alguien.

Ahora tiene menos trabajo, en el invierno. Cojo, viejo e infatigable, en verano recorre los pueblos con una furgoneta mágica, que instala a la puerta del baile, o de las verbenas.

Aún recuerdo un otoño, una fiesta en la alquería de R. Estaba helando ya y la gente salía de la oscura escuela - donde actuaba un hombre orquesta cuyas voces se oían en varias leguas a la redonda - un instante, regresaba enseguida al calor del baile.  En la puerta, bajo el granizo, estaba la caseta iluminada de Abel, con collares fluorescentes, molinillos incansables y ramas de azúcar hilado, que pringaban sólo con mirarlas. Los niños se agrupaban contra el mostrador, contaban las monedas, volvían deprisa a la escuela. En el baile todo el mundo acabó con collares fosforescentes, que se agitaban con los pasodobles y traían algo de optimismo al mortecino salón, a la aldea en sombra.

El carricoche de Abel es mágico, pensé entonces; luego cada vez que nos lo encontramos en las fiestas de la Huebra, o en alguna romería más tarde.

Abel está cojo, y camina con un bastón formidable. Pero lo hemos visto subirse a los árboles, destral en ristre, a culminar el desmoche de alguna guía. No sé cómo lo hace. También se dedica a la chatarra, recoge los aperos viejos de las fincas, los vende luego en Zamora, dicen. Y debe de llevar comisión de las orquestas locales, porque siempre se recurre a él cuando se quiere contratar alguna para la verbena. Aunque últimamente éstas se han reducido bastante y el hombre orquesta del estruendo insuperable cubre con creces las necesidades de las fiestas patronales.

Este animador ambulante,  una vez, en la del santo de un pueblo grande, apareció incluso con acompañamiento : un organista flaco y como ausente y una cantante oxigenada y rotunda, que entonaba pasacalles y tangos con un inolvidable acento eslavo - y una melancolía íntimamente eslava, también. Tuvieron un gran éxito, dicen, y más de uno pensó en apuntarse a la orquesta, y acompañarles por su vagabundeo incansable. Pero no sabemos cómo se apunta alguien a una orquesta de verbena, y siempre nos quedamos con nostalgia cuando les vemos marcharse.

Después vamos al bar de Carmen, frente a la iglesia, donde nos han dicho que podemos encontrar a Óscar, que se dedica a la leña también. Está , en efecto , y nos convida a café mientras se forma una improvisada tertulia.

El que más habla es Lorenzo, pariente lejano, que asegura poder desvelar el futuro de las subvenciones agrarias. Vasto misterio que los demás no alcanzamos a desentrañar - aunque Daniel, el alcalde de un pueblo de la ribera, acaba de regresar de la enésima reunión en torno al programa ganadero de Europa. No han podido aclarar nada, me comenta en voz baja.

Pero Lorenzo nos da varias pistas, con voz firme, acerca de lo que se va a decidir en Bruselas para la próxima campaña agrícola.

Lorenzo es simpático, algo destartalado. Durante algún tiempo tenía bares en el pueblo; luego abrió un restaurante rural en medio de una finca, más tarde una discoteca a la salida de la plaza. No sé que tal le iría con ellos: invitaba a todo el mundo y todos teníamos cuenta en el bar. Más tarde dejó la hostelería y se metió a picador de toros. Viajó por toda España y toreó algo en Francia. Después, un día, lo dejó y empezó a domar caballos. Abrió un centro de turismo ecuestre y compró varias yeguas desvencijadas para pasear por las cañadas. Pero las yeguas se le murieron, la mayoría, y tuvo que cerrar el centro al poco de haberlo inaugurado.

Ahora debe de tener algo de ganado, según cuentan, y organiza excursiones por el campo. Nadie quería pasear en sus yeguas esqueléticas, parece, pero en cambio ha tenido un cierto éxito con las visitas organizadas a las ganaderías, que ameniza con su inagotable discurso. Siempre invita, además, y tiene la suerte de conocer los intríngulis de la política de subvenciones agrarias, que estos días tiene a los de los  pueblos en una notable desazón.

También está, callado y atento, Alfonso, el hijo del vaquero de una finca cercana. Alfonso es muy buen caballista, y monta cualquier potro, y encierra ganado con la montura que le ofrezcan, sin ponerle pegas a ninguna, por cerrera que pueda estar. Algún día ha venido a ayudarnos y da gusto trabajar con él, porque mantiene la norma de los vaqueros antiguos, que con sol o con nieve no terminan la tarea hasta que se ha repasado el último becerro. Se nota que es hijo, y nieto, de mayorales .

Hubiera trabajado en cualquier finca, en otro momento. Pero ahora los tiempos están difíciles y nadie contrata a más gente fija para las casas. En su lugar, le llaman de vez en cuando, para las vacunaciones o para ayudar a encerrar el ganado. Ha optado entonces por lo que hacen tantos caballistas jóvenes: se ha sacado el carnet de picador de toros y acompaña a una cuadrilla por las plazas de Francia, sobre todo. También ha abierto un picadero en la finca de su padre y doma los caballos que le envían - algunos unas buenas prendas desahuciadas de tres o cuatro domadores anteriores. Pero él no le hace ascos a ninguno y la gente se está costumbrando a mandar a su casa los potros complicados. Así va tirando, aunque no sean buenos tiempos para la hípica.

Daniel, el alcalde, me avisa de una próxima reunión sobre los secretos de la Política Agraria, reunión a la que, asegura, no podemos faltar. Si lo afirma él, habrá que ir. Además se celebra en L., un pueblo cercano que tiene muralla romana y castros vetónicos, y quintas del XIX y un mesón en las afueras , con tencas y sardas de extracción clandestina. Nos citamos en el bar.

Él, que es un lince, entre otras cosas abrió en tiempos una especie de empresa para los trabajos eventuales. Con un van y un todo terreno acudían a las fincas con sus caballos para los saneamientos o las vacunaciones, pensando en que últimamente en el campo sólo se necesita gente para los días señalados. No sé qué tal le iría la empresa, porque no he vuelto a oir de ella. También lleva carpas desmontables a los pueblos para la fiesta, y contrata animadoras, y abrió un mesón en una carretera perdida.  Como no había forma de acceder al mismo, nadie llegó en efecto al colmado y tuvo que cerrarlo al poco tiempo. Ahora tiene algo de ganado, también, y organiza fiestas flamencas en un pub cercano a la iglesia.

Cuando nos retiramos al fin - tarde, que la tertulia está animada y espesa - podemos hablar con Óscar, que es hermano de una de las dueñas del bar. De la diversa gama de  productores del monte, él es uno de los más especializados. Es el único que se dedica a la leña vieja , la de los robles caídos o las toconeras. No sé qué hará con ella, porque todo el mundo comenta que no tiene apenas salida.  Hace poco un amigo suyo ha importado de China una especie de caldera que sólo funciona con astillas secas, y se anuncia en todos los bares - en una esquina del cartel aún figuran unos enigmáticos ideogramas chinos. Pero Óscar lleva toda la vida dedicándose a recoger la leña seca, y es el único en toda la provincia además.

Nos quedamos hablando con él a la salida, en los soportales de la plaza. Tiene bastante trabajo, según dice, aunque se queja del mercado del carbón. Cuando nos despedimos le pregunto por su otro hermano: iba en la cuadrilla de un matador de toros, muy bueno y sin apenas contratos, y no sé qué va a hacer, ahora que el torero se ha retirado.




viernes, 8 de febrero de 2013

La incredulidad



Hay algunos incrédulos incluso en las aldeas al oeste. Una mujer me comentó las pasadas navidades que no creía ni en el infierno ni en los fantasmas. Pensaba que el infierno era meramente una invención ideada por el párroco para que la gente fuera buena; y a los fantasmas no se les permitiría, sostenía, ir "deambulando por el mundo" según  su propia voluntad; pero, añadió "hay duendes y gnomos pequeños y caballos acuáticos y ángeles caídos".



          - W. B. Yeats           The  Celtic Twilight   

jueves, 7 de febrero de 2013

El antiguo irlandés


El antiguo irlandés

"También está seguro de que los gatos, que abundan mucho en los bosques, tienen un idioma propio, una especie de antiguo irlandés".


La banshee

"También le pregunté si había visto alguna vez a la banshee. "La he visto", dijo, "allá abajo, junto al agua, batiendo el río con sus manos".


Un itinerario azaroso.

"¡Por la Cruz de Cristo! ¿Cómo iré? Si paso por delante de la colina de Punboy me puede acechar el viejo capitán Burney. Si doy la vuelta bordeando el agua, y subo por donde los escalones, en los muelles están el  descabezado y otro, y debajo de la tapia del viejo cementerio hay uno nuevo. Si tiro a la derecha (...) en Hillside Gate se me aparece Mrs. Stewart, y en la vereda del Hospital está el diablo en persona ".


La alegre turbamulta

"El tiempo se hunde en decadencia
como una vela consumida,
y a las montañas y bosques 
les llega el día, les llega el día.
Pero tú, amable turbamulta antigua,
de los estados del ánimo nacidos del fuego, 
tú no desapareces".



Sobre  Irlanda

"En Irlanda este mundo y el mundo al que vamos después de la muerte no están muy separados".



             - From      The  Celtic Twilight,  1898. ( 2ª ed. London, 1902).

domingo, 6 de enero de 2013

De bibliotecas varias






De entre los dispares libros que la tía Pilar guardaba en el caserón familiar figuraba una edición de las obras completas de Azorín, publicada con cierto esmero por el Instituto Alfonso el Magnánimo de Valencia, que yo leía distraídamente los días que íbamos a verla y que al final ha ido a parar a una remota casa de campo, lejos del sol y la humedad de la costa.

No sé si la tía Pilar las leería alguna vez. Aunque su biblioteca era bastante arbitraria y cabían los más variados encabezamientos, aquella edición de Azorín no dejaba nunca de sorprenderme cuando la volvía a encontrar, intacta, en los estantes del salón de arriba de la casa.

La verdad es que el repertorio de libros de la familia era bastante entretenido y en ellos, además de una aplicada afición a las guías de viaje y manuales sobre el arte del renacimiento italiano - que se repetían en todas las estanterías - de vez en cuando uno se topaba con sorpresas inesperadas, y algunos hallazgos fascinantes.

Como una joya, que encontré un verano en forma de edición de finales de siglo XIX de las novelas de Julio Verne, editada en folio por una imprenta catalana cuyo nombre no recuerdo, y que incluía los grabados originales de la edición francesa. En ella se repetían, prolijamente, varios de los ilustradores primeros, entre ellos el impagable Georges Roux. O una edición de mediados del XIX también del Teatro Crítico Universal de Benito Feijóo, en bastante buen estado y que nunca supe en qué momento había ido a parar a aquella casa. O la publicación en dos volúmenes de la obra crítica de Francisco Quevedo, decimonónica igualmente, y con profusión de barrocas litografías y aguafuertes... Ahora pienso que todas estas riquezas ilustradas, de imprentas catalanas del siglo romántico, debieron de venir de cuando la familia se trasladó de Barcelona a la costa, a la muerte del abuelo. Nadie debía de haberlas abierto desde entonces, porque los volúmenes estaban en una esquina del salón, cerrados y con un notable aroma marino - a humedad y carcoma - en sus páginas.

O las ediciones dedicadas a la familia por Mossen Jacinto Verdaguer, entre ellas la Atlántida, que encontramos al cabo de los años y después de que la tía Concha nos hubiera hablado los veranos de ellas. Siempre habíamos dudado un tanto de la originalidad de los manuscritos y de unos poemas autógrafos firmados por el Mossen, enmarcados en nácar, que se guardaban en la planta de abajo de la casa junto al comedor. Pero cuando accedimos, tarde, a ordenar y repasar los archivos, descubrimos que la leyenda renacentista de la tía era cierta, y que los manuscritos y dedicatorias y primeras ediciones eran originales, y que, al final, como en casi todo, la tía Concha tenía razón.

Luego, pasado el tiempo, descubrí que el poeta catalán había embarcado hacia la década de los 70 como capellán de la Compañía Transmediterránea, en la que trabajaban nuestros abuelos - y sus padres, y los de aquellos - como capitanes de barco, y de ahí debió de surgir la amistad y los originales y las primeras ediciones que en la casa todavía se guardaban.

En las estanterías de la biblioteca del comedor de abajo, y en la del cuarto de la tía Pilar, por lo demás, había clásicos en número apreciable, eso sí, sin el menor afán bibliófilo. Cervantes, Mesonero Romanos o el teatro de Calderón en ediciones honradas. Unos títulos raros de Baltasar Gracián de procedencia desconocida. Galdós en publicación barata y Lope de Vega en un manual escolar... Luego estaba San Agustín en varios volúmenes. Y, por supuesto, todo San Pablo, - las Cartas a los Corintios y Tesalonicenses, a los Gálatas o a los Romanos...- estudios sobre su obra e incluso monografías varias sobre la región de Tarso, Antioquía o la antigua Cilicia romana, regiones que la tía Pilar visitaba regularmente y de las que siempre volvía con alguna nueva guía, geográfico-mística o histórica.
 



Autores valencianos, locales o no, los había también en número sobresaliente. Entre los antiguos, un volumen con la obra de Ausias March en una edición sin fecha. Después, Vicente Blasco Ibáñez o Gabriel Miró - que había escrito abundantemente sobre la comarca, la suya al fin y al cabo - y entre los modernos Joan Fuster, amigo de mi padre. De Gabriel Miró faltaban todas las primeras ediciones, o las obras completas que en cambio, más tarde, descubrimos en la biblioteca de éste en Madrid. Supongo que las adquirió él en la capital. O que se llevó las que figuraran en la casa de la familia. En la posguerra, por otro lado, nuestro padre había comprado, en los saldos insólitos de aquellos primeros años, un buen número de joyas bibliográficas del 98 o del 27, de las que sólo vagamente me acertó a contar después acerca de los desastres de alguna biblioteca personal, que había desaparecido en los clamores de la guerra y reaparecía al cabo del tiempo en los libreros más insólitos y en las ventas más raras por parte de algún personaje que las hubiera conservado. O aparecían de pronto en las casetas de la Cuesta de Moyano, también, pero este lugar era menos insólito.

Modernamente, la afición regional de la familia se había prolongado a escritores como Manuel Vicent o Juan Gil Albert, de los que figuraba una biblioteca si no completa, bastante concluyente al menos. (La tía Pilar tenía alguna novela o cosa así de Javier Marías o incluso de Rosa Regás. Pero éste es un capítulo triste en la historia de la biblioteca sobre el que tampoco hay que porfiar). Del oscense Ramón J. Sénder alguien de la familia debió de considerar en algún momento que pertenecía al fin y al cabo al reino de Aragón, porque en los mismos estantes aparecían casi todas sus novelas. Incluida alguna de primera edición mexicana, de cuando la censura no permitía su publicación en España. Cómo llegó hasta allí es un enigma. Entre ellos, los autores del antiguo Reino de Aragón, se colaba alguna curiosidad ya local como la historia de las almadrabas en la cala del Rincón de Loix. O las relaciones del descubrimiento de la imagen de la Virgen del Sufragio en la playa de Benidorm, que aparecía en diversas ediciones, incluida alguna anónima. En torno a esta última - imagen de la que en la casa se debía tener una notable devoción a juzgar por la cantidad de estampas y relieves que había por toda ella - creo recordar que se guardaba incluso algún raro y meritorio ejemplar de poemas en honor de la misma, incluido el memorial de varios Juegos Florales sucesivos que se celebraron durante años en las fiestas del Castillo. (No creo que un suceso como éste se halle tan bien documentado en ningún lugar como en aquella casa familiar ). Aún recuerdo el título de uno de los folletos, o memorándum, de aquellos certámenes, el definitivamente poético "Trobes en lahors de la Mare de Déu del Sofratge", enunciado cuya carga lírica me eximió de hojear los versos contenidos en él, que quizá desmerecían de aquella primera promesa.

En el despacho de la tía Concha había libros de historia local, en torno a la comarca de La Marina Baixa. Estos aparecían firmados por diversos párrocos de la zona, principalmente. Los títulos, cuando los repasábamos, poseían esta vez un carácter épico de sabor innegable. Creo recordar un pequeño volumen intitulado Els Aragó al Ducat de Gandía i Comtat de Dénia i els Trastamara al Regne de València. Y sobre todo otro, acerca de una omnipresente señora de la historia local de la cual siempre hablaban los mayores en el porche, sobre la que versaba un folleto anunciado como: Beatriu Fajardo de Mendoza o Beatriu Fajardo de Guzmán, Senyora Territorial de Benidorm .

Obras locales las había sobre todo de un pariente lejano, sabio y minucioso, el cual se había dedicado a agotar los archivos y legajos de la comarca, en un radio comprendido entre la bahía de Altea y su mansión del puerto de Valencia, y había al parecer exprimido cuanto en ellos pudiera alcanzarse. Sus raras ediciones estaban todas junto a la chimenea de arriba, intonsas, por lo que siempre me quedé con la duda de si alguien - incluido mi padre, conspicuo archivero y lector de rarezas - las había hollado alguna vez.

                                                                

Y más catálogos sobre exposiciones: en Florencia, en Pisa, o en Verona. Un volumen kilométrico con fotografías del Museo del Cairo. Y clásicos como el André Chastel o el Wittkower sobre la pintura del Cinquecento italiana. Algún raro Camón Aznar. Un Lafuente Ferrari bastante rancio. Un ensayo sobre la escultura románica del soriano Gaya Nuño, que sin duda se debía a compras de mi padre. Y catálogos varios de Rembrandt o Vermeer - a los que la tía Pilar había visto en el Rijksmuseum - o de la exposición antológica de Watteau, monumental, en el Grand Palais. Y las obras completas de José Antonio Primo de Rivera en edición de inmediatamente después de la guerra. Y las de Ramiro Ledesma Ramos en una esquina del desván. Y algún raro Ángel Ganivet en el armario cerrado del salón. Y los libros de devoción de la abuela. Y el Año Cristiano, en volúmenes sueltos, en la edición de Croisset de 1851. La Biblia del Peregrino en tres volúmenes dedicada expresamente por el traductor, Luis Alonso Schökel, a la tía Pilar (Descubrimos más tarde que habían mantenido cierta amistad. Y una regular correspondencia durante años).Y los diccionarios de la lengua valenciana, llenos de polvo en un altillo. Manuales de lengua francesa, con carcoma. Y los cuadernos de navegación de los bisabuelos. Y los estudios de topografía y trigonometría de la Marina mercante. Y algunas cartas de navegación editadas en Londres, a finales del siglo. La revista La Esfera encuadernada. Y el Blanco y Negro del modernismo. Y La Ilustración Española y Americana . Y las obras completas del crítico Orts y Ramos, pariente de un bisabuelo a lo que decían. Y la cocina imposible de la Marquesa de Paravere. Y las colecciones de repostería tradicional. Y las ediciones populares de la Sección Femenina de Coros y Danzas...

En cualquier biblioteca de tantas generaciones - y de los viajes a América y a Liverpool -, y de los párrocos amigos de la familia y de los recuerdos de la Barcelona de la RenaissenÇa, se puede uno perder. Y en los cajones, en los desvanes, en el altillo, y en las carpetas y en la bodega...Y aburrirse generosamente, también .

Lo que nunca pude entender es cómo, en un recuento de una tarde de otoño en que, cosa rara, en el pueblo llovía, pude encontrar dentro de la estantería de la sala  de arriba la primera edición de una novela de Gonzalo Torrente Malvido - con quien entonces tomábamos café en Madrid tantas tardes -  "Hombres varados, en la rara edición del año 1963 con editorial Destino.

Una novela canalla - y bien escrita - de un escritor maldito y bien escrito, asimismo... Qué demonios hacía, cómo habría ido a parar a aquella casa...






jueves, 3 de enero de 2013

Días de niebla



Dos imágenes de la niebla, en estos días de invierno. En una, son las fotografías de Frank Hurley, que aparecen en la relación del viaje a los mares antárticos del capitán Ernest Shackleton y que acaba de publicarse en una nueva edición. Hurley acompañó a la expedición de la Endurance por el mar de Wedell, y permaneció con los náufragos de Isla Elefante mientras el bote James Caird emprendía su periplo de más de 1200 kms. hasta la factoría de Grytviken en busca de ayuda para los naufragados.

En varias de las fotografías flota un como constante velo de niebla y frío en la costa, sobre un mar de hielo, que recuerda de forma gráfica la definición de la isla que hiciera uno de los náufragos: "A pall of  fog and snow".

La otra imagen, clásica en la película de 1973, es la llegada del padre Merrin, el exorcista, que accede a la casa hechizada de Georgetown entre una niebla inolvidable, un farol solitario en la sombra, un paraje remoto del que ninguno puede tener una clara visión.

Libros de la niebla, conversaciones de estos días... Curiosamente una mañana Jaime me habla de la novela que le ha prestado M., lector y prestador universal de libros, que se titula, según dice, "Noche y niebla en el París ocupado". La novela es de un autor, Fernando Castillo, al cual desconozco absolutamente. A Jaime le está encantando y, no sé por qué, añade: "A ti te va a gustar mucho". Ignoro qué razones tiene para afirmar tal cosa, pero suele acertar. (Excepto en la reciente presentación de una obra teatral en sesión privada en el Teatro Español, la cual defendió fervorosamente, imagino que por razones de amistad. Y que me hizo comprar la entrada en el momento. En el acto había leído una descripción lírica e inquietante a los asistentes. Lástima que la lírica perteneciera exclusivamente a su propia voz) .

Pero Jaime suele acertar con las lecturas y, no sé por qué, con las mías especialmente. Entre otras, a él le debo el descubrimiento de un autor búlgaro y semita como Ángel Wagenstein y su excelente, entre otras, novela Lejos de Toledo. Y sobre todo el de Amos Oz, cuya Una historia de amor y de oscuridad  sigue siendo uno de los relatos de iniciación - y pérdida - mejores que he podido conocer estos últimos años.

Casualmente al poco tiempo entra M., el dueño de la novela nocturnal, en el café, e inmediatamente acordamos que antes de devolvérselo Jaime el libro pasará por mis manos. Tampoco sabe decirme mucho más del autor, excepto una vaga cita a Modiano - lo cual, tratándose del París de la ocupación no es mucho - y otra a José Carlos Llop -al que nombra como José Ramón, o algo así- cuyo relato de las vicisitudes del escritor González Ruano en el París de la guerra, París suite 1940, yo ya había leído - y el cual tenía la virtud de dejarte con la misma sensación de vaguedad e indefinición al final de la novela que al principio.

M., biblioteca ambulante, siempre acude con algún artículo, revista o libro inédito. Otro día, mezcla insólita, aparece con un volumen sobre filosofía alemana, cuyo título no puedo recordar. Pero también con la lujosa revista Terres Taurines que el francés Andre Viard ha publicado recientemente sobre el encaste de lidia de Vega -Villar - y de la que me habían hablado pero nunca había podido hojear.

Además del texto, que suele ser riguroso - y en donde, según cuentan, desmenuza y separa la procedencia de los toros de Encinas de los de Vega-Villar - las fotografías de fincas que conocemos: Hernandinos, Gudino, La Torre, Pedro Llen y otras. Son prolijas, y muy buenas, y viéndolas uno se imagina la niebla que habrá ahora sobre el campo. Una llamada de T. lo confirma. "La helada que está cayendo en la Huebra. No se ve nada con la niebla".

Casualidades de la niebla. Esa noche cenamos con FranÇois y Monique, y sale a relucir el tema de la novela parisina y nublada de M. Resulta que ellos conocen al autor, buen amigo suyo, y ensalzan su seriedad y su erudición. Van a menudo a su casa en Madrid y aquél ha estado en la suya en París. Aquí , meriendan entre los huecos que dejan los libros y los cuadros que ocupan de manera preferente el piso.  Me comentan también de forma laudatoria la novela. ("Pero, ¿aún no la has leído?".  "Pues no, tengo que esperar a que la termine Jaime, que estos días anda muy ocupado con otras actividades").

No sé qué relación tiene la niebla con París. Pero comiendo otro día con G. éste se dedicó a evocar los árboles del Jardín de Luxemburgo, a cuyo melancólico escenario daban sus ventanas cuando estudiaba en la Escuela de Altos Estudios con el historiador Pierre Chaunu. Varios inviernos en ese lugar deben de marcar para siempre. Y G., en el fondo, sigue defendiendo una retórica francesa, orgullosa y de posguerra, que a los demás nos abandonó hace tiempo. Me comenta de pasada el ensayo clásico de Edward Said, su conocido Orientalismo. Yo, que lo había leído el invierno pasado, recuerdo lo irritante de su obsesión por la formación de paradigmas como el oriental, como un fantasma de la propia mentalidad y de los temores de Occidente. Todo muy foucaultiano. Pero bastante latoso.

La parte mejor del libro, le comento, es la descriptiva. Como cuando cita los viajes de Edward Lane. O de Flaubert. O del propio Loti. El lugar es real, sea lo que sea, y su fascinación, tangible. Pero aunque con cierto distanciamiento, uno no puede acabar nunca de matar al padre, y para alguien como G. que habitaba frente al Jardín de Luxemburgo el teórico Foucault y sus elaboraciones fantasmales no se clausuran así como así. Criticar a Edward Said puede pasar, por una vez. Pero si hablamos de alguien como Lévi Strauss con cierta distancia le puede dar un síncope allí mismo, en la mesa del restaurante japonés en el que conversamos. En donde el sushi adquiere de pronto las características de una iluminación profana, oriental y silenciosa. A Roland Barthes, incluido su libro El imperio de los signos sobre la estética japonesa - y no digamos el clásico La cámara lúcida sobre la fotografía - se le puede seguir leyendo, le comento para consolarlo. Pero cuando nos invitan a sake en cantidades navideñas ya no lo puedo evitar y saco el tema de la prosa letal de Louis Althusser - en la cual él incluye el asesinato de su mujer - o la de Julia Kristeva y la revista Tel Quel para ver si se anima la sobremesa. No me hace falta llegar a Robbe Grillet y el nouveau roman. G. se anima en efecto, a pesar del frío, y terminamos cantando canciones de Boris Vian en el bar de la esquina. Un camarero, Bene, que ha viajado, nos acompaña en un perfecto francés urbano. París no se acaba nunca, afirmaba Vila Matas en uno de sus libros más legibles.

En días de niebla una de las pocas cosas razonables que se pueden hacer es volver a leer la biografía del Capitán Cook escrita por la inglesa Vanessa Colingridge, miembro de la Real Sociedad Geográfica, según nos informa su editor, y que había publicado en el 2002 un excelente ensayo sobre el legendario explorador. Como lo ha escrito una británica y no un discípulo de Phillipe Sollers sin ir más lejos, en la biografía nos encontramos con viajes, regresos, islas australes, la guerra de los Siete Años y el enigma de los mapas de Dieppe. En lugar de alguna interminable elucubración sobre la figura del explorador como simulacro del discurso occidental, por ejemplo. Y nos asomamos, asimismo, a una época, de finales del XVIII, en donde todavía existía la Terra Incognita. Y los mares remotos, y las islas ignoradas, y los viajes sin regreso. Antes de que un fantasma universal anegara todas las denominaciones, y todas las diferencias, y todos los desembarcos, devorados por el final de los nombres. Y de todos los relatos.

Pero de esto ya había hablado hacía tiempo, con desgarradora lucidez, el Levi Strauss de los Tristes trópicos, a quien había releído días antes de que empezara por fin el invierno. Y de quien aún recuerdo su sentencia: Así me reconozco, viajero, arqueólogo del espacio, tratando vanamente de reconstruir el exotismo con la ayuda de partículas y residuos. O su definición del etnólogo como viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida.

A algunos franceses de después de la posguerra se les puede seguir leyendo. ("No os olvidéis de la canción de Jacques Brel" afirma días más tarde Mónica, en plena euforia de discusión sobre la niebla y la prosa francesa. "No nos olvidamos. Pero era belga", le responde alguien).

Tengo que llamar inmediatamente a G. para contárselo. Aunque dicen que tras la sesión nipona-francesa y el coñac de después se ha sumido en un estado de nirvana del que se niega a salir y no coge el teléfono a nadie. En su caso el nirvana, creo, consiste en que ha vuelto a sumergirse en la lectura de la Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo por enésima vez. De la que resurgirá contándonos una apasionada descripción de la Noche Triste y del cacique Gordo de Zempoal con gran entusiasmo y acompañamiento de antorchas simuladas.

Nunca he podido entender cómo sigue leyendo a Sartre. Ni a Simone de Beauvoir. Quizá sea una pose.  "Yo - comenta Verónica, que viene de la niebla del Estrecho estos días - preferiría que me arrancaran una muela". Todos asentimos en silencio. Después, el camarero, Bene, nos pone música de Brassens, que le ha pedido Jaime .


martes, 25 de diciembre de 2012

Sobre algunas raras apariciones en una finca de los Montes de Toledo




























 (De un informe reciente enviado por la Sociedad Excursionista del Barco de Ávila. Incluido en la Memoria Anual sobre vías pecuarias de los Montes de Toledo. AA. VV., s.f., eds. Orientales de Ávila.

                               Finca El Arreciado.   Toledo.
                               Fotografías:  Iraida Cano
                               Rocas y ramas, grafitos, caminos y agricultura japonesa: Iraida Cano)

jueves, 13 de diciembre de 2012

Isla Elefante


Nadie llega hasta la isla Elefante. Situada en el extremo noroeste del mar de Wedell, dentro del grupo de las South Shetland Islands, ninguna factoría ni observatorio, ningún campamento de verano se ha instalado jamás en este abrupto islote de elevados riscos, costas inaccesibles y glaciares perennes.

Una descripción contemporánea advertía que en la zona: "El tiempo es normalmente nublado con mucha nieve y los vientos pueden alcanzar las 100 millas por hora". Algunas cartas de principios del siglo XIX daban ya cuenta de ella y de su situación exacta: 61º 08´ S y 55º 07´ W. También daban cuenta de la distancia: a 1253 kms. al suroeste de South Georgia, 935 kms. al sur de las Falkland y 885 kms. al sudeste de Cape Horn. La casi constante presencia de vientos del noroeste hace empero más difícil la travesía a cualquiera de estos dos últimos puertos. La banquisa de hielo cubre regularmente el litoral durante el largo invierno austral.

"Elephant Island was remote, uninhabited, and rarely visited by whalers and any other ships", describiría el capitán Ernest Shackleton la isla. Quien no obstante se vería obligado a alcanzarla meses después del naufragio de la Endurance, la célebre fragata de la Expedición Imperial Transantártica. Su propósito inicial, después de la pérdida del barco y la deriva en el hielo, hubiera sido el de arribar a Bahía Esperanza o a la Isla Decepción, donde por lo menos: "una pequeña iglesia de madera había sido levantada para beneficio de los balleneros".

En la isla Elefante no había capilla, cabaña, ni nada que pudiera favorecer a los náufragos. La fuerte corriente del Nordeste, que impide a los botes de la Endurance llegar hasta la isla Decepción, les obliga finalmente a arribar a ella. Antes, el capitán Shackleton habría escrito que: "Esta última - Elephant Island - tiene un cierto atractivo para nosotros, aunque, hasta donde yo sé, nadie ha desembarcado allí jamás".

Alcanzaron la isla finalmente el 12 de abril de 1916, dieciséis meses después de haber iniciado la pretendida ruta antártica desde la factoría ballenera de South Georgia.


Elephant Island se encontraba vagamente documentada. En un extremo del profundamente inhóspito Mar de Weddell, nadie presumía de haberla alcanzado o haber desembarcado en ella alguna vez. Incluso el nombre carece de una atribución exacta. Según una versión fue bautizada por primera vez en 1821 por el capitán inglés George Powell, uno de sus primeros observadores. Según otra, el nombre se debe a los balleneros y foqueros de la región, que pescarían en la zona, y la denominaron así a principios del siglo XIX por alguna razón que desconocemos. Algunos han señalado la posible presencia de leones marinos, advertidos por los cazadores. Otros aluden al perfil de la isla, abrupta e inaccesible. También desconocemos los nombres de aquéllos, ni si tuvo lugar alguna vez algún desembarco en la misma. La historia de las navegaciones de los balleneros raramente guardaba una relación escrita, y de sus periplos y descubrimientos al sur del Cabo de Hornos no se conservan apenas registros. Por indiferencia, en algunos casos. Pero también porque los cazadores de focas se cuidaban de exponer en los puertos y comandancias las noticias de sus expediciones, que conservaban celosamente para sí.


La imprecisión había cubierto durante muchos años la exploración y el descubrimiento de estas tierras del sur, las que cercaban el hasta entonces desconocido continente antártico. Durante siglos aún perdurará la idea de la geografía antigua de una Terra Australis Incognita, la cual rodeaba el mundo por su extremo austral y unía, de manera hipotética, las islas de Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea o las regiones septentrionales más allá de la Tierra del Fuego.

Heredera de una tradición que se remonta al Atlas de Ptolomeo, el continente Anktartikos sigue figurando en los mapas del siglo XVI rodeando al sur las nuevas tierras ya conocidas. En 1531 el cartógrafo Oronce Finé la representa, más allá de la Tierra del Fuego, con la inscripción "Terra Australis recenter inventa, sed nondum plena cognita". En el célebre mapa de Abraham Ortelius, editado en 1570, aparece un colosal continente al sur de todas las islas, con el lema "Terra Australis nondum cognita".

La imprecisión, el anonimato... En 1603 la expedición del español Gabriel de Castilla debió de haber alcanzado los 64º de latitud sur. Pero no se han conservado documentos. (Una relación de la época hablaba de "las montañas cubiertas de nieve" que aquél había divisado hacia el sur). Un testigo holandés, Laurent Claesz, se referiría años más tarde a la llegada a islas desconocidas y mares cubiertos de hielo. En algún momento habrían divisado también, según anota, remotas "montañas cubiertas de hielo". Pero la expedición no había dejado ninguna relación escrita. Años después el oficial francés Pierre Bouvet, intentaría descubrir la tierra del sur descrita por "un semilegendario Binot Palmier de Gonneville". No la alcanzarían, aunque su expedición dio nombre a la isla Bouvet, bautizada así a partir de entonces en los mapas europeos. "Lo más extraordinario - se nos indica en otro lugar - es que el francés la encontrara: me refiero a la diminuta isla Bouvet, de sólo ocho por cinco kilómetros y uno de los lugares más solitarios del mundo, ya que hay una distancia de más de mil quinientos kilómetros en cada dirección hasta la tierra más próxima".


La Terra Australis seguiría figurando en los mapas... Divisada a veces, la distancia, la niebla, la imprecisión la rodearán durante siglos. Ya en fecha tan temprana como en 1504 el florentino Americo Vespucio había relatado en carta a Piero Soderini, su corresponsal en Lisboa, que "las noches eran muy largas que tuvimos una la del 7 de abril que fue de quince horas (...) En medio de esta tormenta avistamos (...) una nueva tierra de la cual recorrimos cerca de 20 leguas encontrando la costa brava, y no vimos en ella puerto alguno ni gente, creo que era por el frío tan intenso que ninguno de la flota se podía remediar ni soportarlo".

En la "Historia del descubrimiento de las regiones austriales..." se nos informa del incierto viaje en 1605 del general Pedro Fernández de Quirós, al servicio de la Corona de España, en pos del impreciso continente austral. El general, se nos dice, "a los cinco meses de travesía, al encontrarse con una gran isla de las Nuevas Hébridas, la del Espíritu Santo (...) sin más averiguaciones creyó haber llegado a la tierra Australia (...) Dio por fundada la ciudad de la Nueba Hierusalem, de la que sólo edificó una iglesia de madera, pero sí concedió cargos municipales de esa ciudad, que sólo existió en su fantasía".

Un documento holandés anónimo afirmaba que a los 64º se divisaba tierra "muy montañosa y alta, cubierta de nieves, como el país de Noruega, toda blanca que parecía extenderse hasta las islas Salomon". Publicado en Amsterdam nunca se ha sabido el nombre ni la expedición a que hace referencia la citada relación.

No menos incierta había sido la isla Pepys, presuntamente avistada en 1683 por el corsario inglés Ambrose Cowley desde su goleta Bachelor´s Delight. En sus memorias el pirata Cowley afirmaba que: "Seguimos navegando al SO hasta los 47º de latitud. Entonces avistamos al oeste una isla desconocida y deshabitada a la que llamé Pepys. Su puerto es excelente, y capaz de recibir con seguridad a mil buques. Vimos una gran cantidad de aves en esta isla, y opinamos que el pescado debía abundar en sus costas, por estar rodeadas de un fondo de arena y piedra".



 Perfectamente delineada en los mapas a partir de ese momento, la isla Pepys sin embargo nunca volvió a ser divisada. Navegantes posteriores como John Byron, Bougainville, James Cook o Jean FranÇois de la Perouse no pudieron encontrarla, a pesar de las referencias más o menos precisas que Cowley había dado de la misma. En un determinado momento, ya a finales del siglo XVIII, la referencia a la isla  desaparece de las cartas de la zona. Lo cual no sería obstáculo para que en una fecha tan tardía como en 1854 el publicista napolitano Pedro de Ángelis reuniera una profusa documentación sobre la fantástica ínsula, reclamando la propiedad para su aventurera persona.

 Balleneros o cazadores anónimos habrían descendido al sur de los 60º con anterioridad durante estos siglos, y se especula con que alguno pudo haber sido el primero en alcanzar el continente austral. Pero el sigilo encubría sus viajes.

También pudo haberlo alcanzado la tripulación del San Telmo, el navío de línea de la Armada española, desaparecido en 1819 en aguas del Estrecho de Magallanes. Los barcos que lo acompañaban lo vieron por última vez en medio de una fortísima tormenta dirigiéndose hacia el sur, "con graves averías en el timón y la verga mayor". Cuando meses después el capitán William Smith arriba a las costas de la Antártida encontró en la isla Livingston los restos de lo que consideró era un buque naufragado frente a la playa. Años más tarde el también británico James Weddell escribiría sobre "varias piezas de un naufragio (...) halladas en las islas del Oeste, en apariencia pertenecientes a un buque de 76 cañones, probablemente los restos de un buque de guerra español perdido cuando hacía el pasaje hacia Lima". Sus tripulantes pudieron haber alcanzado la Terra Australis, inadvertida hasta entonces. Pero ninguno sobrevivió para relatarlo. Años antes una expedición comandada por el francés Yves Joseph de Kerguelan había descubierto a su vez, en un viaje al sur del Océano Índico, el archipiélago de las Kerguelen. El oficial, que nunca logró desembarcar en la costa, envió no obstante una optimista descripción del descubrimiento al Almirantazgo, en la que elogiaba el suave clima y el fértil suelo de unas islas que en realidad no había alcanzado. La expedición posterior del capitán James Cook en 1776 sí logró explorarlas, cambiando el nombre de Kerguelen por el de Desolation Islands. (Una cita tardía, del novelista Julio Verne, que sitúa en el puerto de Christmas-Harbour el inicio de su novela austral "La esfinge de los hielos" comentaría que: "El jefe de la escuadra había creído descubrir un continente nuevo (...) y en el curso de una segunda expedición preciso le fue reconocer su error. Pero créaseme: Islas de la Desolación es el único nombre que conviene a este grupo de trescientas islas o islotes, perdidos en medio de aquellas inmensas soledades oceánicas, turbadas casi continuamente por grandes tempestades australes").

La niebla y los hielos seguían cubriendo las supuestas tierras al sur del paralelo 64º. Los tres viajes del capitán Cook, cruzando el círculo polar, habían desvanecido definitivamente la referencia al inmenso continente de la Terra Australis Incognita. "Sin embargo, bancos de hielo impidieron a sus hombres avistar el continente, que era mucho más pequeño de de lo que se había pensado hasta entonces. Cook tuvo el presentimiento de que se encontraba avistando una tierra cubierta de glaciares". 

En 1904 la Expedición Antártica Sueca desembarca en Grytviken, en las Georgia del Sur, para instalar allí el puerto ballenero que años después alcanzaría el capitán Ernest Shackleton en busca de ayuda para los náufragos de Isla Elefante. Alguien anotó que la Expedición habría encontrado numerosos calderos de los siglos XVIII y XIX, de origen español, que habrían sido utilizados "para fundir la grasa de cetáceos, pinnípedos y pingüinos" durante largas temporadas, de las que no se tenía otra noticia. Se trataba, en palabras del capitán Cook, que había bordeado la isla en 1775, de "una tierra salvaje y horrible".

O Livingston Island, al sur del paralelo 60º, avistada por primera vez por el foquero inglés William Smith, en 1819. Las Orcadas del Sur, por James Shields. O Hope Bay, en el extremo norte de la Península Antártica, descubierta oficialmente en 1902 por la Expedición Antártica Sueca. La cual  figuraba ya en las cartas del ballenero George Powell en torno a 1822. Aunque ninguna otra noticia nos da cuenta de ello...


"Me atrevo a afirmar que nadie osará llegar más lejos de lo que he hecho y que las tierras que tal vez se extienden al sur nunca serán exploradas. Espesas nieblas, tormentas de nieve, frío intenso..., es el aspecto horrible del país, de un territorio condenado por la naturaleza a no experimentar jamás el calor de los rayos solares y a permanecer enterrado bajo la nieve y los hielos eternos" había escrito el capitán James Cook en su diario a raíz de la expedición de 1775 en torno a la hipotética existencia del continente austral.
  
Shackleton y los náufragos de la Expedición Imperial tuvieron que alcanzarlas, después de la pérdida de la nave en el Mar de Weddell. "Todo este tiempo estuvimos bordeando la costa bajo altísimos acantilados rocosos y escarpados glaciares que no ofrecían la mínima posibilidad de desembarcar en ninguna parte", afirma Ernest Shackleton en su relato de la malograda expedición de la Endurance.  Agotados por el viaje en los botes, una vez que el hielo se hubiera abierto, los expedicionarios hubieron por fin de desembarcar en una mínima franja de roca, sin ningún resguardo y alcanzada por la marea alta, para finalmente acampar en el llamado Cape Wild, una playa arenosa de unos 200 ms. al nordeste de la isla.

Este lugar, rebautizado como Point Wild, sería el campamento de los náufragos durante más de cuatro meses. En su cruel cobijo construirían una cabaña con los dos botes restantes y los restos deshechos de algunas tiendas, refugio al que bautizaron como Shuggery.


El resto de la historia es bien conocido. El capitán Shackleton junto a cinco tripulantes emprendería el largo y milagroso viaje de más de 1200 kms. en el bote James Caird por el infernal océano austral hasta alcanzar la factoría de Grytviken en las Georgia del Sur. La prodigiosa capacidad del navegante Frank Worsley - el cual declaraba haberse incorporado a la expedición después de un sueño en el que vio cómo Burlington Street aparecía cubierta por bloques de hielo y él navegaba entre ellos - les permitió llegar a la bahía. Posteriormente tres intentos de retornar a Elephant Island desde las Falkland o desde la costa chilena serían infructuosos, hasta que finalmente el 30 de agosto de 1916  el vapor chileno Yelcho al mando del capitán Luis Pardo lograría rescatar a los náufragos de la isla.

Las memorias de Frank Wild, el capitán al mando del azaroso campamento recordarían después que "como la isla Elefante estaba en el extremo exterior de la banquisa, los vientos que pasaban sobre el relativamente cálido océano antes de llegar a ella la cubrían con una constante mortaja de niebla y hielo". Leonard Hussey, el meteorólogo de la expedición, aludiría también a la isla como "almost continously covered with a pall of fog and snow".

Reginald James, físico de la Endurance, otro de los náufragos de la isla, compondría algún tiempo después un conocido poema, en recuerdo de la jefatura de Frank Wild en el campamento de Point Wild

My name is Frankie Wild-o
Me hut´s on Elephant Isle.
The wall´s without a single brick
And the roof´s without a tile.
Nevertheless I must confess
By many and many a mile,
It´s the most palatial dwelling place
You´ll find on Elephant Isle





domingo, 4 de noviembre de 2012

La muerte de Yorimasa




                              "En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas"
                                                                                               Heike Monogatari


El relato ha sido abundantemente recogido por la tradición japonesa. Lo anota Kato en su A History of the Japanese Literature, así como Minner en su monumental The Princeton Companion to Classical Japanese Literature. Aparece asimismo reiterado en el teatro No, esta vez en forma de reflexión moral, con fantasmas que monologan y padecen de remordimientos antes de desvanecerse. Ha sido profusamente transcrito en la pintura y la iconografía tradicional japonesa. (Recordemos, a modo de ejemplo, los sobrios grabados de Kikuchi Kosai). No lo recoge por el contrario el argentino J.L.Borges que en su  "Historia Universal de la infamia" habría parafraseado, de manera memorable, otro suceso de la época: el relato sobre el Incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Tsuke, sobre un episodio legendario de finales de la época Heian igualmente. (El director Kenji Mizoguchi recrearía a su vez el relato en su película Los cuarenta y siete samuráis en 1941. O, más tarde, Hiroshi Inagaki en su tardía Chushingura - historia de flor, historia de nieve, antes de recluirse él a su vez en su casa en Kamakura).

Entre nosotros el nombre de Yorimasa aparece citado en la antología El pájaro y la flor de Carlos Rubio. Octavio Paz alude al mismo en su ensayo clásico El signo y el garabato. O, posteriormente, aparece recogido en la rara edición de La poesía japonesa en Ávila del profesor Aurelio Espinosa.

Curiosamente en esta última, de donde tomamos las noticias sobre la trágica muerte del samurai Minamoto no Yorimasa, aparece citada la leyenda dentro de un capítulo donde se defiende la práctica de la ocultación como poética esencial. Y el ejercicio casi mudo de la poesía como una tradición, secular y silenciosa, de los poetas nipones. Recogiendo por contra un episodio - el de la muerte del samurái - que vendría a afirmar lo contrario de lo que aquél había defendido anteriormente a través de su peregrino ensayo.

No en vano el profesor Espinosa había comenzado su opúsculo sobre la lírica oriental en las sierras de Ávila - clandestina en su opinión - con la cita del único haiku que Basho había dedicado al monte Fuji:

Lluviosa niebla
que esconde el monte Fuji.
Me voy contento.

en donde toda la celebración del poeta consiste precisamente en no haber alcanzado de ninguna manera el monte, ni siquiera su contemplación.

La escena, como apuntamos, ha sido sobradamente reiterada.

Refugiado en el templo Byodo-in, en Kyoto, tras la batalla de Uiji en defensa del príncipe Michohito, el ya anciano samurai Yorimasa solicita a su joven acompañante, el también samurai Tonao, que lo decapite, para evitar el deshonor de caer en manos del ejercito enemigo. Éste, como se sabe, está comandado por Kiyomori, general de los Taira, ancestrales rivales de los Minamoto.

El Heike Monogatari, el inagotable relato épico de las luchas entre los dos clanes, recoge la escena.

" Yorimasa, una vez que estuvo en el interior del templo, llamó a Watanabe Yojitsu Tonau y le ordenó:

- Córtame la cabeza.

Pero Tonau, afligido por esta orden, se mostraba incapaz de cortar la cabeza a su señor, aún vivo. Así que, con lágrimas amargas, le dijo:

- Señor, no soy capaz de hacer tal cosa. Pero os prometo hacerlo después de que os quitéis la vida.

- ¡Claro! Te entiendo -contestó Yorimasa. Y volviéndose al poniente entonó diez veces el "Busco abrigo en Amida" en voz alta. Después, recitó con infinita tristeza un poema de despedida. Esto decían los versos:

Planta enterrada
que jamás floreció.
Así de triste
mi vida fue; y, sin dar fruto,
ahora termina.

Tras decir estas palabras, se clavó la punta  de su espada en el vientre, inclinándose hacia delante para ser bien traspasado, y exhalar así el último suspiro".

Esta tradición del zeppitsu o última pincelada no era inhabitual en la poesía japonesa, apunta el profesor Espinosa en su enigmática obra. Antes de pasar a dar cuenta, en capítulos posteriores, de una rebuscada teoría sobre la presencia secreta de la lírica oriental en las tierras de Ávila, de una forma secular e, insistimos, casi clandestina.


lunes, 29 de octubre de 2012

Esperando a los bárbaros



La escena, formidable, aparece en un documental americano - de la NBC, probablemente - sobre el final de la Segunda Guerra Mundial.

Verano de 1945. Después de la rendición del Japón, y de la explosión de las dos bombas nucleares, las tropas de Mac Arthur comienzan a desembarcar en la isla de Kiushu. Están cansadas, después de meses, de años de guerra en el Pacífico. Viajan en camiones, apelotonados, limpios, indiferentes a todo lo que les rodea. Son los últimos días, los trámites finales de una batalla que ha costado millones de muertos, de heridos, de desplazados, de refugiados sin nombre. Con las tropas viajan varios periodistas. Su misión será la de dar cuenta del estado de los damnificados de Hiroshima y Nagasaki, en un intento, infructuoso, de rebatir las teorías sobre los terribles efectos de la bomba meses después de la explosión .El Emperador ha anunciado, en una locución transmitida por la radio a un pueblo atónito, la rendición del Japón. No ha renunciado al trono, pero sí a su condición divina.

Los vencedores cruzan un pueblo sin nombre, de casas bajas. No miran a ninguna parte, ensimismados en su apresurado destino. Solitario, un anciano mira pasar los camiones, los fusiles, las cámaras. De vez en cuando se inclina y saluda solemne y silenciosamente a las tropas. En el pueblo no hay nadie más.

No sabemos nada de él. Su rostro no refleja ningún sentimiento. Sino la exactitud de una cortesía, milenaria y sosegada, que repite en silencio, escrupulosamente.


viernes, 26 de octubre de 2012

El paisaje de la costa




De entre todos los escenarios de la desolación, uno me tiene particularmente fascinado, cada vez que cruzo por él. Yendo por la autopista de Alicante a Benidorm, la margen derecha, la que da al mar, está regularmente edificada. Hay urbanizaciones a intervalos, chalets sobre las colinas, torres en las playas, que se divisan a lo lejos, sobre las curvas de la autovía.

La margen izquierda, hacia el interior, está cubierta por los montes ralos, de caliza gris, que forman el paisaje de la costa al sur de Calpe, desde las huertas de Polop hasta las playas de Almería, y hasta el Magreb, enfrente. Quedan en las laderas yertas los restos de un antiguo bancal de piedra, el esqueleto de un almendro reseco, el tronco sinuoso de alguna olivera. Nada más. Las ramblas de arena y guijarros cortan las colinas, y descienden, secas, hasta el mar. A lo lejos, las paredes de algún antiguo alfaz, en el campo, abandonado ya. Una palmera solitaria marca su ubicación, el recuerdo de la arcaica explanada frente a la casa.

En algún momento, en plena euforia urbanística, alguien decidió construir también en aquellos lugares insólitos. De vez en cuando, en las laderas sobre las ramblas, se ven chalets abandonados, jardines que nunca llegaron a prosperar, un camino de tierra que asciende, sinuoso, por el monte y lleva a un bungalow perdido en lo alto.

En una curva de la autopista, en un bancal, se encuentran tres chalets apartados. Sobre la roca, alguien los construyó rayando el terraplén de la carretera, escondidos en el fondo de una gavia. Detrás de ellos, el monte, la escarpada ladera de piedra. Delante, la autopista, el alto muro de asfalto y metal que los cubre desde arriba. Nada más. El sol, omnipresente, que se yergue en lo alto. Alguna tarde, al pasar, hemos divisado una luz incierta en uno de ellos, que se apagaba al rato. Quién vivirá allí, comentó alguien. Qué crimen ignoto, enorme, se ha podido cometer en aquel lugar, pensamos luego.


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Los restos de los bancales, en la autopista, como una antigua señal, el signo, ya apenas legible, del antiguo paisaje de la costa.

La ocupación de las laderas, del monte arisco, por los bancales, por las terrazas de piedra, como un ejercicio - laborioso e interminable - de apropiación de un escenario, hostil y agreste, por los habitantes de la costa.

Sobre los bancales, aterrazados, se disponen los olivos, los almendros, las garroferas en un fatigoso trabajo, que todos los años tiene que recomponerse para evitar el derrumbe de los mismos, comenzar de nuevo la tarea de sembrar en una tierra que de siempre fue pobre, y árida, y trabajosa.

Los bancales suponen la ocupación de todo el escenario, la apropiación de la tierra. En el centro, sobre algún difícil terraplén, se elevaban los alfaces, las casas de las posesiones, de las fincas del interior.

Son nítidas, elevadas, rectas. En la planta de abajo se encuentra la almazara, el almacén para la oliva o la almendra. La entrada amplia para los carruajes o el desván de los aperos. Cerca, se encuentra el agua, una alberca. En la primera planta, las habitaciones, una terraza a veces, la chimenea. Un ciprés o unas palmeras señalan la ubicación del alfaz a lo lejos, cumplen un cometido simbólico, en medio de la tierra sin señales, seca.

En el extremo del simbolismo, en las fincas nobles, en una esquina se elevaba el oratorio, señalado por una pequeña cúpula de tejado cerámico. En otros, en el extremo de la casa, la capilla, una cruz en lo alto. El territorio había sido finalmente ocupado, de lo ajeno a lo propio, por medio del esfuerzo, del trabajo del mismo. La capilla marca el punto final de la ocupación, se dirige, finalmente hacia su sentido: en otro lugar, trascendente, ya a lo lejos.


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En un viaje en tren, por la costa, de Altea a Alicante, éste, el Tren de La Marina, cruza por incontables urbanizaciones, hoteles, apartamentos escalonados, adosados sobre la costa, en la playa. La mayoría ahora están vacíos. En la ventanas, el cartel de "Se vende". Un teléfono, el nombre de una inmobiliaria acompaña los letreros a veces.

Al regreso, por la noche, las misma urbanizaciones, los mismos carteles. No hay apenas luces en las ventanas, no cruza nadie por las calles, el camino de las urbanizaciones, el paseo de de la playa de San Juan. Y uno piensa en un escenario ausente, terminal, en el que sin duda alguien ha tenido que cometer un crimen, en algún momento, y luego se pierde en una carretera hacia el interior. Pasa los años en el olvido, ya. Nunca va a ser descubierto.


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A la entrada a Benidorm, bajo la autopista, el aparcamiento vacío de unos grandes almacenes, unas naves sobre solares con chatarra, un camino industrial  que termina enseguida y no lleva a ninguna parte. Terraplenes con cardos y furgonetas abandonadas. Por detrás del aparcamiento, se abre la tierra de nadie, una escombrera reseca con las vallas rotas, un almacén cerrado.

El espacio moderno crea esta tierra de nadie, desechada, ausente. Un territorio sin marcas ya - excepto los carteles de la autovía, las flechas del aparcamiento, los luminosos del centro comercial... Alrededor no hay nada. Un espacio sin signos, sin ritual.



lunes, 24 de septiembre de 2012

Las fiestas tardías



Los veraneantes ya se han ido. Esta mañana José, el del bar de la plaza, estaba poniendo las mesas para la terraza, bajo los soportales del Ayuntamiento.

- ¿Para qué pones las mesas, José?
- No lo sé. Como todavía hace buen tiempo...

No va a sentarse ya nadie, comentamos. En el pueblo, la Fuente, no han quedado sino los habituales, los que se encuentran todos los días en invierno. No evocan de ninguna manera la imagen de gente sentada en una terraza viendo pasar la tarde .

Carmen, la del local de al lado; Fátima, la del bar Las Palmeras, también están colocando sillas y mesas. Producen una sensación ciertamente melancólica, en la mañana de septiembre. La iglesia está abierta, enfrente, y de ella salen dos mujeres mayores, con velo. Debe de ser una misa de cabo de año, suponemos, porque no ha habido ningún toque de campanas, de los que anuncian un funeral reciente.

No sale nadie más y las puertas se quedan abiertas.

No cruza ningún vecino por la calle. Entre el bar de José y el de Carmen, en los soportales, hay una cancela pequeña, de madera, que está cerrada casi todo el año. Casi nadie la advierte y así permanece, inadvertida, toda la temporada. Es la puerta de los chiqueros, señaló alguien, para la fiesta. De ahí sacan los novillos, las vaquillas que en el día del Corpus se lidian en la plaza. Nos aventuramos a imaginar lo que habrá dentro, detrás de su ajada apariencia. Habrá un cuarto oscuro, un corral sin luces, un pequeño almacén entre las casas. No sé por qué imagino cajas de cerveza , unos sacos en la pared, que no se sabe qué contienen. En la fiesta ahí se enchiqueran los erales, las vacas. De ahí salen al ruedo luego, al precario coso de carros y remolques .

En el bar, el de José, hay en la barra unos tipos con un mono azul, de trabajo, una secretaria de la oficina de al lado, que baja todas las mañanas a tomar algo, dos jubilados que pasan el rato en silencio . En el local tienen la prensa diaria, siempre. También una revista de toros. Sobre el mostrador, hoy hay unos programas con los carteles de las fiestas de Tamames, la novillada y los encierros para el fin de semana. Frente al largo invierno que se aproxima semejan, de repente, algo así como un anuncio de feria, una vaga celebración en medio de los cortos días del campo, de la sierra en concreto.

Tamames está en un alto, al principio de los montes. Detrás de los restos del antiguo castillo, de la torre de la iglesia y del caserío del pueblo, se alzan ya los riscos, los robledales de invierno. Dicen que este año los bueyes para el encierro van a ir sin cencerros, en señal de luto por la muerte de J., antiguo dueño de aquellos. Nos lo comentó, en la tienda, su cuñada. Situada en la calle mayor, allí venden cabezadas, estribos, sillas vaqueras. Suele haber una tertulia en el interior, y de vez en cuando N. sale al bar de enfrente  y regresa con cafés, con cervezas con las que nos obsequia. No sé si vende mucho. Siempre hay gente en ella.

Era aquella, el silenciar los cencerros, una costumbre antigua, que algunos habíamos leído en libros de historia de las fiestas tradicionales, o en unos reportajes sobre cabestreros viejos que publicaron en Sevilla hace algún tiempo, en una revista que hablaba sobre ganaderías antiguas. Aquí, alguna vez se lo habíamos escuchado a alguien, que citaba el ritual de quitar el badajo a los bueyes cuando fallecía el ganadero, en señal de luto. Para los encierros de este año se va a mantener la tradición, según parece.

Ya en el pueblo otros comentan sobre el cambio del recorrido habitual, en donde los cabestros antes bajaban de la sierra y entraban por la carretera alta para llegar a la plaza. Era un itinerario muy difícil, según cuentan, porque los toros tenían la tendencia natural para escapar al monte, y el encierro transcurría durante mucho tiempo entre fincas abiertas y laderas con peñascales y carrascos.

Ahora se encierra desde la dehesa del pueblo, rodeando las calles por el sur, para entrar en las casas dando la vuelta hacia la sierra otra vez, con lo que se aprovecha la querencia natural del ganado a escapar hacia lo alto, de nuevo. Desde la entrada a las calles además el recorrido está vallado, con talanqueras altas que protegen el camino. Se ha suavizado el salvajismo de antes, lo abrupto y abierto del recorrido antiguo, como comenta alguien. Pero esto es algo que está ocurriendo en todas partes.

La gente en los bares habla de ir al encierro el lunes próximo, a la novillada del martes. El tiempo se ha nublado y sopla un aire serrano que mueve los árboles y las antenas en las calles. Pero no trae lluvia, que se retrasa siempre.

Hay algo melancólico en estas fiestas. Cómo no van a serlo, si ya se ha terminado el verano, el pueblo se yergue, soterrado sobre el monte oscuro, y la fiesta se celebra en torno a los toros, ritual sacrificial y antiguo donde los haya. S. me comenta luego que este año, de todas formas, van a bajar desde la finca suya, ya en el monte. Desde allí arribarán, de buena mañana, a la dehesa y de ésta por las calles, hasta la plaza, donde se han instalado las talanqueras, los tablones para los tendidos. Después, cuando acabe la fiesta, los novillos volverán a la finca, en lo alto de la sierra. S. me invita después a salir a buscar los toros, a encerrar con ellos.

De la sierra venían las sombras, pensamos. El pueblo, Tamames, en el límite entre los llanos del Campo Charro y la montaña, era el centro de la comarca. Hacia acá, las fincas llanas, los encinares, los sembrados, los campanarios a lo lejos. Más allá , hacia el monte, comienzan las tierras oscuras, las laderas sombrías, los riscos de piedra. Del monte bajaba, sigue bajando, el lobo en invierno. Desde la sierra las sombras se ciernen sobre el campo, abajo.

De la montaña van a bajar este año los novillos, para encerrarlos durante la fiesta, en el pueblo. Cuando ésta acabe, volverán al monte, a la sombra de donde surgieron. Melancólica fiesta en la que, sólo por un momento, el de la celebración, se domará lo oscuro, la fuerza, la bravura ciega. Los vecinos lo celebrarán, invitarán a los caballistas, beberán vino, censurarán a los que han dejado escapar las reses, correrán los toros después, comentarán el encierro. Después, aquellos, los toros, retornarán al monte, a lo alto de donde surgieron.








Boulevard

Café de Flore.  Saint-Germain-des-Prés.

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