De los "Cuadernos de Guarda" de Antonio de Andrada
" Visita de B. a la finca de Sao Miguel. Está realizando, comenta, un recorrido fotográfico por los pueblos de Beiras. El Instituto Luso de Comercio le encarga un reportaje turístico sobre el Alto Duero y ella elige, no sé por qué, la Serra da Estrela.
Nos acercamos a
Guarda. En un puesto del mercado compramos unos quesos de Gouveia. Más tarde en un
comercio inmediato un vino del Dáo y un pan
oscuro, como de centeno, con algo de horno de pueblo aún. A las afueras del mercado hay unas furgonetas con olor a pollo asado, una camioneta con churros, tenderetes con ropa usada... La gente de los alrededores se agolpa en los puestos. En la fría mañana surge de estos un humo denso, con olor a aceite y sardina quemada, que invita a los paisanos a acercarse. B. se empeña en pedir aguardiente de Covilha. Unos hombres de negro la miran, un tanto extrañados. No dicen nada. Subimos después a la ciudad alta, al otro lado de la muralla.
B. quiere conocer la judería de Guarda, lo que queda de ella. Sólo las casas miserables- le advierto. Las quintas de
alrededor de la plaza del Museo, antes de acceder por el arco de piedra a la
ciudad medieval, poseen en cambio la fascinación de una vida provinciana, un tanto
antigua ya, con verjas de hierro sobre la calle, un pequeño patio interior cubierto de hojas, una ventana con visillos, a través de la que se
adivina el interior sobre la acera y unos aguamaniles de vidrio
pálido. No sé por qué imagino, dentro, una gastada enciclopedia, unos tediosos manuales de agricultura que no se abren ya nunca.
Hace una mañana fría y lluviosa y la gente se resguarda en el café moderno de la plaza, con mantecados de hojaldre en el
mostrador y un artefacto con luces de neón de donde surge una música
insistente. Por la calle cada vez cruza menos gente.
En la plaza de la catedral, en la
mesa del café donde nos sentamos, comienza a alcanzar el frío también. La niebla sube desde el valle
y la ciudad moderna, abajo. Siempre hay niebla en esta época, le advierto a B. Me gusta para la fotografía, responde ella. Me gusta lo velado, añade. Pero no saca la cámara, que lleva, con profusión de objetivos y trípodes, en una bolsa al hombro.
Marchamos al poco. La terraza se ha quedado vacía. Entonces nos acercamos a la iglesia, que todavía tiene la puerta abierta.
Marchamos al poco. La terraza se ha quedado vacía. Entonces nos acercamos a la iglesia, que todavía tiene la puerta abierta.
En la nave gótica, entre las sombras, se atisban los grandes
muros de piedra oscura, unas capillas neoclásicas sobre el transepto, un antiguo ábside
tardorrománico en un extremo. El templo está en silencio. Las pesadas pilastras,
macizas, sostienen una bóveda que se adivina en lo alto. La oscuridad apenas permite adivinarla. Todo en la iglesia
sugiere un día de invierno, el rezo monótono y triste de las mujeres enlutadas en
los bancos de la nave, el rito repetido por la tarde, mientras afuera cae la noche sobre Guarda y ya no camina nadie.
En un momento dado ha entrado alguien
en la catedral. Es un hombre ya mayor, con un sombrero de la sierra que deja, torpe, en las manos. Se sienta en un banco frente al altar, comienza a rezar en voz
baja, no mira a ninguna parte.
No se oye nada en la iglesia, no llega ningún ruido de la calle. Yo pienso entonces en la conversación del hombre
con lo sagrado, una plegaria reiterada y única que no obtiene en el templo esa mañana respuesta
desde la otra parte. Pienso también que quizás ésta, la oración a la divinidad,
el rezo sin respuesta, sea la única conversación posible –la
respuesta demorada para más tarde, siempre.
Luego abandonamos la catedral y
bajamos a comer. Por las calles estrechas que descienden desde la plaza vamos al restaurante
de siempre, la taberna de Augusto frente a la iglesia de San Vicente. En el restaurante tradicional de la ciudad los cristales velados no dejan adivinar, desde la pequeña glorieta, la cálida sala adentro.
B. no ha sacado ninguna fotografía. En su lugar ha tomado unas notas en un cuaderno viejo, me pregunta por los edificios que vamos viendo, en un paseo ya sin rumbo. Uno es un viejo almacén de maderas, le señalo; otro una antigua cochera de autobuses; una fonda tradicional más allá; unos billares al lado de la taberna... Están todos cerrados desde hace mucho tiempo. "
- De Antonio de Andrada Cuadernos de Guarda Ediciones da Estrela, Portalegre, 2006.