viernes, 14 de agosto de 2026

Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre toda la ciudad. Al volver por la noche, ya de madrugada, el calor no se había movido de allí. Apenas las drizas en un mástil se agitaban, levemente, y desde el muelle se escuchaba un tintineo metálico sobre los barcos. 

Habíamos vuelto a la costa. Conocía el día sin viento, el sopor que se cierne por encima de la ciudad, desde la primera mañana. Había sido el verano durante tantos años. Cuando una indiferencia infantil nos hacía recorrer las calles en el pueblo, vacías a esa hora del mediodía, y alcanzarnos hasta el café de los helados de la carretera. Conozco este lugar, pensé. Y también pensé en quién habría recogido el día sin matices, el tiempo inmóvil y como ausente del verano, su escenario repetido allá en la costa, en el Mediterráneo; en qué mares del sur.


Estos días he estado releyendo unos relatos de Rudyard Kipling. Son narraciones sobre sus recuerdos de una India aún británica. Al sur, se extienden las regiones del monzón. Al norte, más allá de la cordillera del Himalaya, las tierras de los montañeses salvajes, inalcanzables, algunas comarcas que ni siquiera los mapas recogen. A ellas se dirigirán, en un relato inolvidable, los trotamundos Daniel Travot y Peachy Carnehan, los protagonistas desmesurados y precarios de "El hombre que fue rey". Es un territorio, Kafiristan, que la interminable contienda, el "Gran Juego" entre el Imperio ruso y el Británico no ha alcanzado. Más allá de las cumbres, de los últimos fuertes de las tropas de Su Majestad, las trágicas expediciones de Elphistone, de la retirada mortal de Kabul, en su intento de abarcar también el país de los afganos. Al otro lado, en las montañas sin nombre, aún un par de vagabundos podían alcanzar su sueño - aunque éste fuera efímero también.

En algún otro relato de Kipling aparece de pronto el calor como escenario del mismo. Es un calor bajo un cielo amarillo, el polvo que inunda las mansiones, los árboles muertos, inconcebible. Si al fondo del verano en el mar latino aún luce un cielo azul, que humaniza el estío, esta tiniebla inmóvil que cubre el día en la India sugiere un lugar impensable, en donde una sombría maldición ha caído sobre las mañanas. Y hemos cruzado al otro lado de algo, sin darnos cuenta. En su escenario indescriptible tienen lugar algunos acontecimientos, unos sórdidos sucesos que a este lado no hubieran sido posibles.

"Al este de Suez, afirman algunos, cesa el control directo de la providencia: allí el hombre es entregado al poder de los dioses y demonios de Asia y la Providencia de la iglesia de Inglaterra sólo ejerce una supervisión ocasional, y modificada, en el caso de los ingleses" -había escrito el novelista al inicio de uno de sus relatos. Al comienzo de "La marca de la bestia", en concreto. En un volumen de cuentos sobre el Imperio -Cuentos de las colinas- me encuentro de nuevo con alguno de estos relatos: un suceso oscuro, una suerte de antigua maldición que se repite, sólo posibles en ese tiempo enfermizo, impensable, del calor en la India. No lo encuentro ahora, pero recuerdo otro relato, "La puerta de las cien penas", sobre un fumadero de opio en unas calles que nadie encuentra, un portal escondido en un pasaje de Calcuta. Estaba al otro lado, también.


El calor existía, desde luego, en un relato clásico sobre el mismo. En El Extranjero de Camus, donde un malestar incurable, una permanente extrañeza presidía todo el relato - y yo recordaba un puerto argelino, el vacío que nombraba las calles desiertas. Pero no era una novela, ni un autor, que deseara releer. La presunción de una época, la seguridad con que sus protagonistas - los intelectuales del existencialismo- lanzaban sus definiciones sobre su entorno; la propia figura del intelectual como profeta ateo en el foro, su malestar continuo, no eran lugares a los que añorara volver. Ni a los muelles despoblados de Argelia. No sé en qué cajón estará ahora la novela.


El calor había aparecido al fondo de un cuarteto inolvidable - porque lo leímos en el tiempo en que aún eran posibles las revelaciones- el Cuarteto de Alejandría, del angloindio Lawrence Durrell. Al fondo de la ciudad enfermiza, polvorienta, se extendía el lago Mareotis, en donde tenían lugar alguno de los sucesos más dedichados de la misma. Y de donde se levantaba el viento Khamsin, que aplastaba a la ciudad bajo su desdicha. ("Símbolos de Alejandría - escribía el novelista en alguna parte-: un lago muerto, de agua salobre rodeado de un silencioso, incalificable e inocente desierto que penetra en África bajo una luz mortecina"). 

La imagen del calor, pensé luego, había surgido en algunas páginas, que aún recordaba, de las memorias del príncipe de Lampedusa sobre su Sicilia natal. En concreto en las inacabadas notas sobre sus lugares familiares, -incluidas en I racconti- en donde describía el viaje anual desde Palermo a la villa de Donnafugata. (A Santa Margherita di Belice, en realidad). Era una descripción sobre un viaje estival por una isla agostada por el calor, que cualquier viajero del Mediterráneo podía reconocer al instante.

Repetiría esta descripción en su única novela, Il Gattopardo:

" (...) Durante horas atravesábamos el paisaje bello y tremendamente triste de la Sicilia occidental: creo que aún era el mismo que habían encontrado los Mil al desembarcar -Carini, Cinisi, Zucco, Partinico; después la vía bordeaba el mar, los raíles parecían estar sobre la arena; el sol, ya ardiente, nos asaba en nuestra caja de hierro. No había termos y en las estaciones no cabía esperar refresco alguno; después el tren cortaba hacia el interior, entre montañas pedregosas y trigales ya segados, amarillos como melena de león. A las once, por fin, llegábamos a Castelvetrano, que entonces distaba mucho de ser la pequeña ciudad coqueta y ambiciosa de ahora: era un pueblo lúgubre, con las alcantarillas al aire y los cerdos paseándose por la calle mayor; y millones de moscas. En la estación, que ya llevaba seis horas achicharrándose al sol, nos esperaban nuestros dos coches, dos "landaus" a los que habían puesto cortinas amarillas".


Hay un ardiente, estéril verano siciliano, que el novelista recrea sin paliativos. Luego, vuelvo a leer Il Gattopardo y encuentro que toda la novela es una elegía. A despecho de algunas críticas posteriores que aludirán al relato como un ejercicio de sagacidad política y ambigüedad nobiliaria. Todo lo que la novela describe -los palacios, los caminos por el yermo, los jardines secos y heráldicos, las vajillas o los bailes crepusculares en Palermo- está destinado a desaparecer desde el instante de su aparición en la novela. Incluidos el príncipe de Salina y sus vástagos, y las costumbres, y las mansiones de su aristocrática familia.

Una inacción especial, un largo sueño que alcanzaba a toda la isla. "El sol, que todavía estaba muy lejos de alcanzar su máxima intensidad en aquella mañana del 13 de mayo, revelábase como el auténtico soberano de Sicilia: el sol violento y desvergonzado, el sol narcotizante incluso, que anulaba todas las voluntades y mantenía cada cosa en una inmovilidad servil".


Estos días -el bochorno que desciende de la sierra, quizá- he vuelto a leer a Faulkner. Buscaba su minuciosa recreación de un escenario a su manera también aristocrático. Si bien aquí la aristocracia carece de emblemas y pervive precariamente entre los muros despintados de alguna vieja mansión colonial, casi derruida entre los campos de algodón. O en el orgullo de algunos personajes a trasmano que, apartados y absortos, aún recrean un relato familiar de plantaciones interminables, bailes meridionales y esclavos de color en medio de su alcoholismo y sus ropas remendadas, únicas posesiones que les quedan. El relato que releí al final, en otro volumen que sus "Cuentos completos" por contra, no era el del lento verano de las tierras del sur. Sino un cuento también crepuscular, localizado en el otoño, "El otoño del Delta", que recoge entre otros Richard Ford en su excelente antología sobre "El cuento norteamericano". 

Es un relato memorable sobre el otoño: el del Delta, el del antiguo paisaje cenagoso y perverso del sur. Pero también el del otoño del protagonista, el viejo Mc Caslin. Y la recreación de una antigua memoria, que todavía podía hablar de un escenario, fatigoso y salvaje, cuya supervivencia ya se anunciaba condenada. (Y con la ocupación de los pantanos y los cañaverales abrumadores, y de las mansiones abandonadas, el final de la mitología de una aristocracia sureña definitivamente enfangada en sus tórridos sueños).


Quien sí recrearía un verano inconcebible, "al sur del sur", más allá de Nueva Orleans, sería la novelista Eudora Welty - que "había nacido en Jáckson, Mississipi" según anota su biografía- en su relato No Place for You; My Love -que también incluye Richard Ford en su minuciosa antología. Lo había leído hacía tiempo y volví a retomarlo, con la sensación de un descensus ad inferos renovada.

Un calor mitológico; una humedad formidable; la extensión de un paisaje indefinible. Entre marismas, humedales, brazos del río que se confunden con la orilla; animales en el pantano; rumores en el bosque, casas entre los cañaverales... Al sur de Nueva Orleans todavía es posible proseguir el viaje, más allá de la ciudad, en torno a un territorio que se adivina como el límite. Y en esta búsqueda escéptica y un tanto adormecida, sus protagonistas emprenderán un viaje que les llevará hasta el extremo: hasta un sur que estaba, todavía, más allá del sur de donde habían partido.

"Estaban cruzando más terreno baldío, poblaciones cada vez más escasas e insignificantes. Debajo de todo había agua, incluso donde habían dejado en pie un muro de selva, se oían chapoteos bajo los árboles". En su periplo cada vez más dificultoso alrededor de un límite que se les escapa, rondará también la tentación de una historia sentimental. Que, entre el bochorno y la incredulidad, se evade igualmente. (En su viaje al otro lado del río encontrarán un lugar formidable, "El local de Baba", un cobertizo con farolillos, cazuelas de camarones y música de la máquina de discos, donde se reúnen los vecinos que surgen de la niebla, con algo de lugar mitológico, al límite de las islas, último puerto homérico antes del naufragio. Las nubes de mosquitos inundan el cielo mientras algunas parejas se dirigen hacia el baile entre los farolillos).

Los protagonistas regresarán al fin, escépticos y distantes, a un Nueva Orleans, que se adivina como el postrero recinto urbano -y dotado de leyes y avenidas y semáforos- frente al Delta. Antes, habrán arribado por un instante a su extremo.

"Después de dar marcha atrás entre las tumbas, él siguió conduciendo hacia el sur al atardecer. Alcanzaron a un anciano que andaba con paso ágil en su dirección, él solo. Llevaba una camisa limpia con un par de palmeras verdes estampadas en el pecho, y señaló el coche con gestos circulares.

- Están llegando al final del camino- les dijo. Señaló hacia delante, se ladeó el sombrero hacia la señora y volvió a señalar.- Fin del camino".




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