miércoles, 7 de octubre de 2026

Los viajeros melancólicos

En algún momento, hastiado de la vida en Europa, el joven Rimbaud habría de repetir de nuevo el deseo de alcanzar un Oriente que se había anunciado tantas veces como el lugar del sueño, lejos de la vida en las ciudades que se le antojaba angosta, mediocre, ramplona. En un poema temprano, Crimen amoris -que otros atribuyen a Verlaine- había hablado del anhelo de: "El palacio de Ecbatana, los tapices de seda y oro, los jóvenes pajes, la fiesta de los siete pecados capitales".

Oriente era, desde su dibujo en el siglo XVIII, el otro lugar, más allá de lo cercano. Una crónica sobre el Salon de París de 1834 nos cuenta de la profunda impresión que el cuadro "Place de l´Eskerbieh", una representación de una plaza de El Cairo realizada por el pintor Prosper Maillart, había despertado en Théophile Gautier. "Gautier escribiría impresionado que el lienzo le había despertado "la nostalgia del Oriente en el que nunca había puesto el pie". Jules Renard, que al regreso de París no habría de salir ya de su región natal de Nievre, escribiría por las mismas fechas:

"Al atardecer, es como si, allende nuestro horizonte, comenzaran los países quiméricos, los países áridos de la Tierra de Fuego, los países que nos hacen soñar, cuya evocación nos embruja y que son paraísos a nuestro alcance, Egipto con sus gigantescas esfinges, Asia y sus misterios, cualquier cosa que no sea nuestro pobre, limitado, raquítico y triste mundo".

(En su Invitation au voyage Baudelaire había enunciado el término del viaje:

Lá tout n´est qu´ordre et beauté

Luxe, calme et volupté ).

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La ira del joven Rimbaud lo abarcaba todo a su alrededor: la burguesía, su familia, la iglesia, la provincia, los acuerdos, el horizonte cercano, los lugares acostumbrados... En Une Saison en Enfer, escrito en 1873, a su regreso de los dramáticos días de Bélgica y de su precaria estancia en Inglaterra, había anunciado:

"Que las ciudades se iluminen al atardecer. He cumplido mi jornada: abandono Europa. La brisa marina me quemará los pulmones; los climas remotos me atezarán la piel (...) Regresaré con los miembros de hierro, la piel oscurecida y la mirada furiosa: a juzgar por mi máscara, pensarán que soy de una raza fuerte. Tendré oro". (En otro lugar había afirmado, previamente: "Retorno a Oriente, a la primigénea y eterna sabiduría").

Después de Bruselas y de su ruptura con Verlaine, y antes de iniciar su peregrinaje por las costas del Mar Rojo, Rimbaud había regresado brevemente a París. Una cita del poeta Albert Poussin, recogida en la minuciosa biografía de Enid Starkie, recordaba:

"El poeta Albert Poussin cuenta cómo el 1 de noviembre de 1873 vio a Rimbaud sentado en el Tabourey, un pequeño café literario donde Verlaine y él habían pasado juntos muchas veladas alegres. Era un día festivo y el local estaba lleno de escritores que hablaban animadamente. Nadie se acercaba a Rimbaud, hundido en la más profunda desesperación, aunque la mayoría de los presentes debían de conocerlo al menos de vista, porque su rostro era de esos que no se olvidan fácilmente, incluso aunque hubiera carecido de notoriedad".

Su deriva, a partir de 1876, incluiría un primer intento de alcanzar Rusia, en el que no pasa de Viena. Un posterior alistamiento en el ejército holandés para viajar a Java, que culmina en una inmediata deserción, y el regreso en un barco de mercancías a Inglaterra; o un viaje frustrado a Alejandría a continuación. Vuelve más tarde a Alejandría y a partir de aquí se iniciarán sus ocupaciones comerciales y trabajos contables -y de tráfico de armas- en torno al Delta del Nilo y el Mar Rojo. En principio en Chipre, donde trabaja como encargado de unas excavaciones; más tarde en Adén, un puerto frente al estrecho de Bab-el-Mandel, como responsable de un almacén, hasta que por fin consigue un contrato en Harar, en el interior de la meseta de Etiopía. 

Desde Adén, en torno al proyecto de un nuevo viaje, escribirá: "Cerca de aquí está la triste colonia francesa de Obock, donde ahora intentan hacer un establecimiento pero creo que nunca harán nada. Es una playa desierta, quemada, sin víveres ni comercios, solamente válida para los buques de guerra que van a China y Madagascar". El exotismo, después de otro viaje lamentable a la aislada Harar, en donde pierde sus últimos ahorros en un torpe comercio de tráfico de armas, no se había extinguido por completo detrás de las desérticas costas del Mar Rojo. Porque, poco antes de que en sus cartas comience a repetir su deseo obsesivo de retornar a Europa, aún apuntará su intención de escribir sobre aquéllas. "Las vistas de estas regiones ignoradas y la singularidad de sus personajes se deberían vender bien en Francia". Una remota noción del exotismo que aún supone permanece en los lectores franceses le había animado a ello. (Pero no consigue el contrato de corresponsal que esperaba). De toda su estancia en las costas del Mar Rojo apenas habrá escrito un breve relato de la desafortunada expedición a Tadjoura, que edita en "Le Bosphore egyptien", una publicación local de El Cairo. En algún momento había empezado a tomar fotografías de Adén y sus alrededores, que envía en sus cartas a la familia: imágenes planas, descriptivas, que habían renunciado a todo discurso sobre los escenarios de las mismas.

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Una larga tradición literaria, desde las primeras descripciones del Ponto Euxino -y de los remotos escitas al norte- por parte de Herodoto en el libro IV de sus Historias se habría mantenido durante todos esos siglos en Europa (y los aún más remotos arimaspos, "último pueblo septentrional" antes de los extremos hiperbóreos, en los relatos del mago Aristeas de Proconeso y sus Cantos arimaspeos).

"Questi vaiggiatori che penetravano nell´Asia colla mente piena di ricordi letterari, di fascini fiabeschi e delle sfolgoranti visioni di Bizancio e che nelle dure esperienze dei loro interminabili percorsi trovanano sconfinti deserti e impervie catene di aride montagne in ciu viveva miseramente una popolazione scarsa, nomade e semiselvaggia, si appresevano avidamente a queste apparenze di falso lusso che ricordavano de lontano le immaginarie magnificenze dell Oriente, difusa nella letteratura volgare che non si stancava di descriverle e di magnificarle", apuntaba el historiador Leonardo Olschki en su Storia letteraria delle Scoperte Geografiche editada en Firenze en 1937.

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Pero en algún momento del siglo acaece también la desilusión. Había aparecido antes, en el encuentro melancólico del viajero Chateaubriand, de camino a Tierra Santa, con la legendaria ciudad de Alejandría: "Alejandría me dio la impresión del lugar más melancólico y desolado de la tierra. Desde la altura de la casa del embajador no distinguí sino un mar desnudo que rompía en unas costas bajas aún más desnudas, puertos casi vacíos y el desierto líbico que se perdía en el horizonte de mediodía". O, más tarde, se repite en las descripciones que el fugitivo Rimbaud, huido de Europa y de la literatura, efectúa sobre la ciudad de Adén en sus cartas: "Adén es una roca espantosa sin una brizna de hierba ni una gota de agua potable: bebemos agua del mar filtrada. Hace un calor abrasador, sobre todo en junio y septiembre, que son época de canícula". (Años más tarde, la escritora Anne Marie Schwarzenbach, de regreso de Bombay, escucha a un viajero del mismo barco que comentaba: "Mañana estaremos en Adén. Un pueblo de mala muerte. No hay nada que ver, no tiene una brizna de verde, ni un templo, ni un monumento, ni un restaurante decente; el bar del hotel Crescent es de chiste; los precios, inauditos; el clima, espantoso. No vale la pena bajar a tierra"). Pero también en las notas posteriores del extenso, y un tanto solipsista, viaje del escritor francés Michel Leiris con la Misión Etnográfica Djakar-Djibuti de Marcel Griaule en 1931. "Al salir de Sennar, pasamos el dique del Nilo Azul. Paisaje industrial de locomotoras, grúas, calderas, viejas máquinas y vastos edificios; después una comarca cada vez más árida y llana y requemada; y un suelo cada vez más agrietado". Un escenario transformado y en ruinas por la creciente influencia europea, surge de continuo en sus anotaciones. Y en las descripciones de su relato- “L’Afrique fantome”, que edita en 1934- repite la noción de un viaje que ha perdido su término, y que ya no tiene objetivo. Porque éste, y la antigua aventura, se habían desvanecido. Y la formidable presencia de sus objetos. La fascinación del descubrimiento, el peso de unos lugares y unos días remotos, se han perdido en algún momento. África apenas tendrá más realidad que la "futilidad" que, afirmaba, había dejado atrás en Francia. ("Estas notas (...) no constituyen sino una crónica personal", apunta en algún lugar del mismo). La guerra se anunciaba en Europa: "Cuando abandoné París, el deseo de romper con la vida futil que allí llevaba fue el primer atractivo que tuvo para mí este viaje a África. Hoy es la vida que llevo aquí la que me parece futil, ante las dimensiones de la partida que se juega en Europa".

El itinerario de la expedición etnográfica se había iniciado en la costa senegalesa. "Hacia las diez avistamos las costas de Río de Oro. Aspecto desértico que da una idea terrible de África". Alcanzado por fin el Nilo Azul, tras la descripción del paisaje industrial de los alrededores, - “locomotoras, grúas, calderas, viejas máquinas y vastos edificios"- en él, a pesar de todo, aún esperará acceder al último lugar del exotismo, esta vez detrás de una manada de elefantes que alguien les comenta han sido vistos el día anterior. “Pero -anota ese día- no vemos ninguno de los elefantes que nos habían prometido. El salvajismo se pierde cada vez más”. (Poco antes de la Gran Guerra, el escritor Ernst Junger, que había novelado su escapada juvenil a África, relataría por su parte en sus "Juegos africanos" su pronto regreso a Alemania apenas iniciado el viaje y cómo: "Un oficial (...) le indica que sólo se va a encontrar con un mundo de explotación en el que no va a descubrir "las mil maravillas" sino "un hastío mortal").

Pero ya unos años antes, en Bagdad, la desencantada -y exótica- lady Jane Difby, que había partido de Damasco rumbo a Palmira, describía una ciudad que le había decepcionado profundamente. Pues: "Ya no era la esplendorosa ciudad de palacios dorados, sino un conjunto de casas bajas construidas con adobe".

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Estambul, los estrechos del Bósforo, eran de una manera vaga el término del viaje desde Europa, a partir del cual se divisaban, enfrente, las costas de Asia y el inicio de un viaje por un escenario al fin diferente. A ella, desde el sur de Grecia, la antigua Transilvania y Bucarest, había llegado el viajero juvenil Patrick Leigh Fermor, en un viaje iniciático que había comenzado en el puerto de Rotterdam, atravesando toda Europa, para terminar en el Bósforo- y que dará lugar a su narración, ya clásica, "El tiempo de los regalos". ("Constantinopla" había escrito al inicio del viaje). De sus vagabundeos balcánicos se detendrá principalmente en Bucarest, a la que había definido a su llegada, un tanto eufórico, como "Una mezcla de Samarcanda y Detroit". Permanecería en el país varios años - antes de incorporarse al ejército británico dentro de la resistencia cretense.

Finalizada la guerra, nada iba a ser igual en la Península Balcánica. Patrick Leigh Fermor quien, tras ser licenciado de la inteligencia británica se había asentado en la remota Kardamyli, una aldea del Peloponeso, emprendería muchos años después un viaje de regreso, ciertamente melancólico, a varias ciudades de Rumanía, el país donde se había instalado previamente a la guerra. Y en donde había vivido una memorable relación con Balasha, la princesa moldava Balasha Cantacuzene. 

En Bucarest había conocido a los variopintos personajes de la Legación Británica; las fiestas de la Legación Española; al príncipe Antoine Bibesco; el también príncipe polaco Tadeusz von Kobylanski; el palacio de Peles - "un Balmoral de los Cárpatos"-; y, sobre todo, a las hermanas Cantacuzene, de la antigua aristocracia moldava. 

Tras la guerra no quedaba nada del Bucarest anterior a la contienda. Apenas nada del país que el escritor había definido como una rara mezcla de arquitectura francesa y los suburbios del Oriente. Y nada, desde luego, del mundo, aristócratico y refinado, que él había tenido ocasión de conocer, junto a su amante Balasha, en los palacios y las calles y las cancillerías de la capital. Y más tarde en Baleni, la mansión secular de los Cantacuzene, de la que guardaría siempre un recuerdo edénico. En sus notas había descrito la vieja hacienda, "rodeada por amables paisanos, la laberíntica mansión todavía permanecía, y era un remoto refugio, a muchas millas de ninguna parte, de belleza, inteligencia, originalidad y amabilidad: una magia peculiar pervivía en aquella casa y sus habitantes".

Recordaría en algún lugar de sus libros aquel primer viaje hacia la frontera: "Después de una jornada por mar hacia Constanza y al norte en tren hacia Galatz, llegamos a una pequeña estación donde un carruaje con un viejo cochero polaco estaba esperando: un camino de una hora nos llevó hasta Baleni. Era una vasta, laberíntica, blanca mansión de una sola planta con una finca y árboles y un patio repleto de perros amistosos en torno, con los airados vientos de Moldavia corriendo alrededor. Hacia el este, más allá del Prut y el Dniestr, comenzaba Rusia".

La mansión será expropiada al término de la guerra por las tropas soviéticas, y sus propietarios exiliados. Abandonada, un terremoto acabará por destruirla al poco. Cuando el escritor regrese a Rumanía, una década más tarde, se reencontrará con la princesa y su hermana -la amable Helene- que han sido deportadas a una apartada ciudad en el llano, "al norte de Tirguviste", llamada Pucioasa. En ella, en un ático en las afueras, perviven precariamente las dos Cantacuzene dando clases de inglés y francés. A pesar de algún intento desesperado, -en donde son denunciadas por el barquero que las iba a llevar desde el puerto de Costanza a la costa griega- tras la deportación no habían podido escapar de la Rumanía comunista. Será un reencuentro jubiloso, no obstante, tal como lo recuerda el escritor. (Y como lo describe posteriormente Balasha). En el que citarán a todos sus antiguos conocidos, las mansiones y las ceremonias anteriores a la guerra, y los veranos en la vetusta mansión familiar, que se habían desvanecido. En un artículo para la prensa inglesa él citaría: "Las horribles vicisitudes narradas con ligereza y detalle (...) El resto de las 48 horas -no nos podíamos arriesgar a más- estuvieron llenas de memorias de la pre-guerra, la vida de nuestros amigos y gran cantidad de risas".

En Pucioasa, Balasha le entregaría un cuaderno de notas, el "Green Diary", que Leigh Fermor había abandonado en Baleni y ella había conservado durante todos aquellos años. (Y sobre cuyas notas editaría su Between the Woods and the Water, ya en 1986). En el cuaderno que recoge escribiría: "Todos los amigos se han desvanecido en una repentina oscuridad".

El relato del viaje a Oriente era esta vez un relato elegíaco: "De todos los nombres de Rumanía que deberían completar esta lista, uno o dos han desaparecido en un limbo sin noticias; los otros, que sus amigos conocían tan bien, existían en una gran miseria y pobreza, sentenciados por la geografía y el orden de postguerra, y por aquellos que lo administraban". Retornado al poco a su aldea griega en el Peloponeso, y habiendo recobrado los apuntes de aquel otro viaje remoto, sobre el que reelabora sus notas, los antiguos protagonistas de los años de entreguerras no volverían a encontrarse, ni el escritor regresaría a una Rumanía que, comentaba, se había desvanecido.


Los viajeros melancólicos

En algún momento, hastiado de la vida en Europa, el joven Rimbaud habría de repetir de nuevo el deseo de alcanzar un Oriente que se había an...

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