jueves, 3 de enero de 2013
Días de niebla
Dos imágenes de la niebla, en estos días de invierno. En una, son las fotografías de Frank Hurley, que aparecen en la relación del viaje a los mares antárticos del capitán Ernest Shackleton y que acaba de publicarse en una nueva edición. Hurley acompañó a la expedición de la Endurance por el mar de Wedell, y permaneció con los náufragos de Isla Elefante mientras el bote James Caird emprendía su periplo de más de 1200 kms. hasta la factoría de Grytviken en busca de ayuda para los naufragados.
En varias de las fotografías flota un como constante velo de niebla y frío en la costa, sobre un mar de hielo, que recuerda de forma gráfica la definición de la isla que hiciera uno de los náufragos: "A pall of fog and snow".
La otra imagen, clásica en la película de 1973, es la llegada del padre Merrin, el exorcista, que accede a la casa hechizada de Georgetown entre una niebla inolvidable, un farol solitario en la sombra, un paraje remoto del que ninguno puede tener una clara visión.
Libros de la niebla, conversaciones de estos días... Curiosamente una mañana Jaime me habla de la novela que le ha prestado M., lector y prestador universal de libros, que se titula, según dice, "Noche y niebla en el París ocupado". La novela es de un autor, Fernando Castillo, al cual desconocía absolutamente. A Jaime le está encantando y, no sé por qué, añade: "A ti te va a gustar mucho". Ignoro qué razones tiene para afirmar tal cosa, pero suele acertar. (Excepto en la reciente presentación de una obra teatral en sesión privada en el Teatro Español, la cual defendió fervorosamente, imagino que por razones de amistad. Y que me hizo comprar la entrada en el momento. En el acto había leído una descripción lírica e inquietante a los asistentes. Lástima que la lírica perteneciera exclusivamente a su propia voz) .
Pero Jaime suele acertar con las lecturas y, no sé por qué, con las mías especialmente. Entre otras, a él le debo el descubrimiento de un autor búlgaro y semita como Ángel Wagenstein y su excelente, entre otras, Lejos de Toledo. Y sobre todo el de Amos Oz, cuya Una historia de amor y de oscuridad sigue siendo uno de los relatos de iniciación - y pérdida - mejores que he podido conocer estos últimos años.
Casualmente al poco tiempo entra M., el dueño de la novela nocturnal, en el café, e inmediatamente acordamos que antes de devolvérselo Jaime el libro pasará por mis manos. Tampoco sabe decirme mucho más del autor, excepto una vaga cita a Modiano - lo cual, tratándose del París de la ocupación no es mucho - y otra a José Carlos Llop -al que nombra como José Ramón, o algo así- cuyo relato de las vicisitudes del escritor González Ruano en el París de la guerra, París suite 1940, yo ya había leído - y el cual tenía la virtud de dejarte con la misma sensación de vaguedad e indefinición al final de la novela que al principio.
M., biblioteca ambulante, siempre acude con algún artículo, revista o libro inédito. Otro día, mezcla insólita, aparece con un volumen sobre filosofía alemana, cuyo título no puedo recordar. Pero también con la lujosa revista Terres Taurines que el francés Andre Viard ha publicado recientemente sobre el encaste de lidia de Vega -Villar - y de la que me habían hablado pero nunca había podido hojear.
Además del texto, que suele ser riguroso - y en donde, según cuentan, desmenuza y separa la procedencia de los toros de Encinas de los de Vega-Villar - las fotografías de fincas que conocemos: Hernandinos, Gudino, La Torre, Pedro Llen y otras. Son prolijas, y muy buenas, y viéndolas uno se imagina la niebla que habrá ahora sobre el campo. Una llamada de T. lo confirma. "La helada que está cayendo en la Huebra. No se ve nada con la niebla".
Casualidades de la niebla. Esa noche cenamos con FranÇois y Monique, y sale a relucir el tema de la novela parisina y nublada de M. Resulta que ellos conocen al autor, buen amigo suyo, y ensalzan su seriedad y su erudición. Van a menudo a su casa en Madrid y aquél ha estado en la suya en París. Aquí , meriendan entre los huecos que dejan los libros y los cuadros que ocupan de manera preferente el piso. Me comentan también de forma laudatoria la novela. ("Pero, ¿aún no la has leído?". "Pues no, tengo que esperar a que la termine Jaime, que estos días anda muy ocupado con otras actividades").
No sé qué relación tiene la niebla con París. Pero comiendo otro día con G. éste se dedicó a evocar los árboles del Jardín de Luxemburgo, a cuyo melancólico escenario daban sus ventanas cuando estudiaba en la Escuela de Altos Estudios con el historiador Pierre Chaunu. Varios inviernos en ese lugar deben de marcar para siempre. Y G., en el fondo, sigue defendiendo una retórica francesa, orgullosa y de posguerra, que a los demás nos abandonó hace tiempo. Me comenta de pasada el ensayo clásico de Edward Said, su conocido Orientalismo. Yo, que lo había leído el invierno pasado, recuerdo lo irritante de su obsesión por la formación de paradigmas como el oriental, como un fantasma de la propia mentalidad y de los temores de Occidente. Todo muy foucaultiano. Pero bastante latoso.
La parte mejor del libro, le comento, es la descriptiva. Como cuando cita los viajes de Edward Lane. O de Flaubert. O del propio Loti. El lugar es real, sea lo que sea, y su fascinación, tangible. Pero aunque con cierto distanciamiento, uno no puede acabar nunca de matar al padre, y para alguien como G. que habitaba frente al Jardín de Luxemburgo el teórico Foucault y sus elaboraciones fantasmales no se clausuran así como así. Criticar a Edward Said puede pasar, por una vez. Pero si hablamos de alguien como Lévi Strauss con cierta distancia le puede dar un síncope allí mismo, en la mesa del restaurante japonés en el que conversamos. En donde el sushi adquiere de pronto las características de una iluminación profana, oriental y silenciosa. A Roland Barthes, incluido su libro El imperio de los signos sobre la estética japonesa - y no digamos el clásico La cámara lúcida sobre la fotografía - se le puede seguir leyendo, le comento para consolarlo. Pero cuando nos invitan a sake en cantidades navideñas ya no lo puedo evitar y saco el tema de la prosa letal de Louis Althusser - en la cual él incluye el asesinato de su mujer - o la de Julia Kristeva y la revista Tel Quel para ver si se anima la sobremesa. No me hace falta llegar a Robbe Grillet y el nouveau roman. G. se anima en efecto, a pesar del frío, y terminamos cantando canciones de Boris Vian en el bar de la esquina. Un camarero, Bene, que ha viajado, nos acompaña en un perfecto francés urbano. París no se acaba nunca, afirmaba Vila Matas en uno de sus libros más legibles.
En días de niebla una de las pocas cosas razonables que se pueden hacer es volver a leer la biografía del Capitán Cook escrita por la inglesa Vanessa Colingridge, miembro de la Real Sociedad Geográfica, según nos informa su editor, y que había publicado en el 2002 un excelente ensayo sobre el legendario explorador. Como lo ha escrito una británica y no un discípulo de Phillipe Sollers sin ir más lejos, en la biografía nos encontramos con viajes, regresos, islas australes, la guerra de los Siete Años y el enigma de los mapas de Dieppe. En lugar de alguna interminable elucubración sobre la figura del explorador como simulacro del discurso occidental, por ejemplo. Y nos asomamos, asimismo, a una época, de finales del XVIII, en donde todavía existía la Terra Incognita. Y los mares remotos, y las islas ignoradas, y los viajes sin regreso. Antes de que un fantasma universal anegara todas las denominaciones, y todas las diferencias, y todos los desembarcos, devorados por el final de los nombres. Y de todos los relatos.
Pero de esto ya había hablado hacía tiempo, con desgarradora lucidez, el Levi Strauss de los Tristes trópicos, a quien había releído días antes de que empezara por fin el invierno. Y de quien aún recuerdo su sentencia: Así me reconozco, viajero, arqueólogo del espacio, tratando vanamente de reconstruir el exotismo con la ayuda de partículas y residuos. O su definición del etnólogo como viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida.
A algunos franceses de después de la posguerra se les puede seguir leyendo. ("No os olvidéis de la canción de Jacques Brel" afirma días más tarde Mónica, en plena euforia de discusión sobre la niebla y la prosa francesa. "No nos olvidamos. Pero era belga", le responde alguien).
Tengo que llamar inmediatamente a G. para contárselo. Aunque dicen que tras la sesión nipona-francesa y el coñac de después se ha sumido en un estado de nirvana del que se niega a salir y no coge el teléfono a nadie. En su caso el nirvana, creo, consiste en que ha vuelto a sumergirse en la lectura de la Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo por enésima vez. De la que resurgirá contándonos una apasionada descripción de la Noche Triste y del cacique Gordo de Zempoal con gran entusiasmo y acompañamiento de antorchas simuladas.
Nunca he podido entender cómo sigue leyendo a Sartre. Ni a Simone de Beauvoir. Quizá sea una pose. "Yo -comenta Verónica, que viene de la niebla del Estrecho estos días - preferiría que me arrancaran una muela". Todos asentimos en silencio. Después, el camarero, Bene, nos pone música de Brassens, que le ha pedido Jaime .
martes, 25 de diciembre de 2012
Sobre algunas raras apariciones en una finca de los Montes de Toledo
(De un informe reciente enviado por la Sociedad Excursionista del Barco de Ávila. Incluido en la Memoria Anual sobre vías pecuarias de los Montes de Toledo. AA. VV., s.f., eds. Orientales de Ávila.
Finca El Arreciado. Toledo.
Fotografías: Iraida Cano
Rocas y ramas, grafitos, caminos y agricultura japonesa: Iraida Cano)
jueves, 13 de diciembre de 2012
Isla Elefante
Una descripción contemporánea advertía que en la zona: "El tiempo es normalmente nublado con mucha nieve y los vientos pueden alcanzar las 100 millas por hora". Algunas cartas de principios del siglo XIX daban ya cuenta de ella y de su situación exacta: 61º 08´ S y 55º 07´ W. También daban cuenta de la distancia: a 1253 kms. al suroeste de South Georgia, 935 kms. al sur de las Falkland y 885 kms. al sudeste de Cape Horn. La casi constante presencia de vientos del noroeste hace empero más difícil la travesía a cualquiera de estos dos últimos puertos. La banquisa de hielo cubre regularmente el litoral durante el largo invierno austral.
"Elephant Island was remote, uninhabited, and rarely visited by whalers and any other ships", describiría el capitán Ernest Shackleton la isla. Quien no obstante se vería obligado a alcanzarla meses después del naufragio de la Endurance, la célebre fragata de la Expedición Imperial Transantártica. Su propósito inicial, después de la pérdida del barco y la deriva en el hielo, hubiera sido el de arribar a Bahía Esperanza o a la Isla Decepción, donde por lo menos: "una pequeña iglesia de madera había sido levantada para beneficio de los balleneros".
En la isla Elefante no había capilla, cabaña, ni nada que pudiera favorecer a los náufragos. La fuerte corriente del Nordeste, que impide a los botes de la Endurance llegar hasta la isla Decepción, les obliga finalmente a arribar a ella. Antes, el capitán Shackleton habría escrito que: "Esta última - Elephant Island - tiene un cierto atractivo para nosotros, aunque, hasta donde yo sé, nadie ha desembarcado allí jamás".
Alcanzaron la isla finalmente el 12 de abril de 1916, dieciséis meses después de haber iniciado la pretendida ruta antártica desde la factoría ballenera de South Georgia.
Elephant Island se encontraba vagamente documentada. En un extremo del profundamente inhóspito Mar de Weddell, nadie presumía de haberla alcanzado o haber desembarcado en ella alguna vez. Incluso el nombre carece de una atribución exacta. Según una versión fue bautizada por primera vez en 1821 por el capitán inglés George Powell, uno de sus primeros observadores. Según otra, el nombre se debe a los balleneros y foqueros de la región, que pescarían en la zona, y la denominaron así a principios del siglo XIX por alguna razón que desconocemos. Algunos han señalado la posible presencia de leones marinos, advertidos por los cazadores. Otros aluden al perfil de la isla, abrupta e inaccesible. También desconocemos los nombres de aquéllos, ni si tuvo lugar alguna vez algún desembarco en la misma. La historia de las navegaciones de los balleneros raramente guardaba una relación escrita, y de sus periplos y descubrimientos al sur del Cabo de Hornos no se conservan apenas registros. Por indiferencia, en algunos casos. Pero también porque los cazadores de focas se cuidaban de exponer en los puertos y comandancias las noticias de sus expediciones, que conservaban celosamente para sí.
La imprecisión había cubierto durante muchos años la exploración y el descubrimiento de estas tierras del sur, las que cercaban el hasta entonces desconocido continente antártico. Durante siglos aún perdurará la idea de la geografía antigua de una Terra Australis Incognita, la cual rodeaba el mundo por su extremo austral y unía, de manera hipotética, las islas de Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea o las regiones septentrionales más allá de la Tierra del Fuego.
Heredera de una tradición que se remonta al Atlas de Ptolomeo, el continente Anktartikos sigue figurando en los mapas del siglo XVI rodeando al sur las nuevas tierras ya conocidas. En 1531 el cartógrafo Oronce Finé la representa, más allá de la Tierra del Fuego, con la inscripción "Terra Australis recenter inventa, sed nondum plena cognita". En el célebre mapa de Abraham Ortelius, editado en 1570, aparece un colosal continente al sur de todas las islas, con el lema "Terra Australis nondum cognita".
La imprecisión, el anonimato... En 1603 la expedición del español Gabriel de Castilla debió de haber alcanzado los 64º de latitud sur. Pero no se han conservado documentos. (Una relación de la época hablaba de "las montañas cubiertas de nieve" que aquél había divisado hacia el sur). Un testigo holandés, Laurent Claesz, se referiría años más tarde a la llegada a islas desconocidas y mares cubiertos de hielo. En algún momento habrían divisado también, según anota, remotas "montañas cubiertas de hielo". Pero la expedición no había dejado ninguna relación escrita. Años después el oficial francés Pierre Bouvet, intentaría descubrir la tierra del sur descrita por "un semilegendario Binot Palmier de Gonneville". No la alcanzarían, aunque su expedición dio nombre a la isla Bouvet, bautizada así a partir de entonces en los mapas europeos. "Lo más extraordinario - se nos indica en otro lugar - es que el francés la encontrara: me refiero a la diminuta isla Bouvet, de sólo ocho por cinco kilómetros y uno de los lugares más solitarios del mundo, ya que hay una distancia de más de mil quinientos kilómetros en cada dirección hasta la tierra más próxima".
La Terra Australis seguiría figurando en los mapas... Divisada a veces, la distancia, la niebla, la imprecisión la rodearán durante siglos. Ya en fecha tan temprana como en 1504 el florentino Americo Vespucio había relatado en carta a Piero Soderini, su corresponsal en Lisboa, que "las noches eran muy largas que tuvimos una la del 7 de abril que fue de quince horas (...) En medio de esta tormenta avistamos (...) una nueva tierra de la cual recorrimos cerca de 20 leguas encontrando la costa brava, y no vimos en ella puerto alguno ni gente, creo que era por el frío tan intenso que ninguno de la flota se podía remediar ni soportarlo".
En la "Historia del descubrimiento de las regiones austriales..." se nos informa del incierto viaje en 1605 del general Pedro Fernández de Quirós, al servicio de la Corona de España, en pos del impreciso continente austral. El general, se nos dice, "a los cinco meses de travesía, al encontrarse con una gran isla de las Nuevas Hébridas, la del Espíritu Santo (...) sin más averiguaciones creyó haber llegado a la tierra Australia (...) Dio por fundada la ciudad de la Nueba Hierusalem, de la que sólo edificó una iglesia de madera, pero sí concedió cargos municipales de esa ciudad, que sólo existió en su fantasía".
Un documento holandés anónimo afirmaba que a los 64º se divisaba tierra "muy montañosa y alta, cubierta de nieves, como el país de Noruega, toda blanca que parecía extenderse hasta las islas Salomon". Publicado en Amsterdam nunca se ha sabido el nombre ni la expedición a que hace referencia la citada relación.
No menos incierta había sido la isla Pepys, presuntamente avistada en 1683 por el corsario inglés Ambrose Cowley desde su goleta Bachelor´s Delight. En sus memorias el pirata Cowley afirmaba que: "Seguimos navegando al SO hasta los 47º de latitud. Entonces avistamos al oeste una isla desconocida y deshabitada a la que llamé Pepys. Su puerto es excelente, y capaz de recibir con seguridad a mil buques. Vimos una gran cantidad de aves en esta isla, y opinamos que el pescado debía abundar en sus costas, por estar rodeadas de un fondo de arena y piedra".
Perfectamente delineada en los mapas a partir de ese momento, la isla Pepys sin embargo nunca volvió a ser divisada. Navegantes posteriores como John Byron, Bougainville, James Cook o Jean FranÇois de la Perouse no pudieron encontrarla, a pesar de las referencias más o menos precisas que Cowley había dado de la misma. En un determinado momento, ya a finales del siglo XVIII, la referencia a la isla desaparece de las cartas de la zona. Lo cual no sería obstáculo para que en una fecha tan tardía como en 1854 el publicista napolitano Pedro de Ángelis reuniera una profusa documentación sobre la fantástica ínsula, reclamando la propiedad para su aventurera persona.
Balleneros o cazadores anónimos habrían descendido al sur de los 60º con anterioridad durante estos siglos, y se especula con que alguno pudo haber sido el primero en alcanzar el continente austral. Pero el sigilo encubría sus viajes.
También pudo haberlo alcanzado la tripulación del San Telmo, el navío de línea de la Armada española, desaparecido en 1819 en aguas del Estrecho de Magallanes. Los barcos que lo acompañaban lo vieron por última vez en medio de una fortísima tormenta dirigiéndose hacia el sur, "con graves averías en el timón y la verga mayor". Cuando meses después el capitán William Smith arriba a las costas de la Antártida encontró en la isla Livingston los restos de lo que consideró era un buque naufragado frente a la playa. Años más tarde el también británico James Weddell escribiría sobre "varias piezas de un naufragio (...) halladas en las islas del Oeste, en apariencia pertenecientes a un buque de 76 cañones, probablemente los restos de un buque de guerra español perdido cuando hacía el pasaje hacia Lima". Sus tripulantes pudieron haber alcanzado la Terra Australis, inadvertida hasta entonces. Pero ninguno sobrevivió para relatarlo. Años antes una expedición comandada por el francés Yves Joseph de Kerguelan había descubierto a su vez, en un viaje al sur del Océano Índico, el archipiélago de las Kerguelen. El oficial, que nunca logró desembarcar en la costa, envió no obstante una optimista descripción del descubrimiento al Almirantazgo, en la que elogiaba el suave clima y el fértil suelo de unas islas que en realidad no había alcanzado. La expedición posterior del capitán James Cook en 1776 sí logró explorarlas, cambiando el nombre de Kerguelen por el de Desolation Islands. (Una cita tardía, del novelista Julio Verne, que sitúa en el puerto de Christmas-Harbour el inicio de su novela austral "La esfinge de los hielos" comentaría que: "El jefe de la escuadra había creído descubrir un continente nuevo (...) y en el curso de una segunda expedición preciso le fue reconocer su error. Pero créaseme: Islas de la Desolación es el único nombre que conviene a este grupo de trescientas islas o islotes, perdidos en medio de aquellas inmensas soledades oceánicas, turbadas casi continuamente por grandes tempestades australes").
La niebla y los hielos seguían cubriendo las supuestas tierras al sur del paralelo 64º. Los tres viajes del capitán Cook, cruzando el círculo polar, habían desvanecido definitivamente la referencia al inmenso continente de la Terra Australis Incognita. "Sin embargo, bancos de hielo impidieron a sus hombres avistar el continente, que era mucho más pequeño de de lo que se había pensado hasta entonces. Cook tuvo el presentimiento de que se encontraba avistando una tierra cubierta de glaciares".
En 1904 la Expedición Antártica Sueca desembarca en Grytviken, en las Georgia del Sur, para instalar allí el puerto ballenero que años después alcanzaría el capitán Ernest Shackleton en busca de ayuda para los náufragos de Isla Elefante. Alguien anotó que la Expedición habría encontrado numerosos calderos de los siglos XVIII y XIX, de origen español, que habrían sido utilizados "para fundir la grasa de cetáceos, pinnípedos y pingüinos" durante largas temporadas, de las que no se tenía otra noticia. Se trataba, en palabras del capitán Cook, que había bordeado la isla en 1775, de "una tierra salvaje y horrible".
O Livingston Island, al sur del paralelo 60º, avistada por primera vez por el foquero inglés William Smith, en 1819. Las Orcadas del Sur, por James Shields. O Hope Bay, en el extremo norte de la Península Antártica, descubierta oficialmente en 1902 por la Expedición Antártica Sueca. La cual figuraba ya en las cartas del ballenero George Powell en torno a 1822. Aunque ninguna otra noticia nos da cuenta de ello...
"Me atrevo a afirmar que nadie osará llegar más lejos de lo que he hecho y que las tierras que tal vez se extienden al sur nunca serán exploradas. Espesas nieblas, tormentas de nieve, frío intenso..., es el aspecto horrible del país, de un territorio condenado por la naturaleza a no experimentar jamás el calor de los rayos solares y a permanecer enterrado bajo la nieve y los hielos eternos" había escrito el capitán James Cook en su diario a raíz de la expedición de 1775 en torno a la hipotética existencia del continente austral.
Shackleton y los náufragos de la Expedición Imperial tuvieron que alcanzarlas, después de la pérdida de la nave en el Mar de Weddell. "Todo este tiempo estuvimos bordeando la costa bajo altísimos acantilados rocosos y escarpados glaciares que no ofrecían la mínima posibilidad de desembarcar en ninguna parte", afirma Ernest Shackleton en su relato de la malograda expedición de la Endurance. Agotados por el viaje en los botes, una vez que el hielo se hubiera abierto, los expedicionarios hubieron por fin de desembarcar en una mínima franja de roca, sin ningún resguardo y alcanzada por la marea alta, para finalmente acampar en el llamado Cape Wild, una playa arenosa de unos 200 ms. al nordeste de la isla.
Este lugar, rebautizado como Point Wild, sería el campamento de los náufragos durante más de cuatro meses. En su cruel cobijo construirían una cabaña con los dos botes restantes y los restos deshechos de algunas tiendas, refugio al que bautizaron como Shuggery.
El resto de la historia es bien conocido. El capitán Shackleton junto a cinco tripulantes emprendería el largo y milagroso viaje de más de 1200 kms. en el bote James Caird por el infernal océano austral hasta alcanzar la factoría de Grytviken en las Georgia del Sur. La prodigiosa capacidad del navegante Frank Worsley - el cual declaraba haberse incorporado a la expedición después de un sueño en el que vio cómo Burlington Street aparecía cubierta por bloques de hielo y él navegaba entre ellos - les permitió llegar a la bahía. Posteriormente tres intentos de retornar a Elephant Island desde las Falkland o desde la costa chilena serían infructuosos, hasta que finalmente el 30 de agosto de 1916 el vapor chileno Yelcho al mando del capitán Luis Pardo lograría rescatar a los náufragos de la isla.
Las memorias de Frank Wild, el capitán al mando del azaroso campamento recordarían después que "como la isla Elefante estaba en el extremo exterior de la banquisa, los vientos que pasaban sobre el relativamente cálido océano antes de llegar a ella la cubrían con una constante mortaja de niebla y hielo". Leonard Hussey, el meteorólogo de la expedición, aludiría también a la isla como "almost continously covered with a pall of fog and snow".
Reginald James, físico de la Endurance, otro de los náufragos de la isla, compondría algún tiempo después un conocido poema, en recuerdo de la jefatura de Frank Wild en el campamento de Point Wild
My name is Frankie Wild-o
Me hut´s on Elephant Isle.
The wall´s without a single brick
And the roof´s without a tile.
Nevertheless I must confess
By many and many a mile,
It´s the most palatial dwelling place
You´ll find on Elephant Isle
domingo, 4 de noviembre de 2012
La muerte de Yorimasa
"En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas"
Heike Monogatari
El relato ha sido abundantemente recogido por la tradición japonesa. Lo anota Kato en su A History of the Japanese Literature, así como Minner en su monumental The Princeton Companion to Classical Japanese Literature. Aparece asimismo reiterado en el teatro No, esta vez en forma de reflexión moral, con fantasmas que monologan y padecen de remordimientos antes de desvanecerse. Ha sido profusamente transcrito en la pintura y la iconografía tradicional japonesa. (Recordemos, a modo de ejemplo, los sobrios grabados de Kikuchi Kosai). No lo recoge por el contrario el argentino J.L.Borges que en su "Historia Universal de la infamia" habría parafraseado, de manera memorable, otro suceso de la época: el relato sobre el Incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Tsuke, sobre un episodio legendario de finales de la época Heian igualmente. (El director Kenji Mizoguchi recrearía a su vez el relato en su película Los cuarenta y siete samuráis en 1941. O, más tarde, Hiroshi Inagaki en su tardía Chushingura - historia de flor, historia de nieve, antes de recluirse él a su vez en su casa en Kamakura).
Entre nosotros el nombre de Yorimasa aparece citado en la antología El pájaro y la flor de Carlos Rubio. Octavio Paz alude al mismo en su ensayo clásico El signo y el garabato. O, posteriormente, aparece recogido en la rara edición de La poesía japonesa en Ávila del profesor Aurelio Espinosa.
Curiosamente en esta última, de donde tomamos las noticias sobre la trágica muerte del samurai Minamoto no Yorimasa, aparece citada la leyenda dentro de un capítulo donde se defiende la práctica de la ocultación como poética esencial. Y el ejercicio casi mudo de la poesía como una tradición, secular y silenciosa, de los poetas nipones. Recogiendo por contra un episodio - el de la muerte del samurái - que vendría a afirmar lo contrario de lo que aquél había defendido anteriormente a través de su peregrino ensayo.
No en vano el profesor Espinosa había comenzado su opúsculo sobre la lírica oriental en las sierras de Ávila - clandestina en su opinión - con la cita del único haiku que Basho había dedicado al monte Fuji:
Lluviosa niebla
que esconde el monte Fuji.
Me voy contento.
en donde toda la celebración del poeta consiste precisamente en no haber alcanzado de ninguna manera el monte, ni siquiera su contemplación.
La escena, como apuntamos, ha sido sobradamente reiterada.
Refugiado en el templo Byodo-in, en Kyoto, tras la batalla de Uiji en defensa del príncipe Michohito, el ya anciano samurai Yorimasa solicita a su joven acompañante, el también samurai Tonao, que lo decapite, para evitar el deshonor de caer en manos del ejercito enemigo. Éste, como se sabe, está comandado por Kiyomori, general de los Taira, ancestrales rivales de los Minamoto.
El Heike Monogatari, el inagotable relato épico de las luchas entre los dos clanes, recoge la escena.
" Yorimasa, una vez que estuvo en el interior del templo, llamó a Watanabe Yojitsu Tonau y le ordenó:
- Córtame la cabeza.
Pero Tonau, afligido por esta orden, se mostraba incapaz de cortar la cabeza a su señor, aún vivo. Así que, con lágrimas amargas, le dijo:
- Señor, no soy capaz de hacer tal cosa. Pero os prometo hacerlo después de que os quitéis la vida.
- ¡Claro! Te entiendo -contestó Yorimasa. Y volviéndose al poniente entonó diez veces el "Busco abrigo en Amida" en voz alta. Después, recitó con infinita tristeza un poema de despedida. Esto decían los versos:
Planta enterrada
que jamás floreció.
Así de triste
mi vida fue; y, sin dar fruto,
ahora termina.
Tras decir estas palabras, se clavó la punta de su espada en el vientre, inclinándose hacia delante para ser bien traspasado, y exhalar así el último suspiro".
Esta tradición del zeppitsu o última pincelada no era inhabitual en la poesía japonesa, apunta el profesor Espinosa en su enigmática obra. Antes de pasar a dar cuenta, en capítulos posteriores, de una rebuscada teoría sobre la presencia secreta de la lírica oriental en las tierras de Ávila, de una forma secular e, insistimos, casi clandestina.
lunes, 29 de octubre de 2012
Esperando a los bárbaros
La escena, formidable, aparece en un documental americano - de la NBC, probablemente - sobre el final de la Segunda Guerra Mundial.
Verano de 1945. Después de la rendición del Japón, y de la explosión de las dos bombas nucleares, las tropas de Mac Arthur comienzan a desembarcar en la isla de Kiushu. Están cansadas, después de meses, de años de guerra en el Pacífico. Viajan en camiones, apelotonados, limpios, indiferentes a todo lo que les rodea. Son los últimos días, los trámites finales de una batalla que ha costado millones de muertos, de heridos, de desplazados, de refugiados sin nombre. Con las tropas viajan varios periodistas. Su misión será la de dar cuenta del estado de los damnificados de Hiroshima y Nagasaki, en un intento, infructuoso, de rebatir las teorías sobre los terribles efectos de la bomba meses después de la explosión .El Emperador ha anunciado, en una locución transmitida por la radio a un pueblo atónito, la rendición del Japón. No ha renunciado al trono, pero sí a su condición divina.
Los vencedores cruzan un pueblo sin nombre, de casas bajas. No miran a ninguna parte, ensimismados en su apresurado destino. Solitario, un anciano mira pasar los camiones, los fusiles, las cámaras. De vez en cuando se inclina y saluda solemne y silenciosamente a las tropas. En el pueblo no hay nadie más.
No sabemos nada de él. Su rostro no refleja ningún sentimiento. Sino la exactitud de una cortesía, milenaria y sosegada, que repite en silencio, escrupulosamente.
viernes, 26 de octubre de 2012
El paisaje de la costa
La margen izquierda, hacia el interior, está cubierta por los montes ralos, de caliza gris, que forman el paisaje de la costa al sur de Calpe, desde las huertas de Polop hasta las playas de Almería, y hasta el Magreb, enfrente. Quedan en las laderas yertas los restos de un antiguo bancal de piedra, el esqueleto de un almendro reseco, el tronco sinuoso de alguna olivera. Nada más. Las ramblas de arena y guijarros cortan las colinas, y descienden, secas, hasta el mar. A lo lejos, las paredes de algún antiguo alfaz, en el campo, abandonado ya. Una palmera solitaria marca su ubicación, el recuerdo de la arcaica explanada frente a la casa.
En algún momento, en plena euforia urbanística, alguien decidió construir también en aquellos lugares insólitos. De vez en cuando, en las laderas sobre las ramblas, se ven chalets abandonados, jardines que nunca llegaron a prosperar, un camino de tierra que asciende, sinuoso, por el monte y lleva a un bungalow perdido en lo alto.
En una curva de la autopista, en un bancal, se encuentran tres chalets apartados. Sobre la roca, alguien los construyó rayando el terraplén de la carretera, escondidos al fondo de una gavia. Detrás de ellos, el monte, la escarpada ladera de piedra. Delante, la autopista, el muro de asfalto y metal que los cubre desde arriba. Nada más. El sol, omnipresente, que se yergue en lo alto. Alguna tarde, al pasar, hemos divisado una luz incierta en uno de ellos, que se apagaba al rato. Quién vivirá allí, comentó alguien. Qué crimen ignoto, enorme, se ha podido cometer en aquel lugar, pensamos luego.
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Los restos de los bancales, en la autopista, como una antigua señal, el signo, ya apenas legible, del antiguo paisaje de la costa.
La ocupación de las laderas, del monte arisco, por los bancales, por las terrazas de piedra, como un ejercicio - laborioso e interminable - de apropiación de un escenario, hostil y agreste, por los habitantes de la costa.
Sobre los bancales, aterrazados, se disponen los olivos, los almendros, las garroferas en un fatigoso trabajo, que todos los años tiene que recomponerse para evitar el derrumbe de los mismos, comenzar de nuevo la tarea de sembrar en una tierra que de siempre fue pobre, y árida, y trabajosa.
Los bancales suponen la ocupación de todo el escenario, la apropiación de la tierra. En el centro, sobre algún difícil terraplén, se elevaban los alfaces, las casas de las posesiones, de las fincas del interior.
Son nítidas, elevadas, rectas. En la planta de abajo se encuentra la almazara, el almacén para la oliva o la almendra. La entrada amplia para los carruajes o el desván de los aperos. Cerca, se encuentra el agua, una alberca. En la primera planta, las habitaciones, una terraza a veces, la chimenea. Un ciprés o unas palmeras señalan la ubicación del alfaz a lo lejos, cumplen un cometido simbólico, en medio de la tierra sin señales, seca.
En el extremo del simbolismo, en las fincas nobles, en una esquina se elevaba el oratorio, señalado por una pequeña cúpula de tejado cerámico. En otros, en el extremo de la casa, la capilla, una cruz en lo alto. El territorio había sido finalmente ocupado, de lo ajeno a lo propio, por medio del esfuerzo, del trabajo del mismo. La capilla marca el punto final de la ocupación, se dirige, finalmente hacia su sentido: en otro lugar, trascendente, ya a lo lejos.
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En un viaje en tren, por la costa, de Altea a Alicante, éste, el Tren de La Marina, cruza por incontables urbanizaciones, hoteles, apartamentos escalonados, adosados sobre la arena, en la playa. La mayoría ahora están vacíos. En la ventanas, el cartel de "Se vende". Un teléfono, el nombre de una inmobiliaria acompaña los letreros a veces.
Al regreso, por la noche, las misma urbanizaciones, los mismos carteles. No hay apenas luces en las ventanas, no cruza nadie por las calles, el camino de las urbanizaciones, el paseo de de la playa de San Juan. Y uno piensa en un escenario ausente, terminal, en el que sin duda alguien ha tenido que cometer un crimen, en algún momento, y luego se pierde en una carretera hacia el interior. Pasa los años en el olvido, ya. Nunca va a ser descubierto.
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A la entrada a Benidorm, bajo la autopista, el aparcamiento vacío de unos grandes almacenes, unas naves sobre solares con chatarra, un camino industrial que termina enseguida y no lleva a ninguna parte. Terraplenes con cardos y furgonetas abandonadas. Por detrás del aparcamiento, se abre la tierra de nadie, una escombrera reseca con las vallas rotas, un almacén cerrado.
El espacio moderno crea esta tierra de nadie, desechada, ausente. Un territorio sin marcas ya - excepto los carteles de la autovía, las flechas del aparcamiento, los luminosos del centro comercial... Alrededor no hay nada. Un espacio sin signos, sin ritual.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Las fiestas tardías
Los veraneantes ya se han ido. Esta mañana José, el del bar de la plaza, estaba poniendo las mesas para la terraza, bajo los soportales del Ayuntamiento.
- ¿Para qué pones las mesas, José?
- No lo sé. Como todavía hace buen tiempo...
No va a sentarse ya nadie, comentamos. En el pueblo, la Fuente, no han quedado sino los habituales, los que se encuentran todos los días en invierno. No evocan de ninguna manera la imagen de gente sentada en una terraza viendo pasar la tarde .
Carmen, la del local de al lado; Fátima, la del bar Las Palmeras, también están colocando sillas y mesas. Producen una sensación ciertamente melancólica, en la mañana de septiembre. La iglesia está abierta, enfrente, y de ella salen dos mujeres mayores, con velo. Debe de ser una misa de cabo de año, suponemos, porque no ha habido ningún toque de campanas, de los que anuncian un funeral reciente.
No sale nadie más y las puertas se quedan abiertas.
No cruza ningún vecino por la calle. Entre el bar de José y el de Carmen, en los soportales, hay una cancela pequeña, de madera, que está cerrada casi todo el año. Casi nadie la advierte y así permanece, inadvertida, toda la temporada. Es la puerta de los chiqueros, señaló alguien, para la fiesta. De ahí sacan los novillos, las vaquillas que en el día del Corpus se lidian en la plaza. Nos aventuramos a imaginar lo que habrá dentro, detrás de su ajada apariencia. Habrá un cuarto oscuro, un corral sin luces, un pequeño almacén entre las casas. No sé por qué imagino cajas de cerveza , unos sacos en la pared, que no se sabe qué contienen. En la fiesta ahí se enchiqueran los erales, las vacas. De ahí salen al ruedo luego, al precario coso de carros y remolques .
En el bar, el de José, hay en la barra unos tipos con un mono azul, de trabajo, una secretaria de la oficina de al lado, que baja todas las mañanas a tomar algo, dos jubilados que pasan el rato en silencio . En el local tienen la prensa diaria, siempre. También una revista de toros. Sobre el mostrador, hoy hay unos programas con los carteles de las fiestas de Tamames, la novillada y los encierros para el fin de semana. Frente al largo invierno que se aproxima semejan, de repente, algo así como un anuncio de feria, una vaga celebración en medio de los cortos días del campo, de la sierra en concreto.
Tamames está en un alto, al principio de los montes. Detrás de los restos del antiguo castillo, de la torre de la iglesia y del caserío del pueblo, se alzan ya los riscos, los robledales de invierno. Dicen que este año los bueyes para el encierro van a ir sin cencerros, en señal de luto por la muerte de J., antiguo dueño de aquellos. Nos lo comentó, en la tienda, su cuñada. Situada en la calle mayor, allí venden cabezadas, estribos, sillas vaqueras. Suele haber una tertulia en el interior, y de vez en cuando N. sale al bar de enfrente y regresa con cafés, con cervezas con las que nos obsequia. No sé si vende mucho. Siempre hay gente en ella.
Era aquella, el silenciar los cencerros, una costumbre antigua, que algunos habíamos leído en libros de historia de las fiestas tradicionales, o en unos reportajes sobre cabestreros viejos que publicaron en Sevilla hace algún tiempo, en una revista que hablaba sobre ganaderías antiguas. Aquí, alguna vez se lo habíamos escuchado a alguien, que citaba el ritual de quitar el badajo a los bueyes cuando fallecía el ganadero, en señal de luto. Para los encierros de este año se va a mantener la tradición, según parece.
Ya en el pueblo otros comentan sobre el cambio del recorrido habitual, en donde los cabestros antes bajaban de la sierra y entraban por la carretera alta para llegar a la plaza. Era un itinerario muy difícil, según cuentan, porque los toros tenían la tendencia natural para escapar al monte, y el encierro transcurría durante mucho tiempo entre fincas abiertas y laderas con peñascales y carrascos.
Ahora se encierra desde la dehesa del pueblo, rodeando las calles por el sur, para entrar en las casas dando la vuelta hacia la sierra otra vez, con lo que se aprovecha la querencia natural del ganado a escapar hacia lo alto, de nuevo. Desde la entrada a las calles además el recorrido está vallado, con talanqueras altas que protegen el camino. Se ha suavizado el salvajismo de antes, lo abrupto y abierto del recorrido antiguo, como comenta alguien. Pero esto es algo que está ocurriendo en todas partes.
La gente en los bares habla de ir al encierro el lunes próximo, a la novillada del martes. El tiempo se ha nublado y sopla un aire serrano que mueve los árboles y las antenas en las calles. Pero no trae lluvia, que se retrasa siempre.
Hay algo melancólico en estas fiestas. Cómo no van a serlo, si ya se ha terminado el verano, el pueblo se yergue, soterrado sobre el monte oscuro, y la fiesta se celebra en torno a los toros, ritual sacrificial y antiguo donde los haya. S. me comenta luego que este año, de todas formas, van a bajar desde la finca suya, ya en el monte. Desde allí arribarán, de buena mañana, a la dehesa y de ésta por las calles, hasta la plaza, donde se han instalado las talanqueras, los tablones para los tendidos. Después, cuando acabe la fiesta, los novillos volverán a la finca, en lo alto de la sierra. S. me invita después a salir a buscar los toros, a encerrar con ellos.
De la sierra venían las sombras, pensamos. El pueblo, Tamames, en el límite entre los llanos del Campo Charro y la montaña, era el centro de la comarca. Hacia acá, las fincas llanas, los encinares, los sembrados, los campanarios a lo lejos. Más allá , hacia el monte, comienzan las tierras oscuras, las laderas sombrías, los riscos de piedra. Del monte bajaba, sigue bajando, el lobo en invierno. Desde la sierra las sombras se ciernen sobre el campo, abajo.
De la montaña van a bajar este año los novillos, para encerrarlos durante la fiesta, en el pueblo. Cuando ésta acabe, volverán al monte, a la sombra de donde surgieron. Melancólica fiesta en la que, sólo por un momento, el de la celebración, se domará lo oscuro, la fuerza, la bravura ciega. Los vecinos lo celebrarán, invitarán a los caballistas, beberán vino, censurarán a los que han dejado escapar las reses, correrán los toros después, comentarán el encierro. Después, aquellos, los toros, retornarán al monte, a lo alto de donde surgieron.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Plaza de Santa Ana
De la antigua mitología de la plaza ya sólo quedan los nombres.
El punto de no retorno quizá fuera la reconversión del Hotel Victoria en un hostal moderno. Había sido el centro de la plaza en otros tiempos. Aunque menos frecuentado que mentado, su sombra, al fondo de la explanada, pesaba sobre todos los lugares que lo rodeaban: la Cervecería Alemana, Viña P., la Pastelería Suiza, Villa Rosa, el teatro Español, el quiosco del ciego, las calles de atrás... En invierno el hotel se aletargaba. Luego, durante los días de San Isidro, parecía recobrar por un momento su papel de centro del barrio. Allí se alojaban los toreros y las cuadrillas y del amplio salón de la entrada salían y llegaban periodistas y banderilleros, apoderados y empresarios, aficionados y forasteros. Y una vasta corte de pedigüeños que en invierno parecía haber dormido, en Dios sabe qué lugar remoto - al decir del Baroja de La Busca, alrededor del Manzanares y las calles que desde la Puerta de Toledo descendían hacia un río que siempre tuvo más puentes que agua.
Luego, la Corte de los Milagros se desperdigaba por los garitos y las calles del barrio toda la mañana para retornar a mediodía al Hotel. Tendrían miedo en el fondo de olvidar el centro, referencia última de una tradición peripatética. O de perder las entradas para esa tarde que les había prometido un mozo de espadas. Pero siempre volvían al origen, al local en el fondo de la plaza, cuyas torres acristaladas aún presiden el antiguo solar del convento de las Carmelitas.
Ahora el hotel es un recinto ultrasónico, con emblemas de una cadena norteamericana en la entrada, nombres como TRYP o RESORT, y autocares con cristales tintados a la puerta. De él entran y salen jóvenes con aspecto de modelos vegetarianas y mochilas a la espalda que se suben al furgón de la acera. Siempre hay fotógrafos alrededor, alguna cámara de televisión, un buscador de autógrafos.
A la plaza en tiempos subía J., un amigo de los reventas y banderilleros de la calle de la Victoria que, con una exagerada discreción, se sumaba a veces a la tertulia en la taberna. Era, lo pensamos alguna vez, el depositario de un repertorio del barrio - y de la ciudad en general - que había desaparecido hacía tiempo y del que él no parecía haber advertido la pérdida.
Su padre, nos contaba, había sido camarero en un colmado de la calle Echegaray. En una época aún anterior, cuando Echegaray, - la antigua calle del Lobo - era todavía la calle de las putas y los colmados flamencos. Y los viajeros que acudían a Madrid en cualquier momento iban allí de alterne y de juerga cantaora por las esquinas. Nosotros habíamos alcanzado a conocer los últimos restos de ese escenario, en forma de decorado en la barra de Los Gabrieles, en donde todavía se reunían unas meretrices añejas, coloreadas y teñidas de un color imposible, que parecían aguardar, con hosca dignidad, el retorno del general Primo de Rivera. O de alguno de sus ayudantes de campo, últimos clientes de los que el coro semejaba haber disfrutado. Los Gabrieles más tarde, el colmado de la calle del Lobo, había cerrado hacía ya años - fue transformado durante algún tiempo en el inevitable bar de copas para extranjeros extraviados en las aceras - pero la barra de la calle y las damas altivas se habían marchado ya antes.
Otras señales que en su momento apenas supimos leer guardaban las huellas de aquella comarca, antaño feroz, en el centro de la ciudad. Eran signos más remotos todavía. Como los reservados de Villa-Rosa, cerrados al público hacía décadas, a los que se bajaba a oscuras, entre cajas de cerveza y roedores esquivos- y de los que habla por ejemplo el cantaor Pepe de la Matrona en sus memorias. En ellos había tenido lugar alguna noche memorable, entre seguiriyas y tientos. También lo hacía el poeta Manuel Machado en algún lugar, el pintor Ricardo Baroja, o el flamencólogo Blas Vega en su libro sobre los cafés cantantes. Los describe el periodista Marcial Suárez en una novela de 1950, Calle de Echegaray, sin ninguna trascendencia, pero que describía el barrio con cierta reiteración.
O, en la memoria de la plaza, se recordaba en voz baja al café Poveda, el oscuro local de la calle Ventura de la Vega, en donde no penetraba ninguna luz desde fuera y unas cortinas celaban el interior. No había clientes y una bruja rencorosa miraba, acodada en la barra, a los pocos que entraban, perseguidora de una venganza que, año tras año, acechaba con la misma intensidad a quien silenciosamente aguardaba. Y que, adivinábamos, iba a ser atroz cuando sucediera.
El Poveda, y la sucia taberna de al lado, cerraron un buen día, y nadie pareció advertirlo, pues una existencia aletargada habían mantenido durante aquellos años finales. Luego, con el tiempo, alguien nos relató, o leímos en otra parte, que el café y aquella taberna - en donde sólo daban cerveza caliente y unos altramuces secos - habían sido el centro de los más canalla del barrio. Y de que el Poveda tenía fama porque se alternaba con las oscuras putas del café allí mismo, entre las sillas y la barra. Del sótano de la taberna contaban otras historias. Alguna de ellas, entre niños precoces y borracheras sonadas, hacía alusión a una noche flamenca de postín, con los flamencos que se encerraron durante dos o tres días en la cripta, entre seguiriyas cabales o rumbas del Bambino, que por allí paraba a veces.
Todas estas historias las conocía bien J. y las relataba entre silencios prolongados cuando le animábamos a contarlas. Su mitología personal era dueña de un escenario inacabable y repetido. Que había comenzado, muchos años atrás, cuando se escapaba, decía, para ver trabajar a su padre en el colmado de la calle Echegaray y contemplaba de lejos el trajín. Tenía, según nos dijo, que acercarse de incógnito, porque el padre le había prohibido terminantemente que fuera a visitarlo al bar, y ni aún a la calle. De entonces, niño y clandestino, aprendió la leyenda atroz y secreta del barrio.
Al principio, de la calle Echegaray y los pasajes que la rodeaban - el pasaje Fernández y González, la calle Ventura de la Vega, los sótanos de Casa Parra, la terraza del Viva Madrid. Más tarde, mozo ya, su repertorio se iría ampliando. Y llegó hasta Gayango, el centro matinal del toreo, en la calle Núñez de Arce; el bar La Oficina, donde se encontraban apoderados y banderilleros sin trabajo y donde, según la leyenda, un día el Pipo se encontró con el Renco- el Cordobés para la historia- en una ocasión en que iba buscando a otro novillero; la Casa de la Mojama, en la esquina de la Calle de la Victoria, centro de la reventa universal; o el Picardías, el comedor de la calle de la Cruz, sito en el primer piso de una casa destartalada, donde la mayoría de comensales eran mozos de espadas o picadores de la comarca de La Sagra, por lo menos.
O, en la memoria de la plaza, se recordaba en voz baja al café Poveda, el oscuro local de la calle Ventura de la Vega, en donde no penetraba ninguna luz desde fuera y unas cortinas celaban el interior. No había clientes y una bruja rencorosa miraba, acodada en la barra, a los pocos que entraban, perseguidora de una venganza que, año tras año, acechaba con la misma intensidad a quien silenciosamente aguardaba. Y que, adivinábamos, iba a ser atroz cuando sucediera.
El Poveda, y la sucia taberna de al lado, cerraron un buen día, y nadie pareció advertirlo, pues una existencia aletargada habían mantenido durante aquellos años finales. Luego, con el tiempo, alguien nos relató, o leímos en otra parte, que el café y aquella taberna - en donde sólo daban cerveza caliente y unos altramuces secos - habían sido el centro de los más canalla del barrio. Y de que el Poveda tenía fama porque se alternaba con las oscuras putas del café allí mismo, entre las sillas y la barra. Del sótano de la taberna contaban otras historias. Alguna de ellas, entre niños precoces y borracheras sonadas, hacía alusión a una noche flamenca de postín, con los flamencos que se encerraron durante dos o tres días en la cripta, entre seguiriyas cabales o rumbas del Bambino, que por allí paraba a veces.
( fot. Gabriel Cualladó. 1960)
Todas estas historias las conocía bien J. y las relataba entre silencios prolongados cuando le animábamos a contarlas. Su mitología personal era dueña de un escenario inacabable y repetido. Que había comenzado, muchos años atrás, cuando se escapaba, decía, para ver trabajar a su padre en el colmado de la calle Echegaray y contemplaba de lejos el trajín. Tenía, según nos dijo, que acercarse de incógnito, porque el padre le había prohibido terminantemente que fuera a visitarlo al bar, y ni aún a la calle. De entonces, niño y clandestino, aprendió la leyenda atroz y secreta del barrio.
Al principio, de la calle Echegaray y los pasajes que la rodeaban - el pasaje Fernández y González, la calle Ventura de la Vega, los sótanos de Casa Parra, la terraza del Viva Madrid. Más tarde, mozo ya, su repertorio se iría ampliando. Y llegó hasta Gayango, el centro matinal del toreo, en la calle Núñez de Arce; el bar La Oficina, donde se encontraban apoderados y banderilleros sin trabajo y donde, según la leyenda, un día el Pipo se encontró con el Renco- el Cordobés para la historia- en una ocasión en que iba buscando a otro novillero; la Casa de la Mojama, en la esquina de la Calle de la Victoria, centro de la reventa universal; o el Picardías, el comedor de la calle de la Cruz, sito en el primer piso de una casa destartalada, donde la mayoría de comensales eran mozos de espadas o picadores de la comarca de La Sagra, por lo menos.
Luego, había otras calles, otros lugares ya hacia la Puerta del Sol, más reservados, a los que J. apenas hacía mención. Como la casa de citas que el torero X. inauguró a su retirada de los ruedos, en el Pasaje de Cádiz. O el colmado de la calle Arenal, frecuentado por el mundo de ultratumba. De la calle Jardines, de la de la Aduana, aledañas a la Puerta del Sol, apenas hablaba, aunque ciertas referencias de Jaime, el crítico taurino - que había descubierto aquellos lugares imposibles con la guía del pintor Luis Claramunt - le hacían sonreír. Y callar.
Con Jaime recreaban un itinerario taurino que el tiempo había hecho habitual, en torno a la plaza. Comenzaba inevitablemente en Gayango, el célebre bar que desapareció hace ya décadas. (Luego se convirtió en "La Trucha", que tenía un punto flamenco en tiempos, pero ya no era lo mismo. Después fue nada). En Gayango, según contaban, se reunía todo el mundo, sin distinción de clases. A partir de ahí, comenzaba la deriva - y las clases.
La tertulia mítica, contaba, a la que sólo accedían los elegidos, era desde luego la del café inmediato a la casa de los Dominguín, la Cervecería Alemana. Aún existe, en la esquina de la plaza. En ella estaban, permanentes, los Dominguín, algún Bienvenida, los Lozano - que tuvieron un enfrentamiento célebre con el mayor de aquellos, Domingo -, el pintor José Puente, que tenía el estudio en el ático de la casa, los críticos Curro Fetén o Zabala padre, los picadores de Quismondo y los toreros de moda, actual o pretérita, que por allí cayeran.
En el otro extremo, La Oficina, el laberíntico bar de Núñez de Arce, adonde acudían a contratarse los banderilleros sin cuadrilla y los novilleros en busca de apoderado.
Famosa era la costumbre, aseveraba, de que en medio de la negociación llamaran en voz alta a la joven promesa, con la amenaza de:
"Faustino Molina, al teléfono por favor. Le llama a usted el señor Jardón" - o los Stuick, o Berrocal, o Canorea, o cualquiera de las empresas rutilantes de la época. El interfecto se levantaba, acudía al teléfono y pagaba lo convenido al camarero después. Dicen que la interpelación a veces tenía éxito en las negociaciones, aceleradas por la amenaza de aquella supuesta exclusiva. Dicen. El periplo tradicional transcurría después por el Guernica - donde la barra era señorial y el vino era el usual de Madrid entonces. O sea, de Arganda y malo -; el Sol y Sombra, en la esquina del callejón del Pozo; el inmenso local del Quinto Toro; los tugurios de la calle de la Victoria, donde habitaba la reventa. Llegaba después, en camino de vuelta al origen, a Viña P., el bar de la plaza donde se encontraba todo el mundo taurino en la feria, a la cafetería Suiza, y alcanzaba a veces el mismo hotel, vértice de la deriva.
En el hotel Victoria, la puerta giratoria daba acceso al primero de los círculos dantescos, el amplio salón, adonde podía acudir cualquiera sin tomar nada y esperar a ver quién caía por allí. En el segundo círculo infernal, el salón de entrada al bar, ya había butacas y se desperezaba permanentemente una tertulia de críticos en espera de tiempos mejores. Tenían siempre el gesto de haberlo visto todo, haberlo dicho todo el invierno anterior, y apenas miraban al recién llegado, un advenedizo, o a la joven promesa que rondaba los sillones por debajo de las cabezas de toro disecadas.
El tercer círculo era más reservado aún, su acceso casi vedado. Era el propio bar del hotel, pequeño y de un vago estilo inglés. Su ingreso era casi imposible y sólo los iniciados - o los que soñaban inútilmente serlo - alcanzaban el mismo. Entre otras cosas porque la barra era muy angosta, los butacones inmediatos solían estar ocupados siempre y los precios eran prohibitivos. (Aún recordamos la celebración tras una corrida de otoño en la que fuimos invitados por un picador que había alcanzado un vago éxito aquella tarde en Las Ventas. Al volver de pagar en la barra comentó, con notable tristeza: "Me acabo de dejar el dinero de la corrida..."). El cuarto círculo estaba vetado directamente. Era el de las habitaciones del hotel, escaleras arriba, donde residían los toreros y las cuadrillas. A él sólo tenían acceso los hierofantes del culto.
Por la noche, de vuelta de los toros, el itinerario tomaba otros derroteros. Iniciado quizá con el mismo orden - el Hotel, la plaza, los salmonetes de La Trucha, la mojama de la calle de la Cruz, los fritos de Arlabán - la deriva podía alcanzar más tarde otros lugares, pisos altos de la Casa de Guadalajara o la de Almería, en donde había flamenco. O más privados, los sótanos de algún garito en el barrio, donde se reunían los músicos. O llegarse hasta la calle del Olivar, por Lavapiés, en cuya cripta había bulerías siempre. A partir de ahí el itinerario se hace más oscuro, sus referencias en el mapa se pierden.
Itinerarios privados, mapas de la plaza. En el barrio había otros lugares posibles, por supuesto. Pero estos J. no los recordaba. Eran los de los asiduos del Ateneo, lectores y conversadores tristes, conspiradores eternos, afectados por las mortecinas luces del lugar y el olor a polvo de las estanterías de la biblioteca. O los clientes de las tiendas de antigüedades que ocupaban otrora la calle del Prado. O los rastreadores de libros antiguos en las polvorientas librerías de Lope de Vega, Jesús de Medinaceli, la calle del León o la misma calle del Prado. Pero este itinerario a J. le era perfectamente desconocido.
Él, según supimos mucho tiempo después, tras haber frecuentado en forma de compañero de viaje el mundo taurino y flamenco de la ciudad, había marchado varios años atrás a trabajar a Alemania, en la época de la emigración en blanco y negro y las maletas de cartón. A su regreso, la plaza, las calles aledañas habían iniciado ya el cambio irreversible. Pero no se dio cuenta. O no quiso dársela.
El hotel había desaparecido. Los locales que citaba en su mayoría estaban cerrados. No quedaban tertulias taurinas a la vista. Los garitos flamencos se habían clausurado. Y del itinerario antiguo de la época anterior apenas persistían ahora unos restos mortecinos en forma de citas privadas, encuentros furtivos, conversaciones efímeras, que renacían un momento por alguno de los locales de la plaza en los días de feria y desaparecían después.
J. ahora apenas sube al barrio. Cuando lo hace siempre alude a algún lugar, un cantaor, una sala de billar, un banderillero del que los demás - excepto Jaime - lo ignoramos todo.
Una mañana de invierno, atravesando por la calle Embajadores, le vimos cruzando la acera, en su barrio distante y como indefinido. Es la trasera de la antigua estación de las Delicias que se acerca al río, a la M-30, cercana a la ronda de la autopista y es apenas descriptible. Su exilio nos pareció entonces doblemente señalado. Lejos de un tiempo. Y de la plaza para siempre, ya.
El hotel había desaparecido. Los locales que citaba en su mayoría estaban cerrados. No quedaban tertulias taurinas a la vista. Los garitos flamencos se habían clausurado. Y del itinerario antiguo de la época anterior apenas persistían ahora unos restos mortecinos en forma de citas privadas, encuentros furtivos, conversaciones efímeras, que renacían un momento por alguno de los locales de la plaza en los días de feria y desaparecían después.
J. ahora apenas sube al barrio. Cuando lo hace siempre alude a algún lugar, un cantaor, una sala de billar, un banderillero del que los demás - excepto Jaime - lo ignoramos todo.
Una mañana de invierno, atravesando por la calle Embajadores, le vimos cruzando la acera, en su barrio distante y como indefinido. Es la trasera de la antigua estación de las Delicias que se acerca al río, a la M-30, cercana a la ronda de la autopista y es apenas descriptible. Su exilio nos pareció entonces doblemente señalado. Lejos de un tiempo. Y de la plaza para siempre, ya.
viernes, 17 de agosto de 2012
De la deconstrucción y otras salsas
La revista "About Language, Wounds or Not" del Departamento de Crítica Literaria de la Universidad de Georgetown publica en su último número de junio una interesante encuesta, realizada por varios autores, sobre el tema de "La deconstrucción y la nueva cocina". La encuesta, ubicada dentro de la sección "Subject´s Death", solicitaba a los intelectuales convocados que localizaran el tema de la nueva cocina dentro de nuestro país, España, donde al parecer "está ahora surgiendo un espacio privilegiado en el terreno de la nueva gastronomía para observar los límites de la crítica del lenguaje idealista y la cuestión del etnocentrismo y la pérdida del sujeto" en los fogones deconstructivos del país. La revista se abre con una fotografía de Julia Kristeva, en pequeño, y otra de Paul de Man, acompañados de una orla con la efigie de Ferrán Adriá - en grande - como inspiradores de la cosa debajo del epígrafe de "La muerte del autor".
Aunque desigual, la encuesta ofrece algunos testimonios e interpretaciones interesantes.
Así, uno de ellos, es el recogido por el video-artista californiano Nick Ceballos, el cual relata la visita que el pasado año hubo de efectuar al restaurante barcelonés "Escalivada i lenguatge". En consonancia con el nombre del lugar, y con una coherencia que hubiera dejado pálido al propio Joseph Kosuth en los años del conceptual más árido - los de Art and Language de quien Ceballos supuso se habían inspirado para el rótulo - en la carta se ofrecían diversos platos más o menos apetitosos, que el video artista se apresuró a elegir. Pero cuando estos llegaron a la mesa, descubrió que - coherentemente - los accidentes y aún la propia sustancia del menú habían sido sustituidos por un rótulo que colocaban encima de la mesa y en el que figuraba la palabra "salmonetes". O, en etiqueta aparte, "confitura de salchichón".
Nuestro artista, versado en las artes de los 80, y aún en estrategias posteriores, comentó simplemente de la ortodoxia de semejante cocina conceptual, que al fin había sustituido los groseros e imperfectos datos sensoriales - pálido reflejo de un mundo de sombras preplatónico - por el nombre de la cosa. Agradecido por el entusiasmo conceptista demostrado cuando llegó la hora de pagar dibujó sobre el mantel el esquema de una tarjeta de crédito, y después añadió la efigie de unas monedas en rotulador como propina. Seguidamente, cuenta, se marchó a cenar al Tibidabo.
También interesante resulta el testimonio del etnógrafo francés Georges Sauvage, el cual en sus propias palabras relata cómo: "Debido a mis trabajos en el Matto Grosso brasileño, a la frecuentación de las hetairas caribeñas o probablemente a una carencia intelectual innata, yo nunca había entendido muy bien el concepto de la differance, y esa obsesión por la marca y las huellas que sobrevuela todo el pensamiento francés desde hace décadas. Que todo significado fuera opacidad o mella es algo que, después de tanto tiempo en el trópico, no se me alcanzaba.
La semana pasada, sin embargo, almorzando en La Coruña después de un congreso etnográfico, tuve una suerte de revelación acerca de lo que mi ilustre compatriota Jacques Derrida hubiera definido como la errancia original.
En compañía de unos colegas habíamos acudido a tomar a unas tapas a una plaza del lugar y quiso la suerte que entráramos en un bar nuevo que se denomina Gastroteca y que mostraba las huellas de un diseño entre Aldo Rossi y el escenógrafo de Blade Runner. Quizá fuera una premonición. Pues cuando pedimos una tapa de mejillones- que en La Coruña son extraordinarios, como saben todos mis colegas - nos sacaron una suerte de bandejita con espuma y un palillo en donde, por más que lo intenté, no encontré el mejillón por ninguna parte. Al principio pensé que quizá la tapa fuera demasiado sutil para un etnólogo, bretón al fin y al cabo, que en su infancia merendaba los mejillones por paletadas, y que quizá pidiendo dos o tres raciones más acabaría disfrutando de la sutileza y encontrando el mejillón en sí.
Pero a la sexta bandeja desistí y comprendí que, como el objeto en su origen, éste siempre acaba eludiéndonos y no resta, en esta interpretación sin playas ni mariscos, sino la huella de un principio que siempre acaba hurtándose. Entonces recordé el axioma derridiano: "En el origen era la huella".
De otro cariz resulta el relato que en este caso efectúa el propio restaurador, David Trueba, flamante dueño de "El Boletus Perenne"- situado en el madrileño barrio de Pozuelo - uno de los más innovadores chefs de la nueva cocina española, a quien se había solicitado su aportación teórica al tema.
"Hace unos meses - relata el propio David- tuve la fortuna de que acudiera a mi restaurante Boletus el maestro zen japonés Yoshida Kenko. El maestro, que no habla español, venía acompañado de una especie de secretario, oriental también, que le servía de intérprete. Emocionado ante su presencia - no en vano mi cocina se inspira en su libro "Zen o el arte de la hambruna" - sugerí un menú largo y estético en el cual le fui ofreciendo los productos más sutiles y delicados de mi gastronomía personal. Cuyas fuentes han sido, antes que el Ruperto de Nola, Néstor Luján u otros mamotretos, el libro de aforismos del propio Kenko, que me han inspirado una cocina sutil y esquiva sobre el arte del vacío, cuyos fundamentos intento aplicar en mi propio local.
Una a una le fuimos ofreciendo al maestro nuestras creaciones más célebres y más evanescentes. Éste no abrió la boca durante toda la noche, ni para decir una palabra ni para probar nada de lo que le íbamos sacando. Por un momento pensé si no sería de su agrado el menú. Pero al punto comprendí que Yoshida me estaba ofreciendo uno de los más sutiles koan de su libro - y de la tradición zen - aquél que revela cuál es el sonido de una palmada cuando se realiza con una sola mano. Su inmovilidad, su desdén eran perfectos.
Al final, el maestro se dirigió en tono cortante a su intérprete, y todos nos acercamos a escuchar qué había dicho.
- Dice el maestro que si no hay cochinillo. Que él ha venido a España a comer cochinillo.
Después de la inmovilidad, yo creo que fue una suerte de acertijo más y con él Kenko me enseñaba la humildad y la paradoja del vacío de sus libros.
El caso es que al día siguiente me dijeron que se había ido a Segovia, a Casa Cándido, en donde repitió. El zen es inagotable".
Por último y last but not least la revista "About Language..." recoge el texto del poeta portugués Antonio de Andrade el cual, breve pero precisamente, expone que:
"Se me ha solicitado por parte de la original revista que ustedes tan dignamente dirigen un texto sobre la nueva cocina española y sus relaciones con la deconstrucción y la muerte del sujeto, o la infinita interpretación y demás acertijos, por decirlo brevemente.
El problema es que mi concepto de la gastronomía, nueva o antigua, cuando viajo a España, es un bar de la Plaza Mayor de Madrid, esquina a la calle Ciudad Rodrigo, en donde por un euro ofrecen un bocadillo de calamares fritos y a cuya cita jamás falto.
Ignoro qué relación puede tener el bocadillo de calamares con la deconstrucción. A no ser que en esfuerzo teórico habláramos del vacío interno calamaril como constituyente del deseo - y de la perpetua errancia en pos del antro de la Plaza Mayor. Pero dada la cantidad de aceite que tienen los bocadillos del lugar me temo que hablar de vacío sería un poco inapropiado.
El otro lugar que frecuento es Lhardy, en donde venden unos callos estupendos. Hablar de callos en salsa, nouvelle cuisine y de la muerte del sujeto, me parece ya excesivo. Aún para un poeta de la Beira Alta".
Aquí termina el texto de Andrade. Y el interesante artículo de Language..., cuyas aportaciones más destacadas recogemos.
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- AA.VV. "About Subject´s Death and New Gastronomy"
en "About Language, Wounds or Not" Review Nº 147, June 2012, Univ. of Georgetown Washington, D.C.
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