martes, 30 de abril de 2013

De los oficios III

 
( fot. Antonio Novillo)

Dicen que Andrés ha vuelto a herrar caballos. Muy mal tienen que andar las cosas para que haya vuelto a coger pujavante y escofina.

La verdad es que su trayectoria como herrador, hace unos años, había durado un suspiro. Andrés era el hijo simpático y como destartalado de una familia comme il faut. El padre era notario o algo así. Al vástago lo único que le gustaba era andar a caballo y por los bares. A veces juntaba las dos aficiones y entraba con el potro en la taberna. No sé qué habría pensado la familia para él, pero era evidente que tenía otros planes.

Más bien no tenía ninguno. El tiempo como proyecto no existió nunca, y mañana era una quimera. No he conocido a nadie con más facilidad para prolongar la charla cuando te lo encontrabas, y una velada con tan afable contertulio podía culminar de madrugada en el lugar que menos lo esperaras - un garito en la sierra, o una curda monumental en la bodega de una finca perdida hacia el río, como sucedió en alguna ocasión.

Su paso por el mundo del herraje fue sonado - si bien algo breve.

Una mañana llegó a la finca de unos conocidos, recién terminado el curso de herrador y adquirido el cajón de las sólidas herramientas del oficio. Desde lejos vimos cómo se preparaba la operación al modo usual, se sacaban los caballos a la calle, se cepillaban y se dejaban sujetos con el ramal frente a la cuadra.

Cuando regresamos por la tarde, los caballos seguían allí.

- Debe de ser un herrador concienzudo - comentó alguien.

Pero la conciencia debía de ser minuciosa hasta el paroxismo, porque a la mañana siguiente, y aún a la otra, los animales continuaban en la misma postura, inmóviles y hartos frente al muro del guadarnés.

Luego, alguien nos contó la historia. En lo que preparaban los animales, y las tenazas de escascar, y los clavos, y la cuchilla, y aún un horno pequeño y funcional - que no en vano Andrés había estudiado el curso en Francia y traía las últimas novedades - herrador, ayudante, dueño de la yeguada y mozos de cuadra habían marchado un momento al pueblo, a tomar un refresco porque era verano, y tres días más tarde aún no habían reaparecido. Afortunadamente a la noche siguiente los potros fueron desatados y soltados en un prado inmediato. Pero nadie supo si habían llegado a herrarse.

El oficio de herrador es muy duro, y, a pesar de todas las últimas novedades, a la larga destroza la espalda del artista - y en el caso de Andrés, debió de afectar al hígado también.

El caso es que al poco tiempo vimos que había desaparecido de la nómina - breve pero ilustre - de herradores de la provincia, y había regresado a su antiguo oficio de domador de potros imposibles, publicista de varios sementales árabes, encerrador profesional de las fiestas de la comarca, preparador de caballos para el raid - que también - y aficionado a los concursos de salto locales. Y cofrade de todas las discotecas de la región, en un radio que en ocasiones llegaba a sobrepasar Despeñaperros y aún Los Puertos, como se demostró más adelante.

Allí se perdió, dicen algunos, y un conocido comentó que le había visto paseando en barco por la Bahía, aún calzado con los botos de montar. Durante una larga temporada fue el único recuerdo - hasta que, años después encontró el camino de vuelta - de su antiguo paso por el escenario hípico de la alta Extremadura .

Los antiguos herreros eran algo más persistentes. Figuras esenciales en el campo charro ignoro si su oficio conservaba, secretamente, algo del legendario prestigio de los herreros mitológicos, dueños del fuego y de la forja. Por aquí nadie había leído a Mircea Eliade. Pero en la tradición oral - o en esa sabiduría rural que raramente se pronuncia - el herrero seguía siendo el dueño de la fragua mágica, el recinto oscuro y poblado de herramientas ancestrales, en cuya oscuridad, al fondo, brillaba el fuego.

También tenían bastante más trabajo que ahora, la verdad. Porque, aparte de herrar las caballerías, abundantes entonces, su labor era impagable a la hora de aguzar las rejas - que por definición, siempre estaban embotadas - forjar puertas, zachos, aldabas, estribos, cerrojos, bocados y espuelas, anteriores a la producción en cadena. Y encima pertenecían a una época en la que hasta los bueyes se herraban, con unas herraduras curvas en forma de pestaña, llamadas callos, y había que tenerlos perfectamente en orden si se quería avanzar en la siembra.

Yo nunca vi herrar a un buey de labranza - casi no los he visto ya, ni herrados ni descalzos - pero cuentan que a alguno había que suspenderlo en vilo en el potro de piedra, para que se dejara calzar
por las buenas o las malas.

Sabia época. Los herreros entonces, que no habían hecho cursos en Bretaña, te obligaban a sujetar las manos y los pies de los caballos mientras los calzaban. Con las manos, podía pasar. Pero con los pies aquellos hipogrifos feroces, que venían de la autarquía, acostumbraban de cuando en cuando a soltar unas patadas imprevistas que arrastraban consigo herradura, clavos, yunque y martillo. Y al infeliz que se agarraba al casco y volaba junto a las demás herramientas.

Con los años la nueva generación de herradores, que había seguido cursos en el Haras National de Saint-Lo (o en su defecto, un curso por correspondencia de la Cámara Agraria), no sólo herraban ya ellos solos, con una técnica envidiable, sino que te permitían descansar y fumar charlando con los vecinos, - que nunca ha faltado público para esta ceremonia - mientras ellos se dejaban la espalda con  su envidiable ciencia. Con los cursos franceses habían llegado al campo tecnologías inéditas como el herraje a fuego, las herraduras ortopédicas, las plantillas de silicona y hasta las radiografías previas a la operación, para corregir posibles defectos de los aplomos. Unas furgonetas flamantes anunciaban en todas las fincas la llegada del joven herrador titulado, a quien se había avisado previamente mediante el correo electrónico y un complejo calendario de prioridades.

Si lo llega a ver Argimiro... Éste, menudo y recio y siempre tocado con una boina, fue el herrador de toda la comarca durante más de cuarenta años. Vivía en una alquería, agrupada en torno a una rivera y una fuente que daba un agua insuperable, - la llamaban "la fuente cana" nunca supe por qué, ya que era un manantial como los demás, con brocal, un cacillo de latón en la repisa y renacuajos en la hierba - y a la que sólo se llegaba por caminos de herradura. Nunca mejor dicho.

Argimiro habitaba en una casa aledaña a la fragua y a un corral de piedra que hacía las veces de almacén, tenada y cochiquera, y en donde se guardaba una colección de instrumentos medievales dignos del mejor gabinete de la Santa Inquisición. En el patio anejo a la fragua se ataban los caballos y allí permanecíamos herrando toda la tarde, que cuando acudíamos nunca era con menos de ocho o nueve animales. Era verano siempre, o al menos yo así lo recuerdo, y al calor de la solanera del patio se añadía el que surgía de la puerta del horno abierta y de la que de vez en cuando salían los golpes rítmicos con que el señor Argimiro corregía las suelas en el yunque. A este fulgor del Averno había que añadir el sudor propio de la pelea con aquellas bestias mitológicas, ninguna de las cuales había seguido jamás curso de doma en Haras National alguno, y se defendían de los clavos con las armas que la vida les había aportado. Que no eran pocas en el caso de algún elemento, desahuciado de varios tratantes y ferias de ganado, y a quienes mis tíos habían recogido a lo último con un fervor encomiástico. Como ellos no tenían que agarrarles las patas...

Dado que nos turnábamos, entre bestia y bestia, daba tiempo a bajar a la fuente cercana, con un botijo secular que le daba un sabor especial al agua cana. O te permitía también entrar en la fragua, a la sombra, para descubrir al poco tiempo que allí hacía aún más calor que fuera. Vulcano como acompañante mitológico y sus mansiones tienen estas cosas.

Pero luego en invierno era un placer acudir a visitar al señor Argimiro - por camino de herradura, de nuevo - y hablar con él en la fragua, a oscuras casi, con la excepción de las chispas que incesantes brotaban del horno del fondo del Hades. Allí, sobre muros de ladrillos de adobe y bajo una cubierta de borraja - que ambos, bien cuidados, conservan mejor la temperatura que ningún otro material - guardaba éste una colección incomparable de herramientas milenarias que yo iba descolocando mientras nuestro herrero aguantaba con paciencia también milenaria.

Allí había yunques, escofinas varias, pujavantes, tenazas de todas las marcas, martillos de forja, de herradura, cuchillas, legras, rasquetas, perchas de forja, botapuntas, ganchos, leznas. Y clavos de todos los tamaños - alguno debió de pertenecer a la cabalgadura del gigante Polifemo. Y aldabas, y lanzas de carro, y bocados, y espuelas, y llamadores, y recatones, y morillos, y cerrojos, y calderos, estrébedes , trípodes, atizadores y calvocheros. E instrumentos forjados, de función ignota, cuyo nombre el señor Argimiro nos iba enumerando, dueño de la lírica del hierro, con la misma paciencia.

Argimiro se retiró un buen día - que hasta a la fragua de Vulcano le había llegado el turno antes - y la casa fue cerrada. Con su permiso, a veces, todavía la visitábamos y admiramos, ya en silencio, el horno apagado, la bacanal de hierro y forja que aún colgaba de las paredes, figuras de la herrería antigua que nunca habíamos visto antes, y cuya función nos sería desconocida ya para siempre.

Con el tiempo, la alquería entera fue abandonada. No sé qué sería de la fragua de Argimiro, ni de sus maravillas infernales.

Luego, vendría el tiempo nuevo de los herradores titulados, los de los cursos en Saint-Lo. Ésa es otra historia.

Ahora, dicen que hasta Andrés ha regresado. Le esperamos en el bar, cerca de la plaza. En épocas oscuras todos los caminos llevan allí, centro del universo, omphalos de las fraguas.





jueves, 18 de abril de 2013

El humo al fondo




La fotografía está tomada en Varsovia, en 1943. No sabemos quién la sacó. Pudo haber pertenecido a la Wehrmacht. (Una de las imágenes más célebres del gueto y las deportaciones al campo de Treblinka había sido extraída por el propio Jürgen Stroop, general jefe de la fuerzas de ocupación nazis. La instantánea en la que un niño perplejo lleva las manos en alto, formaba parte de un reportaje destinado a Himmler sobre la represión del levantamiento judío. Daría la vuelta al mundo).

Es una fotografía documental. Carece de toda intención artística. En ella, en los días trágicos de la primavera de 1943 aparece un grupo de civiles judíos que caminan por una calle en ruinas, alguno con los brazos en alto, escoltados por los soldados alemanes. 

La imagen está tomada de frente. Los deportados caminan hacia la cámara. Caminarán más lejos, sabemos, cuando ésta haya sido sobrepasada. Al fondo de aquella, cascotes, casas en ruinas, el humo de los incendios a lo lejos.

Todo está en movimiento en la imagen. Los civiles andan, su marcha es absoluta, sin remisión, pausa ni vuelta posible. Los soldados caminan en hilera, acompañan el éxodo, marcan la línea de la fuga. Hay vehículos militares detrás de la escena, pero su detención es aparente. Su función es el desplazamiento, cumplen una tarea bélica y ésta es por definición móvil, excluye toda distancia.

Las casas se derrumban y el humo al fondo de la imagen habla de la disolución de lo que resta: el gueto va a ser quemado, volará hacia el aire, en forma de ascuas y volutas incomprensibles hasta el recuerdo, hasta su desaparición final.

Restan en la fotografía aún los signos de la permanencia. Los portales, las ventanas, la acera, que habían sido cotidianas. Pero la imagen nos señala, indiferente, que nada quedará, que todo lo sólido será olvidado, que no habrá después sino humo y pavesas.

Todo se mueve... La invención de la fotografía había dado cuenta, desde su origen, de una tensión permanente, nunca resuelta, entre lo que desaparece, en la herida fatal del tiempo, y el instante detenido, un momento, el gesto de la permanencia, un ápice, anterior a la inexorable pérdida.
  
Pero en esta imagen del gueto, de mayo de 1943, todo está ya condenado, aún antes de que el instante quede fijado por la cámara.

La permanencia, sus signos aún... La ropa de los deportados, que habla de una dignidad, una ritualidad social establecida en la época, después de mucho tiempo. Un bolso de mano. Una corbata. Unos zapatos de tacón. El gesto, ya perplejo, habla de una dignidad, una urbanitas que aún no les han podido robar. Las casas exhiben todavía su solidez, una costumbre urbana que sólo los años, la tradición, otorgan. Hablan de un discurso de la perennidad, de la burguesa Varsovia. Las ventanas, acceso a un interior privado, nombran lo que resta al margen de la calle, de todo tránsito. Hay una antigua avenida, una plaza al final.

El humo, al fondo, designa la extinción, inminente. En esta imagen todo se mueve y todo está ya condenado. La marcha de las gentes, el incendio del barrio judío, la destrucción de la ciudad. El tránsito sólo culminará, sin pausa ni reflexión posibles, en Treblinka, Auschwitz, en el campo de Majdanek.

  

lunes, 15 de abril de 2013

Criticar al artista. I



 Siendo uno aún un niño, recuerdo todavía una de las primeras críticas artísticas a las que hube de asistir, que tenía la forma de dos vejestorios que contemplaban una exposición en la clásica galería Biosca, la de la calle Génova.

Yo había ido con mi padre, que repetía de tarde en tarde el itinerario habitual de las galerías de arte de la zona. O sea, Juana Mordó - que estaba enfrente de casa -, la primitiva Theo en las Salesas; los salones de la planta baja de la Biblioteca Nacional; la primera Kreisler; la librería Aguado; Iolas-Velasco, que estaba más lejos... Y por supuesto el sótano de Biosca, que aún conservaba algo del aura de santuario de la posguerra.

En todas las exposiciones de entonces había obras de Manolo Millares o de Benjamín Palencia, me parece ahora. En algunas, de Álvaro Delgado u Ortega Muñoz. Más tarde todas fueron de Genovés o el Equipo Crónica. (Pero eso fue después, porque ya me habían puesto pantalones largos, que en casa la tradición del pantalón corto y los calcetines altos se guardaba hasta una edad impropia).

La exposición de Biosca, aún la recuerdo, era del pintor Francisco Mateos, expresionista castizo que en su momento acudía regularmente a todas las salas de la capital. Mi padre me estaría comentando algo del expresionismo y la posguerra, supongo - fuera cual fuera el tema del que se hablara, siempre surgía la autarquía por algún lado - y yo debía de estar aburriéndome porque, aún siendo un enano, había entendido que allí visto un cuadro los había visto todos. Entonces entraron en el sótano dos vejestorios disfrazadas de cacatúa y con unas dosis de colorete en el rostro que aún no he podido olvidar, y se pusieron a alabar los lienzos del sevillano a grandes voces.

Decían cosas como: "¡Qué expresión!". "Qué ternura, por Dios". "¿Has visto qué sentimiento?" y frases por el estilo. Gesticulaban mientras tanto con exagerados ademanes y ocuparon ciertamente la galería por un momento. Luego, se marcharon enseguida. Debían de ir al café Gijón, intuyo.




Entonces yo pensé que aquellos loros debían de pertenecer al mundo artístico y que había un conocimiento profundo en su admiración que a mí se me había escapado, verdaderamente. Intenté ver de nuevo los cuadros tras la arenga psitaciforme. Pero el entusiasmo se me resistía. Allí había ocurrido algo, entre las máscaras del pintor y las máscaras de las entusiastas y nadie se había dado cuenta al parecer. Habría que insistir, pensé. Tanta careta merecía una crítica.

Los expresionistas nos perseguían. Otra exposición que recuerdo nítidamente, a despecho de la distancia, es la del belga Constant Permeke, de quien ignoro por qué caminos había llegado una amplia muestra a las salas de la Biblioteca Nacional. A mí de nuevo - y eso que ya iba vestido de mayor - se me resistían las pinceladas como brochas y los rostros como máscaras de aquella sala. Pero mi padre, que ese día estaba inspirado, comenzó a hablarnos de la tradición expresionista de las ciudades centroeuropeas y de la tragedia que se estaba gestando en la Europa de la guerra, y al parecer eso era algo muy importante, que se percibía claramente en los chorreones del belga. Recuerdo incluso que se había puesto a hablarnos de ello en voz baja, mientras unos señores que antes le habían saludado y tenían aspecto de altos cargos de la Diputación Provincial charlaban al lado en voz alta y con suficiencia de banalidades varias.

Así es que lo que había que hacer era hablar en voz baja, pensé, y apreciar la crisis de posguerra en las telas coloreadas. Mientras, los diputados provinciales se dirigían hacia la sala de los canapés. El secreto estaba en los brochazos airados, semejaba, y la banalidad al contrario residía en la sala de las bandejas, donde varios cargos con bigote hablaban de pintura moderna con suficiencia, sobre un pertinaz rumor de emparedados.

Todo arte tenía un discurso, aprendimos entonces, y era tarea nuestra acceder al mismo. Que además solía estar oculto tras la sala de los canapés y la sonrisa autosuficiente de las autoridades de turno.

Fatigoso descubrimiento éste que habría de llevarnos durante años por las más prolijas justificaciones y autosuficiencias, esta vez no de los consumidores de emparedados de jamón, sino de la locuacidad del arte moderno y sus estetas.



A uno, a despecho de la ira de posguerra, recuerdo, lo que le había gustado en el fondo desde pequeño eran los cuadros de Paco Lozano, amigo íntimo de mi padre, valenciano como él y del que teníamos bastantes telas entre la casa de Madrid y la de Alicante. Entre los cuadros de Paco había dos telas de Benjamín Palencia, de ambiente manchego e irreal al mismo tiempo, que siempre me fascinaron y un dibujo como de casa en el bosque de Vázquez Díaz que también me agradaba. También alguna litografía abstracta de Miró, algún Mompó valenciano igualmente, y unos grabados orientales, con pagodas y faroles en medio de la montaña nublada que siempre me intrigaron  Había muchos más cuadros, claro, pero estos eran principalmente los que yo recuerdo.

A Paco le reprochaban cierta complacencia, al parecer, como era el hecho de que muchas noches cuando venía a cenar de pronto se quedara contemplando un cuadro en la pared y se levantaba de nuevo a mirarlo, e incluso a cantar sus excelencias. Pero a mí el hecho de que alguien fuera capaz de admirar una obra propia, pasado el tiempo y ya vendido el lienzo, me parecía una excelente señal y me daba la seguridad de que aquel hombre disfrutaba de verdad con lo suyo. Además, y puede que también contribuyera a mi simpatía, Paco venía a buscarnos en su coche a casa de los abuelos en Benidorm y después nos paseaba por todos los pueblos de La Marina - Sella y Altea, Callosa o Alfaz del Pi, o Castell de Guadalest - y esto siempre influye. Otros se han vendido por menos.

También venía a cenar a la huerta de los abuelos, entre otros, el pintor Genaro Lahuerta, de quien con los años he aprendido a apreciar sus cuadros. Pero en aquel entonces acudía con unas corbatas de lazo tan estridentes que, contaban los mayores, yo no apartaba la vista de ellas durante toda la noche, y  además era incapaz de articular comentario alguno sobre aquellas. Ni de hablar con él, por supuesto,  distante detrás de tan cromático parapeto.

Estas cosas influyen también, y con el tiempo aprendemos que muchas veces las corbatas nos impiden apreciar las telas. Además Genaro no tenía coche entonces. O por lo menos a mí nunca me llevó en él. Y encima había que alquilar un taxi para ir a su estudio, en Altea la Vella, y volver ya de noche, en el autobús de La Unión de Benisa, factores todos que contribuyeron  a que uno tardase algo más en valorar su pintura.

El juicio tiene estos caprichos, a veces.


Pero a despecho de los amigos de mi padre y sus compañeros de tertulia en el café Gijón, o el Lyon, o el Hotel Suecia, quien de verdad nos introdujo en el discurso inagotable de los artistas y su repetición sin fin fue Noemí Martínez, nuestra profesora  de arte en el colegio Estilo, escultora ella misma y casada con el pintor Manuel Mampaso, a cuya casa y estudio sobre un alto en la calle Serrano comenzamos a acudir asiduamente.

 Con Noemí empezábamos todas las tardes una ruta interminable, después del colegio, en un 600 de la época - que fue el auténtico origen del camarote de los hermanos Marx - y en el que nos dirigíamos a las galerías de arte, museos abiertos o en obras y estudios de pintores en ejercicio para culminar, después de la visita y la charla acostumbrada, en la acera de la plaza de Cibeles, adonde nos despedíamos hasta el día siguiente.

Lo que hablaban aquellos artistas... Lo que hablaban los encargados de las galerías de arte. Lo que discurseaban los oficiantes de la tertulia del Gijón... (A este dictamen sólo escapaba un asiduo del café, vestido de negro y sentado siempre en silencio, solo, en una mesa, sonriente y con una pipa en los labios, que acudía allí todas las tardes. Nunca se sentó con nadie y nunca le vimos pronunciar una sola palabra. Alguien nos aseguró después que se trataba de un escritor, cuyo nombre no recuerdo, y por curiosidad nos pusimos a indagar sobre la ignota obra suya. No la encontramos jamás y ninguna de sus supuestas novelas se encuentran en algún repertorio de ninguna parte. Se  trataba de una especie de poeta japonés, sin duda, como comprendimos más tarde).

Los artistas hablaban y la facundia de sus afirmaciones no dependía necesariamente de la de su obra, que podía ser de una parquedad insoportable. Noemí los conocía a todos.



Una tarde, en el estudio en las afueras de un pintor conocido suyo - cuyo nombre no recuerdo, pero sí que portaba una perilla algo caprina - éste se dedicó toda la velada a conversar con nuestra inspiradora, sin dejarla intervenir, y a nosotros no nos hizo mientras el menor caso. De su discurso inacabable  recuerdo vagamente que consistía en una crítica acerada contra la experimentación y los artistas cuya obra nunca acababa de definirse, por un lado. Y en censurar la facilidad que tenían aquellos para someterse al mercado, por otro. Lo fascinante de aquello era que semejaba que Mefistófeles se estuviera refiriendo a su propia producción, que colgaba, generosamente acumulada y experimental también, sobre las paredes y suelos del estudio. Pero no. Él se excluía vanidosamente de tales faltas.

Otra de las cosas que aprendimos de aquella tarde distante, en aquel taller situado en el más allá, era que los artistas en Madrid se conocían todos. Y que hablaban siempre mal los unos de los otros.




A mí los cuadros que me atraían cada vez más eran los del propio Manuel Mampaso, que colgaban distraídamente del estudio en donde nos juntábamos ya todos los fines de semana. Puede que me sugestionara más el hecho de que, a diferencia de los talleres y exposiciones que con Noemí frecuentábamos, de los de su casa nunca se hablaba - ni por supuesto él, que se retiraba sonriendo apenas nos veía aparecer en tropel por la casa. Con los años aprendí a relacionar aquellos lienzos de un solo gesto en blanco y negro con la obra que estaba pintando Franz Kline en otra  parte - o, de manera más sofisticada, el propio Robert Motherwell, cuya exposición temprana en la Juan March marcó unas temporadas más adelante. Pero en aquel momento las referencias eruditas carecían de toda importancia y aquella nuestra era una forma de ver, sin referencias, que nunca más podríamos repetir .

A mí me gustaban cada vez más aquellos cuadros de signos inmediatos en blanco y negro que ocupaban la casa por completo y de los que nadie, excepción única en aquellos días locuaces, hablaba.

Puede que fueran también las espléndidas fiestas que Noemí y sus hijos preparaban, en aquel ático desde cuya terraza se avistaba todo Serrano, y cuyo telón de fondo eran los cuadros del pintor, apilados en la pared para que, poseídos por la guitarra Fender de Jimmy Hendrix, no los destrozáramos.

Puede. Pero entonces yo tendría que haber relacionado, pasado el tiempo, la pintura de la Escuela de Nueva York - o de la calle Serrano, sobre el edificio del Lázaro Galdeano - con la música de Led Zeppelin - o el descubrimiento, impagable asimismo, de comer con  palillos - y eso nunca me ha ocurrido. Debía de ser otra cosa. Debían de ser, por una vez, los propios cuadros.





miércoles, 27 de marzo de 2013

El velo del templo



MATTHÄUS - PASSION
BWV 244

 Nº 73. RECITATIVO


"  Evangelista

(...) Y entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y la tierra tembló, y las piedras se agrietaron.  Los sepulcros fueron abiertos y entonces aparecieron muchos cuerpos de santos que allí habían dormido, y salieron de sus tumbas después de Su resurrección, y fueron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos.

Cuando el centurión y los que estaban con él vigilando a Jesús vieron el temblor de tierra, y las cosas que ocurrieron, sintieron un gran temor , y exclamaron:

CHORUS

- Verdaderamente Éste era el Hijo de Dios. "

Gabblegung, Matthäus 27, 55-66


   - De " La Pasión según San Mateo", 2ª parte  " Crucifixión", de Johann Sebastian Bach. ( según el libreto de Christian Friedrich Henrici y corales luteranas de la Pasión) . Traducción de los caps. 26 y 27 del Evangelio de Mateo por Martín Lutero.

Estrenada en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, el Viernes Santo de 1729.

lunes, 18 de marzo de 2013

Sobre la dificultad de la caballería moderna





" CAP. XLVII

Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro, dijo:

-  Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero jamás he leído, ni oído que a los caballeros encantados los lleven de esta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales, porque siempre los suelen llevar por los aires con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube o en algún carro de fuego, o ya sobre algún hipogrifo o otra bestia semejante, pero que me lleven a mí ahora sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería y los encantos de estos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece de esto, Sancho hijo?

- No sé yo lo que me parece - respondió  Sancho -, por no ser tan leído como vuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso osaría afirmar y jurar que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católicas". (...)


           -  Miguel  de Cervantes    Don  Quijote de la Mancha      1605  , vol. I   cap. XLVII

jueves, 7 de marzo de 2013

De los oficios. II



Olegario siempre se dedicó a la pesca - y a la caza - furtiva. Ignoro cuán productiva puede ser esta actividad. Pero Olegario tiene ahora más años que una encina y de momento sigue paseándose por todas las charcas y cadozos de la provincia, y su rastro se sigue divisando -a lo lejos, siempre - en los cercados más apartados de la comarca.

Esta es una actividad solitaria. En la ciudad no se sabe de estas tareas realizadas en los páramos, en horas de labor callada, sin testigos, en parajes a los que nadie llega normalmente. En tiempos tuvo un compañero, Ovidio, pero éste ya desapareció hace años, y ahora él ha continuado solo su enigmático oficio.

Cuando caminaban los dos juntos, eran siempre el último recurso de las meriendas y celebraciones de toda la Huebra.

- Ovidio, que necesito unas tencas para una merienda mañana.
- ¿Cuántas?
- Pues un par de docenas.

Y al día siguiente se recogían las tencas, recién pescadas en la trasera de su casa.

- Olegario, ¿no me podrías conseguir unos conejos?
- Depende. Qué tal de prisa tienes.
- Para el sábado, que nos juntamos unos cuantos.
- Está la cosa muy mal. Hay epidemia. Veremos qué se puede hacer.

El sábado estaban los conejos, extraídos del último refugio conejil de la zona. Que sólo ellos conocían.

A veces liebres, tencas, ranas y gazapos provenían de la misma finca de aquél que se las hubiera encargado. Detalle sin otra importancia dentro de la economía concejil. Si la merienda se celebraba en el mesón de F. - que ya ha cerrado - o en la propia finca los proveedores furtivos participaban en ella. Dentro de las normas del comercio local, figuraba el que los productores se incluyeran en el consumo.

Tampoco conoce uno los balances financieros de la economía del furtivismo. Pero largos inviernos pasaban, uno detrás de otro, y los pescadores seguían sonriendo, Olegario se fumaba un puro interminable - que nunca jamás le abandonó de la comisura  de los labios - y los dos asistían a cuanta merienda se celebrara en la comarca.

En la perspicaz teoría del mercado en la vega del río se incluían todas las actividades no contables, y casi no designables, de los oficios. Olegario poseía un huerto en el pueblo - una huebra que daba los mejores garbanzos de la zona - y proveía regularmente de legumbres a los más selectos paladares. Tanto él como su compadre criaban además algunos cebones en los corrales de su casa - antes de que las normas  burocráticas prohibieran tal actividad - y la matanza casera siempre ayudó también a pasar el año, por crudo que éste viniera.

Y por supuesto, Olegario además andaba al monte. (Ovidio no, que era más señorito ).

Oficios de la precariedad, tareas del silencio. El oficio del campo incluye una soledad que ahora, conectados siempre a algo, apenas podemos concebir.

De todas ellas, las de los cortacinos era la que más nos impresionaba. Aislados en el monte, en cercados remotos a los que nadie accedía, su labor, en pleno invierno, era la más distante, la más lejana, la más silenciosa. Y esta sensación se acentuaba más todavía cuando se alcanzaban a conocer los chozos, levantados con palos y escobas, en los que los antiguos carboneros vivían la temporada en las mohedas.

Una geografía antigua, y remota, nombraba estos chozos en el campo, las casetas perdidas en los cuartos de las fincas.

Los furtivos las conocían todas.

- Ovidio, ¿dónde puedo encontrar berros?
- En el cuarto de Encinasola. Pero está muy lejos.
- Ovidio, ¿de quién es una plaza de tientas de piedra, que está en lo alto del castillo?
- Del marqués. Hace mucho que está abandonada.
- Ovidio, se me ha perdido un perro cerca de la laguna.
- Vete a buscarlo al cordel. Todos van a parar ahí.

Paradojas de la economía antigua, los mismos que esquilmaban las charcas eran los que surtían luego de alevines las mismas.

Los furtivos vendían tencas nuevas, y sardas, y gazapos, y perdigones para repoblar las fincas. A ellos se acudía cuando se quería cebar una charca nueva.

- Olegario, necesito unas sardas para unos cadozos.
- ¿Dónde están?
- No te lo digo, que luego vas.
- Bueno, pues no me lo digas. ¿Cuántos cántaros quieres?
- Pues unas diez docenas.
- Vale. Mañana te las llevo.

Luego, inevitablemente, descubrían la charca. No se lo decían a nadie, pero en su topografía privada y minuciosa figuraba toda la provincia. Con los regatos con más pesca o arruinados, los pasos más abundantes en  torcaces o las conejeras más ricas en gazapos, perdidas en medio de algún berrocal remoto.

También suministraban los utensilios de la pesca. Ovidio remendaba nasas y luego las vendía. Y reteles para los cangrejos. Y anzuelos para las tencas, y cebo para las sardas, y alevines de galápago, y perdices para el reclamo. Y escopetas de perrillos exteriores, y cartuchos usados. También vendían , y esto era peor, hurones para la caza en las huras, que estaba terminantemente prohibida. A estos los tenían en jaulas y cuando alguno se escapaba - o una comadreja, o una donosilla - los primeros en enterarse eran todos los gallineros vecinos, que recibían la desaforada y minuciosa visita de aquellos diminutos criminales.

Así se iba tirando. Los oficios de la soledad se escapan a la norma, a los reglamentos de Hacienda y a los balances de fin de año. Los inviernos son largos, y las tareas muchas.

La otra tarde, oscureciendo ya, percibimos un inusitado movimiento de ganado en un cercado distante. La zorra, o algún perro asilvestrado, pensamos. Nos dirigíamos a la raya, cuando cruzó, cercana, una sombra incierta, que se alejaba hacia la finca vecina.

No nos dio tiempo a llegar a ver quién era. Cuando alcanzamos la raya, la sombra ya había desaparecido.

- Qué raro. Si estaba aquí hace un momento.

Nos volvimos a casa. En cierto modo era un consuelo saber que Olegario sigue recorriendo las fincas.


miércoles, 27 de febrero de 2013

De los oficios






Este invierno, de pronto, una insólita actividad en el monte. Las fincas por las que atravesamos aparecen, como una estampa antigua, cubiertas de los montones de leña del desmoche, sembrado el suelo del ramón del olivo. Los cortacinos están desplegando una rara actividad y entre los cercados se oye el ruido de las motosierras, y remolques destartalados  recogen los palos, las toconeras entre las mohedas.

Puede que sea el invierno, el tiempo de arreglar los robles antes de que vuelvan a cargarse de brotes. Pero también pienso en una insólita tarea de los carboneros, de nuevo, que vuelven al monte ahora que los demás oficios se agotan.

Cuando éramos chicos aún perduraban en las tierras los chozos, de palos y escobas, de los cortacinos. Algunos pasaban el invierno en el monte. En las majadales, todavía, se divisan a veces los restos de las antiguas carboneras, disimuladas entre los claros. Era un oficio difícil, delicado, y peligroso en ocasiones.

Los cortacinos tenían que tapar el montón de leña menuda con tierra y añadían agua a intervalos sobre la cisquera, para que los palos se consumieran lentamente. En el horno la leña se debía quemar por un igual, y un ritmo ancestral hacía que la combustión fuera ni muy rápida - con lo que el carbón se perdía - ni muy lenta. Había que trepar, con cuidado, sobre el mismo y mantener la chimenea abierta, demorar con jarros toda la combustión para que, finalmente, el ramón se hiciera cisco, carbón vegetal, entonces muy solicitado. Algún carbonero desapareció un día entre la humeante leñera, cuentan.

Pero ahora el cisco se ha acabado, combustible pobre. No sé a qué viene esta insólita actividad de los leñadores, de nuevo.

Por la mañana en el pueblo encontramos a Abel. Todos los días está en el mismo bar, a la misma hora. Ha quedado en ir a recoger unos tocones secos, que quedaron en un robledal desde el año pasado, y se lo recordamos. Que ya irá cuando el camino vuelva a estar practicable, nos dice. Como sigue lloviendo, y además ha empezado la nieve, no sé cuándo ocurrirá el evento. En abril, comenta alguien.

Ahora tiene menos trabajo, en el invierno. Cojo, viejo e infatigable, en verano recorre los pueblos con una furgoneta mágica, que instala a la puerta del baile, o de las verbenas.

Aún recuerdo un otoño, una fiesta en la alquería de R. Estaba helando ya y la gente salía de la oscura escuela - donde actuaba un hombre orquesta cuyas voces se oían en varias leguas a la redonda - un instante, regresaba enseguida al calor del baile.  En la puerta, bajo el granizo, estaba la caseta iluminada de Abel, con collares fluorescentes, molinillos incansables y ramas de azúcar hilado, que pringaban sólo con mirarlas. Los niños se agrupaban contra el mostrador, contaban las monedas, volvían deprisa a la escuela. En el baile todo el mundo acabó con collares fosforescentes, que se agitaban con los pasodobles y traían algo de optimismo al mortecino salón, a la aldea en sombra.

El carricoche de Abel es mágico, pensé entonces; luego cada vez que nos lo encontramos en las fiestas de la Huebra, o en alguna romería más tarde.

Abel está cojo, y camina con un bastón formidable. Pero lo hemos visto subirse a los árboles, destral en ristre, a culminar el desmoche de alguna guía. No sé cómo lo hace. También se dedica a la chatarra, recoge los aperos viejos de las fincas, los vende luego en Zamora, dicen. Y debe de llevar comisión de las orquestas locales, porque siempre se recurre a él cuando se quiere contratar alguna para la verbena. Aunque últimamente éstas se han reducido bastante y el hombre orquesta del estruendo insuperable cubre con creces las necesidades de las fiestas patronales.

Este animador ambulante,  una vez, en la del santo de un pueblo grande, apareció incluso con acompañamiento : un organista flaco y como ausente y una cantante oxigenada y rotunda, que entonaba pasacalles y tangos con un inolvidable acento eslavo - y una melancolía íntimamente eslava, también. Tuvieron un gran éxito, dicen, y más de uno pensó en apuntarse a la orquesta, y acompañarles por su vagabundeo incansable. Pero no sabemos cómo se apunta alguien a una orquesta de verbena, y siempre nos quedamos con nostalgia cuando les vemos marcharse.

Después vamos al bar de Carmen, frente a la iglesia, donde nos han dicho que podemos encontrar a Óscar, que se dedica a la leña también. Está , en efecto , y nos convida a café mientras se forma una improvisada tertulia.

El que más habla es Lorenzo, pariente lejano, que asegura poder desvelar el futuro de las subvenciones agrarias. Vasto misterio que los demás no alcanzamos a desentrañar - aunque Daniel, el alcalde de un pueblo de la ribera, acaba de regresar de la enésima reunión en torno al programa ganadero de Europa. No han podido aclarar nada, me comenta en voz baja.

Pero Lorenzo nos da varias pistas, con voz firme, acerca de lo que se va a decidir en Bruselas para la próxima campaña agrícola.

Lorenzo es simpático, algo destartalado. Durante algún tiempo tenía bares en el pueblo; luego abrió un restaurante rural en medio de una finca, más tarde una discoteca a la salida de la plaza. No sé que tal le iría con ellos: invitaba a todo el mundo y todos teníamos cuenta en el bar. Más tarde dejó la hostelería y se metió a picador de toros. Viajó por toda España y toreó algo en Francia. Después, un día, lo dejó y empezó a domar caballos. Abrió un centro de turismo ecuestre y compró varias yeguas desvencijadas para pasear por las cañadas. Pero las yeguas se le murieron, la mayoría, y tuvo que cerrar el centro al poco de haberlo inaugurado.

Ahora debe de tener algo de ganado, según cuentan, y organiza excursiones por el campo. Nadie quería pasear en sus yeguas esqueléticas, parece, pero en cambio ha tenido un cierto éxito con las visitas organizadas a las ganaderías, que ameniza con su inagotable discurso. Siempre invita, además, y tiene la suerte de conocer los intríngulis de la política de subvenciones agrarias, que estos días tiene a los de los  pueblos en una notable desazón.

También está, callado y atento, Alfonso, el hijo del vaquero de una finca cercana. Alfonso es muy buen caballista, y monta cualquier potro, y encierra ganado con la montura que le ofrezcan, sin ponerle pegas a ninguna, por cerrera que pueda estar. Algún día ha venido a ayudarnos y da gusto trabajar con él, porque mantiene la norma de los vaqueros antiguos, que con sol o con nieve no terminan la tarea hasta que se ha repasado el último becerro. Se nota que es hijo, y nieto, de mayorales .

Hubiera trabajado en cualquier finca, en otro momento. Pero ahora los tiempos están difíciles y nadie contrata a más gente fija para las casas. En su lugar, le llaman de vez en cuando, para las vacunaciones o para ayudar a encerrar el ganado. Ha optado entonces por lo que hacen tantos caballistas jóvenes: se ha sacado el carnet de picador de toros y acompaña a una cuadrilla por las plazas de Francia, sobre todo. También ha abierto un picadero en la finca de su padre y doma los caballos que le envían - algunos unas buenas prendas desahuciadas de tres o cuatro domadores anteriores. Pero él no le hace ascos a ninguno y la gente se está costumbrando a mandar a su casa los potros complicados. Así va tirando, aunque no sean buenos tiempos para la hípica.

Daniel, el alcalde, me avisa de una próxima reunión sobre los secretos de la Política Agraria, reunión a la que, asegura, no podemos faltar. Si lo afirma él, habrá que ir. Además se celebra en L., un pueblo cercano que tiene muralla romana y castros vetónicos, y quintas del XIX y un mesón en las afueras , con tencas y sardas de extracción clandestina. Nos citamos en el bar.

Él, que es un lince, entre otras cosas abrió en tiempos una especie de empresa para los trabajos eventuales. Con un van y un todo terreno acudían a las fincas con sus caballos para los saneamientos o las vacunaciones, pensando en que últimamente en el campo sólo se necesita gente para los días señalados. No sé qué tal le iría la empresa, porque no he vuelto a oir de ella. También lleva carpas desmontables a los pueblos para la fiesta, y contrata animadoras, y abrió un mesón en una carretera perdida.  Como no había forma de acceder al mismo, nadie llegó en efecto al colmado y tuvo que cerrarlo al poco tiempo. Ahora tiene algo de ganado, también, y organiza fiestas flamencas en un pub cercano a la iglesia.

Cuando nos retiramos al fin - tarde, que la tertulia está animada y espesa - podemos hablar con Óscar, que es hermano de una de las dueñas del bar. De la diversa gama de  productores del monte, él es uno de los más especializados. Es el único que se dedica a la leña vieja , la de los robles caídos o las toconeras. No sé qué hará con ella, porque todo el mundo comenta que no tiene apenas salida.  Hace poco un amigo suyo ha importado de China una especie de caldera que sólo funciona con astillas secas, y se anuncia en todos los bares - en una esquina del cartel aún figuran unos enigmáticos ideogramas chinos. Pero Óscar lleva toda la vida dedicándose a recoger la leña seca, y es el único en toda la provincia además.

Nos quedamos hablando con él a la salida, en los soportales de la plaza. Tiene bastante trabajo, según dice, aunque se queja del mercado del carbón. Cuando nos despedimos le pregunto por su otro hermano: iba en la cuadrilla de un matador de toros, muy bueno y sin apenas contratos, y no sé qué va a hacer, ahora que el torero se ha retirado.




viernes, 8 de febrero de 2013

La incredulidad



Hay algunos incrédulos incluso en las aldeas al oeste. Una mujer me comentó las pasadas navidades que no creía ni en el infierno ni en los fantasmas. Pensaba que el infierno era meramente una invención ideada por el párroco para que la gente fuera buena; y a los fantasmas no se les permitiría, sostenía, ir "deambulando por el mundo" según  su propia voluntad; pero, añadió "hay duendes y gnomos pequeños y caballos acuáticos y ángeles caídos".



          - W. B. Yeats           The  Celtic Twilight   

jueves, 7 de febrero de 2013

El antiguo irlandés


El antiguo irlandés

"También está seguro de que los gatos, que abundan mucho en los bosques, tienen un idioma propio, una especie de antiguo irlandés".


La banshee

"También le pregunté si había visto alguna vez a la banshee. "La he visto", dijo, "allá abajo, junto al agua, batiendo el río con sus manos".


Un itinerario azaroso.

"¡Por la Cruz de Cristo! ¿Cómo iré? Si paso por delante de la colina de Punboy me puede acechar el viejo capitán Burney. Si doy la vuelta bordeando el agua, y subo por donde los escalones, en los muelles están el  descabezado y otro, y debajo de la tapia del viejo cementerio hay uno nuevo. Si tiro a la derecha (...) en Hillside Gate se me aparece Mrs. Stewart, y en la vereda del Hospital está el diablo en persona ".


La alegre turbamulta

"El tiempo se hunde en decadencia
como una vela consumida,
y a las montañas y bosques 
les llega el día, les llega el día.
Pero tú, amable turbamulta antigua,
de los estados del ánimo nacidos del fuego, 
tú no desapareces".



Sobre  Irlanda

"En Irlanda este mundo y el mundo al que vamos después de la muerte no están muy separados".



             - From      The  Celtic Twilight,  1898. ( 2ª ed. London, 1902).

domingo, 6 de enero de 2013

De bibliotecas varias






De entre los dispares libros que la tía Pilar guardaba en el caserón familiar figuraba una edición de las obras completas de Azorín, publicada con cierto esmero por el Instituto Alfonso el Magnánimo de Valencia, que yo leía distraídamente los días que íbamos a verla y que al final ha ido a parar a una remota casa de campo, lejos del sol y la humedad de la costa.

No sé si la tía Pilar las leería alguna vez. Aunque su biblioteca era bastante arbitraria y cabían los más variados encabezamientos, aquella edición de Azorín no dejaba nunca de sorprenderme cuando la volvía a encontrar, intacta, en los estantes del salón de arriba de la casa.

La verdad es que el repertorio de libros de la familia era bastante entretenido y en ellos, además de una aplicada afición a las guías de viaje y manuales sobre el arte del renacimiento italiano - que se repetían en todas las estanterías - de vez en cuando uno se topaba con sorpresas inesperadas, y algunos hallazgos fascinantes.

Como una joya, que encontré un verano en forma de edición de finales de siglo XIX de las novelas de Julio Verne, editada en folio por una imprenta catalana cuyo nombre no recuerdo, y que incluía los grabados originales de la edición francesa. En ella se repetían, prolijamente, varios de los ilustradores primeros, entre ellos el impagable Georges Roux. O una edición de mediados del XIX también del Teatro Crítico Universal de Benito Feijóo, en bastante buen estado y que nunca supe en qué momento había ido a parar a aquella casa. O la publicación en dos volúmenes de la obra crítica de Francisco Quevedo, decimonónica igualmente, y con profusión de barrocas litografías y aguafuertes... Ahora pienso que todas estas riquezas ilustradas, de imprentas catalanas del siglo romántico, debieron de venir de cuando la familia se trasladó de Barcelona a la costa, a la muerte del abuelo. Nadie debía de haberlas abierto desde entonces, porque los volúmenes estaban en una esquina del salón, cerrados y con un notable aroma marino - a humedad y carcoma - en sus páginas.

O las ediciones dedicadas a la familia por Mossen Jacinto Verdaguer, entre ellas la Atlántida, que encontramos al cabo de los años y después de que la tía Concha nos hubiera hablado los veranos de ellas. Siempre habíamos dudado un tanto de la originalidad de los manuscritos y de unos poemas autógrafos firmados por el Mossen, enmarcados en nácar, que se guardaban en la planta de abajo de la casa junto al comedor. Pero cuando accedimos, tarde, a ordenar y repasar los archivos, descubrimos que la leyenda renacentista de la tía era cierta, y que los manuscritos y dedicatorias y primeras ediciones eran originales, y que, al final, como en casi todo, la tía Concha tenía razón.

Luego, pasado el tiempo, descubrí que el poeta catalán había embarcado hacia la década de los 70 como capellán de la Compañía Transmediterránea, en la que trabajaban nuestros abuelos - y sus padres, y los de aquellos - como capitanes de barco, y de ahí debió de surgir la amistad y los originales y las primeras ediciones que en la casa todavía se guardaban.

En las estanterías de la biblioteca del comedor de abajo, y en la del cuarto de la tía Pilar, por lo demás, había clásicos en número apreciable, eso sí, sin el menor afán bibliófilo. Cervantes, Mesonero Romanos o el teatro de Calderón en ediciones honradas. Unos títulos raros de Baltasar Gracián de procedencia desconocida. Galdós en publicación barata y Lope de Vega en un manual escolar... Luego estaba San Agustín en varios volúmenes. Y, por supuesto, todo San Pablo, - las Cartas a los Corintios y Tesalonicenses, a los Gálatas o a los Romanos...- estudios sobre su obra e incluso monografías varias sobre la región de Tarso, Antioquía o la antigua Cilicia romana, regiones que la tía Pilar visitaba regularmente y de las que siempre volvía con alguna nueva guía, geográfico-mística o histórica.
 



Autores valencianos, locales o no, los había también en número sobresaliente. Entre los antiguos, un volumen con la obra de Ausias March en una edición sin fecha. Después, Vicente Blasco Ibáñez o Gabriel Miró - que había escrito abundantemente sobre la comarca, la suya al fin y al cabo - y entre los modernos Joan Fuster, amigo de mi padre. De Gabriel Miró faltaban todas las primeras ediciones, o las obras completas que en cambio, más tarde, descubrimos en la biblioteca de éste en Madrid. Supongo que las adquirió él en la capital. O que se llevó las que figuraran en la casa de la familia. En la posguerra, por otro lado, nuestro padre había comprado, en los saldos insólitos de aquellos primeros años, un buen número de joyas bibliográficas del 98 o del 27, de las que sólo vagamente me acertó a contar después acerca de los desastres de alguna biblioteca personal, que había desaparecido en los clamores de la guerra y reaparecía al cabo del tiempo en los libreros más insólitos y en las ventas más raras por parte de algún personaje que las hubiera conservado. O aparecían de pronto en las casetas de la Cuesta de Moyano, también, pero este lugar era menos insólito.

Modernamente, la afición regional de la familia se había prolongado a escritores como Manuel Vicent o Juan Gil Albert, de los que figuraba una biblioteca si no completa, bastante concluyente al menos. (La tía Pilar tenía alguna novela o cosa así de Javier Marías o incluso de Rosa Regás. Pero éste es un capítulo triste en la historia de la biblioteca sobre el que tampoco hay que porfiar). Del oscense Ramón J. Sénder alguien de la familia debió de considerar en algún momento que pertenecía al fin y al cabo al reino de Aragón, porque en los mismos estantes aparecían casi todas sus novelas. Incluida alguna de primera edición mexicana, de cuando la censura no permitía su publicación en España. Cómo llegó hasta allí es un enigma. Entre ellos, los autores del antiguo Reino de Aragón, se colaba alguna curiosidad ya local como la historia de las almadrabas en la cala del Rincón de Loix. O las relaciones del descubrimiento de la imagen de la Virgen del Sufragio en la playa de Benidorm, que aparecía en diversas ediciones, incluida alguna anónima. En torno a esta última - imagen de la que en la casa se debía tener una notable devoción a juzgar por la cantidad de estampas y relieves que había por toda ella - creo recordar que se guardaba incluso algún raro y meritorio ejemplar de poemas en honor de la misma, incluido el memorial de varios Juegos Florales sucesivos que se celebraron durante años en las fiestas del Castillo. (No creo que un suceso como éste se halle tan bien documentado en ningún lugar como en aquella casa familiar ). Aún recuerdo el título de uno de los folletos, o memorándum, de aquellos certámenes, el definitivamente poético "Trobes en lahors de la Mare de Déu del Sofratge", enunciado cuya carga lírica me eximió de hojear los versos contenidos en él, que quizá desmerecían de aquella primera promesa.

En el despacho de la tía Concha había libros de historia local, en torno a la comarca de La Marina Baixa. Estos aparecían firmados por diversos párrocos de la zona, principalmente. Los títulos, cuando los repasábamos, poseían esta vez un carácter épico de sabor innegable. Creo recordar un pequeño volumen intitulado Els Aragó al Ducat de Gandía i Comtat de Dénia i els Trastamara al Regne de València. Y sobre todo otro, acerca de una omnipresente señora de la historia local de la cual siempre hablaban los mayores en el porche, sobre la que versaba un folleto anunciado como: Beatriu Fajardo de Mendoza o Beatriu Fajardo de Guzmán, Senyora Territorial de Benidorm .

Obras locales las había sobre todo de un pariente lejano, sabio y minucioso, el cual se había dedicado a agotar los archivos y legajos de la comarca, en un radio comprendido entre la bahía de Altea y su mansión del puerto de Valencia, y había al parecer exprimido cuanto en ellos pudiera alcanzarse. Sus raras ediciones estaban todas junto a la chimenea de arriba, intonsas, por lo que siempre me quedé con la duda de si alguien - incluido mi padre, conspicuo archivero y lector de rarezas - las había hollado alguna vez.

                                                                

Y más catálogos sobre exposiciones: en Florencia, en Pisa, o en Verona. Un volumen kilométrico con fotografías del Museo del Cairo. Y clásicos como el André Chastel o el Wittkower sobre la pintura del Cinquecento italiana. Algún raro Camón Aznar. Un Lafuente Ferrari bastante rancio. Un ensayo sobre la escultura románica del soriano Gaya Nuño, que sin duda se debía a compras de mi padre. Y catálogos varios de Rembrandt o Vermeer - a los que la tía Pilar había visto en el Rijksmuseum - o de la exposición antológica de Watteau, monumental, en el Grand Palais. Y las obras completas de José Antonio Primo de Rivera en edición de inmediatamente después de la guerra. Y las de Ramiro Ledesma Ramos en una esquina del desván. Y algún raro Ángel Ganivet en el armario cerrado del salón. Y los libros de devoción de la abuela. Y el Año Cristiano, en volúmenes sueltos, en la edición de Croisset de 1851. La Biblia del Peregrino en tres volúmenes dedicada expresamente por el traductor, Luis Alonso Schökel, a la tía Pilar (Descubrimos más tarde que habían mantenido cierta amistad. Y una regular correspondencia durante años).Y los diccionarios de la lengua valenciana, llenos de polvo en un altillo. Manuales de lengua francesa, con carcoma. Y los cuadernos de navegación de los bisabuelos. Y los estudios de topografía y trigonometría de la Marina mercante. Y algunas cartas de navegación editadas en Londres, a finales del siglo. La revista La Esfera encuadernada. Y el Blanco y Negro del modernismo. Y La Ilustración Española y Americana . Y las obras completas del crítico Orts y Ramos, pariente de un bisabuelo a lo que decían. Y la cocina imposible de la Marquesa de Paravere. Y las colecciones de repostería tradicional. Y las ediciones populares de la Sección Femenina de Coros y Danzas...

En cualquier biblioteca de tantas generaciones - y de los viajes a América y a Liverpool -, y de los párrocos amigos de la familia y de los recuerdos de la Barcelona de la RenaissenÇa, se puede uno perder. Y en los cajones, en los desvanes, en el altillo, y en las carpetas y en la bodega...Y aburrirse generosamente, también .

Lo que nunca pude entender es cómo, en un recuento de una tarde de otoño en que, cosa rara, en el pueblo llovía, pude encontrar dentro de la estantería de la sala  de arriba la primera edición de una novela de Gonzalo Torrente Malvido - con quien entonces tomábamos café en Madrid tantas tardes -  "Hombres varados, en la rara edición del año 1963 con editorial Destino.

Una novela canalla - y bien escrita - de un escritor maldito y bien escrito, asimismo... Qué demonios hacía, cómo habría ido a parar a aquella casa...






jueves, 3 de enero de 2013

Días de niebla



Dos imágenes de la niebla, en estos días de invierno. En una, son las fotografías de Frank Hurley, que aparecen en la relación del viaje a los mares antárticos del capitán Ernest Shackleton y que acaba de publicarse en una nueva edición. Hurley acompañó a la expedición de la Endurance por el mar de Wedell, y permaneció con los náufragos de Isla Elefante mientras el bote James Caird emprendía su periplo de más de 1200 kms. hasta la factoría de Grytviken en busca de ayuda para los naufragados.

En varias de las fotografías flota un como constante velo de niebla y frío en la costa, sobre un mar de hielo, que recuerda de forma gráfica la definición de la isla que hiciera uno de los náufragos: "A pall of  fog and snow".

La otra imagen, clásica en la película de 1973, es la llegada del padre Merrin, el exorcista, que accede a la casa hechizada de Georgetown entre una niebla inolvidable, un farol solitario en la sombra, un paraje remoto del que ninguno puede tener una clara visión.

Libros de la niebla, conversaciones de estos días... Curiosamente una mañana Jaime me habla de la novela que le ha prestado M., lector y prestador universal de libros, que se titula, según dice, "Noche y niebla en el París ocupado". La novela es de un autor, Fernando Castillo, al cual desconocía absolutamente. A Jaime le está encantando y, no sé por qué, añade: "A ti te va a gustar mucho". Ignoro qué razones tiene para afirmar tal cosa, pero suele acertar. (Excepto en la reciente presentación de una obra teatral en sesión privada en el Teatro Español, la cual defendió fervorosamente, imagino que por razones de amistad. Y que me hizo comprar la entrada en el momento. En el acto había leído una descripción lírica e inquietante a los asistentes. Lástima que la lírica perteneciera exclusivamente a su propia voz) .

Pero Jaime suele acertar con las lecturas y, no sé por qué, con las mías especialmente. Entre otras, a él le debo el descubrimiento de un autor búlgaro y semita como Ángel Wagenstein y su excelente, entre otras, Lejos de Toledo. Y sobre todo el de Amos Oz, cuya Una historia de amor y de oscuridad  sigue siendo uno de los relatos de iniciación - y pérdida - mejores que he podido conocer estos últimos años.

Casualmente al poco tiempo entra M., el dueño de la novela nocturnal, en el café, e inmediatamente acordamos que antes de devolvérselo Jaime el libro pasará por mis manos. Tampoco sabe decirme mucho más del autor, excepto una vaga cita a Modiano - lo cual, tratándose del París de la ocupación no es mucho - y otra a José Carlos Llop -al que nombra como José Ramón, o algo así- cuyo relato de las vicisitudes del escritor González Ruano en el París de la guerra, París suite 1940, yo ya había leído - y el cual tenía la virtud de dejarte con la misma sensación de vaguedad e indefinición al final de la novela que al principio.

M., biblioteca ambulante, siempre acude con algún artículo, revista o libro inédito. Otro día, mezcla insólita, aparece con un volumen sobre filosofía alemana, cuyo título no puedo recordar. Pero también con la lujosa revista Terres Taurines que el francés Andre Viard ha publicado recientemente sobre el encaste de lidia de Vega -Villar - y de la que me habían hablado pero nunca había podido hojear.

Además del texto, que suele ser riguroso - y en donde, según cuentan, desmenuza y separa la procedencia de los toros de Encinas de los de Vega-Villar - las fotografías de fincas que conocemos: Hernandinos, Gudino, La Torre, Pedro Llen y otras. Son prolijas, y muy buenas, y viéndolas uno se imagina la niebla que habrá ahora sobre el campo. Una llamada de T. lo confirma. "La helada que está cayendo en la Huebra. No se ve nada con la niebla".

Casualidades de la niebla. Esa noche cenamos con FranÇois y Monique, y sale a relucir el tema de la novela parisina y nublada de M. Resulta que ellos conocen al autor, buen amigo suyo, y ensalzan su seriedad y su erudición. Van a menudo a su casa en Madrid y aquél ha estado en la suya en París. Aquí , meriendan entre los huecos que dejan los libros y los cuadros que ocupan de manera preferente el piso.  Me comentan también de forma laudatoria la novela. ("Pero, ¿aún no la has leído?".  "Pues no, tengo que esperar a que la termine Jaime, que estos días anda muy ocupado con otras actividades").

No sé qué relación tiene la niebla con París. Pero comiendo otro día con G. éste se dedicó a evocar los árboles del Jardín de Luxemburgo, a cuyo melancólico escenario daban sus ventanas cuando estudiaba en la Escuela de Altos Estudios con el historiador Pierre Chaunu. Varios inviernos en ese lugar deben de marcar para siempre. Y G., en el fondo, sigue defendiendo una retórica francesa, orgullosa y de posguerra, que a los demás nos abandonó hace tiempo. Me comenta de pasada el ensayo clásico de Edward Said, su conocido Orientalismo. Yo, que lo había leído el invierno pasado, recuerdo lo irritante de su obsesión por la formación de paradigmas como el oriental, como un fantasma de la propia mentalidad y de los temores de Occidente. Todo muy foucaultiano. Pero bastante latoso.

La parte mejor del libro, le comento, es la descriptiva. Como cuando cita los viajes de Edward Lane. O de Flaubert. O del propio Loti. El lugar es real, sea lo que sea, y su fascinación, tangible. Pero aunque con cierto distanciamiento, uno no puede acabar nunca de matar al padre, y para alguien como G. que habitaba frente al Jardín de Luxemburgo el teórico Foucault y sus elaboraciones fantasmales no se clausuran así como así. Criticar a Edward Said puede pasar, por una vez. Pero si hablamos de alguien como Lévi Strauss con cierta distancia le puede dar un síncope allí mismo, en la mesa del restaurante japonés en el que conversamos. En donde el sushi adquiere de pronto las características de una iluminación profana, oriental y silenciosa. A Roland Barthes, incluido su libro El imperio de los signos sobre la estética japonesa - y no digamos el clásico La cámara lúcida sobre la fotografía - se le puede seguir leyendo, le comento para consolarlo. Pero cuando nos invitan a sake en cantidades navideñas ya no lo puedo evitar y saco el tema de la prosa letal de Louis Althusser - en la cual él incluye el asesinato de su mujer - o la de Julia Kristeva y la revista Tel Quel para ver si se anima la sobremesa. No me hace falta llegar a Robbe Grillet y el nouveau roman. G. se anima en efecto, a pesar del frío, y terminamos cantando canciones de Boris Vian en el bar de la esquina. Un camarero, Bene, que ha viajado, nos acompaña en un perfecto francés urbano. París no se acaba nunca, afirmaba Vila Matas en uno de sus libros más legibles.

En días de niebla una de las pocas cosas razonables que se pueden hacer es volver a leer la biografía del Capitán Cook escrita por la inglesa Vanessa Colingridge, miembro de la Real Sociedad Geográfica, según nos informa su editor, y que había publicado en el 2002 un excelente ensayo sobre el legendario explorador. Como lo ha escrito una británica y no un discípulo de Phillipe Sollers sin ir más lejos, en la biografía nos encontramos con viajes, regresos, islas australes, la guerra de los Siete Años y el enigma de los mapas de Dieppe. En lugar de alguna interminable elucubración sobre la figura del explorador como simulacro del discurso occidental, por ejemplo. Y nos asomamos, asimismo, a una época, de finales del XVIII, en donde todavía existía la Terra Incognita. Y los mares remotos, y las islas ignoradas, y los viajes sin regreso. Antes de que un fantasma universal anegara todas las denominaciones, y todas las diferencias, y todos los desembarcos, devorados por el final de los nombres. Y de todos los relatos.

Pero de esto ya había hablado hacía tiempo, con desgarradora lucidez, el Levi Strauss de los Tristes trópicos, a quien había releído días antes de que empezara por fin el invierno. Y de quien aún recuerdo su sentencia: Así me reconozco, viajero, arqueólogo del espacio, tratando vanamente de reconstruir el exotismo con la ayuda de partículas y residuos. O su definición del etnólogo como viajero moderno que corre tras los vestigios de una realidad desaparecida.

A algunos franceses de después de la posguerra se les puede seguir leyendo. ("No os olvidéis de la canción de Jacques Brel" afirma días más tarde Mónica, en plena euforia de discusión sobre la niebla y la prosa francesa. "No nos olvidamos. Pero era belga", le responde alguien).

Tengo que llamar inmediatamente a G. para contárselo. Aunque dicen que tras la sesión nipona-francesa y el coñac de después se ha sumido en un estado de nirvana del que se niega a salir y no coge el teléfono a nadie. En su caso el nirvana, creo, consiste en que ha vuelto a sumergirse en la lectura de la Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo por enésima vez. De la que resurgirá contándonos una apasionada descripción de la Noche Triste y del cacique Gordo de Zempoal con gran entusiasmo y acompañamiento de antorchas simuladas.

Nunca he podido entender cómo sigue leyendo a Sartre. Ni a Simone de Beauvoir. Quizá sea una pose.  "Yo -comenta Verónica, que viene de la niebla del Estrecho estos días - preferiría que me arrancaran una muela". Todos asentimos en silencio. Después, el camarero, Bene, nos pone música de Brassens, que le ha pedido Jaime .


Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...

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