Dibujo: Gustave Doré
Grabado: Joseph Héliodore Pisan
Tít: “ A vaste lake of boiling pitch, in which an infinite multitude of fierce and terrible creatures are traversing“.
Dibujo: Gustave Doré
Grabado: Joseph Héliodore Pisan
Tít: “ A vaste lake of boiling pitch, in which an infinite multitude of fierce and terrible creatures are traversing“.
Cuando leemos las crónicas medievales una misteriosa región se extiende al este de las colinas sirias. De ella, según el relato del obispo de Gibellum, Hugo de Jabala, habían surgido las tropas del Preste Juan en su intención de ayudar a los condados cristianos del Oriente Medio contra las huestes del sultanato. Pero, detenidos frente al río Éufrates, no habían podido cruzarlo y tras varios años de espera habían regresado a su reino y nunca volverían a acercarse desde su remoto imperio.
La confusión y la incerteza rodea a estos reinos, más allá de Babilonia la Desierta, a los que ningún mapa nombra. En la famosa Carta del Preste Juan al emperador de los romanos se citaban tierras fabulosas, desiertos inabarcables, montañas sin fin, ríos que nadie cruzaba. Pero también, entre sus nombres laboriosos, se deslizaban a veces términos conocidos, ciudades que pertenecen a la Ruta de la Seda, oasis que algunos viajeros habían alcanzado. Son todos nombres formidables, legendarios: Samarcanda, Bujara o el valle de Fergana. Trebisonda, Susa, el monte Ararat. O el paso Yang "más allá del cual no hay amigo", según la melancólica descripción que escribiera el poeta Wang Wei, de la provincia de Shanxi, en el siglo VIII.
En Wei. Lluvia ligera moja el polvo ligero.
En el mesón dos sauces verdes aún más verdes.
- Oye, amigo, bebamos otra copa.
Pasado el Paso Yang no hay "oye, amigo".
Son nombres, lugares fabulosos y remotos, de los que durante mucho tiempo la historia apenas da noticia. De la región de Bactriana, que en algún momento entra a formar parte del reino helenístico greco-bactriano, un diccionario histórico nos dice que sus límites eran:
"Al este con la región de Gandhara - ya en la India; al oeste Drangiana e Hicarnia; al norte la Transoxiana, la Sogdiana y la extensísima Escitia (Extra Imaus); al sur, la Aracosia".
Del norte, en un momento u otro, llegarían las tribus de los bárbaros, los pueblos nómadas que terminarían por invadir los reinos griegos, la región de los partos, el norte de la India, el oeste del Imperio Han... Son los yuezhi, los xiongnu, los kushan, los tocarios, las tribus de los escitas. Estos últimos, remotos e incontenibles, habrían constituido durante un largo tiempo el límite, la comarca esteparia de la que ningún viajero había podido dar cuenta.
"El persa Ciro había perecido en su campaña contra los masagetas, Darío I sufrió pérdidas considerables en su campaña contra los escitas y ni siquiera el propio Alejandro dirigió sus pasos en aquella dirección", leemos en uno de los capítulos iniciales del minucioso "Geografía y viajeros en la Antigua Grecia" de Javier Gómez Espelosín. Flavio Josefo en su Guerra de los judíos había dado cuenta de la condición remota -y temible- de estos pueblos:
"Había una nación llamada de los alanos, que anteriormente habíamos llamado de los escitas, y que habitaban en el Lago Meotis. En estos tiempos esta nación tenía a bien atacar Media y áreas ulteriores con el objetivo de realizar pillaje. Con esa intención hicieron un tratado con el rey de Hicarnia, ya que era el amo del paso que el gran Alejandro Magno había cerrado con puertas de hierro. Este rey les dio permiso para atravesarlo y así lo hicieron en grandes multitudes y cayeron sobre los medas sin previo aviso y rapìñaron su país, que encontraron muy habitado (...) Procedían de la lejana Armenia y en su paso habían arrasado con todo".
O el reino de Gedrosia... Del inhóspito reino de Gedrosia había encontrado noticias en un raro ensayo de Julio Verne, "Historia de los grandes viajes y de los grandes viajeros", que figura al final de un enmohecido volumen con los grabados de los ilustradores del siglo XIX, y que editaba la casa "Gaspar y Roig" de la Calle del Príncipe en Madrid en 1875. Al final del volumen y de las conocidas novelas "Veinte mil leguas de viaje submarino”, "Miguel Strogoff" o "Viaje al centro de la tierra", aparecía el no tan conocido ensayo del nantés sobre los primeros navegantes. En el que, entre otros, Verne recrea el tortuoso viaje de regreso de Nearco, el almirante de la flota de Alejandro Magno, desde la desembocadura del Indo por la desértica costa de Gedrosia hasta el golfo Pérsico, donde debían alcanzar el cercano reino de Babilonia, que ya había sido conquistado por los macedonios.
Gedrosia, de enigmático nombre, bajo el Indo, era en realidad una región inhóspita y desértica. Diodoro, que escribe sobre ella, apunta a "una nación inhospitalaria y completamente fiera pues los que habitan allí dejan crecer sus uñas desde que nacen hasta llegar a viejos y permiten llevar el cabello desgreñado".
Rebuscando sobre el tortuoso viaje de regreso de los macedonios desde la India, vuelvo a abrir el clásico "Anábasis de Alejandro Magno" de Flavio Arriano (al que la edición en la Biblioteca de Gredos hace aún más clásico). En éste, el historiador de Nicomedia relata el retorno de Alejandro desde el río Indo, cuando sus tropas se niegan a seguir avanzando más allá. Gedrosia, a orillas del Índico, es un reino que no pertenece propiamente a las satrapías hindúes. Y que está más allá de las ciudades y las satrapías de los persas.
Todo es árido en él. Arriano afirmará -después de la larga marcha victoriosa del emperador macedonio, hasta los confines del mar - que: "El tórrido sol y la falta de agua acabó con la mayor parte del ejército de Alejandro, y desde luego con las acémilas, que perecieron por hundirse en la arena, bajo un sol abrasador, y muchas de sed".
El almirante Nearco por su parte emprenderá con la flota un largo recorrido bordeando la costa "del Océano" hasta alcanzar el Golfo Pérsico, que en las descripciones se confunde fatigosamente con el Mar Eritreo - o Golfo de Adén, al extremo del Mar Rojo. Su periplo, que recoge Arriano en un libro posterior a la Anábasis titulado sencillamente "Indica", comprende también bajíos traicioneros, rompientes ocultas, costas sin agua, poblaciones miserables que divisan a lo lejos y no alcanzan a conocer, islas desiertas. "Pero la parte de Gedrosia cercana al mar estaba por completo deshabitada (...) El explorador regresó sin otra nueva que haber encontrado a unos pescadores que vivían próximos a la costa en cabañas miserables construidas con conchas de mejillón y los huesos del dorso de los peces empleados a modo de techo". No hay fuentes en ninguna parte, continúa describiendo Arriano, y de los pozos que excavan surge un agua salobre, apenas bebible.
"Se hicieron luego desde allí a la mar y recalaron en Sacalas, un paraje desértico". De las penalidades de la flota hablarán otros autores, entre ellos el propio Nearco, refiriéndose al "país de los ictiófagos": los pueblos que sólo comen pescado por carecer de cualquier otra cosa - y los corderos, que en algún momento les entregan, saben también a harina de pescado, único alimento con que los criaban. Julio Verne recogerá también la intención posterior -que anotan otros historiadores- por parte del general cretense de explorar el Mar Eritreo hasta llegar a Heliópolis, allá en el Bajo Nilo. Pero ni él ni ninguno de los navegantes posteriores, pertenecientes ya al reino de los Ptolomeos, conseguirán su propósito, abrasados por el calor sofocante y la falta de agua, que les impide rodear la península de Arabia, llamada ya así en los inciertos mapas de la época.
Los reinos helenísticos se extendían hasta muy lejos, tras la sorprendente campaña de Alejandro Magno y sus compañeros. Frente a la confusión de los nombres, los pasos de montaña y las ciudades remotas, abro para aclararla un breve tratado, la "Historia del helenismo" de Heinz Heinen, que traduce del alemán Alianza Editorial en una colección de historia de bolsillo. En el pequeño manual se ordenan los reinos, los nombres de los reyes Diadocos, los distintos pueblos que el imperio abarca.
Pero en el libro permanece, a despecho de su claro esquema, la noción de una enorme distancia que surge de repente, por ejemplo en los mapas. El reino seléucida abarcaba desde las costas del Mediterráneo hasta los pasos de montaña del Pamir y las fronteras con el imperio murya, ya en territorio del Indo. Más allá de las ciudades persas y la triste derrota del rey Darío, la falange macedónica había tenido que atravesar por regiones aún más distantes, como la Carmiana, Bactriana, Aracosia o Parapamisos, entre desiertos y montañas formidables.
Estaban muy lejos, al oriente. Y en algún momento, que siempre nos ha intrigado, se dibuja un dominio aún más oriental, que se separa del rey seléucida Antíoco II, y crea el reino greco-bactriano, entre los oasis fértiles del valle de Fergana y las cumbres mitológicas del Hindu-Kush.
Estaban aún más lejos que las ciudades de Babilonia, los Montes Tauros; que Seleucia, la nueva capital de Antioco, que los reinos del Ponto. El idioma griego llegaba hasta allí. Una noticia en un artículo reciente nos habla de que: "En las excavaciones de Ai-Chanum del Oxo (Amudaria) en el norte de Afganistán aparece la ciudad griega de fines del siglo IV: un teatro, un gimnasio, numerosas inscripciones en griego (la profecía de Delos de los Siete Sabios)". Las máximas délficas al parecer "fueron copiadas por Clearco de Solos en Delfos y trasladadas más tarde por este mismo personaje hasta los mismos bordes del río Oxo en Asia central". Pero otra inscripción nos recuerda por otro lado el envío de embajadores del budismo al reino griego por parte del emperador indio Asoka. Algunos sramanas se habrían establecido entre los bactrianos, indica la misma fuente.
En un artículo sobre el arte de la época encontramos imágenes de capiteles corintios, bajorrelieves jónicos, pórticos dóricos entre los restos de las antiguas ciudades helenas, ya arrasadas en su mayoría. Pero también, en una formidable síntesis, los rasgos griegos de un Buda de las montañas, o la figura mediterránea de un Bodhisatva de piedra entre las ruinas del reino de Gandhara. (Clemente de Alejandría en sus Stromata hablaría de "la llegada de la filosofía a Grecia" después de los bárbaros. Ésta habría llegado con "los profetas de Egipto, y los caldeos entre los asirios, los druidas entre los galos, y los sarmana - monjes budistas- entre los bactrianos".
Por el norte la permanente amenaza de los escitas, esos pueblos de la estepa a los que ningún mapa recoge. Y que terminarían tiempo después definitivamente con los reinos griegos del oriente, con el más tardío y misterioso imperio kushan, con los nómadas de lenguas indoeuropeas.
Siglos más tarde algún raro viajero recorrería de nuevo las estepas orientales, esta vez con el propósito de establecer contacto con el khan de los mongoles. Sus nombres aparecen en el raro "La leyenda del Preste Juan" del portugués Oliveira Martins, libro editado en la Lisboa del año 1892, que me ha sido imposible encontrar. Pero que aparece editado en la red en una página del dominio academia.edu, donde sí he podido consultarlo. Accesible es sin embargo la reciente edición de "La carta del Preste Juan", un minucioso volumen de la Biblioteca Medieval de Siruela, edición prolija y abundante en notas, que ha sido llevada a cabo por el filólogo Javier Martín Lalanda. En él se reiteran los nombres de los enviados a Oriente. Son los de Juan del Pian Carpini, Guillermo de Rubruk, Marco Polo, Odorico de Pordedone, Jean de Mandeville o Pero Tafur. Sus viajes, tortuosos y arriesgados, no alcanzarían - excepto en el caso del mercader veneciano- su objetivo de establecer una alianza diplomática con el khan. En algún caso ni siquiera llegan a acceder a la corte de éste. En otro, como el del apenas citado peregrino Ascelino de Lombardía, su pista se pierde al regreso sin que ninguna noticia posterior dé cuenta de él. Del franciscano Lorenzo de Portugal, perdido al comienzo del viaje, ni siquiera sabemos si llegó a emprenderlo. Un artículo de Víctor Larra ("Alcanzar la Utopía: las búsqueda del Preste Juan en los reinos ibéricos"), nos dará alguna noticia de estos viajes tortuosos, hasta llegar a la corte del khan mongol. También de la llegada de cinco embajadores etíopes -donde en adelante comenzará a localizarse el remoto reino del Preste Juan- a la corte de Alfonso el Magnánimo, que no podrán culminar más tarde su peregrinación a Santiago debido a las guerras del rey aragonés con Castilla. Del viaje del cordobés Pero Tafur - que recuerda constantemente durante el mismo su condición de hidalgo - tenemos noticia por la excelente edición que efectúa en 2010 la Biblioteca Castro en dos volúmenes sobre viajeros medievales. Y por medio de la que sabemos que, detenido el cordobés en el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí, frente al desierto, nunca llegará a alcanzar el oriente, que se hallaba más allá de las dunas sin fin visible.
Del viaje de Guillermo de Rubruk en 1253, se nos dice en otro lugar que éste partió de Crimea para cruzar regiones como la Tauride, Tartaria, la Horda de Oro, la región de Tarbagatai, el Karakorum. Y, ya de regreso, por Caucasia, Tabriz, la Pequeña Armenia o la isla de Chipre.
Sierra de la Peña de Francia, en el límite con los montes extremeños. Al oeste, hacia Portugal, la Sierra de Gata, ya en la divisoria con las comarcas cacereñas. Cercana al pico más alto, llamado propiamente la Peña de Francia, bajo el santuario se encuentra la villa de La Alberca, en la falda. Alrededor, un monte espeso de robles, tejos, brezo y castaños.
Llegar a La Alberca suponía, en los inviernos de antes, acceder al pueblo oscuro en la ladera de la sierra, de calles empedradas, aleros prominentes y sombra en las esquinas. Una niebla fría cubría a veces la llegada, el calvario en la entrada. Poca gente en la calle, un balcón iluminado sobre la plaza, adonde se accedía para tomar un caldo frente al hielo de los portales.
Alrededor, el monte oscuro, la noche sin luces, el silencio del bosque de robles- como cargados de rumores, que no se aciertan a desvelar.
Era el escenario aún medieval de la aldea y el monte que la rodeaba, su cercanía ominosa y negra.
_____________________________________________________________
La repoblación medieval de la comarca tiene lugar en una fecha relativamente temprana, durante el reinado de Alfonso IX. Asegurada en parte la frontera con los reinos árabes, tras la toma de Toledo por Alfonso VI en 1085, curiosamente la repoblación de los poblados de la sierra es anterior a la ocupación de las villas en el llano, siendo éstas sin embargo de una economía mucho más productiva que los dispersos caseríos, siempre agrestes, pedregosos y de tortuoso cultivo - o de precaria actividad ganadera, entre riscos e impenetrables bosques. Los serranos viven de la montanera o del producto de la sierra: miel, olivas, cera o castañas, con las que, cuenta la historia, elaboraban en tiempos un pan áspero y oscuro. Los restos de numerosas torres, las derruidas fortalezas, hablan de una repoblación de frontera, en el límite con las taifas árabes.
Diversas leyendas hacen alusión al descubrimiento de la imagen de la Virgen, cerca del posterior santuario. Leyendas que, como en otros casos, repiten la presencia oculta de una imagen, que se habría guardado durante siglos frente a la amenaza de los árabes. Un peregrino francés, Simon Roland, - Simón Vela, en la tradición de la sierra- habría soñado con la imagen, la cual encuentra tras haberse desviado del Camino de Santiago. "Por 1434, miércoles de la infraoctava del Espíritu Santo, reinando en Castilla Juan II, el peregrino francés Simon Roland (...) tras siete años de búsqueda, encontrará, dentro de una covacha, una de esas tallas negras, que pasará a llamarse la Virgen de la Peña de Francia". Una lugareña, la llamada Vidente de Sequeros, había soñado años antes con la imagen. Pero no había podido precisar dónde se encontraba. En algún caso en relación con la talla perdida se cita al último rey godo, el rey Don Rodrigo, el cual, según aquélla, se había refugiado en algún caserío cercano antes de perderse definitivamente en los montes portugueses. Alrededor de estas tradiciones siempre aparecen noticias de tesoros ocultos, imágenes escondidas, una reina mora -la de las Quilamas- refugiada en un castillo en ruinas. (Curiosamente, la frecuente alusión a los mouros que se conserva en esta mitología local hace más bien referencia a los ouros, los antiguos y enigmáticos habitantes de las minas y los bosques, ya desaparecidos, antes que a los "moros" de la historia medieval. En el folklore portugués las mouras, de tez pálida y cabello rojo, habitan en las cuevas o cerca de las fuentes. Guardan a su vez el secreto de tesoros escondidos y vetas de oro en las peñas).
Una tradición de la Alberca, "antiguamente llamada Valdelaguna", señala que desde siglos antes - siglo XVI según las noticias- se establece el ritual de la Moza de Ánimas, que aún hoy se mantiene.
En las calles, al atardecer, pasea la llamada "Moza", una mujer del pueblo enlutada, que se acompaña de otras dos mujeres también vestidas de negro.
En su procesión por las calles se acompañan de una esquila, que va sonando a intervalos. Tras el primer toque la moza salmodia:
"¡Fieles cristianos! Acordémonos de las Benditas Ánimas del Purgatorio, con un Padre Nuestro y un Avemaría, por el Amor de Dios". Un segundo toque y continúa: "Otro Padre Nuestro y otro Ave María por los que están en pecado mortal, para que su divina Majestad los saque de tan miserable estado". Un tercer toque. La procesión culmina frente a una hornacina en la pared de la iglesia, donde están enclavadas dos calaveras sobre el muro. Nadie acompaña a las mujeres cuyas voces admonitorias se dejan oir entre las calles. Recuerdan un mundo intermedio, oscuro, que acompaña a éste.
O, más antiguamente, la tradición de la Esquila del Mes, que también estaba destinada a contener a las ánimas. En ésta, que se celebraba el viernes primero de mes, una esquila sonaba a la madrugada, recorriendo toda la villa y finalizando asimismo en el osario de la iglesia. En un estudio sobre Vida y muerte en La Alberca se apunta cómo: "No hace muchos años era un hombre quien recorría el pueblo entero, saliendo a las tres de la madrugada, mientras tañía la esquila, cuyo mágico sonido de bronce se encargaba de ahuyentar y guiar a las Ánimas que por allí pudieran vagar". [1]
Las sombras cubrían el pueblo, luego. El bosque, la noche fuera, siguen guardando su amenazadora presencia.
(Estas procesiones remiten en cierto modo también al mantenimiento de los rezos de ánimas en la comarca de Sayago, esa tierra de pizarra y afiladas cortaduras en el extremo de Zamora, cercana al lago de Sanabria. Allí, en la aldea de Abelón, se celebraba en la noche de Difuntos el llamado "Ramo de Abelón" -"Ramo de Ánimas"- en el que, tras la procesión por el pueblo y el persistente toque de campanas hasta la llegada a la iglesia, unas mujeres recitaban un largo parlamento dedicado a evocar a los penados del purgatorio y sus demandas. "Era una de las imágenes más tétricas que acompañaban el paisaje devocional del mundo rural hasta no hace muchos años", comentaba un artículo sobre el secular Ramo. Perdido éste en Abelón, la tradición se ha conservado hasta hoy en el vecino pueblo de Pobladura de Aliste. [2] Cercano, en la comarca de Aliste, particularmente en la villa de Alcañices o en el Miércoles Santo de Bercianos, todavía se conserva el canto procesional del Miserere, salmo 50, entonado en las calles al atardecer, lento y plañidero, cuya melodía monofónica aún conserva el eco de una liturgia vagamente mozárabe
Miserere mei, Deus,
secundum misericordiam tuam;
et secundum multitudinem miserationum tuarum).
_____________________________________________________________
El bosque, la foresta alrededor de los caminos, nos recuerda el medievalista Georges Duby, forman parte del paisaje europeo durante siglos.
"Pocos hombres, muy pocos - sólo vastas soledades que gradualmente se van extendiendo hacia el Norte y el Este, llegan a ser inmensas y muy pronto terminan por invadirlo todo - baldíos, cenagales, ríos vagabundos y los páramos, los tallares, las dehesas, todas las formas degradadas de la selva que suceden a los incendios de matorrales y a los cultivos ocasionales de los incendiarios de bosques (...) A grandes trechos, una ciudad, pero que, invadida por la naturaleza rural, no es sino el esqueleto enmohecido de una ciudad romana, trozos de ruinas que contornean las caballerías...". Así comenzaba su ensayo sobre la "Adolescencia del cristianismo occidental" el historiador francés. [3] En la representación de aquel mundo Duby señalaba la presencia de un centro -villae- y de la periferia, -silva- siempre amenazante y oscura. "Un vasto disco cubierto por la cúpula celeste y rodeado por el océano. En la periferia, la noche. Poblaciones extrañas, monstruosas, de unípedos, de hombres lobos. Se contaba que surgían de vez en cuando, en hordas terroríficas, como adelantados del Anticristo". En algún momento se nos recordará la extrañeza, lo inhóspito en los caminos que cruzan estas regiones: "Doce siglos después, el vocablo -peregrino- seguía manteniendo ese significado. La Partida Primera lo recuerda de forma muy precisa: "peregrino tanto quiere dezir como ome estraño, que va a visitar el Sepulcro Santo de Hiersusalem e los otros santos lugares en que nuestro Señor Jesuchristo nasció, bivió e tomó muerte e passion por los pecadores; o que andan pelegrinaje a Santiago o a Sant Salvador de Oviedo o a otros logares de luenga e de estraña tierra". [4]
El también francés Jacques Le Goff destacaba por su parte al paisaje del desierto en los orígenes del cristianismo, que como recuerda, había surgido en las sequedades del oriente. Allí, el desierto era el lugar de la pobreza y la contemplación en silencio. La ciudad quedaba muy lejos. Pero también era el lugar de la amenaza, cuya soledad inmensa estaba poblada por todos los rumores y los daimones de la oscuridad, que escapaban a las leyes de la urbe. [5 ] El desierto, recordaba Ernest Renan -en un comentario un tanto arriesgado, anota el francés- es el origen de las religiones monoteístas del mundo. En su escenario desolado, y lejos de los hombres, tiene lugar la ascesis de los ermitaños de la Tebaida, ese pedregoso paraje cercano al río Nilo. También la de los austeros monjes del desierto de Siria. Al desierto, cercano al río Jordan, recuerda el historiador de nuevo, se había retirado san Juan Bautista antes de iniciar su predicación. ("Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad" proclamaba Isaias en 40:3). Y en el desierto de Judea -"una montaña muy encumbrada"- tienen lugar la aparición y tentaciones del maligno a Jesucristo. ("Fue conducido del Espíritu de Dios al desierto, para que allí fuese tentado por el diablo", relataba sencillamente Mateo, 4:1).
Al lugar del desierto en el oriente se contrapone, afirma el mismo ensayo, el bosque en la geografía occidental. (Marc Bloch, nos recuerda, señalaba el rostro de la selva medieval "que abarcaba espacios mucho mayores que hoy en macizos mucho menos abiertos por los claros"). El bosque -la gaste forêt de Perceval - es, como reitera constantemente la literatura del ciclo bretón, el lugar de los encuentros enigmáticos. Y también el de un laberinto sin salida, ni posibilidad del regreso.
"Cuando el joven Tristán, que había huido de los mercaderes piratas noruegos, llegó a las costas de Cornualles, subió con gran esfuerzo al acantilado y vio, más allá de la landa abarrancada y desierta, un bosque que se extendía sin fin". Su huida con la bella Isolda encontrará refugio, como se sabe, en el impenetrable bosque de Morrois, alejados de toda persecución. "[Las gentes] de esa región de Cornualles /eran tan tan esquivos del bosque de Morrois / que nadie se aventuraba a adentrarse", escribía el bardo Beroul en su legendario relato sobre los amantes. La Bretaña continental, explica un tratado histórico, estaba en aquel siglo cubierta de robles. (Y un término bretón medieval será Douna: bosque profundo). En otro relato del roman courtois, en la legendaria foresta de Broceliande encontrarán refugio -y según otros la muerte- el mago Merlín y el hada Viviana. (En ella se había introducido también el Caballero del León, tras haber encontrado "un camino a la derecha") Será el lugar asimismo de las primeras reuniones de los cátaros, cuando la herejía llegue hasta las costas de Bretaña. (Antes, nos recordaba un tratado sobre el monte medieval, los druidas del celtismo celebraban su reunión anual en el bosque de las Carnutas -actual bosque de Orleans- para elegir sus guías).
"Más tarde, hacia 1140, un iletrado bretón llamado Eudes de l´Etoile, fue predicando la herejía en la región alrededor de Saint-Malo, y acostumbraba a mantener reuniones secretas en el bosque de Broceliande", recordaba el Steven Runciman de The Medieval Manichee. Fuentes hechizadas y robles milenarios -y una tumba enigmática - eran según la literatura artúrica alguno de los lugares de la foresta. Sin ningún nombre sobre ella, en algunos textos aparece como La Tumba de Merlín. Mientras que otros aluden a una Tumba de los Gigantes, de los que no se da ninguna otra referencia.
Pero en otro lugar - un ensayo sobre la selva oscura del Inferno de Dante, donde la diritta via era smarrita - se nos recuerda la "visión del abate calabrés Gioacchino di Flora, dotado de espíritu profético, un religioso que se extravía en la selva y el camino está impedido por linces, leones, serpientes". (Esta selva selvaggia e aspera e forte/ che nel pensier rinova la paura en el Canto I del florentino).
En la búsqueda de la ascesis en el monacato europeo se denomina "desierto" también a esta selva fragorosa: Desierto de la Grande Chartreuse que pueblan san Bruno y sus compañeros en la fundación de la Orden de los Cartujos. O las cabañas de Molesmes que ocupan san Roberto y algunos eremitas en Citeaux - en los orígenes de la Orden del Císter. San Ronán, el santo irlandés -nos relata la Vita san Ronani-: "Se adentra en el desierto y llega al bosque de Nemet en Cornouaille". (Allí será acusado de connivencia con los lobos, licantropía y hechicería, por lo que más tarde se traslada al reino de Domnonia, en el extremo de Bretaña). Había abandonado su obispado en Irlanda, para llegar a la áspera costa de Cornualles. O la fundación de la comunidad de Sainte-Foy-de-Conques - la formidable basílica románica, origen de una de las rutas principales a Santiago de Compostela- de las que el cartulario nos indica que la misma fue a establecerse en un lugar en el que "no había ninguna habitación humana, salvo la de los bandidos de los bosques". En el origen de la Grande Chartreuse había tenido lugar el abandono previo por parte de Bruno y sus compañeros de la abadía de Solesmes para adentrarse "sin motivo aparente" en los Alpes, en dirección a Grenoble. Allí, encontrarán en un páramo montañoso el lugar de Chartreuse - que dará lugar más tarde a la fundación de la Cartuja. Según una crónica de la Orden el lugar: "Se encuentra en el Delfinado (...) un lugar espantoso, frío, agreste, cubierto de nieve, rodeado de precipicios y de abetos (...) Es un eremitorio muy amplio y extenso, pero habitado sólo por bestias y desconocido por los hombres, debido a la aspereza de su acceso (...) su tierra es tan estéril e infecunda que no se puede plantar ni sembrar nada en ella".
O en otro lugar, tiempo antes, la fundación de la Camandula, la reforma benedictina que tiene lugar en el alto valle del Arno, en Toscana.
Allí el noble Romualdo "decidido a abandonar el mundo a pesar de tener ante sí un futuro de comodidades (...) había encontrado a Dios en los densos bosques del Casentino (...) Justo allí, cerca de un árbol, Romualdo había tenido en un sueño la visión de una escalera recorrida por algunos monjes, como premonición del nacimiento de la Orden". Era su intención: "Campus Malduli (...) convertir el mundo en un yermo". [6]
Cuando, en algún momento de la posguerra europea, el escritor británico Patrick Leigh Fermor acceda en su interminable periplo a las celdas del monasterio de Saint Wandrille, en Normandía, no podrá menos que evocar, en unas páginas posteriores, los orígenes del antiquísimo convento, que había sido fundado por Vandresigilo, el santo originario de la región de Austrasia, allá por el año 649.
"Tempranas crónicas aún existentes y el famoso Gesta Abbatum nos cuentan sus inicios, cuando el norte de Francia estaba dividido en los enigmáticos reinos de Neustria y Austrasia, regiones de bosques y ciénagas sólo habitadas por lobos y jabalíes". (Más tarde, el relato evocará las distintas destrucciones y la devastación que se habían sucedido en la historia. De las que, sin embargo, aún perduraba la actual abadía benedictina y sus monjes). [7]
Al oeste de la Península, por los valles del rio Sil, a principios del siglo VII en la soledad del Bierzo, San Fructuoso, -uno de los llamados "Padres del yermo"- huyendo de las ciudades tras el establecimiento del monasterio de Compludo, fundará en los montes Aquilianos el eremitorio de san Pedro de Montes. A estos cerros en la Valdueza leonesa acudirán eremitas o ascetas, como san Valerio, en cuyas laderas fundarán a su vez iglesias como la ermita mozárabe de Santiago de Peñalba, entre las escobas, el brezo y los riscos. (El invierno, la aspereza de aquellos lugares, protegerán en ocasiones el deseo de soledad de los cenobitas como Valerio. Éste, comentando aquellas primeras fundaciones, apuntará: "Como seguía viviendo en aquel monte, (...) en tiempo de bonanza venían muchos muchachos para aprender conmigo. Pero en cuanto se acercaban los malos tiempos del invierno con sus lluvias, todos se marchaban, y yo me quedaba solo y pensando únicamente en la muerte").
El término "desierto" se incluye a su vez en las fundaciones de los carmelitas descalzos, que buscan lugares apartados pero también "amenos", que favorecen la contemplación, afirman las ordenanzas de la reforma del Carmelo. Así, el más antiguo de ellos, el Desierto de San José en el valle de las Batuecas. Pero también el formidable -y arruinado- monasterio del Desierto de Calanda, en un intrincado paraje cercano a la villa. O el convento del Desierto de Las Palmas, en la Plana Alta, cercano a Benicassim - cuyos últimos monjes fueron asesinados durante la guerra civil. En otra sierra, aneja a Benifallet, se levantó en tiempos el monasterio -y las ermitas- de Sant Hilari de Cardó, allá por el Bajo Ebro...
Una descripción repetida en las "Historias de los monjes de Siria" del obispo de Ciro, Teodoreto, en sus minuciosas historias de santidad, reitera una escena inicial en las biografías: un monje abandona la ciudad, el mundo donde se ha criado, y se encamina al desierto -omnipresente en las montañas de Siria. Así cuando compara al "célebre Marciano" con: "Elías, Juan y sus seguidores, quienes vestidos con melotes, con pieles de cabra, indigentes, atribulados, maltratados (...) erraban por desiertos, montes y cavernas y las hondonadas del terreno". [8] Estos rigores en el cristianismo oriental adoptarán, como se sabe, en ocasiones la búsqueda de las más remotas cumbres. O de las cuevas en riscos inaccesibles - que dan lugar más tarde, entre otros, a la formación de los formidables monasterios de Meteora, en la Tesalia. En una referencia a la biografía de san Atanasio el Meteorita, en efecto, se recordará cómo éste termina su noviciado en el célebre Monte Athos, para abandonar a continuación el conocido santuario. "Atraídos por las noticias de los muchos milagros que acontecían a los de Meteora, donde -informaba el obispo de Verria a los peregrinos- sólo vivían buitres y cuervos, (...) deambularon en dirección sur hasta establecerse en una cueva en las cimas del Stylos, llamada también la Roca o la Columna", recordaba el viajero inglés Leigh Fermor en sus notas sobre el monaquismo en Meteora.
Pero en otro lugar muy distante, en el extremo norte de la cristiandad, Le Goff señala cómo: "los ermitaños irlandeses pueblan los solitarios islotes". El término "desierto" hace alusión, aquí, a los islotes apartados, a unas costas inhóspitas - por donde, permanentemente, se teme la llegada de los navíos de los hombres del norte.
En la Vida de san Columbano, que tanta influencia iba a tener sobre el eremitismo irlandés, se nos cuenta: "Cuando san Cuthberto, al final de su vida, se retiró de su comunidad de Lindisfarne para instalarse en una ermita de la isla de Inner Farne, seguía una práctica bien conocida. El atractivo del desierto -“el grito de las olas, el grito del viento, las vastas aguas del petrel y de la marsopa"- que resuenan con tanta fuerza en la hagiografía celta, pobló de ermitaños muchas islas y acantilados desérticos por todas las costas de Irlanda y del norte de Gran Bretaña". Si en la Regla de San Benito se había advertido contra los llamados monjes "giróvagos", monjes que se alojaban tres o cuatro días en distintos monasterios, "siempre vagabundos ...de cuya misérrima vida es mejor callar que hablar", una referencia diferente aludirá a estos viajeros irlandeses y escoceses, siempre errantes, en una peregrinatio pro Christo, propter Deum. La cual se define como: "una forma de renunciamiento ascético, que les impulsaba a peregrinar sin descanso durante la vida entera, sin retornar nunca a la tierra natal". [ 9 ] El monacato irlandés, se apuntaba en el mismo ensayo, había recogido la noción primitiva de la peregrinatio perpetua, la incesante deriva.
______________________________________________________________
Fuera de la ciudad, el bosque, su laberinto oscuro e inextricable, será el espacio de las sombras.
"Sombras, esos poderes mágicos cuya existencia sólo se percibe alguna que otra vez, en las visiones premonitorias de la muerte, en todos los rumores que cubren entonces la noche, pero que, como cada cual sabe, dirigen enteramente el universo", había escrito el Georges Duby del minucioso manual sobre los orígenes del románico editado por Skira. Una afirmación generalizada entre los clérigos altomedievales denotaba: Aures sunt nemoris. Los bosques oyen.
Del bosque, nos informa otra noticia, surgen de vez en cuando sus remotos habitantes: los leñadores, los proscritos, fugitivos, los perseguidos por la justicia. Pero también el oso, los lobos o, en la imaginería medieval, seres aún más hórridos, como los trasgos, la banshee, el hombre salvaje o una sombría procesión que atrapa a los que la contemplan en los cruces de caminos. Su oscuro laberinto está plagado de voces, como bien conocen los habitantes de las aldeas. Pero estas voces, presagios de qué turbia amenaza, nunca se distinguen muy bien. Al atardecer, recuerda el monje Glauber, comienzan los aullidos en el monte, las voces de qué sombría advertencia. (Y en el lai Bisclavret de Maria de Francia sobre un remoto bosque de Bretaña ésta nos recordaba al principio que: "Antaño se podía oir, y ocurría con frecuencia, que algunos hombres se convertían en garval y hacían de los bosques su casa. "Garval", es decir, animal salvaje. Mientras tiene esa rabia devora hombres, causa gran daño, en los bosques vive y se refugia").
El bosque sombrío señalaba, ya desde la remota descripción de Tácito en la "Germania", el límite entre el mundo ordenado y concebible, el de los países del Imperio, frente a esa selva oscura y, al decir de muchos interminable, que era la sombría selva Herciniana, que cubría la frontera con los germanos. (James George Frazer recordará cómo Julio César interrogando a unos prisioneros germanos había recibido de estos la respuesta de que su extensión era inabarcable. Más adelante el antropólogo escocés escribe: “Cuatro décadas después fue visitada por el emperador Juliano y la soledad, oscuridad y silencio de la selva parece que hicieron profunda impresión en su naturaleza sensible”). Su antigüedad era, apuntaban las primeras relaciones sobre Hercinia, asimismo innombrable.
"Tácito nos habla de los semnones, los primeros seres de las tribus suevas que nacieron del humus y que se reunían anualmente en asamblea en el bosque sagrado". Su mundo, una foresta laberíntica y húmeda, es inhabitable al decir del aristócrata latino que era Tácito. De ella surgen a veces las hostiles tribus de los alemanes a los que, en un esfuerzo inútil, las legiones tratan de contener. Tácito advierte que: "Aunque fértil el paisaje es pardo, oscuro, húmedo y de clima amargo".
Del bosque surgen también los ritos, enigmáticos y sangrientos en ocasiones, de los antiguos celtas. Siglos después una noticia sobre las remotas tierras de los druidas nos informará que: "El Concilio de Arles legisla contra la adoración de árboles, fuentes y piedras, o el de Tours de 567 o Nantes en 568, que irán contra los que practican un culto sacrílego, en lugares salvajes y escondidos al fondo del bosque".
__________________________________________________________________
La ciudad está delimitada a veces por las murallas. Éstas establecen una nítida separación entre la villa y sus afueras. (En su De civitate Dei San Agustín ya había hablado de la oposición "Dentro del júbilo del Señor" y de las "tinieblas exteriores").
En las ilustraciones que realiza el monje benedictino Matthew Paris en la abadía de St. Albans para su Chronica Majora, a finales del siglo XIII, figuran las del itinerario que había dibujado para describir y documentar el viaje que el peregrino debería recorrer desde Londres hasta alcanzar la ciudad santa de Roma - o, en otra versión, hasta el extremo meridional de Brindisi, desde donde había que embarcar hacia Tierra Santa. El itinerario, según la tradición medieval, señala las ciudades y las distancias que hay que cubrir en una línea recta que desdeña la representación analógica del territorio, y que dibuja y anota con señales el recorrido hasta Jerusalén. [10] De su Historia Anglorum se nos señala cómo "las principales ciudades de Londres, Dover y York (aquí conocido por su nombre latino Eboracum) aparecen acompañadas por pequeños dibujos de castillos o fuertes, con murallas almenadas".
Las ciudades son nombres en el mapa. Una inscripción en tinta, debajo, las designa. Su existencia es la del nombre, desde luego. Pero su dibujo es siempre el de una torre, una iglesia, un castillo encerrado entre murallas en ocasiones. Los edificios son reconocibles y figuran como emblemas del lugar. Los muros señalan, en la representación medieval de la villa, la situación de ésta. Y marcan, en su aislamiento, la presencia a su vez de un afuera que, por el contrario, no se puede dibujar.
Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...