sábado, 2 de mayo de 2020

Paisaje de las ciudades IV. Donde la ciudad acaba.



( Enrique Sáenz de San Pedro. 1975)

El horizonte se había reducido en la posguerra española. Era ésta una sensación vaga que acompañaba a la época. El mundo se había empequeñecido y todas las aspiraciones, y el relato de los días, culminaban muy cerca.

José Manuel Caballero Bonald, entonces poeta provinciano en ciernes, acertaría a describir esta sensación difusa en el recuerdo de su llegada a la ciudad de Madrid, desde su región gaditana natal:

"Recuerdo con cierta imprecisión mi llegada a la estación de Atocha, ese primer frío otoñal bajo la mugrienta bóveda ferroviaria. Apenas consigo verme en aquel escenario desapacible, medio perdido entre un nutrido grupo de viajeros presurosos y cariacontecidos. Y luego la imagen de una ciudad taciturna y casi desierta, como agazapada detrás de unas sombras que las restricciones eléctricas hacían más tupida. Todo parecía diferente a como yo lo había previsto, todo parecía discrepar de tantas imaginadas seducciones capitalinas. El mundo sórdido de las pensiones, de los restaurantes económicos, del clima de temores y recelos en que me vi instalado, acentuaban si cabe el contraste entre una población amedrentada y menesterosa, acogida todavía a la cartilla de racionamiento, y la jactancia y ostentación de los jerarcas falangistas, los jefes de los sindicatos y los estraperlistas de turno".  [ 1]

Existía, pese a todo, algo parecido a un centro de la ciudad, un escenario de la capital en el que una cierta actividad urbana aún se mantenía después de la guerra. Para un escritor incipiente, como el jerezano, que aspiraba a serlo definitivamente, este escenario era el de la Bienal Hispanoamericana del Arte -desde la que había sido llamado para colaborar por el poeta Leopoldo Panero-, el Instituto de Cultura Hispánica, las publicaciones dirigidas por el jonsista Juan Aparicio, -como El Español o La Estafeta Literaria- la editorial Adonais - que le había concedido un accésit a su libro Las adivinaciones en 1951- , el chalet de Vicente Aleixandre o el de Dámaso Alonso en Chamartín. O, desde luego, los cafés Gijón, el Varela, el Teide o el Lyon de la calle Alcalá.

Más allá estaba la periferia, una ciudad al margen que de alguna forma escapaba a toda regulación, a toda representación de lo urbano. Aún existía la posibilidad de los márgenes, los lugares sin nombre más allá del callejero.

"Yo solía bajarme de ese vetusto tranvía a la altura de la Dehesa de la Villa (…) Me agradaba perderme por aquel paraje donde aún subsistían las trincheras y zanjas abiertas en la dura tierra caliza durante la defensa de Madrid. (…) Al cabo de los años, siempre pienso que esa zona suburbial - para mí especialmente literaria - simbolizaba la transformación operada en el urbanismo madrileño durante el último medio siglo, sobre todo por lo que tenía de usurpación por parte de la ciudad de los dominios del campo. Aún persevera en esos alrededores un cierto aire aldeano, de casitas bajas y calles recoletas, pero las nuevas urbanizaciones parecen ir devorando esos últimos vestigios de un mundo que tiene ya algo de anacrónico y evoca muy vivamente al Madrid de antaño", prosigue el poeta jerezano describiendo sus paseos por la capital.

( Lebbaus. ca. 1930. Archivo Ruiz Vernacci)

Una tradición de la novela de posguerra recogerá estos lugares. Habían aparecido antes, como en la novela de Ramón Gómez de la Serna, El Chalet de las rosas de 1923, en torno a los hoteles y las quintas de la entonces distante Ciudad Lineal de Arturo Soria. Los había recogido ya, desde luego, en alguna de sus escuetas y certeras descripciones, el Pio Baroja novelista de principios de siglo. Un escenario de chatarreros y profusas almonedas rodeaba las calles del barrio de Tetuán de preguerra, en  ¨Las noches del Buen Retiro". O el Madrid sórdido y precario de su trilogía La lucha por la vida, centrada en los alrededores del río Manzanares, poblado de personajes al margen, que sobrevivían en la miseria y la desesperanza de una ciudad de los arrabales- que aún perduraba, en torno al río.

"Las afueras me preocupaban entonces mucho. Había por allí gente rara, miserable, desharrapada: casuchas de lata y chozas de tierra: merenderos, ventorros, casilla de consumos...". Pero también Baroja había recogido en otros lugares la vida modesta, anónima, de las barriadas de artesanos en los alrededores de la glorieta de Cuatro Caminos, - entonces en el límite de Madrid - o de las colonias de quintas que aún pervivían, lejos del centro, en las afueras de la ciudad.

"La casa estaba entre la glorieta de Quevedo y los jardines del depósito del canal de Lozoya, en la esquina de una calle recientemente abierta (…).

El hotelito alquilado se encontraba en el ángulo de una gran solar, ancho y largo cuadrilátero limitado en gran parte por estacas negras, que debía formar, cuando la ciudad se extendiese por allí, una manzana de casas (…) En los otros lados del cuadrilátero se levantaban chozas y en medio un caserón grande, amarillento, de tres pisos, arruinado y derruido, transformado en guarida de mendigos y de golfos. Este caserón era conocido en el barrio con el nombre de la casa de la Higuera".   [ 2]   (Aún en la posguerra Baroja iba a reproducir este escenario suburbial y melancólico en su raro "Las veladas del chalet gris", en donde los sucesos de la guerra en la capital iban a quedar orillados, como en sordina, desde las tertulias de un grupo de personajes barojianos en una quinta cercana a la Ciudad Lineal, en este caso).


La ciudad tradicional contaba con algo así como un centro y una periferia. La noción de un espacio sin centro, que acompaña por ejemplo las descripciones de la postmodernidad de Jean Baudrillard en su viaje por las ciudades extensas de la costa Oeste americana, era ajena a la ciudad antigua.  [ 3 ("Los Ángeles- describía éste en algún momento - es un inmenso conglomerado de autopistas, carreteras, calles, avenidas y, en definitiva, asfalto". Para afirmar también, taxativamente: "Hollywood no existe. Es un no lugar"). 

La ciudad tradicional europea era otra. "La ciudad no se diseminaba, como en nuestras ciudades, en arrabales descuidados de fábricas aisladas y de casitas de campo uniformes, sino que se erguía rotunda, cercada por sus muros, con sus agudas torres sin número (…) las iglesias dominaban con sus eminentes masas pétreas la silueta de la ciudad", describía la urbe medieval el Johan Huizinga de El otoño de la Edad Media. ("El mundo era la plaza", dirá el escritor Torres Villarroel de la Salamanca del siglo XVIII). Los edificios representativos, los templos, el zoco e incluso los monumentos conmemorativos, dan cuenta de una manera simbólica de la existencia de este centro. Y, desde luego, en la urbe de tradición medieval, la existencia de una plaza mayor, -o de la catedral - que definen en su centralidad la existencia, oscura y sin forma, de unas afueras a las que el discurso o la norma no alcanzan.

El propio Baroja, que había descrito su llegada temprana al Madrid de la Restauración, definía con su brevedad habitual los contrastes de la urbe:

"La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro, vida africana, de aduar, en los suburbios"  [ 4 ]

( Paco Gómez, 1961)

La literatura, la plástica de la época, iban a recoger con frecuencia esta noción de una vida en los márgenes. Y Madrid iba a ser, en tantas ocasiones, el escenario de la noción de la mediocridad, la triste sensación de ahogo que acompaña a los años de la posguerra, en general. Baste recordar la excelente descripción de los días inmediatos en una novela temprana como "La colmena" de Camilo José Cela, situada en torno a la navidad de 1942:

"Mi novela, La colmena, primer libro de la serie Caminos Inciertos, no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad".   [ 5 (Entre las citas de un Madrid provinciano y habitual - la calle del Prado, Echegaray, la Gran Vía, los bulevares de Nárvaez...-, en algún momento Cela aludirá también a "los hotelitos de la calle de Alcántara, de la calle de Montesa, de la calle de Las Naciones, que es una callejuela corta, llena de misterio, con árboles en las rotas aceras y paseantes pobres y pensativos, que se divierten viendo entrar y salir a la gente de las casas de citas, imaginándose lo que pasa dentro, detrás de los muros de sombrío ladrillo rojo").

O la sordidez de los escenarios madrileños de "Tiempo de silencio" de Luis Martín Santos - que daría lugar por extensión a la denominación de una época.   [ 6]

"Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, (…) tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos...".

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( Carlos Cánovas. Camino Ansoain. 1988)

Imperativos de la posguerra. La realidad, maltrecha y precaria, flotará sobre el aire de la época. Imponiendo, como un imperativo necesario, la obligación de dar cuenta de ella.

Hay un peso de los días, un peso de las cosas, tan triviales a veces, que no se puede eludir. Son años de aislamiento en España, de días nublados, de la imperiosa necesidad por encima de todo.

Como una reproducción de las polémicas del siglo XIX, una suerte de obligación moral, frente a la denominada a grandes rasgos Academia, pasa por la necesidad del realismo.

La Academia, la reproducción de la fotografía oficial, pasaba por el mantenimiento del llamado salonismo en algunas críticas.

"En la mayoría de los casos, estamos hablando de concursos cuyos jurados eran prácticamente los mismos, edición tras edición, lo cual conllevaba la fijación de unos cánones y de que, a partir de ellos, se premiara siempre un similar tipo de obra", recordaba el fotógrafo Gerardo Vielba el mundo de las exposiciones de la posguerra. El cual añadía a continuación esa suerte de obligación moral - y estética- de la realidad.

"El autor insiste que con "actual" debe de establecerse una clara sintonía con la realidad emergente, pero ante todo, es importante que lleve a la práctica a través de una "forma" acorde con esa pretensión de "actualidad".  [ 8]

 Una fotografía en blanco y negro da cuenta, desde las primeras décadas del aislamiento, de este escenario gris de la posguerra. Aparece, temprana, en la Barcelona de Francesc Catalá Roca en los 50. En los reportajes sobre el Barrio Chino de Joan Colom en los 60. En la oscura región de Sanabria, fotografiada por Carlos Saura en 1955... (Carlos Saura ilustraría una magnífica reedición de la Guía del Rastro de Ramón Gómez de la Serna en 1961). Carlos Pérez Siquier, desde el año 1957, había estado fotografiando ese barrio que había quedado al margen de la historia, La Chanca, en las afueras de una ciudad que había quedado al margen también, como Almería. (Juan Goytisolo editaría en París en 1962 su libro La Chanca, una suerte de diario de viaje, que figuraría como uno de los clásicos del realismo de la época). El Viaje a la Alcarria de Cela - otro de los clásicos de la época - se había editado en 1948 con las fotografías de Karl Wlasak. ("Con Karl Wlasak hizo el cronista, en tiempos aún no lejanos un viaje a pie por los campos y los barbechos, los vallecillos y las parameras de la meseta", comentaría el escritor sus recuerdos del viaje). [ 7]   Más tarde, en 1963, publicaría su Toreo de salón con fotografías de Oriol Maspons, y en 1965 Nuevas escenas matritenses con imágenes a su vez de Enrique Palazuelo.

Los fotógrafos de la década se agrupan en torno a Barcelona, a Madrid más tarde. Algunos, como Catalá Roca o Nicolás Muller, recorren las provincias, incansablemente. Luego, en Almería, surge el grupo alrededor de Carlos Pérez Siquier. Los fotógrafos de AFAL, agrupación surgida en Almería en 1956 en torno a la revista, afirmaban que: 

“Rompemos una lanza en pro de la fotografía de nuestro tiempo (…) reflejo de nuestra vida actual, sin concesiones ni “escapismo”, con toda su cruda actualidad de documento humano, vital, cálido y tremendamente sincero (…) España, ferozmente introvertida, continúa aferrándose a la tradición”. [9]

En otro lugar se comenta que :"Afal es una de las primeras plataformas  en hacerse eco de las publicaciones fotográficas internacionales más avanzadas de su época: Un Paese de Paul Strand, Moments preserved de Irving Penn o New York de William Klein, que cambian la historia de los fotolibros".

Entre las fotografías de la época, en blanco y negro, algunas retratan un escenario de las afueras de la ciudad, que ha empezado a surgir como una tierra de nadie, entre los nuevos bloques verticales que se levantaban en los descampados con que la inmigración del campo había comenzado a poblar las ciudades. 

( Humberto Rivas. 1980)

Aparecen en la obra de Paco Gómez, fotógrafo del grupo La Palangana de Madrid. En aquella España de los 60 comienza a retratar el paisaje, desolado, que las nuevas construcciones de las ciudades dormitorio, en descampados yermos, la inmigración urbana está creando. Junto con Miguel Mihura había publicado en 1961 un Madrid que le había editado la Dirección General de Arquitectura, en cuyas revistas colaboraba habitualmente. Una crítica de su trabajo comentaría que:

"El intenso componente poético de su trabajo se localiza en la belleza de lo desordenado, de lo ruinoso o decadente: escombros, humedades, grafitis, inscripciones en la materia que, sutilmente, como también hace la fotografía, remiten a la necesidad humana de dejar huella y testimonio de vida"  . [ 10]


(Manuel Laguillo.)

Se recogen también en la obra de Enrique Sáenz de san Pedro, a su regreso de una estancia de once años en Inglaterra, que describe este escenario del retorno - y titula una de sus exposiciones con el rótulo de "Donde la ciudad termina". En alguna imagen desolada de Gabriel Cualladó - como su conocida "Sala de espera en la estación de Atocha". En la mirada negra, con referencias sociales, de Francisco Ontañón - que publica su "Vivir en Madrid" en 1964; de Leopoldo Pomés, que edita un ancestral "Toros" con fotografías de las décadas anteriores en 1955; de Ramón Masats, que ilustra entre otros el relato de Ignacio Aldecoa Neutral Corner, sobre el modesto boxeador Young Sánchez. O, más tarde, publica una excelente versión de las Viejas Historias de Castilla la Vieja de Miguel Delibes. En las fotografías del pueblo de Sotillo de la Adrada de Leonardo Cantero. De la Galicia profunda del pontevedrés Virxilio Vieitez... 

En la edición del Una Tumba del novelista Juan Benet, con fotografías de Colita, publicada en la editorial Lumen, se recogía de nuevo este escenario de las quintas, los hoteles de las afueras:

"un sinfín de piedras leprosas en forma de balaustradas, esfinges, tritones y otras estatuas de jardín en villas otoñales de otros tiempos, muy, muy lejanos".  [ 11]


( Gabriel Cualladó. 1957)

O, después, recogiendo una estética de la melancolía del tiempo de la industria, la visión vacía de un escenario industrial y como abandonado, en las imágenes de Carlos Cánovas - cuyos títulos como "En el tiempo" o "Extramuros" recogían algo de esta desolación. Lugares y fachadas ciegas de la antigua ría industrial de Vizcaya, o la de las afueras de Pamplona, en 1988... O, más lejos, la de un patio desolado en Budapest. 

(Preguntado en algún lugar por "los paisajes urbanos periféricos" de su obra, éste comentaba:

"Desde una perspectiva biográfica he vivido siempre en distintos lugares de la periferia urbana, y he atravesado esos escenarios una y otra vez, desde niño, para ir y volver a la ciudad").  [ 12

El lugar, tangible y ausente al mismo tiempo, de la periferia, como se definía en alguna parte... Era el paisaje industrial, ya casi en ruinas de los alrededores de Barcelona, que recrearía también el madrileño Manolo Laguillo, a partir de sus excursiones con el argentino Humberto Rivas - que había comenzado a publicar su Barcelona a partir de 1976. Vagaban por el centro de la ciudad a veces donde pervivían barrios como la Ribera, el Borne, Gracia y Horta. Pero también por unos alrededores de la decadencia industrial como el Poble Nou, el Carmelo, Sants, el Poble Sec o la Zona Franca...

Era un paisaje sin centro, que había quedado al margen. El centro de la ciudad estaba en otra parte. En su lugar, estos escenarios del después, que se sitúan al margen, en unas afueras que alguien recreó también con la denominación de la tierra de nadie: un lugar alrededor de la ciudad sin forma precisa, sin historia, sin proyecto, ni acontecimiento alguno. Excepto el de la sensación de que éste, que quizás nunca ocurrió, había sucedido ya antes.


( Carlos Cánovas. Budapest)

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[1]  J. M. Caballero Bonald/ Navia    Un Madrid literario  ed.  Lunwerg, Barcelona. 2009.
 [ 2]  Pio  Baroja     Las noches del Buen Retiro    ed. Caro Raggio,   Madrid, 1997.
[ 3]   Jean Baudrillard    América    ed. Anagrama, 1988.
[  4 ]  Pio Baroja       Vitrina pintoresca ( 1935)      eds. 98, Madrid, 2010.
[ 5]   Camilo José Cela    La colmena   (1ª edición)   Buenos Aires, Emecé, 1951.
[ 6 ]  Luis Martín Santos      Tiempo de silencio       Ed. Seix Barral, 1962
[7]  cit.. en Francisco Javier Lázaro Sebastian  "Fotografía española de los sesenta"   en Artigrama nº 35, 2020. 
[ 8]   cit. en exp.  Fotos & libros  España 1905-1977 ( ed. de Horacio Fernández)    MNCARS, Madrid, 2014-2015.
[9] Cit. en   "La fotografía en España"    Summa Artis, vol. XLVII     Espasa Calpe, Madrid, 2001.
[ 10]   en cat.  Fotografía documental en España     CARS, Madrid.
[ 11 ]    Juan Benet   Una tumba      ( fots. de Colita)    ed. Lumen, Barcelona, 1971.
[ 12]   Exp.  Carlos Cánovas       En el Tiempo        Museo ICO, Madrid,  2018.



domingo, 19 de abril de 2020

Diario de la peste .Guarda.



De Antonio de Andrada. 
(" Cuadernos de Guarda") Abril, 2020. 


"Sábado.

El sábado es el último día que podemos cruzar la frontera, pero aún no lo sabemos.

Desde Salamanca viajamos a Guarda. Es un viaje silencioso: ningún coche en la carretera, apenas un camión con el que nos cruzamos de vez en cuando. Ningún movimiento en los pueblos. En un cruce vemos a una mujer que recoge las sillas de una terraza, ya desmantelada.

En la frontera preguntamos a la dueña del estanco si hay alguna restricción para pasar la aduana. Nos mira con cara de extrañeza: ellos viven de la carretera. Nunca ha habido ningún problema, dice. Pero al día siguiente ya está cerrada.

De camino a Guarda, un silencio parecido. Cuando subimos a la ciudad vieja desde el valle el mercado está menos animado que otras veces, pero así y todo parece como un momento de vida en medio del silencio. Dentro, algunos puestos no han abierto. Una pareja de serranos mayores aguarda sentada en el café de la esquina. Los bebedores habituales también han acudido. Miran en silencio a la nave.

Unos andamios cubren el pasillo del fondo. Buscamos a los vendedores de Serra da Estrela, que han cambiado de puesto por las obras. Una chica joven, seguramente su nieta, ayuda a los dos viejos con los queijos, los embutidos de la sierra. Es morena, muy guapa. A diferencia de los ancianos se mueve con rapidez y no da apenas conversación. Él se obstina como siempre en explicarnos la elaboración de la mezcla de oveja y cabra, y luego la mujer se equivoca con las cuentas. Sin decir nada la nieta las apunta de nuevo, empaqueta las compras, busca un vino del Douro que alguien le ha pedido, lo envuelve al momento.

El abuelo sigue hablándonos, nos explica por qué un queso no lleva etiqueta, cuál es la raza de las cabras de Beira Alta, cuáles producen menos grasa...

Las mujeres en los puestos han comenzado a recoger, aunque es temprano. Nadie habla aquí de la peste, parece. Pero la gente debe de haber empezado a quedarse en los pueblos, porque los pasillos están mucho más tranquilos que otras veces, comienzan a vaciarse enseguida, todo el mundo desaparece al pronto.

Al regreso a la frontera, no encontramos ningún tráfico de nuevo. Un grupo de gente hace cola delante del supermercado de Vilar Formoso. Entramos a hacer las últimas compras. Fuera del aparcamiento ya no se ve a nadie.


Lunes

En el pueblo ya está todo cerrado. Joao, el de la farmacia, sigue abriendo. Alguna sombra en la calle que se dirige directamente a la botica. Luego, se pierde por la esquina de atrás.

Él está preocupado, muy nervioso.

- La gente me pide cosas que desde el primer día se han acabado. No hay alcohol, no tengo desinfectantes, no tengo guantes.
- No hay en ninguna parte, Joao.
- Sí. Pero luego vuelven a pedírmelos y no sé qué decirles.
- Que no es culpa tuya. Que no hay.
- Pero me lo siguen pidiendo...

Está a punto de sollozar. Él eligió abrir la farmacia en el pueblo - pudiendo haberla abierto en Viseu, dicen - y se siente responsable de todo lo que ocurra. La botica es el último lugar abierto, junto con el colmado de las afueras.

En la puerta del comercio, un camión descarga algo. Llega a diario, me dice Amelia, la dueña.

Los conocidos nos hablan de colas en los supermercados de la capital, de gritos, de nervios. Una amiga nos contó que había tenido un enfrentamiento con unos energúmenos que intentaban colarse en la caja. En la calle se oían insultos. Desde un balcón increpaban a alguien. Ella se marchó, sin mirar a los que gritaban.

- Aquí está todo tranquilo, de momento.

Luego, como una excepción, me cuenta que tuvo que echar el otro día a una cliente que venía de Lisboa. Pidió que la atendieran enseguida y ella le indicó que esperara en la puerta.

- No somos de aquí. Somos de fuera. Venimos de Lisboa.
- Razón de más. Ahora ni aunque espere...

A la salida del tienducho, que da al campo, me encuentro con Nuno. Va a atender los caballos, tiene la cuadra enfrente. Desde la puerta se ve en el cercado una yegua recién parida. Nuno apenas dice nada, se marcha deprisa. En el taller del herrero se oyen los golpes de un martillo y el zumbido de la soldadura. Deben de seguir trabajando adentro.


Miércoles.

Las noticias son cada vez más inquietantes. Llegan hasta aquí, incontenibles. De todas partes, pero en el pueblo cercano me cuentan que ha muerto la médico que atendía el consultorio. También uno de los viejos que vivía en la residencia. A éste lo recuerdo, estaba todas las mañanas en el café de la plaza. Leía la prensa, luego se volvía renqueando a la casa en las afueras. Luego me acuerdo de la doctora, que tomaba el café con una amiga por la mañana también.

De alguna forma la presunta inmunidad de esta zona ha quedado rota. Ahora la gente me habla de otros médicos infectados en la sierra, de una residencia en la frontera en donde se han dado no sé cuántos casos, de otros en una pedanía inmediata, a los que han tenido que llevar a la capital. Más tarde me escribe un amigo y me notifica la muerte de Alfredo, el párroco de El Maíllo. Lo lamento de verdad. Aún recuerdo un funeral reciente que ofició en la ermita de El Cristo, el sermón breve y de algún modo rural, la conversación afable que tuvimos a la salida sobre la historia de la ermita, que conocía perfectamente. Parecía un hombre bueno, escéptico, con la media sonrisa siempre a cuestas.

Cuando bajo al colmado de nuevo los pocos vecinos con los que me cruzo van tapados con mascarillas; de repente no conozco a ninguno de ellos bajo las máscaras.


Jueves

Un extraño silencio en el campo durante toda la jornada. Augusto, el vecino, viene a trabajar todos los días. Se le escucha ir y venir con el tractor de buena mañana. También pasa el furgón de Nuno, que va a atender al ganado en una finca inmediata. Se advierte un camión distante en la carretera. El ruido de una motosierra en alguna parte. Deben de estar haciendo leña, pero no sabemos dónde.

Luego, ya no se oye nada.

Esa mañana me había escrito B., desde Zúrich. Me había acordado de ella estos días. Nos hemos citado de nuevo en el café Sport de Faial, cuando todo acabe. Noticias de M., en Lisboa; de Joao, en la sierra; de R. desde Nueva York. Blanca, de quien no había vuelto a saber nada hacía tiempo, escribe desde Bruselas. Paolo está encerrado en un piso de Roma, me cuenta. Desde la ventana divisa el Trastevere. Por un momento tengo la sensación de que me he despedido de todo el mundo.

Al acercarme al pueblo, el humo de una hoguera en algún lugar de los alrededores. Por un instante tengo la sensación del escenario de la oscura Peste Negra, tal como lo imaginamos entonces: un mundo de calles en penumbra donde nadie se encuentra, los apestados pasan como sombras embozadas por las aldeas, alguien enciende hogueras a las afueras de la ciudad, donde se queman los muebles, las ropas, los enseres de las casas que ya han sido alcanzadas por la peste, y arden en el fuego.


Lunes

Cierta serenidad en los pueblos, la sensación acostumbrada de la tierra, las cosas que pasan, sin alardes. Cuando por la mañana nos acercamos de nuevo a la plaza a hacer unas gestiones, los vecinos nos saludan de lejos. Se preguntan unos por otros, desde los soportales y tengo la sensación por un instante de una cierta certeza del encuentro, la noción de la comunidad.

Joao se ha alegrado de vernos, nos dice desde la otra acera. También una mujer que saludamos, y cuyo nombre no conozco. Cuida de Santiago, el antiguo veterinario. Camina de prisa, sonríe siempre. Cruzan otros por la plaza y semeja que el solo hecho de verse les bastara.

En el estanco, Luisa está refugiada detrás de una mampara nueva que han instalado estos días.

- Estáis bien protegidos. Qué tal está tu madre.
- Bien, de momento. No estamos protegidos. Si está de venir...

Fatalidad serena de la sierra.

Al rato me escribe A. Se ha aislado en un pueblo de la Alcarria. Está encerrado escribiendo, dice. "No es lo malo lo que está ocurriendo, Antonio - me cuenta-. Sino la posibilidad de que no ocurra nada. Todo el mundo habla del retorno a la normalidad en un momento u otro. Yo siento, lo confieso, la absoluta desilusión de que sea así. Junto con la certeza de que así ocurrirá. Toda esta tragedia, toda esta obediencia, toda la pobreza, las mentiras, todas las muertes en silencio para que al final retorne la triste, la gris normalidad".

En algún lugar añade: "Tanta mentira es un escándalo. Supone la vuelta de la barbarie para la cultura en la que habíamos crecido, para nuestra cultura. Pero me temo que es la misma noción de la verdad, - y del escándalo por tanto - la que ha desaparecido".

No he sabido qué contestarle. Sabía de lo que estaba hablando, pero no tengo ninguna respuesta.




Martes

A la puerta de la gasolinera ha surgido una improvisada tertulia. Flores, que bajaba todas las mañanas al bar, se ha acercado a comprar algo. Supongo que a ver a cualquiera, aislado como está en su alquería de cuatro casas camino de la sierra. Ha venido Antonio el vecino, también, que llega a cargar gas-oil en unas garrafas. Miguel, el dependiente, tiene unas vacas en una finca al lado de la antigua ermita y sigue atendiendo los camiones que cruzan, camino de Aveiro; sale un momento a encender un cigarro.

Están todos preocupados. Ellos siguen atendiendo al ganado, están echando ahora el abono de primavera en las tierras, preparan la maquinaria para la cosecha. Pero los mercados se han hundido, no hay un comprador para los terneros, el trigo no se vende. José, que tenía los corderos cebados los ha tenido que enviar al matadero, sin precio. El portuense del bar inmediato se ha ido, me dicen. Su mujer también. También Lorena, la rumana que había arrendado un local en la plaza, y siempre estaba en el aire.

- Ha cerrado. No sé qué va a hacer - nos cuenta Flores, que era cliente asiduo del garito.

Desde Viseu, Joao me cuenta que ha tenido que parar la fábrica. Ha habido varios casos en el pueblo, me dice. No llegaban los suministros y no han podido evitar el cierre. Se ha encerrado en el picadero al lado de las naves y allí monta unos potros, atiende los caballos que ya tenía, arregla las guarniciones en el guadarnés. Ha perdido todos los contratos, mientras.

- No sé cuánto vamos a aguantar - me dice-. No sé si vamos a aguantar.

Entre todos comentan la indignación creciente por la bajeza de la izquierda en el poder. Es una indignación sin aspavientos, al modo de la comarca. Las noticias que llegan hasta aquí hablan de una clase de políticos que siguen cobrando los impuestos, las tasas agrícolas, los sueldos desorbitados mientras aquí en la sierra la gente se arruina. Con el dinero que aquellos recaudan siguen pagando la propaganda, las organizaciones a las que mantienen, a sus clientes. La imagen de los funcionarios con el puño en alto y mansiones en las afueras les es particularmente repulsiva. Les recuerda algo que no han vivido pero que oyeron en las casas, intuyo.

- No hemos cobrado un duro- se lamenta José.
- Ni lo cobrarás - responde al pronto Miguel.

Nos marchamos al pronto. Todo el mundo va a algún lugar. Menos Flores, al que el cierre del bar de  Lorena ha dejado sin hogar, comenta alguno con cierta guasa.



Jueves

Una lluvia furiosa, una tormenta oscura y airada bate las ventanas de la casa, oculta el campo a lo lejos detrás de un manto de agua, de niebla, de un viento cruel.

Las tormentas se han sucedido estos días. Pero hoy arrecia de tal manera que es imposible salir a la calle. El otro día tuvieron que ir a rescatarnos de un valle enfangado, donde nos habíamos quedado atascados en el barro con el coche y con un tractor que intentó luego tirar de nosotros.

A través del aire, del agua, de la cellisca luego, no se ve nada más allá de la ventana.

Las noticias son cada vez más alarmantes. La gente alrededor comienza a comprender su ruina inmediata y mientras tanto los dirigentes del gobierno prosiguen su tarea, configurando un régimen sórdido que supondrá el final del mundo que conocíamos, - afirma A. - enfangado en la oscuridad y la ignorancia que llegan, fatalmente.

Hoy tengo por fin la noción de un mundo que se está acabando, en silencio. La barbarie llega, inminente.


Sábado

Prosigue el silencio en los pueblos. Me acerco a la panadería: nadie en la carretera, nadie en las calles. El silo a la entrada está cerrado y en las casas de alrededor las persianas están echadas, ninguna puerta se mueve para abrir o cerrarse detrás del que ha llegado.

En la gasolinera, luego, veo a Augusto que fuma un cigarro fuera. Está hablando con el encargado, que trajina en algún mostrador de adentro.

- No sabemos lo que se nos viene - me dice Augusto, a modo de saludo.
- No sabemos lo que se nos viene. - repite- Pero ya está empezando a cerrar todo el mundo. Y no sé de qué vamos a vivir aquí.
- Mi padre nos hablaba de las cartillas de racionamiento y de las hojas de los pinos que liaban para el tabaco, después de la guerra. No sé por qué me he acordado ahora - comenta Miguel, que se asoma sonriendo.
- Cualquiera sabe.

Al regreso a la aldea, una cierta paz en las huertas. Los tilos están brotando, está creciendo la hierba, los cerezos tienen una flor abundante este año. Como un raro momento de sosiego en los valles, ajeno a lo que sucede, la peste ahí afuera.

Domingo

Concierto para violín y orquesta en re mayor de Johannes Brahms, opus 77.

Concierto para el domingo de Pascua. No se oye nada en el campo. Esta música, este concierto inmenso, que hemos oído tantas veces. Por un momento, tengo la sensación de un solo instante que comparten todos los que lo han escuchado en algún momento: la misma melancolía, la misma certeza. En todas las salas de conciertos de una Europa que ahora queda muy lejos: en algún salón de qué palacio; en qué iglesia o auditorio de ciudad de provincias; en qué cuarto con ventanas o patio con unos muros que cubren el cielo; en qué aula de un ayuntamiento - los tejados inclinados al fondo, una ventana apuntalada, el ruido del café de la plaza a lo lejos.

Esta música, pienso hoy, es Europa. Un mundo un tanto nostálgico, refinado y escéptico. A cuyas puertas está llegando la peste; la mentira y los bárbaros con ella.


lunes, 11 de noviembre de 2019

De la taberna de Válgame Dios y otras


En un artículo reciente que hojeo sobre la obra del poeta León Felipe alguien advierte que las primeras nociones sobre el mismo, en los años tardíos de la posguerra, aparecen en un número que – como casi siempre – le dedica la revista Ínsula. Más tarde encuentro otra referencia cuando buscaba unas páginas de Carmen Martín Gaite sobre el novelista Ignacio Aldecoa.

Entonces recuerdo que la revista, completa, reposa en alguno de los armarios de la biblioteca, y que podré consultarla cuando regrese a la ciudad. Es una de las colecciones encuadernadas de las que no nos desprendimos cuando se vendió parte de la biblioteca familiar. Luego, cuando ésta se reordenó, pasó a ocupar alguno de los cajones de la misma, junto a diccionarios etimológicos varios, tratados de geografía del siglo XIX, ediciones de la BAC y libros de historia medieval del Consejo Superior – y manuales enciclopédicos en francés, como el del anarquista Eliseo Reclús, que nos gustaba hojear y que nunca he podido leer por completo.

 La sensación que acompaña al recuerdo de Ínsula y su cuidada conservación es la noción de un tiempo lento en el que su erudita publicación era leída en ese momento aparte de la lectura. Y de las noches sin ruido en que alguien se encerraba en la biblioteca y allí proseguía una tarea absorta: sin espectadores, sin espectáculo posible, enfrascado en la hora y los artículos imposibles.

También me sugiere después un tiempo de posguerra, y los metódicos estudiosos, a los que, no sé por qué, les rodea siempre un olor a casa de comidas con sopa de verduras y pensiones en el centro. Y humo de estufas en las calles, y frío en los salones con cortinas ajadas. Y las tabernas precarias de la calle Atocha, en donde mi padre nos contó había vivido un invierno preparando unas oposiciones interminables en los años inmediatos al final de la guerra. (Alguien, en otro lugar, había hablado de Madrid en esos años como "un escenario de restaurantes baratos de menú a cinco duros y mesas de hule"). Las tabernas tienen todas la barra de cinc y un trasiego continuo de vasos bajo el grifo. En algunos bares aparece un futbolín anejo al olor a comida.

"En algunos bares se había instalado el futbolín. Había uno, que frecuentábamos mucho, Casa Pepe, en Conde de Xiquena, donde hoy está Gades; su especialidad era la gallina en pepitoria", recordaba en sus memorias Carmen Martín Gaite.


Juan Benet entre otros, había definido la sensación predominante de aquellos días como la del frío. (Gil de Biedma apuntaba en su Elegía y recuerdo de la canción francesa: "En España la gente se apretaba en los cines/ y no existía la calefacción"). Su descripción de la academia de un preclaro matemático cercana al convento de los Jerónimos era ejemplar:

"Un frío con caracteres propios, distinto a cualquier otro, era el de la casa de Gallego Díaz, donde con tres compañeros más yo recibía una clase de matemáticas de cinco a seis de la tarde. La habitación donde dábamos clase - era la habitación más caótica que yo he pisado - tenía un gran ventanal, con persiana de guillotina, a la esquina del Botánico. El cristal estaba roto desde que en guerra una bomba de aviación había caído en el Botánico y la persiana, mancornada y bloqueada hasta media altura, dejaba entrar tal frío que durante cinco o seis meses dábamos la clase con abrigo, bufanda y guantes de lana que permitían tomar apuntes cuando la mano no quedaba aterida".

Y en los relatos de la época éste, el frío, se cuela en efecto entre las aulas sombrías donde los estudiantes asisten a clase de archivística en una sala sobre unas escaleras sin ascensor y con un gato en el rellano. O en los hostales de la calle Zorrilla, en donde siempre huele a acelgas y a la turbia mezcla de guiso con cebollas. O en las tabernas con mostrador metálico, en donde el autor de Volverás a Región habla de un antiguo catedrático represaliado que nunca se quitaba los mitones al entrar y nunca salía al parecer de ellas.

En algún lugar de sus memorias José Caballero Bonald hablaba de este frío de la guerra y los años posteriores en su rincón del sur:

"Fue cuando la desnutrición fomentó las epidemias de tifus, de tuberculosis, de pelagra, y se oía decir que todos acabaríamos siendo víctimas de alguna incurable enfermedad. Pero, que yo recuerde, ni en el colegio ni en casa ocurrió nada de eso y la cuota del contagio se redujo a la triste marca de los piojos y los sabañones".


Releo al cabo del tiempo unas notas sobre la vida literaria – y algo también de la otra – de José Luis Cano, el eterno director de la revista Ínsula. (Junto con Enrique Canito. "La revista de Cano y Canito" la llama alguien en otro lugar, un tanto socarrón). Más allá de lo que se describe sobre la literatura de la época – la posguerra aún, los ministros de la censura, las entrevistas con el director general de turno, el eterno juego del doble sentido – es a un Madrid de entonces al que me remito en la lectura del libro Cuadernos de Velintonia sobre Vicente Aleixandre, la casa del barrio del Metropolitano y sus amigos. Para llegar al chalet hay que cruzar todavía por algún descampado. Aún persisten los restos del ruinoso frente de la Ciudad Universitaria.

Es una ciudad que he encontrado en tantos otros lugares. En el Madrid hacia 1950 de Juan Benet por ejemplo. Pero también en las conversaciones con Josefina Aldecoa en el chalet del barrio del Viso; en los parajes de la novela de Martín Santos Tiempo de silencio; otros de Juan García Hortelano; en los relatos del propio Ignacio Aldecoa. O en los retazos de la conversación con mi padre, cuando éste se animaba a contar una narración de la época nada edificante con los restos de su tertulia, los compañeros fósiles del Cuerpo de Archivos y Bibliotecas, en la cafetería de un Hotel Suecia inmediato al Círculo de Bellas Artes. Que aún conservaba algo de la sombra alcohólica y dicharachera de Carlos Barral y sus secuaces, antes de que cerrara definitivamente.

No sé por qué este Madrid remite siempre a unas calles, ahora nada animadas, en la trasera del Congreso de los Diputados. En ellas – vacías hoy, con los restos de algún local de entonces – se hallaban, según repetían todos, los restaurantes Heidelberg y Gambrinus, de un alemán que había venido a parar allí tras la derrota de los suyos, y donde culminan tantas tardes. (En Gambrinus tiene lugar durante un tiempo todos los sábados una tertulia vespertina, a la que asisten entre otros Alfonso Sastre y Eva Forest). De aquél entonces la taberna de Manolo aún persiste, frente al Teatro de la Zarzuela. Edelweiss, también, el otro restaurante alemán de cuando la diáspora. En una inencontrable casa de citas de doña Luisa – que aparece repetidamente en la novela de Luis Martín Santos – entre la calle de Barquillo y Hortaleza finaliza otras veces el periplo alcohólico y algo angustioso de sus protagonistas.

Carlos Barral, que ya viajaba a Madrid desde su Barcelona como el anunciado editor de la generación, comentaba de sus viajes a la capital:

"Las reuniones de agua tónica y café solo, mudaron desde la incorporación de García Hortelano, que atrajo también a la corte de poetas líricos, en alcohólicas y desfondadas. En realidad los escritores realistas de Madrid ya existían como grupo. En el restaurante Gambrinus, Alfonso Sastre reunía a numerosos catecúmenos de su teorías sobre el neo-naturalismo (…) Y a las de un café llamado algo así como Fuentsila, acudían el grueso de los novelistas, al señuelo sobre todo, de la gente del cine. Después del café Fuentsila fue el sótano de la cafetería Pelayo, en el que yo estuve alguna vez". (El escritor José Esteban había nombrado asimismo este café Pelayo, inmediato al Retiro, como centro de reunión del grupo más afín al Partido Comunista: "Allí nos reuníamos con Domingo y Federico Sánchez, Gabriel Celaya y su mujer Amparito, Armando López Salinas, Jesús López Pacheco y Alfonso Sastre").


En la acera del Paseo de Recoletos, el café Gijón aún ejercía de centro de reunión de los noveles escritores, que después se perdían en las calles de los alrededores. Había no obstante algo en la ciudad que la convierte en una especie de paisaje del "después".

Después de la guerra había terminado la época de las grandes tertulias literarias - y de las otras - y los grandes cafés del Madrid de la Dictadura y la República habían cerrado en su mayoría. Pervive la tertulia de José María de Cossío y Antonio Díaz Cañabate en el café Kurtz o el Lyon, entre otros. La llamada "tertulia antifranquista" del café Lisboa de la Puerta del Sol - donde se reúnen Antonio Buero Vallejo, García Pavón, Eduardo Zúñiga, Emilio Alarcos... La también llamada "tertulia de los narradores" del Lyon, frente al edificio de Correos (Allí aparecen Antonio Rodríguez Moñino, Gaya Nuño, Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa...). La tertulia de la galería Juana Mordó "donde ya acudían personas más jóvenes, poetas como Panero, José María Valverde, Luis Rosales y algún otro"... Eran en palabras de Caballero Bonald: "el último coletazo de la bohemia, o, al menos, de ciertos potenciales escritores y genios desconocidos que pululaban por el café Gijón o el Comercial y, sobre todo, por el café Varela, situado al final de la calle Preciados". 

En unas páginas del año 42 del antaño notable Rafael Cansinos Assens, que había reunido en torno a su figura vanguardista y talmúdica una cohorte de literatos en el café Colonial primero, en el Universal después, en sus memorias ya sólo aparece una triste reunión sabatina de actores y estraperlistas varios en el modesto "Gato Negro" de la calle del Príncipe. Que cierra al poco. 

"Olvídese el lector de las tertulias de La novela de un literato del primer tercio del siglo XX, porque todo aquel mundo está aquí olvidado. Estas son tertulias de hombres y mujeres oscuros (...) Todo es muy gris", nos advierte una introducción a sus diarios de la posguerra.

Pero incluso el propio café Gijón, a despecho de su fama, aparecía teñido con esa marca del "después" que había sucedido a la guerra.

"No obstante la frecuentación de los jóvenes creadores, el café de Gijón era como un vestigio. Estaba caduco. Pedía renovación", recuerda el Miguel Pérez Ferrero de las Tertulias literarias su primera llegada al café. Para añadir: "Los divanes se desvencijaban el pelouche se hallaba rajado (…) Escasos eran, por el momento, los clientes que lo frecuentaban". (Una anécdota recogida por el ingles David Ley recordará la noche en que los postistas irrumpieron a voces en la tertulia de los garcilasistas en torno a García Nieto, proclamando sus principios vanguardistas. "Madrid será la tumba del postismo", replicó el irónico Julián Ayesta desde la mesa. Con lo que culminó pàra siempre la renovación surrealista del café). 

La noción de un horizonte muy cercano, una gris cotidianeidad abunda en los relatos de la época. (Un desesperanzado Caballero Bonald tras su desembarco desde su Cádiz natal afirmará que: "En aquellos años a los que ahora me refiero, Madrid era ciertamente una ciudad como adormilada, como afectada por la rutina de la sumisión y el miedo").

Lejos del centro los jóvenes escritores frecuentan en ocasiones un escenario suburbial, cuyos lugares carecen de nombre propio muchas veces. Son las tabernas de la calle Bravo Murillo; del Olivar de Chamartín; más lejos, las del barrio de Tetuán, - donde las gallinejas continúan siendo la tapa habitual- un hotel remoto del barrio de La Ventilla... Caballero Bonald describirá en sus recuerdos el tortuoso acceso a una taberna del barrio de Peñagrande:

"Una vez rebasada la glorieta de Cuatro Caminos, el ruidoso tranvía subía por la calle de Bravo Murillo, torcía a la izquierda por la de Francos Rodríguez, bordeba la Dehesa de la Villa y se internaba por una red de callejuelas y descampados que desembocaban en Peñagrande, lindando ya con las tapias de El Pardo. En uno de esos recodos había una taberna destartalada - la de Ricote, el mismo nombre del morisco cervantino-, especializada en una ruda variante de la cocina popular madrileña, las gallinejas o tripas de gallina frita, vendidas también en puesto callejeros". (Evocando la muerte del poeta Manuel Machado, ya en el enero de 1947, David Ley recordará cómo: "Debíamos ir a dar el pésame, pero como era ya bastante tarde cenamos antes en una tasca cercana a la calle General Pardiñas calamares en su tinta y queso de Cabrales").

Unas fotografías de Lebbaus en la inmediata posguerra recogen a su vez el paisaje de descampados y corrales que rodea aún la Plaza de las Ventas, construida en la cercanías del Arroyo Abroñigal. Las ventas que daban nombre a la plaza de toros están desapareciendo. Eran, recordaba Pio Baroja en algún relato, el paraje donde se despedían los duelos camino del Cementerio de la Almudena. En su lugar, sobre el horizonte se erige un nuevo paisaje de elevados bloques. Sobre la vaguada comienza a levantarse el barrio de la Concepción, adonde se instala el dramaturgo Alfonso Sastre - y más tarde el poeta Caballero Bonald. Cercano al barrio nuevo se encuentra un escenario de gitanos y mercheros del que Alfonso Sastre, comentarán sus críticos, recogerá la jerga para incluirla en sus dramas broncos y oscuros. Es el llamado "Cerro de San Pascual". (En el prólogo a uno de sus dramas aparecerá un cartel que anuncia: "El autor de esta obra frecuenta algunas tabernitas cercanas a las Ventas del Espíritu Santo").

"Por detrás del reciente barrio de la Concepción, estaba el cerro de San Pascual, donde años más tarde Alfonso Sastre, que frecuentó mucho a finales de los cincuenta a aquella gente marginal que lindaba con su casa, situó La taberna fantástica", comentaba en algún lugar la escritora Carmen Martín Gaite. Para añadir, después, una descripción de aquellos paisajes de las afueras:

"Posteriormente este barrio se uniría con Canillejas, siempre a través de la tierra de nadie de los desmontes". Una biografía del dramaturgo recordará entre otras la remota taberna de "El Gato Negro, en la calle del Misterio, cercana a Arturo Soria. En la entrada un gato de escayola sobre el umbral guardaba la puerta". 

Más allá incluso, en alguno de los hoteles de los alrededores, de las ventas en torno a la carretera de Barcelona, o en el camino de Somosierra, finalizan otras veces las veladas hasta el amanecer.

Luego, todo vuelve a girar en torno a los lugares del centro, al café Gijón más tarde.

"Estábamos en una taberna de la calle Augusto Figueroa tomando vinos con los amigos. Fue a la salida del café Gijón, donde acababan de presentarnos, Sastre, Quinto, Ferlosio; en aquel diván que hay a la derecha, al fondo, bajo aquel espejo que, creo, sigue en el mismo sitio" - relataba Josefina Aldecoa su primer encuentro con Ignacio Aldecoa. Otros -los garcilasistas de Juventud Creadora - se reunían en el cercano Café Comercial. En el inmediato Café Teide, en un semisótano del paseo de Recoletos, encontramos el último refugio del escritor César González Ruano. Junto a él aparecían otros inclasificables como Wenceslao Fernández Flórez, Manuel Alcántara o Rafael Santos Torroella...


Josefina nos había hablado en alguna ocasión – pero también lo hace Carlos Edmundo de Ory por ejemplo en sus algo tediosas memorias – de la sombría taberna del Pasaje de Válgame Dios, inmediata a la calle Augusto Figueroa. Estaba relativamente cercana al Café Gijón, epicentro de la cosmogonía de la época. Y al Comunista y la Carmencita, las casas de comida barata y castiza en donde aún se reunían los postreros supervivientes del naufragio… Estas últimas las alcanzamos a conocer en nuestra época de estudiantes. Para acceder a la taberna, que apenas se distinguía desde la acera, había que bajar por unos angostos escalones desde la calle, que contemplaban con melancolía los escasos parroquianos de la barra, pensando quizá que tendrían que subir de nuevo por ellos en algún momento.

En una rara mención autobiográfica, Ignacio Aldecoa la nombra en uno de sus relatos breves:

"El estudiante señor Aldecoa degustaba diferentes calidades de vinos en la bodega de la calle de Válgame Dios. Entre vaso y vaso discurría con sus amigos por los ásperos, inmisericordes caminos de las deudas".

Josefina Aldecoa la nombra también:

"Y cuando vivía en el pasaje de la Alhambra, antes de casarnos, las universidades se extendían por esa zona (…) Por entonces, frecuentábamos Casa Pedro-Vinos de Méntrida, en la calle Infantas. Y una taberna en la calle de Válgame Dios y el Bar del Circo, justo al lado del antiguo circo donde Ignacio solía escribir por la mañana. O las tabernas de los artistas circenses. Allí estaban los vinos de Valdepeñas …".

Nada hacía pensar que aquel sótano oscuro, con estantes de conservas y legumbres al fondo y el infumable vino a granel de entonces, fuera un lugar de reunión de los escritores de la generación de los 50 más tarde. Pero era el paisaje de una época. En otra parte, hacia la Gran Vía, se habían abierto las nuevas cafeterías de nombre americano en la ciudad de la posguerra: California, Dólar, Nebraska, Manila... Éstas nunca aparecen sin embargo en las memorias de la generación. Por el contrario, cercano a la taberna aneja a la plaza de Chueca y al arcaico Pasaje de la Alhambra se extendía el escenario menestral de un movimiento - el postismo - entre vanguardista y deudor de un malditismo del siglo XIX que describe su mentor, el abstruso Carlos Edmundo de Ory:

"Allí, en el estudio de Chicharro (pasaje de la Alhambra, 11) y en mi cuarto de la vecina pensión, donde mantenía junta privada con el pintor; allí la imprenta y redacción de nuestras revistas - Postismo y La Cerbatana - (Barbieri, 10) y, en fin, la sede del movimiento en el Café de Castilla, hoy también extinto, de la calle de las Infantas".

"Por el otro extremo [del Pasaje de la Alhambra] nos abríamos hacia Colmenares, Barbieri y Libertad. Por todos estos aledaños de San Marcos se extendían nuestros dominios, conocidos familiarmente por La Kasbah", recordaba Carmen Martín Gaite. Del poeta Claudio Rodríguez, venido de su Zamora provinciana, se nos dice que: "Rodríguez frecuenta los mercados, las tabernas del viejo Madrid donde se reúnen timbaleros, areneros, monosabios, matarifes, entre el humo de los puros y el olor a sudor y a pescado frito". Con Rafael Sánchez Ferlosio, llegado de su Italia natal, nos cuenta de nuevo Josefina Aldecoa: 

"En tranvía y a pie, hacíamos excursiones los amigos a los cercanos campos secos y tristes de la venta de Buenamente, al lado del Manzanares, Boadilla del Monte, riberas del Jarama. En los chiringuitos tomábamos el vino frío y barato de la posguerra".


En algún lugar del relato Young Sánchez sobre un modesto boxeador del barrio de Tetuán, Ignacio Aldecoa alude también a las reuniones en torno a la taberna La Venencia - cita que se repite en la película de 1964 de Mario Camus sobre la novela. Lejos de cualquier aura literario, la taberna era entonces - según comentó años más tarde el crítico aragonés Bentura Remacha en sus recuerdos de la época - un local oscuro y un tanto ajado, de la no menos oscura calle del Lobo inmediata a la Plaza de Santa Ana. Había sido un escenario habitual de los locales de flamenco y prostitución en la posguerra. Pero allí se reunía también el escritor Aldecoa con sus locuaces camaradas Alfonso Sastre, José María de Quinto, Carmen Martín Gaite o Jesús Fernández Santos, entre otros, en sus interminables periplos urbanos. O con el tiempo los hermanos Bienvenida y sus conmilitones, los Dominguín, cuando salían de su feudo en la inmediata Cervecería Alemana.

Angostos, oscuros, los lugares de la época remiten siempre a olor a vino de Arganda, a charlas interminables y borracheras nocturnas y sosegadas; y poco dinero y mañanas inciertas… Hay una camioneta que recorre las calles de madrugada, riega la acera, despierta a los comercios. Estos, que aún tienen el portal de listones de madera y rótulos de color negro cerrados, contemplan a los que se recogen, la resaca triste de las primeras luces del día.

   
Han remodelado el Hotel Suecia, advierto otro día cuando cruzo por la calle de los Madrazo, detrás de Alcalá, una mañana. Había estado cerrado mucho tiempo. Desde la esquina todo semeja nuevo: un bar reluciente, una amplia cristalera, una barra luminosa… Fue, Carlos Barral lo relata en sus memorias, el lugar donde los prolijos escritores de los años 50 se reunían por las tardes, cada vez que él mismo, Juan Marsé, Claudio Rodríguez, Ángel González, alguno de los otros, accedían a la capital desde sus provincias respectivas. Rafael Sánchez Ferlosio, que no acudía nunca, relataba la llegada del editor Carlos Barral al hotel:

"Llega el editor catalán (…) llama displicentemente por teléfono desde un sillón de la suite del hotel Suecia. Inmediatamente suenan en cadena los teléfonos desde el viejo Madrid hasta Vallecas y corre como reguero de pólvora la noticia (…) "¿Qué vas a tomar?, pregunta el editor, impaciente, que se pasea con las manos cruzadas a la espalda. "Un café con leche, una cocacola, un café solo..." "Bueno, gin-tonic para todos".

Era un lugar de tertulias, se cuenta en algún otro artículo, la tranquila cafetería sobre la calle Marqués de Casa Riera, aneja al Círculo de Bellas Artes. Yo todavía alcancé a conocer alguna de ellas, la última creo, cuando acompañaba a mi padre a la reunión de antiguos bibliotecarios, que se encontraban allí tras haber abandonado el café Gijón por no sé qué desavenencias con los camareros.

Era ya una reunión de eruditos cascarrabias, que tomaban sólo café y algunas medicinas, y caminaban por entre las mesas renqueantes y con cierta torpeza. Pero no habían abandonado en ningún modo la acerada conversación. Ni el continuo recital de citas eruditas y maledicentes, sacras y profanas a partes iguales. Hipólito Escolar, que había sido director de la colección clásica de Gredos – y de la Biblioteca Nacional – intercalaba las referencias latinas o griegas con la descripción de un memorable viaje bibliotecario a la ciudad de Buenos Aires, donde terminaron las sesiones del congreso invitando al padre Blasco, jesuita y compañero de todos ellos, a los burdeles del barrio de la Recoleta. Mi padre reía. Él tenía una amplia colección de recuerdos de una ciudad sin historia en la posguerra como era Albacete y le gustaba relatar sucesos de la Mancha, esa región sin sucesos. (Antonio Martínez Sarrión en algún lugar había recogido también alguno de ellos). José Antonio Pérez Rioja, educado y minucioso y eterno director de la Biblioteca de Soria, guardaba una inagotable colección de recuerdos sorianos - que yo había leído por otra parte en las páginas costumbristas de Juan Antonio Gaya Nuño como El santero de San Saturio, cuando éste abandonaba su erudición de catedrático. El ameno Miguel Molina Campuzano atesoraba un sereno recuerdo de la campiña de Jerez. Que contrastaba con la barroca evocación de la Valencia de posguerra de su colega Pepe Ibáñez, de la alicantina ciudad de Sella sobre la bahía de Finestrat. Y su encendida defensa del lemosín como lengua origen del valenciano, que explicaba incluso a los camareros cuando estos se acercaban.

Cerraron el hotel hacía años. Pero la tertulia, recuerdo, había terminado algún tiempo antes, imposibilitados poco a poco sus amenos y eruditos actores, fallecidos la mayoría más tarde. En los años últimos del hotel se reunió en él otra especie de tertulia de jóvenes críticos y pintores, que portaban los atuendos de un Madrid que había olvidado la posguerra, frecuentaba el Rock Ola todas las noches y citaba con fruición los textos de Deleuze, Lyotard o el minucioso Derrida sin pestañear en ningún momento.


Frente al hotel se encuentra todavía la librería Dedalus. Tiene una portada oscura, apenas iluminada. La puerta está siempre cerrada. Asomándose a los cristales se descubre algún libro raro, inencontrable, alguna olvidada edición de los años 60 o 70. Un rótulo sobre la portada anuncia: “Humanidades. Hispanoamérica”.

Una mañana fría de invierno habíamos acudido a la librería. Otras veces lo hacemos, pero en la mayoría de las ocasiones ésta se encuentra cerrada. En el escaparate figuraban un raro Juan Larrea que no conocía, la primera edición de la "Lírica griega arcaica" de Juan Ferraté, el Cuaderno negro de Lawrence Durrell, el primerizo Fervor de Buenos Aires de Borges, entre otros.

Dentro en los altos, silenciosos estantes, las ediciones de Editorial Sudamericana, de la antigua Losada, de Grijalbo, de Seix Barral, descatalogadas…

Nombran, lo reconozco esa mañana, un paisaje de nuestro mundo adolescente tal como lo conocimos entonces.

Fue el paisaje de lecturas profusas de un lenguaje barroco e inacabable, desde la biblioteca a los libros que nos prestábamos en los bares. Designaban un escenario de quintas apartadas en la ciudad de Buenos Aires o a una oscura colonia - la Colonia Roma de Carlos Fuentes- en el Distrito Federal. Una capital de provincias, la Santa María del país de Onetti; o la decadencia de la burguesa y sórdida Lima de La ciudad y los perros. Un pueblo que el viento abate y se llama Comala. La barroca profusión de unas Antillas tórridas en la prosa de Alejo Carpentier… Pero también el viaje a París, tal como lo imaginamos entonces – y Julio Cortázar lo nombraba, nítido – y un universo hecho de conversaciones interminables, música de jazz y amores con la Maga. Todo ese mundo está aquí este día. Y persiste en el invierno, a despecho de la fría mañana. Y de las tabernas que, una a una, han ido desapareciendo del barrio.

Todo estaba cerca.

"Durante su estancia en Madrid a lo largo de seis o siete años, Luis Martín Santos residió en una pensión de la calle del Barquillo, nº 22, esquina a la calle Prim, un inmueble contiguo al teatro Infanta Isabel que, dedicado en aquellos años a las comedias de Adolfo Torrado, Leandro Navarro y, posteriormente, Alfonso Paso, no honramos nunca con nuestra presencia", contaba de nuevo el novelista Juan Benet la llegada del médico Martín Santos a la capital. Para describir en otro lugar, más tarde, la celebración de la salida del pintor Caneja de la cárcel: "Milicua montaba el homenaje en una de las seis tabernas donde se acostumbraba a cenar: Ciriaco, Alberto, Casa Labra...". Con el galerista Chiqui Abril, el escritor Laverón, el pintor Claramunt, algún otro, en la Casa de las Torrijas de la calle de La Paz, recordamos una tarde la sórdida taberna de Válgame Dios, un escenario oscuro que ellos han conocido todavía.


Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...

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