lunes, 28 de abril de 2014

Un itinerario tradicional


Preguntado J., añoso garrochista  de Salamanca, por las fincas y correderos donde hubiera corrido con los caballos alguna vez, éste comenzó a hablarnos de los lugares, dehesas, pueblos y alquerías donde recordaba haber ido en alguna ocasión - o en muchas, decía luego. Encantado con la enumeración, le pedí más tarde una lista aproximada de aquel repertorio fascinante - al modo de una geografía exacta, irrepetible y antigua. J. ha tenido a bien enviarnos una lista de aquellos.

La enumeración, sin él saberlo, constituye un itinerario, tradicional y arcano, que no nos resistimos a publicar. ( Y a recordar el poema nominal de Unamuno, de su "Romancero del destierro". Aquél donde enumeraba

Ávila, Málaga, Cáceres,
Játiva, Mérida, Córdoba,
Ciudad Rodrigo, Sepúlveda,
Úbeda, Arévalo, Frómista,
Zumárraga, Salamanca,
Turégano, Zaragoza,
Lérida, Zamarramala,
Arramendiaga, Zamora,
(...) el tuétano intraducible
de nuestra lengua española " )


La lista de J. es la siguiente:

" - Buenabarba, en la ribera del Huebra.
- Rodasviejas, en la raya de Vilvis.
- Rodasviejas, en el cuarto de los Castaño.
- El Gejo de Diego Gómez. Sobre Encinasola.
- Tello Sancho. Bajo el Teso del Corcho.
- Cojos de Robliza. En varios correderos.
- San Fernando. Cercado de los novillos. Ermita de los Campos del Hospicio.
- Linejo. En el cercado de los utreros.
- El Pilar, pasado Aldehuela de la Bóveda.
- Olleros. Donde el cordel.
- Villa Adelfa, donde las casas del marqués..
- La Torre de Velayos, frente al Villar del Profeta.
- La Torre. En Berrocal de Huebra.
- La Dueña, hacia Las Veguillas.
- Sanchiricones, en el cuarto de la ermita.
- Sanchiricones, donde el cuarto de los gemelos.
- Gallegos de Huebra.
- Anaya de Huebra. ( Sobre Agustínez).
- San Pedro de Rozados. Cuarto del notario.
- San Pedro Acerón. Donde la ermita vieja.
- Garcigalindo. Frente a Narros de Matalayegua.
- Pedraza.  Pasado Narros.
- San Miguel de Asperones. En la finca de arriba.
- El Torrejón, hacia la ermita de los Remedios.
- Lumbrales, en la dehesa comunal.
- La Cañada de Hernandinos. Antiguo cuarto de los Saavedra.
- Casablanca, hacia El Bodón.
- Casablanca, hacia Ciudad Rodrigo.
- Campanilla. En la carretera de Cáceres.
- Casasola. Hacia el convento de la Caridad.
- Fuenteguinaldo, en la dehesa del  pueblo. Sobre  Sageras.
- La Santidad, pasado los Baños de Retortillo.
- La Torre, cruzando Terrubias.
- En Ledesma, una finca cerca de la central. Sobre el río.
- Sayaguente, donde la ribera.
- Sayaguente, en el monte. Sobre el pueblo, Pedrosillo de los Aires.
- Olmedo, rayando con la finca de Raso Portillo, de los Gamazo.
- Mojados. En una finca en los pinares. Cruzando el puente de hierro.
- Pozal de Gallinas. Donde los de Íscar.
- Olmedo, dehesa boyal.
- Fuenteguinaldo. Finca del común, en el cordel.
- Una cortina de Zamora, cercana a Alaejos, cuyo nombre no recuerdo.
- Pedro Sancho. Pasado el santuario de Valdejimena.
- Moraleja. Finca Cuartos de Marín.
- La Paloma, en la sierra de San Pedro. Cercana a Alburquerque.
- Badajoz, en el ferial. Donde las casetas.
- Jerez, cortijo de Vicos. Yeguada militar.
- Sevilla, en Los Palacios. Corredero del concejo.
- El Rocío, corredero de la aldea.
- Villamanrique de la Condesa. En las fincas de la marisma.
- Monsagro, en Portalegre. Bajo el municipio de Urra.
- En Guarda, donde los Couceiro. "


(fot. Antonio Novillo)

martes, 15 de abril de 2014

Domingo de Ramos




"Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, y les dijo: entrad en la aldea y luego que entréis en ella hallaréis un pollino atado en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo".

       -   Mateo, 21  1-11


Domingo de Ramos en la ciudad. A la entrada de la iglesia de San José los feligreses desfilan con palmas, se escucha la misa cantada adentro y hay puestos, innumerables, sobre la acera, en donde unas gitanas venden hojas de olivo, palmas secas y ramas de romero - que otorgan una plácida suerte, según una lírica y antigua certeza.

El rito se repite en toda la ciudad: en el convento de las Descalzas; en San Sebastián en la calle Atocha; en la barroca San Antonio de los Alemanes; en el atrio de San Ginés, sobre la trasera de la calle Arenal; en la historiada San Manuel, frente al Retiro...

Certidumbre del rito. Conmemora un momento único, según la epocalidad cristiana. La del tiempo de los sucesos, la historia sagrada, instante del acontecimiento - después del cual no puede haber sino su pálido, lento desvanecimiento. Y frente a su disolución - y al interminable tiempo de la espera - sólo el rito puede recrear el suceso, recordar su instante ejemplar, renovar el tiempo de nuevo.

Malos tiempos para las ceremonias. Frente a un presente sin referencias, absorto y pálido, el ritual lucha contra la disolución, celebra la recreación del acontecimiento, de nuevo.

Por la tarde, la procesión del Domingo sale de San Miguel, en la Nunciatura, recorre la calle del Nuncio, la plaza de Santiago, Capellanía, el callejón del Espejo, la plazuela de San Miguel, Ramales... En su ceremonia, la tentación de recrear el tiempo - un gesto contra la disolución, el olvido, inmisericordes.




martes, 18 de marzo de 2014

Del exilio de Rachmaninov




 

"Me siento como un fantasma vagando por un mundo que se ha vuelto extraño. No puedo alejarme de la vieja forma de componer, ni adoptar la nueva. He realizado esfuerzos intensos por sentir el estilo musical de la actualidad, pero no lo consigo [...] Siempre siento que mi propia música y mis reacciones a toda la música siguen siendo las mismas en un sentido espiritual, en eterna obediencia al mandato de crear belleza [...] La nueva clase de música no parece salir del corazón sino de la cabeza. Sus compositores piensan, más que sentir. No poseen la capacidad de hacer que sus obras se eleven: median, protestan, analizan, razonan, calculan y se inquietan, pero no se elevan".


        -      (Leonard Liebling )      Entrevista con     Sergei Rachmaninov         The Musical Courier , 1939.

viernes, 28 de febrero de 2014

Del "Diario" de Rodchenko



30 de diciembre de 1942

Varvara está descontenta. No le dieron mantequilla, una cola quilométrica para las patatas...Pues bien el Año Nuevo está delante de las narices, espero que el Año Nuevo traiga el fin victorioso de la guerra y dé muchas obras pictóricas... En la minúscula cocina colgué banderines y lámparas del árbol de Navidad. Una cosa me apena: no está con nosotros nuestra hijita Mulia . Todavía se encuentra en Molotov. Se ha vuelto consciente e interesante y nos carteamos con ella. Debe continuar lo que no he hecho o lo que no he llevado a feliz término, ella o sus hijos.

Hace frío... La nave está parada; los asuntos, parados. La gerente Varva fue a conseguir dinero y comida.

Ha llegado Varva, con dinero y cartillas de racionamiento. Celebramos la Noche Vieja...

La radio : " El comandante de la ciudad de Moscú avisa: Se permite pasear libremente por la ciudad en la noche del 31 de diciembre al 1 de enero..."



           -    Del    Diario    de Aleksandr Ródchenko        Sovietkski Judózhnik    ed. 1982.

lunes, 27 de enero de 2014

April in Paris


(Callejón Bolshaia Nikitskaia.
Moscú, 1920) 

Que el invierno nos recuerde el otoño no tiene nada de extraño. Una cosa es el calendario y otra estas nieblas que no levantan hasta mediodía, los robles que se resisten a perder la cubierta, el campo alfombrado de hojas y un vaho azulado que surge de los valles - signos todos de un otoño que llegó tardío y ahora se niega a marchar.

 La confusión entre las estaciones debe de ser una de las mayores virtudes líricas de la sucesión. Hace años, hablando una tarde con Alipio, extravagante arqueólogo-conservador-ciclista de la zona de Ledesma, éste nos contaba sus impagables experiencias una temporada en la que la maestra local se había puesto de parto y él hubo de suplirla provisionalmente. "Siempre estaban de parto", decía, entre melancólico y escéptico. Una de las redacciones que encargó a los abruptos muchachos de la escuela versaba sobre el tema del verano, tema anacreóntico por excelencia. Alipio recordaba composiciones ciertamente notables. Pero la mejor era una en la que cierta alumna aseguraba, definitivamente: "El verano nos gusta porque nos parece que estamos en primavera".

Afortunadamente llega el invierno también, con un cielo oscuro que palidece después - y es cuando de verdad comienza a hacer frío - y se cubre de una rara claridad que amenaza nieve. El invierno es la dureza, allá en Castilla, y el hielo en las ramas, y es así siempre, y ésta es una tierra de pocas concesiones.

Aunque a juzgar por lo que dicen los de los pueblos ya nunca es invierno - ya nunca nada es como anteriormente - y cuánto hace que de los tejados no cuelgan los chupiteles que no desaparecen en todo el día, y que las charcas no hay que abrirlas a golpe de amarra para que beba el ganado. Ni surge el vaho de las casas, ni del aliento de los que cruzan la plaza, ni hay escarcha en la testuz de los animales.

Da igual, otoño o invierno o helada ni rocío. Porque lo que aquí importa de verdad es el mes de abril, el peor según cuentan todos - calendario zaragozano incluido- y el que decide la temporada. En este enero la previsión de las cabañuelas - la piedras que se levantan a mediados de agosto y anuncian el tiempo de todo el año - anuncia un abril feroz, como siempre. "Abril no lo quieren los portugueses", nos cuenta el vecino, que recita algún refrán de la raya. Como lo pronuncia en portugués no podemos entenderlo, que el lusitano es un idioma que se lee muy bien y se escucha como música, pero hablado con el acento de la sierra no hay quien lo traduzca. Pero el sentido sí lo comprendemos. Y uno recuerda entonces la sabiduría de un T.S. Eliot cuando afirmaba que "Abril es el mes más cruel". Y se queda entonces pensando si el poeta habría viajado a la frontera portuguesa o eran más bien los campinhos los que han leído todos a Eliot - que de un país donde hasta los telefilmes vienen sin doblar, en inglés y con subtítulos, se puede esperar cualquier cosa.

En espera de la nieve guardamos, apropiada y cercana a la chimenea, la edición en cuatro volúmenes que la editorial Acantilado ha publicado de las "Memorias de ultratumba" de René Chateaubriand - en traducción de José Ramón Monreal y un excelente prólogo de Marc Fumaroli. El problema es que la nieve no llega y entonces nunca consigo pasar del primer tomo, que ya había leído con anterioridad. Aquél que describe los últimos días de un escenario, el de la nobleza provinciana del Antiguo Régimen, que la Revolución iba a arrasar, definitivamente. Hay en la obra - además de la nostálgica descripción de un universo, minucioso y como detenido - otro tema mucho más complicado como es el de la constitución de un sujeto, el autor, cuya definición entraría decididamente en la proclamación del sujeto moderno, el del romanticismo. Pero cuyo comentario necesitaría de un tiempo más frío, y de que por fin volvieran las nevadas, y entonces nos quedaríamos aislados y esta vez sí, leeríamos los tres volúmenes restantes y hablaríamos de cosas como el sujeto, trágico y moderno, del romanticismo.

Lo que la confusión del otoño y el invierno y este tiempo, que como en el pueblo saben ya no es el de antes, no impide de ninguna manera es leer una breve joya como la edición de La Librería de los Escritores, en atractiva publicación de La Central, y en la que se recoge la minuciosa historia de la librería colectiva de Moscú de los primeros años de la Revolución, y sus vicisitudes en medio de la miseria y la censura soviética, que ya se manifestaba en toda su crudeza - y tanta, que el paso siguiente, marcado por el fusilamiento del poeta Gumiliev, el primer marido de la Ajmatova, se produce ya en 1922. Entre los textos de Mijail Osorguín y Marina Tsevietaieva, y las ilustraciones de A. Rémizov, destaca la magnífica prosa de Osorguín, en una nítida descripción de las jornadas iniciales, y casi postreras, de la actividad en la librería del callejón Bolshaia Nikitskaia. Hasta que las autoridades soviéticas por fin la clausuran - y de paso, envían a Osorguín, junto a doscientos intelectuales más, en un barco "apestado" al exilio en París.

Del relato de éste cabe decir que su prosa es tan buena que no se nota en la narración. Cualidad por otro lado nada extraña viniendo de la tradición del siglo XIX de la que provenía.

La Tsvietáieva también se exilia a París en estos años, junto a su marido Serguei Efrón. Éste, que había militado antes en el Ejercito Blanco, tuvo una actuación posterior cuando menos equívoca en los primeros años del exilio. Que para los deportados rusos, al final, había pasado de ser ambigua a ser reconocido abiertamente como un agente de la NKVD. Con lo que el matrimonio fue despreciado por todos - y Efrón implicado en una turbia desaparición a su regreso a Moscú más tarde.

En un intento de reconciliación el antiguo guardia blanco y ahora agente soviético regresa a la URSS al poco - regreso que no le valió de mucho, pues fue fusilado al tiempo de llegar. Sola y apartada en París y deseosa de reunirse con su marido y su hija Ariadna, la melancólica poetisa retorna también a la patria en 1939. Para encontrarse con el arresto de los dos y su propia deportación a Yelabuga, en Tartaristán - el lugar más remoto del mundo - donde finalmente se suicida en 1941, en uno de los episodios más desoladores de la historia de la literatura. (Y de lo que no es literatura).

Estas noticias, junto a otras muchas, aparecen en el centón, excelente, de Orlando Figes, "El baile de Natacha". Una obra monumental - y que debe de estar bien traducida, porque se lee de un tirón otoñal - sobre la historia de la cultura rusa, desde la construcción de San Petersburgo por el zar Pedro el Grande, allá en 1703, hasta los terribles años del Plan Quinquenal y el cerco de Stalingrado. La relación de la meseta castellana con las polémicas eslavófilas y asiáticas, la prosa de Pushkin, el exilio siberiano del príncipe Volkonsky, la tradición folklórica en Stravinsky o Rimsky- Korsakov, los tambores chamánicos en Kandinsky, el programa futurista y más tarde estajanovista de la Unión de Escritores Proletarios, la nostalgia de la Ajmatova o la subsistencia de tantos fantasmas literarios durante el largo invierno soviético - ése sí que es un invierno - constituye para mí un misterio. Pero que existe es innegable, como lo demuestran varias biografías de Malevich, Rodchenko o la Stepanova, la versión inglesa de "The Whisperers" -conjunto de testimonios del estalinismo recogidos también por Orlando Figes - junto a la novela "Una aldea" - desoladora - de Ivan Bunin que yacen alrededor de la chimenea, por fin encendida.

En algún lugar aguarda también el "Contra toda esperanza", el centón de Nadiezdha Mandelstam. Pero una obra en la que desde la primera página se nombra un escenario desolado y gris, cargado de silencios y de ausencias, y sobre el que - como indica el título - no hay ningún lugar para la esperanza bien merece ser leído en días en los que surja el sol en algún momento. Con lo que no la retomaremos hasta el próximo mes de abril. Por lo menos.

Los hielos de antaño ya no existen. En cambio, no se sabe por qué, sí existe la "cara oscura del Siglo de las Luces" - como la definiera en un excelente y breve ensayo Guillermo Carnero hace ya bastantes años. Quizá por ello resulte tan fascinante la biografía que Iain McCalman ha escrito sobre "Cagliostro. El último alquimista" y que encuentro, ya descatalogada, en una oscura librería del centro de Madrid  donde todavía se tropiezan algunas cosas raras. O también la excelente edición de Siruela de "El velo de Isis", el clásico de Jurgis Baltrusaitis, que saldan a unos cuantos euros en un cercano establecimiento de lance, cuya ubicación no voy a desvelar, desde luego.

De toda la erudita obra de Baltrusaitis, y su excelente edición de Siruela, recordar por ejemplo la reproducción de los monumentales decorados que Friedrich Schinkel realizara a principios del XIX para la "Flauta mágica", la clásica ópera de Mozart que recogía la figura del Conte Cagliostro en  Sarastro, sumo sacerdote de Isis y Osiris - y barítono, a lo que parece. O, en la biografía del alquimista, unas reproducciones de las excelentes acuarelas de tema masón e iniciático que pintara Philippe de Loutherbourg, el pintor de origen alsaciano y académico en Londres, a finales del XVIII.

Independientemente de la figura de Cagliostro, el aventurero que sedujo a la mitad de las cortes europeas, y de sus peripecias como profeta, alquimista y Gran Copto, existe en la biografía del personaje - y en la numerosa bibliografía que la acompaña - una descripción de los palacios y los obispados, y los salones provinciales y las conjuras de los iluminados que se enfrenta, abiertamente, a la definición tradicional del Siglo de las Luces. Y nos introduce en pleno ambiente de la "teoría de la conspiración" - cuyas consecuencias fatales para el siglo XX había de recoger por ejemplo Danilo Kis
en su impagable "La enciclopedia de los muertos". Ésta sí, lectura apropiada para la borrasca que se aproxima.

Con lo que llegaríamos a la descripción de los enigmáticos decorados egipcios y de los jeroglíficos que en las Memorias de un médico de Dumas padre se realizaba de la mansión del Conte en la rue Saint Claude de París - novela interminable en varios volúmenes que desde Castilla al parecer sólo se puede consultar, y fragmentariamente, en las citas sobre ella que aparecen en otras obras. O que aparece en otro memorial, donde se nos habla de que la mansión de Cagliostro en París - donación del cardenal de Rohan, como se sabe - "Ostentaba un pórtico de altos muros, dos patios empedrados y sombreados por árboles de gran copa y una gran escalinata pétrea que daba acceso a tres plantas de espaciosas habitaciones".

Y que, en el salón donde el Gran Copto celebraba sus sesiones: "(...) había un ibis negro embalsamado, con sus esbeltos zancos; un caimán disecado que, con las fauces abiertas, daba mansas vueltas por el techo; y toda una serie de extraños jeroglíficos que cubrían los muros".

Geografías precisas, arquitecturas cortesanas de un universo, el del Antiguo Régimen al que jacobinos y montañeses, girondinos y sans-culottes iban a abolir, definitivamente.

Contra la precisión - o evocándola quizá en un mapa de otro orden - el "Atlas de las islas remotas" de Judith Schalansky. La topografía precisa, la magia del mapa de cincuenta islas en las que la autora no ha estado "y a las que nunca iré". Algo en la composición de la cartografía, algo en la descripción de su remota ubicación sugiere, por contra, una larga noche de verano. Y la noción de un sopor antiguo, un mar cálido, ciertamente distante de estos días en Castilla.

Todos los caminos, incluidos los hiperbóreos, conducían a París, al parecer. Para consolarnos nos pasamos la tarde, refugiados del cierzo, escuchando las siete versiones distintas que aparecen de la grabación del Strawberry fields forever de Lennon, desde la más sencilla a la definitiva, todas excelentes. El bosque que aparece al fondo de la grabación tiene un vago aire al castillo de Balmoral. No es Versalles, ciertamente.





martes, 7 de enero de 2014

El viaje a París. II


Charlie Parker nunca regresaría a París después de aquel primer -y único- viaje.

Fue en la primavera de 1949. Bird, junto a un nutrido elenco de músicos, había sido invitado al Festival Internacional de Jazz que iba a celebrarse en la Salle Pleyel de la capital francesa. Las crónicas de la época hablan de la expectación con la que en la ciudad de posguerra era esperado el nuevo estilo -el bebop, término que Parker siempre rechazó- tras una primera actuación de la banda de Dizzy Gillespie el año anterior.

Charlie Parker junto con su grupo - en el que figuraban, entre otros, Tommy Potter y Max Roach - actuaría durante la primera semana de mayo en la célebre Salle Pleyel. Pero también en otros lugares de la capital (Al Haig hablaría "de la Universidad, o de un colegio así") o en alguna jam session en los cabarets del Left Side - en expresión de Kenny Durham - en la que tocaron con Miles Davis, Sidney Bechet, Don Byas o Bill Coleman. Mientras tanto habían efectuado una breve gira que les llevó a algún concierto en Roubaix o Marsella. Para finalizar en el Club Saint Germain - en donde Charlie Parker realizó su famosa no-entrevista con el crítico Steve Race, en la que a todas las preguntas respondió recitando poemas de Omar Kayam.

Junto con alguna de las más célebres creaciones del músico de Kansas City - Koo Koo, Wee o Salt peanuts, cuyos solos de saxo alto habían asombrado a los anteriores degustadores del swing - figuraba, desde luego, el clásico de Vernon Duke April in Paris, cuya letra en la versión de Ella Fitzgerald afirmaba que:

April in Paris
Chesnuts in blosssom
Holiday under the trees
April in Paris
this is the feeling
No one can ever reprise

Era una imagen en cierto modo ya clásica, modélica, de un Paris que había quedado fijado en el imaginario de los USA como una fotografía fija - la que recogería por ejemplo en 1951 la película Un americano en Paris de Vincent Minelli. Pero era también el lugar, inevitable, en el que el frustrado escritor Harry Street recordaría sus amores fatales con la fatal Ava Gardner (Cinthia en la película), el escenario bohemio y terminal de su nostalgia -y los amores y la literatura perdidos - en la adaptación que en 1952 Henry King realiza de The Snows of Kilimanjaro, el conocido relato de Ernest Hemingway.

Pero París surgía de una larga ocupación alemana, y de una no menos gris posguerra. En 1930 Francis Scott Fitzgerald - quién si no - había publicado su "Return to Babylon", una memorable narración sobre un París cuya mejor época había finalizado con la crisis del 29. Y cuyos personajes, marginales, vagan después por calles y cafés y por el bar del Ritz, en un sórdido remedo de los gestos de otros días - irremisiblemente perdidos, y cuya repetición se convertía en una triste, mecánica caricatura de aquellos felices años de entreguerras. Scott Fitzgerald sabía de qué hablaba - de qué otra cosa escribió, si no, durante toda su melancólica narrativa. Pero lo debía saber también, bien que quizás inconscientemente, el traductor al español de Moveable Feast, la novela autobiográfica de Hemingway - publicada póstumamente en 1964 - que tituló como París era una fiesta. Cabecera que, si no fidedigna, de alguna forma hacía justicia - poética, o sea, arbitraria - al contenido de una evocación en donde el novelista podía expresar que en aquellos días eran "muy pobres, pero muy felices".

Ya en 1929 el escritor, hablando de Kiki de Montparnasse, había anunciado el fin de aquella época. Y de aquel lugar.

"Escribo estas líneas en 1929, y en la actualidad, Kiki es un monumento erigido a sí misma y a una época de Montparnasse (...) que la publicación de esta obra ha sellado y cerrado... Después de que, en el periodo de un año, Kiki se hiciera un monumento, y Montparnasse se enriqueciera y se volviera próspero, y bien iluminado, y bailado, molido y exprimido (...) y después de que se empezara a vender caviar en el Dôme (...) esta época había acabado".


Los reportajes sobre la estancia de Charlie Parker en París poseen algo del aire de la imagen fija y reconocible en que la ciudad se había transformado. En ellos se nos habla de un cocktail en el "Pavillion de l´Elisee", de fiestas en el Left Bank, o de cómo Charlie Parker aprendió a exclamar "GarÇon, champagne", frase que pasó toda una noche repitiendo, jovialmente, en el hotel donde se alojaban. Alguna crónica habló del beneplácito con que "los intelectuales, incluido Jean Paul Sartre" acogieron a los revolucionarios, acelerados e improvisadores jazzistas del bebop - otorgando así una suerte de reconocimiento que, en París todavía, pasaba por la aceptación intelectual.

Sidney Bechet, el otro gran nombre del festival - Miles Davis era todavía una incógnita - quedó tan encantado del recibimiento y la aureola europea con que en la ciudad se trataba a los músicos que de hecho se quedó en París, convirtiéndose con el tiempo en una especie de referencia prestigiosa y aceptada de aquella música, un tanto salvaje, que venía del otro lado del mar.

Charlie Parker no. Él regresó enseguida a los Estados Unidos - había de realizar un único viaje posterior, a Suecia, un año más tarde. Pero independientemente de algunas grabaciones históricas, el problema del consumo de heroína se había agudizado entre tanto, convirtiéndose de hecho en una de las principales preocupaciones de sus giras, incluida la escandinava. Y de la vida en NY.

En los Estados Unidos no existía el ambiente de celebración reverencial - e intelectual - que había
caracterizado la breve gira europea. Los últimos años del músico constituyen un confuso y a veces ininteligible repertorio de frustraciones, actuaciones clausuradas y dependencias crecientes. Junto a ellas, algún concierto memorable todavía.

Las fechas, los lugares se confunden. Junto a alguna actuación en el Birdland, el célebre local de la calle Cincuenta y Dos bautizado así en su nombre, seguía la noticia de que en otra ocasión fue expulsado del club. Junto a una histórica actuación en el Savoy aparece la relación de su estancia en el East Village, en donde al parecer Parker actuaba con orquestas ocasionales, en locales marginales y en actuaciones casi clandestinas.

Entre las crónicas de la época, una - de tono casi judicial - nos cuenta que: "In 1951 was arrested for heroin posesion and had his cabaret card revoked, which meant he could not perform in New York clubs.

By the time he got the card back a year later, his reputation was so damaged that club owners still refused to let him play".

La periodista Maely Daniele, antigua manager del músico, refiere en otro lugar la visita nocturna de Parker a su apartamento en el Village, en su último año, en una descripción de lo que en las biografías de Bird se convierte en esos capítulos últimos en un vago caos, una suma de lugares y conciertos, y barrios y separaciones, y locales y orquestas de baile, y vagabundeos sin rumbo.

Era la típica historia nocturna de alguien que quiere desahogarse. La conversación de Charlie giraba en torno a lo denigrante que era tener el mono y andar por ahí buscando droga y dinero. (...) También habló de los poemas que escribía e incluso hizo la broma que visitaba a la gente de noche para recitárselos. Dijo que las mujeres que eran lo bastante inteligentes como para guardar los poemas reconocían su valor. (...) En esa época tocaba en varios garitos por cuatro chavos la noche, con grupos de circunstancias y sin ninguna publicidad. Estaba gordo y demacrado. (...) Nos resumió la historia de su hija Pree. ¿Qué podíamos hacer? No teníamos ni droga ni dinero. Le escuchábamos.


(W. Gottlieb   52nd st )

En cierto momento Parker había recobrado la licencia para actuar en Nueva York. La grabación de algún disco, como por ejemplo uno con temas de Cole Porter, había sido un fiasco. Algún crítico habló entonces de varios conciertos deleznables.

Junto a ello aparece todavía alguna grabación histórica, como la que habría de realizar el 15 de mayo de 1953, en el célebre Massey Hall de Toronto.

La narración del concierto tiene todavía algo de legendario, y existen varias versiones sobre el mismo. Básicamente la historia cuenta que el irrepetible grupo formado por Buddy Powell, Max Roach, Charles Mingus, Dizzy Gillespie y Charles Parker realizó una actuación memorable - a pesar de coincidir con el combate de boxeo entre Rocky Marciano y Jersey Joe Walcott, que restó bastante público al teatro - en el que la actuación del quinteto, que interpretó los clásicos Perdido, Salt Peanuts, All the Things You Are, Hot House o A Night in Tunisia, fue subiendo de grado. Hasta que con los últimos solos de Parker alguien llegó a comentar que esa noche había convertido a Gillespie en un buen músico. Pero que el genio había soplado únicamente en Bird. Y en su saxo de plástico.

Entre las leyendas que rodearon la actuación figuraba principalmente la de que Parker se había presentado en Toronto sin su saxofón habitual, empeñado por alguna necesidad perentoria. Y que en una casa de préstamos de la ciudad sólo había podido conseguir uno alto de plástico, con el que apareció en la sala. Para protagonizar la noche que alguien, más tarde, tituló como "El día en que Charlie Parker oscureció a Dizzy Gillespie".

(Otra versión de la leyenda habla de las malas relaciones entre los dos. Que Gillespie abandonó el concierto a la mitad para ver el final del famoso combate en la cafetería del teatro - que por cierto ganó Marciano por K.O. Que esa noche el magnífico pianista Bud Powell apareció en la sala completamente borracho, después de haber pasado unos meses de desintoxicación en un establecimiento neoyorquino. La versión oficiosa habló más tarde del uso frecuente por parte de Charlie Parker de un saxo Graffon de plástico en conciertos en el club Birdland, entre otros. También califica de falsedad el estado alcohólico de Powell - que protagonizó, como tantas veces una actuación memorable - con el sencillo argumento de que tras su estancia en una clínica éste "no podía beber", argumento irrefutable como todo el mundo sabe).

Charles Mingus recogió el concierto y lo publicó, tiempo después, con el título de Jazz at Massey Hall. En el álbum Parker, por problemas con el sindicato, aparece con el nombre de Charlie Chan, el famoso detective, detrás del que todo el mundo adivinaba la presencia de Bird.

El músico había afirmado en algún momento que no quería de ninguna manera volver a Kansas City, su ciudad natal, y que Nueva York era ahora "todo el mundo". Allí falleció, el 12 de marzo  de 1955, en el apartamento que la baronesa Nico Pannonica de Koenigswarter mantenía en el Hotel Stanhope. En un primer momento la prensa destacó más el hecho vagamente escandaloso de que hubiera fallecido en la vivienda de la excéntrica aristócrata - que más tarde mantuvo una larga relación con Thelonius Monk - que cualquier comentario sobre la temprana desaparición del músico y su inspirada obra. En el Greenwich Village, a los dos días, apareció una pintada con el lema Bird Lives.

"Esto lo estoy tocando mañana", repite Johnny Carter, trasunto del propio Bird, en el relato El perseguidor, que sobre su figura - y también sobre Johnny Hodges y Benny Carter - publicara en 1959 el escritor Julio Cortázar. En una narración, que, también ella, aparecía tocada constantemente por ese soplo de la inspiración que D.H. Lawrence atribuía al artista cuando definía a éste como

Not I, not I, but the wind blows through me

En el relato de Cortázar la figura de Charlie Parker se sitúa en París. Su vagabundeo, sus iluminaciones y su atisbo balbuceante de algo que apenas alcanzaba a comprender -"La música me sacaba del tiempo. Aunque no es más que una manera de decirlo" - antes de su posterior regreso a Nueva York. Ese escenario, París, era lógico en el escritor argentino, que también había conocido su lugar en el mundo.



lunes, 16 de diciembre de 2013

El viaje a París



( Dennis Stock  café Fiore, 1953 )

Era una falacia histórica, coincidí con Jaime. Que FranÇoise Hardy, adolescente bellísima y con gesto como de permanente mohín, apareciera cantando en un bulevar, parisino a buen seguro:

Tous les garÇons et les filles de mon âge
se prominent dans la rue deux per deux

Lo entendíamos y era una de las figuras - y de las melodías - de una adolescencia que, secretamente, siempre había tenido lugar en París.

Pero que en el estribillo repitiera:

Oui mais moi, je vais seule par les rues, l´âme en peine
Oui mais moi, je vais seule, car personne ne m´aime

era una falsedad histórica, mitológica casi. Cómo podía hablar de soledad en las calles - mientras los demás adolescentes con granos se amontonaban - aquel querubín existencialista en blanco y negro, construido de "la materia con la que se construyen los sueños". (Bien que fueran sueños de posguerra. Y de recuerdos de Django Reinhardt y la Maga en los puentes del Sena. Y de añoranzas de un Boris Vian en los clubes de la Rive Gauche).

La historia se miente así, comentó Jaime tristemente. En voz baja aludimos a la proclamación de la constitución de la Unión Soviética del año 34 - el del inicio de los Procesos de Moscú - como "la constitución más democrática del mundo". En las checas de Madrid todo el mundo recitaba a la generación del 27, había leído yo hacía poco, y en los patios se representaba teatro popular, también. En ese momento dejamos los ejemplos para otro rato.

La conversación se había iniciado porque alguien, por fin, había encontrado unas canciones de Lenny Escudero, el mejor chansonier francés según Jaime. Y nos había traído referencias de sus letras y de alguna rara grabación del tal.

Llevábamos meses discutiendo sobre nuestros mitos particulares de la canción francesa. Pero Jaime, en su alambicada erudición, siempre se empeña en sacar nombres, fechas, canciones que él solo conoce. Antonio, el archivero, rata de hemeroteca y de ordenador, había a lo último encontrado unas películas arcaicas del cantante francés, y nos las había regalado. Con lo que aquél había sido devuelto al mundo real - o sea, el de las bibliotecas y las tertulias vespertinas - más allá de las insólitas citas de Jaime, que ni tiene ordenador ni frecuenta los archivos.

Aquel día había venido también José, jinete de salto, juez de doma y dueño de una hípica en Aragón - en el antiguo reino occitano, precisa él. Tiene un difuso origen francés. Con él estaba su novia, Gloria, que dirige una escuela de doma clásica también, esta vez en la costa atlántica. Habla español con acento gascón, ignoro las razones, y canta a Edith Piaf, con desgarro aquitano también.


Fuimos a celebrarlo al bistrot francés cercano a la iglesia de San Sebastián, calle Atocha arriba. Allí había empezado la discusión, varias semanas atrás.

Nada más entrar en el local regresamos a la Isla de San Luis. Lejos de las calles que nos rodeaban, y del tumulto de un Madrid festivo, al cruzar el umbral París retornó ante nosotros. La ciudad alrededor se había vuelto infinitamente distante y, en su lugar, habíamos vuelto por fin al bulevar Saint Jacques - de donde nunca hubiéramos debido salir, según la sabia definición del profesor Vázquez, que ha estudiado en la Ecole des Hautes Etudes.

(Que existan tales lugares en la geografía de cualquier ciudad, en portales aparentemente anodinos, nada tiene de extraño según advierte el que haya viajado un poco. En el centro de Roma, en el Coliseo se abre una vaga gruta que, según es conocido, es el ombligo del mundo. Alicia desapareció en un espejo, una tarde. Washington Irving recoge la leyenda - que todo el mundo había escuchado en Granada - de la cueva en La Mancha, donde se hospedaba el ejército de Boabdil  y el universo de los nazaríes, encerrados tras una anodina ladera. En el sótano de la calle Garay, en Buenos Aires, se encuentra un aleph - según relatara memorablemente Jorge Luis Borges...).

En un restaurante parisino es inevitable que la conversación adquiera un cierto aire de posguerra. El profesor Vázquez, con la segunda botella de beaujolais, se había puesto a hablar de las reformas de Haussman, del París de la revolución burguesa y de la restauración de los Orleans. Cada cual tiene sus temas y el antropólogo y erudito amigo nuestro no sale del XIX.

Pero José, ante nuestra sorpresa, comenzó a hablar con la encargada del local, la bella Sophie, y acto seguido los dos empezaron a entonar a Prévert, desdeñando al resto de comensales, que comían con los ojos bajos y no se atrevían a contradecirles.

Oh! Je voudrais tant que tu te soviennes
Des jours heureux ou nous etions amis.
En ce temps-lá la vie etait plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu´aujourd´hui.
Les feuilles mortes se ramassent á la pelle.
Tu vois, je n´ai pas oublié...
Les feuilles mortes se ramassent á la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussí.

Nunca hubiéramos debido salir de París, afirmamos todos esta vez, junto al profesor Vázquez, que contemplaba su pasado en la Sorbona a través de la copa de vino.

Joseph Kosma, el compositor discípulo de Bela Bartok, había escrito la canción en 1945, la inolvidable Les Feuilles mortes - donde se habla inevitablemente del olvido - con la letra de Jacques Prévert, el poeta que hablaba de las aceras de la Rive Gauche.

José y la seductora Sophie la entonaban con un recuerdo de la versión que, para algunos, era la clásica, la de Yves Montand.

Des jours heureux que nous etions amis

Pero yo recordaba haber escuchado hacía poco una versión inglesa, titulada Autumn leaves cantada, con voz de Nueva Orleans y alcohol milenario, curiosamente por Edith Piaf, que había grabado a su vez una versión en francés que no conocía.

Tantos la habían grabado... Existía por ejemplo - Gloria dixit - una versión jazzistica de Cannonball Adderley de 1958. Miles Davis tocaba la trompeta en ella, apuntó alguien. Jaime, fiel a sus mitos, prefería a todas la de Juliette Greco -ella misma un mito, antes de canción o grabación alguna - que alguien recordaba como de 1967 o así. La propia FranÇoise Hardy había realizado dos versiones. Una, primera, que desdeñó, en 1965, y otra un año posterior, que sí aparece recogida en su discografía. El profesor Vázquez, antropólogo americanista, al fin y al cabo, nombró el filme "Las hojas del otoño" de 1956, en donde era Nat King Cole quien se encargaba de la versión para la película. También la había grabado Grace Jones, apunté yo, en los 80, antes de que los comensales se me despeñaran en un bulevar sin retorno.

Pero ya no había remedio. El paraíso, el antiguo jardín de los persas, es un lugar cubierto de hojas secas, y de nostalgias, y de un río que se pierde más allá del Pont Neuf. Y de un café, un tanto pasado de moda, donde ya no hay futuro - esa ordinariez ilustrada - sino sólo Charlie Parker y los ecos del free jazz - que no puede considerarse un futuro bajo ningún aspecto. En la "ruinosa sala Pleyel" alguien - seguramente Boris Vian- había fotografiado a Juliette Greco junto a Miles Davis, que actuaba allí esta temporada. Acudía todas las noches con él, dijeron.


Uno de los textos más breves, y mejores, que se han escrito sobre la canción francesa es el poema de Jaime Gil de Biedma, que se titula "Recuerdo y elegía de la canción francesa":

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos,
aunque a veces nos guste una canción

Con las primeras copas de armagnac no me dejaron recitarlo. En su lugar Gloria, con mucha mejor voz, y ese acento gascón que algún día tendrá que explicar, nos recordaba la figura del Paraíso de nuevo -un paraíso cargado de tiempo y de remordimiento, y de anarquistas internacionales - en la figura de Leo Ferré, su preferido, del que recordaba su "Avec les temps", precisamente.

Et le vent du nord les emportet
Dans la nuit froid de l´oubli
Tu vois, je n´ai pas oublié
la chanson que tu me chantais

Quién puede imaginar esa vulgaridad de un universo sin culpa, pensamos.

El bistrot había cerrado, pero nosotros seguíamos allí. Fuera, sólo nos esperaba una ciudad en fiestas y lejos del río.

Jaime nos recordó su escenario internacionalista, compuesto de franceses que no habían nacido allí.

- Como yo - apuntó José. (Era hijo de exiliados republicanos, nos contó después, y se había criado en Montpellier, rodeado de nostálgicos como sus ancestros. Entonces supimos por qué siempre había hablado español con un vago aire exótico).

- Sí. Y como mi preferido, Jacques Brel, que era belga. Y Dalida, italiana nacida en El Cairo. Y Aznavour, armenio. Y Moustaki, griego... - replicaba Jaime. - Y Lenny Escudero, el mejor, que era hijo de republicanos españoles.

Entonces cerramos el bar. Y París.

- Sophie, por favor, no nos olvides - nos despedimos.

(Yo había estado a punto de repetir la plegaria de Maiakovski: "Lily, aimez moi").

Antes de despedirnos, ella nos puso una grabación de mi canción preferida de Jacques Brel - qué le vamos a hacer - la Chanson des vieux amants

Moi, je sais tous tes sortileges
Tu sais tous mes envoutement
Tu m´as gardé de piége en piége
Je t´ai perdue de temps en temps
Bien sur tu pris quelques amants
Il fallait bien passer le temps
Il faut bien que le corps exulte
Et finalement finalement
Il nous fallut bien de talent
Pour étre vieux sans étre adultes...

- Dicen que hay amores sin culpa - se reía de nosotros Gloria al salir.
- Sí. Y ciudades sin río. Pero carecen de música - le contestamos.



sábado, 23 de noviembre de 2013

Una tumba en Cayambe


Era a finales de los años 80. En la revista valenciana Quites, editada con todo esmero por la Diputación Provincial, había aparecido entre otros un breve artículo en torno a la muerte de Domingo Dominguín titulado "Una tumba en Cayambe".

Nombraba un paraje remoto en el altiplano andino, la desolación del viaje, la inutilidad del olvido, una geografía sin redención posible... En su momento el artículo me impresionó, en su nitidez. Tiempo después, no me acordaba del título.

Curiosamente, tantos años más tarde, habíamos estado evocándolo en una comida con J., que todavía lo recordaba. J., con su memoria inagotable, nombró de nuevo aquel viaje imposible al distrito andino del empresario manchego con el torero Curro Vázquez, yerno de Domingo, la corrida de toros en Guayaquil a la que no asistió el apoderado - "Id vosotros. Yo os espero aquí" - y la espera, ya interminable, en el hotel. En el entreacto Domingo se había disparado un tiro. Antes, había sido el exilio voluntario del mayor de los Dominguín. Habían sido también sus empresas taurinas y de las otras, su antigua militancia comunista, la generosidad con todas las empresas perdidas. La insolencia, el desparpajo, el desgarro de aquella época. Las amistades de Domingo Dominguín, su relación con Juan Benet, José María de Quinto, Jorge Semprún, Rafael Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa... Y el nombre de ese lugar imposible en el distrito de Pichincha que no figura en los mapas: Cayambe.

J., cómo no, recordaba perfectamente el texto tanto tiempo después, y aún podía nombrar su excelencia. Y su nítida melancolía. "Una tumba en Cayambe", me precisó, apuntando el título. Del autor no hubo de decirme nada, porque ambos lo recordábamos: Juan Luis Panero.

En algún lugar, Juan Luis había escrito: "De un cielo gris y de unas nubes grises caía una interminable llovizna gris sobre las casas y las calles grises mientras caminábamos hacia el cementerio". Y, más adelante: "Nadie se ha suicidado tanto como él. Lejos de su mundo y de su gente, del sol y del toro, a casi tres mil metros en el húmedo altiplano y bajo el volcán, aquella tumba era la certidumbre de la lejanía, el emblemático símbolo del más allá".

Ahora sabemos que eran otros tiempos. Juan Luis Panero aludía a una mitología de la época que él, por edad y costumbre, había conocido perfectamente. En ella flota, vista desde ahora, un como aire constante de desgarro y alcohol, cigarrillos en todas las fotografías, empresas tremebundas, la facilidad de la prosa y un fondo de bodega flamenca y respuestas feroces. Domingo Dominguín había sido uno de los personajes de aquella representación. Y el poeta recogía en un texto memorable el final de la fiesta, la desolación del escenario cuando la función ya había terminado.

La distancia olvida luego la banalidad, los tiempos muertos. De aquella época ya remota de la posguerra, uno tiende a configurar un paisaje en el que los escritores beben continuamente, y continuamente se reúnen en la bodega de la calle Válgame Dios - si se trata del grupo postista, y de sus adláteres -, en la tertulia del Hotel Suecia, cuando el catalán Carlos Barral acude a Madrid; en las tabernas del río Manzanares donde el novelista García Hortelano tiene su feudo; o apuran el fondo de la bodega de Heidelberg o Gambrinus, los dos restaurantes alemanes de la posguerra en la calle trasera del Congreso, que Juan Benet había recreado, en una memorable evocación de la figura del novelista Luis Martín Santos, en su Madrid hacia 1950. Cercano al Retiro, el grupo más cercano al Partido, recordaba el escritor José Esteban, tenía su lugar de encuentro en "el café Pelayo, que estaba en Menéndez Pelayo, esquina a Alcalá. Allí nos reuníamos con Domingo y Federico Sánchez, Gabriel Celaya y su mujer Amparito, Armando López Salinas, Jesús López Pacheco y Alfonso Sastre".

La figura del empresario taurino, comunista y miembro del clan Dominguín, Domingo, surge constantemente en esas páginas. Aparece en otras descripciones del escritor Juan Benet de la época, en las conversaciones y relatos que por medio de Josefina Aldecoa o de Carmen Martín Gaite, o de los contertulios, ya decrépitos, del café Gijón, pudimos oír en algún momento.



El artículo de Juan Luis Panero se publica en los 80. Eran otros tiempos, también. Eran fechas en los que aún se podía editar con fondos públicos una revista como Quites, con sobrecubiertas ilustradas por Ramón Gaya, separatas internas y grabados originales de Alfonso Albacete, Miquel Navarro o Manuel Sáez. O dibujos del propio Gaya o Richard Serra. Y reproducciones de antiguos carteles y de anuncios de específicos de la España anterior a la guerra. Y que incluía artículos de José Bergamín, Ignacio Sánchez Mejías, Carlos Marzal, Francisco Brines, Fernando Quiñones y demás.

El tiempo ha transcurrido mal para esta literatura taurina. Heredera del modelo de la prosa del 27, en un intento de retomar el hilo culto del toreo, su retórica envejece mal. Los juegos de palabras de José  Bergamín; el conceptualismo pretendidamente brillante en torno a una actividad tan feroz y tan cargada de símbolos como el toreo se leen con harta fatiga ahora. Curiosamente resisten algunos textos de los eruditos taurinos, sin pretensiones literarias, y en donde figura todavía uno, excelente, que hablaba de la tradición de los banderilleros valencianos, y estaba firmado por el crítico José Luis Benlloch. Y en el que, entre otras cosas, se recogía la fascinante leyenda de Blanquet, uno de los mejores subalternos de la historia, el torero dueño de los augurios - y al cual habría de dedicar, entre otros, el escritor Jorge Cela Trulock una atractiva novela corta.

(Enrique Berenguer, Blanquet, el legendario banderillero, había figurado entre otras en las cuadrillas de Joselito el Gallo, de Manuel Granero y de Ignacio Sánchez Mejías. Cuenta la leyenda que estando en la plaza de toros de Talavera aquel aciago 16 de mayo de 1920 el peón, aterrado, percibió un persistente olor a cera, que se iba extendiendo por todo el callejón. Advirtió a su matador de aquello. Pero el torero, Gallito, salió a torear en la que sería su última tarde, frente al toro Bailaor de la viuda de Ortega.
La escena se repite dos años más tarde en la madrileña plaza de toros de la carretera de Aragón. Blanquet advierte a Granero, el joven espada valenciano, del intenso olor a cera cuando se dirigen por la calle de Alcalá en el coche de caballos. Se habían detenido a hacerse una fotografía. “Manuel, ésta es la última fotografía que te haces”, cuentan que le dijo, sombrío, al torero. Esa tarde el toro Pocapena acaba de una cornada con la vida del matador– en la que dijo el novelista Hemingway “Nunca había visto una muerte tan terrible”.
Cuando unos años más tarde el banderillero perciba de nuevo el aciago olor a cera y advierta a su matador de entonces, Ignacio Sánchez Mejías, de aquél, de nuevo no le harán caso. Aquella tarde no ocurrió nada en la plaza de La Maestranza y los compañeros se mofaron de la superstición del banderillero. Era él mismo quien moría, al día siguiente, en el tren camino de la plaza de Ciudad Real).

Es lo que tiene el género histórico: que es uno de los que mejor resiste el paso de la historia. De la prosa retórica del resto, de sus peripecias ensayísticas, apenas se sostiene nada .


Para el común de los mortales Juan Luis Panero había sido principalmente el hermano oscuro, el más discreto, de aquella saga de los ochenta que había iniciado Chávarri con su película El desencanto. Seguramente era el mejor poeta de ellos.

Estrenada en 1976 la película tuvo su cartel y su leyenda entonces. Tantos años después quién podría volver a verla... A quién le interesaría ese juego, existencialistas tardíos, de destripar los juguetes para ver lo que hay dentro. En aquel momento tuvo su público. Una familia de la burguesía leonesa, como los Panero, descendientes de uno de los más notables poetas de posguerra, Leopoldo, y relacionados con toda la intelligentsia de aquellos años, se dedicaban a demostrar que las muñecas por dentro estaban hechas de tela, serrín y alambres. Pasado el asombro del estreno, el poeta Claudio Rodríguez, dueño de un castellano nada ambiguo, les escribió: "Sois unos señoritos de Astorga y nada más". Lo mismo, más o menos, había opinado antes Jaime Gil de Biedma, al referirse a Leopoldo hijo como "un señorito sablista de Astorga".

En el estreno de la película la madre, Felicidad Blanc, había tenido el impagable detalle de invitar al poeta Luis Rosales, el compañero íntimo de su marido, a la misma con la encantadora frase de: "Ven, Luis, que te va a encantar la película". Ni él, ni ninguno de los antiguos amigos, volvió a dirigir la palabra a los Panero.

El nouveau realisme, el minucioso análisis de lo insignificante... Era el ambiente de banalización de la época. Causó furor en cierta literatura. Inundaba los filmes con mensaje y las conversaciones de café sobre cualquier tema - sobre la alienación, fundamentalmente. Alguien descubría, por ejemplo, que en la trágica relación de Abelardo y Eloísa había existido también un momento de hastío - un catarro, un dolor de estomago, barro en las botas - y se lanzaban, como el gran descubrimiento, a desmenuzar, en medio del relato memorable y fatal, la presencia del lodo en las ropas, como una interminable revelación de lo insignificante.

La intelligentsia acudía a ver películas como la bergmanesca y minuciosa Secretos de un matrimonio. O Blow up, la tediosa cinta de Antonioni - que más tarde descubrimos, no sin cierto asombro, que había sido extraída de un excelente relato de Julio Cortázar - que figuraban en la lista de películas de culto. O la saga interminable de filmes españoles en los que todo lo que sucedía era el vacío de la tarde aburrida de un individuo tedioso.

De la película El desencanto, sobre los niños y la madre Panero - bastante tediosa también- surgió una generación sonriente a la que le había sido revelado el hastío de una familia, y la impudicia de la gauche caviar de aquellos años. Y la consoladora confesión de que en todas partes cuecen habas.

La familia Panero pasó, de alguna manera, a formar parte del imaginario oscuro de la época. Y personajes como el maldito Leopoldo María - buen poeta a ratos - o el ocioso Michi parecieron en algún momento compartir algo de su intimidad con todos aquellos que la habían descubierto una tarde en el cine.

Eran tiempos en los que se podían repetir impunemente frases como "Un cuadro es ante todo una superficie recubierta de colores". O "La literatura se hace fundamentalmente con palabras". Y quedarse tan anchos... Claro que en algún momento El año pasado en Mariembad  fue celebrada como una película de culto, y se afirma que hubo quien había repetido con Hiroshima, mon amour. Dicen que hubo incluso alguien que leyó a Robbe Grillet. O a la Kristeva, que no se sabe qué era más meritorio...

Apoteosis de la banalidad. Celebración de lo mínimo, descubrimiento insufrible de que en la superficie de las telas del Giorgione también hay polvo, y el barniz se ha oscurecido con el paso de los años... ("Nada ocurre, dos veces", había comentado el crítico Vivien Mercier el estreno del Esperando a Godot de Samuel Beckett, emblema del teatro del absurdo de la época).

Al cabo de bastantes años el director Ricardo Franco quiso filmar una segunda parte de El desencanto. Juan Luis Panero se negó a participar en ella. Se había desmarcado hacía tiempo de una mitología madrileña en donde sus dos hermanos figuraban - junto a personajes como Eduardo Haro Ibars o Carlos Castilla del Pino, de los que nadie recuerda un solo texto - como actores legendarios de un relato nocturno que incluía respuestas feroces, borracheras sin cuento, una perenne insolencia y lugares de culto como La Vía Lactea en Malasaña, el café El Universal al lado de Barquillo o las noches del Cock, donde siempre te encontrabas con alguno de ellos - y tenían la mesa de enfrente de la barra reservada, encima.

Más allá del Cock, de Juan Luis Panero nos llegó de pronto algún libro de poemas, alguno de ellos editado en la impagable Renacimiento, la editorial sevillana del bibliófilo Abelardo Linares.

De dónde surgía en la época, de repente, aquella poesía culta y azarosa... Cómo apareció, de pronto recogida en la célebre antología de Castellet, la de los "Nueve novísimos poetas españoles" de 1970, aquella literatura culta, elegíaca y memoriosa en medio de todo aquello, el escenario en blanco y negro que representaba la época...

Frente al relato oficial de la posguerra, alguien había decidido que el poeta más legible de toda la nómina del 27 había sido al fin el menos metafórico, el menos reconocible de ellos: Luis Cernuda. Al que en tiempos otros habían desdeñado con la etiqueta de "un poeta inglés traducido al español". Alguien había de pronto revelado estar en posesión una exquisita cultura literaria - más allá de los homenajes oficiales, en Madrid o en el París "de la resistencia" a los autores de la literatura del compromiso - y descubría que sus lecturas habían sido el T. S. Eliot del siglo XX, Ezra Pound, Cesare Pavese, Drieu de la Rochelle, Salvatore Quasimodo, Ungaretti o la tradición lírica del romanticismo que en su día ya había traducido Cernuda: a Keats, a Heine y a Shelley. Y sobre todo la lectura de un Constantino Kavafis, del que en su día José María Álvarez había publicado una excelente - e imaginativa - traducción.

El modelo del tiempo absorbente, - "las exigencias de nuestro tiempo" como figuraba la convocatoria del Premio Formentor de novela-  la relación con un tiempo y un lugar: la historia española, el fantasma de la guerra, la pesadumbre de la Europa de posguerra... habían sido rotos, de pronto. Y en su lugar surgía un relato - que alguien calificó como post-histórico - del instante: fragmentario, interrumpido, azaroso.

Y frente a la ruptura de los grandes nombres - el hombre, el pueblo, el progreso, la historia - surgía entonces un relato caprichoso, cuyo único interés era una narración literaria, ejemplar. De los demás, en forma de cita o alusiones a los personajes y lugares de la historia de la cultura. O autobiográfica, en forma de narración de la memoria personal y de sus momentos ejemplares.

Juan Luis Panero los había conocido a todos. Había coincidido con el Luis Cernuda del exilio en Londres - alguien habló de una vaga relación del sevillano con Felicidad Blanc, la madre del poeta, altamente improbable - y con T. S. Eliot - al que definió como "un educado espantapájaros".

" (...) - mi padre y aquel educado espantapájaros, sentados
en sus butacas de cuero, hablando en aquel extraño idioma -,
en el 102 de Eaton Square, Londres 1947".

Pero también había conocido a Borges y a Octavio Paz. Y a Salvatore Quasimodo. Y la casa de Velintonia, el santuario de peregrinación de aquellos años, donde Vicente Aleixandre recibía a los que hasta allí se asomaban. Y a Joan Vinyoli en Barcelona. Y a Pepe Bergamín frente al Palacio de Oriente. Y, decía, a Anton Pavlovich Chejov - a quien encuentra imaginariamente en un poema. Y a Calvert Casey, que acaba de morir. A Jorge Gaitán, en Bogotá. A Francisco Brines, con quien coincide en Sevilla. A la memoria de Alfonso Costafreda. A Carlos Barral, en Roma. A Bioy Casares en Buenos Aires... Y a su padre, Leopoldo Panero, en un homenaje póstumo en la segunda reedición de sus poemas.

La Historia, la tiranía del tiempo y sus grandes nombres, se habían roto. En su lugar quedaba este relato de fragmentos, de nombres significativos. Los demás no cuentan. El fervor por el tiempo inmenso, cotidiano, de la banalidad y su interminable exégesis - al modo de las tediosas memorias de un Sartre, santón de la época y de los centones interminables del tedio - se había quebrado. En su lugar, el instante, sin más referencias; las figuras -cultas- del significado.

Y un relato personal que se inscribe en esta teoría del fragmento, del momento en que surge el sentido frente al hastío, el aburrimiento.

En la poesía de Juan Luis Panero sólo existe un género: el de la elegía.

El relato en segunda persona es uno de sus procedimientos - lo había practicado, entre otros, de forma memorable, el Luis Cernuda de Ocnos. (O el de Peregrino, más tarde ).

Ahora puedes mirar, con la acuciante intensidad
con que se mira aquello que ha de perderse para siempre,
la casa, la cansada escalera que subió tu niñez (...)

enunciaba en Última visita a Manuel Silvela el poeta.

La enumeración es otro de los procedimientos clásicos, ejemplares, de lo elegíaco.

En su recuento, la melancolía del instante, los lugares, los nombres perdidos, sin más asideros en el tiempo que su cita, su reducción final a un nombre:

Una casa vacía, otra derrumbada,
un niño muerto al que le cuentan cuentos,
despedidos fantasmas que se desvanecen,
ceniza y hueso, piedras derrotadas.
Cuartos alquilados, repetidos espacios fugaces,
las huellas de los cuerpos en las sábanas,
una pesada resaca sin destino,
voces que nadie escucha, imágenes de sueños.
Innecesarias páginas, gaviotas en la ventana,
mar o desierto, blancos despojos,
signos y rostros en la pared de la memoria.
Sucias pupilas de sol en México, tercos
los ojos redondos de la calavera
contemplan pasado, presente y futuro,
sombras tenaces, metáforas gastadas.
Miro sin ver lo que ya he visto,
humo disforme  que se esfuma,
invisible mortaja bajo nubes fugaces.
Humo en la noche y la nada instantánea.

Era su Autobiografía, del libro Los viajes sin fin, editado en 1993.

J.L. Panero se había refugiado desde 1985 en Torroella de Montgrí, el pueblo gerundense de estos años postreros. Allí muere, en el último septiembre. Desde el distante refugio de este tiempo restarían los nombres, la enumeración de tantos rostros y tantos lugares. Era una forma de la enumeración, de la elegía.

Antes, a su regreso de la melancólica visita al cementerio de Cayambe, el poeta había escrito: “Busqué el único bar del pueblo y a punta de un dulzón aguardiente ecuatoriano dejé caer el telón sobre tantas visiones de la desolación y del fracaso. Al día siguiente, de regreso a Quito, empecé un poema que nunca pude acabar y en que hablaba de todo esto que ahora cuento”.



lunes, 21 de octubre de 2013

De los peligros de tener un kitsune entre la servidumbre



Al kitsune - zorro japonés que, como se sabe, se puede transmutar en persona, o introducirse dentro de ellas - se le podía reconocer a veces porque "como seres humanos aún tenían rasgos parecidos al zorro, también les cubre un pelaje fino, tienen una sombra en forma de zorro, o su propio reflejo revela su identidad". Su presencia en el folklore está recogida también en antiguos relatos coreanos y chinos. O, anteriores aún, en el Hitopadesha o Pantcha Tantra de la India. Lafcadio Hearn en su "Glimpses of unfamiliar Japan" anotaba que: "Las historias de posesión indican que los poseídos hablan y escriben en idiomas que no conocían antes de ser poseídos". Y añade: "Comen sólo lo que les gusta a los zorros- tofu, aburage, azukimeshi, etc...".

A finales del siglo XVI el daymio Hideyoshi Toyotomi, que había unificado el país durante los años precedentes, escribe una breve carta al dios Inari, divinidad guerrera que a veces adopta la forma de una diosa, en la que le expone los problemas que en la corte está causando la presencia innegable de un kitsune.

La carta expone que:

" A Inairy Daymiojin.

Mi señor, tengo el honor de informarle que uno de los zorros que está bajo su jurisdicción ha hechizado a una de mis sirvientas, causándole a ella y a otros una serie de problemas. Haga el favor de tomar unos minutos en consultar el tema, y procure encontrar la razón de por qué su súbdito se porta mal y hágame conocerla.

Si el zorro no tiene un motivo adecuado para su conducta, quedará bajo arresto y se le castigará inmediatamente. Si usted vacila en tomar una decisión en este tema, ordenaré la destrucción de cada zorro en el país. Cualquier otro asunto sobre el que se desee informar o en referencia a lo que haya ocurrido puede consultarlo al sumo sacerdote de Yoshima".

Ignoramos la respuesta, que no hemos podido encontrar en la numerosa bibliografía relacionada con el asunto.


       - Cit. en     Lafcadio Hearn        Glimpses of Unfamiliar Japan,     2005.



viernes, 18 de octubre de 2013

De la gastronomía de los montes de Yoshino

 

                                                             (fot. Hiroshi Hamaya   Akita, 1955 )


"Lo mismo ocurre con los alimentos: encontrar en una gran ciudad manjares adecuados para el paladar de un viejo es una empresa agotadora. Recientemente un periodista me pedía que evocase algún plato curioso y delicado. Le indiqué la receta de los sushi, con hojas de kaki, que comen los habitantes de los valles perdidos de las montañas de Yoshino. Aprovecho la ocasión para revelarla aquí.

Se cuece el arroz con sake, a razón de un gò de sake por cada shò de arroz. Cuando el agua empieza a hervir se echa el sake en la olla. Cuando el arroz está en su punto se deja enfriar por completo, luego se hacen bolitas con las manos espolvoreadas de sal. Las manos no deben tener ningún rastro de humedad. Ahí está el secreto: sólo hay que presionar las bolitas con sal. Luego se corta salmón salado en lonchas finas, se extienden las lonchas sobre las bolitas, que se se envuelven una a una en las hojas de kaki, con la superficie hacia dentro. Previamente se habrán escurrido con un paño muy seco las hojas y el salmón para quitar cualquier rastro de humedad. Hecho esto, en una cubeta para sushi o en una caja de arroz que se habrá secado meticulosamente por dentro, se disponen las bolitas de forma que no haya entre ellas ningún intersticio, después se pone encima una tapa que cierre herméticamente sobre la que se colocará una pesada piedra, como para hacer confitura de verduras. Los sushi se preparan la noche anterior para poder comerlos al día siguiente por la mañana, y ése será el día en que sepan mejor, pero también se pueden consumir dos o tres días después. Cuando se vayan a comer se rocían con vinagre en el que se habrá macerado una guindilla".

             
               -  Junichiro Tanizaki          Elogio de la sombra



                                                                           (Daido Moriyama, Hokkaido, 1978)

lunes, 14 de octubre de 2013

De los oficios. IV


Me enteré la otra tarde de que E. había vendido por fin la ganadería.

Me dieron la noticia donde habitualmente se saben estas cosas: en el bar de la carretera. Me había encontrado allí con Daniel, el mayoral de E., y le invité al café que estaba tomando. Daniel, aunque aún joven, tiene algo de mayoral antiguo: nunca habla más de la cuenta y en cambio, si le escuchas, siempre tiene algo que contar. Sobre todo, si se trata de alguna hazaña clásica, de las que ya sólo quedan en los relatos de los vaqueros.

Lo solemos tropezar los domingos por la noche, en el bar de la gasolinera. Va o vuelve de la finca, allá por la sierra. Se toma con nosotros una cerveza y hablamos del año.

Esa tarde era temprano, y de diario.

- ¿Cómo tú por aquí a estas horas? ¿Vas o vienes?
- Pues más o menos...
- Tómate algo.
- Ya he pedido un café.
- ¿Qué tal lleváis la temporada? ¿No lidiabais siempre por esta fechas?
-  Lidiábamos... Ya no estoy con E. Me han dado la liquidación esta semana.
- ¿Y eso?
- Pues que E. ha vendido toda la ganadería... Me habían propuesto seguir a media jornada. Pero a mí no me cuadraba. De momento estoy en el paro.

Luego seguimos hablando de más cosas, y de otra finca donde le habían comentado de entrar de mayoral. Daniel no sabía si le interesaba o no. El dueño es un constructor de Ciudad Rodrigo. No sé si le gusta .

Así me enteré de la liquidación, después de tantos años, de la ganadería de E.. Luego un tratante, en la feria, me lo confirmó.

No sé por qué esta vez me impresionó de verdad. Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de gente que se retira, y de hierros que se venden, si es que alguien quiere dar algo por ellos. Pero el final de E. me pareció, vaya usted a saber por qué, especialmente azaroso. Y melancólico.

Cuando nos fuimos del bar, más tarde, recordé unos versos de Maiakovski que de pronto me habían venido a la cabeza.

(...) Como quien dice
la historia ha terminado.
El barco del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana.


Nadie sabe qué demonios hacen los versos de la carta póstuma de Maiakovski en relación con una finca de la comarca de la sierra de las Quilamas. Pero uno es dueño de relacionar lo que quiera. Y además esta vez me parecían extrañamente exactos.

Luego, más tarde y hablando con Javier, un amigo que está haciendo esfuerzos por mantener su propia ganadería - heredada de sus bisabuelos, como todo el mundo sabe - fuimos adivinando por qué la historia del final de E. nos había parecido tan ejemplar. Y tan certeramente melancólica.

El caso de E. aparecía, de pronto, como el ejemplo más extremo - y más nostálgico - del abismo entre la realidad y el deseo. Se había, finalmente, estrellado contra la vida cotidiana.


E. tiene la finca allá en la sierra, cercana al pueblo de Segoyuela, en la carretera de Linares. Es una dehesa ciertamente enrevesada, entre riscos de granito y oscuras laderas de piedra, y está poblada por un carrascal abrupto en donde raras veces penetra la luz del día. La cercanía de las estribaciones de las Quilamas es un lugar muy frío, muy escarpado y desde luego, nada productivo.

La finca original de la familia había sido mucho más grande, nos contaban.

Días después, almorzando con J., que gusta de relatarme historias de la zona, éste me la había descrito con precisión.

- Lo que ves ahora es apenas el último resto de la dehesa de sus abuelos. La original abarcaba todo el pueblo, y el monte que ves ahí encima, y los prados que están al otro lado, donde ahora pasta la ganadería de los Bardales. La casa primera estaba dentro del caserío, al lado de la iglesia. Ya no es de ellos.

 Se repartió en principio entre el abuelo y una hermana. Luego, ésta se deshizo de la mayor parte. Más tarde, se ha ido dividiendo en lotes... Lo que ves desde aquí es lo que heredó E., después de que los tíos vendieran varios cuartos a un constructor. Eso es un carrascal, muy bonito porque desde allí se ve toda la sierra, y las navas del otro lado, y las fincas de Terreros y Castrosancho. Pero no deja de ser un carrascal...

El padre de E. había mantenido la ganadería brava. Ésta gozaba todavía de una cierta aureola - los que recuerdan esas cosas - porque en algunos tratados de la época se la nombra como una divisa antigua, con un vago aire como de hierros anteriores al tranvía en las ciudades y al transporte de los toros por carretera. De hecho, en un raro manual de principios de siglo, se citan todavía los riesgosos viajes por las cañadas de la ganadería serrana, sin embarcadero ni plaza de tientas, hasta alcanzar la estación de tren más cercana, que debía de ser la de Boadilla, allá por Campocerrado. Era un buen viaje.

Alrededor de la finca de E. las dehesas vecinas cuentan todavía con algunos embarcaderos, alares, plazas de piedra. Muchos están ya derrumbados. Algunas plazas se mantienen, oscuras, levantadas con la piedra negra de la sierra con la que se cerraban los prados. J. me había contado que muchas veces los vecinos llevaban el ganado de madrugada a la finca de sus padres, que aún conserva los chiqueros y el tentadero de pizarra. Habría que ver el trabajo de encerrar en esos alares en cuesta, poblados de zarzas y espinos, torcidas carrascas que se clavan en los suelos del caballo, te hacen perderte en un laberinto de ramas y troncos y peñas con aristas, sobre los precarios perdederos.

Contaban los viejos, con sorna, que cuando una res se perdía en la sierra ya no se la volvía a ver hasta la primavera siguiente. Sería verdad, a despecho de la guasa con que lo dicen.

En todas las fotografías de la antigua finca de los abuelos de E. figuran, al fondo, paredes de piedra. Los hombres van sin afeitar, con barba de la sierra. Fuman, con esa imagen rancia y obstinada de la colilla en los labios, siempre a medio acabar. Las vacas, cornalonas, tienen como un remoto flequillo en la testuz. Los caballos, cuando aparecen, muestran una sucia pelambrera, como de escarcha continua y trabajo entre las peñas.

Era un encaste de toros muy antiguo, ya desaparecido. Cuando E. decide proseguir con la ganadería, al poco tiempo, se deshace de las arcaicas vacas y trae desde Portugal una seleccionada punta de ganado, de un hierro que por entonces estaba embistiendo y figuraba en todas las ferias.

Los novillos, colorados, un punto veletos, alguno albardado, pastaban en una ladera cercana a la carretera, pasado el pueblo. Se veían cuidados y con el pelaje de invierno, desde la curva que separa en dos los distintos cuartos de la finca - "Todo esto, y hasta la nava de las Veguillas, era de los abuelos", me comenta J. cuando pasamos de nuevo por ahí. E. consiguió lidiar en algún pueblo importante, en alguna novillada de plaza de provincias. Incluso, en una ocasión, los foscos novillos de la sierra llegaron a viajar a Francia, a alguna plaza cuyo nombre nunca recuerdo.

Curiosa actividad inútil, puramente ritual... Criados para la celebración de un rito, como la corrida de toros, las ganaderías bravas se mueven en ese territorio de lo ceremonial, lo antiguo. Allí nada es cuantificable: ni el dinero ni las rentas. Qué se va a cuantificar en la cría de un ganado cuyo único valor es algo tan abstracto como la bravura...

E. era algo ceremonial, también. Bien trajeado, con un vago aire de noble inglés con deudas, cuando salía del campo se cuidaba mucho en todas las ocasiones de no saltarse las normas: ni en las presentaciones, ni en la manera con que se dirigía al resto de comensales. Había vivido otros tiempos, parecía. O si no los había vivido intentaba por lo menos mantener las leyes de una época de la que siempre había oído hablar.

La misma ceremonia la mantenía cuando coincidíamos en alguna finca de la comarca a caballo, para correr algún becerro o apartar las reses de algún conocido. Cuando le tocaba correr a él tardaba siempre un buen rato, montaba el palo con notable parsimonia, y despacio y algo retórico también se dirigía poco a poco al corredero. A los amigos al rato les parecía un aburrimiento. A mí en cambio me gustaba la forma de mantener el ceremonial, a despecho del aire que hiciera, la lluvia o la prisa de los que le rodeaban.

Tenía entonces dos buenos caballos, que supiéramos. Sobre todo uno, ruano, de poca alzada pero muy fuerte con el que acosaba por entonces. Se murió de un cólico, contaron. Al otro, un castaño muy cruzado, lo mató un novillo en un cercado de la finca, nos dijo Daniel, el mayoral, una tarde. No sé si sacaría luego adelante algún potro, porque no lo volvimos a ver correr en ninguna casa.

Venía más tarde a ver los concursos en la provincia. A mí me gustaba verlos con él, porque E. sabía de qué hablaba. Y además contaba con una notable colección de recuerdos, de garrochistas antiguos y de historias de la trashumancia, que relataba con gracia. Y con cierta lentitud, que no le abandonaba nunca.

La práctica de la ganadería brava siempre tiene algo de ritual y se rodea de intangibles. El resto, nada sabe de la intangibilidad. Ni la fábrica de piensos, ni las distribuidoras del gas-oil, ni la financiera del banco. El sueño termina en su abrupta materialidad.

En el bar de la gasolinera, el domingo a la noche, le pedimos a Emilio, el camarero, que nos ponga unos vídeos de música cuando ya no queda nadie. Los tiene todos, todos los grupos, todas las canciones.

- Qué queréis hoy - nos pregunta Emilio.

- The dream is over. Es una antigua canción de Lennon - le contesto.- La tienes, seguro.



Los viajeros melancólicos

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