Encuentro el raro Juana García Noriega, "Dama de soledad", que ganó el premio Adonais de poesía el año 1950. Es otro volumen mínimo de esa mínima colección, que publicaba alguno de los mejores versos de la época en su precaria edición, que cabía en un paquete de tabaco. Con el librero, ameno conversador, me enzarzo en una prolongada discusión sobre la historia de aquel premio a una poeta desconocida que no habría de publicar nada más. Y que a la postre se revelaría como apócrifa firmante de aquel volumen de poemas amorosos de exacta elaboración. Que en realidad correspondía al poeta García Nieto, autor de los bien medidos versos. (Y de un atisbo de desgarro y desamparo entre la clara métrica, que raramente se encontraba en su poesía).
La conversación nos remite al cercano café Gijón, inmediato a la librería, en donde en efecto, leo más tarde, habría de tener lugar entre los chismosos tertulianos la sospecha de que García Nieto, miembro del jurado del premio, era el autor del libro. Aunque éste nunca lo reconocería.
En un primer momento de las hablillas José Luis Cano, director de la colección, en un artículo publicado en 1951 que encuentro en alguna parte, se apresuraría a desmentir el rumor:
"El asunto ha sido comentado hasta la saciedad en las tertulias literarias, sobre todo en la del Café Gijón, cita permanente de los poetas. El rumor se apoya en que en uno de los poemas del libro, el titulado "La otra muerte", figura un acróstico con el nombre de José García Nieto.
Pero en mi opinión ese acróstico no prueba nada, pues podría ser un homenaje de la autora al director de Garcilaso. Por otra parte me cuesta creer que una muchacha de veinte años- preciosa, por cierto- haya querido figurar como autora del libro, no siéndolo, y que hubiése recibido tan campante no sólo las tres mil pesetas del premio, que yo mismo, como director de Adonais, le entregué, sino los varios homenajes e invitaciones que, sin dudarlo un instante, aceptó. Por ejemplo, dio un recital de la obra premiada en el Círculo Medina, en el que yo la presenté y en el que Juana recitó de memoria casi todos los poemas del libro. Por otra parte, Pepe García Nieto ha publicado una carta en la revista Correo Literario, que dirige Leopoldo Panero, afirmando rotundamente que el libro Dama de soledad no es de ninguna manera suyo, sino de Juana García Noreña, que lo presentó al premio Adonais. He hablado del asunto con Gerardo Diego y con Vicente [Aleixandre]. Gerardo cree firmemente que el libro es de Juana, a la que ha conocido en el Gijón, pero Vicente no está tan seguro".
El hilo de la historia, más tarde, se complica. (Eduardo Haro Tecglen hablará de la desolación de la supuesta autora por las calles de Madrid, tras los homenajes y los rumores del premio). O se torna más melancólico, entre las brumas de la época. Juana -en realidad Ángeles de la Borbolla- no edita nada más, desde luego, y al año siguiente desaparece de la vida madrileña para refugiarse, junto a la novelesca escritora Alfonsa de la Torre, en el caserón familiar que ésta mantenía en Cuéllar, de donde no saldría en los cuarenta y dos años siguientes. Otro hilo biográfico, entonces, nos detalla que Alfonsa de la Torre a su vez había ganado en 1951 el Premio Nacional de Literatura por su libro Oratorio de san Bernardino. Pero al igual que su compañera en la finca segoviana, abandona prácticamente la vida literaria. Apenas publica un tardío Plazuela de las obediencias, volumen que no edita hasta 1969. Y que había sido precedido, años antes, de una Letanía y Ronda de las Sorores Mysticas ante el Horno Alquímico, de contenido no menos abstruso que su título.
Celebridades efímeras. Una referencia biográfica sobre el personaje nos cuenta que: "Fue persona de gran misticismo, como manifestó en su obra. Creía en la reencarnación y consideraba haber sido en otra vida profesora en la Escuela de Alejandría, y se recordaba a sí misma estudiando en su famosa biblioteca, e incluso haber presenciado la entrada de Alejandro Magno en la ciudad. El relato de este tipo de historias llevó a su amiga Menchu Gal a retratarla con el atuendo egipcio. Los últimos años los vivió casi obsesionada con el tarot y las ciencias ocultas, y su casa estaba repleta de objetos esotéricos. Entre sus predicciones más llamativas se encuentra el vaticinio de la gran nevada que se registró en el día de su muerte, ocurrida el 19 de abril de 1993, después de haber iniciado los trámites para instalar en su palacio de Pedro I una fundación que llevara su nombre y guardara su obra y colección de arte".
Figuras, fantasmas de la época. Nombres de la vida literaria de los años 50 que desaparecen al poco, para no ser recordados más que en las enciclopedias académicas. (O en el minucioso tratado sobre "La novela contemporánea" de Eugenio García de Nora, destinado este también a ser olvidado). Lugares como el café Gijón, la tertulia aneja del Teide, las revistas de la posguerra, la taberna de Válgame Dios; los premios literarios: un caserón perdido en Cuéllar al final.
De la misma colección de Adonais encuentro un temprano libro de José Ángel Valente, el A modo de esperanza, que ganaría el premio en 1954. En donde apenas encuentro algunos atisbos de esa poética del silencio y la quietud de las cosas - y su nebuloso simbolismo- que en otro momento habría de encontrar en su poesía posterior - y en ensayos como La piedra y el centro, y sus escritos sobre San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos, entre otros.
He encontrado en otra librería dos volúmenes clásicos de la colección de Destino, la no menos clásica Áncora y Delfín. El Testamento en Praga, de Tomás y Teresa Pamiés, y el bizantino El hombre que se parecía a Orestes, del también bizantino - de Mondoñedo- Álvaro Cunqueiro. Al primero lo había visto citado hacía poco en una especie de ensayo bibliográfico sobre el exilio tras la guerra. Al poco de abrirlo lo abandono, creo que definitivamente. No me interesan nada las reflexiones familiares de la familia Pamiés ni sus tediosos recuerdos, descubro. Que sólo se pueden leer como reinvindicación de un raro relato de los que abandonaron Barcelana tras la guerra. El segundo, la barroca reelaboración de la espera de Orestes en una ciudad amurallada, lo leo de un tirón, sin embargo. Orestes, Clitemnestra y Egisto se agitan - o nunca llegan- en talabarterías y tabernas, entre las referencias a Tebas o a qué ciudad amurallada que nunca se nombra. Que, sin embargo, remite constantemente a un Lugo medieval, a otro secular, y a sus atrabiliarios personajes.
Otro volumen mínimo en la librería lucense es el de la novela breve "El loco", de Miguel Delibes, que pertenece a la colección "La novela del Sábado", que se editaría semanalmente en los años 53 al 55. Remite de algún modo a la costumbre de los suplementos sabatinos. Y a la tradición de la literatura de quiosco, que su vez evoca unas calles sombrías de las ciudades del siglo XIX, apenas iluminadas por las farolas de gas.
La colección "La novela del Sábado" sería vagamente un reflejo del panorama literario de la novela de posguerra. Con un abrumador catálogo, en el que se recogían autores anteriores, como la Pardo Bazán, Gabriel Miró, Azorín o un raro Pio Baroja - que publica el relato "Los amores de Antonio y Cristina", que nunca he encontrado-, con los escritores del momento: Cela, Edgard Neville, Carmen Laforet, González Ruano, Mihura, Elena Quiroga, Mercedes Formica, García Pavón... O un incipiente Ignacio Aldecoa, que publica en algún momento la novela "El mercado", que tampoco he visto nunca.
En las páginas mínimas de la edición sabatina, aparecen unos anuncios precarios en un precario blanco y negro, que remiten de igual modo a un escenario provinciano: Una crema dental que regala una moto Husor; una solemne botella del Marqués de Riscal de las bodegas de Elciego; la revista "Teatro"- "la primera revista teatral del mundo"-; o una indicación de cómo suscribirse a la colección de la Novela en los lugares de Alcázar de san Juan, Alcoy, Almodóvar del Campo, Briviesca, Campo de Criptana o Carballino, entre otros.
Dentro, el relato un tanto obsesivo, agobiante, de un oscuro funcionario de banca, que describe sus encuentros con un enigmático- y avasallador- personaje al que denomina Robinet. La novela es la historia de una obsesión, y de una persecución enigmática, que, al igual que todas las obsesiones finaliza en una revelación última sobre el pasado- tras la cual será posible la comprensión de sus raros antecesores, y el retorno a la gris, angosta vida familiar.
Pero en algún momento el relato nos transporta a un lugar no menos enigmático. Como es el castillo de Henri IV en la ciudad de Pau, las calles que surgen de los jardines y una prosaica pensión en la Place Albert I, a partir de los cuales tendrán lugar los encuentros sórdidos y las no menos sórdidas revelaciones del misterioso señor Robinet. "Simultáneamente constaté que Pau era, como imaginaba, una ciudad gris, envuelta en una atmósfera gris y quieta y reposada como si hubiera sido abandonada de sus habitantes"- anota Delibes tras la llegada del protagonista al castillo y los jardines. Que me remiten, de una manera no menos enigmática, a un viaje reciente a la ciudad de Pau, a la plaza en silencio y sus inmediatos bulevares - inéditos, como secretos- y que resurgen de repente en la novela de Delibes. Como el lugar de una revelación, no menos inédita y secreta.





No hay comentarios:
Publicar un comentario