jueves, 22 de septiembre de 2011

Del desierto de Numidia




" (...) ESSOUAIHLA, CASTILLO

Es un castillo chico a unas doce millas del territorio de Segelmesse por el sur; lo construyeron en el desierto los árabes para guardar sus bienes y víveres al abrigo de los enemigos. No hay en los alrededores más que la maldición de Dios: ni vergeles, ni huertos, ni campos, ni traza de vida alguna: sólo piedras negras y arena.


UMMLHEDEGI

 Es otro castillo, a 18 millas aproximadamente de Segelmesse, igualmente edificado por los árabes por la razón que acabamos de decir, en su torno sólo existe un campo yermo donde crecen copiosamente ciertos frutos, que cuando se ven de lejos parecen ser naranjas que se hubieran tirado al suelo (...)


 MAZALIG Y ABUHINAN, CASTILLOS

 Son dos alcazabas en el desierto de Numidia, a unas cincuenta millas de Segelmesse. Sus habitantes, que son árabes, viven en la miseria y el desamparo más absolutos. Allí no crece ninguna clase de cereal y no se encuentran sino algunas palmeras. Estos dos castillos se encuentran a la orilla del Ghir.


 CHASSAIR

 Es una ciudad chica en el desierto de Numidia a 20 millas aproximadamente del Atlas, tiene una mina de plomo y otra de antinomio. Los habitantes extraen estos minerales y los transportan a Fez. No crece nada en su entorno (...)


 DEUSEN

 Deusen es una ciudad muy antigua edificada por los romanos en el lugar donde el reino de Bugía limita con el desierto de Numidia. Fue arrasada cuando los ejércitos mahometanos entraron en África, porque un conde romano se encontraba allí con un gran número de hombres valerosos y no quiso entregar la ciudad al capitán sarraceno, de suerte que el asedio duró un año. Tras expugnarla, todos los hombres fueron pasados a cuchillo y las mujeres y niños cautivos y después quemaron la población.  Las casas, aún incendiadas, quedaron en pie al estar hechas las paredes con enormes piedras. Sin embargo, se ven derrumbadas por dos lados, no sé por qué industria o por un temblor de tierra. Cerca de la ciudad se divisan algunos restos que parecen de sepulturas y en la estación de lluvias los cazadores encuentran allí grandes monedas de oro y plata, con efigies y leyendas cuyo sentido nadie pudo aclararme (...)".


   - Juan León Africano        Descripción General de África         Venecia, 1550.




LAS MONTAÑAS DEL ATLAS.

"La montaña de África, fabulosa entre todas, es el Atlas (...) Ninguno de los habitantes es visible durante el día; el silencio universal expresa un pavor distinto al de las soledades, un mudo temor religioso invade al alma al acercarse, a lo que se añade el pavor que inspira esa cumbre levantada sobre las nubes, y vecina de la órbita lunar. Pero la misma montaña, de noche, centellea con mil resplandores, se llena con los retozos jocosos de egipanes y sátiros, y retumba con el sonido de flautas y caramillos, el estruendo de panderetas y címbalos (...) Respecto al espacio que nos separa del Atlas resulta inmenso e incierto".

- Plinio el Viejo   Historia natural,  v. 6-7. 




viernes, 9 de septiembre de 2011

Rúa dos Mercaderes



" los algodones de Cambay, las sedas y porcelanas de China, los terciopelos de Persia, el marfil de Kilwa, la plata de Japón, las perlas de Ceilán, el ámbar de las Maldivas, los diamantes de Vijayanagar, el azúcar y el arroz de Bengala, los rubíes de Birmania, la pimienta y el alcanfor de Sumatra, el clavo y la nuez moscada de las Molucas, el sándalo de Timor, el jengibre de la costa malabar, los pájaros exóticos y paradisíacos de Brasil ..."

Lisboa, siglo XVI.

- De  Los mares náufragos,  o. cit.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Del naufragio del galeón Sao Joáo en la Terra do Natal




Las primeras relaciones sobre el naufragio del galeón Sao Joáo comenzaron a circular por Lisboa en torno a 1556, cuatro o cinco años después de la tragedia.

Estaban publicadas de manera anónima, en forma de folleto o cuadernillo de imprenta en hojas sueltas. La primera edición aparecida portaba el memorable título de "Relaçao da mui notável perda do galeáo grande S. Joáo, em que se contam os grandes trabalhos e lastimosas coisas que aconteceram ao capitáo Manuel de Sousa Sepúlveda e o lamentável fim que ele e sua mulher e filhos e toda a mais gente houveram na Terra do Natal, onde se perderam a 24 de junho de 1552".

Hasta que el erudito Bernardo Gomes de Brito recogiera el relato en su clásica História Trágico-Marítima, en 1735, la relación del naufragio - entre otras varias - debió de circular profusamente en la Lisboa de los siglos precedentes: en su formato de opúsculo o folleto había conocido unas ocho reimpresiones más.

Era una narración lineal - de la que desde el principio los lectores conocían el desventurado final. En forma de opresivo tour de force los lectores de la época fueron asistiendo al relato de la ominosa travesía, en la que los signos, apenas perceptibles al principio, del desastre van tomando cuerpo, paulatina e inexorablemente, hasta el cumplimiento de la derrota final, la tragedia del naufragio - presente por lo demás en el imaginario y las vidas de los lisboetas del siglo XVI.



El galeón Sao Joáo  partió del puerto de Cochin en la India el tres de febrero del año 1552. Era una fecha un poco tardía para el viaje tradicional de regreso a Lisboa, que aprovechaba los vientos favorables del monzón para acortar el largo - y peligroso- retorno a la metrópoli desde los puertos de las especias.

"A mediados del siglo XVI, los marinos portugueses ya sabían que la mejor época para zarpar de Lisboa era a finales de febrero, marzo e incluso finales de abril (...) La partida desde el puerto de Goa o el de Cochin, en la costa occidental de la India, debía realizarse no más tarde de mediados de enero, para llegar al Tajo en junio o julio".

Cuenta la anónima relación del naufragio que éste, el Sao Joáo, se habría entretenido debido a la ausencia de cargas de pimienta en Cochin, con una guerra local por medio, y que así y todo no se pudo cargar el galeón de la preciada especia como se hubiera deseado. Su lugar lo ocuparon otras mercancías, que llenaron las bodegas del enorme navío.

Después de un largo periplo el cargado galeón hubo de arribar a la vista del cabo de Agulhas - al norte de Boa Esperanza - el trece de abril. Por indicación del capitán se acercaron a la costa. Pero aquí los incidentes comenzaron a encadenarse. Los vientos eran contrarios o variaban de día en día. La mar, gruesa. Las velas comenzaron a desmantelarse y el piloto anunció que "no llevaban más velas que las que traían en las vergas, porque el otro repuesto se lo había llevado un temporal que sufrieron en la Linha". Además, añadió el mismo, "la vela de proa era tan vieja que estaban seguros que el viento la arrancaría de la verga debido al gran peso de la nave".

Decidieron fondear entonces. Pero ya las corrientes eran contrarias y en el intento "pasaban tanto tiempo en remendarlas [las velas] como en navegar". Se perdieron "tres machos del timón, entre ellos los del pulgar, que decide la salvación o perdición de una nave". En este tiempo "todavía no habían avistado tierra aunque estaban cerca del cabo, a unas quince o veinte leguas de él".

El ocho de junio, finalmente, pudieron fondear en la llamada Terra do Natal. (Llamada así porque Vasco de Gama llegó a la misma en la Navidad  del 1497). "Desde la actual bahía Mossel, donde fondeó por primera vez Bartolomeu Dias, se extendía la llamada Terra do Natal, una tierra en la que escasea el agua y en la que es difícil hacer provisiones".
 
                                              

Abandonaron la nave, sufriendo bastantes bajas en el desembarco. Pero ni aún de ésta pudieron rescatar la madera suficiente para construir una embarcación de socorro, porque al varado galeón el mar lo quebró finalmente en cuatro pedazos, no pudiendo después aprovecharse ningún resto.

"Al cabo de dos días - prosigue la Relaçao - el capitán mandó a un hombre y un cafre del galeón a ver si encontraban algún negro que quisiera hablar con ellos para conseguir alimento. Estos anduvieron durante dos días sin hallar un hombre vivo, sólo algunas casas de paja despobladas (...) en algunas (...) encontraron fechas clavadas, que son su señal de guerra, según dicen". Comienza así un largo periplo por la costa en una tierra sin referencias, en busca de la desembocadura del río Lourenço Marques, más de ciento ochenta leguas al norte, donde esperaban avistar alguna nave portuguesa.

Es ésta una tierra sin marcas, sin nombres. Las colinas se suceden una a otra, interminables, iguales. No hay poblados, ni habitantes - aunque un día divisan "unos cafres" a lo lejos. Los rodeos para vadear, los barrancos, "sierras muy altas", las escarpadas rocas en la costa se suceden. Habían llegado al lugar de lo innombrable.

"No encontraban otros alimentos en aquella tierra ni nadie que los vendiese, porque era tal la aridez por donde pasaban que no se puede creer ni escribir". Y prosigue el catálogo de la desolación: "Tan pronto se metían en el desierto (...) como volvían al mar y subían sierras muy altas o descendían otras con enorme peligro".

Al cabo de tres meses de penosa travesía, paulatinamente la expedición se encontrará con tribus, reyes locales. Pero aquí el cerco de lo ominoso no hará sino ir estrechándose. Combatirán a favor de un reyezuelo de la costa, "señor de dos aldeas", que los acoge pero, en una desdichada decisión más, el capitán Manuel de Sousa abandona su protección para ir a caer en manos de otra tribu que los dispersa a todos y requisa definitivamente las armas. En un rizo de la adversidad la relación cuenta que "fueron tan ciegos que decidieron que debían seguir buscando aquel río de Lourenço Marques sin darse cuenta que ya estaban en él".
                                                   

Entonces la tragedia se precipita, finalmente. Dispersos, despojados de todo lo que portaban, los cafres exigen, por último, la entrega de las ropas de la exigua compañía que acompaña aún a don Manuel, entre ellas las de su esposa, la aristocrática Leonor de Sá. La narración recobra el tono de escena trágica, ya declaradamente. (Y como tal había de ser recogida por la tradición exegética del naufragio). Al final, frente a lo innombrable, a la ignominia y al caos, los náufragos optan por su propio nombre. Pero ésta es la decisión trágica, la que se enfrenta a la fatalidad. A la sombría Necesidad.

"Dicen que Doña Leonor no se dejaba desnudar y que se defendía con golpes y bofetadas, porque antes prefería que la matasen los cafres que verse desnuda delante de los demás. (...) Al verse Doña Leonor desnuda, se lanzó rápidamente al suelo y se cubrió toda con su cabellera, que era muy larga. Hizo un agujero en la arena, en la que se se metió hasta la cintura y no quiso salir de allí nunca más".

Don Manuel se interna en la maleza a buscar alguna fruta, algún alivio para los suyos. "(...) cuando volvió encontró que Doña Leonor y el otro niño habían fallecido y sobre ella lloraban cinco esclavas con fortísimos gritos". Entre todos los entierran. El capitán Manuel de Sousa "Una vez terminado, sin decir nada a las esclavas, tomó el camino que hacía cuando iba a buscar fruta, se metió entre la maleza y ya no lo volvieron a ver nunca más".


La Relaçao culminaba por otra parte con un pequeño final venturoso, como es la historia de don Pantaleón de Sá, cuñado de don Manuel, el cual, una vez que hubo curado milagrosamente a un rey local, consiguió acceder a un puerto en la costa donde recalaban algunas naves portuguesas y regresar con alguno de los suyos felizmente a Lisboa. Su nombre, al igual que los de don Manuel y doña Leonor, figuraría así, aunque con un destino diferente, en el imaginario que el relato del naufragio había inaugurado en la época.

Años más tarde Luis Vaz de Camoes recogería la tradición del Sao Joáo, emparejándola en el canto V de Os Luisiadas con la trágica pérdida del joven rey don Sebastián, y con la predicción del mitológico Adamastor:

"Otro tambén virá, de honrada fama,
liberal, cavaleiro, enamorado,
E consigo trará a fermosa dama,
que Amor por gráo mercé lhe terá dado.
Triste ventura e negro fado os chama
Neste terreno meu que, duro e irado,
Os deixará dum crum naufrágio vivos,
pera verem trabalhos excessivos".


Esta misma relación se establecería décadas después en el poema épico de Jerónimo Corte Real  "Naufragio de Manuel de Sousa" editado en 1594. (El título original, impagable igualmente, era el de "Naufragio e lastimoso sucesso da perdiçam de Manoel de Sousa Sepulveda & doña Lione de Sá moler & filos vindo da Inda para este reyno na nao chamada o galeáo grande S. Ioao que se perdio no cabo de Boa Esperanza na terra do Natal").

En el tono desdichado del poema, el autor describía así, por ejemplo, la despedida de la comitiva de don Manuel de Sousa de la del "prudente Pantaleón de Sá":

Onde vas capitáo com a triste gente
onde te leva o mal táo apressado?
Um perigo tens lá certo evidente
e um desastre cruel aparelhado.
O conselho deixaste mais prudente
e vas agora táo determinado
sacrificar teus filhos sem ventura
com aquella que do mundo é fermosura.

En pleno siglo XVII el casi desconocido culterano español Francisco de Contreras - "amigo de Lope" por lo que él mismo aduce - publicaría un retórico y cargado de metáforas poema, intitulado "Nave trágica de la India de Portugal" (en Madrid, 1624), el cual, aunque de distinta manera que en la obra de Corte Real, recogía igualmente el escenario y las figuras que la anónima Relaçao había inaugurado un siglo atrás.

En él, la escena del desembarco en la Terra do Natal aparece, en sucesión de imágenes, como:

Salen primero del revuelto pecho
El noble Sosa, y sus amadas prendas
En breve esquife, que en cristal deshecho,
Espuelas le es el viento, el remo riendas
Y por sí mismas en fatal estrecho,
Como es propio sepulcro, son ofrendas,
Juzgándose por muertos, aunque juntos,
Y haciéndose honras como a ya difuntos

Retórica épica del XVII o culteranismo alegórico del mismo en los dos largos poemas. Ninguno de ellos conservaba la eficacia narrativa y trágica de la descripción de la relación anónima de Lisboa. Relación memorable que se había recogido, según palabras del desconocido autor, de labios de "un tal Álvaro Fernandes, guardián del galeón, que me contó esto con mucho detalle, y que por casualidad encontré aquí en Mozambique en el año de mil quinientos cincuenta y cuatro".

Frente a la construcción del lenguaje poético, la señal memorable del deíctico: "aquí". Y más tarde lo irrepetible de los nombres, ya para siempre: "en Mozambique en el año de mil quinientos cincuenta y quatro".

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- Las notas se han recogido de la edición española de la Relaçao, en   Isabel Soler   Los mares náufragos    Barcelona 2004.

También de la edición portuguesa incluida en la   Historia Tragico-Maritima    de Bernardo Gomes de Brito
Vid. asimismo     Marc Vitse   El siglo de oro en escena       Presses, Univ. du Mirail, 2006
  Manuel Abad    La contextura estética de "La Nave Trágica"     Centro Virtual Cervantes, Actas IX,  1986
-  Giulia Lanciani     Os relatos de naufragios na literatura portuguesa dos séculos XVI e XVII      Lisboa, Ins. de Cultura Portuguesa,  1979.



Agosto



En un edificio público - hospital u oficina - contemplamos, un momento, una reproducción en los pasillos de una obra de Van Gogh. (La obra es la conocida recreación de un tema de Millet, "La siesta", de 1890). Apenas se percibe. Van Gogh, como algunos otros, entra en el catálogo acostumbrado de estampas para la decoración de cualquier edificio público.

Una imagen, un instante, en la reproducción del cuadro. En la era, dos campesinos duermen sobre un almiar. El momento del mediodía.

Pero lo que me impresiona, por un momento, no es ello, la escena que el lienzo recrea, sino el espacio que queda entre ellos, abierto entre el primer y un segundo almiar, más distante.

Es un espacio amarillo, casi blanco, calcinado por el sol. Desierto, pálido, en él no cabe esperanza ni retórica. Sino ese espacio vacío, inmenso, de la desolación. El sol abrasador, el verano sin matices, la ceguera sin límites.

martes, 30 de agosto de 2011

El invierno



En la casa de los bisabuelos, entre papeles, revistas y cajas varias, recojo de los armarios de la sala varios libros de misa, de historia sagrada. Encerrado en un estuche de laca, sobre un fondo de terciopelo negro, hay un misal adornado. A su lado, un santoral antiguo, con grabados del siglo XIX. Sobre la repisa, al lado de la chimenea, una "Leyenda de oro" en tres volúmenes, mordidos por la humedad.

Rebuscando en los armarios ahora, en las librerías, surgen libros de devoción en los más diversos lugares. Yacen en los cajones de una cómoda, en los estantes de la chimenea, en lo alto del desván. Y yo pienso entonces en el fondo de la vida en esta casa, donde habitan generaciones desde hace siglos, en la que vivieron principalmente las mujeres.

Los hombres, capitanes de barco - excepto el bisabuelo, que siempre fue rentista, y político - pasaban fuera la mayor parte del año. Cuando alguno regresa, como el abuelo Maximiliano, es para morir, de la gripe que a principios de siglo se llevó a tantos. Otros, como el tío Ricardo, marchan jóvenes, y no retornan jamás. Mi padre, sale siendo estudiante y nunca vuelve a vivir en la casa. Quedan las abuelas, las viudas, sus hijas, la bisabuela, que no salió de aquí...

Los libros sagrados hablan del fondo de esta vida: en la casa, en el jardín, en el pueblo, en las habitaciones. La fe, una temerosa esperanza, la sustenta. Nombra, en el fondo, todos los días, las estaciones, la muerte y el regreso; la fortuna y la ruina; el viaje y el retorno. Y el silencio de la casa, de sus moradores, cuando las visitas ya han marchado.

Pienso ahora sobre todo en el invierno. Recuerdo la cita de Chateaubriand en sus "Memorias" sobre la vida de sus tías, allá en la Bretaña lluviosa. La piedad y la lluvia la absorbían.

La casa es fría. Las horas transcurren despacio, la tarde llega pronto. La fe, lo sagrado, la nombran, al fin.

jueves, 11 de agosto de 2011

Cabo Bojador



" [Himilcón] Así, no hay vientos, en una amplia zona, que impulsen al navío; así el líquido elemento de una llanura marina encalmada se inmoviliza en sus reinos. Se añadirá a ello que emerge entre las aguas abundante urchilla y que a menudo refrenan la popa como si fuera maleza. No deja de decir también que por esta zona la superficie de la mar no alcanza gran profundidad y que apenas un poco de agua cubre el fondo, que las bestias marinas recorren la mar por aquí y por allá, que los navíos se desplazan lentos y lánguidos entre monstruos que nadan por medio".

-   Rufo Festo Avieno         Ora Maritima



" [Los marinos decían] Es seguro que más allá de este cabo no habita raza alguna de hombres, ni hay región que esté poblada (...) y el mar es tan poco profundo que a una legua de tierra sólo tiene una braza de profundidad, las corrientes por otra parte son tan terribles que ningún barco que pase el cabo podrá luego regresar".

- Gomes Eanes de Zuvara            Cronica do descobrimento e conquista de Guinea.


"Quem pasar o cabo Náo voltará ou náo"

      - Popular,   marinos medievales


 " Más allá [del Cabo] se extiende el Mar de la Oscuridad. Ninguna luz lo alumbra y no se sabe de nave que haya tornado de él ".

      - Escuela de Sagres            S. XIV


"Bahr-Altalmet , mar de las oscuridades, de las sombras; el Océano porque en él parece esconderse el sol: los cuentos de Posidonio y Artemidoro, que menciona Estrabón, pudieron ocasionar estas sombras".

"Entre el mar Xami y el Mar Occidental que rodea la isla Andalus cinco días (...) esta punta está en el extremo de Occidente, en los últimos términos de lo habitado de la tierra, cercada por el mar Océano, y no se sabe lo que hay más allá de este mar "

- Al Idrisi           S. XII



" Allí la vida era imposible, nada crecía, ni tan siquiera las malas hierbas".

      -  Gil Eanes             1434.


Historia de las Indias

El padre Las Casas, citando a Aristóteles, recuerda cómo éste afirma que navíos de Cádiz, salidos al Océano y empujados por los vientos del Sahara, "fueron a parar a ciertas regiones de la mar donde hallaron la mar cuajada de ovas y hierbas que parecían islas anegadas".

El llamado mar verde precedía con una anchura de ochocientas leguas al Mar negro o Mar de las Tinieblas donde "no se rremueven en el las ondas, nin corre por el ayre ninguno, nin paresce en el sol ni claridad ninguna, nin es fallada en el ysla poblada nin despoblada".

      - Bartolomé de Las Casas   Historia de las Indias, pg. 56-57.


Atlas Catalán.

"En el famoso Atlas catalán de 1375 hay un barco frente la costa occidental del norte de África; en rigor está al sur del temido cabo Bojador (...) El barco es identificado como de Jaume Ferrer, quien en 1346 hizo un viaje por la costa de África para buscar el Río de Oro. Conocemos por otras fuentes que nunca se supo más de Jaume Ferrer ni de su barco".

   - Mapamundi del año 1375.   Barcelona, Ebrisa, 1983.



El embajador enigmático

"Dícese de "um documento ha pouco descoberto na Chancelaria de Alfonso V. Nele se menciona um certo Jorge, embaixador do Preste Joáo, que estava em Portugal em 1452".

   cit. en     Elaine Sanceau      Em demanda do Preste Joao         Porto, 1944




Mar portugués

Ó mar salgado, quanta do teu sal
sáo lágrimas de Portugal!
Por te cruzarmos, quantas máes choraram,
quantos filhos em váo rezaram !

Quantas noivas ficaram por casar
para que fosses nosso, ó mar !
Valeu a pena? Tudo vale a pena
se alma náo é pequena.

Quem quere passar além do Bojador
tem que passar alem da dor.
Deus ao mar o perigo e o abismo deu,
mas nele é que espelhou o céu.

    -  Alberto Caeiro



miércoles, 3 de agosto de 2011

domingo, 24 de julio de 2011

El dios abandona a Antonio




Uno siempre había pensado que la traducción del poema de Kavafis hecha por José María Álvarez en la edición de "Poesías completas" de Hiperión había sido la primera, y era la buena.

Así la habiamos leído siempre.

Cuando de pronto a media noche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces -
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, la ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, nunca digas
que es un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno ha sido de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, mas nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despide a Alejandría que así pierdes.


Releyendo luego a E.M. Forster, su guía clásica "Alejandría", descubres que no, que habíamos leído el poema anteriormente. Lawrence Durrell lo había incluido, como un apéndice final, en la primera edición de su novela "Justine", y aunque no lo recordemos muy bien, ese debió de ser nuestro primer acceso al poema. Y a Kavafis, crees adivinar.

La edición de Durrell era una traducción al inglés de "Los dioses abandonan a Antonio". Que a su vez fue vertida al español por Aurora Bernárdez, traductora del "Cuarteto". Cuando volví a consultar el poema no lo reconocí y además me pareció retórico e impreciso. En algún lugar de las traducciones - del griego al inglés y de éste al español - se había  producido la traición.

Luego, recuerdas, habían aparecido más versiones. La de Bádenas de la Peña; la de Alfonso Silván, la de Ramón Irigoyen, la de un profesor chileno. O la última, en Visor, de Anna Pothitou y Rafael Herrera. Todas estaban vertidas directamente del griego, mientras que el poeta José María Álvarez había creado la suya a partir de la traducción inglesa.

Además ni siquiera era la primera. Contemporánea a la de Hiperion era la de Bádenas en Alianza, en 1983. Y eso sin contar con la clásica de Carles Riba al catalán, del año 1962 - entre otras varias que se citan, como la de José Ángel Valente- que dio lugar a una exquisita melodía, como en los versos:

"Quan surts per fer el viatge cap a Itaca,
has de pregar que el cami sigui llarg,
ple de aventures, ple de coneixences.
Els Lestrigons i els Cíclops,
l´aïrat Posidó no te n´esfereixis (...)

Has de pregar que el cami sigui llarg.
Que siguin moltes les matinades d´estiu
que, amb quina delectança, amb quina joia!
entraras en un port que els teus ulls ignoraven; (...)".

Sólo la melodía de una traducción al francés, muy anterior, de Marguerite Yourcenar, podía compararse. Como en "Les dieux disertent Antoine", que finalizaba en un "...et salue-la, cette Alexandrie que tu perds".

Así que, desde el punto de vista de la filología, o de la edición, todo era un poco falso. En algunas ocasiones se había aludido, y se repitió luego la cita, a las traducciones de J. M. Álvarez como ejemplo de arbitrariedad.

Alguna vez entonces consultaste otras. Leíste varias para el poema "La ciudad", para un trabajo que estabas preparando; para el mismo poema de "El dios..." que certeramente había elaborado Kavafis a partir de la "Vida de Antonio" de Plutarco. (En donde por cierto las interpretaciones eran un tanto confusas. Se dirigía el cortejo, con sones y bailes, a las tropas de Augusto; o era una música destinada al propio Antonio... O, en la interpretación más enigmática, nadie sabía en realidad de dónde surgía la música de Dionisos, que abandonaba así la ciudad...

El texto original de Plutarco decía que

"...en aquella noche, la última, cuando la ciudad de Alejandría estaba en el mayor silencio y consternación con el temor y esperanza de lo que iba a ocurrir, se oyeron gradualmente los acordados ecos de instrumentos y griterío de una gran muchedumbre, con cantos y bailes satíricos, como si pasara una inquieta turba de Bacantes. Esta turba pasó como del centro de la ciudad hacia la puerta por donde se iba al campo enemigo y, saliendo por ella, se desvaneció aquel tumulto feliz, que había sido muy grande.  A los que dan valor a estas cosas, les pareció que el dios abandonaba a Antonio,  aquel dios al cual siempre hizo ostentación de parecerse y en quien particularmente confiaba").

Pero de todas las traducciones las que eran falsas al final eran las otras versiones. Al final siempre volvías a la primera lectura - que ni era la primera, ni era, al parecer, la más fidedigna.

Qué le vamos a hacer, si no podías leer a Kavafis en griego, y la verdadera traducción, aunque no sea ni verdadera ni traducción al parecer, siga siendo la de José María Álvarez.


miércoles, 20 de julio de 2011

De gastronomía moderna



Festival taurino en Villanueva de Bogas, provincia de Toledo. De Madrid parte por la mañana un coche con destino a la villa. En él viajan entre otros N., fotógrafo extremeño y mozo de espadas, y Jaime Lopes, crítico taurino. Éste último ha sido invitado a participar en el festival por su amigo Ubaldo, concejal de festejos de la localidad y empresario a la sazón. El torero Antonio Sánchez Puerto - el elegante diestro manchego - le va a ceder uno de los novillos.

A última hora, Jaime se ha presentado con una rubia algo añeja, que porta diminuto pantalón y por contra espléndida pamela blanca.

- ¿Quién es nuestra amiga, Jaime? - le ha inquirido N., un poco amoscado.
-  Es mi amiga Carolina, la azafata.
- ¿Azafata? Lo sería en el zeppelin...

Decididamente, no le ha agradado el tocado de la rubia, algo excesivo quizá para la comarca de La Sagra.

Conduce Aquilino, el empresario del Rastro. Hace las funciones de apoderado de Jaime. N. apenas abre la boca. Dispara la cámara de vez en cuando a las rastrojeras que cruzan, pasado Tembleque. Una liebre se ha atravesado por la carretera. Ha entrado por la derecha, observa el crítico, aquejado de taurinos presagios. Tranquilidad, no pasa nada.

- ¿Con quién vienes, N.? - le pregunta Antonio, banderillero local, al llegar.
- Aquí. Con Luis Miguel y Ava Gardner - ha respondido éste.

Al bajar al pueblo hay que buscar donde reponerse, antes de que dé comienzo el festival, a primera hora de la tarde.

- ¿Dónde vamos a comer, Aquilino? - ha preguntado Carolina.
- Donde va a ser... Sólo hay el bar de la plaza.

Hacia allí se han dirigido. Está lleno, por supuesto. Son las fiestas y los mozos, y los padres, y los abuelos de los mozos, que La Sagra produce una rara longevidad, ocupan la barra, la terraza y la calle enfrente. Algunos se han subido al pretil de la fuente. Corre el vino, oscuro y honrado.

- ¿No tendrían ustedes una mesa? - inquiere por fin Aquilino, que tiene tablas en esto del trato, a la sólida moza que circula por entre la sala.
- ¿Mesas? Tener tengo muchas. Pero están todas ocupadas.
- No, si ya... Es que venimos aquí con el torero. Y con la prensa. Y con la aviación. Y con la fama.
- Voy a ver.

Al final les instalan al lado de la cocina, en un pasillo que da a un patio, donde se acumulan las cajas de Cruzcampo y una máquina de discos averiada. Duermen dos galgos flacos en una perrera, al final del pasaje. Cartones con pan duro sobre el suelo. Un reclamo de perdiz, encima de los cartones.

- ¿No nos van a poner mantel? -  pregunta la azafata.
- Creo que no. No han reconocido al torero.

La moza tarda en volver. Desde la barra los viejos, alguno contemporáneo de Domingo Ortega, el diestro de Borox, no pierden de vista a Carolina. Lo que más se destaca ahora en el local es - junto al ruido entusiasta que produce una banda de música, a la puerta del bar - la monumental pamela blanca de ésta. También los honrados pantalones cortos a juego. Los viejos son a su manera estetas toledanos, y comentan la combinación.

- ¿Qué tenéis para comer? - ha podido preguntar al cabo Aquilino a Maritornes.
- Pues no nos queda nada... Les puedo hacer unos huevos fritos con patatas.
- Eso queremos. Huevos fritos con patatas - interrumpe N. La azafata iba a decir algo. N. sigue hablando. No la deja intervenir. Cuenta de cuando torearon una tarde en Algete y de la feria de Malpica. De un festival a la orilla del Jerte. Habla luego de los novillos que se van a lidiar esa tarde.

Traen unas servilletas de papel; una cesta con el pan; una jarra vacía; dejan unos tenedores en el medio. Pero ella no está conforme.

-  No han traído platos.
-  Ya vendrán debajo de las patatas, doña.
-  Vale. Pero yo quiero la carta de vinos. ¿Me la puede usted traer?
-  No hace falta - contesta la posadera -. Me la sé de memoria.
-  ¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
- Pues hay tinto y hay blanco.

La mesa calló. La banda seguía tocando a la puerta, dicen.

 La plaza se llenó luego, comentaron. Durante el festival un lugareño le quiso comprar la pamela a Carolina. Otro le propuso matrimonio. La crónica no dice si los diestros cortaron las orejas. El novillero local le brindó un toro al empresario. Ahí se terminó la gastronomía moderna en Villanueva de Bogas, dicen otros.




jueves, 14 de julio de 2011

A thousand years




Una tarde del otoño de 1988, cuenta el poeta Murakami en su Notes from Nowhere, escuchó una canción en un viaje por la costa. Reconoció en ese instante que era la canción perfecta.

La música, explicaba, era una isla en el Egeo. También un bar donde se reúnen algunos por las noches. También una tarde de septiembre, exactamente, y también todo el tiempo pasado. Todas las estaciones, todos los lugares, todos los nombres que se habían sucedido hasta llegar allí.

La canción era el tiempo sin referencias y sin esperanzas. Pero también el rumor de todos los momentos anteriores, acallados en unos compases en una terraza sobre el puerto - mientras los viajeros del verano marchaban ya.

Entonces pensó que si la canción nombraba exactamente el tiempo debía viajar allá.

Abandonó su trabajo en Kyoto, las clases y la editorial donde colaboraba como traductor. Abandonó Japón, sus libros y sus conocidos, una casa en los suburbios, una mujer en Köbe y marchó en dirección al Egeo, rumbo a una isla que supuso era el lugar preciso.

Nunca la encontró. Ahora vaga por temporadas entre la costa de Grecia y el interior de la meseta, una ciudad seca en donde los días son fríos e iguales. Nunca pensó si había tomado la decisión correcta.

Los viajeros melancólicos

En algún momento, hastiado de la vida en Europa, el joven Rimbaud habría de repetir el deseo de alcanzar un Oriente que se había anunciado t...

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