lunes, 29 de mayo de 2017

El estudio de Brancusi




                                                                  1925.  Estudio de Brancusi.
                                                                                Impasse Ronsin 8 - 11.   Montparnasse.

lunes, 15 de mayo de 2017

El mar irlandés


 
 
" El viento es terrible esta noche
surcando el océano blanco y salvaje:
no debo temer a los terribles vikingos
que cruzan el mar irlandés "
 
 
( Anónimo. Copiado en los bordes de un manuscrito del monasterio de ...
Siglo XI.
Citado en Leabhar Ghabála Erinn, o " Libro de las invasiones de Irlanda" )
 
 

lunes, 1 de mayo de 2017

Hotel de Francia. Oaxaca.



El escritor Malcolm Lowry se alojaría en el Hotel Francia a su regreso a Oaxaca en la Navidad de 1937. Días antes había acompañado a su primera esposa, Jan Gabrial, al DF desde donde ella volvió a los Estados Unidos y se separaron definitivamente. En el hostal Canadá de la Avenida Dos de Mayo - que él transformaría posteriormente en el "Hotel Cornada"- tuvo lugar la última escena entre ambos, que el autor describiría después en varias ocasiones:

"Querido, si por fin me quedo contigo, ¿dejarás de beber?". "¿Ahora mismo, hoy?"." Sí, ahora". "En fin, mi respuesta a eso es no. ¿Qué esperabas? Voy a bajar tu bolsa".

La escena la recoge ML en diversos pasajes de sus escritos posteriores. De manera simbólica en Under the Volcano, la novela. Literalmente en Dark as the Grave wherein my Friend is Laid, el relato sobre su retorno a Mexico en 1945, el cual iba a ser publicado póstumamente por su segunda mujer, Margerie Bonner, en el año 1968.

En este último añadiría:

"Todo lo cual no explicaba el sufrimiento, el hecho de que los días pasados en Oaxaca - y más adelante en Acapulco, y aún después allí, en ciudad de México otra vez, antes de abandonar México de forma tan humillante por tren, y según pensaba para siempre - hubieran sido los más tristes de su vida".


A la marcha de Jan Gabrial, Lowry decidió retornar a la ciudad de Oaxaca, donde permanecería unos meses - "para ahogar su dolor en el mejor mezcal de México"- y en Acapulco, y en México DF más tarde, antes de abandonar el país por primera vez y regresar a los EE.UU.

Situado en la calle 20 de Noviembre el Hotel Francia era un establecimiento modesto en una ciudad, Oaxaca, relativamente pequeña por entonces - había sufrido una grave crisis tras los años posteriores a la Revolución, se habían abandonado las industrias de la primera época porfirista y se había despoblado notablemente. El establecimiento había sido edificado por una familia española a mediados del siglo XIX y se remodeló en 1934. Cercano al centro histórico de Oaxaca el hotel conoció, a pesar de su modestia, la presencia de algunos visitantes ilustres. Como la del escritor D.H. Lawrence, que se alojó en él durante el otoño de 1925. Lawrence, que abandonaría México al año siguiente gravemente enfermo, contará que durante su viaje mejicano los indios le seguían por las calles como una aparición, y gritaban: "¡Cristo! ¡Cristo!". Durante la estancia del matrimonio Lowry en 1936 éstos entablaron una cierta amistad con el gerente, Antonio Cerrillo, y en él recibieron la visita, entre otros, del escritor Conrad Aiken - quien los había presentado años antes, en Granada, y acudía a México para casarse con su segunda esposa, Mary Hoover- y de los Calder-Marshall, que relatan más tarde la tormentosa permanencia de Lowry y Jan en la ciudad. También aparece ésta en las memorias de Aiken, Ushant, editadas en 1952.

El viaje inicial a México había sido, de algún modo, un tanto casual. Lowry, escritor de una sola novela de iniciación - Ultramarine - que apenas había tenido ningún eco, había cedido a las sugerencias de su mujer, antigua actriz en Hollywood, y había viajado con ella a San Diego para intentar encontrar empleo como guionista de cine. Pero apenas llegaron allí decidieron proseguir viaje hasta México, un lugar que no conocían, y para ellos más exótico que los estudios cinematográficos de California, que Lowry detestaba.


Llegaron por mar a Acapulco, en el Día de los Difuntos del año 1936, y enseguida marcharon en tren a Cuernavaca. Allí se alojaron en un primer momento en el mucho más europeo Casino de La Selva - donde los visitantes, ingleses sobre todo, acudían a bañarse en la espléndida piscina, a jugar al tenis por las tardes, y a beber cócteles de ginebra en los jardines que se alzaban sobre el casco viejo de la antigua ciudad. Más adelante alquilaron un piso en la calle Humboldt, en el número 15. "Frente a su casa estaba la esquina de Humboldt y Salazar que corría al oeste hacia el zócalo, en el centro de Cuernavaca". El lugar de nuevo iba a reaparecer de manera obsesiva, literal o simbólicamente, en los relatos de ML sobre México - labor que, de una forma u otra, le iba a ocupar el resto de sus días.

"Al oeste - se nos dice en la biografía de Douglas Day - estaban los crecidísimos pero aún espléndidos jardines Borda, con sus apartamientos (sic) construidos para los desdichados Maximiliano y Carlota". Detrás del jardín de la casa cruzaba una de las numerosas "barrancas" de la ciudad, incultas y repletas de maleza. ("Aunque no era el sitio, era vasta, amenazadora, sombría, obscura, aterradora: la altura espantosa, la obscuridad abajo", como las describe Lowry en el relato Oscuro como la tumba donde yace mi amigo). "Al noroeste, más allá de las vías del ferrocarril, la colina en la que estaba situado el Hotel Casino de la Selva, donde se podía nadar o jugar al tenis".

Cercano a la calle Humboldt se extendía el zócalo antiguo de la ciudad, el barrio colonial; asimismo la basílica de La Soledad o la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. También cercano, el Cinema Morelos, o las cantinas de El Bosque, la Covadonga, o el Infierno. O las de la terminal de autobuses - La Terminal se llamaba certeramente una de ellas - que darían lugar a la recreación de la cantina El Farolito en la novela.

"La cantina de los madrugadores, el Farolito, que abre cuando las demás cierran sus puertas", la describía en algún lugar ML. Para añadir a continuación la plegaria: "Virgen de los desheredados, de aquellos que no tienen a nadie".


De la primera estancia con Jan en Cuernavaca - y en los viajes a los pueblos de alrededor: Cuicatlán, Tomellín, Nochixtlán, y el desolado y simbólico Parián - extraería Lowry los símbolos y los recuerdos que, poco a poco y angustiosamente, iban a formar su novela Under the Volcano. (Y de la separación en el hotel Canadá, más tarde, y los solitarios meses posteriores en Oaxaca y Acapulco). La cual, después de sufrir por lo menos siete reelaboraciones y una redacción ascética durante varios inviernos en una cabaña aislada de la playa de Dullarton, en la Columbia Británica, no iba a ser publicada finalmente hasta el año 1947.

En una carta al editor Jonathan Cape, a propósito de la nueva novela, le comenta que:

"Para un cuento largo o novela corta comenzar por los años 1936-37-38 con el material de la libreta de México, que es todo lo que el protagonista sabe sobre México, etc., pero ahora, tras escribir un libro (inédito), vuelve allí a finales de 1945 (...) El argumento secundario debe ser una vez más el conflicto de la bebida, junto con su análogo, el abuso de los poderes místicos... sólo que esta vez será de verdad un conflicto". El editor, cuando recibe por fin el manuscrito, entre otras muchas objeciones le había comentado la lentitud del inicio de la novela. A lo que Lowry, según los comentaristas opuso que: "Se trata de que a través de la lentitud del primer capítulo el lector ingrese en el lento, melancólico, trágico ritmo del mismo México- su tristeza".

En algún lugar de su primera estancia en México Malcolm Lowry habla del proyecto de un cuento, Vía Dolorosa, sobre "la última vez que vio en su vida a Ruth, cuando ésta lo dejó en noviembre de 1937, en el Hotel Cornada de Ciudad de Mexico". El relato, si es que llegó a existir, nunca sería publicado. Jan Gabrial sí editaría una narración sobre aquella separación, "Not with a Bang", que apareció en Nueva York en 1946. De las notas del escritor se desprende que asimismo existiría un primer relato escrito en los días de Cuernavaca, al que titula Under the Volcano. (Éste, según se nos dice en otra parte, quedaría convertido luego en el capítulo VIII de la novela del mismo título).

En 1945, años después de la primera estancia, Malcolm Lowry emprendería un segundo viaje a México, esta vez en compañía de su nueva esposa, Margerie Bonner. Había culminado, finalmente, la redacción de su novela Bajo el volcán y, aunque ésta había sido rechazada en varias ocasiones, tenía ciertas esperanzas de que el libro podía a lo último ser publicado.

Sobre su segundo viaje escribe el manuscrito Dark as the Grave wherein my Friend is Laid. Era en cierto modo un viaje de espejos: Lowry quería recorrer de nuevo los lugares de su novela alrededor de los personajes que él mismo había creado, y elabora una narración alegórica en la que los protagonistas son ellos mismos, junto con Margerie, que le acompaña, y los escenarios simbólicos que en la novela - que había titulado originalmente como Las sombras del Valle de la Muerte - anterior había creado durante tantos años.

Tenía miedo. La sensación de una amenaza constante, el temor a lo inminente - a despecho de la aparente normalidad de las situaciones - se anunciaban desde el principio del viaje, en Vancouver.

"¿En qué piensas, Sigjborn? "
"Si de verdad quieres saberlo, estaba pensando que en realidad tengo más miedo de Oaxaca que de ningún otro lugar del mundo"
"Entonces, vamos a Oaxaca" dijo al instante Primrose".


Lowry volvería a recorrer los escenarios de su primer viaje. En Ciudad de México se alojan de nuevo en el hotel Canadá - Cornada en el libro. Desde la llegada tienen que sortear todas las peticiones de soborno - la mordida como al fin Lowry aprenderá a decir en su pobre castellano - que les acechan desde el aeropuerto a las calles y a la llegada al hotel. Pasean por unas avenidas vacías, entran en algún café sórdido, bailan con la música de una vieja gramola en un rincón... Un marinero yanqui les acompaña y les invita luego, mientras unas mujeres mestizas aguardan en la barra.

Lowry volverá a repetir el itinerario de la novela. El viaje en autobús a Cuernavaca le enfrenta de nuevo a la tremenda aridez del paisaje, una travesía renqueante hacia las montañas, la desolación de la terminal de autocares a la llegada, el refugio tardío de una cantina aún abierta. Se alojan en Cuernavaca en la calle Humboldt de nuevo, en el mismo apartamento de la primera vez. Margerie, que había pasado a limpio el manuscrito de la novela, desea conocer los lugares del cónsul Geoffrey Firmin, del regreso de su mujer, Yvonne, la perdición de las cantinas en donde aquél ahoga su necesidad de amarla y la imposibilidad de hacerlo, la alegría del reencuentro y la inutilidad de éste... En algún momento asistirán los dos a la belleza, la serenidad de la luna llena sobre Cuernavaca como un raro instante, suspendido, frente al desasosiego del retorno.


Si la escritura de Lowry siempre había tenido un marcado carácter simbólico, en esta narración sobre el regreso a un escenario, el México de su novela, ya simbólico de por sí, ésta se exacerba.

Viajan a los pueblos de alrededor, bajo la sombra del volcán. Buscan en el museo una calavera de obsidiana, que no encuentran. Pasean por los parques de la ciudad, extensos, algo abandonados. (En ellos Lowry le hace observar a Margerie la presencia de los antiguos pabellones del Emperador Habsburgo, ya en ruinas). Entran en los templos católicos, en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, frente a la cantina La Universal.

"En la iglesia de Isabel la Católica habían dicho una oración fervorosa ante el Santo de las Causas Peligrosas y Desesperadas".


 El regreso tiene algo de redención - de una redención que se encontraba en el pasado, y hacia el que quería retornar el escritor en busca de la misma. Regresaba a México, a los mismos hoteles, a las mismas ciudades, las mismas cantinas, las mismas habitaciones... Pero que también, como en toda salvación, estaba situada en un futuro, inminente, pero que nunca terminaba de revelarse. (Años antes, en su Passage to India, el viaje iniciático al Oriente del también británico E.M. Forster, éste había recogido la antigua definición persa sobre la Divinidad: "(El amigo) cuya llegada nunca se produce aunque tampoco haya sido nunca desmentida").

El viaje tenía un objetivo final, por otra parte. El regreso a Oaxaca, adonde esperaba encontrarse con su amigo, el mestizo Juan Fernando, con quien había compartido durante su alcohólica estancia en la ciudad una entrañable amistad, repleta de conversaciones hasta la madrugada, de incidentes por las sierras de alrededor. Y de interminables rondas en La Covadonga, la cantina inmediata al hotel.

Margerie y Lowry pasan la nochevieja en el pueblo de Yautepec. Allí, en el fatigoso viaje al lugar, el escritor constata de nuevo la aridez del paisaje, la desolación, la permanencia de lo extremo del desierto. ("No hay obscuridad que presente tanta desesperanza como la obscuridad en México"). Una pulquería - llamada El Cielo - es un refugio al final. Pero también, más tarde, la serenidad de la noche, el paseo por un silencio también extremo, la distancia del horizonte. Que le hará exclamar, en un momento: "¡Ah, en Yautepec era donde podrían vivir y amarse eternamente, tan felices el uno para el otro!".


Finalmente emprenden el viaje a Oaxaca - el Infierno en algún lugar de su novela, la Tierra Prometida en otros.

"(La Tierra prometida) le había parecido a Sigjborn mientras señalaba con el dedo, que allí por primera vez, se vislumbraba, vaga y evanescente, Oaxaca" - había apuntado en un capítulo del manuscrito. Para describir el viaje a continuación:

"Hasta que se encontraron sentados en el autobús, con olor a sudor y el Santo de las Causas Desesperadas y Peligrosas, y ya en marcha no recordó de nuevo que también en su libro Oaxaca representaba - si es que debía representar algo - la Muerte: ¡El Valle de la Sombra de la Muerte! Y el número del autobús era el siete".

El fatigoso viaje de nuevo tiene algo de iniciación. El autobús se pierde, o ellos equivocan la ruta que deben seguir. En un momento determinado descubren que se están alejando. Llegan a un lugar sin nombre. No hay ningún lugar donde pernoctar. Deben regresar. Llegan a la ciudad de noche.

"¿Eran aquellas llanuras oscuras Oaxaca? Oaxaca donde en realidad estaba Parián - y volvió a sentirse presa del terror - para él imagen de la muerte".


En la ciudad volverán a alojarse en el Hotel Francia, casualmente en la misma habitación de su primer viaje - donde Lowry aseguraba se había posado una noche un buitre en la palangana. Recorrerían los lugares que el escritor había conocido, -muchos de los cuales habían desaparecido ya, como la cantina El Farolito - subirían a las colinas de Monte Albán, en donde encontrarían los restos del Imperio zapoteca, o alcanzarían Tlaxcala -"Tlaxcala, por supuesto, al igual que Parián, es la muerte" le había escrito al editor Jonathan Cape.

Finalmente, después de varios días sin noticias, intentan encontrar el paradero de su amigo Juan Fernando, de quien, pese a las numerosas cartas que Lowry le había escrito durante esos años, nunca había recibido alguna contestación. En la banca El Ejido, de la que aquél era empleado, reciben la nueva de la muerte de éste años atrás en un oscuro pleito de cantina, asesinado por un peón borracho. "Mezcal"- dijo- "Muchas copas... Se volvió loco. Mezcal y más mezcal y entonces..." le comenta con tristeza la empleada del banco a un Lowry incrédulo, que no comprende, o no quiere comprender, la noticia .

Su amigo, de alguna forma, cumpliría así en la realidad, dentro del escenario delirante y simbólico al que Lowry se había entregado en México, con la muerte literaria del cónsul en la novela Under the Volcano. Que era un trasunto de la sensación de su propia muerte, en la figura del alcohólico diplomático Geoffrey Firmin tras la imposibilidad de aquello - Yvonne, el regreso, el origen...- que éste deseaba. "A veces - escribía el cónsul en la novela- me veo como un gran explorador que ha descubierto algún país extraordinario del que jamás podrá regresar para darlo a conocer al mundo; porque el nombre de esta tierra es el infierno".

Era un infierno que, al contrario de su topografía clásica en Dante, más allá del río Aqueronte, estaba en todas partes y en ninguna. Acechaba en las calles y en las noches. Y en los remotos lugares del periplo mejicano. Como recordaría el cubano Cabrera Infante en un memorable artículo - "Bajo el volcán o la vida vista desde el fondo de una botella de mescal"- sobre la novela, en la que citaba al principio:

"Leo con permiso sobre el hombro de Laruelle: Noche, y una vez más el nocturno combate con la muerte, el cuarto que cimbra con demoníacas orquestas, las ráfagas de sueño aterrado, las voces fuera de la ventana, mi nombre que repiten con desdén imaginarios grupos que ya llegan- espinetas en la oscuridad". 

Aceptada por fin la noticia de la muerte de su amigo, emprenden el regreso. "Luego fueron dejando atrás el estado de Oaxaca y también, en la oscura iglesia de la Virgen de quienes a nadie tienen, una vela ardiendo...".

No había más revelaciones en Oaxaca, seguramente. El final del viaje a México está envuelto en oscuras denuncias y chantajes por parte de las autoridades federales. Los dos abandonaron el país esta vez por la frontera de El Paso apresuradamente, de vuelta a los EE.UU.

Más tarde se sucederán una serie interminable de puertos y aduanas, viajes y manuscritos inacabados, proyectos de novela, y hoteles en Panamá y Nueva Orleans, y en Venecia. Y villas en Taormina y en Milán, cantinas en Cassis, y cafés en París, bares en Bretaña y reclusiones en Europa, y el retorno a  Inglaterra, finalmente. Nunca volverían a México.

jueves, 2 de marzo de 2017

Del " Libro de la almohada"

 (Kikuchi Yosai )

" Cosas que pierden al estar pintadas...

Claveles, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres o mujeres cuya belleza las novelas las alaban.


Cosas que ganan al ser pintadas...

Campos en el otoño. Pinos. Aldeas y senderos de montaña. Grullas y ciervos. Un paisaje de frío invierno, un paisaje muy cálido de verano.


Cosas que dan la sensación de limpio.

Una taza de barro. Un bol nuevo de metal. Una estera de junco. El juego de luz sobre el agua cuando una llena una vasija. Un arcón nuevo de madera.


Cosas desagradables.

El revés de una tela bordada.
El interior de la oreja de un gato.
Una camada de ratas que todavía no tienen pelos, cuando salen arrastrándose de su nido.
Las costuras de un abrigo de piel cuando está sin forro.
La oscuridad en un lugar que no parece limpio.
Una mujer poco atrayente que cuida muchos niños.
Una mujer que se enferma y tarda en reponerse. Para su amante, que no se siente muy apegado a ella, el espectáculo es ingrato.


Cosas que están lejos aunque estén cerca.

Fiestas que se celebran cerca del Palacio.
Relaciones entre hermanos, hermanas y otros miembros de la familia que no se quieren.
El camino zigzagueante que lleva al templo de Kurama.
El último día del Duodécimo Mes y el primero del Primer Mes.


Cosas que están cerca aunque estén lejos.

El Paraíso.
El derrotero de un bote.
Las relaciones entre un hombre y una mujer. "


 ( Hokusai)

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- De     Sei Shonagon     The Pillow Book of Sei Shonagon    a. 994 aprox.  (Traducción de J.L. Borges y María Kodama )
       Madrid, 2004.

martes, 10 de enero de 2017

de camino a Oku

 
 
 


" En el distrito de Yamagata hay un templo de montaña llamado Ryüshaku-Ji. Fundado por el Gran Maestro Jikaku , es un lugar especialmente puro y tranquilo (...) La montaña estaba formada por diversos estratos de cantos rodados, con pinos y cipreses centenarios sobre un suelo y unas rocas muy viejas, y un musgo tan suave como el terciopelo. Todos los santuarios anexos al templo escalonados a lo largo de la ladera estaban cerrados, así que el silencio era total. Después de sortear precipicios y piedras sueltas que nos hacían resbalar, por fin pudimos postrarnos ante el Budha del templo. Las vistas eran tan hermosas, la soledad tan absoluta y la serenidad del lugar tan profunda que pudimos sentir la pureza de nuestros propios corazones.

                                                         Serenidad.
                                                         Entre las rocas canta
                                                         una cigarra. "



             
                        -     Bashò        De camino a Oku y otros diarios de viaje

jueves, 17 de noviembre de 2016

De bibliotecas varias. II

 
   
En el antiguo caserón familiar en el campo había una biblioteca en una sala. Ocupaba una larga pared, casi siempre oscura, en un destartalado salón al que apenas llegaba la luz. Sobre una librería de roble, adornada con tallas de insólitos atlantes, dormían los libros, alguna revista, unos folletos que siempre parecían haber estado allí. Nunca vi entrar o salir algún libro nuevo en ella - tal como por el contrario sucede en una librería animada. Los volúmenes ocupaban todas las baldas y tal pareciera que habían nacido allí. Jamás hubo ninguna variación en su penumbroso silencio.

Ignoro cómo habían llegado los libros hasta ella. Recorrer las baldas del salón - en unas tardes que se demoraban indefinidamente - era en cierto modo asistir a un escenario sin variaciones, sin origen, polvoriento como el pesado mueble que las atesoraba.

Había algo de biblioteca intemporal en su oscuro reposo - bien que supiéramos más tarde que aquella intemporalidad estaba hecha en realidad de la ideología de la época de la Restauración, de los avatares de la guerra civil más tarde, los sermones parroquiales de los domingos y de los lentos años de la posguerra después. Pero aún hoy sigo recordando la biblioteca del caserón como un escenario, un repertorio en cierta medida atemporal: el de la burguesía - agraria y provinciana por más señas - de aquellos años inmóviles.

 
En su azarosa disposición había algo de inevitable. Era inevitable, en cierto modo, que entre las repisas figurara alguna de las obras que toda biblioteca familiar poseía. Esto es, "La hermana San Sulpicio" de Armando Palacio Valdés o las "Pequeñeces" del Padre Coloma. Nunca las leí. De entre los clásicos de la Restauración figuraban también "La Regenta" de Clarín, alguna novela de Juan Valera, Alarcón- "El capitán Veneno" por supuesto -, las indagaciones arqueológicas del padre César Morán o el "Peñas arriba" de José María Pereda. Sólo leí algún Juan Valera y a Pereda, no sé por qué - quizás porque sus obras estaban en un estante inferior, muy a mano. Todo aquello, ya entonces, olía a provincia oscura y a lluvia, a olor a humedad y a interminables tardes en el casino de la ciudad.

  
De entre los clásicos, por decirlo así, figuraba también algún Pérez Galdós de los "Episodios" - que ya entonces se leían de un tirón - y sobre todo "La familia de León Roch", que por alguna razón atrapó mi atención adolescente en forma de preocupación por el gran tema, y el escenario perenne de aquella prosa del siglo anterior. Esto es, la cuestión del remordimiento, y las interminables páginas que se dedicaban después a torturar al protagonista - y a los lectores, pensé luego - de los prolijos centones del XIX. Aunque para remordimiento la lectura atormentada también de un atormentado Raskolnikof en los cientos de páginas del "Crimen y castigo" de Dostoievski. No sé cómo habría llegado hasta allí el centón ruso. No había ninguna más de la obra de unos autores, los rusos, a los que un escritor como Baroja declaraba como la fuente original de toda la cultura literaria de su generación. Pero allí no había ningún Tolstoi, ni Turgueniev, ni Gogol, ni Pushkin, ni nada. Sólo aquel solitario crimen del estudiante y la vieja usurera, en un volumen con manchas de moho en la portada, debidas tal vez al largo viaje desde la estepa siberiana al páramo castellano en un incierto momento. Quizá fuera la temprana lectura. Aún pasados los años recuerdo el interminable volumen sobre la culpa y la redención del protagonista como una lectura adolescente en el fondo, que nunca volvería a emprender.

Hay algo fascinante en el desdén que una biblioteca rural muestra hacia la historia de las vanguardias. A despecho de la supuesta revelación de la obra de Joyce, o de Pound, o de la tiranía de la inacción en Becket - que aprendimos más tarde - allí se manifestaba una historia mucho más cercana, a la que no afectaba para nada la elaboración del relato vanguardista.


Entre alguno de aquellos libros inmóviles asomaba incluso algún Premio Nobel, de los que en su momento se leyeron, y más tarde habían sido postergados. Figuraban en una colección, cuyo nombre no recuerdo, que los editaba todos. Allí estaban - pero nunca los abrí - Sinclair Lewis o Pearl S. Buck, Romain Rolland o Knut Hamsun... Sí abrí el "Sin novedad en el frente" que formaba parte de la colección. Y alguno de los escritores más leídos en su momento, como Axel Munthe, Edgard Wallace o A. J. Cronin. De este último recuerdo haber abierto, un verano lluvioso, una novela sobre un médico rural cuyo título no recuerdo - debía de ser "Las llaves del reino", una de sus obras más traducidas - y en la que había un paisaje de carbón y mineros atormentados que de nuevo me impresionó juvenilmente. Nunca leí "La Historia de San Michele" del primero, el clásico por excelencia de toda biblioteca familiar que se preciara, y nuestra abuela nunca se lo pudo creer. Era un clásico en su época.

 
Autores del momento, best seller olvidados... Allí figuraban Torcuato Luca de Tena, que vendió todo en su momento, Wenceslao Fernández Flórez y Álvaro de la Iglesia, que también. José María Gironella o las memorias taurinas de César Jalón, "Clarito" - bien que éstas por amistad personal con el dueño de la casa. Los leí a todos. Pero también a un desolador John Steinbeck - el de "Las uvas de la ira" - el cual imagino habría ido a parar allí por su condición de Nobel y que me dejó desolado todo un estío interminable, como eran entonces los veranos. Tampoco sé cómo habrían ido a parar a la estepa de Castilla las ingeniosas novelas del inglés P. G. Woodehouse. A no ser que fuera porque figuraban en una colección de "Obras universales" de las que se adquirían los distintos volúmenes sin preguntar. El caso es que aquellos libritos eran una inyección de frivolidad e ironía británicas en medio del frío permanente, y había algo que rechinaba - felizmente - en la descripción de la aristocracia arruinada y beoda del castillo de Howard en una Castilla rural, en la que el párroco local presidía aún la mesa en todas las fiestas de guardar.

  
O las joyas inadvertidas, que confusamente una distraída atención adolescente percibía ya como tales. Allí estaba, en edición de la impagable Colección Obras Maestras de la editorial Juventud, el magnífico Conan Doyle, Edgard Rice Burroughs o el "Kazán perro lobo" de  J.O. Curwood. Una edición austera, en portada con caracteres blancos sobre un rojo chillón, acrecentaba el enigma, que se desvelaba al abrir el libro como un misterio de fríos y hielos perpetuos y tramperos por la nieve, y luchas entre animales salvajes e indígenas no menos salvajes que aquellos.

 
  La colección era una joya. Allí encontré, otra tarde distraída, el "Beau Geste" de P.C. Wren - nada sabía entonces de la película interpretada por Gary Cooper - y esta vez el misterio eran arenas ardientes, la soledad del desierto y un horizonte inmenso del que no cabía esperar ninguna ayuda. Publicaban también las morosas y románticas novelas del Oeste de Zane Grey - las conocía todas. O el no menos misterioso "Las minas del rey Salomón" de Henry Rider Haggard, obra a la que siempre rodeó un halo enigmático e inclasificable. Y que, después de leída, siguió rodeándolo, porque nunca se sabía dónde estaban las misteriosas minas y la novela no ayudaba a aclararlo. Aún hoy sigue flotando la fascinación de aquel paso inadvertido que nadie encuentra, detrás del cual se abre un escenario mágico y tremendo. Que nunca más íbamos a cruzar.

 
También surgía la frontera fantástica en las novelas de Emilio Salgari, el italiano, o del alemán Karl May, que se incluían en la misma colección. Que años después descubriéramos que el segundo jamás se movió de su Hohenstein natal no le restó un ápice de verosimilitud a su legendario Oeste y a sus no menos legendarios indios apaches. El Oeste nunca fue tan real como en sus novelas escritas desde la provincia alemana. Y de hecho todo el que viajó después por el escenario real se quejaría de una incierta vaguedad, una especie de imprecisión, que desde luego los relatos de May no tenían.

Y las poesías de José María Gabriel y Galán, que los inquilinos del caserón recitaban de memoria, sin ayuda de ningún libro. Los cancioneros tradicionales de Dámaso Ledesma - que también se sabían de memoria. Un raro Enrique de Mesa, que con los años aprendería a apreciar. El viaje por España y Portugal de Miguel de Unamuno, única obra del ilustre rector que allí recuerdo. Las "Doloras" de Campoamor. O esa lectura iniciática también que fueron las memorias del ganadero y poeta Fernando Villalón, escritas por su sobrino Manuel Halcón - de quien, como en tantas librerías de la época, se hallaba al lado su "Monólogo de una mujer fría", que mucho más tarde abrí.

Pero todo esto es literatura. Nunca nada se movía en aquella biblioteca inmóvil; nunca llegó algún libro nuevo y nunca salió ninguno de allí.


Excepto las novelas de la Colección Bravo Oeste de la editorial Bruguera. Éstas sí eran leídas, profusa y vorazmente, y en su movilidad rara vez llegaron a reposar de nuevo en la estantería. Para qué vamos a engañarnos: era lo que realmente se movía - atribuciones fantásticas al margen, como las de un pariente con pretensiones filológicas que afirmaba haber leído todo el Quijote de Avellaneda, que se guardaba, intonso, en un estante de arriba.

Todas las semanas llegaba alguna novela nueva de aquellas de la capital. O a veces del quiosco del lugar cercano, donde se practicaba la suerte del intercambio: dos obras viejas por otra sin leer - y una pequeña remuneración. Nada más llegar a la casa desaparecían, requisadas, para resurgir más tarde en los lugares más insospechados: en los bolsillos de alguna pelliza; en la guantera del coche; entre las tablas del desván... El formato era único y los títulos semejantes: Dispara o muere, La ley del cáñamo, Un forastero ha llegado, De camino a Wichita... Los autores debían de ser varios también, pero evidentemente era Marcial Lafuente Estefanía el más prolífico, y el más solicitado. Su sencillez - no creo que llegara a figurar en toda su historia una sola oración subordinada - era absolutamente eficaz. Sus temas también. Había un forastero que entraba en el peor momento y su llegada era el presagio de que todo iba a cambiar. Era siempre muy alto - "medía más de seis pies" era la frase que buscábamos, hasta encontrarla, en cada novela nueva - y, como puede suponerse, poco locuaz: su revólver hablaba por él. Había siempre un salón, y un rancho aislado y unos malvados procaces - encima.

Había otros autores. De ellos sólo recuerdo - o sólo teníamos en cuenta - a Keith Luger y a Silver Kane. Eran algo más complejos, más perversos quizá también. Luego, poco a poco se fueron mezclando los géneros, y la novela de pistoleros fue perdiendo su pureza.


Aún recuerdo la tarde en la que alguien abrió una novela nueva - de portada exótica - y con cierto asombro nos leyó:

- Mirad lo que pone aquí: "El forastero desenfundó con una mano antes que nadie se diera cuenta. Con la otra le quitó las braguitas rosas". Nos quedamos perplejos -y extasiados, quizá. Los géneros comenzaban a mezclarse, todo se confundía, y aquello era el final de una época, sin que ninguno lo supiera entonces.

 

lunes, 24 de octubre de 2016

la música de Europa

  

"Tuve la fortuna de escuchar a la pianista Martha Argerich este año en el Festival de Música de Bervier. Interpretó el conocido concierto en la menor para piano y orquesta de Robert Schumann. Aunque había oído la obra en diferentes versiones, ese día, conmovido, pensé que era la mejor interpretación que había escuchado jamás. Y que nunca la volvería a oír así.

No soy exactamente, como tú sabes, un erudito musical. No estoy haciendo algún juicio de valor. Creo recordar que Claudio Arrau o Wilhelm Kempf, entre otros, lo han interpretado. O un desconocido pianista local en la sala de conciertos de mi Coimbra natal cuando yo era pequeño, en una mañana que tampoco he olvidado. No sé hacer juicios estrictamente musicales. Pero esa noche sentí que nunca lo iba a volver a oír.

Fue en cualquier caso  una interpretación memorable. Y durante la misma me sorprendí repitiendo una frase que acudía una y otra vez a mi mente: "Europa se muere". No me lo preguntes. El concierto se repetía en el Festival y yo decía de nuevo: Europa se muere.

No hay definiciones esta vez. No las hay según el tradicional esquema de la metafísica del verbo "ser". Pero me gustaría anotarte las mías, a raíz del mismo.

Esta música es un salón de baile en la Baja Sajonia. No he estado nunca en él. Pero conozco perfectamente la sala, las lámparas de cristal sobre la tarima de madera y las mesas con manteles blancos. El salón está repleto de gente que baila a pesar de todo. Fuera es de noche y un viento helado bate los soportales de la ciudad, ya cerrados.

Esta música nombra la retirada de las tropas otomanas frente a Viena.

Es un café en la ciudad alemana de Essen adonde entré una tarde incierta; el aroma a hojaldre, el humo del café y la cofia negra de las camareras, que atendían en silencio.

Un palacio barroco en Salzburgo, cerrado frente a la lluvia y la oscuridad.

Esta música es una conversación mantenida en un estudio de París en el distrito XV, hace ya tantos años. Era otoño también.

Un paseo por las calles de Chartres, la nieve y las luces, una noche de invierno a la salida de la catedral.

Esta música es la sensación de lo que termina. Y a pesar de ello tiene lugar la música, el concierto.

No me preguntes por el significado de "ser" en esta ocasión. Tú y yo ya hemos hablado en otras ocasiones de ello. Sólo quería apuntarte unas definiciones esta vez - que no saben nada de la identidad.

Regreso estos días a Guarda. Está lloviendo sin parar. No voy a volver a escuchar el concierto".


       -  de   Antonio Andrada      Cartas del autor  ( en Poemas completos)    ed. Castelo Rodrigo, Guarda, 1996.



lunes, 26 de septiembre de 2016

highlands



"Un paisaje extremo. Un horizonte de colinas remotas, rocas grises sobre el verde, cercas de piedra arruinadas - y el viento, constante, que llega del mar, tan distante como la propia tierra.

Un paisaje tan remoto que hace pensar en algún tiempo anterior - en el que podrías decir: "Yo estaba aquí". Pues ésta es una de las características de la rara belleza: que nos remite a un tiempo anterior. Al instante exacto del pasado. Siempre anterior".


       -    Neil Mc Intyre      Back to the Highlands          Edinburgh, Galway Press,  1972

martes, 16 de agosto de 2016

Plaza Monastiraki


En la esquina de una calle cercana a la plaza Monastiraki, un músico de barba cana interpreta una y otra vez el arpegio inicial del Starway to heaven de Led Zeppelin. Desgreñado y con aire de vino secular, improvisa luego variaciones sobre la voz de Robert Plant, y hay algo en el solo de guitarra que nos hace intuir que este sileno, mezcla de Pan y Allen Ginsberg, alguna tarde actuó en una sala de la costa o en un club de rock progresivo. O figuraba de telonero tal vez en una de las primeras actuaciones de los Aphrodite´s Child, cuando irrumpieron en Cannes.

La ciudad, Atenas, se presta a ello. En la calle de Dioniso Aeropagita - de neoplatónica resonancia - un vate absorto interpretaba un viejo tema de Crosby, Still y Nash -el Teach your Children. Sobre la populosa plaza Monastiraki, repleta de ociosos, otro poeta oscuro repetía, como un salmo, los acordes del Redemption song de Bob Marley... Y había una suerte de seguridad en la interpretación de los antiguos himnos que hacía pensar que, a despecho del mito de la California de los 70, ésta, Atenas y sus calles, son el último refugio de un sueño lento y como narcotizado. De un mito con algo de viaje psicodélico, días de sol, los solos de guitarra de Jimmy Page, el viaje a una isla y nada que hacer en absoluto, excepto repetir la fiesta de anoche.

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Desde la esquina de Plakas hacia el Museo Paullos and Alexandra Kanellopoulou - la Acrópolis en lo alto - una vestal morena toca, absorta y metódica, una suerte de melodía ritual en una especie de xilófono: continua, lenta, obsesivamente. Las variaciones sobre el tema sugieren una liturgia monótona e interminable. Como lo es en general la liturgia griega, refugiada en su persistencia a despecho de los asaltos de la ortodoxia romana, primero. De la cuestión de la mera supervivencia tras la desaparición del Imperio Oriental, después; de la larga ocupación turca, más tarde.

Sobre esta calle, Dioskouron, en sombra bajo el foro de Hadriano, no cruza apenas nadie. Los turistas se alejan en dirección a los cafés de la plaza Kadou. La musa absorta prosigue su terco rezo. Es morena, distante, muy guapa. Cuando me acerco por fin y deposito unas monedas en la tela debajo del harmonio apenas me mira. Hace un gesto para sí como pidiéndome que le agradezca el honor de haber permitido acercar mi óbolo hasta su altar. Nos alejamos, un tanto melancólicos, con un cierto desconsuelo.
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La vida en la calle. Sólo siglos de luz y de palabras - y un calor mitológico - pueden haber creado esta sensación de la calle, la plaza, la taberna y el mercado como el lugar de la vida.

Sobre el pasaje Hadrianos, abarrotado, con toldos y tenderetes a cada paso, hay al fondo unas ventanas cerradas, unos edificios en silencio que nadie advierte. No hay nada que advertir. Toda la gente, todos los ruidos, los olores, las esperanzas, están aquí abajo. Sobre la acera, bajo el calor del verano, inmisericorde.
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Un calor antiguo, sin matices.

Frente al Museo Arqueológico Nacional se abre la amplia explanada. Al fondo, la avenida 28 de Octubre - fecha en la que se conmemora el rechazo del dictador Metaxás al ultimátum de Benito Mussolini, que dio lugar a la entrada de Grecia en la Segunda Guerra Mundial - muestra algunos edificios neoclásicos, otros de un estilo ecléctico de fin de siglo... Los restos de una arquitectura burguesa tardía que hablan del resurgimiento de Atenas tras la independencia del Imperio otomano.

Hay una parada de autobuses, otra de taxis frente a la fachada del Museo. El calor seca los escasos árboles que la respaldan a un costado, y semeja ciertamente improbable que nadie se pueda sentar en la terraza vacía que aguarda sin sombra sobre la acera. Cruzar la explanada parece una tarea imposible. Una pareja de inglesas pálidas, armadas con sombreros de paja y guías de viaje, lo lleva intentando desde una época ancestral, semeja, y nadie sabe si por fin van a conseguir escapar de su desierto estival. Sentado en las escaleras, tras una mañana pasada entre ídolos cicládicos y diosas antiguas, pienso que no voy a cruzar nunca la calle. Esperaré a que venga el invierno de nuevo.

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La vida sigue en la ciudad. Hay algo fascinante en el caos de una capital en verano.

Frente al Arco de Hadriano, en las calles inmediatas al barrio de Plaka se agrupan los turistas y los atenienses a mediodía. Salen y entran de los locales de comida barata - ensaladas en recipientes de plástico; yogures y frutas en un vaso; frutos secos en cucuruchos de papel. Se sientan en la acera, en las sillas de las terrazas, en unos bancos de la parada del autobús... El calor crece por momentos. Los turistas hacen un alto en su tránsito geométrico. Los atenienses, no. Se sientan, miran alrededor, hablan entre ellos con voz pausada. En verano no ocurre nada y semejan saber no esperar nada, mirar el día sin accidentes... Es posible que tampoco ocurra nada en invierno.

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Una imagen me tenía fascinado, estos días. Era la del país donde - a despecho de su fama - hasta el siglo XIX no llegaba nadie. Nadie llegaba hasta una Grecia apartada y sin caminos y bajo la dominación otomana. Toda la evocación obsesiva del arqueólogo Winckelmann - y la noción en cierto modo sistemática del arte como repetición del arte griego - la efectúa éste desde Italia, desde las bibliotecas de los principados alemanes. Nunca pensó en alcanzar Grecia. Tampoco lo pensaron Goethe, ni Lessing, ni Poussin, ni Piranesi, ni van Heemskerck... Ni siquiera Antonio Canova. Cuando este último descubre los originales griegos lo hace en Londres, recorriendo las salas del Museo Británico. (Declara entonces que tendría que haber nacido de nuevo, después de haber contemplado los frisos del Partenón).

También lo pensaría, un siglo más tarde, Ernest Renan. A su regreso de un viaje por Alejandría, Beirut y Esmirna, visita Atenas. Sus lugares de meditación hasta ese momento habían sido los de una Bretaña tradicional primero; su personal interpretación del cristianismo más tarde; las revelaciones en el valle del Jordán.

Cuando descubre Atenas escribe:

"Cuando vi la Acrópolis tuve la revelación de lo divino (...) En ese momento el mundo entero me pareció bárbaro".

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Precisión de la distancia. Friedrich Hölderlin nunca conoció Grecia. De hecho apenas salió de su entorno, su Tubingia natal. Un viaje a pie hasta la región del Garona le sirve para pensar que ha aprehendido la región meridional. "Un signo - escribe - es suficiente para el que anhela". Estos días, a saber por qué, recordamos su emocionada evocación griega. En el poema en hexámetros El Archipiélago, cuando pregunta:

¿Vuelven las grullas hacia ti?¿Y dirigen de nuevo
hacia tus orillas su rumbo las naves ?¿Acarician
brisas propicias tus olas tranquilas?¿ Y solea el delfín
sus lomos a la nueva luz, atraído desde lo profundo?
¿Florece Jonia?; ¿Es ya tiempo?, pues siempre en primavera
cuando a los vivientes se les renueva el corazón y despierta
en el hombre el primer amor y el recuerdo de los tiempos dorados ...

Fascinación de lo lejano... Paseando por una Atenas ruidosa, llena de gatos y sillas y mesas en la calle, recuerdo la primera vez que alguien nos descubrió el poema de Hölderlin. Era en el Rastro madrileño, un domingo caluroso de verano a su vez. En medio de la multitud y los puestos de pachuli e incienso orientales Armando leía plácidamente a Hölderlin, su fervorosa descripción de una Jonia remota. Y a la vez, el lugar más cercano.

No sé si el recuerdo de el Rastro madrileño, los puestos de incienso y la lectura absorta de Armando tiene algo que ver con estos días, estas calles. Quizá no.

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Contemplación de la Acrópolis, el Erecteion a lo lejos, al atardecer.
- Es el origen de Europa, ciertamente.
- ¿Por qué?
- No lo sé. Lo siento así.
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También en verano puede darse la desolación.

Apuntaba el escritor irlandés Patrick Leighton en su libro de relatos sobre los Balcanes A Journey to Belgrade:

"Llegué a Atenas una tarde de domingo, en el agosto de 1952. La ciudad estaba medio vacía y un calor húmedo aplanaba las calles.

Sin ninguna dirección anotada, me dirigí hacia un hotel del que me habían hablado en Sofia. Se encontraba en el barrio inmediato a Sintagma, en unas calles traseras. No había gente por la calle. En la acera los gatos hurgaban en los cubos de basura. Una mujer hablaba sola, unas esquinas más allá. No vi a nadie más.

El portero, en la entrada, me alcanzó la llave. Estaba escuchando un programa de radio y volvió a ocultarse al pronto detrás del mostrador.

En un pasillo alto, más allá de un trastero, se hallaba la habitación. Estaba abierta. No tenía más ventana que la que daba a un pequeño respiradero, una reja sucia desde la que se adivinaba el cielo. Una colcha rosa sobre la cama, una lámpara mortecina en una mesilla, una alfombra gastada en el suelo. Eso era todo.

Me senté en la cama. Después de todos esos meses pensé que nunca había estado en un lugar tan apartado, tan triste".
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Había que cruzar luego unas calles como de mercado antiguo para llegar al restaurante que un profesor de semíticas, antiguo compañero de la Sorbona, había recomendado vivamente a Marianne. Había una tienda de antigüedades que parecía inalcanzable tras los restos de metal, y unos divanes viejos que abarrotaban la acera. En un patio, repleto de motocicletas y muebles viejos, se abría, entre los restos de la chatarra y unas fuentes de hierro en desuso, la puerta del local. Era ya de noche cuando llegamos. Era muy oscura, y ventosa. Subimos entonces a una terraza fresca donde habían colocado las mesas bajo unas sombrillas de tela. El aire, agitado, hizo retirarlas al poco, y nos quedamos entonces en una especie de velador estrecho bajo las estrellas y el cielo de Atenas.

Frente a nosotros, se levantaba solemne la colina de la Acrópolis. Semejaba lo único inmóvil en la noche airada, el viento que hacía levantarse los manteles, golpeaba los toldos, hizo volar el sombrero de uno de los comensales hasta perderse en la calle oscura, debajo. Frente a las ruinas del Erecteion, de otro pórtico que no supe nombrar, creo que comenté en algún momento a Marianne que aquello semejaba, de alguna manera, el origen de todo. “Así que todo era cierto”, le dije. O algo parecido.

 Frente a la evidencia de los templos, su cercanía y la persistencia en lo alto de la colina, el peso de lo real de aquellos pórticos, frisos, columnas y frontones, el clasicismo surgía de repente como una certeza frente a la desolación, la continua devastación de los bárbaros. Estábamos muy lejos, pensé de pronto, de la sombría Lusitania, sus negros montes, la niebla que cubre siempre los valles.        

La noche, más tarde, se hizo muy fresca. Bebimos unas copas de ouzo, el fuerte aguardiente griego. Regresamos luego por unas calles estrechas, que el vendaval y un amago de tormenta había dejado vacías.
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Lo que resta tras la calma.

En un paseo por las afueras de la ciudad hablamos con el taxista sobre la guerra y la ocupación alemana. Cuenta sobre ellas, sobre la resistencia y la feroz represión. No puede ser su memoria, pienso, porque es demasiado joven. Pero hay algo absolutamente sólido, real en lo que cuenta y siento, de algún modo, que es una memoria colectiva, que aún permanece.

El verano es la época plana, sin accidentes. En esta ciudad una historia tan desdichada surge de pronto detrás de la lasitud del día. La memoria la nombra detrás de la transparencia, un presente sin relieve bajo el sol de agosto.




lunes, 8 de agosto de 2016

Playa de la Albufereta




En las afueras de Alicante, sobre la nueva carretera a Campello, persisten aún los restos de un antiguo alfaz. La finca, de un color tierra más oscuro que el campo, los solares que la rodean, guarda esa disposición entre urbana y rural que poseían estas casas en las afueras. Donde se mezclaban los amplios almacenes para guardar la almendra con una despejada terraza sobre el porche para tomar el fresco a la tarde, y aún alguna alberca cercana, de uso estival. Está bastante cuidada. Su presencia, entre las rotondas de asfalto, las vías del tren de la costa y una explanada vacía donde se sitúa un gran centro comercial, es, aún, una marca del antiguo verano.

No hay más. El resto son carreteras de circunvalación, puentes hacia la playa, un descomunal cauce de cemento del río que nunca lleva agua y en cuyos márgenes proliferan las matas secas; un como campo de fútbol clandestino, el esqueleto de una barca que nadie sabe cómo fue allí a parar.


Relatos del calor

Alguien lo habría escrito, pensé. El día estaba inmóvil encima del puerto y un calor húmedo, sin matices, se abatía sobre la ciudad. Al volv...

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