viernes, 6 de enero de 2012
Arquitecturas efímeras
Catálogo.
La churrería de la calle Nicaragua.
Monumentos de un día, templos efímeros, trofeos fugaces... Si en algún momento la arquitectura ha servido alegremente a su cometido, libre de la solemnidad - y de las ordenanzas municipales - uno de sus lugares más inmemoriales - fugaz la memoria también - ha sido la churrería de la calle Nicaragua.
Se levantaba en esa fecha imprecisa que es la llegada de los fríos. En ese lírico instante aparcaba la furgoneta frente al solar en la esquina con la calle Puerto Rico y allí asentaba su poética sustancia hasta la primavera siguiente
Nada sobraba ni faltaba en ella. Desde el funcional cartel anunciador - "Churros Feli"- que cumplía a distancia su cometido simbólico, hasta el protector toldo de zinc, el escueto mostrador metálico y un remedo del constructivista Monumento a la III Internacional en forma de artilugio churrero en la esquina de la barra. Cumplida su función social y emblemática, la caravana cerraba las puertas hasta la madrugada del día siguiente. Era un consuelo saber que, a despecho de la oscuridad y las sombras, la churrería seguía allí, frente al solar, vigilante e insomne.
Ahora todas han desaparecido, suplantada su monumentalidad por alguna cafetería cercana e insoportable. Dios nos proteja del énfasis. Y de los planes modernos de urbanismo.
El solar de la E.M.T.
El urbanismo moderno no puede soportar el vacío. Ni la indefinición.
Pero hubo un tiempo en que allá por el barrio del Santamarca aún existían los solares - y las quintas de las colonias de la pre-guerra. Uno de estos solares, el más funcional, estaba situado frente a la calle Ramón y Cajal, bajo las cocheras de los autobuses de la E.M.T.
Territorio vacío e indefinido, el solar estaba parcialmente rodeado por vallas. Pero eran vallas finalmente simbólicas - al modo de esas puertas en medio del campo que no abren a ninguna parte - porque en cuanto rodeabas la calle se podía acceder a él.
Además de su función ceremonial, la valla del solar cumplía otra misión. Y era que protegía de las miradas de la acera los encuentros y las tardes que allí dentro tenían lugar.
Tampoco era para tanto. Pero un solar acotado bajo las cocheras de la E.M.T. permite ritos urbanos como encender una hoguera en invierno, llevar música de los Doors en un artilugio móvil, preguntarse por el tiempo cíclico y amenazar a los demás con leer una traducción de "The lamb lies down in Broadway" - el recitativo de Peter Gabriel - a los presentes. Actividades todas que, francamente, nunca hubieran sido lo mismo fuera del solar cerrado.
Alguien puede decir que qué hace un solar, precisamente un espacio marginal, vacío y sin arquitectura, en un repertorio de ésta. Pero eso es porque no ha leído el "Elogio de la sombra" de Tanizaki, ni ha comprendido el papel de los márgenes en la urbe - y del paraíso, jardín cerrado desde siempre .
La casa con un jardín en la cuesta.
Nunca he visto la casa que tenía un jardín en la cuesta. La cuesta al parecer enlazaba en tiempos la calle Serrano con el paseo de La Castellana, allá por arriba del Paseo del Cisne. Siempre hemos conocido el paso elevado que unió, por encima del desnivel, el bulevar de Juan Bravo con la calle Eduardo Dato. Debajo de éste, como es notorio, se instaló un ordenado parque de esculturas modernas, que incluía a Sempere o Chillida, Alfaro y Manuel Rivera, Palazuelo o Torner. Una cascada inspirada por el geometrismo abstracto hacía un ruido del demonio, aumentando el fragor de los coches que pasaban por encima. Pronto fue eliminada - la cascada informalista, no los coches. Siempre habíamos pensado que el origen era ese: los puentes elevados para unir las vías de circulación y el informalismo abstracto.
Pero un buen día, G., que había nacido en el barrio, me contó que, antes del scalextric - o sea, antes de la Creación - aquella zona habían sido unas calles en cuesta y en curva, sombrías y destartaladas, llenas de árboles y de jardines, en las que a la mitad - o en una esquina de la cuesta - se erigía una misteriosa quinta, con un parterre seco y las ventanas cerradas.
Nunca pude conocerla. Desde entonces sueño con nostalgia con la casa con un jardín en la cuesta. Antes de la llegada de la geometría a la ciudad.
Casa Carretero
Una taberna que se precie huye del funcionalismo como de la peste. Su territorio está lleno de espacios vacíos, a trasmano, inútiles y en sombra. De comedores en penumbra y de trasteros que nunca se han usado. O de una sala que se abrió cuando la coronación del rey Alfonso y desde entonces aún está esperando al siguiente. Si el público está incómodo que se vaya a otra parte.
También huye de la eficacia económica. Su actividad es una presencia ceremonial y litúrgica, en cierto modo. Inútil e ineficaz - las tabernas marcaban la ciudad cuando ésta aún nada sabía de la Declaración Universal de la Renta.
Casa Carretero estaba situada, como todo el mundo sabe, en la esquina de la calle Orellana con la de Argensola, inmediata a la Plaza de la Villa de París. El primer día que entramos en el bar nadie nos sirvió nada. Cuatro parroquianos hablaban en voz baja y el tabernero, que era soriano y cojo, ni nos miró siquiera. Nos tuvimos que marchar. (Alguien contó, pero es posible que se trate de una leyenda, que en una de esas primeras intentonas al preguntarle al mesonero que si le podría poner dos vinos, éste le contestó: "Aquí no hay vino". Es posible que sea una hipérbole).
Una taberna llena de habitaciones en sombra en la trastienda, con veladores de mármol, vacía a excepción de cuatro iniciados - sorianos todos, por lo que supimos más tarde - y con un mostrador luminoso con botellas de la época de Numancia, no la íbamos a dejar escapar así como así. De manera que regresamos.
Un ritual de iniciación tabernario - anterior a la época de la Bauhaus - requiere de ciertas leyes, precisas e inexorables. Las cumplimos todas, creo. La primera es nunca intervenir en la conversación de los parroquianos con el tabernero. La segunda, esperar pacientemente a que el oficiante nos pregunte si queremos tomar algo - operación que puede demorar un tiempo anterior a la época de las vanguardias. La tercera, no sentarse de momento. Las mesas, aunque vacías, estaban silenciosamente vedadas a todos aquellos que no pertenecieran a la Logia. La cuarta, medir la propina al marchar - ni por exceso, ni por defecto. Pagar sin retórica y decir buenas noches al salir. Todo teatro es excesivo.
Al final, todo acaece, según las leyes del rito, no de la Necesidad. Así, no hablaré del día en que ya nos sentamos en los taburetes, de la mesa de la esquina que ocupábamos cotidianamente, de la invitación a vino a la que un día el sacerdote celtíbero nos agasajó... Ni de la tarde, ciertamente memorable, en que Doña Concha, su mujer, sacó unas raciones de callos a la barra - sólo reservadas para la Guardia Real - y nos invitó a probar.
De las salas reservadas de atrás, de la cocina iniciática, de los trasteros con sillas, de las sombras de la noche, nada diré tampoco. Era una época en la que a la ciudad todavía no había llegado la Inspección Municipal, y la diosa Necesidad - en forma de franquicia hostelera - aún no había sentado sus reales en ella.
jueves, 5 de enero de 2012
Deletum Architectura
Consultado un catálogo de edificios madrileños, editado el año anterior por el Colegio de Arquitectos, éste resulta ser en el fondo un catálogo de destrucciones. Ésta, la devastación, es una historia permanente: desde el final del Bajo Imperio hasta las guerras francesas; de la ruina del Templo de Jerusalén por las legiones de Tito al saqueo de San Pedro de Arlanza por las huestes de Almanzor... Particularmente sangrante resulta, sin embargo, la desolación reciente producida por una época sin ley que abarca las décadas del desarrollismo, desde los años 60 hasta casi finalizado el reciente siglo.
La historia es ampliamente conocida. Bajo el emblema del hormigón y del bloque exento, hordas de alcaldes, concejales municipales y constructores enfebrecidos arrasaron el horizonte de las ciudades españolas - y el de la costa, y el de la comarca del Ampurdán - al grito nihilista de: Ni Dios, ni Patria, ni Rey, demoliendo todo lo que alcanzaba la huella de sus niveladoras.
En Madrid los ejemplos más relevantes son de sobra conocidos. Notorio es el caso de la demolición del palacio de Medinaceli - para construir la cafetería Riofrio - o el otro del Marqués de Larios, en el solar donde hoy se levanta el Hotel Villamagna. La voladura de la Casa de la Moneda, para colocar un páramo invertebrado con pedruscos en el centro de la ciudad. O el destrozo de los bulevares, - de Sagasta, General Mola o la calle Velázquez - para poner unos semáforos en su lugar. La desaparición del barrio de Pozas para inaugurar un flamante Corte Inglés en Argüelles. La de los hoteles en torno al hospital de Maudes. La destrucción del Frontón Recoletos para erigir la discoteca Alquimia. La de la gasolinera de Porto Pi o los ascensores de la plaza del Callao, de agitado recuerdo... Etcétera.
Estos casos son bien conocidos y aparecen en el catálogo del Colegio de Arquitectos perfectamente documentados. Un tanto sorprendente resulta, sin embargo, la exclusión de otros monumentos ciudadanos, quizá menos notorios, pero cuya desaparición no deja de ser menos escandalosa por ello.
Consultada la relación en una encomiable tertulia madrileña alguno de ellos podrían ser - y los citamos para la relación del escándalo, en primer lugar, y para su inclusión en un futuro inventario del Colegio de Arquitectos, en segundo - los siguientes:
- El chiringuito de la esquina de Serrano con la calle Doctor Arce. Monumento pétreo con algo de escurialense, a despecho de sus modestas proporciones, su estrecha barra rosácea nos ha proporcionado más de un invierno el inapreciable consuelo de un café humeante y algo agustino también, mientras afuera, en las calles, corría el cierzo.
Es de notar que al chiringuito tenían acceso los fieles por sus cuatro fachadas, delimitando así un espacio geométrico y enfrentado, de espíritu racional y monoteísta. (Alguien habló de su innegable ascendiente herreriano una mañana). Los parroquianos se contemplaban frente a frente, apoyados en la barra, en perfecta regularidad y simetría, mientras, fuera, hacía un frío de aúpa.
Ha de notarse igualmente que, al igual que en el espíritu del templo clásico, el chiringuito era todo exterioridad y fachada simbólica, careciendo de relevancia el interior, al que en realidad sólo tenía acceso el camarero, hierofante moderno que nos servía el café - o el orujo en el caso de que los feligreses pertenecieran al gremio de la construcción.
Una mentalidad reduccionista ha suprimido todos los chiringuitos de Madrid. Qué bárbaros.
- Los billares de la Plaza de Cascorro.
Ocultos en un enigmático edificio que hacía rotonda con la calle Duque de Alba, sobre el Café de la Bobia - esa es otra - había que entrar por un portal sin señal alguna para acceder al Sancta-Sanctorum de los billares, situados en un primer piso. Nunca supimos el nombre, si es que lo tenían.
El portal jamás estaba iluminado y siempre estaba abierto. Nadie hubiera reparado en él, sin embargo. Sucio, y con signos de estar abandonado, había que ascender por una sombría escalera sin bombillas ni orientación alguna sobre sus polvorientos escalones. Una puerta cerrada y silenciosa, a la derecha del primer descansillo, daba acceso al Paraíso.
Semi-esférica, como correspondía a su plano enigmático, la sala de billares se abría detrás de unos amplios - y no muy nítidos - ventanales, desde los que los jugadores contemplaban el mundo abajo. Esto es, la Plaza de Cascorro, la trasera de la catedral de San Isidro, y el cruce de la calle Duque de Alba con la de los Estudios. Tenían algo de deambulatorio peregrino o girola profana. Las mesas, por otra parte, eran excelentes y antiguas, el dueño, sosegado y escéptico, y el juego, serio, circular y contemplativo, como correspondía a la arquitectura de aquel templo mitraico .
Ahora ha desaparecido y en su lugar se erige una tienda de telas y confecciones al por mayor. El diablo los confunda.
- Billares Brunswick
Situados en la Calle del Prado, señoriales y alemanes, los ventanales mostraban apenas el interior velado, adornado con solemnes lámparas de bronce y falsos dorados. Un supuesto entablamento de escayola y oro igualmente en las paredes, donde, en armarios de la época del mariscal Moltke, se guardaban bajo llave los tacos. Fotografías de antes de la guerra muestran el mismo local, sin apenas variaciones, en los años de la Dictadura del general Primo de Rivera. (Cela, en su novela "La colmena" aún los citaba ubicados en la posguerra madrileña: "La Fotógrafa y El Astilla se fueron, muy cogiditos del brazo, por la calle del Prado arriba, por la acera de la izquierda, según se sube, donde hay unos billares").
Cuando nosotros comenzamos a acudir, nunca había nadie. A excepción del dueño, un alemán taciturno y reservado, que nos pasaba los tacos y la tiza en silencio. Jugábamos en voz baja, mimetizados con la solemnidad y el lamento por la decadencia del Imperio Prusiano que impregnaba el local.
Ahora es un restaurante colorido de comida para turistas del barrio. Nunca hay nadie, tampoco.
El bar de los Caracoles de la Plaza de Progreso.
Alguien debería conservar estos monumentos para la eternidad. Pero desde que el nihilismo se instaló en la Sociedad de Naciones, nadie es capaz de pronunciar - ni descifrar - frases como "una unidad de destino en lo universal", "Occidente se encamina hacia su consumación" o "Por quién me ha tomado usted...". Ni cosas por el estilo.
La taberna de Progreso, esquina a la calle de la Colegiata, era irrepetible. Había que bajar unos sinuosos escalones para acceder - si te dejaban - a la pequeña barra a la derecha, de madera colonial y mostrador de zinc.
El menú era único: tinto y caracoles. Te los servía un camarero silencioso en la barra, mientras su hermano recorría furiosamente las mesas con un trapo incansable. Te sentabas en la sala del fondo, con dos o tres mesas y taburetes sin respaldo, de madera noble e impoluta, y mientras intentabas trasegar el vino - de Arganda, aguado - o los caracoles, excelentes, ya el hermano te vigilaba en silencio con la mirada. Y acudía gruñendo y rugiendo quizás si dejabas una sola mancha en la mesa impecable. Mácula que inmediatamente procedía a limpiar... Qué demonios querría que hiciéramos con la salsa que se derramaba de la cazuela de tan sublime simposio...
Los hermanos mantenían la oscura taberna siempre inmaculada, y agradecían en el fondo cuando te marchabas. Irrepetible lugar, ahora absorbido por el tsunami de los almacenes al por mayor.
El tiovivo del Parque de Berlín.
Situado en la esquina de Puerto Rico con Ramón y Cajal, el tiovivo descansaba permanentemente en una pequeña plaza sin asfaltar frente al Parque de Berlín, por un lado, a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (la del sombrero mejicano) y a la entrada de la colonia de la Ciudad Jardín por otro, - otra joya del Madrid de preguerra que el sueño de posguerra había conservado aún .
En medio de la monotonía de la arquitectura moderna, un tiovivo en un descampado es un motivo de gozo urbanístico, con su apuesta por la feria y los coches de colores - y los unicornios azules, y los delfines manchegos - frente a la tiranía del hormigón, los nuevos barrios y las hamburguesas calientes.
Nunca supimos qué horario tenía el tiovivo. Giraba según y cómo, pero a veces giraba y los alumnos del Colegio Santamarca daban vueltas en él a las horas intempestivas que su caprichoso dueño concedía. No dependían éstas de la estación ni del tiempo sino de algún otro ritual más oscuro y secreto. Porque lo hemos visto desplazándose a mediodía en plena canícula, a una hora que no cruzaban la calle ni los perros. O, por el contrario una memorable mañana de enero, en que todo el barrio apareció cubierto por la nieve.
El tiovivo rodaba, permanentemente y sin objetivo y, mientras, una música de feria, siempre la misma, giraba también con los caballos. Además había al lado un puesto de palomitas, de azúcar en rama y de regalices disparatados y de colores fosforescentes .
Una ordenanza moderna lo suprimió hace unos cuantos años. El nihilismo y la ideología de los seguros de vida llegaban al barrio, finalmente.
martes, 3 de enero de 2012
Tosei en Lugano
Por la mañana acostumbraba a pasear por la orilla del lago hasta llegar al Hotel de Como, en donde tomaba un café y leía la prensa, que le llegaba desde Italia. Sentado en la terraza que se abre en la riva, esa última jornada estuvo conversando un cierto tiempo con el doctor Francesc Orthez, también habitual del lugar. Hablaron largo rato y, según dicen, discutieron a propósito de alguna petición del doctor que los testigos no lograron entender.
Monsieur Orthez, según cuentan otros informantes, antiguo galerista y coleccionista de arte, se encontraba en esos momentos completamente arruinado. Había dirigido, entre otras, una conocida galería en Ginebra, cuyas inauguraciones aún se recuerdan en la ciudad. Desaparecido en algún lugar del Mediterráneo durante los últimos años, había regresado a Lugano hacía poco tiempo intentando vender a los coleccionistas y viajeros del lugar ciertos cuadros de su propiedad, con escaso resultado. No se sabe dónde vivía, aunque algunos aseguraban haberle visto en las inmediaciones del Refugée, un albergue para transeúntes situado en la trasera del mercado de la ciudad.
Al poeta Tosei, antiguo conocido de la época de Ginebra, y con fama de coleccionista de obras de arte, exquisitas según se decía, le propuso no se sabe qué compra u operación, que el poeta rechazó todas las veces. Luego, Ishida abandonó el hotel, donde quedó el antiguo galerista bebiendo y murmurando a solas. Alguien comentó que éste se había marchado más tarde sin pagar las consumiciones.
Tosei se dirigió a continuación a la conocida librería Blasques, en la trasera del Hotel Bellevue.
El poeta estaba, según hemos sabido después, también arruinado. En Blasques, librería de lance de donde durante muchos años había sido cliente habitual, le habló al dueño, el francés Claude Levi, de la posible venta de un raro manuscrito japonés del siglo XVIII que aún conservaba en su poder, por herencia familiar probablemente .
Se comentaba en la ciudad que Tosei poseía algunas primeras ediciones de Takuboku, junto con una serie de litografías de Hokusai. No se sabe qué le ofreció exactamente al anticuario judío. Pero Levi le informó de que era realmente un mal momento para colocar en el mercado los originales, porque hacía tiempo que nadie compraba edición antigua de ninguna clase.
Cuando Tosei le informó de que estaba dispuesto a rebajar el precio hasta la cantidad de 3000 francos suizos, Levi sonrió un instante y le dijo que ni por la mitad estaría nadie interesado en adquirirlos. "Hace diez años hubieran costado el triple", comentó Ishida, tristemente.
A continuación, según parece, Tosei marchó a la galería Comunale. Proponía allí la venta de algunas ediciones raras de grabados, del americano Cy Twombly o del japonés Nagasawa, que aún conservaba. En la galería le recibieron amablemente y le invitaron a un té - lo que el poeta agradeció, en la mañana nublada, a orillas del lago - pero le dijeron que de ninguna manera estaban en situación de comprar algo, sino más bien de intentar vender los numerosos fondos gráficos que en la década anterior habían adquirido, y que no había manera de saldar en los últimos años .
No se sabe dónde marchó a continuación el poeta Tosei. Solía acudir a mediodía a la trattoria de Enzo Scalfa, en la rue des Italiens, con quien tenía una cierta amistad. Pero en el restaurante comentaron que hacía varias semanas que no le habían visto.
Según hemos sabido después, días antes aquél había recibido la noticia de la incautación final por parte del Gobierno Imperial de las propiedades de su familia, en la isla de Shikoku. Eran las últimas posesiones de los Tosei, antigua familia de samurais, y después de un larguísimo pleito el Concejo de las Islas finalmente había adquirido la plena propiedad, sin otorgar ninguna indemnización a cambio. Aún se debían las costas del proceso.
Hacía muchos años que el poeta había abandonado su país.
Después de recibir la noticia de la pérdida de las últimas propiedades familiares Tosei recordó vagamente las estancias veraniegas en Shikoku, el palacio en la colina y una familia que incluía abuelos, primos, tíos, cuñados y sirvientes de generaciones anteriores. Él, había abandonado las islas al terminar sus estudios y nunca había regresado al Japón. Pero no por eso dejó de evocar con cierta nostalgia un escenario que en cierto modo siempre había permanecido en su memoria.
Ahora ya no existía, y con ello - y unos pisos, y unas fincas, que igualmente habían perdido en Osaka - las rentas postreras que aún percibían. Bien es cierto que hacía años que éstas habían comenzado a esfumarse, entre pleitos y ventas apresuradas.
Parece ser que ese mismo día mantuvo una conversación con su antigua mujer, Louise Senzsei, escultora y videoartista, residente a la sazón en Beziers, quien le pidió permiso para vender unas esculturas que le había solicitado el Museo de Montpellier sobre las que aquél aún poseía ciertos derechos. Él recordaba la génesis de aquellas piezas sobre versos suyos, durante una estancia en la sierra de Gredos. Habían trabajado todo el verano, con textos en papel de arroz y fotografías sobre vidrio, en una serie, minúscula y delicada, que en rigor era obra de los dos. Tosei accedió sin ningún reparo a la venta, renunciando a cualquier derecho que aún pudiera corresponderle.
No hablaron de nada más, manifestó la escultora más tarde. Le había solicitado ese día un artículo para el catálogo de la exposición en el Centre du Art Contemporaine de Bordeaux, a lo que aquél había accedido. Nunca había recibido el texto, comentó la artista.
Esa misma tarde Tosei estuvo en la plaza de Via San Gottardo donde se instalan los bouquinistes de Lugano, un remedo de los de la ribera del Sena en la pequeña ciudad. En algún puesto de la plaza saldó tres o cuatro ejemplares de primeras ediciones de Marcelin Pleynet, Roland Barthes o Raymond Roussel, a un precio irrisorio, según ha confesado luego el propio librero.
Aunque el anticuario no quiso decir nada sobre ello, parece que en la venta, ciertamente leonina, se incluían las raras ediciones de los poemas del propio Toshei, ilustradas por el pintor Mitsuo Miura, rarezas bibliográficas que a las pocas semanas han aparecido, firmadas, en la subasta anual de Ginebra.
Después, estuvo algún tiempo en su apartamento de la Riva Vincenzo Vela, donde solía escribir y enviar mensajes por la tarde. La patrona, Sofia Clemarego, informó de que ese día le había extrañado ver la casa iluminada sólo con velas. Pero como se trataba de un poeta japonés pensó que se debería a alguna extravagancia propia de la lírica oriental.
Sus conocidos piensan más bien que probablemente hacía algún tiempo que le habían cortado la luz. Y seguramente también la conexión a Internet, porque durante los últimos días nadie ha recibido ningún mensaje de Ishida. Ni siquiera su editora, la señora De Giuseppe, con la que normalmente se comunicaba a diario. (Poco después la editorial De Giuseppe ha sido cerrada también. Pero ésta es otra historia).
Por la noche asistió a la tertulia habitual de la taberna Bottegone, en el centro de Lugano. Allí se reunía a ciertas horas un grupo habitual y heterogéneo de la ciudad. Entre ellos, el galerista Rivera o el crítico Georges Lambert, antiguos directores de la revista Ricci y asiduos contertulios, que poseían entre otras la rara virtud de que siempre les invitaran a las copas. También estaba Janice Fontenay, pintora y antigua novia de Tosei, a quien éste seguía pagando invariablemente las consumiciones - numerosas, según otras fuentes.
En un determinado momento, cuando Tosei quiso hacerse cargo de la cuenta de Janice - y de la de George, que se había agregado - descubrió que no llevaba ningún dinero encima. El dueño de la taberna, Fabrizio, no le dio ninguna importancia y le dijo que se lo apuntaría para otro día. Tosei, que nunca había dejado nada a deber, dijo algo incongruente acerca de que no era necesario y no se sabe qué más sobre su antigua familia en Shikoku. De repente hablaba de vagas tradiciones y de un confuso relato sobre una expedición militar al Mar de la China. No le entendieron muy bien, pero alguien comentó que era la primera vez que le oían referirse a su país, y más a su familia.
A continuación se marchó de la taberna. Ha sido la última vez que se le ha visto en ningún lugar, perdiéndose su rastro después de esa noche.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Museo Etnográfico
Un raro paisaje en Madrid, por un momento. Pues de repente la ciudad se tiñe de algunos emblemas ilustrados, serenos, en medio del caos cotidiano, ese escenario menesteroso en que consiste normalmente la capital.
No hay obras a la vista. El Ministerio de Fomento posee el aire retórico y aficionado a los emblemas típico del XIX. El Museo al lado, en el Paseo de la Reina Cristina, se abre, tras los escalones sobre la calle, con una portada neoclásica. Al fondo, sobre la colina del parque del Retiro, el Observatorio Astronómico, un instituto científico, una balconada con aire de residencia de estudiantes. Hasta la nueva estación de Atocha tiene un aire metafísico, ausente. Y es un raro ejemplo de simbolismo, de retórica en la ciudad desdeñosa, siempre en precario.
Paseamos por la exposición, por las salas del Museo. Pobre, bien montada, posee el gusto por la observación y la taxonomía propios del siglo XVIII también. Y la nostalgia por los mundos otros - Filipinas, las islas del Pacífico, en este caso - que hasta finales de siglo hubieron de perdurar, antes de la gran decepción.
El Museo tiene varias salas cerradas, unos despachos clausurados. Debe de ser agradable - y un poco claustrofóbico - trabajar en él, pasarse el día entre colecciones de antropología, herramientas toltecas, manuscritos descatalogados y mapas ilustrados en medio de la ciudad, tan lejos por un instante. G. me comenta de la sala de documentación de no sé qué instituto iberoamericano en La Cité, donde estuvo trabajando algún tiempo. Yo, no sé por qué, me acuerdo de las galerías de las ciudades de Tintín en nuestra infancia, pobladas de museos y de archiveros de este tipo.
A mí me encantan las máscaras rituales. G. se detiene en una suerte de altar del Día de los Muertos mejicano. Nos relata a los que vamos con él historias entusiastas de tan fúnebre y jocosa celebración. Luego, describe a unos visitantes atónitos el proceso por el que los jíbaros reducían las cabezas y las conservaban después. Los curiosos se marchan, un tanto cabizbajos, y no hacen preguntas. En unas vitrinas, en la sala de África, se guardan amuletos, cruces coptas, un icono etíope, torpe y fascinante. Luego, G. y una conservadora del Museo se enzarzan en una interminable discusión sobre altares mejicanos, los rituales del más allá y la obra fotográfica de Juan Rulfo entre medias. Yo me pierdo entonces en una sala lateral que muestra las vitrinas de clasificación, una interminable colección de calaveras numeradas y el esqueleto del hombre gigante de La Puebla de Alcocer tumbado en una urna. Hay vitrinas con carteles que no acierto a leer y placas dedicadas a la ingente labor de taxonomía del Museo. Cajas con objetos invisibles y ordenados, y un armario de fichas abarquilladas por el tiempo. Armarios sin abrir y una colección de azulejos varios, amontonados por el suelo... Uno imagina las tardes de clasificación, la interminable labor de ordenar el mundo mientras los días, indiferentes, transcurren fuera.
Bajamos luego por la Cuesta de Moyano. Buscando entre los mostradores G. encuentra algo: una edición del Consejo sobre viajeros del XVIII; un raro Deleito y Piñuela que está en precio. Yo, me tropiezo con una primera edición de Cela - que luego hojeo en casa y resulta ser un fiasco, a no ser como ejercicio de estilo. De vuelta por el Prado, sorprendentemente, el Museo Thyssen está casi vacío y así podemos entrar en la exposición de humanistas flamencos que siempre estaba abarrotada.
De toda la exposición, recuerdo la incurable melancolía de los grabados de Durero, un jinete maldito, unas villas amuralladas siempre; la utopía de las ciudades en el papel, la ciudad medieval - el reflejo de alguna vaga población que el artista recuerda, junto a la obsesiva nostalgia o el anticipo de la ciudad de Dios, la Jerusalén medieval.
Nos espera J. en la taberna. Yo intento recordar luego un cuento sobre un museo que transcurre de noche en una ciudad vieja cuyo escenario podrían ser las vitrinas, los estantes polvorientos del Etnográfico frente a la estación de Atocha. Podría ser el comienzo del "Péndulo de Foucault" de Eco, pero no es el relato que, infructuosamente, quiero ahora recobrar.
Luego, los demás se enzarzan en una discusión sobre Juan Rulfo y la región de Michoacán y los cristeros de la revolución mejicana, y decididamente pierdo el rastro.
lunes, 12 de diciembre de 2011
El jérem
(fot. Juan Yanes)
El relato lo cuenta Joseph Roth en algún lugar de sus "Judíos errantes".
Según recoge la leyenda dos judíos orientales recorrieron toda Europa, con el fin de recabar fondos para la construcción de una sinagoga. Sus pasos, finalmente, les llevaron a arribar a la comunidad hebrea de Montpellier y de allí, perdidos, cruzaron sin darse cuenta a España.
Cuenta el autor que sin duda "en la mortalmente peligrosa España" les hubieran matado. Si no es porque fueron acogidos por una piadosa comunidad de monjes, con los cuales entablaron provechosa conversación. Al regreso, incluso, descubrieron que los monjes les habían hecho una generosa aportación de oro, para la edificación de su laboriosa sinagoga.
Este oro les planteaba un curioso dilema moral, porque aunque hubiera sido donado para el oratorio, éste no podía de ninguna manera ser construido con dinero de un convento cristiano. Finalmente resolvieron el dilema fabricando una esfera de oro que instalaron en la techumbre de la sinagoga como emblema de la misma.
Y, prosigue el autor:
"Dicha bola de oro luce todavía sobre el tejado de la sinagoga. Y es lo único que une aún a los judíos del Este con su antigua patria española.
Esta historia me la contó un viejo judío. Su profesión era la de escritor de la Torá, un sophar, un hombre piadoso, sabio y pobre (...).
- Ahora - dijo -expira el jérem (el anatema) contra España. No tengo nada en contra de que mis nietos vayan a España. Allí ya no les va mal a los judíos. En España había gentes piadosas y donde hay cristianos piadosos, también pueden vivir los judíos, pues el temor de Dios ofrece siempre más seguridad que lo que se conoce por moderna humanidad .
El viejo no sabía que la humanidad ya no es moderna. Sólo era un pobre escritor de la Torá".
Páginas más adelante Joseph Roth comentará que precisamente aquel año - 1936 - que expiraba el jérem sobre España daba comienzo la terrible guerra civil. El autor, dice, no quería explayarse demasiado en las implicaciones metafísicas del hecho. Pero finalizaba el texto con la cita de los Padres que afirma que:
"El juicio del Señor amanece cada hora, aquí abajo y allá arriba".
Para culminar con la frase: "A veces pasan siglos, pero el juicio es indefectible".
domingo, 11 de diciembre de 2011
El cementerio judío de Sarajevo
Casualidad o vaya usted a saber qué, un curioso paisaje literario acompaña estos días de escarcha y nieblas.
Había empezado a trazarse, creo, cuando tuve que volver a buscar el "Judíos errantes" de Joseph Roth, breve opúsculo en donde el autor dibujaba el melancólico mapa de relaciones entre judíos orientales y los occidentales. Era un escenario en el que la solución final iba a desdibujar, finalmente, todas las diferencias que un escritor ya en fuga, como Roth, aún podía trazar. Él mismo acabaría sus días en el Paris de 1939 inmediato a la contienda - y la primera edición del libro, sin fecha, es por lo menos anterior a 1937. Desdibujados los contornos de Europa por la inminencia del desastre, el relato tradicional de las divergencias entre los judíos pobres orientales y sus cultos vecinos, los judíos alemanes, estaba llamado a desaparecer, unificadas todas las diferencias en Auschwitz.
No sé por qué estaba buscando el ensayo de Roth. Creo que tenía que ver con la descripción que de unas comunidades hebreas ucranianas aparece en una novela anterior de Isaac Bashevis Singer. O quizás fuera el relato que de la pobre acogida de sus parientes pobres de la Europa Oriental realiza en su novela-río "La familia Moskat"- sugestiva como en la mejor tradición decimonónica de crónica familiar. Y de una ciudad, Varsovia, que estaba en vísperas del desastre, igualmente.
Días después, J. me presta "Lejos de Toledo", la novela de Ángel Wagenstein de la que había tenido noticias durante una reciente estancia en Sofia, pero que nunca había leído.
Crónica memorable de una ciudad anodina en la actualidad, Plovdiv, el relato hablaba de nuevo de un mundo marcado por la desaparición del mundo tradicional en vísperas de la guerra - en vísperas de la ocupación soviética, también.
Más tarde, J. me presta el "Adios, Shangai" del mismo autor. Ésta, más novelesca, se sitúa en el mismo centro del Desastre, a partir de 1939, y es una crónica de la diáspora judía, del ghetto y de espionajes varios en la ciudad internacional de Shangai durante la guerra. Esos mismos días Jaime había bajado al café el centón de memorias de Amos Oz "Una historia de amor y de oscuridad", del que por otra parte me había hablado días antes. Casualidad o daimon sigo enfrascado en la relación de todas las vidas, los encuentros, las obras, las ciudades, los viajes de los judíos que la penumbra nazi amenaza. Y finalmente extermina.
Esos mismos días había estado buscando, sin encontrarla, la narración sobre el cementerio judío de Sarajevo de Ivo Andric, que figuraba en alguna parte de la librería familiar y que había desaparecido. Siempre que un libro desaparece hay que achacárselo al profesor García así es que, indignado, pensé que de nuevo el sabio bibliófilo había aumentado su biblioteca personal a costa de la colectivización de mi cementerio judío.
Pero no era así. Otra tarde descubro que el relato en realidad aparece en "Café Titanic" como un capítulo más del volumen. La enumeración de las lápidas sefardíes del antiguo cementerio sigue siendo memorable. Y en otro lugar, en la narración que da nombre al libro, se relata de nuevo la persecución antisemita de los años 40 en Sarajevo. Esta vez a cargo de otros personajes particularmente siniestros - y más para el autor - los ustachas, la versión croata del nazismo.
Variaciones sobre una misma melodía. A J., en correspondencia, le recomiendo la "Enciclopedia de los muertos", el excelente libro de Danilo Kis, otro judío de la antigua Serbia que de la misma manera termina sus días en un París ya más contemporáneo. Pero que al parecer tampoco era la Tierra Prometida en su caso.
En el café, una noche, comento con Jaime sobre las figuras de la diáspora que surgen, fascinantes, en el centón de Amos Oz que me ha prestado. García, el erudito antropólogo, que no se ha llevado el libro de Sarajevo por esta vez, sonríe, recordándonos la definición de castrismo que Ignacio Ruiz Quintano ha publicado recientemente en el periódico ABC. No en torno al barbado dictador cubano, como sería de esperar, sino a la secta de don Américo, nuestro Castro del exilio, al cual perseguía la figura de las Tres Culturas en todo lo que sus ojos trobaban.
Reímos. Por supuesto Antonio y Jaime defienden la obra de don Américo. El primero por convicción y Jaime por llevar la contraria. Les amenazo con la excomunión bajo figura de don Claudio Sánchez Albornoz, abulense de pro, eximio historiador y nada sospechoso de contaminación tricultural.
Pero estos días también la casualidad o el daimon de nuevo hacen que los necios se hayan multiplicado y otra vez entra alguno a sentarse en la mesa y cargarse, sin pudor, la conversación. Su temeridad corre pareja con la estulticia y su número se multiplica en estas fechas.
Más tarde, y hablando sobre la plaga, Jaime recordará a aquel pseudo-filósofo que se atrevió a afirmar impunemente, en un diario oficial, que nunca había existido la literatura judía. Y se quedó tan ancho. Los necios, comentamos, carecen de pudor pero en cambio están todos sobrados de ideología.
Sobre ellos podría afirmarse lo que ya un anciano texto de la Antigua Vulgata de San Jerónimo, rescatado del nada ario Eclesiastes (1.15), afirmaba, en la traducción latina del antiguo hebreo. Y es que "Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus".
Luego, cuando por fin se marchan, seguimos hablando. De Danilo Kis, del relato de Andric sobre las inscripciones sefardíes en la colina de Sarajevo, del Pentateuco de Isaac, nuestro último descubrimiento del búlgaro Wagenstein, de las memorias de George Steiner - Errata - que se abren con el estudio de Homero y el Antiguo Testamento.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Arribes del Duero
Es una tarde lluviosa de otoño. Si algo del paisaje del verano podía quedar como un resto estos días, ahora, definitivamente, se ha instalado noviembre, la interminable estación en la región.
Cruzamos por pueblos vacíos, despoblados ya al final de las vacaciones. La carretera hacia los Arribes desde el Campo Charro cruza por las fincas de Boada, el Cubo, Fuente de San Esteban, rodeadas de cercados y montes de roble, hasta llegar a Vitigudino, capital de la comarca, rayana con los Arribes del Duero. Después hay que seguir hacia el Oeste, hacia la frontera, bordeando a veces la antigua vía del tren ahora abandonada, los pueblos de pizarra, los chozos de piedra, las paredes negras, que nos indican que estamos cerca de la raya.
Queremos parar en Cerralbo, una aldea bajo una cuesta, donde siempre hemos visto desde la carretera los restos del antiguo palacio señorial en ruinas, la cabecera de una capilla del XVI aneja a aquél. Pero allí no hay nadie, y nadie sale para indicarnos cómo se puede acceder. Llueve y seguimos el camino hacia Lumbrales. Entre los desvíos, algunas indicaciones hablan del castro de Las Merchanas o el de Yecla de Yeltes, antiguos poblados vetones, donde al parecer se hallan los conocidos petroglifos locales que alguna vez hemos visto reproducidos.
Nunca los hemos visitado. "Habrá que venir algún día", dice M. Habrá, pero lo dejamos para otra vez, porque nos están esperando en el pueblo.
"Vamos a parar a tomar café en un camping que hay cerca", les indico. "Tienen un café, y un embutido excelente, aunque no os lo creáis". "Pues entonces nosotros probamos la matanza y te tomas tú el café" objeta, no sin cierta razón, T. Pero al llegar a la curva donde se alzan las antiguas instalaciones del camping, advierto que el restaurante parece cerrado. Un letrero sobre el muro de la carretera avisa: "Se traspasa".
Lo lamento. Había sido un descubrimiento, dos o tres años atrás, cuando acuciados una tarde por la prisa de llegar a un concurso hípico, paramos en el primer lugar que encontramos, que tenía aparcamiento para remolques y menú del día: un camping de nombre botánico en una curva de la calzada.
Para nuestra sorpresa, en el restaurante se comía muy bien, y en la barra había una tertulia animosa, con vinos de Toro y coñac francés, que estuvo a punto de hacernos perder la hora del concurso al que acudíamos. Los dueños, nos comentó luego alguien, eran un matrimonio de la zona que habían vivido muchos años en Francia y que ahora, con los ahorros de no sé qué negocio que tenían en Beziers, lo habían liquidado y habían cumplido su sueño de regresar a los Arribes y de instalarse allí de nuevo.
El sueño había durado poco, por lo que veíamos. Cuando vinimos era verano y la zona se poblaba más o menos de viajeros, veraneantes varios que cruzaban la carretera de camino a Portugal. Pero, después, el invierno es muy largo, oscuro y frío, y la tertulia de la barra no debía de haber podido aguantarlo.
Seguimos camino. Para llegar a Lumbrales, después de la larga recta que asoma al pueblo, hay que subir por un puente, cruzar la vía del tren, dejar abajo las viejas naves, los almacenes cerrados, las vías oscuras de la antigua estación, clausurada hace ya bastantes años.
Tomamos café en un bar de la plaza. Hemos quedado con B., un ganadero local con quien M. quiere establecer no sé qué negocio gastronómico. "Quiere comerle la matanza", apunta T. por lo bajo, incisiva como siempre.
El pueblo guarda aún casas buenas de piedra, de fachada regular y balcones simétricos. Alguna palmera en los jardines, algún ficus en un parque indican que el terreno está descendiendo, que nos acercamos al río. Y que la meseta, las heladas de Castilla, van quedando atrás.
No sé si las casas están aún abiertas. Unas parecen cerradas. Otras, no.
"Esto parece Portugal", les comento a mis acompañantes. Ellos asienten. No sé exactamente por qué lo he dicho. Quizás las calles amplias, vacías un momento en el centro del pueblo; quizás los balcones sellados detrás de las palmeras, de un plátano en sombra en una esquina. Quizá el silencio en las calles, sin voces a lo que parece. Nos recuerda la comarca de Tras Os Montes, al otro lado del Duero.
Vamos un momento a Ahigal, el pueblo de los aceiteros donde al parecer han instalado recientemente una nueva almazara, comercializan un aceite muy bueno que nos ofrecen en el comercio. Yo he estado alguna vez, pero no reconozco el camino. En la plaza, unos niños que juegan nos lo indican. Pero tenemos que volver a preguntar, porque no lo encontramos y nos perdemos. No hay otra forma de llegar: la carretera de entrada es la de salida, y no hay otro camino que lleve hasta allí .
A la salida de Lumbrales, las cercas de piedra, los lavaderos, un calvario en el cruce de caminos donde antes nos hemos perdido.
Hay, en una cerca de pizarra negra, un dibujo inscrito en la misma, de piedra blanca. Representa una cruz, aislada en el medio del muro.
Era un símbolo de protección, una llamada al orden en medio de la noche, del caos de las afueras. Queda en el muro como un signo de otro momento. Yo pienso entonces en unos días en que el mundo estaba animado. Y se poblaba de señales, y de marcas y de augurios y de asechanzas y de amuletos. Ha concluido hace tiempo.
Llegamos por fin a Ahigal, el pueblo con bancales de olivos en las laderas. La tarde está cayendo. Atravesamos el caserío hasta la ermita, el humilladero en el otro extremo de un teso. La fonda, instalada en una vieja posada en el río, está ahora cerrada, nos dicen. Cruzamos luego al regreso por fincas intrincadas, potros de madera, tenadas de piedra, por pueblos que no tienen ni nombre. En uno de ellos, preguntamos por el mismo a una familia que está sentada en el portal de la casa con unos perros. Nos dicen el nombre, pero no lo recuerdo.
"No sabría volver", comenta T.. Regresamos con la vaga sensación de haber accedido a un lugar que nunca va a resurgir, jamás.
jueves, 24 de noviembre de 2011
la guerra civil en la frontera
Cuentan que en el fuerte de Guadalupe los rojos guardan muchos rehenes, no se sabe cuántos. Unos decían que cien, otros que más de quinientos. Entonces fue cuando dijeron que a Romanones le habían detenido en Fuenterrabía y lo habían llevado a San Sebastian. Otros decían que a los rehenes de San Sebastián los habían fusilado, citando nombres. Todos los que decían eso hablaban de lo que habían oído, pero nada sabían con seguridad.
Entre los españoles que llegaron de Irún estaba Gabriel María Laffitte, dedicado a contar anécdotas con chispa. Dijo que los de la CNT le habían preguntado:
- ¿Tiene usted armas de fuego?
Y él contestó :
- Solo el encendedor.
Luego le preguntaron a un viejo contrabandista:
- Oye, ese amigo tuyo...¿qué es? ¿Blanco o rojo?
- Blanco no creo que es, rojo... tampoco. Creo que es efímero.
También dice Laffitte:
- A mí me preguntaron ¿ usted qué prefiere, el trabajo individual o el colectivo?
- Yo, el colectivo.
Le llevaron a tirar de un árbol con una cuerda para derribarlo.
- Yo no puedo hacer ese trabajo - dijo - porque soy presidente de la Sociedad Protectora de Animales y de Plantas de Guipúzcoa.
Máximo Michelena, hombre alegre, que era pintor, dice que le nombraron comisario de Justicia de Irún, y que estuvo influyendo en el tribunal para que no fusilaran a nadie.
A mediados de septiembre leo que el ministro de Instrucción Pública, señor Hernández, va a nombrar director del Museo del Prado a Picasso. ¡Qué fantasía más absurda! ¡ Qué cantidad de estupideces y de pedanterías! "
- Pío Baroja La guerra civil en la frontera vol. VIII
jueves, 17 de noviembre de 2011
Alto Douro
Algún poema suelto había figurado en la antología que la Universidad de Chaves edita todos los inviernos. Remitida ésta, por casualidad, entre las numerosas publicaciones que el Departamento de Filología de la Universidad de Salamanca recibe regularmente, el profesor Eugenio Tovar hubo de señalarme un día la rara calidad de alguno de los versos en ella incluida. Dentro de una publicación que, llena de entusiasmo regionalista en general y de un notable pesimismo en particular, normalmente se envía al archivo de separatas y revistas olvidadas ya desde su origen.
En cierta ocasión, hará unos diez años, el poeta local Raúl Medrano organizó en torno a la citada antología un encuentro de líricos de ambos lados de la raya en un club de jazz de Salamanca, el clásico Birdland. Del encuentro regional salió un oscuro sentimiento de escepticismo, una cena fría en el Mesón Cervantes de la plaza, y una invitación al otro lado del Duero para corresponder a la tediosa velada.
Sabemos de nuestro autor, Antonio de Andrada, que no acudió a ninguno de los encuentros, y que, años después, preguntado por su inasistencia a estos eventos, confesó que preferiría que le arrancaran una muela antes de pensar en ir a alguno. Comentó más tarde acerca de la nueva lírica en general y el regionalismo del Duero, opinión que no es necesario repetir aquí.
En numerosas conversaciones privadas el poeta gustaba de repetir la anécdota del célebre viaje de T.S. Eliot a Rapallo con motivo de la publicación de un libro suyo inminente. Sin molestar a Pound - por el que siempre había profesado una admiración sin límites - el americano había entregado en la villa del poeta una plaquette con alguno de los poemas que pensaba editar, solicitando su opinión. Es sabido que a los pocos días recibió de vuelta en el hotel los citados poemas con una nota manuscrita de Ezra Pound donde se incluía una sola palabra: "Pútridos". Andrada, que siempre había gustado de la obra de Pound, confesó que al cabo de los años su lectura predilecta eran los "Cuatro Cuartetos" eliotinos. Autor del que, a despecho de esta admiración, no se manifiesta rasgo alguno en la poesía del portugués.
Fue gracias al profesor Tovar que, poco a poco, pudimos establecer un vago contacto con el poeta. Aunque al principio desdeñó, cortésmente, enviar cualquier colaboración para la revista lírica que entonces editábamos en Madrid -la excelente "Estación central" - pudimos entablar no obstante una intermitente relación epistolar, a la que el autor se prestaba de tarde en tarde.
Otros datos nos fueron aportados por la Universidad de Vila Real. Así, supimos que Andrada, después de haber residido durante unos cursos en Italia y la antigua Yugoslavia, era profesor de lenguas clásicas en un instituto de Mirandela, habiendo abandonado posteriormente cualquier actividad académica y marchado a vivir a una mansión familiar de Vila Real, donde residía hacía ya algunos años. También conocimos de una primera actividad literaria en la ciudad de Lisboa, donde colaboró durante algunas temporadas en diversas publicaciones de carácter postmoderno de la época, llegando incluso a editar un oscuro opúsculo sobre "Walter Benjamin y la historia de la fotografía" - opúsculo que, aunque aparece con pie de imprenta de la Editora Nacional de Portugal del año 1999 no hemos podido encontrar en ninguna parte.
Posteriormente abandonaría Lisboa para pasar a residir, con una beca de lector portugués, en la ciudad de Verona durante algunos cursos. Su rastro se pierde de los ambientes literarios lisboetas.
En estos años publica una rara obra "Jornais de Verona", obra poética marcada por una clara influencia neo-pagana y culta, influida sin duda por la estancia en el Norte de Italia.
De este libro es, por ejemplo, el poema "El retorno" - inspirado en la lectura de los Tristia de Ovidio, desde las negras aguas del Ponto.
Recientes cartas hablan, Fabio, de un pronto
regreso a la ciudad. Ha muerto el César, dicen,
y el fin de tu exilio está cercano. Retornas
a Roma, afirman, y en la ciudad olvidarás
las gentes bárbaras, los gritos salvajes,
la lluvia en el Ponto, la bruma que ahora
inunda tus días, el innoble puerto de Timor.
Pero yo sé ahora que nunca regresaré.
Torres y mares, negros barcos y tormentas
me separan de ella. Y la estela del invierno
que me advierte de cierto que el tiempo
ya ha transcurrido. Y la juventud. Y la gloria.
Nadie transita de vuelta de Escitia, amigo.
De una estancia posterior en Dubrovnik es, creemos, una rara plaquette que se editó bajo el seudónimo de Joáo Soares, titulada "Cartas do baralho". Andrada nunca afirmó o negó ser el autor de la misma. En cierta ocasión, y después de un copioso almuerzo en Miranda do Douro, preguntado por una periodista sobre su relación con los heterónimos de su compatriota Fernando Pessoa, manifestó un cierto desdén ante éste - "Pessoa era un pelmazo" dijo, literalmente - inquiriendo él, en cambio, por la estancia en Salamanca del poeta Antonio Colinas, autor al que profesaba desde hacía años una rara admiración.
Miguel Villarino, entusiasta editor zamorano, ha publicado recientemente un poema de la citada plaquette, titulado "Um poema apócrifo". Andrada se negó rotundamente a que figurara su nombre como autor del mismo, por lo que éste ha sido editado en la revista Valverde de Lucena - la minoritaria publicación de Puebla de Sanabria - con la firma de Soares, que aparecía en las "Cartas...".
Los dioses han partido. Es en vano
que esperes su regreso. De los dones
del amor, nada responde a su anuncio.
Sino estos días, sus nombres, la espera.
Vila Real, noviembre 2011.
jueves, 10 de noviembre de 2011
Vila Real
Noviembre
Hay un tiempo para vivir y otro para alejarse.
Un tiempo para la partida y otro del regreso.
Noviembre llenó de hojas el jardín, y los muros,
y de ramas secas. Flotan sobre las paredes,
llenan la estancia de madera y humo inciertos.
La plaza , el río a lo lejos. La casa guarda
los secretos. Ajuares y cuadros, vajillas
y espejos; cuadernos de viaje, relojes, versos.
Y las colchas, los rostros remotos, y una antigua
galería a la que tal vez nunca volvemos.
Noviembre es el retorno, presagio del silencio.
- Antonio de Andrada Cuaderno do Alto Douro Porto, 2007.
( La traducción, en alejandrinos, y la fotografía, han sido facilitadas por el autor )
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Stara Zagora
No sé qué día de la semana es. La ciudad surge, de pronto, como un paisaje de tarde de domingo soviético, eterno. Bloques de apartamentos grises, iguales, rodean la carretera. Entre los mismos, parques sin hierba, sin apenas árboles. Rotondas que giran sobre sí mismas y no conducen a ninguna parte- nunca han conducido a ningún lugar, aventura poéticamente N., que hasta entonces no había hablado. Ningún bar, ningún comercio, ningún local abierto a esas horas. No hay apenas nadie en las calles - en una tarde teñida por la luz clara, nostálgica del tardío verano. En una glorieta unos jóvenes se sientan en un banco. Fuman y miran a la carretera. No nos encontramos con nadie más.
(Días después, leeré sobre la historia de la ciudad, una de las más antiguas de Bulgaria, dueña de un pasado tan prolijo y azaroso como el resto del país. Pero la historia ahora, esta tarde, nada cuenta. No en vano la ciudad, la provincia, surgen de unas décadas, de un régimen que proclamó el fin de la historia años atrás, en forma de paraíso proletario y final del azar).
Nos impresiona la distancia, el silencio de la ciudad desierta. Quizá sea domingo. Quizá.
Luego, días más tarde, recordamos el relato que de una alumna nos contara R., que ocupa un cargo cultural en la Embajada.
R. ha organizado unos cursos de español en no sé qué dependencias de la Cancillería, en Sofia. Entre los alumnos, acude una entusiasta estudiante, Ivanka, que vive en Zagora. Aprende bien español - como la mayoría de ellos, por otra parte. Halaga a los profesores y les manifiesta su entusiasmo por las clases que está recibiendo y los libros que descubre. También le agrada el hecho de que los estudiantes, al terminar la clase, acudan con R. y con otros profesores a tomar café al cercano parque Slaveikov, donde charlan hasta la noche. El Instituto les invita a una fiesta e Ivanka acude vestida con sus mejores galas. Debe regresar al día siguiente a Zagora y R. cree que ha pernoctado esa noche en la estación, vestida de princesa otomana, hasta la mañana siguiente en que parte el autobús .
Una tarde Ivanka se acerca a R. y le manifiesta su propósito de invitarles, a él y a los profesores del Instituto, a una fiesta que va a dar en casa de sus padres, en Stara Zagora. Desea invitar también al embajador y a su esposa, y al personal de la Cancillería, que ha demostrado con ella tantas atenciones. Sus padres estarán encantados de recibirles. Enterada de la visita, esos días, de la reina Sofía a Bulgaria manifiesta la posibilidad de que ésta acuda también a la recepción, con el séquito que sea necesario, donde serán recibidos con igual atención.
R. le comenta, con toda la discreción de que es capaz, ciertas vagas objeciones, y la difusa posibilidad de conciliar la agenda de todos los personajes citados para esa tarde del próximo sábado, en donde Ivanka planea celebrar la fiesta. Ella apenas le presta atención. Es posible que alguien no pueda acudir, pero eso ocurre en casi todas las citas. Y además su familia está encantada de recibirles a todos.
R. pasa la semana entre torpes objeciones, al principio, y el silencio más profundo, al final. Ivanka ha enviado unas invitaciones a distintas secciones de la Embajada y él ya no se siente capaz de contradecirla, advirtiendo además que ésta nunca le ha hecho caso, en un primer momento, y ha terminado por no escucharle al fin.
- Cuando le dije a Ivanka que quizá no fuera fácil conciliar la fecha, porque en la Embajada creían que iba a tener lugar una recepción esa día, me contestaba preguntándome si los españoles utilizábamos sólo aceite de oliva y si se podía usar el de girasol para los canapés. O si en las casas en España se fumaba...
No volvieron a hablar de la fiesta. La Embajada estuvo esos días completamente atareada con la visita de la reina y una ceremonia que iba a tener lugar en el jardín del edificio del Gobierno.
Días después le pregunté a R. si la cita de Zagora había tenido lugar y R. me contestó que creía que sí. Evidentemente nadie había viajado a ella y él no volvió a ver a Ivanka, terminando el curso esas fechas, casualmente.
Cruzamos Stara Zagora. Los edificios son iguales, interminables. Hay una fila inacabable de puertas en cada pasillo que corresponden a los apartamentos numerados, que saturan el bloque.
Imaginamos entonces la fiesta, la tarde. La puerta, que estaba abierta al pasillo, la luz que sale del piso, una vaga música que surgía de dentro. Las botellas sobre la pared, los vasos, las mesas con canapés que nadie, nunca, iba a utilizar.
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