jueves, 7 de octubre de 2010

Geografía de Roma. II


Los nombres.

Frente a la explanada de San Pietro in Montorio, en una mañana cálida, contemplamos el paisaje de la ciudad abajo y vamos desgranando los nombres: Santa Maria in Trastevere, más allá las torres de Santa Cecilia; la isla Teverina en el río, las cúpulas de Sant´Ignazio, de Sant´Andrea delle Valle; el cimborrio de Sant´Ivo; el obelisco de Piazza Navona, la columna Traiana más allá.

Al fondo, Villa Medicis, la línea de los jardines del Pincio; unas confusas torres que deben de ser las de Santa Sabina. Santa Maria in Cosmedin entre los árboles, apenas entrevista; San Giorgio al Velabro; las esculturas de San Giovanni in Laterano; los cipreses del Palatino; la mole de Sant´Angelo; la pálida línea de Colli Albani a lo lejos...

Nombramos, vamos señalando y, al hacerlo, es como si convocáramos apenas una más exacta presencia, un raro conocimiento. Pues lo que hacemos al nombrar es desligarnos de esta mañana tibia en Roma, del instante en que la vemos. Y frente a la ligereza del momento, asistimos a una otra certeza: es la de los nombres. La designación, su extraño acuerdo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Los viajes. II.



"Yo he sido uno de los últimos cazadores de los viejos tiempos. Tanto la caza como las tribus nativas, tales como yo las conocí, ya no existen. Los acontecimientos que yo presencié no pueden ser revividos. Nadie verá otra vez las grandes manadas de elefantes conducidas por enormes machos de colmillos que pesaban ciento cincuenta libras cada uno. Nadie escuchará los gritos de guerra de los masai mientras sus lanceros avanzan en la espesura buscando a los leones que han devorado sus vacas. Muy pocos podrán decir que entraron en un territorio que ningún hombre blanco había visto antes que ellos. La vieja África se ha ido y yo la he visto irse"

- John Hunter        Hunter          Hamich Hamilton, London, 1992.

martes, 5 de octubre de 2010

La ruta de la seda




Canción de la nieve

Cuando el viento del norte hace surcos en el suelo
se humillan las hierbas de la estepa.
En cuanto irrumpe el otoño,
avanza la nieve por la tierra de los bárbaros.

El calor que proporciona la piel del zorro ya no basta
y muy fina resulta la cubierta del brocado.
Profundo en el abismo se hiela el desierto,
las nubes forman poderosas barreras.

En el crepúsculo se arremolinan espesos los copos,
la nieve se agita junto a las puertas.
A la sacudida de la tormenta resisten
los rojos estandartes, rígidos por el hielo.

- Cen Can     (s.VIII)

sábado, 2 de octubre de 2010

De la costa de Levante.
















Benidorm. 1930.



Benidorm. 1950.





 Huerto Colón.

Huerto Colón. 1931.


 

La Marina Baixa.