martes, 13 de noviembre de 2012

Suplemento del Boletín de la Sociedad Geográfica.



Del Suplemento del Boletín de la Sociedad Geográfica y Excursionista del Barco de Ávila.

( Carta de nuestro colaborador D. Jorge Salmerón )

 " Sobre algunas peculiaridades excursionistas y etnográficas.

Como bastantes de nuestros asociados sabrán ejerzo la práctica del excursionismo desde hace muchos años. Junto a varios de los miembros de nuestra conocida entidad recorremos con frecuencia, casi mensual, las principales rutas que desde nuestra hermosa localidad surcan la sierra y sus comarcas aledañas, en pintoresca, y a veces esforzada, travesía.

Conocida es nuestra expedición anual por la antigua calzada romana del Puerto del Pico, en dirección a Tornavacas, atravesando la célebre cañada de la trashumancia Occidental. Menos nombrados son quizá los itinerarios que en torno al puerto de Mijares hemos abierto en invierno. O el sendero que, trazado en mapas decimonónicos pero hoy desaparecido, recorría antiguamente el Puerto de Honduras, más allá de Mombeltrán y Piedrahita, en dirección a Hervás y la ciudad de Béjar, y que nosotros hemos habilitado de nuevo para el excursionismo barqueño.

Me precio también de conocedor e investigador de la senderología de nuestra provincia. Así como, tal como algunos saben, de colaborar como etnógrafo aficionado, habiendo publicado numerosos artículos sobre costumbres y tradiciones abulenses en el Boletín anual de nuestra Sociedad. Así como varios folletos e intervenciones en la prestigiosa Revista de Tradiciones del Obispado de Coria. Uno de ellos, intitulado " Sobre la práctica del aojamiento en la comarca de Miajadas " hubo de recibir público elogio por parte de D. Aurelio Espinosa, catedrático por oposición del instituto local de Ávila, en sesión abierta del Ayuntamiento de nuestra localidad.

Sirva como excusa esta breve exposición sobre mi modesta persona para aclarar mi dilatada experiencia senderista y antropológica, después de algunos lustros dedicado a la misma con asiduidad y entusiasmo innegables, que la llegada de los años, inexorable como ya avisaba la sabiduría del bíblico Eclesiastes, no ha mermado aún.

Pues bien, a lo largo de tan reiterado peregrinaje, por la comarca del Barco de Ávila y por las colindantes, he podido observar cierto fenómeno curioso, que aquí quisiera apuntar, dado su posible interés y la ausencia de explicaciones fiables sobre el mismo que he podido constatar. Por más que haya consultado con algunos conocidos y autoridades varias.

Uno de ellos, y aquel que quisiera exponer en este impagable escaparate, es el siguiente:

A lo largo de tantos años y tantas leguas me ha sido posible, como a otros excursionistas, trovarme con zapatos sueltos, abandonados a lo largo de senderos y besanas, surcos y trochas, gavias y mohedas, pedregales y labrantíos de nuestra profusa geografía regional.

Ahora bien, el fenómeno que quisiera destacar es el de que SIEMPRE QUE HE ENCONTRADO ALGÚN ZAPATO O CALZADO SE TRATABA DE UN ZAPATO SOLO.

Intrigado por el fenómeno he intentado elaborar una cuidada estadística, en aras de extraer alguna conclusión lógica que explicara el suceso.

De mi estadística - elaborada con abundantes ejemplos - se concluye que:

- El 61 % de los zapatos encontrados corresponde al pie izquierdo.
- El 39 % al pie derecho.

Por otra parte hay que resaltar el hecho de que la gran mayoría del calzado hallado pertenece a zapatos de hombre, apareciendo en una mínima proporción el perteneciente al sexo débil - o bello complemento, según el filósofo. De estos, en una proporción que podríamos establecer aproximadamente de más de un 50 % son botas o zapatos que cabría calificar como rurales o de trabajo. Siendo muy inferior la aparición de zapatos urbanos - en torno a un 20 % - y menor aún la presencia de mocasines o prendas deportivas. En una sola ocasión hube de encontrar un chapín antiguo, de señora y con cordones prolijos, similar a los que recordaba utilizaban mi abuela y sus amigas, en un estado bastante deteriorado. Pero que todavía conservaba los complicados ojales de hierro con que los mismos se abrochaban. Ignoro cómo había llegado hasta allí : una escorrentía a la orilla del río Zapardiel . Por otra parte ignoro cómo ha llegado hasta ningún paraje ninguno de ellos.

Y ésta es la cuestión intrigante.  ¿ Por qué sólo se encuentra un solo zapato? ¿Por qué nunca - repito "nunca" - se han encontrado los dos ?

He consultado con diversos académicos y estudiosos de la zona y ninguno ha sabido darme respuesta concluyente.

Yo por mi parte he elaborado diversas conjeturas, todas pendientes de hallar una convincente verificación.

¿ Los que pierden un zapato en el campo son todos cojos? ¿ Pierden por tanto el único zapato que portan ? ¿ O por el contrario pasan al estadio de la cojera al regresar ? ¿ Cómo regresan los que no siendo cojos - aún - deben retornar con un único calzado ? ¿ Forman acaso una cofradía del juego infantil de la pata coja a su retorno - juego por otra parte abundantemente documentado en nuestra provincia ?

¿ Por qué se pierden preferiblemente los zapatos del pie izquierdo?

¿ Existe tal vez una tendencia individualista de los zapatos para escapar ? Acostumbrados a verse toda la vida formando pareja ¿acaso existe en el fondo de ellos el deseo de la singularidad?
¿Consiste el abandono de la convivencia forzada un último recurso de la aspiración a la libertad ? Lejos, como me comentara en cierta ocasión un corresponsal, de la tiranía forzada de la gemelaridad, con un compañero idéntico y silencioso, que siempre nos acompaña, incluso en la caja, y cuando nos deja es para embutirse en un pie, extremidad de carácter inferior y no siempre aromática.

Por último ¿ perdura acaso en nuestras villas alguna desconocida secta que no soporta la paridad y va recogiendo - y ocultando - los zapatos cuando se pierden ? ¿ Adoradores quizá de lo Uno, o Trino, que persiguen las muestras de la dualidad ? ¿ Herederos de alguna remota cruzada contra la secta de los maniqueos ? ¿ O son por el contrario ellos mismos ocultos descendientes de los bogomilos - o albigenses, o patarinos, o cátaros en general - que esconden las pruebas de su flagrante paridad ?
¿ Dónde guardan los zapatos que esconden ? ¿ En qué remoto y nunca hallado lugar ?

Todas estas a modo de perplejidad son las preguntas que con frecuencia nos hacemos en torno a un fenómeno por el que, cualquiera que haya practicado el senderismo o excursionismo de montaña , se ha preguntado quizá alguna vez.

Repetimos : nunca, jamás, nos hemos encontrado con un par de zapatos abandonados. Siempre se trata de un único ejemplar. Fenómeno cuya explicación aún no podemos aclarar.

Quede aquí nuestra humilde aportación a alguna de las cuestiones que surgen en torno a nuestra etnografía. Y a su geografía comarcal.  "

domingo, 4 de noviembre de 2012

La muerte de Yorimasa





                              "En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas "

                                                                                               Heike Monogatari


El relato ha sido abundantemente recogido por la tradición japonesa. Lo anota Kato en su  A History of the Japanese Literature, así como Minner en su monumental The Princeton Companion to Classical Japanese Literature. Aparece asimismo reiterado en  el teatro No, esta vez en  forma de reflexión moral, con fantasmas que monologan y padecen de remordimientos, antes de desvanecerse. Ha sido profusamente transcrito en la pintura y la iconografía tradicional japonesa. ( Recordemos, a modo de ejemplo, los sobrios grabados de Kikuchi Kosai ). No lo recoge por el contrario J.L.Borges que en su   "Historia Universal de la infamia " habría parafraseado, de manera memorable, el relato sobre el Incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Tsuke , sobre un episodio legendario de finales de la época Heian igualmente.

Entre nosotros aparece citado en la antología  El pájaro y la flor de Carlos Rubio. Octavio Paz alude al mismo en su  clásico El signo y el garabato. O, posteriormente, aparece recogido en la rara edición de La poesía japonesa  en Ávila del profesor Aurelio Espinosa.

Curiosamente en esta última, de donde tomamos las noticias sobre la trágica muerte  del samurai Minamoto no Yorimasa, aparece citada la leyenda dentro de un capítulo donde se defiende la práctica de la ocultación como poética esencial. Y el ejercicio casi mudo de la poesía como una tradición, secular y silenciosa, de los poetas nipones. Recogiendo por contra un episodio - el de la muerte del samurai - que vendría a afirmar lo contrario de lo que había defendido anteriormente a través de su peregrino ensayo.

No en vano el profesor Espinosa había comenzado su opúsculo sobre la lírica oriental en las sierras de Ávila - clandestina en su opinión - con la cita del único haiku que Bashoo había dedicado al monte Fuji

Lluviosa niebla
que esconde el monte Fuji.
Me voy contento.

en donde toda la celebración del poeta consiste precisamente en no haber alcanzado de ninguna manera  el monte, ni siquiera su contemplación.

La escena, como apuntamos, ha sido sobradamente reiterada.

Refugiado en el templo Byodo-in, en Kyoto, tras la batalla de Uiji en defensa del príncipe Michohito, el ya anciano samurai Yorimasa solicita a su joven acompañante , el también samurai Tonao, que lo decapite, para evitar el deshonor de caer en manos del ejercito enemigo. Éste, como se sabe, está comandado por  Kiyomori, general de los Taira, ancestrales rivales de los Minamoto.

El  Heike Monogatari, el inagotable relato épico de las luchas entre los dos clanes, recoge la escena.

"  Yorimasa, una vez que estuvo en el interior del templo, llamó a Watanabe Yojitsu Tonau y le ordenó:

- Córtame la cabeza..

Pero Tonau, afligido por esta orden, se mostraba incapaz de cortar la cabeza a su  señor, aún vivo. Así que, con lágrimas amargas, le dijo:

- Señor, no soy capaz de hacer tal cosa. Pero os prometo hacerlo después de que os quitéis la vida.

- ¡Claro! Te entiendo - contestó Yorimasa. Y volviéndose al poniente entonó diez veces el " Busco abrigo en Amida" en voz alta. Despues, recitó con infinita tristeza un poema de despedida. Esto decían los versos:

Planta enterrada
que jamás floreció.
Así  de triste
mi vida fue; y , sin dar fruto,
ahora termina.

Tras decir estas palabras , se clavó la punta  de su espada en el vientre, inclinándose hacia delante para ser bien traspasado, y exhalar así el último suspiro ".

Esta tradición del zeppitsu o última pincelada no era inhabitual en la poesía japonesa, apunta el profesor Espinosa en su enigmática obra. Antes de pasar a dar cuenta, en capítulos posteriores , de la rebuscada teoría sobre una presencia secreta de la lírica oriental en las tierras de Ávila, de una forma secular e, insistimos, casi clandestina.