sábado, 23 de noviembre de 2013

Una tumba en Cayambe


Era a finales de los años 80. En la revista valenciana Quites, editada con todo esmero por la Diputación Provincial, había aparecido, entre otros, un breve artículo en torno a la muerte de Domingo Dominguín titulado " Una tumba en Cayambe".

Nombraba la desolación del viaje; la inutilidad del olvido; una geografía sin redención posible... En su momento el artículo me impresionó, en su nitidez. Tiempo después, no me acordaba del título.

Curiosamente, tantos años más tarde, hemos estado evocándolo en una comida, hace unos días, con J., que todavía lo recordaba.  J. , con su memoria inagotable, nombró de nuevo aquel viaje imposible al distrito andino del empresario manchego con el torero Curro Vázquez, yerno de Domingo, la corrida en Guayaquil a la que no asistió el apoderado - "Id vosotros. Yo os espero aquí" - y la espera, ya interminable, en el hotel. Antes, había sido el exilio voluntario del mayor de los Dominguín. Habían sido también sus empresas taurinas y de las otras, su antigua militancia comunista, la generosidad con todas las empresas perdidas. La insolencia, el desparpajo, el desgarro de la época. Las amistades de Domingo Dominguín, su relación con Juan Benet, José María de Quinto, Jorge Semprún, Sánchez Ferlosio o Ignacio Aldecoa... Y el nombre de ese lugar imposible, en el distrito de Pichincha , que no figura en los mapas: Cayambe.

J., cómo no, recordaba perfectamente el texto, tanto tiempo después, y aún podía nombrar su excelencia. Y su absoluta, nítida melancolía. " Una tumba en Cayambe", me precisó , apuntando el título. Del autor no hubo de decirme nada, porque ambos lo recordábamos: Juan Luís Panero.

En algún lugar, Juan Luís había escrito:" De un cielo gris y de unas nubes grises caía una interminable llovizna gris sobre las casas y las calles grises mientras caminábamos hacia el cementerio". Y , más adelante :" Nadie se ha suicidado tanto como él. Lejos de su mundo y de su gente, del sol y del toro, a casi tres mil metros en el húmedo altiplano y bajo el volcán, aquella tumba era la certidumbre de la lejanía, el emblemático símbolo del más allá."

Ahora sabemos que eran otros tiempos. Juan Luís Panero aludía a una mitología de la época que él, por edad y costumbre, había conocido perfectamente. En ella flota, vista desde ahora, un como aura de desgarro y alcohol, cigarrillos en todas las fotografías, empresas tremebundas, la facilidad de la prosa y un fondo de bodega flamenca y respuestas feroces. Domingo Dominguín había sido uno de los personajes de la representación. Y el poeta recogía, en un texto memorable, el final de la fiesta, la desolación del escenario cuando la función ya había terminado.

La distancia olvida la banalidad, los tiempos muertos. De aquella época ya remota de la posguerra, uno tiende a configurar un paisaje en el que los escritores beben continuamente, y continuamente se reúnen en la taberna de Válgame Dios - si se trata del grupo postista, de sus adláteres - , en la tertulia del Hotel Suecia, cuando Carlos Barral acude a Madrid ; en las tabernas del Manzanares donde García Hortelano tiene su feudo; o apuran el fondo de la bodega de Heidelberg o Gambrinus, los dos restaurantes alemanes de la posguerra en la trasera del Congreso, que Juan Benet ha recreado, en una memorable evocación de la figura de Luís Martín Santos - en su  Madrid hacia 1950.

La figura del empresario taurino, comunista y miembro del clan Dominguín, surge constantemente en esas páginas. Aparece en otras descripciones del Juan Benet de la época, en las conversaciones y relatos que por medio de Josefina Aldecoa, o de Carmen Martín Gaite, o de los contertulios, ya decrépitos, del café Gijón, pudimos oír en algún momento.

El artículo de Juan Luís Panero se publica en los 80. Eran otros tiempos, también. Eran fechas en los que aún se podía editar, con fondos públicos, una revista como Quites, con sobrecubiertas ilustradas por Gaya, separatas internas y grabados originales de Alfonso Albacete, Miquel Navarro o Manuel Sáez. O con dibujos de Ramón Gaya o Richard Serra. Y reproducciones de antiguos carteles o anuncios de específicos de la España anterior a la guerra. Y que incluía artículos de José Bergamín, Ignacio Sánchez Mejías, Carlos Marzal, Francisco Brines , Fernando Quiñones y demás. (  Entre ellos la inevitable colaboración de Andrés Trapiello, presencia ineludible en cualquier publicación de los 80, fuera el tema el que fuera. Aún cuando la excusa consistiera en los toros, que le eran absolutamente ajenos).

El tiempo ha transcurrido mal para esta literatura taurina. Heredera de un modelo en prosa del 27, en un intento de retomar el hilo culto del toreo, su retórica envejece mal. Los juegos de palabras bergaminianos; el conceptualismo pretendidamente brillante en torno a una actividad tan feroz - y tan cargada de símbolos - como el toreo se leen con fatiga ahora. Curiosamente resisten algunos textos de los críticos taurinos, sin pretensiones literarias, y en donde figura todavía uno, excelente, que hablaba de la tradición de los banderilleros valencianos, y estaba firmado por José Luís Benlloch. Y en el que , entre otras cosas, se recogía la fascinante leyenda de Blanquet, uno de los mejores subalternos de la historia , el torero dueño de los augurios - y al cual habría de dedicar, entre otros, el escritor Cela Trulock una atractiva novela corta.

Es lo que tiene el género histórico : que es uno de los que mejor resiste el paso de la historia. De la prosa del resto, de sus peripecias ensayísticas,  apenas se sostiene nada .

Para el común de los mortales Juan Luís Panero había sido principalmente el hermano oscuro, el más discreto, de aquella saga ochentista que había iniciado Chávarri con su película El desencanto. Era el mejor poeta de ellos. Qué cosas.

Estrenada en 1976 la película tuvo su cartel, entonces. Tantos años después quién podría volver a verla... A quién le interesaría ese juego, existencialistas tardíos, de destripar los juguetes para ver lo que hay dentro. En aquel momento tuvo su público. Una familia de la burguesía, como los Panero, descendientes de uno de los más notables poetas de posguerra, Leopoldo, y relacionados con toda la intelligentsia de aquellos años, se dedicaban a demostrar que las muñecas por dentro estaban hechas de tela, serrín y alambres. ( Pasado el asombro del estreno, Claudio Rodríguez, dueño de un castellano nada ambiguo, les escribió : " Sois unos señoritos de Astorga y nada más". Lo mismo, más o menos, había opinado antes Gil de Biedma, al referirse a Leopoldo hijo como " un señorito sablista de Astorga". )

En el estreno de la película la madre, Felicidad Blanc, había tenido el impagable detalle de invitar al poeta Luís Rosales, el compañero íntimo de su marido, a la misma con la encantadora frase de " Ven, Luís, que te va a encantar la película". Ni él, ni ninguno de los antiguos amigos volvió a dirigir la palabra a los Panero.

El minucioso análisis de lo insignificante...Era el ambiente de banalización de la época. Causó furor en cierta literatura. Inundaba los filmes con mensaje y las conversaciones de café sobre cualquier tema - sobre la alienación, fundamentalmente. Alguien descubría, por ejemplo,  que en la trágica relación de Abelardo y Eloísa había existido también un momento de hastío - un catarro, un dolor de estomago, barro en las botas - y se lanzaban, como el gran descubrimiento, a desmenuzar , en medio del relato memorable y fatal, la presencia del lodo en las ropas, como una interminable revelación de lo insignificante.

La intelligentsia acudía a ver películas como la bergmanesca y minuciosa Secretos de un matrimonio.  O Blow up, la tediosa cinta de Antonioni - que más tarde descubrimos, no sin cierto asombro, que había sido extraída de un excelente relato de Julio Cortázar - que figuraba en la lista de películas de culto. O la saga interminable de filmes españoles en los que todo lo que sucedía era el tedio de la tarde aburrida de un individuo tedioso...

De la película El  desencanto , sobre los niños y la madre Panero - bastante tediosa también- surgió una generación sonriente a la que se le había sido revelado el hastío de una familia, y la impudicia de la gauche caviar de aquellos años. Y la consoladora confesión de que en todas partes cuecen habas.

La familia Panero pasó, de alguna manera, a formar parte del imaginario oscuro de la época. Y personajes como el maldito Leopoldo María - excelente poeta a ratos - o el ocioso Michi parecieron  en algún momento compartir algo de su intimidad con todos aquellos que la habían descubierto una tarde, en el cine.

Eran tiempos en los que se podían repetir impunemente frases como " Un cuadro es ante todo una superficie recubierta de colores". O " La literatura se hace fundamentalmente con palabras". Y quedarse tan anchos... Claro que en algún momento El año pasado en Mariembad  fue celebrada como una película de culto y se afirma que hubo quien había repetido con Hiroshima, mon amour. Dicen que hubo incluso alguien que leyó a Robbe Grillet. Y a la Kristeva, que no se sabe que era más meritorio...

Apoteosis de la banalidad. Celebración de lo mínimo, descubrimiento insufrible de que en la superficie de las telas del Giorgione también hay polvo, y el barniz se ha oscurecido con el paso de los años...

Al cabo de bastantes años Ricardo Franco quiso filmar una segunda parte de El desencanto. ( Ésta ya no la vimos ). Juan Luís Panero se negó a participar en ella. Se había desmarcado hacía tiempo de una mitología madrileña en donde sus dos hermanos figuraban - junto a personajes como Eduardo Haro o Carlos Castilla del Pino, de los que nadie recuerda una sola obra, ni un solo texto - como actores legendarios, de un relato nocturno que incluía respuestas feroces, borracheras sin cuento, una perenne insolencia y lugares de culto como La Vía Lactea en Malasaña, el café El Universal al lado de Barquillo o las noches del Cock , donde siempre te encontrabas con alguno de ellos - y tenían la mesa de enfrente de la barra reservada, encima. ( La relaciones públicas del bar, Pachi, no tenía precio).

Más allá del Cock, de Juan Luís Panero nos llegó, de pronto, algún libro de poemas, alguno de ellos editado en la impagable Renacimiento, la editorial sevillana de Abelardo Linares.

De dónde surgió aquella poesía... Cómo apareció, de pronto recogida en la célebre antología de Castellet, la de los "Nueve novísimos" de 1970, aquella literatura culta, elegíaca y memoriosa en medio de todo aquello...

Frente al relato oficial de la posguerra , alguien había decidido que el poeta más legible de toda la nómina del 27 había sido, al fin, el menos metafórico, el menos reconocible de ellos: Luís Cernuda. Al que en tiempos otros habían desdeñado con la etiqueta de " un poeta inglés traducido al español ". Alguien había de pronto revelado estar en posesión una exquisita cultura literaria - más allá de los homenajes oficiales, en Madrid o en el Paris "de la resistencia" - y descubría que sus lecturas habían sido el Eliot del siglo XX, Pound, Cesare Pavese, Drieu de la Rochelle, Salvatore Quasimodo, Ungaretti o la tradición lírica que en su día ya había traducido Cernuda: a Keats, a Heine y a Shelley. Y sobre todo la lectura de un Kavafis, del que en su día José María Álvarez había publicado una excelente - e imaginativa - traducción.

El modelo del tiempo absorbente, la relación con un tiempo y un lugar - la historia española, la pesadumbre de la Europa de posguerra - habían sido rotos, de pronto. Y en su lugar surgía un relato - que alguien calificó como post-histórico - del instante. Fragmentario, interrumpido, azaroso.

Y frente a la ruptura de los grandes nombres - el hombre, el pueblo, el progreso, la historia - surgía entonces un relato caprichoso, cuyo único interés era una narración literaria, ejemplar. De los demás, en forma de cita o alusiones a los personajes y lugares de la historia de la cultura. O autobiográfica, en forma de narración de la memoria personal y de sus momentos ejemplares.

Juan Luís Panero los había conocido a todos. Había coincidido con el Cernuda del exilio en Londres - alguien habló de una vaga relación del sevillano con Felicidad Blanc, la madre del poeta, altamente improbable, por otra parte - y con Eliot - al que definió como "un educado espantapájaros".


" (...) - mi padre y aquel educado espantapájaros, sentados
en sus butacas de cuero, hablando en aquel extraño idioma -,
en el 102 de Eaton Square, Londres 1947 ".

Pero también a Borges y a Octavio Paz. Y a Salvatore Quasimodo. Y la casa de Velintonia, el santuario de peregrinación de aquellos años, donde Vicente Aleixandre recibía siempre. Y a Joan Vinyoli en Barcelona. Y a Pepe Bergamín frente al Palacio de Oriente. Y a Anton Pavlovich Chejov - a quien encuentra imaginariamente en un poema . Y a Calvert Casey, que acaba de morir. A Jorge Gaitán, en Bogotá . A Francisco Brines, con quien coincide en Sevilla. A la memoria de Alfonso Costafreda. A Carlos Barral, en Roma. A Bioy Casares en Buenos Aires. ... Y a su padre, Leopoldo Panero, en un homenaje póstumo en la reedición de sus poemas.

La Historia, la tiranía del tiempo y sus grandes nombres, se había roto. En su lugar quedaba este relato de fragmentos, de nombres significativos. Los demás no cuentan. El fervor por el tiempo inmenso, cotidiano, de la banalidad y su interminable exégesis - al modo de las tediosas memorias de un Sartre, santón de la época y de los centones interminables del tedio - se había quebrado. En su lugar, el instante, sin más referencias; las figuras - cultas - del significado.

Y un relato personal que se inscribe en esta teoría del fragmento, del momento del sentido frente al hastío, el aburrimiento.

En la poesía de Juan Luís Panero sólo existe un género : el de la elegía.

 El relato en segunda persona es uno de sus procedimientos - lo había practicado, entre otros, de forma memorable, el Cernuda de Ocnos. ( O el de Peregrino, más tarde ).

Ahora puedes mirar, con la acuciante intensidad
con que se mira aquello que ha de perderse para siempre,
la casa, la cansada escalera que subió tu niñez (...)

enunciaba en Última visita a Manuel Silvela el poeta.

La enumeración es otro de los procedimientos clásicos, ejemplares, de lo elegíaco.

En su recuento, la melancolía del instante, los lugares, los nombres perdidos, sin más asideros en el tiempo que su cita, su reducción final a un nombre.

Una casa vacía, otra derrumbada,
un niño muerto al que le cuentan cuentos,
despedidos fantasmas que se desvanecen,
ceniza y hueso, piedras derrotadas.
Cuartos alquilados, repetidos espacios fugaces,
las huellas de los cuerpos en las sábanas,
una pesada resaca sin destino,
voces que nadie escucha, imágenes de sueños.
Innecesarias páginas, gaviotas en la ventana,
mar o desierto, blancos despojos,
signos y rostros en la pared de la memoria.
Sucias pupilas de sol en Mexico, tercos
los ojos redondos de la calavera
contemplan pasado, presente y futuro,
sombras tenaces, metáforas gastadas.
Miro sin ver lo que ya he visto,
humo disforme  que se esfuma,
invisible mortaja bajo nubes fugaces.
Humo en la noche y la nada instantánea.

Era su Autobiografía, de Los viajes sin fin, editado en 1993.

J.L. Panero se había refugiado desde 1985 en Torroella de Montgrí, el pueblo gerundense de estos últimos años. Allí muere , el último septiembre . Desde el distante refugio de este tiempo, restarían los nombres, la enumeración de tantos rostros y tantos lugares. Era una forma de la enumeración, de la elegía.