miércoles, 21 de enero de 2015

De la grafomanía


 
 
  ¿ Qué se hizo el rey don Juan?
   los infantes de Aragón,
   ¿ qué se hizieron ?
      


Cuenta Julio Caro Baroja del enfado con el que el ilustre geógrafo don José Dantin Cereceda hubo de acudir una tarde a la tertulia de su tío, Pio Baroja.

Don José, que venía de la cercana Cuesta de Moyano, entró al parecer en el salón de la calle Alfonso XI sofocado y sudoroso, repitiendo con cierta ofuscación:

- Qué cosas pasan, don Pio. Hasta dónde vamos a llegar.

El novelista, amablemente, le preguntó por las razones de su acaloramiento. A lo que el catedrático de geografía le replicó:

- Pues qué va a ser. Fíjese en lo que me he encontrado esta tarde en un puesto de los libreros...

Y sacándose del faldón del abrigo un opúsculo le enseñó el folleto que acababa de adquirir. El cual portaba el flamante título de " Vicios y virtudes del carabinero, por un individuo del cuerpo".

Cita Julio Caro Baroja en su "Jardín de flores raras" la anécdota como ejemplo del vicio de la escritura desaforada, llamada por lo común grafomanía. Nosotros, modestamente, creemos que el ilustre geógrafo exageraba, y que su ofuscación debía de deberse más bien a alguna oculta animadversión al honrado cuerpo de carabineros. La cual tratándose de una persona cualquiera no está bien. Pero mucho menos en la figura de un catedrático.

Y a más que, por lo que comenta Julio Caro, debía de ser persona que frecuentara los seculares puestos de la Cuesta de Moyano.

Teatro de la profusión y la interminable escritura, la cuesta es , para los asiduos a ella, el escenario de la certidumbre de los infinitos mundos, por una parte. Y de la absoluta futilidad de los afanes humanos, por otra.

No entendemos muy bien la sorpresa de don José. Entre los objetos olvidados de la feria - pues que tal carácter adquieren los impresos que van a parar a ella, certeza de la vanidad de toda vanidad, que un día fueron novedad y alborozo, y son arrinconados por fin en los mostradores decrépitos de los libreros de lance - figuran catálogos, impresos, revistas, libros, cuadernos y enciclopedias varias, testimonio de la fugacidad de la Fama.

Y de la amplia variedad de las empresas humanas. Qué de extraño tiene una memoria carabineril. Si en días primaverales hemos encontrado por ejemplo la impagable colección de "Temas nacionales", editada por la Dirección General de Prensa, entre los que se encontraban nada menos que uno dedicado a la   " Práctica de la Talabartería"; otro a " Las Cámaras Agrarias"; "La fiesta nacional" y otro último sobre "Hierros y atalajes de las caballerías" - folletos todos que nos hemos apresurado a adquirir, intentando que el librero no se percatara de nuestra profunda emoción y no subiera el precio.

Decididamente la cuestión de la grafomanía nada tiene que ver con la práctica carabinera. En la cuesta uno advierte, entre los estantes, que existe una profusa bibliografía sobre heráldica, por ejemplo, o sobre numismática. O sobre la uniformidad reglamentaria de las tropas del Imperio del Sol Naciente - asuntos todos estos que siempre dejamos para mejor día, hay que decirlo.

Pues si don José hubiera recorrido los tenderetes en nuestros días, hubiera podido, por ejemplo, constatar de la vanidad y profusión del llamado género profético socialista, que en su momento agotó prensas y firmas, para acabar colmando los puestos, en montones que nadie, ay, adquiere ni a precio de saldo. Títulos como "El futuro de la revuelta en Cantabria", la "Rebelión obrera en el Tercer Mundo" o "Perspectivas de la socialización en las luchas campesinas bolivianas" atestan, en ejemplares de la editorial siglo XXI, Fundamentos, ZYX y Cuadernos de Gramma, los estantes, sin que nadie al parecer haga ya caso de su oracular - y prolija - redacción.

La grafomanía es asunto delicado, que debe tratarse con cierto cuidado. Tiempo ha pudimos encontrar un voluminoso catálogo, editado por la Caja Rural de Valladolid , en donde en interminables páginas , acompañadas de profusas imágenes en papel couche, se glosaba la obra del artista Cristobal Gabarrón, de quien se había celebrado una no menos exhaustiva exposición.

Que alguien pueda decir más de dos palabras en relación con la obra del artista Gabarrón es para nosotros un misterio que escapa a toda comprensión. En el mismo estante - el saldo de la biblioteca de un estudioso del arte, semejaba - encontramos la Revista de Archivos y Bibliotecas encuadernada, una monografía sobre la librería Clan, un profuso catálogo sobre la obra de la llamada Escuela de Almería - con artistas que escaparon a la posguerra - y, ceniza de los días, el opúsculo que sobre la pintura de una surrealista local había editado al fin la Diputación de Ávila.

Sic transit gloria mundi... Años atrás habíamos conocido a la autora de la monografía sobre el realismo mágico abulense, historiadora del arte que había dedicado varias temporadas al estudio de la apenas conocida pintora del Barco. Su empeño en todo momento nos había parecido encomiástico, por cuanto había conseguido al fin redactar una tesis en toda regla sobre una artista menor, cuya obra se resumía en un nombre y dos adjetivos, a lo mucho. Después de leerla en la Facultad correspondiente había conseguido por fin publicar la obra con la Diputación provincial. Para terminar, como todos los afanes mundanos, en el puesto de libros saldados frente al antiguo Ministerio de Fomento...

Gracias a la Cuesta conocemos que hay personas que leen, e incluso atesoran, volúmenes sobre numismática, historia del Derecho Canónico, la apertura siciliana, o incluso literatura erótica - sicalíptica en término más preciso - de principios del siglo pasado. El otro día vimos saldarse un grueso infolio sobre las banderas y emblemas del Imperio Austro-húngaro, y hay quien asegura que un día vio comprar a alguien un antiguo ensayo de don Enrique Tierno Galván.

Qué podemos objetar nosotros, si otra mañana nos hemos presentado en la tertulia de la calle Huertas con los siete volúmenes que nos faltaban de la edición del Consejo de la Historia de los heterodoxos españoles de don Marcelino Menéndez Pelayo - por un momento me miraron como si fuera a leerlos en el bar. Claro que unos días antes nuestro compadre José Antonio había aparecido con los dos volúmenes de la Semiótica de Julia Kristeva, que no sé qué es peor.

Entre la vanidad de la edición, de vez en cuando surgen las joyas - cuestión ésta muy personal, sobre la que no hay nada escrito. Debe de ser la única excepción.

Una mañana un amigo apareció nada menos que con las "Memorias y aventuras del Marqués de Tenebrón",  en edición local del Monasterio de la Peña de Francia, que había adquirido, me dijo, para regalármela. El librito, contra todo pronóstico, resultó ser una joya. No tanto por las insulsas y reiteradas hazañas del citado marqués, sino porque entre líneas, y a despecho del autor de las memorias, surgía un mundo de la serranía, tradicional y tremendo, que desaparecería al poco, y que allí, quizá de manera inconsciente, quedaba retratado. Me recordó cuando una mañana, en el entrañable Museo Etnográfico de Zamora, yo regresaba una y otra vez a contemplar el amuleto contra el mal de ojo que en forma de espejuelo se situaba en la chichonera de un infante, y que provenía de la colección pastoril de un erudito provincial.

Mis cansados acompañantes no podían presumir que en aquel espejuelo se hallaba la definición de un mundo aún animado, cuyas leyes mágicas - esto es , analógicas - habían desaparecido con la extinción de la cultura pastoril. Qué le vamos a hacer, cada uno lee como puede.

Cómo explicarles si no, que entre las más valiosas adquisiciones de la Cuesta figure un breve tratado en papel de arroz, repleto de caracteres chinos que nunca he podido descifrar, pero que ha ido a parar a la sección lírica de mi biblioteca, como uno de los ejemplares más decididamente sugestivos de la misma. Nuestra común amiga la profesora Sonia Wang, que habla el chino como si fuera su lengua materna, se ofreció un día a traducirme el opúsculo. A lo que me negué en redondo. No tenía ningún deseo de saber que tan lírica y sugerente obra se trataba en realidad de un informe sobre las presas hidraúlicas de la provincia de Singjian.

Ediciones sin cuento, volúmenes sobre filatelia, el motor de explosión, la paremiología o sobre la política cultural de las autonomías regionales... Una amiga, profesora de literatura, a quien tengo por experta en épica y métrica medieval - además de salmantina - me aseguró un día que se había leído más de una novela de Javier Marías, afirmación que en su momento me dejó sin habla . "Ah, era ella" , comentó más tarde el malvado Jaime en la tertulia. Otro conocido común aseveró, sin darse importancia, haber concluido una obra de Millás. Jaime aseguró después que tal cosa era imposible.

José Isaac, médico erudito y sin embargo amigo, me repitió una tarde los capítulos en orden de la Anatomía de la Melancolía de Burton - libro que yo había leído en la edición del Colegio de Médicos asimismo. Con Gabriel, flamante empresario de Ciudad Rodrigo pude repasar, en una tarde memorable en un mesón de la sierra, la bibliografía traducida, y aún sin traducir, sobre la herejía de los bogomilos - tema éste decididamente insólito en el mesón serrano. Quedó en conseguirme un raro volumen de la obra de Steven Runciman que yo no conocía - otra joya sin duda - sobre el maniqueísmo medieval, pero aún no lo debe de haber encontrado... Mi amigo Lorenzo, notable poeta él mismo, había coleccionado todos los volúmenes que en su momento editó la colección Adonais de poesía. Y lo que es peor, se los había leído todos. Vanitas vanitatis , dónde han ido a parar ahora los autores de la colección Adonais - y lo que es más grave, quién encuentra ahora a un precio razonable el Don de la ebriedad del zamorano Claudio Rodríguez, que en su momento abundaba en todos los puestos... Los libros de mi amigo Lorenzo, nada desdeñables y celebrados por la crítica en su momento, sí se encuentran últimamente en las casetas, tirados de precio.

Entre los numerosos ejemplos de grafomanía que Julio Caro Baroja esgrime, figuran dos impagables . El primero es el Tractatus de Angelis del jesuita Agustín de Herrera, natural de San Esteban de Gormaz y profesor en Alcalá de Henares.La obra, en varios volúmenes es, según la descripción de don Julio  "abundantísimo, dividido en veinte cuestiones con varias secciones cada una. Allí se puede encontrar todo lo que a uno le apetezca sobre los ángeles, desde su creación a su espiritualidad, simplicidad e incorruptibilidad, especies, intelecto y modos de conocer y voluntad". Don Agustín, añade Caro,era de "erudición muy sólida, y su seguridad encomiable".

El otro es el del cordobés Martín de Roa, jesuita asimismo, que edita en 1624 , el libro Estado de los bienaventurados en el Cielo, de los niños en el Limbo, de los condenados en el Infierno y de todo este Universo después de la resurrección y juyzio universal en veinticuatro capítulos. Entre las discusiones de la obra la cuestión de si existen palacios y mansiones celestiales y si los bienaventurados cantan o bailan en aquellos.

Aún no lo he encontrado en la Cuesta de Moyano, y por las trazas más bien parece pertenecer al fondo del librero Blázquez, o alguno similar. Tengo que preguntar.









domingo, 4 de enero de 2015

Hiroshi Hamaya. El país de nieve.




Viento invernal
un sacerdote shinto
vaga por el bosque

          Issa


La isla de Honshu, la más extensa de las islas de Nippon, es , como se sabe, la más cercana al continente asiático. Situada frente a la península de Corea, las provincias del noreste reciben durante todo el invierno la corriente fría que baja desde Siberia. Encerrada la región entre la costa y los llamados Alpes del Japón - entre los que se encuentra el monte Fuji - es un país inundado por largos meses de nieve, que cubre su territorio prácticamente hasta la llegada de la primavera y la templada influencia del monzón del sur.

En 1939 el fotógrafo Hiroshi Hamaya había recibido por parte de la revista Graphic el encargo de elaborar un reportaje sobre los ejercicios invernales del ejército en Takada, un apartado paraje en la prefectura de Niigata . El trabajo fue cancelado al poco - se aproximaba la guerra - pero en el lugar Hamaya comenzó a realizar las fotografías de la región invernal que, casi veinte años después, se convertirían en el libro "Yukiguni". Village in the Snow, como sería rebautizado en la edición inglesa.

El trabajo, de pronto, el escenario y los personajes, habían supuesto un notable cambio en la obra de Hamaya, quien hasta el momento había realizado una fotografía de ambiente urbano, centrada sobre todo en la ciudad de Tokyo - de donde era nativo - y sus personajes, y había sido influenciada, al igual que sus compañeros de la nueva generación de fotógrafos japoneses, por las noticias que del surrealismo o la Bauhaus habían llegado al país.

El barrio de Ginza, donde las mujeres aún paseaban con impagables kimonos, o el Ballroom Florida de Asakusa, con sus personajes a la moda europea, eran alguno de los lugares que Hamaya reflejaba en ese momento. En él, la ciudad es un escenario agitado, populoso y en movimiento, y la nueva fotografía japonesa recogía su estética - después de la "Artistic Photography" inspirada en el artista y teórico Shinzo Fukuhara.



Los primeros clubes de fotografía había surgido en Japón en las postrimerías del periodo Meiji , a finales del siglo XIX , " y durante la época Taisho".

Hiroshi Hamaya ( 1915-1999) pertenecía a la generación que, en torno a 1935 había inaugurado el foto-reportaje en la prensa nipona. " Verdaderos reporteros como Ken Domon, Hiroshi Hamaya y, por supuesto, Kimura". Hamaya reconoce en una entrevista tardía que él "siempre había trabajado por encargo". El viaje al pueblo de Takada había sido realizado en medio de la propaganda belicista que el Imperio elaboraba, ante la inmediatez de la próxima guerra. El trabajo para la revista Graphic finaliza enseguida y, en su lugar, el fotógrafo se encuentra con un escenario que antes desconocía. Había llegado al País de Nieve - y en concreto a las ceremonias del Año Nuevo, que se realizan, de acuerdo al calendario lunar " durante los primeros quince días de enero".

Vagaría por la region, entre viaje y viaje, durante los siguientes quince años.

En algún lugar se nos cuenta que " Hamaya quedó tan impresionado por este nuevo sentido del espíritu japonés que durante una de sus visitas al País de la Nieve quemó los negativos de sus fotografías de Tokyo, recuerdos de su  frívola y débil vida fotográfica, en las llamas de la celebración del Nuevo Año". Afortunadamente, nos recuerda otra noticia, se conservaron bastantes obras de su anterior época "urbana", excelentes por cierto.

En esos años - en 1939 en concreto - debió de conocer al etnólogo local Shinji Ichikawa, con quien entabló una intensa amistad. Éste, a su vez, le presentó al conocido antropólogo y mecenas Keizo Shibusawa, fundador del Attic Museum de Tokyo, quien durante años apoyaría y financió sus trabajos en la prefectura de Niigata. El primero le animaría a recoger las costumbres tradicionales que aún se mantenían en la región, especialmente las que se celebraban en torno al Año Nuevo. En la posguerra había resurgido un especial interés, nacionalista, por el Yamato - damashi, el "espíritu japonés".

Recogidas las imágenes en esos años, en 1957 se editaría finalmente el libro, Yukiguni. País de nieve.

 
 
Las imágenes de la prefectura de Niigata recogían un universo local que, tras la derrota del Japón en la segunda guerra, varios autores habían querido recobrar - y también, seguramente, describir ante la certeza de su próxima desaparición. "Un mundo que ya se ha perdido para siempre vive aún en estas fotografías", comentaría años más tarde el crítico Ian Buruma del libro.
 
Imágenes de la distancia, las fotografías de Hamaya nombran un universo inmóvil y ausente. No hay voces en él. No hay referencias a lo otro. No hay llamadas de ninguna otra parte. No hay otra parte.
Hamaya había fotografiado un tiempo de la espera y lo ensimismado. Nada se distrae. Nadie llega. Ningún acontecimiento puede tener lugar.
 
Excepto la repetición del ritual, del largo invierno, de un blanco vacío, inmaculado.
 
 
 
 
Este sentido de lo distante no era ajeno, por otra parte a la obra de Hamaya. En 1957 también había publicado su obra  Henkyo no machi Urumchi  ( "Urumchi, a frontier Town")  . Recogía el trabajo durante los años de la guerra en la distante provincia de Xingjian, y había sido inspirado "en la extrema desolación de la ciudad".
 
Hiroshi había viajado durante dos años - del 1940 al 42 - por la región, hasta que se produjo la ocupación japonesa. Ésta era una "provincia ( ahora Región Autónoma Uigur de Xingjian) en el lejano noroeste de China, con su severo y árido clima, en donde los habitantes uigures habían sobrevivido de algún modo", como describió años después un crítico su trabajo en esa época.
 
 

 
 
En 1969 Hamaya fue nombrado corresponsal de la Agencia Magnum. Era el primer fotógrafo asiático en serlo.
 
Su obra recogía desde las manifestaciones antiamericanas de Tokyo en la década de los 60 a los paisajes del Himalaya desde los aires, fotografías de los mares del sur, o una serie de imágenes de los EE.UU. en los años 70.
 
Pertenecía a una generación en la que todavía la fotografía se relacionaba con el referente - con el momento, con las cosas,con el mundo - distante aún del momento en que la imagen se consideraría un objeto artístico más, y con ello perdería todo su sentido:  metalingüística, autorreferente, insensata.
 
 En la obra de Hamaya - de los fotógrafos de Magnum - el concepto de "obra de arte" aún no había hecho su aparición. Como una noción autosuficiente y carente de toda significación - que no fuera su propio autocuestionamiento.
 
En una entrevista con el fotógrafo y crítico Frank Horvat - a quien, invitado en la casa del primero en Tokyo, no dejó de insistirle en que tomaran sake y se dejaran de entrevistas - comentaría:
 
" Por supuesto, la fotografía es menos creativa que la pintura: algunas veces me digo a mí mismo que yo no soy una persona muy creativa, que no hay nada que pueda llamar exactamente mi propia creación, excepto quizá esta casa, que diseñé yo mismo, y quizá estos libros que he publicado (...) al mismo tiempo sé que la fotografía es más una cuestión de encontrar que de crear."
 
Para culminar en algún momento:
 
"Nunca he considerado la fotografía como un arte".
 
Alguna de las fotografías de Hamaya son ciertamente alguna de las mejores imágenes del siglo que terminaba.
 
 
 
 
En 1941 el cineasta Akira Kurosawa había presentado un guión a un concurso en  Tokyo, que nunca sería realizado. El guión se titulaba sencillamente " Nieve" y el argumento al parecer trataba de presentar a ésta, la nieve, como protagonista. Recogía las costumbres, y el habla, de los habitantes del noreste de Honshu, incluido su dialecto, el tohoku.
 
La primera novela del escritor - más tarde Premio Nobel - Yasunari Kabawata, editada en 1947, se titulaba también Yukiguni " país de nieve". En ella el protagonista viaja, en una suerte de fuga melancólica e intemporal, a la ciudad de Yuzawa. En la prefectura de Niigata, así mismo.
 
En otra obra, la breve escena teatral "las muchachas del bote"- que sería recogida en la serie de relatos Primera nieve en el Monte Fuji - Kawabata hace vagar a sus personajes por las guerras civiles del siglo XII , el enfrentamiento entre los clanes Heike y  Genji que dieron lugar a la memorable - e interminable - novela épica del Genji Monogatari .
 
En Primera nieve... los personajes, sujetos a su condición de samurais y servidores de los clanes, y a lealtades y desgracias inevitables, vagan por diversos lugares y suertes. Hasta que en un encuentro final el samurai Kagekiyo y su hija, la bailarina Murasaki, se reencuentren en una escena que de algún modo se sitúa ya al margen del tiempo - de las tragedias anteriores -  y abre una suerte de redención, al margen de ellas. Y de la pesadumbre de los días.
 
En la escena, Kawabata apunta:
 
" aunque quieran llamarse por el nombre, continuan la danza sin decirse nada. Cae una nieve densa que no permite ver la silueta de ninguno de los dos."
 
Y, antes de descender el telón, anuncia que:
 
"Murasaki continúa danzando, aunque parece agotada. De repente queda inmóvil en medio de la densa nieve que cae. "
 
 
 
 
 
Hiroshi Hamaya:

- Por favor, tomemos más sake. Es un sake muy especial. Viene del distrito del Pueblo en la Nieve - que era también el pueblo nativo de mi mujer.