viernes, 23 de diciembre de 2011

Sodade



J. me había propuesto escribir algo sobre Cesaria Evora para su revista. Yo todavía tenía en la memoria una melodía tenue y desengañada que fue un verano hace años. Guardaba en la memoria los ecos - y la imagen - de una grabación en Amsterdam, en donde Cesaria fumaba constantemente y miraba a un lugar distante del escenario,  y del público,  y de Amsterdam a partes iguales, se sentaba ausente y entre un cigarro y otro desgranaba una melodía tenue y desengañada, irrepetible. Le dije a J. que escribiría el artículo.

En esas estábamos cuando el otro día me encontré con Marta G., amiga mia y musicóloga, y estuve hablando con ella. Marta, me contó entre otras cosas, estaba preparando un trabajo precisamente sobre algunas músicas de mestizaje africanas. Entre las que se incluía la morna o la funaná , típicas de Cabo Verde.

Si algún saber me deja fascinado  y disminuido, éste es sin duda el de los musicólogos, capaces de explicar las relaciones entre el blues del Mississipi y la lejana costa occidental de África. O de explicar la presencia del puerto de esclavos de Ouihda  en la ópera Porgy and Bess. O de tenerme toda una tarde perplejo hablándome de las probables relaciones entre el rito mozárabe, la liturgia oriental y sus ecos en el flamenco actual - por lo menos en palos como la toná o la petenera ... Mi envidia , mi admiración, son inagotables. ( También lo es con los que son capaces de saber qué demonios se hace después de aceptar el gambito de rey PARg5. Pero ésta es otra historia).

  Marta es exhaustiva, rigurosa y no fuma. Yo estaba demasiado cargado de admiración y de pereza para escribir el artículo. Así es que de pronto encontré la solución para el texto en cuestión. Le he enviado unas notas sin elaborar a Marta. Que haga lo que quiera con ellas. Ella es capaz de escribir un estudio minucioso y trabajado.  Yo me vuelvo al campo.

 - Imagen primera , e irrepetible. Una adolescente Cesaria canta en las plazas y calles de Mindelo, su ciudad natal. Al cabo del tiempo actuará en bares como el Café Royal.  Éste, en ese puerto donde arriban todos los barcos, todos los marineros, es el lugar donde todo querríamos haber parado, al menos una sola vez.

- En el puerto de Mindelo se encuentra la Pensáo Atlantida. Yo quiero alojarme en la Pensáo Atlantida.

- En sus " Tristes trópicos" Lévi-Strauss describe el largo viaje que en cierta ocasión - 1934 - le llevara de Marsella a Santos, en Brasil, donde iniciaría su tarea de etnógrafo. Describe minuciosamente la partida y los lugares que va atravesando el barco, pero al cruzar las islas nada dice de ellas.

"En Dakar habíamos dicho adiós al Viejo Mundo, y, sin parar mientes en las islas de Cabo verde, llegamos a ese fatídico 7ºN ..."

- Alguien la escucha, cantando en voz muy baja, acompañada por su hermano Lela , que toca el saxo. Le dicen : "Canta más alto, Zize, que te oigamos".

- A los 20 años es invitada a trabajar para el Congelo - una compañía de pesca formada con capital local y portugués.

- " A los portugueses les gustaba mucho mi voz,  los marinos me llevaban a los barcos (...) había marineros de todas las razas y países. Se sentaban en las mesas a beber y me llamaban para que yo cantase. Lo hacía de pie, allí quedaba con mis sentimientos delante de ellos ".

- Otra nota nos advierte que " se enamoró de un joven compositor y guitarrista que la llevaba con él a cantar en barcos que atracaban en el puerto".

- Cabo Verde. " as ihlas arsinárias, de Cabo Arsinario, nome antiguo do Cabo Verde continental, recuperado a obra do Estrabo ".

El mito del antiguo continente Hespérico, situado en la mitad del Atlántico, acompaña de manera simbólica toda la historia de las islas. Poetas como Pedro Cardoso ( " Hespérides ", 1930) o Jorge Barbosa "Arquipelago" , 1935 ) lo han recogido modernamente en su obra .

- A partir de la primera colonización portuguesa, en el siglo XV, y hasta la abolición, en el siglo XIX , la economía de las islas está basada fundamentalmente en el tráfico de esclavos. Sao Vicente es uno de los principales mercados y puerto de embarque para el transporte hacia América.

- " La lluvia que no llega", en palabras de la propia Cesaria, es uno de los temas de las letras de sus canciones. Uno estaría tentado de afirmar que, en efecto, la lluvia que no llega es el único tema importante de la lírica , toda.

- " Mis canciones tratan de cosas perdidas y de nostalgia, amor, política, inmigración y realidad ". El resto es silencio, de nuevo.

- 1975. Los " Dark Years" en definición de la propia cantante. Son años de retiro, de silencio. El alcohol , la lejanía, el tabaco.

- En algún lugar está publicado un ensayo sobre "Las fortificaciones de Felipe II en la costa de Cabo Verde". Lírica pura . Nunca hemos podido acceder a tan fascinante título.

- Las primeras grabaciones de Cesaria Evora las realizan las emisoras Radio Barlavento y Radio Clube. Quién pudiera, de nuevo, escuchar Radio Barlavento o Radio Clube, emisoras locales.

- Según una etimología publicada en algún lugar el término "morna" procedería del verbo inglés " to mourn" , lamentarse. Puede ser.

-  Del  poeta local Eugenio Tavares, ( 1867 - 1930) emblema de las letras caboverdianas, se nos dice que en algún momento de su vida

"Dolorosamente ferido, isola-se como un eremita num dos locais mais sombrios da Ilha Brava : Aguada.  Aí reside esmayado entre a pressao de duas montanhas desoladas, tendo como visáo livre o panorama do mar, delimitado ao longe pelo vértice dessas rochas verdadiramente tenebrosas. Aí viveu escrevendo mornas e falando con o mar nos seus soliloquios de desamparo"
(citado en Luis Romano, escritor caboverdiano)

- La obra de Eugenio Tavares - atildado y elegante siempre, en las fotografías que quedan de él - está marcada por la temática tradicional de lejanía de la isla. Y por un amor primero, la americana Kate, que partió de repente de la bahía en el yate - el "Fortune" - en el que viajaba, sin dejar ningún aviso al poeta. Fue su primero y desdichado gran amor.

- Fotografías de la casa de Aguada, frente al mar. En el extremo del mundo, no hay nada, excepto un océano solitario, frente a ella. La rodea un monte sin casas, sin árboles.


-  En 1936  los escritores, periodistas y compositores Baltasar Lopes da Silva, Manuel Lopes y Jorge Barbosa inician la publicación de la revista "Claridade". Iba a marcar un hito en la adaptación a la modernidad de las letras isleñas. No hemos podido encontrar ningún ejemplar de dicha publicación.


- Actuación de Cesaria Evora , reciente, en una calle de Mindelo. El público, los músicos en un patio, sobre las escaleras, subidos en una tatpa. Todos cantan, escuchan, dan palmas a compás. Una música tradicional y nueva, lejos de la distancia de los escenarios, de las luces, de lo insólito.

Una melancolía sin gestos, sin aspavientos. Los alisios, constantes. La selva seca, la llanura desolada de Sao Vicente. Las cosas perdidas. La lluvia que no llega.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Museo Etnográfico



Citas en Madrid, algunos paseos. Con G. acudimos una mañana a ese museo anacrónico y a trasmano que es el Etnográfico, en la trasera del antiguo Ministerio de Fomento.

Un raro paisaje en Madrid, por un momento. Pues de repente la ciudad se tiñe de algunos emblemas ilustrados, serenos, en medio del caos cotidiano, ese paisaje menesteroso y precario, sin ningún adorno, en que consiste normalmente la ciudad.

No hay obras a la vista. El Ministerio de Fomento posee el aire retórico y aficionado a los emblemas, típico del XIX. El Museo, al lado, en el Paseo de la Reina Cristina , se abre , tras los escalones sobre la calle, con una portada neoclásica. Al fondo, sobre la colina del Retiro, el Observatorio Astronómico, un instituto científico , una balconada con aire de residencia de estudiantes. Hasta la nueva estación de Atocha tiene un aire metafísico, ausente. Y es un raro ejemplo de simbolismo , de serenidad , en la ciudad desdeñosa , siempre en precario.

Paseamos por la exposición, las salas del Museo.  Pobre, bien montada , posee el gusto por la observación y la taxonomía  propios del XVIII también. Y la nostalgia por los mundos otros - Filipinas, las islas del Pacífico, en este caso - que hasta finales de siglo hubieron de perdurar, antes de la gran decepción.

El Museo tiene salas cerradas, despachos clausurados. Debe de ser agadable - y un poco claustrofóbico - trabajar en él , pasarse el día entre colecciones de antropología, herramientas toltecas, manuscritos descatalogados y mapas ilustrados, en medio de la ciudad nueva, tan lejos por un instante. G. me comenta de la sala de documentación de no sé qué instituto iberoamericano en La Cité, donde estuvo trabajando algún tiempo. Yo, no sé por qué, me acuerdo de las salas , de la ciudades de Tintín en nuestra infancia, pobladas de museos y de archiveros de este tipo.

A mí me encantan las máscaras rituales. G. se detiene en una suerte de altar del Día de los Muertos, mejicano. Nos relata a los que vamos con él historias entusiastas de tan funebre y jocosa celebración. Luego, describe a unos visitantes atónitos el proceso por el que los jíbaros reducían las cabezas y las conservaban después. Los curiosos se marchan, un tanto cabizbajos, y no hacen preguntas . En unas vitrinas, en la sala de África, amuletos, cruces coptas, un icono etiope, torpe y fascinante. Luego, G. y una conservadora del Museo se enzarzan en una interminable discusión sobre altares mejicanos, los rituales del más allá y la obra fotográfica de Juan Rulfo entre medias. Yo me pierdo entonces en una sala lateral, obsesionante, que muestra las vitrinas de clasificación , una interminable colección de calaveras numeradas y el esqueleto del hombre gigante de La Puebla de Alcocer tumbado en una urna . Hay vitrinas con carteles que no acierto a leer y placas dedicadas a la ingente labor de taxonomía del Museo. Cajas con objetos invisibles , y ordenados,  y un armario de fichas abarquilladas por el tiempo. Armarios sin abrir y una colección de azulejos varios, amontonados por el suelo... Uno imagina las tardes , las noches de clasificación, la interminable labor de ordenar el mundo mientras los días , indiferentes , transcurren fuera.

Bajamos luego por la Cuesta de Moyano. Buscando entre los mostradores G. encuentra algo : una edición del Consejo sobre viajeros del XVIII ; un raro Deleito y Piñuela que está en precio. Yo, una primera edición de Cela - que luego hojeo en casa y resulta ser un fiasco, a no ser como ejercicio de estilo . De vuelta por el Prado , sorprendentemente el Museo Thyssen está casi vacío y así podemos entrar en la exposición de humanistas flamencos que siempre estaba abarrotada.

De toda la exposición, la incurable melancolía de los grabados de Durero, un jinete maldito, unas villas amuralladas siempre ; la utopía de las ciudades en el papel,  la ciudad medieval - el reflejo de alguna vaga población que el artista recuerda, junto a la obsesiva nostalgia, o el anticipo , de la ciudad de Dios, la Jerusalen medieval .

Nos espera J. en la taberna. Yo intento recordar luego un cuento sobre un museo que transcurre de noche , en una ciudad vieja cuyo escenario podrían ser la vitrinas, los estantes polvorientos del Etnográfico frente a la estación de Atocha. Podría ser el comienzo del  "Péndulo de Foucault " de Eco, pero no es el relato que, infructuosamente , quiero ahora recobrar.

Luego, los demás se enzarzan en una discusión sobre Juan Rulfo , y la región de Michoacán  y los cristeros de la revolución mejicana , y decididamente pierdo el rastro.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El jérem


(fot. Juan Yanes)

El relato lo cuenta Joseph Roth en alguna parte de sus "Judíos errantes".

Según la leyenda dos judíos orientales recorrieron toda Europa, con el fin de recabar fondos para la construcción de una sinagoga. Sus pasos, finalmente, les llevaron a arribar a la comunidad hebrea de Montpellier y de allí, perdidos, cruzaron sin darse cuenta a España.

Cuenta el autor que sin duda "en la mortalmente peligrosa España" les hubieran matado. Si no es porque fueron acogidos por una piadosa comunidad de monjes, con los cuales entablaron provechosa conversación. Al regreso, incluso, descubrieron que los monjes les habían hecho una generosa aportación de oro, para la edificación de su trabajosa sinagoga.

Este oro les planteaba un curioso dilema moral, porque aunque hubiera sido donado para el oratorio, éste no podía de ninguna manera ser construido con dinero de un convento cristiano. Finalmente resolvieron el dilema fabricando una esfera de oro que instalaron en la techumbre de la sinagoga como emblema de la misma.

Y, prosigue el autor :

" Dicha bola de oro luce todavía sobre el tejado de la sinagoga. Y es lo único que une aún a los judíos del Este con su antigua patria española.

Esta historia me la contó un viejo judío. Su profesión era la de escritor de la Torá, un sophar, un hombre piadoso, sabio y pobre. (...)

- Ahora - dijo -expira el jérem (el anatema) contra España. No tengo nada en contra de que mis nietos vayan a España. Allí ya no les va mal a los judíos. En España  había gentes piadosas y donde hay cristianos piadosos, también pueden vivir los judíos, pues el temor de Dios ofrece siempre más seguridad que lo que se conoce por moderna humanidad .

El viejo no sabía que la humanidad ya no es moderna. Sólo era un pobre escritor de la Torá ".

Páginas más adelante Joseph Roth comentará que precisamente aquel año - 1936 - que expiraba el jérem sobre España daba comienzo la terrible guerra civil . El autor , dice, no quería explayarse demasiado en las implicaciones metafísicas del hecho. Pero finalizaba el texto con la cita de los Padres que afirma que :

" El juicio del Señor amanece cada hora, aquí abajo y allá arriba"

Para culminar con la frase: "A veces pasan siglos, pero el juicio es indefectible "

domingo, 11 de diciembre de 2011

El cementerio judío de Sarajevo



Casualidad o vaya usted a saber qué, un curioso paisaje literario acompaña estos días de niebla y escarchas.

Había empezado a trazarse, creo, cuando tuve que volver a buscar el "Judíos errantes" de Joseph Roth, en donde el autor dibujaba el melancólico mapa de relaciones entre judíos orientales y los occidentales. Era un escenario en el que la solución final iba a desdibujar, finalmente, todas las diferencias que un escritor ya en fuga, como Roth, aún podía trazar. Él mismo acabaría sus días en el Paris de 1939 inmediato a la contienda - y la primera edición del libro, sin fecha, es por lo menos anterior a 1937. Desdibujados los contornos de Europa por la inminencia del desastre, el relato tradicional de las diferencias entre los judíos pobres orientales y sus cultos vecinos , los judíos alemanes, estaba llamado a desaparecer, unificadas todas las diferencias en Auschwitz.

No sé por qué estaba buscando el ensayo de Roth. Creo que tenía que ver con la descripción que de unas comunidades hebreas ucranianas aparece en una novela anterior de Isaac Bashevis Singer. O quizás fuera el relato que de la pobre acogida de sus parientes pobres de la Europa Oriental realiza en su novela-río " La familia Moskat " - sugestiva como en la mejor tradición decimonónica de crónica familiar. Y de una Varsovia en vísperas del desastre, igualmente.

Días después, J. me presta " Lejos de Toledo" , la novela de Angel Wagenstein de la que había tenido noticias durante una reciente estancia en Sofia, pero que nunca había leído.

Crónica memorable de una ciudad, anodina en la actualidad, Plovdiv, el relato hablaba de nuevo de un mundo marcado por la desaparición del mundo tradicional en vísperas del Desastre - en vísperas de la ocupación soviética, también.

Más tarde, J. me presta el " Adios, Shangai" del mismo autor. Ésta , más novelesca, se sitúa en el mismo centro del Desastre, a partir de 1939, y es una crónica de la diáspora judía, del ghetto y de espionajes varios en la ciudad internacional de Shangai durante la guerra. Esos mismos días Jaime me había bajado al café el centón de memorias de Amos Oz " Una historia de amor y de oscuridad", del que por otra parte me habían hablado días antes. Casualidad o daimon sigo enfrascado en la relación de todas las vidas, los encuentros, las obras, las ciudades, los viajes de los judíos que la penumbra nazi amenaza. Y finalmente extermina.

Esos mismos días había estado buscando, sin encontrarla, la narración sobre el cementerio judío de Sarajevo de Ivo Andric, que figuraba en alguna parte de la librería familiar y que había desaparecido. Siempre que un libro desaparece hay que achacárselo al profesor García así es que, indignado, pensé que de nuevo don Antonio había aumentado su biblioteca ambulante a costa de la colectivización de mi cementerio judío.

Pero no era así. Otra tarde descubro que el relato en realidad aparece en su " Café Titanic" como un capítulo más del libro. La enumeración de las lápidas sefardíes del antiguo cementerio sigue siendo memorable. Y en otro lugar, en la narración que da nombre al libro, se relata, de nuevo, la persecución antisemita de los  años 40 en Sarajevo. Esta vez a cargo de otros personajes particularmente siniestros - y más para el autor, - los ustachis , la versión croata del nazismo.

Variaciones sobre una misma melodía. A J., en correspondencia, le recomiendo la " Enciclopedia de los muertos", el excelente libro de Danilo Kis, otro judío de la antigua Serbia que de la misma manera termina sus días en un Paris  más contemporáneo. Pero que al parecer tampoco era la Tierra Prometida en su caso.

En el café, una noche, comento con Jaime sobre las figuras de la diáspora que surgen, fascinantes, en el centón de Amos Oz que me ha prestado. Antonio , el erudito antropólogo, que no se ha llevado el libro de Sarajevo por esta vez,  sonríe, recordándonos la definición de castrismo que Ignacio Ruiz Quintano ha publicado recientemente en el periódico ABC. No en torno al barbado dictador cubano, como sería de esperar, sino a la secta de don Américo, nuestro Castro del exilio, al cual perseguía la figura de las Tres Culturas en todo lo que sus ojos trobaban.

Reímos. Por supuesto don Antonio y Jaime defienden la obra de don Américo. El primero por convicción y Jaime por llevar la contraria. Les amenazo con la excomunión bajo figura de don Claudio Sánchez Albornoz, abulense de pro, eximio historiador y nada sospechoso de contaminación tricultural.

Pero estos días también, la casualidad o el daimon de nuevo hacen que los necios se hayan multiplicado y otra vez entra alguno a sentarse en la mesa y cargarse, sin pudor, la conversación. Su temeridad corre pareja con su estulticia y su número se multiplica en estas fechas.

Más tarde, y hablando sobre la plaga, Jaime recordará a aquel pseudo-filósofo que se atrevió a afirmar impunemente , en el diario oficial, que nunca había existido la literatura judía. Y se quedó tan ancho. Los necios, comentamos , carecen de pudor pero en cambio están todos sobrados de ideología.

Sobre ellos podría afirmarse lo que ya un anciano texto de la Antigua Vulgata de San Jerónimo, rescatado del nada ario Eclesiastes (1.15), afirmaba, en la traducción latina del antiguo hebreo. Y es que " Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus".

Luego, cuando por fin se marchan, seguimos hablando. De Danilo Kis, del relato de Andric sobre las inscripciones sefardíes en la colina de Sarajevo, del Pentateuco de Isaac, nuestro último descubrimiento del búlgaro Wagenstein ...

lunes, 5 de diciembre de 2011

El fotógrafo Kostas



" Lejos de Toledo", el excelente relato de Angel Wagenstein,  es una crónica de la disolución. Como toda descripción de un mundo que se precie.

Evocación de una ciudad -  Plovdiv, en el macizo búlgaro de los Ródopes - y un barrio en concreto, el de Ortà Mezar, el relato discurre a través de los distintos tiempos de la narración -  de la descripción, en otros momentos.

Está el tiempo del recuerdo. El del regreso. El de la expiación. El de la diáspora. El de la repetición. El del acabamiento... Sobre todos ellos, incluso en el aparentemente inmóvil del recuerdo, flota la sombra de la disolución, de un pronto desvanecimiento.


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Hay un momento necesariamente mellado, falto. Éste es siempre el tiempo del presente, aquejado por la insuficiencia, incompleto. Un relato de lo inmediato inevitablemente debe hacer alusión a la trivialidad, a su frustrada conclusión . El tiempo dilatado es siempre otro, distante.

 La narración también  remite a un regreso a la ciudad - después del exilio de tantos de sus habitantes. En la historia de los Balcanes, es inevitable hablar de la diáspora.

Los habitantes turcos de Plovdiv emigraron un día, en concreto después de que los nuevos planes colectivistas arrasaran el antiguo cementerio musulmán . Los gitanos habían sido expulsados antes -  "Era San Jorge , la fiesta de los gitanos... " - en medio de la música y la melancolía , deportados igualmente por el programa socialista a una remota región pantanosa al sur del Danubio. Los judíos, sefardíes en su mayoría, emigrarán a la inhóspita tierra del Oriente, la Tierra Prometida, de donde retorna el autor años más tarde. De los armenios no se nos dice nada :  habían recalado en Bulgaria después de los años del genocidio turco. Los que pudieron escapar.

Plovdiv es ahora una ciudad de bloques de cemento, centros comerciales y descampados entre las torres del socialismo. Nada hay en ella para contar . Pero éste es un relato del recuerdo, del tiempo pasado, y en su espacio significativo se establece una narración que, en otro caso, carecería de todo sentido.

El presente es el tiempo de la mella .  " El cielo sobre Plovdiv clarea, la mañana apenas está naciendo, gris, otoñal y angustiosa ".


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 Los tiempos del relato. El libro se inicia, inevitablemente, con la relación  de un tiempo otro. Es el tiempo de la historia. Comienza con la referencia a una ciudad, Toledo, y un momento, el de la expulsión de los judíos de la antigua Sefarad, en 1492. A través de los siglos, de los lugares, las familias continúan hablando el "ladino" - "judesmo" en expresión de la abuela del narrador. " Hablamos así porque es como siempre se ha hablado".

Otras noticias, apenas aludidas: a los tracios - "la ciudadela ya era antigua en la guerras de Helena" - a Mehmet II, el que decidiera la presencia otomana en los Balcanes, a las guerras balcánicas. Hay otras.

Hay un tiempo de la descripción. Es la ciudad de Plovdiv, en vida de Abraham el Borrachón , el abuelo. Es un tiempo inmóvil , de la repetición, la costumbre. Y los acontecimientos carecen en él de valor - lo posee en cambio el escenario , el tiempo detenido.

" Así pues, cuando hacía falta, el Borrachón corría arriba y abajo, de las tabernas armenias a las búlgaras y luego por las turcas y gitanas y judías, aunque, como ya he dado a entender, estos gentilicios no pasaban de ser convenciones, puesto que en todas ellas las etnias se mezclaban en aras de su hermoso objetivo común".

Dentro del tiempo inmóvil, la ciudad se abre a otras referencias, Son las leyendas, que como tales, circulan por los barrios. La del hundimiento de la ciudad, la del navío Intrépido, la del terremoto que dejó la ciudadela en su sitio.... Forman parte del vasto presente , cargado del recurso a lo otro, al tiempo legendario.

Y está luego el tiempo de la narración, el presente con sus acontecimientos inéditos. Pero hasta en él aparece la expiación del momento pasado. Evocación de un momento anterior, sin el que el presente carece de nombre. Aquí los personajes, los lugares, anuncian su novedad. Pero ésta nunca acaba de cobrar la intensidad que, en todo el relato, ofrecía su reverso. El pasado, el tiempo de la leyenda, el recuerdo.



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Los tiempos verbales. En un raro momento , apenas, se utiliza el futuro en la novela .

Ocurre en una escena en el taller de Kostaki, en la que se leen los posos del café.

" Se avecinan malos tiempos. Se extenderá la niebla..."

Apenas vuelve a utilizarse en todo el relato. No estamos en el tiempo de lo inédito, sino en el de la circularidad. E incluso en el breve instante en que se ha introducido el futuro, la narración vuelve enseguida a utilizar el pretérito.

" La comedia ha terminado (...) Érase. Tiempo pretérito "


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El momento de lo intemporal es el del recuerdo. Descripción de un barrio, el de Ortà Mezar , en el que el valor de lo narrado no es tanto el del acontecimiento como tal , sino la recreación de un mundo , el del Plovdiv anterior a la Gran Guerra, que está marcado por la repetición. Del que los sucesos - triviales, cotidianos, tabernarios, memorables por otra parte - no aparecen sino como signos de la permanencia. Es la época de la infancia, del recuerdo, y como tal su momento está en principio marcado por la duración, por la costumbre. Antes de la disolución.

Quién iba a pensar en una ciudad que fuera tan rica, tan diversa y tan cercana - después de haber conocido el  Plovdiv actual, después de haber regresado a ella el propio autor.

Pero es que la descripción se está efectuando en pasado. En el tiempo del recuerdo, único lugar, imaginario, que redime de la pobreza del ahora, de la narración - imposible por otra parte - del presente.



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La ciudad de las tabernas.

" Por aquellas remotas fechas, cuando los tres mares en cuestión todavía estaban por llenar y mi abuela aún no descansaba por los siglos de los siglos en la tierra rojiza de de Ramat Gan, no lejos de Tel Aviv, o sea, hace una eternidad, el número de tabernas de Plovdiv superaba con creces el de sus habitantes ".

La ciudad de los barrios. El barrio judío - donde los habitantes hablan en ladino y desprecian el yiddish, que por otra parte apenas se conoce. El barrio turco, con la mezquita en lo alto ; el búlgaro - al que el autor define, gozosamente, como bizantino ; los asentamientos gitanos a la vera del  río Maritsa , y el barrio armenio de las Tres Colinas.

" Estos, los armenios, eran fugitivos de las terribles matanzas de Erzerum, cuando el monte Ararat se puso blanco de dolor y las truchas del lago Van lloraron lágrimas de sangre "

La obligación de no despreciar ninguna taberna impone a los habitantes de Plovdiv una permanente expiación, que consiste en  recorrer incesantemente la ciudad de arriba a abajo, deteniéndose en todas y cada una de ellas - de su abuelo, Abraham el Borrachón, figura central de la novela , se comenta en algún momento que posee el don de la ubicuidad. Propiedad, por otro lado, no tan rara entre  penitentes tabernarios.


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Pero el tiempo de la descripción, el del recuerdo de lo intemporal o la infancia , lleva consigo siempre, latente,  la marca de la disolución. Esa es su virtud, en toda narración que se precie . También su condena.


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La maldición de la Historia... Una figura, y un lugar, se erigen en la novela como referentes frente a la disolución, al desvanecimiento. Es el fotógrafo Kostas , su taller frente al barrio turco.

" ¡El gran Kostaki! Así se llamaba, por lo demás, su taller frente a la gran mezquita: Eternidad de Kostas Papadopoulos, fot. dipl. "

Fotografía : la marca de la eternidad.

El fotógrafo Kostas tiene una omnipresente función social en la Bulgaria de la época. ( De esta función social, y ceremonial  en las aldeas de los Balcanes de principios de siglo, nos había hablado , por ejemplo, otro relato fascinante como El libro de los susurros del armenio Vosganian ) Todo acontecimiento familiar, gremial o religioso que se precie queda reflejado - como su definitiva huella de la permanencia - en la placas de Kostas, el fotógrafo.

" ¡ Ni en los cementerios, dzhan, hay tantos muertos como en las cajas de Kostaki ! Además los cementerios son polvo. Nada y sombra de la nada.  El hálito del tiempo se encuentra aquí, detenido y eterno. ¡Todo lo guardo, todo!  Miles de fotografías, una infinidad ... "


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La fotografía tiene sus ritos. Se producen en las bodas , bautizos y velatorios, en donde los asistentes posan de acuerdo a un solemne protocolo. Van vestidos con sus mejores galas, y en la colocación de los grupos hay una tácita relación con su posición social y familiar. Los abuelos siempre presiden la imagen.  Los hijos, al lado . Luego los más allegados , en orden decreciente. En el extremo, los niños, algún transeunte.

Para la fotografía de estudio, Kostas tiene preparado un solemne decorado - que inevitablemente va deteriorándose con los años. En un aparatoso telón coloreado aparece el mar, unos cisnes de un color azul imposible, las ruinas de un templo clásico, una incierta Venus de Milo. Toda la ciudad accede a retratarse, una vez por lo menos, frente al retórico escenario. Visten con los ropajes de la ocasión.

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Cuando el autor regrese a Plovdiv, transcurrido el tiempo de la disolución, uno de los dos únicos lugares que guardan la marca de la permanencia, es el taller de Kostas, almacen de todas las imágenes que aún permanecen, frente a la pérdida. " Hoy en día todo se ha dispersado", le advierte el griego al narrador. Su momento ha pasado y él lo sabe y Kostas y sus placas - dueños de una memoria prodigiosa - se erigen como uno de los lugares posibles en que el desvanecimiento se ha detenido.

El otro lugar es el de los nombres, que se han ido sucediendo en la novela.  La designación y el relato, que aún se erigen como únicas marcas posibles frente a la disolución.

Ambos, la fotografía y  los nombres, en el territorio inestable y distante de la resistencia a la pérdida. Esa permanente tensión entre la referencia, la permanencia de las cosas. Y la sospecha de su inutilidad final.