martes, 25 de diciembre de 2012

Sobre algunas raras apariciones en una finca de los Montes de Toledo































                    (   De un informe reciente enviado por la Sociedad Excursionista del Barco de Ávila.  Incluido en  la  Memoria Anual sobre vías pecuarias orientales de los Montes de Toledo. AA. VV. , s.f., El  Barco, eds. Orientales de Ávila.

                               Finca El Arreciado.    Toledo.
                    
                                Fotografías:  Iraida Cano

                                Rocas y ramas, grafitos, caminos y agricultura japonesa :  Iraida Cano )




jueves, 13 de diciembre de 2012

Isla Elefante



Nadie llega hasta la isla Elefante. Situada en el extremo noroeste del mar de Wedell, dentro del grupo de las South Shetland Islands, ninguna factoría, ningún observatorio, ningún campamento de verano se ha instalado jamás en este abrupto islote de elevados riscos, costas imposibles y glaciares perennes.

Una descripción contemporánea, inglesa, advierte que en la zona " the weather is normally foggy with much snow and winds can reach 100 miles per hour " . Algunas cartas de principios del siglo XIX daban cuenta ya de ella, y de su situación exacta. 61º 08´ S y 55º 07´ W. También daban cuenta de la distancia : a 1253 kms. al suroeste de South Georgia, 935 kms. al sur de las Falkland y 885 kms. al sudeste de Cape Horn. La casi constante presencia de vientos del noroeste hace empero más difícil la travesía a cualquiera de estos dos últimos puertos. La banquisa de hielo cubre regularmente el litoral, durante el largo invierno austral.

" Elephant Island was remote, uninhabited, and rarely visited by whalers and any other ships " describiría Ernest Shackleton a la isla. Quien no obstante se vería obligado a alcanzarla meses después del naufragio de la Endurance, la célebre fragata de la Expedición Imperial Transantártica. Su propósito inicial, como se sabe, después de la pérdida del barco y la deriva en el hielo hubiera sido el de arribar a Bahía Esperanza, o a la Isla Decepción donde por lo menos  " a small wooden church had been erected for the benefit of whalers ".

En la isla Elefante no había capilla, cabaña, ni nada que pudiera favorecer a los náufragos. La fuerte corriente del Nordeste, que impide a los botes de la Endurance llegar hasta la isla Decepción, les obligaría finalmente a arribar a ella. Antes, el capitán Shackleton habría escrito que " Esta última - Elephant Island - tiene un cierto atractivo para nosotros, aunque, hasta donde yo sé, nadie ha desembarcado allí jamás".

Alcanzaron la isla, finalmente, el 12 de abril de 1916, dieciséis meses después de haber iniciado la pretendida ruta antártica desde la factoría ballenera de South Georgia.


 
 

Elephant  Island se encontraba vagamente documentada. En un extremo del profundamente inhóspito Mar de Weddell, nadie presumía  de haberla alcanzado o haber desembarcado en ella alguna vez. Incluso el nombre carece de una atribución exacta. Según una versión fue bautizada por primera vez en 1821 por el capitán inglés George Powell, uno de sus primeros observadores. Según otra el nombre se debe a los balleneros y foqueros de la región, que pescarían en la zona, y la denominaron así a principios del siglo XIX por alguna razón que desconocemos. Algunos han señalado la posible presencia de leones marinos, advertidos por los cazadores. Otros aluden al perfil de la isla , abrupta e inaccesible. También desconocemos los nombres de aquellos, ni si hubo alguna vez algún desembarco en la misma. La historia de las navegaciones de los balleneros raramente guarda alguna relación escrita y de sus periplos y descubrimientos al sur del Cabo de Hornos no se conservan apenas registros. Por indiferencia, en algunos casos. Pero también porque los cazadores de focas y ballenas se cuidaban de exponer en los puertos y comandancias las noticias de sus expediciones, que conservaban celosamente para sí.









La imprecisión había cubierto durante muchos años la exploración y el descubrimiento de estas tierras del sur, las que cercan el hasta entonces desconocido continente antártico. Durante siglos aún perdurará la idea de la geografía antigua de una Terra Australis Incognita , la cual rodeaba el mundo por su extremo austral y unía, de manera hipotética, las islas de Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea o las regiones septentrionales más allá de la Tierra del Fuego.

La imprecisión, el anonimato... En 1603 la expedición del español Gabriel de Castilla debió de haber alcanzado los 64º de latitud sur. Pero no se han conservado documentos. Un testigo holandés, Laurent Claesz, se referiría, años más tarde a la llegada a islas desconocidas y mares cubiertos de hielo. En algún momento habrían divisado, según anota, remotas " montañas cubiertas de hielo". Pero la expedición no había dejado ninguna relación escrita. Años más tarde el oficial francés Pierre Bouvet, intentaría descubrir la tierra del sur descrita por " un semilegendario Binot Palmier de Gonneville". No la alcanzarían, aunque su expedición dio nombre a la isla Bouvet, bautizada así a partir de entonces en los mapas europeos. " Lo más extraordinario - se nos indica en otro lugar - es que el francés la encontrara : me refiero a la diminuta isla Bouvet, de sólo ocho por cinco kilómetros y uno de los lugares más solitarios del mundo, ya que hay una distancia de más de mil quinientos kilómetros en cada dirección hasta la tierra más próxima ".

La Terra Australis... Divisada a veces : la distancia, la niebla, la imprecisión la rodearán durante siglos. Ya en fecha tan temprana como en 1504 el florentino Americo Vespucio había relatado en carta a Piero Soderini, su corresponsal desde Lisboa , que " las noches eran muy largas que tuvimos una la del 7 de abril que fue de quince horas (...) En medio de esta tormenta avistamos (...) una nueva tierra de la cual recorrimos cerca de 20 leguas encontrando la costa brava, y no vimos en ella puerto alguno ni gente, creo que era por el frío tan intenso que ninguno de la flota se podía remediar ni soportarlo ".

En la " Historia del descubrimiento de las regiones austriales..." se nos informa del incierto viaje en 1605 del general Pedro Fernández de Quirós , al servicio de la Corona de España , en pos del impreciso continente. El general , se nos dice , " a los cinco meses de travesía, al encontrarse con una gran isla de las Nuevas Hébridas, la del Espíritu Santo (...) sin más averigüaciones creyó haber llegado a la tierra Australia (...) Dio por fundada la ciudad de la Nueba Hierusalem, de la que sólo edificó una iglesia de madera, pero sí concedió cargos municipales de esa ciudad, que sólo existió en su fantasía".

Un documento holandés, anónimo, afirmaba que a los 64º se divisaba tierra " muy montañosa y alta, cubierta de nieves, como el país de Noruega, toda blanca que parecía extenderse hasta las islas Salomon ". Publicado en Amsterdam nunca se ha sabido el nombre, ni la expedición a que hace referencia la citada relación.

No menos incierta había sido la isla Pepys, presuntamente avistada en 1683 por el corsario inglés Ambrose Cowley desde su goleta Bachelor´s Delight . En sus memorias el pirata Cowley afirmaba que: "Seguimos navegando al SO hasta los 47º de latitud. Entonces avistamos al oeste una isla desconocida y deshabitada a la que llamé Pepys. Su puerto es excelente, y capaz de recibir con seguridad a mil buques. Vimos una gran cantidad de aves en esta isla, y opinamos que el pescado debía abundar en sus costas, por estar rodeadas de un fondo de arena y piedra. "


 Perfectamente delineada en los mapas a partir de ese momento, la isla Pepys sin embargo nunca volvió a ser divisada. Navegantes posteriores como John Byron, Bougainville, John Cook o Jean FranÇois de la Perouse no pudieron encontrarla, a pesar de las referencias más o menos precisas que Cowley había dado de la misma. En un determinado momento, y ya a finales del siglo XVIII, la referencia desaparece de las cartas de la zona. Lo cual no sería obstáculo para que en una fecha tan tardía como en 1854 el publicista napolitano Pedro de Ángelis reuniera una profusa documentación sobre la fantástica ínsula, reclamando además la propiedad para su aventurera persona.

 Balleneros o cazadores anónimos habrían descendido al sur de los 60º con anterioridad durante estos siglos, y se especula con que alguno pudo haber sido el primero en alcanzar el continente austral . Pero el sigilo encubría sus viajes.

También pudo haberlo alcanzado la tripulación del San Telmo , el navío de línea de la  Armada española, desaparecido en 1819 en aguas del Estrecho de Magallanes. Los barcos que lo acompañaban lo vieron por última vez en medio de una fortísima tormenta dirigiéndose hacia el sur , " con graves averías en el timón y la verga mayor ". Cuando meses después el capitán William Smith arriba a las costas de la Antártida encontró en la isla Livingston los restos de lo que consideró era un buque naufragado frente a la misma. Años más tarde el también británico James Weddell escribiría sobre " varias piezas de un naufragio (...) halladas en las islas del Oeste , en apariencia pertenecientes a un buque de 76 cañones, probablemente los restos de un buque de guerra español perdido cuando hacía el  pasaje hacia Lima" . Sus tripulantes pudieron haber alcanzado la Terra Australis, inadvertida hasta entonces. Pero ninguno sobrevivió para relatarlo.


En 1904 la Expedición Antártica Sueca desembarca en Grytviken, en las Georgia del Sur, para instalar allí el puerto ballenero que años después alcanzaría el capitán Shackleton en busca de ayuda para los náufragos de Isla Elefante . Alguien anotó que la Expedición habría encontrado numerosos calderos de los siglos XVIII y XIX , de origen español, que habrían sido utilizados " para fundir la grasa de cetáceos, pinnípedos y pingüinos " durante largas temporadas, de las que no se tenía otra noticia. Se trataba , en palabras del capitán Cook, que había bordeado la isla en 1775 , de " una tierra salvaje y horrible".

O Livingston Island, al sur del paralelo 60º, avistada por primera vez por el foquero inglés William Smith, en 1819. Las Orcadas del Sur, por James Shields. O Hope Bay, en el extremo norte de la Península Antártica, descubierta oficialmente en 1902 por la Expedición Antártica Sueca. La cual  figuraba ya en las cartas del ballenero George Powell en torno a 1822. Aunque ninguna otra noticia nos da cuenta de ello...




 
 

" Me atrevo a afirmar que nadie osará llegar más lejos de lo que he hecho y que las tierras que tal vez se extienden al sur nunca serán exploradas. Espesas nieblas, tormentas de nieve, frío intenso..., es el aspecto horrible del país, de un territorio condenado por la naturaleza a no experimentar jamás el calor de los rayos solares y a permanecer enterrado bajo la nieve y los hielos eternos "  había escrito el capitán James Cook en su diario a raíz de la expedición de 1775 en torno a la inexistencia del continente austral.
  

Shackleton y los náufragos de la Expedición Imperial tuvieron que alcanzarlas, después de la pérdida de la nave en el Mar de Weddell. " Todo este tiempo estuvimos bordeando la costa bajo altísimos acantilados rocosos y escarpados glaciares que no ofrecían la mínima posibilidad de desembarcar en ninguna parte ", afirma Ernest Shackleton en el relato de la malograda expedición de la Endurance.  Agotados por el viaje en los botes, una vez que el hielo se hubiera abierto , los expedicionarios hubieron por fin de desembarcar en una mínima franja de roca, sin ningún resguardo y alcanzada por la marea alta, para finalmente acampar en el llamado Cape Wild, una playa arenosa de unos 200 ms. al nordeste de la isla.

Este lugar, rebautizado como Point Wild, sería el campamento de los náufragos durante más de cuatro meses. En su cruel cobijo construirían una cabaña con los dos botes restantes y los restos deshechos de algunas tiendas, refugio al que bautizaron como Shuggery.

El resto de la historia es bien conocido. El capitán Shackleton junto a cinco tripulantes emprendería el largo y milagroso viaje de más de 1200 kms. en el bote James Caird por el infernal océano austral hasta alcanzar la factoría de Grytviken en las Georgia del Sur. La prodigiosa capacidad del navegante Frank Worsley - el cual declaraba haberse incorporado a la expedición después de un sueño en el que vio cómo Burlington Street aparecía cubierta por bloques de hielo y él navegaba entre ellos - les permitió llegar a la bahía. Posteriormente tres intentos de retornar a Elephant Island desde las Falkland o desde la costa chilena serían infructuosos, hasta que finalmente el 30 de agosto de 1916  el vapor chileno Yelcho al mando del capitán Luis Pardo lograría rescatar a los náufragos de la isla.

Las memorias de Frank Wild, el capitán al mando del azaroso campamento recordarían después que "como la isla Elefante estaba en el extremo exterior de la banquisa, los vientos que pasaban sobre el relativamente cálido océano antes de llegar a ella la cubrían con una constante mortaja de niebla y hielo". Leonard Hussey , el metereólogo de la expedición,  aludiría también a la isla como " almost continously covered with a pall of fog and snow".


Reginald James , físico de la Endurance, otro de los náufragos de la isla, compondría algún tiempo después un conocido poema, en recuerdo de la jefatura de Frank Wild en el campamento de Point Wild

My name is Frankie Wild-o
Me hut´s on Elephant Isle.
The wall´s without a single brick
And the roof´s without a tile.
Nevertheless I must confess
By many and many a mile,
It´s the most palatial dwelling place
You´ll find on Elephant Isle






lunes, 3 de diciembre de 2012

Los lugares del relato. II

                                                        

                                          

                                                                Las afueras


Debían de existir todavía aquellos escenarios... Esa suerte de territorio urbano en los límites de la ciudad , de difícil denominación, sin mapas precisos, sin numeración en las calles o, en última instancia, sin calle siquiera. El poeta Gil de Biedma dedicaba un poema de su libro  " Compañeros de viaje" , en 1959, a la zona que en la noche acechaba a la ciudad, desde fuera, sin referencias. Lo tituló precisamente " Las afueras".  Las afueras se intitula asimismo, una de las mejores novelas de Luis Goytisolo, - ganadora en 1956 del premio Sésamo y en 1958 del Biblioteca Breve de novela - en realidad, una serie de relatos cortos.

Una región sin términos precisos. " Más allá de la última parada" era el nombre de un cuento de Ignacio Aldecoa, del año 1959, en el que el protagonista se dirigía a ese territorio sin marcas, en el límite, en el que la única denominación era que estaba " más allá".

En otro relato anterior de Ignacio Aldecoa - " Quería dormir en paz"  del año 1953 - dos guardias tropezaban con un hombre, indocumentado, en un paseo. El hombre no sabía explicarles dónde vivía. Estaba al otro lado del río. No tenía nombre.

" - ¿ Dónde vive?
- Al otro lado del río, cerca del Puente Grande.
- ¿ En qué calle?
- No es una calle.
- ¡Cómo que no es una calle!
- No, es que vivimos allí algunas familias. "

Paradoja de la literatura de posguerra, la denominada a grandes rasgos novela del realismo, ésta, en sus mejores momentos, y a despecho de la imposición teórica de la época, que la obligaba " a dar cuenta de las circunstancias históricas de la época ", nos describía un espacio al margen de la historia, al límite de la geografía, en un tiempo insólito. El del escenario de los límites de la ciudad, el de los barrios sin nombre, el tiempo sin acontecimientos de los solares extremos, las quintas aisladas, de las ventas suburbanas.

Quizás aún perduraran las colonias de hoteles, ensimismadas y al margen... Barcelona, sede urbana de la colonia de escritores de la editorial Barral - la otra era el Hotel Formentor, en Mallorca, o el Hotel Suecia, cuando acudían a Madrid a seguir departiendo entre copas - era una ciudad ejemplar en ese sentido. Rodeada de colonias en dirección a la costa o al Tibidabo , nada más cruzar el Puente de Vallcarca la urbe se disolvía en un amable caos de hoteles en las colinas, de jardines encrespados y profusas verjas oxidadas, que no podían sino guardar quién sabe qué secretos al margen del tiempo. A despecho de la obligación del concurso del Premio Biblioteca Breve, al que los autores frecuentaban,  de que " el Jurado tomará primordialmente en consideración aquellas obras que por su contenido, técnica y estilo respondan mejor a las exigencias de la literatura de nuestro tiempo ".

Las exigencias de nuestro tiempo... A los barceloneses el tiempo sin referencias se les escapaba, en medio de aquellos hoteles donde la ciudad se había clausurado en un momento incierto. La definición más precisa, - aparte de una referencia casi constante en todas las obras a cierta guerra civil ocurrida en el pasado - fuera quizá la del propio Gil de Biedma, cuando declaraba " Yo nací en la edad de la pérgola y el tenís". Definición inolvidable que nos remitía de nuevo a tardes inacabables en jardines invisibles desde afuera.

Pero es que, a despecho de las imposiciones teóricas de un Sartre omnipresente en aquellos años - y de la expresión " nuestra época " referida al franquismo y al imperialismo yanqui a partes iguales - al propio Biedma se le escapaba en cuanto podía la noción de cierta intemporalidad latente en el fondo de una poética formada en  noches inagotables, y en los barrios de imposible certeza de aquella Barcelona de fiestas y jardines privados.

Como cuando nombra en " Barcelona ja no es bona..."

Algo de ese momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.

Quizá. O esas colonias de veraneo , en la costa o la montaña, donde todo acontecimiento carecía de referencias, más allá, y era la repetición de un verano igual : absorto, mudo, sin marcas.  ( García Hortelano, entre otros, lo dibujaba en su conocida " Tormenta de verano". O Ignacio Aldecoa en   "Los Pájaros de Baden-Baden" ).

Una nueva urbanización iba a arrasar ese paisaje. Y el espectáculo global clausuraría la posibilidad de todos los territorios al margen.


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En " Volverás a Región" la emblemática novela de 1967 en donde Juan Benet recreaba - una vez más - el mítico territorio de Región, la fantasiosa comarca situada  vagamente en la montaña leonesa, el escenario poco a poco iba perdiendo su teórica localización para ir adentrándose, según se ascendía por el páramo y la montaña, hasta Mantua, la inalcanzable región del Numa, su no menos mítico guardián. Allá donde muy pocos accedían y, desde luego, ninguno  regresaba.

Hasta cierto lugar la comarca aún poseía nombres propios : el río Torce, Bocentellas, la Torre de don Salvador... Más allá los nombres se pierden, y aún las referencias. Y es en torno a este lugar , situado en el límite, más allá del mapa y la historia, al que la novela va a hacer constante mención,  a su obsesiva y  remota presencia.

Éste es, de nuevo, un lugar de momento impreciso, sin historia.

" La gente de Región -  nos dice Benet - ha optado por olvidar su  propia historia :  muy pocos deben conservar una idea veraz de sus padres, de sus primeros pasos,  de una edad dorada y adolescente que terminó de súbito en un momento de estupor y abandono ".

Y en su estupor impreciso, en su paraje innombrable y suspenso, se establecerá de nuevo el relato. Sin acontecimientos, sin sucesos. Que no se refieran, una y otra vez , sino a una morosa, ausente repetición.



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El escultor Alberto habría hablado de sus primeros encuentros con Benjamín Palencia, el pintor de Barrax, alrededor de 1927. Frente a la noción de Paris en el horizonte - adonde en uno u otro momento tantos artistas plásticos iban a parar, entre otros el propio Palencia  - ellos eligen un escenario más inmediato y cercano, teñido por la marca de lo suburbano, en los alrededores de un Madrid que aún conserva la memoria , y los signos, del orígen rural de sus habitantes. Y de sus calles y sus casas, tan próximas aún a un extrarradio que no ha trazado todavía el corte, tajante, con el mundo rural que lo rodea. ( Antes, hacia 1926, se había iniciado la amistad del toledano con el escultor canario Francisco Lasso, en el Café de Oriente. Según se nos relata en otro lugar " Ambos recorren los alrededores de Madrid, buscando motivos de inspiración en suburbios y campos" ).

Alberto y Palencia inauguran, según las palabras del escultor , la costumbre de citarse todas las tardes, "hiciera el tiempo que hiciera ", en un andén de la estación de Atocha. A partir de ahí, y siguiendo en cierto modo el itinerario paralelo a las vías del tren, su periplo cruzaba por los barrios del este de la capital, hasta Villaverde Bajo, para alcanzar finalmente el pueblo de Vallecas, un villorrio manchego y campesino aún, en donde , sobre un austero cerro, rebautizado como Cerro Testigo, divisaban la llanura, gris y de estériles barrancos, de los alrededores.

Con el tiempo, diversos personajes se irían incorporando al periplo vallecano de aquellos - como Moreno Villa, Maruja Mallo, Rodríguez Luna, Luís Castellanos, el poeta Alberti y aún el propio García Lorca, según testimoniara años más tarde el recuerdo del tabernero de Vallecas.

Clausurada la costumbre peripatética por la Guerra Civil - en donde el poblado de Vallecas fue frente durante algún tiempo - otra tradición nos habla de cómo el periplo, y la estética de los campos desolados, se habrían reiniciado en cierto modo con el encuentro de un grupo de jóvenes pintores, aún en la Escuela de Bellas Artes, con la figura un tanto iniciática de Benjamín Palencia. Quien , poco a poco, iría descubriéndoles de nuevo los rituales de aquel itinerario suburbano y manchego que la contienda había clausurado . Flotaba, vago, el recuerdo de la estética del escultor Alberto y Álvaro Delgado, el mejor narrador del grupo, reconocería siempre que aquél había sido " el descubridor de aquel paisaje de greda y cal " que luego ellos reconocían en el pueblo madrileño, en las eras, los cerros y las ventas de aquel itinerario.

Unas fotografías en el opúsculo de Rául Chávarri sobre la denominada " Escuela de Vallecas", en 1975,  nos lo describen, su escenario antiguo y reconocible. Los campos sin árboles, los cerros secos, las casas de labranza, un merendero en medio de un camino, la ciudad a lo lejos.

La ciudad en el horizonte... Mito o realidad , la denominación posterior de la llamada " Escuela de Vallecas" hacía alusión, de nuevo, a la presencia de este escenario de las afueras en la poética de la posguerra.

En un relato posterior, el pintor Álvaro Delgado narraba el itinerario del mismo.

" Quedamos citados en el malecón de la estación de Atocha e iniciamos la marcha hacia el pueblo de Vallecas (...) Recuerdo que era un día gris , hacía frío y los pocos árboles que flanqueaban el camino no tenían hojas. Hicimos parte de la ruta por la carretera general de Valencia y ya próximos nos metimos campo a través para ver la pequeña villa desde la vía del ferrocarril de Barcelona. La torre de la iglesia se alzaba sobre un paisaje de casas de labor, rastrojeras y tierras de barbecho. Al fondo, un cerro grande salpicado de manchas de tomillo "

Y, más adelante:

" Algunos pares de mulas retornaban del trabajo a la cuadra cabalgados por hombres de campo, sin edad. Entramos en el pueblo, deambulamos por las calles y pasamos a un viejo café que había en la plaza, junto al Ayuntamiento y donde un grupo de campesinos se calentaba junto a la estufa ".




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Aisladas, en tierra de nadie, en un tiempo cuyos últimos acontecimientos se han clausurado en un momento anterior, que casi nadie recuerda... La narrativa de la llamada " Generación del Medio Siglo" retorna una y otra vez a estas quintas, estos jardines arruinados, estos símbolos - gárgolas, fuentes, cariátides, verjas cerradas - de una remota celebración que ya a nada remiten.

" De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la  de mi abuelo, con ser de la más modestas, era una de las mejor emplazadas ". Con esta alusión a una quinta apartada, se inicia  Una meditación ,  una de las novelas más conocidas de Juan Benet .

En " Las afueras" la novela con la que Luis Goytisolo ganaría el premio Biblioteca Breve en 1958 el primero de los relatos comenzaba con la referencia a una finca, de nuevo, a la que el protagonista regresa después de un tiempo que no  alcanzamos a medir. Era una quinta, una villa en las afueras.

" Durante un cierto trecho no era posible ver de la casa más que aquella torre asomando sobre los árboles del jardín, envuelta en viña vírgen ". Más adelante, se repite la configuración, melancólica, de aquella quinta entre lo rural y lo urbano. " Era una construcción ochocentista, mezcla de masía y villa de recreo".

La constitución melancólica de estos lugares del relato se reitera en las condiciones de la propiedad. Ésta, La Mata, habia conocido tiempos mejores.

" De las tierras en las que habían  trabajado más de veinte jornaleros, ahora se ocupaba una sola familia, más en calidad de guarda que de otra cosa y el bosque y las zarzas fueron invadiendo los sembrados ".

En este escenario limítrofe ya, en donde todo suceso se remite a un tiempo anterior, clausurado en virtud de una antigua condena, cuya formulación nunca se enuncia, se desarrolla, a partir de su incierta geografía , el relato, todos los posteriores acontecimientos .

El novelista Juan Marsé había hecho alusión a este escenario marginal, desde luego, en su excelente recreación del barrio del Guinardó - hoy desaparecido - en su " Si te dicen que caí" o, más adelante, en   " Ronda del Guinardó". Todo el hipotético acontecimiento de la novela " El Jarama" , la tan citada creación del joven Sánchez Ferlosio, - si es que alguno hay - transcurría en un merendero, banal, del banal escenario de las afueras del río Jarama , en un periplo dominguero y sin sentido alrededor de la ciudad.

Juan Benet , desde luego, regresa una y otra vez a este tiempo de las quintas, de los hoteles en las afueras.

Como un ejercicio casi emblemático, el cuento " Duelo  " - incluido en  "Nunca llegarás a nada" , su primer libro de relatos, del año 1961, que pasó completamente inadvertido en su primera edición  - incluye una descripción de la casa más allá de la villa. Y más allá , en cierto modo , del tiempo de ésta.

" La casa se hallaba en las afueras del pueblo, en un lugar a trasmano visitado algunos domingos templados por unas pocas parejas de excursionistas. Una quinta residencial desplazada de lugar y de estilo (...) rodeada de una pequeña huerta baja, que hoy es una selva de corpulentos matorrales ; erigida sobre una terraza de años ha desaparecidos jardines italianos (...)  Empero se conservaba todavía un antiguo cenador estilo floreal, un montón de herrumbre, junto a una fuente (...)  "

Y , en otro lugar  del libro, en el relato" Después", como un escenario que se reitera :

" En otro tiempo la casa había tenido un  cierto tono; una residencia de tres plantas, construida en un cuartel apartado con la honorable pretensión de figurar un día en el centro más estricto de un futuro barrio distinguido (...)".   Para reaparecer , más adelante, los emblemas del mismo  escenario:  la verja que se oxida, la puerta clausurada, la maleza del jardín...  En otro relato describirá a " la señorita Amelia , una de las más significativas reliquias de las grandes familias ".

Paisajes de después de la historia, escenarios clausurados, periplos sin destino...Olvidado el origen, pero en cierto modo condenados a su oscura presencia, Mantua, la finca inalcanzable, el Numa, su misterioso guardián, flotan sobre  Región, la comarca emblemática sobre la que retorna todas las veces la narrativa del escritor. Pero " En Región apenas se habla de Mantua ni de su extraño guardián"  nos recuerda éste.

Se reiteraba la advertencia barcelonesa de Gil de Biedma

estas perspectivas bajo el sol
cuyo destino ya nadie recuerda



El tiempo había  quedado en suspenso, de nuevo. Estas quintas, estos lugares de los límites, estos emblemas ya sin sentido, lo nombraban. En paisajes sin historia, escenarios de las afueras.










martes, 13 de noviembre de 2012

Suplemento del Boletín de la Sociedad Geográfica.



Del Suplemento del Boletín de la Sociedad Geográfica y Excursionista del Barco de Ávila.

( Carta de nuestro colaborador D. Jorge Salmerón )

 " Sobre algunas peculiaridades excursionistas y etnográficas.

Como bastantes de nuestros asociados sabrán ejerzo la práctica del excursionismo desde hace muchos años. Junto a varios de los miembros de nuestra conocida entidad recorremos con frecuencia, casi mensual, las principales rutas que desde nuestra hermosa localidad surcan la sierra y sus comarcas aledañas, en pintoresca, y a veces esforzada, travesía.

Conocida es nuestra expedición anual por la antigua calzada romana del Puerto del Pico, en dirección a Tornavacas, atravesando la célebre cañada de la trashumancia Occidental. Menos nombrados son quizá los itinerarios que en torno al puerto de Mijares hemos abierto en invierno. O el sendero que, trazado en mapas decimonónicos pero hoy desaparecido, recorría antiguamente el Puerto de Honduras, más allá de Mombeltrán y Piedrahita, en dirección a Hervás y la ciudad de Béjar, y que nosotros hemos habilitado de nuevo para el excursionismo barqueño.

Me precio también de conocedor e investigador de la senderología de nuestra provincia. Así como, tal como algunos saben, de colaborar como etnógrafo aficionado, habiendo publicado numerosos artículos sobre costumbres y tradiciones abulenses en el Boletín anual de nuestra Sociedad. Así como varios folletos e intervenciones en la prestigiosa Revista de Tradiciones del Obispado de Coria. Uno de ellos, intitulado " Sobre la práctica del aojamiento en la comarca de Miajadas " hubo de recibir público elogio por parte de D. Aurelio Espinosa, catedrático por oposición del instituto local de Ávila, en sesión abierta del Ayuntamiento de nuestra localidad.

Sirva como excusa esta breve exposición sobre mi modesta persona para aclarar mi dilatada experiencia senderista y antropológica, después de algunos lustros dedicado a la misma con asiduidad y entusiasmo innegables, que la llegada de los años, inexorable como ya avisaba la sabiduría del bíblico Eclesiastes, no ha mermado aún.

Pues bien, a lo largo de tan reiterado peregrinaje, por la comarca del Barco de Ávila y por las colindantes, he podido observar cierto fenómeno curioso, que aquí quisiera apuntar, dado su posible interés y la ausencia de explicaciones fiables sobre el mismo que he podido constatar. Por más que haya consultado con algunos conocidos y autoridades varias.

Uno de ellos, y aquel que quisiera exponer en este impagable escaparate, es el siguiente:

A lo largo de tantos años y tantas leguas me ha sido posible, como a otros excursionistas, trovarme con zapatos sueltos, abandonados a lo largo de senderos y besanas, surcos y trochas, gavias y mohedas, pedregales y labrantíos de nuestra profusa geografía regional.

Ahora bien, el fenómeno que quisiera destacar es el de que SIEMPRE QUE HE ENCONTRADO ALGÚN ZAPATO O CALZADO SE TRATABA DE UN ZAPATO SOLO.

Intrigado por el fenómeno he intentado elaborar una cuidada estadística, en aras de extraer alguna conclusión lógica que explicara el suceso.

De mi estadística - elaborada con abundantes ejemplos - se concluye que:

- El 61 % de los zapatos encontrados corresponde al pie izquierdo.
- El 39 % al pie derecho.

Por otra parte hay que resaltar el hecho de que la gran mayoría del calzado hallado pertenece a zapatos de hombre, apareciendo en una mínima proporción el perteneciente al sexo débil - o bello complemento, según el filósofo. De estos, en una proporción que podríamos establecer aproximadamente de más de un 50 % son botas o zapatos que cabría calificar como rurales o de trabajo. Siendo muy inferior la aparición de zapatos urbanos - en torno a un 20 % - y menor aún la presencia de mocasines o prendas deportivas. En una sola ocasión hube de encontrar un chapín antiguo, de señora y con cordones prolijos, similar a los que recordaba utilizaban mi abuela y sus amigas, en un estado bastante deteriorado. Pero que todavía conservaba los complicados ojales de hierro con que los mismos se abrochaban. Ignoro cómo había llegado hasta allí : una escorrentía a la orilla del río Zapardiel . Por otra parte ignoro cómo ha llegado hasta ningún paraje ninguno de ellos.

Y ésta es la cuestión intrigante.  ¿ Por qué sólo se encuentra un solo zapato? ¿Por qué nunca - repito "nunca" - se han encontrado los dos ?

He consultado con diversos académicos y estudiosos de la zona y ninguno ha sabido darme respuesta concluyente.

Yo por mi parte he elaborado diversas conjeturas, todas pendientes de hallar una convincente verificación.

¿ Los que pierden un zapato en el campo son todos cojos? ¿ Pierden por tanto el único zapato que portan ? ¿ O por el contrario pasan al estadio de la cojera al regresar ? ¿ Cómo regresan los que no siendo cojos - aún - deben retornar con un único calzado ? ¿ Forman acaso una cofradía del juego infantil de la pata coja a su retorno - juego por otra parte abundantemente documentado en nuestra provincia ?

¿ Por qué se pierden preferiblemente los zapatos del pie izquierdo?

¿ Existe tal vez una tendencia individualista de los zapatos para escapar ? Acostumbrados a verse toda la vida formando pareja ¿acaso existe en el fondo de ellos el deseo de la singularidad?
¿Consiste el abandono de la convivencia forzada un último recurso de la aspiración a la libertad ? Lejos, como me comentara en cierta ocasión un corresponsal, de la tiranía forzada de la gemelaridad, con un compañero idéntico y silencioso, que siempre nos acompaña, incluso en la caja, y cuando nos deja es para embutirse en un pie, extremidad de carácter inferior y no siempre aromática.

Por último ¿ perdura acaso en nuestras villas alguna desconocida secta que no soporta la paridad y va recogiendo - y ocultando - los zapatos cuando se pierden ? ¿ Adoradores quizá de lo Uno, o Trino, que persiguen las muestras de la dualidad ? ¿ Herederos de alguna remota cruzada contra la secta de los maniqueos ? ¿ O son por el contrario ellos mismos ocultos descendientes de los bogomilos - o albigenses, o patarinos, o cátaros en general - que esconden las pruebas de su flagrante paridad ?
¿ Dónde guardan los zapatos que esconden ? ¿ En qué remoto y nunca hallado lugar ?

Todas estas a modo de perplejidad son las preguntas que con frecuencia nos hacemos en torno a un fenómeno por el que, cualquiera que haya practicado el senderismo o excursionismo de montaña , se ha preguntado quizá alguna vez.

Repetimos : nunca, jamás, nos hemos encontrado con un par de zapatos abandonados. Siempre se trata de un único ejemplar. Fenómeno cuya explicación aún no podemos aclarar.

Quede aquí nuestra humilde aportación a alguna de las cuestiones que surgen en torno a nuestra etnografía. Y a su geografía comarcal.  "

domingo, 4 de noviembre de 2012

La muerte de Yorimasa





                              "En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas "

                                                                                               Heike Monogatari


El relato ha sido abundantemente recogido por la tradición japonesa. Lo anota Kato en su  A History of the Japanese Literature, así como Minner en su monumental The Princeton Companion to Classical Japanese Literature. Aparece asimismo reiterado en  el teatro No, esta vez en  forma de reflexión moral, con fantasmas que monologan y padecen de remordimientos, antes de desvanecerse. Ha sido profusamente transcrito en la pintura y la iconografía tradicional japonesa. ( Recordemos, a modo de ejemplo, los sobrios grabados de Kikuchi Kosai ). No lo recoge por el contrario J.L.Borges que en su   "Historia Universal de la infamia " habría parafraseado, de manera memorable, el relato sobre el Incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Tsuke , sobre un episodio legendario de finales de la época Heian igualmente.

Entre nosotros aparece citado en la antología  El pájaro y la flor de Carlos Rubio. Octavio Paz alude al mismo en su  clásico El signo y el garabato. O, posteriormente, aparece recogido en la rara edición de La poesía japonesa  en Ávila del profesor Aurelio Espinosa.

Curiosamente en esta última, de donde tomamos las noticias sobre la trágica muerte  del samurai Minamoto no Yorimasa, aparece citada la leyenda dentro de un capítulo donde se defiende la práctica de la ocultación como poética esencial. Y el ejercicio casi mudo de la poesía como una tradición, secular y silenciosa, de los poetas nipones. Recogiendo por contra un episodio - el de la muerte del samurai - que vendría a afirmar lo contrario de lo que había defendido anteriormente a través de su peregrino ensayo.

No en vano el profesor Espinosa había comenzado su opúsculo sobre la lírica oriental en las sierras de Ávila - clandestina en su opinión - con la cita del único haiku que Bashoo había dedicado al monte Fuji

Lluviosa niebla
que esconde el monte Fuji.
Me voy contento.

en donde toda la celebración del poeta consiste precisamente en no haber alcanzado de ninguna manera  el monte, ni siquiera su contemplación.

La escena, como apuntamos, ha sido sobradamente reiterada.

Refugiado en el templo Byodo-in, en Kyoto, tras la batalla de Uiji en defensa del príncipe Michohito, el ya anciano samurai Yorimasa solicita a su joven acompañante , el también samurai Tonao, que lo decapite, para evitar el deshonor de caer en manos del ejercito enemigo. Éste, como se sabe, está comandado por  Kiyomori, general de los Taira, ancestrales rivales de los Minamoto.

El  Heike Monogatari, el inagotable relato épico de las luchas entre los dos clanes, recoge la escena.

"  Yorimasa, una vez que estuvo en el interior del templo, llamó a Watanabe Yojitsu Tonau y le ordenó:

- Córtame la cabeza..

Pero Tonau, afligido por esta orden, se mostraba incapaz de cortar la cabeza a su  señor, aún vivo. Así que, con lágrimas amargas, le dijo:

- Señor, no soy capaz de hacer tal cosa. Pero os prometo hacerlo después de que os quitéis la vida.

- ¡Claro! Te entiendo - contestó Yorimasa. Y volviéndose al poniente entonó diez veces el " Busco abrigo en Amida" en voz alta. Despues, recitó con infinita tristeza un poema de despedida. Esto decían los versos:

Planta enterrada
que jamás floreció.
Así  de triste
mi vida fue; y , sin dar fruto,
ahora termina.

Tras decir estas palabras , se clavó la punta  de su espada en el vientre, inclinándose hacia delante para ser bien traspasado, y exhalar así el último suspiro ".

Esta tradición del zeppitsu o última pincelada no era inhabitual en la poesía japonesa, apunta el profesor Espinosa en su enigmática obra. Antes de pasar a dar cuenta, en capítulos posteriores , de la rebuscada teoría sobre una presencia secreta de la lírica oriental en las tierras de Ávila, de una forma secular e, insistimos, casi clandestina.




lunes, 29 de octubre de 2012

Esperando a los bárbaros



La escena, formidable, aparece en un documental americano - de la NBC , probablemente - sobre el final de la Segunda Guerra Mundial.

Verano de 1945. Después de la rendición del Japón, y de la explosión de las dos bombas nucleares, las tropas de Mac Arthur comienzan a desembarcar en la isla de Kiushu . Están cansadas, después de meses, de años de guerra en el Pacífico.  Viajan en camiones, apelotonados, limpios, indiferentes a todo lo que les rodea. Son los últimos días, los trámites finales de una batalla que ha costado millones de muertos, de heridos, de desplazados, de refugiados sin nombre . Con las tropas viajan varios periodistas. Su misión será la de dar cuenta del estado de los damnificados de Hiroshima y Nagasaki, en un intento, infructuoso, de rebatir las teorías sobre los terribles efectos de la bomba meses después de la explosión .El Emperador ha anunciado, en una locución transmitida por la radio , a un pueblo atónito, la rendición del Japón. No ha renunciado al trono, pero sí a su condición divina.

Los vencedores cruzan un pueblo sin nombre, de casas bajas. No miran a ninguna parte, ensimismados en su apresurado destino. Solitario, un anciano mira pasar los camiones, los fusiles, las cámaras. De vez en cuando se inclina y saluda solemne y silenciosamente a las tropas. En el pueblo no hay nadie más.

No sabemos nada de él. Su rostro no refleja ningún sentimiento. Sino la exactitud de una cortesía, milenaria y sosegada, que repite en silencio, escrupulosamente.


viernes, 26 de octubre de 2012

El paisaje de la costa




De entre todos los escenarios de la desolación, uno me tiene particularmente fascinado, cada vez que cruzo por él. Yendo por la autopista, de Alicante a Benidorm, la margen derecha, la que da al mar , está regularmente edificada. Hay urbanizaciones a intervalos , chalets sobre las colinas, torres en las playas, que se divisan a lo lejos, sobre las curvas de la autovía.

La margen izquierda, hacia el interior, está cubierta por los montes ralos, de caliza gris, que forman el paisaje de la costa al sur de Calpe, desde las huertas de Polop hasta las playas de Almería, hasta el Mahgreb, enfrente. Quedan en las laderas yertas los restos de un antiguo bancal de piedra, el esqueleto de un almendro reseco, el tronco sinuoso de alguna olivera. Nada más. Las ramblas de arena y guijarros cortan las colinas, y descienden, secas, hasta el mar. A lo lejos, las paredes de algún antiguo alfaz, en el campo, abandonado ya. Una palmera solitaria marca su ubicación, el recuerdo de la antigua explanada frente a la casa.

En algún momento, en plena euforia urbanística, alguien decidió construir también en aquellos lugares insólitos. De vez en cuando, en la ladera sobre la rambla, se ven chalets abandonados, jardines que nunca llegaron a prosperar, un camino de tierra que asciende , sinuoso, por el monte y lleva a un bungalow perdido en lo alto.

En una curva de la autopista, en un bancal, se encuentran tres chalets apartados. Sobre la roca, alguien los construyó rayando el terraplén de la carretera, escondidos en el fondo de una rambla. Detrás de ellos, el monte, la escarpada ladera de piedra. Delante , la autopista, el alto muro de asfalto y metal que los cubre desde arriba. Nada más. El sol, omnipresente, que se yergue en lo alto. Alguna tarde, al pasar, hemos divisado una luz incierta en uno de ellos, que se apagaba al rato. Quién vivirá allí, comentó alguien. Qué crimen ignoto, enorme, se ha podido cometer en aquel lugar, pensamos luego.



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Los restos de los bancales, en la autopista, como una antigua señal, el signo, ya apenas legible, del antiguo paisaje de la costa.

La ocupación de las laderas, del monte arisco, por los bancales, por las terrazas de piedra, como un ejercicio - laborioso e interminable - de apropiación de un escenario, agreste y hostil, por los habitantes de la costa.

Sobre los bancales, aterrazados, se disponen los olivos, los almendros, las garroferas, en un fatigoso trabajo, que todos los años tiene que recomponerse, para evitar el derrumbe de los mismos, comenzar de nuevo la tarea de sembrar en una tierra que de siempre fue pobre, y árida, y trabajosa.

Los bancales suponen la ocupación de todo el escenario, la apropiación de la tierra. En el centro, sobre algún difícil terraplén, se elevaban los alfaces, las casas de las posesiones, de las fincas del interior.

Son nítidas, elevadas, rectas. En la planta de abajo se encuentra la almazara, el almacen para la oliva, o la almendra. La entrada amplia para los carruajes o el desván de los aperos. Cerca, se encuentra el agua, una alberca. En la primera planta, las habitaciones, una terraza a veces, la chimenea. Un ciprés o unas palmeras señalan la ubicación del alfaz a lo lejos, cumplen un cometido simbólico, en medio de la tierra sin señales,  seca.

En el extremo del simbolismo, en los alfaces nobles, en una esquina se elevaba el oratorio, señalado por una pequeña cúpula de tejado cerámico. En otros, en el extremo de la casa , la capilla, una cruz en lo alto. El territorio había sido finalmente ocupado, de lo ajeno a lo propio, por medio del esfuerzo, del trabajo del mismo. La capilla marca el punto final de la ocupación,  se dirige, finalmente hacia su sentido: en otro lugar, trascendente, ya a lo lejos.



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En un viaje en tren, por la costa, de Altea a Alicante, éste, el Tren de La Marina, cruza por incontables urbanizaciones, hoteles, apartamentos escalonados, adosados sobre la costa, en la playa. La mayoría, ahora,  están vacíos. En la ventanas, el cartel de " Se vende". Un teléfono, el nombre de una inmobiliaria acompaña los letreros a veces.

Al regreso, por la noche, las misma urbanizaciones, los mismos carteles. No hay apenas luces en las ventanas, no cruza nadie por las calles, el camino de las urbanizaciones, el paseo de de la playa de San Juan. Y uno piensa en un escenario ausente, terminal, en el que sin duda alguien ha tenido que cometer un crímen, en algún momento, y luego se pierde en una carretera hacia el interior. Pasa los años en el olvido, ya. Nunca va a ser descubierto.



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A la entrada a Benidorm, bajo la autopista, el aparcamiento vacío de unos grandes almacenes, unas naves sobre solares con chatarra, un camino industrial  que termina enseguida y no lleva a ninguna parte. Terraplenes con cardos y furgonetas abandonadas. Por detrás del aparcamiento , se abre la tierra de nadie, una escombrera reseca con las vallas rotas, un almacén cerrado.

El espacio modeno crea esta tierra de nadie, desechada, ausente. Un territorio sin marcas ya - excepto los carteles de la autovía, las flechas del aparcamiento, los luminosos del centro comercial... Alrededor no hay nada. Un espacio sin signos, sin ritual.







lunes, 24 de septiembre de 2012

Las fiestas tardías



Los veraneantes ya se han ido. Esta mañana José , el del bar de la plaza, estaba poniendo las mesas para la terraza , bajo los soportales del Ayuntamiento.

- ¿ Para qué pones las mesas, José?
- No lo sé. Como todavía hace buen tiempo...

No va a sentarse ya nadie , comentamos. En el pueblo, la Fuente,  no han quedado sino los habituales, los que se encuentran todos los días en invierno. No evocan de ninguna manera la imagen de gente sentada en una terraza viendo pasar la tarde .

Carmen, la del local de al lado; Fátima, la del bar Las Palmeras, también están colocando sillas y mesas. Producen una sensación ciertamente melancólica, en la mañana de septiembre. La iglesia está abierta, enfrente, y de ella salen dos mujeres mayores, con velo. Debe de ser una misa de cabo de año, suponemos, porque no ha habido ningún toque de campanas, de los que anuncian un funeral reciente.

No sale nadie más y las puertas se quedan abiertas.

No cruza ningún vecino por la calle. Entre el bar de José y el de Carmen, en los soportales , hay una cancela pequeña, de madera , que está cerrada casi todo el año. Casi nadie la advierte y así permanece, inadvertida, toda la temporada . Es la puerta de los chiqueros,  señaló alguien , para la fiesta . De ahí sacan los novillos, las vaquillas que en el día del Corpus se lidian en la plaza. Nos aventuramos a imaginar lo que habrá dentro , detrás de su ajada apariencia. Habrá un cuarto oscuro, un corral sin luces, un pequeño almacen entre las casas. No sé por qué imagino cajas de cerveza , unos sacos en la pared, que no se sabe qué contienen. En la fiesta ahí se enchiqueran los erales, las vacas. De ahí salen al ruedo luego, al precario coso de carros y remolques .

En el bar, el de José, hay en la barra unos tipos con un mono azul, de trabajo, una secretaria de la oficina de al lado, que baja todas las mañanas a tomar algo, dos jubilados que pasan el rato en silencio . Tienen la prensa diaria, siempre. Una revista de toros . Sobre el mostrador, hoy hay unos programas con los carteles de las fiestas de Tamames, la novillada y los encierros para el fin de semana. Frente al largo invierno que se aproxima semejan, de repente, algo así como un anuncio de fiesta , una vaga celebración en medio de los cortos días del campo, de la sierra en concreto.

Tamames está en un alto, al principio de los montes. Detrás de los restos del antiguo castillo, de la torre de la iglesia, del caserío del pueblo , se alzan ya los riscos, los robledales de invierno . Dicen que este año los bueyes para el encierro van a ir sin cencerros , en señal de luto por la muerte de J. , antiguo dueño de aquellos. Nos lo comentó, en la tienda de N., su cuñada. Situada en la calle mayor, allí venden cabezadas, estribos , sillas vaqueras . Suele haber una tertulia, en el interior, y de vez en cuando N. sale al bar de enfrente,  y regresa con cafés, con cervezas con las que nos obsequia. No sé si vende mucho. Siempre hay gente en ella.


Era aquella , el silenciar los cencerros, una costumbre antigua, que algunos habíamos leído en libros de historia de las fiestas tradicionales , o en unos reportajes sobre cabestreros viejos que publicaron en Sevilla hace algún tiempo , en una revista que hablaba sobre ganaderías antiguas. Aquí, alguna vez se lo habíamos escuchado a alguien, que citaba el ritual de quitar los badajos a los bueyes cuando fallecía el ganadero, en señal de luto. Para los encierros de este año se va a mantener la tradición, según parece.

Ya en el pueblo otros comentan sobre el cambio del recorrido habitual , en donde los cabestros antes bajaban de la sierra y entraban por la carretera alta , para llegar a la plaza. Era un itinerario muy difícil, según cuentan, porque los toros tenían la tendencia natural para escapar al monte, y el encierro transcurría durante mucho tiempo entre fincas abiertas y laderas con peñascales y carrascos espesos .

Ahora se encierra desde la dehesa del pueblo, rodeando las calles por el sur, para entrar en las casas dando la vuelta hacia la sierra otra vez, con lo que se aprovecha la querencia natural del ganado a escapar hacia lo alto, de nuevo. Desde la entrada a las calles además el recorrido está vallado, con talanqueras altas que protegen el camino. Se ha suavizado el salvajismo de antes, lo abrupto y abierto del recorrido antiguo, como comenta alguien . Pero esto es algo que está ocurriendo en todas partes.

La gente en los bares habla de ir al encierro  el lunes próximo, a la novillada del martes . El tiempo se ha nublado y sopla un aire serrano que mueve los árboles y las antenas en las calles. Pero no trae lluvia , que se retrasa siempre.

Hay algo melancólico en estas fiestas. Cómo no van a serlo, si ya se ha terminado el verano, el pueblo se yergue, soterrado sobre el monte oscuro, y la fiesta se celebra en torno a los toros, ritual sacrificial y antiguo donde los haya. S. me comenta luego que este año, de todas formas, van a bajar desde la finca suya, ya en el puerto. Desde allí arribarán, de buena mañana, a la dehesa y de ésta por las calles, hasta la plaza, donde se han instalado las talanqueras, los tablones para los tendidos. Después, cuando acabe la fiesta, los novillos volverán a la finca, en lo alto de la sierra. S. me invita después a salir a buscar los toros , a encerrar con ellos.

De la sierra venían las sombras, pensamos. El pueblo, Tamames, en el límite entre los llanos del Campo Charro y la montaña, era el centro de la comarca. Hacia acá, las fincas llanas, los encinares, los sembrados, los campanarios a lo lejos . Más allá , hacia el monte, comienzan las tierras oscuras, las laderas sombrías , los riscos de piedra .  Del monte bajaba , sigue bajando, el lobo en invierno. Desde la sierra , las sombras se ciernen sobre el campo, abajo.

De la montaña van a bajar este año los novillos, para encerrarlos durante la fiesta, en el pueblo. Cuando ésta acabe, volverán a la montaña, a la sombra de donde surgieron . Melancólica fiesta en la que, sólo por un momento, el de la celebración, se domará lo oscuro, la fuerza, la bravura ciega. Los vecinos lo celebrarán, invitarán a los caballistas, beberán vino , censurarán a los que han dejado escapar las reses, correrán los toros después, comentarán el encierro . Después, estos , los toros, retornarán al monte, a lo alto , de donde surgieron.






lunes, 10 de septiembre de 2012

Plaza de Santa Ana






De toda la antigua mitología de la plaza ya sólo quedan los nombres.

El punto de no retorno quizá fuera la reconversión del Hotel Victoria en un recinto cibernético. Fue el centro de la plaza en otros tiempos. Aunque menos frecuentado que mentado, su sombra, al fondo de la explanada, pesaba sobre todos los lugares que lo rodeaban:  la Cervecería Alemana, Viña P., la pastelería Suiza, el teatro Español, el quiosco del ciego, después las calles de atrás ... En invierno el hotel se aletargaba. Luego los días de San Isidro, en la feria, parecía recobrar por un momento su papel de centro del  barrio. Allí se alojaban los toreros y las cuadrillas y del amplio salón de la entrada salían y llegaban periodistas y banderilleros, apoderados y empresarios, aficionados y forasteros. Y una vasta corte de pedigüeños que en invierno parecía haberse dormido, en Dios sabe qué lugar remoto - al decir del Baroja de La Busca , alrededor del Manzanares y las calles que desde la Puerta de Toledo se sumen en un río que siempre tuvo más puentes que agua.

Luego, la Corte de los Milagros se desperdigaba por los garitos y las calles del barrio toda la mañana para retornar, a mediodía, al Hotel. Tendrían miedo en el fondo de olvidar el centro, referencia última y secreta de una tradición  peripatética. O de perder las entradas para esa tarde que les había prometido un ayudante del mozo de espadas. Pero siempre volvían al origen, al local en el fondo de la plaza , cuyas torres acristaladas aún presiden el antiguo solar del convento de las Carmelitas.

Ahora el hotel es un recinto ultrasónico, con emblemas de una cadena norteamericana en la entrada , nombres como TRYP o RESORT - impronunciables para los castizos - y autocares con los cristales tintados a la puerta. De él entran y salen, expeditivos , jóvenes con aspecto de modelos vegetarianas y mochilas a la espalda que se suben al furgón de la acera. Siempre hay fotógrafos alrededor, alguna cámara de televisión, un buscador de autógrafos.

A la plaza subía en tiempos J., un amigo de los reventas y banderilleros de la calle de la Victoria que, con una exagerada discreción, se sumaba a veces a la tertulia en la cafetería del Príncipe. Era , lo pensamos alguna vez, el depositario de un repertorio del barrio - y de la ciudad en general - que había desaparecido hacía tiempo y del que él no parecía haber advertido la pérdida.

Su padre, nos contó, había sido camarero en un colmado de la calle Echegaray . En una época aún anterior, cuando Echegaray, - la antigua calle del Lobo, de lírica precisión - era todavía la calle de las putas y los colmados flamencos. Y los viajeros que acudían a Madrid en cualquier momento iban allí de niñas y de juerga cantaora por las esquinas. Nosotros habíamos alcanzado a conocer, apenas,  los últimos restos de ese escenario en forma de decorado remoto en la barra de Los Gabrieles, en donde todavía se reunían unas meretrices añejas , coloreadas y teñidas de un rojo imposible, que parecían aguardar, siempre en grupo y con una hosca dignidad, el retorno del dictador, el general Primo de Rivera. O de alguno de sus ayudantes de campo, últimos clientes de los que el coro de suripantas semejaba haber disfrutado. Los Gabrieles más tarde, el colmado de la calle del Lobo , había cerrado hacía ya años - fue transformado durante algún tiempo en el inevitable bar de copas para extranjeros extraviados por la acera - pero la barra de la calle y las damas altivas se habían marchado antes, hacía mucho tiempo.

Otras señales que en su momento apenas supimos leer guardaban las huellas de aquella comarca , antaño feroz , en el centro de la ciudad. Eran signos más remotos todavía. Como los reservados de Villa- Rosa, cerrados al público hacía décadas y a los que se bajaba a oscuras, entre cajas de cerveza y roedores esquivos- y de los que habla por ejemplo el cantaor Pepe el de la Matrona en sus memorias. También Manuel Machado en algún lugar, Ricardo Baroja, o el flamencólogo Blas Vega  en su libro sobre los cafés cantantes .

O el café Poveda, el oscuro  y amplio local de la calle Ventura de la Vega, en donde no penetraba ninguna luz desde afuera , unas cortinas parduzcas celaban el interior , no había nunca ningún cliente y una bruja rencorosa miraba , acodada en la barra,  a los que allí entraban, tenaz perseguidora de una venganza secreta que, año tras año, acechaba con la misma intensidad a quien silenciosamente aguardaba. Y que , adivinábamos,  iba a ser atroz cuando por fin sucediera.

El Poveda, y la taberna hosca y sucia de al lado, cerraron un buen día, y nadie pareció advertirlo, pues que una existencia  aletargada habían mantenido durante aquellos años finales. Luego, con el tiempo, alguien nos relató, o leímos en algún lado, que el café y aquella taberna - en donde sólo daban cerveza caliente y unos altramuces medievales - habían sido el centro de los más canalla y lo más tirado del barrio. Y de que el Poveda tenía fama porque se alternaba con las oscuras y baratas putas del café allí mismo, de pie sobre las sillas. Del sótano de la taberna contaban otras historias. Alguna de ellas, entre niños precoces y borracheras sonadas,  hacía alusión a una noche flamenca de postín, con los flamencos que se encerraron durante dos o tres días en la cripta, entre seguiriyas cabales o rumbas del Bambino, que por allí paraba a veces.


Todas estas historias las conocía bien J. y nos las relataba, entre silencios prolongados, cuando le animábamos a contarlas. Su mitología personal era dueña de un escenario inacabable y repetido. Que había comenzado, muchos años atrás, cuando se escapaba para ver trabajar a su padre en el colmado de la calle Echegaray y contemplaba de lejos el trajín . Tenía, según nos advertía, que acercarse de incógnito, porque el padre le había prohibido terminantemente que fuera a visitarlo al bar, y ni aún a la calle. De entonces, niño y clandestino, aprendió la leyenda atroz y secreta del barrio.

Al principio , de la calle Echegaray y los pasajes que la rodeaban - el pasaje Fernández y González , la calle Ventura de la Vega, los sótanos de Casa Parra, la terraza del Viva Madrid . Más tarde, mozo ya, su repertorio se iría ampliando. Y entonces llegó hasta Gayango , el centro matinal del toreo, en la calle Núñez de Arce, el bar La Oficina - donde se encontraban apoderados y banderilleros sin trabajo y donde , según la leyenda, un día el Pipo se encontró con el Renco, el Cordobés para la historia, en una ocasión en que iba buscando a otro - la Casa de la Mojama, en la esquina de la Calle de la Victoria, centro de la reventa universal, o el Picardías, el comedor de la calle de la Cruz, sito en el primer piso de una casa destartalada , donde no te daban de comer si no exhibías el carné de mozo de espadas o picador de la comarca de La Sagra, por lo menos.

Luego, había otras calles, otros lugares ya hacia la Puerta del Sol, más reservados, a los que J. apenas hacía mención. Como la casa de citas que el torero X.  inauguró a su retirada de los ruedos, en el Pasaje de Cádiz. O el colmado de la calle Arenal, frecuentado por lo más selecto del mundo de ultratumba. De la calle Jardines, de la de la Aduana , aledañas a la Puerta del Sol, apenas hablaba, aunque ciertas referencias de Jaime, el crítico taurino - que había descubierto aquellos lugares imposibles con la impagable guía del pintor Luís Claramunt - le hacían sonreír. Y callar .

Con Jaime recreaban un itinerario taurino que el tiempo había hecho habitual, en torno a la plaza. Comenzaba inevitablemente en Gayango , el célebre bar que desapareció hace ya décadas. ( Luego se convirtió en La Trucha, que tenía un punto flamenco en tiempos, pero ya no era lo mismo. Después fue nada) . En Gayango, según contaban, se reunía todo el mundo taurino, sin distinción de clases. A partir de ahí, comenzaba la deriva - y las clases, que a despecho de las chanclas que hoy arrasan el barrio, siempre han existido.

La tertulia mítica, contaba, a la que sólo accedían los elegidos, era desde luego la del café inmediato a la casa de los Dominguines, la Cervecería Alemana. En ella, permanentes, los Dominguín, algún Bienvenida , los Lozano, el pintor José Puente - que tenía el estudio en el ático de la casa - Curro Fetén, Zabala padre , los de Quismondo y los toreros de moda, actual o pretérita, que por allí cayeran.

En el otro extremo, La Oficina, el laberíntico bar de Núñez de Arce, adonde acudían a contratarse los banderilleros sin cuadrilla y los novilleros en busca de apoderado. Famosa era la costumbre de que en medio de la laboriosa negociación llamaran en voz alta a la joven promesa en ciernes, con la amenaza de :

 " Faustino Molina, al teléfono por favor. Le llama a usted el señor Jardón" - o los Stuick, o Berrocal, o Canorea, o cualquiera de las empresas rutilantes de la época. El interfecto se levantaba, acudía al teléfono mudo y pagaba lo convenido al camarero después. Dicen que la interpelación a veces tenía éxito en las negociaciones, aceleradas por la amenaza de aquella supuesta exclusiva. Dicen. El periplo tradicional transcurría después por el Guernica - donde el vino era el usual de Madrid entonces. O sea, de Arganda y malo - el Sol y Sombra, en la esquina del callejón del Pozo, el inmenso local del Quinto Toro, los tugurios de la calle de la Victoria, donde habitaba la reventa ; llegaba después, en camino de vuelta al origen, a Viña P. , el bar de la plaza donde se encontraba todo el mundo en la feria, a la cafetería Suiza,  y alcanzaba a veces hasta el mismo hotel, vértice de la deriva.

 En el hotel Victoria, la puerta giratoria daba acceso al primero de los círculos dantescos, el amplio salón, adonde podía acudir cualquiera  sin tomar nada y esperar a ver quién caía por allí. En el segundo círculo infernal, el salón de entrada al bar, ya había butacas y allí se desperezaba permanentemente una cansina tertulia de críticos y ganaderos en espera de tiempos mejores.  Tenían siempre el gesto de haberlo visto todo antes , haberlo dicho todo el invierno anterior,  y apenas miraban al recien llegado, un advenedizo siempre, o a la joven promesa que rondaba los sillones por debajo de las cabezas de toro disecadas.

El tercer círculo era más reservado aún, su acceso casi vedado. Era el  propio bar del hotel, pequeño y de un vago estilo inglés. Su ingreso era casi imposible y sólo los iniciados - o los que soñaban inútilmente serlo - alcanzaban el mismo. Entre otras cosas porque la barra era bastante angosta, los dos butacones inmediatos solían estar ocupados y los precios eran prohibitivos.  ( Aún recordamos la celebración tras una corrida de otoño en la que los presentes fuimos invitados por un picador castellano que había alcanzado un vago éxito en aquella tarde en Las Ventas. Al volver de pagar en la barra comentó, con notable tristeza: " Me acabo de dejar el dinero de la corrida..." ). El cuarto círculo estaba vetado directamente. Era el de las habitaciones del hotel, escaleras arriba, donde residían los toreros y las cuadrillas. A él sólo tenían acceso los hierofantes del culto.

Por la noche, de vuelta de los toros, el itinerario tomaba otros derroteros. Iniciado quizá con el mismo orden - el Hotel, la plaza, los salmonetes de La Trucha, la mojama de la calle de la Cruz , los fritos de Arlabán - la deriva podía alcanzar más tarde otros lugares, pisos altos de la Casa de Guadalajara o la de Almería, en donde había flamenco. O más privados, los sótanos de algún garito en el barrio, donde se reunían los músicos. O llegarse hasta la calle del Olivar, por Lavapiés, en cuya cripta había bulerías siempre. A partir de ahí el itinerario se hace más oscuro, sus referencias en el mapa se pierden.


Itinerarios privados , mapas de la plaza. En el barrio había otros posibles, por supuesto. Pero estos J. no los recordaba.  Eran los de los asiduos del Ateneo, lectores y conversadores tristes, conspiradores eternos, afectados por las mortecinas luces del lugar y el olor a polvo de la estanterías de la biblioteca . O los clientes de las tiendas de antigüedades que ocupaban otrora la calle del Prado. O los rastreadores de libros antiguos en las fascinantes y polvorientas librerías de Lope de Vega, Jesús de Medinaceli,  la calle del León o la misma calle del Prado .  Pero este itinerario a J. le era perfectamente desconocido. Él, según supimos mucho tiempo después, tras haber frecuentado en forma de asiduo compañero de viaje el mundo taurino y flamenco de la ciudad , había marchado varios años a trabajar a Alemania, en la época de la emigración en blanco y negro y las maletas de cartón. A su regreso, la plaza, las calles aledañas habían iniciado el cambio irreversible. Pero ya no se dio cuenta. O no quiso dársela.

El hotel había sido abducido. Los locales que citaba en su mayoría estaban cerrados. No quedaban tertulias taurinas a la vista. Los garitos flamencos se habían clausurado. Y del itinerario antiguo y tenaz de la época anterior apenas persistían ahora unos restos, mortecinos, en forma de citas privadas, encuentros imperceptibles, conversaciones efímeras, que renacían un momento por alguno de los locales de la plaza en los días de la feria, y desaparecían después.

J. ahora apenas sube al barrio. Cuando lo hace siempre alude a algún lugar, algún cantaor, una sala de billar, un banderillero del que los demás - excepto Jaime, pero esa es otra historia - lo ignoramos todo.

Una mañana de invierno, atravesando por la calle Embajadores, le vimos, cruzando la acera, en su barrio distante y como indefinido. Esa comarca trasera de la antigua estación de las Delicias que se acerca al río, a la M-30 , cercana a la ronda de la autopista y es ya apenas descriptible. Su exilio nos pareció entonces doblemente señalado. Lejos de un tiempo.  Y de la plaza , para siempre ya.







viernes, 17 de agosto de 2012

De la deconstrucción y otras salsas



La revista " About Language, Wounds or Not " del Departamento de Crítica Literaria de la Universidad de Georgetown publica en su último número de junio una interesante encuesta , realizada por varios autores , sobre el tema de " La deconstrucción y la nueva cocina". La encuesta, ubicada dentro de la sección  "Subject´s Death " , solicitaba a los intelectuales convocados que localizaran  el tema de la nueva cocina dentro de nuestro país , España, donde al parecer " está ahora surgiendo un espacio privilegiado en el terreno de la nueva gastronomía para observar los límites de la crítica del lenguaje idealista y la cuestión del etnocentrismo y la pérdida del sujeto" en los fogones deconstructivos del país. La revista se abre con una fotografía de Julia Kristeva, en pequeño, y otra de Paul de Man, acompañados de una orla con la efigie de Ferrán Adriá - en grande - como inspiradores de la cosa debajo del epígrafe de " La muerte del autor".

Aunque desigual, la encuesta ofrece algunos testimonios e interpretaciones interesantes.

Así, uno de ellos, es el recogido por el video-artista californiano Nick Ceballos, el cual relata la visita que el pasado año hubo de efectuar al restaurante barcelonés "Escalivada i lenguatge". En consonancia con el nombre del lugar, y con una coherencia que hubiera dejado pálido al propio Joseph Kosuth en los años del conceptual más árido - los de Art and Language de quien Ceballos supuso se habían inspirado para el rótulo - en la carta se ofrecían diversos platos más o menos apetitosos, que el video artista se apresuró a elegir. Pero cuando estos llegaron a la mesa, descubrió que - coherentemente - los accidentes y aún la propia sustancia del menú  habían sido sustituidos por un rótulo que colocaban encima de la mesa y en el que figuraba la palabra "salmonetes". O, en etiqueta aparte, " confitura de salchichón".

Nuestro artista, versado en las artes de los 80, y aún en estrategias posteriores, comentó simplemente de la ortodoxia de semejante cocina conceptual, que al fin había sustituído los groseros e imperfectos datos sensoriales - palido reflejo de un mundo de sombras preplatónico - por el nombre de la rosa. Agradecido por el entusiasmo conceptista demostrado cuando llegó la hora de pagar simplemente dibujó sobre el mantel el esquema de una tarjeta de crédito, y después añadió la efigie de unas monedas en rotulador como propina. Seguidamente, cuenta , se marchó a cenar al Tibidabo.

También interesante resulta el testimonio del etnógrafo francés Georges Sauvage, el cual en sus propias palabras relata como " Debido a mis trabajos en el Matto Grosso brasileño, a la frecuentación de las hetairas caribeñas o probablemente a una carencia intelectual innata,  yo nunca había entendido muy bien el concepto de la perpetua differance, y esa obsesión por la marca y las huellas que sobrevuela todo el pensamiento francés desde hace décadas. Que todo significado fuera opacidad o mella es algo que, después de tanto tiempo en el trópico, no se me alcanzaba.

La semana pasada, sin embargo, almorzando en La Coruña después de un Congreso etnográfico, tuve una suerte de revelación acerca de lo que mi ilustre compatriota Jacques Derrida hubiera definido como la errancia original.

En compañía de unos colegas habiamos acudido a tomar a unas tapas a una plaza del lugar y quiso la suerte que entráramos en un bar nuevo que se denomina Gastroteca y que mostraba las huellas de un diseño entre Aldo Rossi y el escenógrafo de Blade Runner. Quizá fuera una premonición. Pues cuando pedimos una tapa de mejillones- que en La Coruña son extraordinarios, como saben todos mis colegas - nos sacaron una suerte de bandejita con espuma y un palillo en donde, por más que lo intenté, no encontré el mejillón por ninguna parte. Al principio pensé que quizá la tapa fuera demasiado sutil para un etnólogo, bretón al fin y al cabo, que en su infancia merendaba los mejillones por paletadas, y que quizá pidiendo dos o tres raciones más acabaría disfrutando de la sutileza y encontrando el mejillón en sí.

Pero a la sexta bandeja desistí y comprendí, que como el objeto en su origen, éste siempre acaba eludiéndonos y no resta, en esta interpretación sin playas ni marisco, sino la huella de un principio que siempre acaba hurtándose. Entonces recordé el axioma derridiano:  En el origen era la huella."

De otro cariz resulta el relato que en su caso efectúa el propio restaurador, David Trueba, flamante dueño de " El Boletus Perenne",  - situado en el madrileño barrio de Pozuelo - uno de los más inovadores chefs de la nueva cocina española , a quien se había solicitado su aportación teórica al tema.

" Hace unos meses - relata el propio David- tuve la fortuna de que acudiera a mi restaurante Boletus el mestro zen  japonés Yoshida Kenko. El maestro, que no habla español, venía acompañado de una especie de secretario, oriental también, que le servía de intérprete. Emocionado ante su presencia - no en vano mi cocina se inspira en su " Zen o el arte de la hambruna" - sugerí un menú largo y estético en el cual le fui ofreciendo los productos más sutiles y delicados de mi gastronomía personal. Cuyas fuentes han sido, antes que el Ruperto de Nola, Néstor Luján  u otros mamotretos, el libro de aforismos del propio Kenko, que me han inspirado una cocina sutil y esquiva sobre el arte del vacío, cuyos fundamentos intento aplicar en mi propio restaurante.

Una a una le fuimos ofreciendo al maestro nuestras creaciones más célebres y más evanescentes. Éste, curiosamente, no abrió la boca durante toda la noche, ni para decir una palabra ni para probar nada de lo que le íbamos sacando. Por un momento pensé si no sería de su agrado el menú. Pero al punto comprendí que Yoshida me estaba ofreciendo uno de los más sutiles koan de su libro - y de la tradición zen - el que revela cuál es el sonido de una palmada cuando se realiza con una sola mano. Su inmovilidad, su desdén eran perfectos.

Al final, el maestro se dirigió, en tono cortante, a su intérprete, y todos nos acercamos a escuchar qué había dicho.

- Dice el maestro que si no hay cochinillo. Que él ha venido a España a tomar cochinillo.

Después de la inmovilidad, yo creo que fue una suerte de acertijo más y con él Kenko me enseñaba la humildad y la paradoja del vacío de sus libros.

El caso es que al día siguiente me dijeron que se había ido a Segovia, a Casa Cándido, en donde repitió. El zen es inagotable".

Por último y last but not least la revista "About Language..." recoge el texto del poeta portugués Antonio de Andrade el cual, breve pero precisamente, expone que :

" Se me ha solicitado por parte de la original revista que ustedes tan dignamente dirigen un texto sobre la nueva cocina española y sus relaciones con la deconstrucción o la muerte del sujeto o la infinita interpretación y demás, por decirlo brevemente.

El problema es que mi concepto de la gastronomía, nueva o antigua, cuando viajo a España, es un bar de la Plaza Mayor de Madrid, esquina a la calle Ciudad Rodrigo, en donde por un euro ofrecen un bocadillo de calamares fritos y a cuya cita jamás falto.

Ignoro qué relación puede tener el bocadillo de calamares con la deconstrucción. A no ser que en esfuerzo teórico habláramos del vacío interno calamaril como constituyente del deseo - y de la perpetua errancia en pos del bar de la Plaza Mayor. Pero dada la cantidad de aceite que tienen los bocadillos del lugar me temo que hablar de vacíos sería un poco inapropiado.

El otro lugar que frecuento es Lhardy, en donde venden unos callos estupendos. Hablar de callos en salsa, de  nouvelle cuisine  y de la muerte del sujeto, me parece ya excesivo ".

Aquí termina el texto de Andrade. Y el interesante artículo de Language..., cuyas aportaciones más destacadas recogemos.





-      AA.VV.    About Subject´s Death and New Gastronomy
en    "About Language, Wounds or Not"   Review    Nº 147,   June 2012,  Univ. of Georgetown     Washington,  D.C.


martes, 24 de julio de 2012

De ficciones




En un relato, cuyo título ahora no recuerdo, se narra la historia de una familia a principios de siglo. Es una narración fascinante. De destierros y encuentros, de alguien que recuerda siempre a otro, de premoniciones, lealtades y diásporas... Por un momento no sé si el relato es real , es la descripción de una familia judía acomodada en la Varsovia de entreguerras, o se trata de una ficción literaria - la novela pertenece a Bashevis Singer, a quien estoy leyendo estos días.

Pero en ese momento la narración ha quedado, de pronto, desvalorizada. Pues la intensidad que le habíamos supuesto al creer que se trataba de un relato real - de historia al fin y al cabo - queda en un segundo plano, devaluada, al conocer que se trata de una ficción literaria.

Cuál es la gloria, la intensidad de lo real; qué intensidad secreta alcanzan las cosas a la que la literatura - de repente - nunca accede. Al modo del mito de Pigmalión, que tantas veces hubimos de citar en tiempos. Toda la fuerza del mito, toda la intensidad del arte semejan , de pronto , inanes , insignificantes, al lado de un momento que nadie - excepto Pigmalión en el mito - alcanza. Esto es, el instante en que la estatua, el deseo, los nombres, cobraban al fin vida. Al lado de su certeza - siempre aplazada - el arte, el relato,  parecen tan inútiles, un instante.

Y ese, el instante inapreciable en que la estatua cobraba vida - un paso apenas, un leve gesto en el sueño del artista - es el que, descubrimos entonces, nunca se producía. Su leve, abismal inutilidad.