jueves, 8 de febrero de 2018

La biblioteca de la fragata Erebus




          - De Cuaderno de Guarda, Antonio de Andrada.


" Fotografías antiguas de la casa de Guimaraes. Cartas de los abuelos, postales de La Habana, unos retratos de familia con los marcos dorados... Como un mensajero retardado nos rodeamos estos días de un paisaje al que accedimos sin darnos cuenta en la casa de los bisabuelos y ahora retorna en la forma de un correo tardío.

Es un paisaje del siglo XIX que por un raro azar, o quién sabe, regresa estos días.

La retórica y el adorno cubren todas estas cosas - como el delito moderno que en su día denunciara Adolf Loos, los demás luego. Todo está adornado en él. Si clasificamos fotografías de la familia, éstas siempre vienen con marcos ornados. En una de ellas, incluso, la tía Mafalda surge debajo de unas columnas doradas. En otra, la bisabuela Graça nos contempla severa y con un raro tocado dentro de un inmenso marco de ebanistería, salpicado con conchas de marfil. Un pariente lejano sobrevive bajo un frontón dórico, con unos oscuros triglifos en las esquinas.

Todos están vestidos para la fotografía. Las placas exhiben su nombre, su condición social.

Siempre ocurre así en las fotografías de la época. En una serie que recuerdo ahora, anónima, sobre antiguos pescadores en la isla de Madeira, los lugareños se retrataban con los mejores atavíos del oficio. En un libro de Laurent sobre las tierras de Castilla aparecen los cofrades de la ciudad de Segovia con las capas tradicionales de la corporación. Hay unos esquiladores con zahones de pastor. Un capitán de caballería con las botas de doma, los galones del Cuerpo. Un canónigo, hierático, se fotografía a la puerta de la catedral con sobrepelliz, capa magna, roquete...  En un repertorio sobre la carteé de visite en Francia e Inglaterra las familias acuden al estudio con las mejores ropas. Éstas se corresponden a su imagen social, la recuerdan, la proclaman.

Siempre miran a la cámara de frente. La fotografía exhibe, no vela.

Nos llegan ahora, también, ajuares bordados con las iniciales de su dueña, cubiertos con firma, una vajilla con el anagrama de la familia... Un vecino nos mostró otra tarde, orgulloso, unas sillas de montar antiguas de sus abuelos. Tenían todas, mohosas, comida la zalea, el hierro, la marca de su casa.

Cometen, todos los objetos, dos delitos. Uno es el del ornamento. Otro el del signo, la marca familiar y social. La vanguardia había prescrito también la anécdota, todo patetismo, la memoria. La característica de todas estas cosas que nos vuelven ahora desde el siglo anterior, es una suerte de continuo emblema, que hace alusión a su elaborada presentación. De un tiempo minucioso y aún retórico.



En la descripción que leo estos días del desdichado naufragio de la travesía de sir John Franklin en busca del anhelado Paso del Noroeste, los narradores cuentan de los numerosos errores que se hubieron de cometer en tan aciaga expedición.

Entre ellos, y no es el menor, figura el que, en lugar de los imprescindibles víveres o medicinas, se hubiera embarcado una cantidad desorbitada de vajillas, mantelerías y juegos de té que, añade el narrador, "resultaron completamente innecesarios".

La narración abunda en detalles. Resumida, la minuciosa investigación posterior cuenta cómo en el invierno de 1845 la expedición de Franklin quedó atrapada por los hielos en el Estrecho Victoria, cerca de la isla del rey Guillermo. Había zarpado el año anterior del puerto de Greenhite en Inglaterra en busca del anhelado Paso del Noroeste, que nunca encontrarían. " La última vez que fue vista la expedición fue a principios de agosto de 1845, cuando el capitán Dannet del ballenero Prince of Wales encontró al Erebus y al Terror en la bahía de Baffin. Los barcos de Franklin estaban allí a la espera de condiciones metereológicas favorables para entrar en el Estrecho de Lancaster" .

Entre los preparativos de la expedición, se nos dice, figuraba una copiosa biblioteca con ediciones particularmente elegidas. " Cada barco llevaba una biblioteca con más de 1000 volúmenes " , cuenta la crónica de los preparativos en Inglaterra. Además de las incontables vajillas, cuberterías y juegos de té, absolutamente innecesarias al decir de las mismas fuentes.

Tras la desaparición de los barcos se emprendieron más tarde varias expediciones en su búsqueda, difíciles e infructuosas, como es sabido. En las notas de una de aquéllas, se advertía que en un bote abandonado en el extremo de la isla del rey Guillermo,  " se encontraron botas, pañuelos de seda, jabón perfumado, esponjas, zapatillas, peines y muchos libros, entre ellos una copia de El vicario de Wakefield."  Ninguno de los tripulantes de la desdichada travesía  fue hallado con vida.

Fascinación de la retórica y el rito. Cuando lo advierto pienso en la fascinación de una expedición en pleno siglo XIX que aún encuentra necesario, además de establecer de una vez por todas la existencia del mítico Paso del Norte - existencia que, de pasada, no contribuyó a revelar - aquello que encuentra imprescindible para la vida humana. Esto es, la cubertería, las cucharillas de plata, los manteles, las iniciales en las vajillas y en los juegos de té. La retórica de la vida, en suma, en un siglo que todavía no había aprendido a despreciarla.

A despecho del narrador, seguimos pensando que, en efecto, las vajillas eran imprescindibles. La muerte de todos los tripulantes no refuta su necesidad ".


                 - De Antonio de Andrada    Cuaderno de Guarda   eds. Portalegre, 2005.





martes, 9 de enero de 2018

Relación de las cosas del mundo




"   Vida animal.

4.1  Según su nacimiento, los animales pueden dividirse en: los nacidos a partir de fetos ( que son los animales que tienen nueve orificios), los nacidos a partir de huevos ( que son los de ocho orificios, como las tortugas y los de su clase), y finalmente los que nacen de huevos incubados.

4. 2   Las águilas pescadoras son un tipo de ave que se preña con sólo mirarse con un macho. Pero según otra opinión, es al responder al graznido del macho cuando se quedan preñadas, siempre que los emita en la misma dirección del viento.

(...)  4.7   Que hagan las urracas sus nidos con la boca dando la espalda a la estrella Taisui no puede ser por conocimientos aprendidos, sino por instinto.

4.8   Los faisanes son unas aves que tienen una larguísima cola y que, cuando ha nevado, por temor a estropeársela, se quedan posados en las copas de los árboles sin atreverse a bajar por la comida; de ahí que muchos mueran por inanición.

4. 9   Los guan son un tipo de ave acuática. En época de incubación, muchas meten los huevos en el agua, huevos que, al no flotar, permanecen en el fondo, Allí los rodean y los cubren con guijarros de de mispíquel para caldearlos. Por eso los fangshi ( magos) se han fijado en los guijarros de mispíquel en los nidos de las guan ( cigüeñas ). Los faisanes por su parte son unas aves de muy hermoso plumaje; les gusta tanto su propio aspecto que se pasan días enteros mirándose en las aguas; de ahí que muchas acaben viendo borroso, cayéndose al agua y ahogándose.

4.10   Las tortugas de tres mil años suelen anidar en las hojas de los lotos y andar retozando sobre hojitas de abrojo.

4.11 a   Existe cierto tipo de de serpientes prodigiosas que pueden rejuntarse aunque hayan sido fragmentadas.

4. 13   Según el libro Zhou guan, " ni los tejones van más allá del río Wen ni los martines cresta más allá del río Ji". De ahí que se anote como extraño ( en el libro Chun Qiu ) que haya martines de cresta anidando en el reino de Lu.

4. 14   Si los naranjos que son plantados más al norte del río Nan se vuelven naranjos espinosos, ¿ cómo es que en la zona este del río Azul hay actualmente tanto naranjos como naranjos espinosos ?  (...) ".


               - De    Zhang Gua   ( 232- 300)     Relación  de las cosas del mundo




miércoles, 20 de diciembre de 2017

El Mar del Norte



Horacio ( a Tiberio) .

" A ti el Nilo y su oscura fuente admira. / Hister y el veloz Tigris y el Océano /  plagado de monstruos que aturde / a los britanos con sus fragores ..."

     - Carm. IV  14, 45-48 )

" Y surcan con sus pataches, aventurándose a largas distancias, una mar agitada por los Notos y el abismo de un océano plagado de endriagos"

   - Avieno, Ora marítima,   s. IV a. C.


" después el cabo Cinético, por donde se produce la caída de la luz sideral, irguiéndose altivo como último bastión de la rica Europa, cuando ésta se precipita en las olas del océano poblado de monstruos "

   - Avieno, o. cit.


" ( El Mar del Norte )  un mar sin límites se extiende al norte y a al oeste, ningún navegante ha osado  atravesarlo porque la atmósfera es tétrica y brumosa, y los vientos desfavorables: en algunos lugares está cubierto de juncos . Está lleno de monstruos marinos que espantan a los navegantes, obligándoles a retornar"

   -   Avieno


" Una tierra de niebla y penumbra (...) Más allá de la cual se encuentra el mar de la muerte, donde comienza el infierno"

     - Homero  , Iliada  

" Tehra, jefe de los Fomoré , vencido en la batalla de Mag- Tured, se convierte en rey de los muertos, en la región misteriosa que habitan más allá del océano "

    - H. d´Arbois de Jubainville


" Los celtas siempre representaron el otro mundo y el más allá maravillosos de los navegantes irlandeses en forma de islas localizadas al oeste ( o al norte) del mundo ".

       - Diccionario de símbolos,   Barcelona 1986, pg. 596


" Pomponio Mela describe los actos de nueve sacerdotisas ( antistites ) que residían en una isla, lejos de Bretaña, tan interesantes como el oráculo de una divinidad gala "

      - E. O. James     Historia de las religiones


" Algunos dioses abandonaron el suelo de la isla y se retiraron a un país llamado Meg Meld, más allá de los mares de Occidente "
       - o. cit.


" Polibio recoge la opinión de Estrabón cuando afirma que " no existe nada más allá de Yerne (Irlanda) ".

" Procopio de Cesárea que en el siglo VI narraba cómo en aquellos tiempos aún se creía que la tierra de la muerte se situaba al oeste de la isla de Gran Bretaña".



         - F. J. Gómez Espelosín      Geografie fantastiche nella Grecia antica         Roma, 2010





                                                                 ( fot. Ángeles San José)




domingo, 19 de noviembre de 2017

Costa de Aveiro






" (...) El hotel en el que nos alojamos está situado en un paraje un tanto aislado, cercano a los edificios del puerto comercial. Una amplia avenida donde cargan los camiones de transporte sobre el pequeño puerto pesquero en el extremo de la ría. He pasado la mañana recorriendo las playas desiertas, en los bordes del Atlántico. Llegaba un aire frío, constante, del lado del mar.

Tuve la sensación del mar inmenso, el océano gris que se abría en esta costa airada y no cesaba hasta las remotas, lejanas costas de América, ignoradas desde aquí. En un tiempo el océano era la puerta del abismo. "Más allá no hay nada" , se afirmaba. Un extenso manto de espuma blanca llegaba hasta la playa. En el mar no se veía nada: ningún barco, ninguna vela. En una terraza situada sobre las dunas, al abrigo del viento, me siento luego a leer un rato el Fernando Pessoa clásico, el de las Odas de Ricardo Reis, que he traído conmigo. Es una lectura de los límites, de la serenidad estoica de un clasicismo que se había perdido tanto tiempo atrás, y se conservaba en la dignidad - y cierta resignación melancólica - de un personaje aún sujeto a los antiguos dioses, médico en la colonia, como es el Reis que nos dibuja Pessoa.

Resulta una grata, atenta lectura en la mañana airada en el escondido bar sobre la playa. Pienso después que nunca lo voy a volver a leer así, como en el breve momento en la playa da Vaqueira, esta jornada tormentosa. Más tarde sigo recorriendo las carreteras de la costa. La lengua de tierra que se adentra desde el puerto la divide en dos. Dentro, el paisaje sereno de la ría, las playas de fango, los huertos de maíz, unas casetas de labor abandonadas. Al otro lado, más allá de las dunas, el mar abierto, el océano airado, piélago " plagado de monstruos" como lo nombrara el poeta clásico.




Hay, inmediato al ventoso escenario del mar y las dunas y las playas desiertas, otro diferente, que le agrada a F. cuando lo cruzamos. Es el del paseo marítimo de Costa Nova, a este lado de la ría, bajo la ciudad de Aveiro. En él se alinean unas casas de veraneo antiguas, las fachadas de colores, unos patios estrechos frente a la calle con sillas, un canapé de madera descolorido. Vemos luego a un viejo solitario que se sienta en una escalera a  la caída de la mañana.

(...) Por la noche vamos a cenar a un restaurante tradicional del lugar, que se encuentra en una de las casas bajas del paseo. Ya no cruza nadie por él. El local, apenas iluminado desde afuera, es un comedor silencioso, con dos o tres mesas ocupadas, que apenas hablan entre sí. Tiene el aire de lo detenido hace mucho tiempo. Nos dan una mesa al lado de la ventana, frente a la bahía.

Traen la comida en silencio, también. La frasca de vino, los manteles blancos, el pan oscuro. La cena - anguilas de la ría - es muy buena, por otro lado. Sentados bajo la ventana, pienso que es un lugar de invierno, independientemente de la fecha en que vamos. De un invierno tradicional, monótono y sin sobresaltos. Los comensales, escasos, acudirán aquí a la caída de la tarde. Llueve a ratos. Luego, a la salida, no habrá nadie en el pueblo, no cruzará ya nadie por la calle, apenas iluminada frente a las remotas luces de Aveiro a lo lejos, al otro lado de las arenas de fango.

Recordé entonces una cena en un lugar similar, hace años, con M. Era una taberna de Sagres: las mismas mesas, el mismo vino, oscuro y agrio, el mismo silencio sin sorpresas alrededor... Al regreso del viaje a la costa del cabo de San Vicente intenté escribir un relato sobre el lugar, la penumbra del local, la sensación del invierno en pleno verano. Que nunca pude terminar, imposibilitado de avanzar en la descripción de unos acontecimientos, mínimos, que en realidad pertenecían al primer instante (...) "


              -  De    Eugenio de Andrada      Cuaderno de Guarda     ed.  Portalegre, 2006.




martes, 10 de octubre de 2017

Del valor de los libros raros




 Me había ocurrido ya en cierta ocasión.

Acuciado por la necesidad de desprenderme de parte de las prolijas carpetas y cajas de libros de una casa de la que nos trasladábamos, había avisado a un librero conocido mío para que viniera a verlas, en la incierta seguridad de que aquéllas guardaran todavía cierto valor.

Una historia ya pasada de los años en que todo era celebrado - y publicado - las envolvía aún. Y yo pensaba en la rareza de muchas de ellas, y el exótico prestigio que a alguna de aquellas ediciones había rodeado en su momento.




Varias habían sido, en su día, ciertamente difícil conseguirlas. Alguna era una edición insólita, de autor no menos raro. Para la colección de  Entregas de la Ventura, que publicara en su día Valentín Zapatero con la colaboración de Andrés Trapiello y Quico Rivas, había tenido que acudir personalmente a la casa del editor - que falleció al poco - , convencerle para que me cediera varios de los ejemplares, mínimos y  cuidadosamente diseñados, que estaba publicando, y regresar satisfecho a mi estudio con aquellos insólitos Francisco Pino, Miguel Sánchez Ostiz, César González Ruano, Koldo Artieda o Juan Manuel Bonet... Estaba  también el legendario "Aprender a nadar" de Carlos Alcolea, que había publicado Quico Rivas en una precaria edición - bien es verdad que este último libro, solicitado por los círculos de iniciados en su momento, aparecía ya con frecuencia en los estantes de la Cuesta Moyano a precio de saldo. No menos rara había sido la edición de las Figuras de definición de Juan Navarro Baldeweg en la misma colección, con textos de Patricio Bulnes. Estaban los cuadernos de dibujo de Luis Gordillo o los diseños de Miquel Navarro, que había publicado en una edición limitada - y sólo accesible a los conocidos del editor - el crítico Mariano Navarro. Una selección de poemas del escurridizo Lasso de la Vega, reunidos por Juan Manuel Bonet . Otra colección de ejemplares de la Editora Nacional, dirigida por el visionario Javier  Ruiz, entre la que figuraba un memorable tratado sobre La Cueva de Hércules de Toledo. Y otro no menos memorable libro de Ignacio Gómez de Liaño sobre " Los plomos del Sacromonte". Sin contar con la edición de los " Tratados y Canones" del hereje Prisciliano, que a los que aún no habíamos alcanzado los centones de don Marcelino nos supo a primera iniciación heterodoxa. Paul Morand o Rafael Sánchez Mazas , Marcelin Pleynet o Joan Perucho, entre otros, eran los nombres de aquellas ediciones heroicas, que , repetidas en ocasiones, se guardaban allí.



Y más rarezas de ese corte... Pero sobre todo cuando avisé a Manolo, el librero de lance, el cual poseía absolutamente todo sobre la literatura de aquellas décadas pasadas, pensaba en una suerte de repertorio de catálogos de exposiciones, folletos de galería de arte, ediciones de artista de la época. Y por encima de todo, de revistas literarias en unos años en los que éstas proliferaron - ignoro por qué rara benevolencia económica - y constituían una suerte de escenografía del entusiasmo de aquellos años.



Le enseñé a Manolo la colección completa de los cuatro números del Comercial de la Pintura, la revista que publicaron Ángel González y Juan Manuel Bonet, en donde entre otros había colaborado ya, con un artículo disidente sobre la pintura de los 90, José Luis Brea - y en donde aparecía un texto del primero  sobre Matisse que aún recuerdo. Había números sueltos de la revista Poesía, la excelente publicación que dirigiera Gonzalo Armero - con la colaboración de Chiqui Abril, entre otros. Ejemplares de la revista Buades, de aura célebre en aquellos años, y que sólo se adquiría en la propia galería - o en algún otro remoto lugar similar. Ejemplares de La Luna, El Paseante o El Europeo - que no me interesaban nada ya. Quites, editada con primor por la Diputación de Valencia, había publicado algún artículo excelente de Francisco Brines, Juan Luis Panero o Ramón Gaya. De la sevillana Separata - que sí me interesaban. De Dezine - de portada coloreada y estética  neo-pop, con cardados en el pelo al modo de los B-52. De Flash Art, Art in America  o Parkett - de ésta última sólo quería desprenderme de los ejemplares repetidos. Catálogos de la galería Juana Mordó , Vandrés, Fernando Vijande, la Máquina Española, La Central o Seiquer; alguno raro de la tempranamente extinta galería de Manolo Montenegro; ediciones de autor de Dis Berlin, Ferrán García Sevilla, Soledad Sevilla o Manolo Quejido... O unos raros números editados como fotocopias o en ciclostil de revistas universitarias como Miraguano - de la Universidad Autónoma - City Lights u otros varios, cuyo nombre ya no recordaba...


 Había apartado en cajas los ejemplares de los que quería desprenderme y se las mostré a Manolo. Las miró sin mucho interés. Conocía todo lo que contenían.

- ¿ Y qué quieres que haga con todo esto? - preguntó al rato.
- Pues quedártelas. Decirme lo que valen.
- No me puedo llevar ninguna. Tengo el almacén lleno y de esto ya no se vende nada.

Pasamos luego a hablar de otros asuntos, y de antiguos conocidos. El pintor X, me contó, le había pedido que editara en su librería una plaquette con textos y dibujos, que había diseñado él personalmente. Al cabo del tiempo se había llevado la edición íntegra a su casa - excepto los ejemplares que regaló. A nadie le interesaban ya estas cosas, me explicó. Yo recordaba haber visto en tiempos en los saldos del Vips de Serrano alguna de aquellas ediciones.

Curiosa sensación la del valor y su pérdida, pensé luego. Lo que en otro momento hubiera sido un repertorio de un cierto precio, coloreado en algún caso de una rara leyenda, se había volatilizado. Y el valor de las cosas, su intangible estatuto, demostraba así, una vez más, su fragilidad.


El coleccionismo bibliófilo , me había señalado alguien en cierto momento, tiene siempre algo de melancólico. Sustituye una totalidad pérdida e inalcanzable - la de la lectura inmediata - por el recurso metonímico a una parte del mismo, que almacena nombres, fechas y primeras ediciones en su lugar... En otra ocasión posterior, con motivo de un nuevo traslado - el de la biblioteca familiar, voluminosa y con ejemplares de cierto valor bibliófilo, al lado del secreto valor sentimental de otros - al desmontar las estanterías descubrí que en la pared de detrás de las mismas, entre el polvo que los años había acumulado, se escondían, apoyados sobre la pared y detrás de unas tablas, dos breves libros manchados de pelusa y suciedad. Los recogí, para descubrir entonces que uno de ellos era la primera edición de los Trois Poêmes de Guerre  de Paul Claudel, en la editorial de la Nouvelle Revue Française. El otro era también la primera edición en libro del Mallarmé Un Coup de Dés Jamais N´Abolira Le Hasard de la misma editorial, de 1914. Llevaban allí, inadvertidos, desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Y hubieran  podido seguir ya para siempre perdidos, si, en el último momento, alguien no me hubiera avisado de su presencia polvorienta y esquinada.

El valor es efímero, e intangible, advertí de nuevo. Un gesto, un nuevo olvido, bastan para que se desvanezca, otra vez.




lunes, 9 de octubre de 2017

Desde la Torre de Juan Abad







Soneto

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injuria de los años vengadora,
libra, ¡ oh gran don Joseph!, docta la imprenta .

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.



    Francisco de Quevedo  

   ( Parnaso español, 1648, núm. 115)



viernes, 18 de agosto de 2017

el viaje a Estambul


             
                                                                  ( fot. Ángeles San José )


                               ( Del  Viaje a Estambul  de Eugenio de Andrada,  Guarda, 2007 )


" En un libro de Erwin Rhode - Psyche , que estoy consultando estos días para preparar una nueva edición  - encuentro, entre otras, una cita fascinante.

"Circe - se nos cuenta - les da a todos la inmortalidad, después de lo cual Penélope pasa a vivir con Telégono como esposa suya, en la isla de Eea, ( perdida según hay que suponer, en los confines del mar)".

Es esta naturalidad con la que se sabe, ciertamente, que la isla está perdida en los confines del océano la que me fascina. Al instante reconocemos que ya lo sabíamos.

Su noción precisa, la exacta ubicación. El lugar remoto de las ínsulas extrañas y los valles solitarios nemorosos.

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Viajando en agosto por Turquía. Los nombres de una geografía exacta desde Homero:

" Los Campos Elíseos, en los confines de la tierra".

" La isla de Siria, patria de la juventud de Eumeo, en la que vive un pueblo rico en rebaños, en viñedos y en trigales".

" A quien se pregunte dónde queda esta isla venturosa, el poeta le contesta: Sobre Ortigia, donde el sol hace su vuelta" .

" Un lugar situado más allá que los feacios, que el país de los etíopes, amados de los dioses, o el de los abios, en el norte, de cuya existencia ya sabe la Ilíada ".

" este país campesino de la Beocia, retirado del mundo".

" El poeta llama a este lugar las islas de los bienaventurados y las sitúa lejos del mundo de los hombres, en el Océano, más allá de los confines de la tierra".

" surcando el Océano, pasa la nave de Odiseo al pueblo de los cimerios, que jamás ve el sol, y alcanza las negras costas y las praderas y el bosque de álamos negros de Perséfona".






O en un mapa antiguo de Bizancio - que compro en un cuchitril del barrio de Gálata - los nombres de la poesía : las regiones de Isauria, Caldia, Vaspurakán, las Puertas Cilicias... Las ciudades de Alepo, Odesos, Samosata, Larisia. El reino de Trebisonda, último reducto del Imperio, cuando ya todo había caído.


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Paseando por Ortakoy recuerdo una descripción de A., el profesor de antropología, a su regreso este invierno de Estambul, adonde había estado unas semanas de tormentas. Él había leído antes el libro de Pamuk sobre la ciudad, nos lo había descrito minuciosamente y su relato no sabíamos lo que tenía en realidad de lo vivido esos días o de la recreación de las notas de aquél.

Daba igual , porque llovía todas las tardes y había pasado muchas horas leyendo en un café sobre el Bósforo. Daban un té excelente y nadie parecía tener prisa, cuenta. La ciudad esta vez era el libro, también. Le pregunto por las villas otomanas de la otra orilla, las antiguas casas de madera en la costa de Asia y me las describe perfectamente. No sé si ha estado, pero qué importa. "



                         -  Eugenio de Andrada   Viaje a Estambul      Cuadernos de Guarda, 2007.




jueves, 10 de agosto de 2017

noticias de Santa Sofía






                                                    ( Del "Viaje a Estambul " de Eugenio de Andrada, Guarda, 2007 )


" Un barco griego regresa, entre el acoso turco, al estrecho del Cuerno de Oro. A pesar del asedio, consigue abrir la cadena de la Torre de Gálata, penetra en el abrigo del puerto. Trae malas nuevas para la ciudad. No hay ninguna escuadra, ni veneciana, papal o genovesa a la espera, y en ningún lugar, ni en la costa ni en las islas, se tienen noticia de aquella. Constantinopla no puede esperar ninguna ayuda ya. La galera regresa para comunicar la noticia y participar, junto a los últimos romanos, de su suerte.

Hasta el último momento, los griegos esperan un milagro. Los turcos han entrado ya en la ciudad y su bandera ondea en el palacio de Blaquernas. En el monasterio de Chora, una imagen de San Salvador protegía el lado externo de la muralla teodosiana. Sería inexpugnable, contaban. Pero la muralla ya ha caído. Cuentan que el Emperador ha muerto. Otros dicen que regresará más tarde. Más adelante, cuando los musulmanes partan. Las mujeres, los niños, los ancianos, se refugian en la basílica de Santa Sofía. Se dice que cuando los infieles lleguen hasta allí un ángel, enviado de Nuestra Señora, los fulminará con el rayo flamígero y los otomanos serán expulsados más allá de Anatolia. Pero ahora los jenízaros han entrado en el templo y comienzan a saquear la iglesia, esclavizan a los griegos, arrastran a los sacerdotes. 

Una última leyenda cuenta que en el momento de entrar los turcos el sacerdote estaba oficiando la Consagración. En ese instante se abrió un muro y el oficiante desapareció en él, junto a la Sagrada Forma. Cuando Santa Sofía vuelva a ser el templo de la cristiandad reaparecerá, para terminar la ceremonia.

Un último instante, siempre. En la espera del milagro siempre hay un momento más, un tiempo que no queda clausurado. En su tensa espera, en qué momento ignorado ocurre al fin el milagro, se consuma el tiempo. "


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           -      Eugenio de Andrada        Viaje a Estambul      ed. Cuadernos de Guarda, 2007.  pg. 37- ss.



miércoles, 19 de julio de 2017

la costa de levante




Al noroeste de la isla de Mallorca la costa de Levante - desde la bahía de Alcudia y Cap Farrutx hasta la Punta de Capdepera - debió de ser en algún momento una zona casi deshabitada. El contrabando - según nos informa una guía local - " no sólo desembarcaba en Cala Mesquida, también lo hacía en las cercanas playas de Cala Torta, s´Arenalet y Cala Mitjana" . En los pueblos del interior - Artá, Capdepera, Cala Ratjada ...- los lugareños aún conservan la noción de una comarca despoblada, con fincas pobres que se acercan al mar, mientras los habitantes viven en el interior, más al sur, distantes de la sierra abrupta.

Esta zona - se nos informa en la misma guía - era conocida por los fuertes vientos " y las corrientes del peligroso canal de Menorca, lo que lleva a la dificultad de la navegación y, en algún caso, a algún peligroso naufragio".

Artá, en el interior, era de algún modo la última ciudad. Antes de descender de sus casas de piedra, las mansiones señoriales de los propietarios en torno al monasterio de San Salvador, y emprender el itinerario por las grandes posesiones cada vez más despobladas, hasta el borde, montañoso y estéril, de la costa. En los archivos de la parroquia de Artá aún se conserva la denominación de su fundación original, en el siglo XIII , como "caput (...) et frontera inimicorum" .

No había apenas población en la costa - el largo y abrupto recorrido de la garriga y las grutas del contrabando - desde la bahía de Alcudia a las playas de Capdepera, ya en el litoral arenoso que desciende hacia el sur. Pueblos como Cala Ratjada, Son Servera o el propio Capdepera, ya fortificado en época medieval, eran apenas alquerías que dependían de la capital de la comarca. Y no aparecen como lugares independientes hasta  mediados de siglo XIX.

El litoral no era sino la noción de un peligro constante, una amenaza conservada en la memoria de los paisanos. Cuyo trazado aún se conserva de alguna manera en el viaje actual desde los lugares del interior hasta la costa, por parajes arruinados, grandes posesiones abandonadas, la garriga estéril que ocupa, finalmente, las laderas de la sierra frente al mar.


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Bajo la gran dehesa de Ferrutx, en lo alto - antigua finca de caza de los reyes de Mallorca - la colonia de San Pere, sobre el mar,  aún conserva algo del paisaje de las colonias de nueva planta, establecidas por decretos reales generalmente en los siglos XVIII y XIX. Es un poblado regular, con las calles trazadas a cordel bajo la montaña , único y solitario asentamiento en los largos kilómetros del abrupto litoral que comienza al oeste de la amplia bahía de Alcudia. El decreto original de 1880 habla de la parcelación de la antigua Dehesa y la venta de los lotes resultantes a los colonos por parte de la institución del Crédito Balear, que había adquirido recientemente la finca. En 1882. se nos dice, ya vivían en la colonia 108 familias, agricultores exclusivamente.

" Son sus límites - describía el decreto - el mar, Betlem de Marina, S´Alqueria Vella, Son Morei, Can Canals, Son Forté y Morell".

Hay algo artificioso, de decreto sobre un plano en blanco aún, en su actual ubicación, el aislamiento de las nítidas casas blancas de una planta, alineadas sobre un paseo sobre el puerto artificial, unas playas mínimas entre los refuerzos de hormigón, que se han rellenado a su vez con una arena pálida, traída de otra parte. En la costa, a continuación, ascendiendo hacia el cabo, no hay ningún otro lugar habitado.

Para llegar a la colonia desde el interior había que desviarse hacia la sierra de Farrutx desde la carretera que unía el puerto de Alcudia con las playas de la comarca de Son Servera. Una geografía de antiguas posesiones - que aún conservan algo de su vieja resonancia en la mención de los payeses del lugar-  rodea estos campos extensos, la mayoría ya sin cultivar. Son las antiguas fincas de Morell, Son Morei, Son Sureda o Aubarca. A lo lejos, en alguna de ellas se divisa todavía el porche tradicional sobre un patio de entrada, la casa principal, las almazaras de piedra, los hornos cercanos. Unos cipreses aislados señalan el caserío desde la entrada. En su mayor parte, están abandonadas.



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Solitaria sobre el Cap Ferrutx, la bahía al fondo, se erige todavía la ermita de Betlem en un elevado promontorio sobre la costa.

Un antiguo inventario da cuenta de la donación del terreno por parte del propietario, Jaume Morei, en 1805.

" Primeramente del edificio en que antiguamente se hallaba collocada una Atahona, y de la Torre desmoronada contigua a dicho edificio. Mas y finalmente a los efectos que mas les convenga, de las Quarteradas de tierra poco mas o menos contiguas al prenotado Edificio, y Torre, juntamente con la fuente de agua viva y permanente todo de pertenencias del Predio Binialgorfa que tengo y poseho en el distrito de la Villa de Artá de este dicho Reyno".

Habitada desde entonces la ermita surge, desolada, sobre la costa abrupta. Una romería anual, el día de San Antonio,  alteraba la soledad permanente del lugar.

El padre Antoni Gili que hubo de escribir un minucioso estudio de los 200 años de historia del lugar añadía, en algún lugar de la obra:

"Aquí el silencio se desea. A través de él el ermitaño aprende a discernir a Dios, a pesar de su existencia oculta: descubrir la belleza del mundo, la grandeza de las cosas insignificantes, el misterio más íntimo de sí mismo y de su existencia".

En otro lugar de la obra se describe el inventario del oratorio:

" Un misal dos casullas una negra y otra de todos los colores, altar con ara y una tela que representaba el misterio de Belén y dentro del nincho diversas figuras de madera del mismo misterio, tres toallas y  demás necesario para el sacrificio".



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Describe en su rara "Ruta de Mallorca" - editada en Capdepera en 2006 - el poeta Pere Caldar:

" El paisaje de estío, detrás de las montañas de Alcudia.

En torno a la Colonia de San Pere parecía la región más despoblada de la isla. De antiguo había sido una costa yerma, a la que yo volvía una y otra vez en las largas temporadas que pasaba en la isla.

No sé de dónde vendría esa fascinación. Desde luego, de la proximidad. Nos alojábamos entonces en la finca de G., el pintor de san LlorenÇ , situada en los tesos de Son Servera en el extremo oriental de la isla. Frecuentábamos por las tardes un angosto celler en las faldas del castillo de Capdepera. Debajo de la plaza se divisaban las vegas del municipio y, al fondo, la carretera que llegaba hasta el puerto en la bahía, la torre de la iglesia de Artá a lo lejos.

Más allá de Artá  ya no había ningún lugar. G. y los amigos nos hablaban continuamente de aquella región que era la suya. Al hacerlo evocaban sin saberlo quizás un cierto aroma legendario que el turismo y las nuevas urbanizaciones no habían alcanzado del todo a borrar. O quizás perduraba solamente en su recuerdo: esas interminables descripciones a las que se entregaban los martes por la mañana de desayuno mallorquín, que comenzaba con riñones, callos, cerveza y un frit y terminaban inevitablemente en aguardiente local y canciones de la tierra.

Pero era también la propia desolación de la comarca. La recorríamos incesantemente en esos meses. En las carreteras del interior apenas nos cruzábamos con nadie. Hasta que, sin darnos cuenta, nos sorprendíamos al cabo repitiendo el mismo relato de los isleños, comentamos que estábamos contemplando el paisaje de ellos, elaborando la misma narración que los amigos serverinos nos había relatado en el pueblo.

Artá, en el interior, era la ciudad, la antigua capital de la comarca. Había sido la antigua residencia de los efímeros reyes de Mallorca, el lugar de verano de la aristocracia local luego. Más allá, bajo la iglesia de San Salvador, se extendían el campo y la tierra de nadie hasta llegar hasta el mar. Una costa que durante décadas sólo frecuentaban los contrabandistas. Las fincas se extendían, señoriales aún, distantes, entre esos acantilados ásperos, temibles, por los que durante siglos sólo cabía esperar la llegada de los corsarios, y la ciudad, las casonas pétreas en las que los propietarios pasaban la temporada estival y recibían las rentas de unas posesiones a las que, en algún caso, no habían accedido nunca.

El campo se abría enseguida, apartado, tras la orgullosa colina que dominaba las vegas inmediatas. Apenas dejar el caserío los caminos se intrincaban en una densa maraña de huertas, bancales y alquerías medio arruinadas.

Alguna tarde, después de pedir café en la plaza, - y el bizcocho de almendra local-  tomábamos la carretera que conducía a la ermita de Betlem. Antes teníamos que cruzar por la possessió de Aubarca, una antigua finca de olivos descuidada puesta en venta hacía muchos años, pero que por lo visto, nadie quería comprar. Nos llegábamos alguna vez al caserío por un viejo camino de tierra, cubierto por las zarzas y las ramas de las higueras secas. En la casa cerrada, al lado de un gran arco de piedra del siglo XVIII, se encontraban las viejas almazaras con los muros repletos de inscripciones anotadas en un color ocre sangriento, que debían de representar las cuentas anuales de la cosecha de aceitunas, escritas en un alfabeto arcaico, críptico y repetitivo.

Más allá del valle las fincas y las casas se iban espaciando hasta llegar a un terreno seco y pedregoso, de chaparros, jaras y negros espinos, y a unas montañas grises que ascendían entre curvas hasta perderse en el horizonte. Al subir por la tortuosa carretera veíamos de repente el mar al fondo, y, en una ladera inverosímil, la ermita de Betlem, pálida y solitaria sobre el azul de la costa. Aún vivía allí un ermitaño, pero nunca se dejaba ver.

Yo pensaba en esos días de verano en el invierno de pronto: la tormenta, la niebla, la soledad de la pequeña ermita en la costa, la montaña vacía alrededor. Después, nada. "




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Bibl.

   Lorenzo Lliteras         Artá en el siglo XIV        Palma, 1972.

   Josep Sureda i Blanes        El paisatge d´Artá     Artá, 1932.

     Mn.  Antoni Gili i Ferrer      Ermita de Betlem. 200 años de historia         Mallorca, 2005 

     Bertomeu  Amengual  Gomila          Aeroguía del litoral de Mallorca         ed. Planeta, 1996.

    Miquel Costa i Llobera      Poesies     1907

     Pere Caldar           Ruta de Mallorca           Capdepera, 2006



sábado, 24 de junio de 2017

Cuaderno de Guarda





Elounda


" (...) hay un rumor de costa sobre el campo,
un sonido distante del mar.
En una playa de Grecia otro verano,
nos sentábamos en la arena
y sentíamos el fuego antiguo
que se repetía sobre la piedra,
una y otra vez, incesante.
Yo ahora lo recuerdo en esta estepa
aparte, sin sombra apenas. "




-  De Antonio Andrada      Cuaderno de Guarda    
 Portalegre, 2006.




sábado, 17 de junio de 2017

Noticia de Alejandría


 
 

Cuando en los primeros años del siglo XX el escritor inglés E. M. Forster desembarque en Alejandría, la ciudad se hallaba  bajo el mandato del Protectorado Británico. Después de siglos de una larga decadencia había conocido un cierto resurgir a finales del XIX con el gobierno del virrey turco Mohamed Alí. Una destartalada reconstrucción de la ciudad le daría esos años el aspecto de metrópolis comercial, abigarrada y distante del Egipto interior, cuya población estaba formada por "coptos, judíos, armenios, griegos, italianos... todas las nacionalidades".

Forster escribió un primer libro de ensayos sobre Alejandría al poco de su llegada, Pharos und Pharillon . El volumen era la recopilación de los artículos que había ido publicando en la gaceta local , el Egyptian Mail. Casi inencontrable hoy en día la obra iba a tener una accidentada edición en 1923 en la que, aceptada por fin por una pequeña editorial londinense, ésta se perdería casi por completo al poco, incendio en los almacenes de la City incluido.

Alejandría, independientemente de su escenario moderno era, sin duda, el relato antiguo que resultaba inevitable evocar. "Cuando Forster desembarcó en 1915 no quedaban para recibirle ni rastro de esta complicada belleza" , diría de su llegada años más tarde el también británico Lawrence Durrell.

 

La ciudad sería durante la estancia del escritor una suerte de parada intermedia entre Oriente y Occidente. Lo había sido, tradicionalmente. Él la define de esa manera en alguna ocasión: "... una escala marítima hacia la India y el Oriente más lejano". Lo fue así en su biografía, en la que al cabo proseguiría su viaje hasta la India - lugar de una de sus obras más señaladas, la conocida Passage to India . Al cabo de tanto tiempo Forster había repetido la misma deriva sobre la ciudad de la Antigüedad tardía, en el extremo de las rutas que, en el confín del Mediterráneo, enlazaban los puertos del Océano Índico, la costa malabar y las remotas islas de las Especias con los mercados europeos - con los mercaderes venecianos, principalmente. Qué hacer, señalaría el escritor, con las ruinas de una ciudad que había sido en otro momento la capital de un reino, el ptolemaico, y de una cultura, la del helenismo. Apenas quedaba nada de un nombre, Alejandría, cuyo esplendor se había esfumado hacía ya tantos siglos.

"Los puntos de inflexión de Alejandría no son interesantes en sí mismos, pero nos fascinan si nos acercamos a ellos a través del pasado" reconocería Forster en el prefacio a la que iba a convertir, sin embargo,  en una guía clásica de la ciudad . Su Alejandria. A guide publicada por primera vez en 1922 aún ahora se sigue reeditando. El escritor, a despecho de las pérdidas que había sufrido la ciudad sí iba a identificarse paulatinamente con ella. De hecho, su Guide constituye un homenaje a la antigua capital de los Ptolomeos, descrita minuciosa y cuidadosamente. No debían de ser ajenos a los motivos del mismo el descubrimiento de la obra de un oscuro poeta local, Konstantin Kavafis, - a quien trata con cierta asiduidad y edita su obra, más tarde. Así como el asomarse a unas relaciones sentimentales, con un incierto nativo alejandrino, que en la Inglaterra original de aquél nunca habían podido tener lugar.

 

En Kavafis, cuya poesía admiraría desde un primer momento, aparecía igualmente la descripción de la pobreza de la ciudad contemporánea - en cuyas calles iba a transcurrir casi toda su vida.

(...) No hallarás otra tierra, ni otro mar.
la ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. y en los mismos
suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma.
Otra no busques - no la hay. (...)


 Junto a ella, surgía la recreación, y el relato alegórico, de un pasado heroico, cuyos ecos aún alcanzaban al presente. A lo menos, en sus poemas sobre la decadencia de los antiguos griegos, los personajes del tardío reino helenístico. " Aún pervive Alejandría " escribe Kavafis en algún lugar - en el poema Refugiados.

Alejandría siempre es ella. A poco que camines
por su calle derecha que termina en el Hipódromo,
verás palacios y monumentos que te admirarán.
Por más que ha sufrido daños por las guerras,
por más que se ha empequeñecido, siempre una ciudad maravillosa...

Aún pervivía la ciudad en efecto. Pero difícilmente el eco de la antigua cosmópolis era ya perceptible. Si no fuera en los versos del poeta griego. En la literatura sobre la misma, en general.

" Alejandría es toda insinuación: aquí ( en algún lugar) es donde Alejandro yacía en su tumba; aquí se suicidó Cleopatra, aquí la Biblioteca, el Serapion, etcétera... y allí físicamente no hay nada" escribiría M. Haag en "La ciudad de las palabras".

Forster realizaría algunas traducciones al inglés de la obra de Kavafis. " La primera traducción al inglés la llevó a cabo él mismo. Tuvo lugar hace ahora más de treinta años en su piso del número diez de la rue Lepsius en Alejandría, un piso oscuro amueblado de forma convencional".




Existiría igualmente en el escritor británico una declarada admiración por la cultura del tardío helenismo - por el neoplatonismo alejandrino, por encima de todo. Personalmente además vivió una incierta historia amorosa, lejos de pronto de las brumas de la Inglaterra victoriana, y en medio de aquel escenario nuevo, donde podía acceder por fin a su confusa homosexualidad. En decadencia, y distante de la urbe de la Antigüedad tardía, en la ciudad sin embargo los viajeros europeos aún encontraban esa suerte de exotismo que desde la expedición napoleónica se convertiría en el sueño de Occidente: la nostalgia del orientalismo. No era ajeno al mismo la pervivencia del Hotel d´Europe, el lugar donde los viajeros -  Flaubert o Thackeray entre otros - se alojaban. Era un decorado conscientemente exótico que en cierta manera cumplía las expectativas del dibujo fantástico de Oriente. " Oriente - había descrito Víctor Hugo en Les Orientales - representa fantasía, riqueza, lujo, luminosidad, sensualidad, violencia, crueldad".

No todas las descripciones exaltaban el exotismo, la celebración de la otredad. En su Itineraire
de París a Jérusalem el viajero Chateaubriand señalaba que:

" Aunque me encantó Egipto, Alejandría me dio la impresión del lugar más melancólico y desolado de la tierra. Desde la altura de la casa del embajador, no distinguí sino un mar desnudo que rompía en unas costas bajas aún más desnudas, puertos casi vacíos y el desierto líbico que se perdía en el horizonte del mediodía (...) Por doquier, las ruinas de la nueva Alejandría se mezclan con las de la ciudad antigua".





Pero la ciudad estaba llena de fantasmas. Y en cierto modo ésta - Alejandria: A History and a Guide - era una guía fantasmal. En sus capítulos Forster mezclaría una excelente recreación de la Alejandría histórica - con especial dedicación  a la cultura del neoplatonismo, o a la síntesis judeo-griega de la lectura del Antiguo Testamento del filósofo Filón - con los mapas de la ciudad contemporánea. Estos elaboraban, junto a unas precisas notas, una descripción de los lugares de interés que aún pervivían en ella. Por debajo de su precario presente flota en toda la guía - en toda la percepción de la ciudad - la noción de su legendario pasado. Bien que éste se encontrara a veces sepultado bajo los escombros y las ruinas que los largos siglos de abandono habían acumulado sobre sus calles. Nadie sabe, apuntaba Forster, en la actualidad dónde se encuentran las ruinas del Palacio o del célebre Museion.

El biógrafo de Kavafis, Robert Liddell, había afirmado a propósito de éste:

" No resultaría del todo exagerado afirmar que solamente el glorioso pasado de Alejandría hacía soportable la vida allí".

Forster trazaba en su guía un diálogo constante entre el presente y el pasado. A despecho de las sucesivas destrucciones en esta recreación memorable la ciudad aún pervivía.

No siempre había sido así. " Entre Amr y Napoleón median casi mil años de silencio y abandono", anotaba Lawrence Durrell en el prólogo a una nueva edición de la Guía. En ésta, en efecto, apenas se dice nada de los largos siglos de dominación árabe, en los que la ciudad desaparece de la historia.

Vuelve a surgir con motivo de la campaña napoleónica en Egipto, a finales del siglo XVIII. " En esta corta expedición he visto lo suficiente para alejar de mí la idea que tenía de esta fabulosa Alejandría: casas destartaladas a punto de desmoronarse, muros irregulares, calles de bazares donde el aire apenas respiraba... ", había escrito en 1798 un anónimo expedicionario al llegar a ella. En un manual histórico sobre el Primer Consulado se nos dice  :" Cuando Napoleón entró en la ciudad era un pueblo medio arruinado de sólo 7000 habitantes ".

Será a partir de este momento sin embargo que Alejandría vuelva a ser la fuente de una incierta literatura. En la que se mezclarán los relatos orientalistas de Jan Potocki o Gustave Flaubert, con las descripciones exóticas de Jacqueline Carol - en sus Cocktails and Camels - , la biografía de Kavafis de Robert Liddell, la moderna lectura de Naguib Mahfuz - en Miramar. O  Los días de Alejandría , la novela recreación del exilio griego a principios de siglo de Dimitris Stefanakis ... Y la más conocida tetralogía de la ciudad,  el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Más tarde, cuando la guerra mundial ya había terminado.

En ella, escrita ya desde la distancia de un cierto exilio en la isla de Chipre , el relato de los hechos transcurridos en sus calles en los años de la contienda se mezclaba, inevitablemente, con la nostalgia de un pasado remoto, ya irrecuperable.

"Alejandría, capital del recuerdo".




lunes, 5 de junio de 2017

Montecalvello




" Esta idea de amaestrar el tiempo, de aclimatarlo, la entiendo con la perspectiva de darle un sentido. Llegar, gracias a ese tiempo dado al lienzo, a la posible revelación. Tener esperanzas de alcanzarla. (...) Mi obra se hace, siempre se ha hecho bajo el signo de lo espiritual. Por eso espero mucho de la oración: pide que no nos desviemos del buen camino. Soy un ferviente católico. La pintura es un modo de acceder al misterio de Dios. De tomar algunos destellos de su Reino. (...) Estar en condiciones de atrapar un fragmento de luz. Por eso me gusta tanto Italia. Viajé allí cuando era muy joven, con quince o diecisiete años, y enseguida me quedé prendado de ese país, de la amabilidad de la gente, de la suavidad de los paisajes. Italia siempre me ha parecido una tierra espiritualizada. Llena de espíritu. Desde todas las ventanas de Montecalvello se divisa un cuadro. Un cuadro o una oración, lo mismo da: una inocencia por fin alcanzada, un tiempo sustraído del desastre del tiempo que pasa. Una inmortalidad capturada ".



                           -   Balthus      Mémoires de Balthus      2001, eds. du Rocher



lunes, 29 de mayo de 2017

El estudio de Brancusi




                                                                  1925.  Estudio de Brancusi.
                                                                                Impasse Ronsin 8 - 11.   Montparnasse.

lunes, 15 de mayo de 2017

El mar irlandés


 
 
" El viento es terrible esta noche
surcando el océano blanco y salvaje:
no debo temer a los terribles vikingos
que cruzan el mar irlandés "
 
 
( Anónimo. Copiado en los bordes de un manuscrito del monasterio de ...
Siglo XI.
Citado en Leabhar Ghabála Erinn, o " Libro de las invasiones de Irlanda" )