viernes, 29 de abril de 2011

Hotel du Lac. París.



Hotel du Lac, París. En la orilla izquierda del río, cercano a los jardines del Luxemburgo.

En él, en el lluvioso invierno de 1936, acuden silenciosamente diversos personajes a entrevistarse con X., oscuro funcionario del NKVD.

Habla un perfecto ruso, pero la mayoría le atribuye otro origen, húngaro, probablemente. Polacos, belgas, judíos, checos, incluso algún ruso blanco, acuden al hotel para enrolarse en las brigadas, que parten hacia la guerra de España. Las autoridades francesas conocen este trasiego, ilegal en principio, pero hacen la vista gorda. Acuden también otros personajes, traficantes de armas o de víveres, de maquinaria o de insólitos restos de la guerra de Abisinia.

En París llueve continuamente. Son tiempos oscuros. Europa, aún deshecha por los ecos de la primera guerra, acoge los restos, la diáspora de la catástrofe. Se está preparando para la segunda, mayor aún. Entre medias, sus personajes vagan por un mundo en ruinas.

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(De entre los archivos de la NKVD, otros )

Mihail Andreiev. Hijo de un oficial del ejercito zarista, destinado en Crimea. Al finalizar la guerra civil, con la derrota de Wrangel, vagan por Estambul, Bulgaria y Atenas. Animados por un decreto del Ejercito Rojo regresan a Crimea, donde su padre es fusilado nada más llegar.  Mihail comienza entonces un complicado periplo.  Algunas noticias le sitúan en el Berlín de la República de Weimar en los 20. Otros en un oscuro comercio entre Lisboa y las colonias italianas, relacionado seguramente con el tráfico de armas. Vive en París en los 30, a cargo de alguien que no llegamos a desentrañar.

En 1936 figura en la Brigada Dombrowski, en Madrid, rodeado de polacos y eslovenos. Sale por el puerto de Barcelona en 1938. Su pista se pierde con la ocupación alemana de Francia, en el 40. Algunas noticias posteriores le sitúan en Mexico, en un Comité de Ayuda a los Refugiados.

Su rastro se pierde a continuación.

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Joseph Broz, el futuro mariscal Tito. Aparece en 1936 encargado igualmente del reclutamiento de voluntarios para la guerra de España. Se instala en un hotel, quizá el mismo del anterior, para proceder a este alistamiento. Su organización - dependiente del Komintern - posee dos rutas:  la ferroviaria, por la línea Perpignan- Barcelona, y la marítima, que parte del puerto de Marsella.

Aunque luego ha sido muy discutida su estancia en España - y él mismo hubo de desmentirla en repetidas ocasiones - se cree que esta negativa está de alguna manera relacionada con su oscura participación en el caso de Milan Gorkic , anterior secretario del Partido Comunista, purgado junto a otros compañeros por Stalin en 1937.


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" Hubo entre ellos, por ejemplo, un misterioso Doctor Mylanos, súbdito griego, establecido en en el puerto polaco de  Gydnia ; un tal Fuat Baban, griego también, representante en Turquía de las fábricas Skoda, Scheneider y Hotchkiss, detenido posteriormente en París por tráfico de drogas. Y estaba también "Ventura. De origen judío. Nacido en Constantinopla. Convicto de estafa en Austria. Pasaporte falso. Vive con una mujer en Grecia. Domicilio en París en un hotel de la avenida Friedland ".

viernes, 22 de abril de 2011

El tiempo de los milagros



Café en un oscuro bar de la comarca de Ledesma. Sando, un pueblo de piedra negra, lavada hoy por la tormenta. Los amigos vienen del sufragio, la vigilia del Viernes en la iglesia de Ledesma.

Yo recuerdo la iglesia, en lo alto del pueblo, un arco en la plaza, la curva que la muralla traza sobre el río. La recuerdo en invierno, cuando las calles están vacías, el hielo en los campos, y apenas un farol mortecino alumbra alguna esquina. La parroquia estaba iluminada por unas palmatorias, unas mujeres rezaban en la nave, eran apenas un murmullo entre las sombras.

J. salió el miércoles a la noche , con su cofradía, por Salamanca. A. asiste siempre a un paso oscuro que recorre las calles de La Encina, apenas una aldea. La lluvia suspendió la salida de la cofradía de Ana, que desfila el Jueves, por La Rúa, todos los años.

Semana Santa. En algún lugar se habla de los sucesos memorables que se conmemoran. Este paso recuerda el Huerto de los Olivos; este otro, el Camino del Calvario. Una imagen recuerda la ascensión al Gólgota, aquella otra, la oración, el prendimiento, o nombra Getsemaní...

Fue el tiempo de los sucesos y lo recordamos ahora. Los sucesos: en otro tiempo, otro lugar, ya lejos. Entonces : el tiempo de los acontecimientos.

martes, 19 de abril de 2011

Sobre árboles chinos. II


V. pasa unos días en la finca de Marita, en Murcia. Allí, leen, pasean en barco, beben los dry martinis que José prepara antes de las comidas. Un día, están a punto de caer por la borda. Otro, no encuentran el regreso al puerto en una bahía de La Manga que se ha vuelto extraña, de repente.

Por las noches, después de saquear la infinita bodega, se reúnen con N., el galerista, con un escultor local, con otros amigos. Hablan de Madrid como un lugar remoto, al que jamás han de volver. Declaran su eterna enemistad a Cartagena, su absurdo cantón. Amenazan con regresar a Murcia al día siguiente, al Rincón de Pepe, y juran que nunca, nunca, volverá ninguno a pisar Cartago. Luego, V. acapara la tertulia con interminables historias sobre toreros olvidados, narradores mejicanos.

Una mañana, al preparar Marita otra de sus memorables comidas, encargan a V. que salga al huerto, a recoger unas berenjenas. Pasa el tiempo y V. no aparece. Por fin, acuden fuera, para ver si V. ha sido secuestrado por alguna hortaliza. Éste , inmóvil y perplejo, está contemplando los frutales. Cuando le preguntan, les responde irritado que no encuentra el cochino árbol de las berenjenas por ninguna parte. Sabia generación.

lunes, 18 de abril de 2011

Petropolis




1941. Instalado en una villa cercana a Petropolis, en Rio, Stefan Zweig que ha llegado a Brasil con su mujer, Lotte, huyendo del nazismo, de la guerra europea, intenta rehacer su vida escribiendo, trabajando de nuevo.

Durante cinco meses proseguirá con la rutina, el esfuerzo en que se ha empeñado otra vez. Pero será inútil. El peso de todo lo que ha dejado en Europa le hace saber que no hay ya retorno posible. Su mundo ha desaparecido. Y nada le ata al futuro.

En febrero de 1942 escribe: "Me siento más angustiado que nunca:  nunca retornará el pasado desaparecido y nunca lo que nos espera nos devolverá lo que ese pasado nos había dado".

Europa moría. Nada quedaba del Imperio Austro-Húngaro. Auschwitz ocupaba su lugar. Los alemanes aún no habían sido derrotados en Stalingrado. Ese mismo mes Zweig y Lotte finalizarán sus vidas en el balneario de Petropolis, donde se habían refugiado.

jueves, 14 de abril de 2011

Alessandro Scarlatti



Una especial dedicación  a la música, estos días, en Roma.

Conciertos, audiciones, alguna tarde en la ópera...Sobre la terraza de L. suena un concierto barroco, un adagio de especial belleza. Convoca de nuevo el sentido; es, de una manera un tanto melancólica, el sentido. Pues, si anteriormente su intensidad evocaba una última, oculta intensidad de la vida, a cuya cita ésta recobraba, por decirlo así, su verdadera forma, en esta ocasión - una tarde primaveral en los jardines del Pincio - un vago sentimiento de desesperanza acompaña al adagio.

Intuyo que la plenitud, el sentido, pertenecen a la música. Pero ninguna revelación posterior la acompaña. Ya no hay ninguna certeza de que era lo vivido,  las cosas,  las que estaban mostrando su secreta forma a través de ella. Más allá de la música no existe ninguna prolongación de la misma, y la constatación de su belleza, de su intensidad, lo es también de la evidencia dolorosa de que no hay nada más allá. Aquellas habrán cesado cuando la música termine.

martes, 12 de abril de 2011

Ave del paraíso.

A Josefina Aldecoa.


En el "Diccionario de las vanguardias en España" de Juan Manuel Bonet, referencias distraidas, fragmentos o personajes que, en su brevedad, muestran de pronto un repentino fulgor, un interés inclasificable. Éste, como la mayor parte de ellos, se desvanece luego, desaparecen sin dejar rastros.

Unas notas sobre la estancia del escritor Masoliver en Rapallo, sus relaciones con Pound, acogido ya en la costa italiana. ( Mussolini acaba de llegar al poder. Poco después, comenzarán las delirantes locuciones  radiofónicas del poeta, sus declaraciones de apoyo al Fascio, aún ya en mitad de la guerra, las que le llevarán a un definitivo ostracismo. De aquél que desde la época de The Imagistes había sido una de las figuras omnipresentes de cuanto la vanguardia había producido, hasta la llegada del cataclismo.)

Masoliver estuvo en Rapallo, coincidió con Pound. Después, adscrito a un falangismo de primera hora, su figura, el personaje, se envuelven en la historia de las publicaciones del bando nacional, en la constitución del grupo de intelectuales de Salamanca, la edición de la barcelonesa Destino, en la crítica de La Vanguardia... En algún lugar, los días de Rapallo; una guía inencontrable de Roma, años después, que habría de prologar Eugenio Montes... En el "Diccionario..." otras notas sobre la rara misión del diplomático Foxá en Bucarest - que recrearía el mismo, años después en su, también inencontrable, "Misión en Bucarest". Unas referencias al invisible Lasso de la Vega...

O los nombres de los lugares que hablan del Madrid de las vanguardias, de la Belle epoque. Aparecen en notas sueltas, dentro de las entradas que Juan Manuel dedica  a los vanguardistas de la época : la tertulia del Abra, la de La Ballena Alegre (en los bajos del Lyón); la del Or-Kom-Pom (donde según fuentes algo contradictorias, se compone la letra del himno de la Falange ); la Granja del Henar; el café Suizo; Pombo...

Notas sueltas, destellos; nombres pronto olvidados... Una referencia me llama la atención, otra vez. Es la que brevemente hace referencia a una Ibiza de entreguerras, cuya fascinación se repite desde que, hace tantos años, oyera hablar de ella también a Josefina Aldecoa - cuya muerte recordamos estos días.

Surgiría en conversaciones sobre lugares, lugares que, a despecho de los temas más conocidos de su primera literatura -  esto es, el tiempo, y precisamente, el tiempo de la posguerra -  cobraban a los oídos de los que la escuchábamos entonces una rara fascinación, envuelta su cartografía de pronto en un raro halo de prestigio.

Estos eran, por ejemplo, La Robla natal, la región minera de León; una zona, alta y lluviosa, a la que imaginábamos entonces ya en decadencia, arruinada tras la crisis de la minería. Había chalets de ingenieros ingleses con glicinias y vías de tren siempre a lo lejos. Y páramos y minas negras y una lluvia continua. (Algo de ello leímos, años después, en los lugares del Numa o en la Región de un Juan Benet que había sido el prosista inglés del grupo. Pero ésta es otra historia). O una Salamanca que Josefina llenó de misterio en los relatos de las ausencias de Ignacio, su marido, y que, de repente, cobraba un halo de enigma que, desde luego, los recuerdos de la época no ayudaban a corroborar. El Madrid de la calle, de la taberna de Válgame Dios; del café Gijón, de Gambrinus - donde, de nuevo, Juan Benet situó una descripción excelente, a proposito de la figura de Luís Martín Santos.

Años después, Josefina sacó en la conversación nuevos lugares, asimismo memorables en su evocación. Como el Nueva York de los años 50 que tanto la impresionara - y junto al que nos reveló su definitiva admiración, primero por Faulkner o Dos Passos: pero sobre todo por un Scott Fitzgerald al que me descubrió entonces. Un viaje en el Transiberiano. O un Lanzarote al que en tiempos sólo acudían los desterrados - fuera de los pescadores que vivían en la isla y que jamás habían visto un visitante que no fuera un exiliado. Y ellos. Lanzarote sería el lugar del raro "Cuaderno de godo" de Ignacio Aldecoa. Y de alguna melancólica novela posterior de Josefina.

Pero sobre todo Ibiza.

Anterior a la fiebre que la banalizaría en los años 80, la isla había conocido una rara época de lugar de encuentro, de escritores y viajeros varios, en los 50. Aún pervivía, en alguna remota memoria, la noción de otra época, de entreguerras, en la que viajeros como Walter Benjamin, Raoul Hausmann o Gisele Freund la habían visitado - época que la guerra civil clausura trágicamente, como bien habrían de recordar María Teresa León o Rafael Alberti, que escaparon de milagro. Y que recrea la nostálgica y un tanto naif novela de Paul Elliot , "Vida y muerte de un pueblo español".

La isla entonces, y a los ojos de los que escuchábamos, estaba lejos, tan lejos. En medio del Mediterráneo, su tiempo, ese tiempo al que unos raros privilegiados accedían, escapaba a la necesidad o a la fama. Allí se reunían, en meses insólitos, algunos viajeros también privilegiados. A su paisaje blanco no lo cercaba entonces ni el rumor, que circula de boca en boca, ni la terca costumbre del veraneo.

Evidentemente los raros viajeros beberían, escribían o seducían. Qué otra actividad podría llevar quién escapa a la triste necesidad.

Ignacio Aldecoa escribió un relato, excelente, sobre la isla, "Ave del paraíso". En él, bajo el tono de farsa aparecía recogido el ciclo del verano e invierno en la isla, abrumado de ocio. El alcohol y las terrazas; los primeros beatniks y los eternos peripatéticos...Una rara melancolía, un escenario de partidas tristes - y la sospecha de la inutilidad de todo viaje- reinaban en la Arcadia de la isla.

Lo leímos entonces, mientras Josefina nos hablaba de los lugares, del tiempo de la magia. Años después, pude volver a leerlo. Si la Arcadia ahora estaba más lejos, la melancolía no había dejado de crecer, sin embargo.



sábado, 9 de abril de 2011

Los barrios.



Noticias desde el campo. Me llama G. Ha vuelto a la ciudad y está más o menos aislado, estudiando en su piso de Aluche. T. le reprocha que no salga por el barrio. Jaime le critica que no disfrute, como lo hace él, cada vez que va a visitarlo y salen por las tabernas de la zona.

En una de ellas , me contó luego G. , Jaime había encontrado a un antiguo boxeador, de nombre tremebundo - algo así como "El Ciclón de Leganés" - que regentaba el local. El bar era pequeño, feo, con algunas fotografías que hacían alusión a su glorioso pasado. Jaime pudo entenderse con dos o tres viejos que se sentaban en la sombra.

Hablaron sobre todo del Campo del Gas. G. recordaba haber ido alguna vez con su padre a aquellas veladas interminables. Pero él no podía compartir la exaltación que ellos le atribuían a un lugar tan oscuro, tan cutre. Luego, los otros derivaron hablando del Canódromo, las carreras de galgos, los gitanos ricos y las apuestas, pero allí G. se perdió definitivamente.

Otra noche, el mismo Jaime encontró en un pub más moderno a un antiguo banderillero, que había estado en la cuadrilla de Gregorio Tébar. Retomaron la amistad enseguida, claro, recordando cuando aquél acompañaba en los viajes al torero por todas las plazas - que ya no eran muchas, la verdad.

G. aún le tiene un poco de miedo al torero. Su timidez le impide soportar cuando Gregorio empieza a despotricar, en esa mezcla de lenguaje culto y castizo que siempre le acompaña. Luego, me recuerda la tarde en la que la periodista D., a la sazón amante de Jaime, comenzó a meterse con él, sin que G., atónito, supiera defenderse de las banalidades con las que ella le obsequiaba. Al rato, D. desapareció - cuando no la invitaron a ninguna copa - y G. respiró aliviado.

Se sentaron esa tarde luego con Gregorio en el café Central. Venía eufórico. Había toreado una remota corrida en un pueblo de los Andes y afirmaba haber inventado el toreo ese día. G., en su erudición, localizó el pueblo, situado en una comarca exótica. Intentó hablarles de los cultos precolombinos de la región, pero nadie le hizo mucho caso. El torero pagó las rondas. " Este año lo repito en Madrid. Me nombran triunfador de la feria". No toreó en Madrid ese año.O no lo repitió, no recuerdo. Pero no fue el triunfador de la feria.

Al cabo de un rato apareció de nuevo la periodista. Vio a Gregorio con ellos y pensó en una nueva víctima.

- Invítame a algo. ¿Tú te crees que eres torero?
- Yo te quiero, D.
- ¿Qué es ser torero?
- Me gustas, D. Cómo me gustas.
- ¿Qué es eso de torear?
- Miradla. Qué guapa estás, D.

D. miraba a todas partes. Al rato se calló. Luego entraron unos admiradores de Gregorio, que les invitaron a todos.

D. se marchó, despechada y corrida. G. estaba sobrepasado. No entendía, nunca pudo entenderlo, el juego de las calles, la vanidad, los desafíos, que, sencillamente, no pertenecían a su mundo.

Ahora llama desde Aluche. Le aburre. Si sale, en ese barrio moderno, bajo la carretera de Extremadura, de matrimonios jóvenes y grupos de motoristas, acaba bebiendo solo, se pone a hablar con el tabernero de la crisis del Antiguo Régimen, disputa con acento sureño con los parroquianos - huraños, bebidos - que aún quedan, se vuelve a casa, irritado, por el parque. Jaime le reprocha que no disfrute del barrio. Él ahora ha encontrado, en sus últimas excursiones, un bar de una peña atlética - "Sí, de la época del Atlético Aviación ", ríe G. - una taberna de inmigrantes búlgaros, ha regresado por el pub del banderillero.

 La otra noche terminaron hablando de un festival memorable en un pueblo de Jaén, que después nunca nadie ha vuelto a encontrar (Jaime y yo, volviendo una tarde de Málaga, recorrimos en efecto la sierra, buscando aquel pueblo, Medinar de la Frontera, que nunca más volvió a surgir. No lo encontramos. "La verdad es que no sé cómo llegamos aquel día, porque el nombre no venía en los mapas". "Yo creo que lo pusieron para que toreara ese día Gregorio, y después lo quitaron". "Puede ser. Pero tampoco fue para tanto").

El barrio es feo, moderno. Hay un parque bajo las vías del tren que se llena de terrazas en verano. En invierno pasean jubilados, parejas con perros. Jaime ha descubierto una peña taurina que se reúne en uno de los chiringuitos bajo la estación. Beben sangría, tinto de verano en cuanto llega el buen tiempo. "No sé, G. - le comento - Bájate al centro".

jueves, 7 de abril de 2011

Un presagio




                                                        ¿Cómo puedes mirar hacia el Neva,
                                                        cómo osas salir a los puentes?...
                                                        No en vano luzco triste
                                                        desde el momento que apareces.
                                                        Son cortantes las alas de los ángeles negros,
                                                        pronto será el juicio final
                                                        y las hogueras del frambueso
                                                        como rosas, florecerán en la nieve.


                                                          - Anna Ajmatova,   (1914).

martes, 5 de abril de 2011

Ornamento y delito


Fotografías antiguas, cuadernos de navegación, cartas de los abuelos, unos  retratos de familia, los marcos dorados... Como un mensajero retardado nos rodeamos estos días de un paisaje que conocimos, hace tanto, en casa de los bisabuelos y ahora retorna, en forma de correo extraviado.

Un escenario del siglo XIX al que, por azar o quién sabe, asistimos ahora, reiteradamente.

El adorno, la retórica cubren todos los objetos - como el delito moderno que denunciara Loos en su día, todos los que les han seguido después . Todo está adornado en ellos. Si clasificamos fotos, de la familia, estás nos vienen siempre con marcos recargados. En una, la tía M. surge debajo de un frontón partido, de unas columnas lacadas. En otra, la bisabuela mira severa y con un raro tocado debajo de un inmenso marco de madera sombría, de marfil. Algún libro, algún devocionario guarda las iniciales en la cubierta. Algún cuaderno también.

Todos están preparados para las fotografías. Todos se han acicalado, posado con los adornos, los símbolos de rigor. Aquellas muestran su nombre, su lugar.

Siempre ocurre así, en las imágenes de la época. En una serie que recuerdo ahora, - pero no recuerdo el autor - de raras imágenes de la Mallorca del XIX, los payeses, los viajeros o los hombres de la costa estaban retratados con los mejores atavíos, de su oficio o su condición. (Curiosamente, todos coincidían en el negro, como si estuvieran de luto permanentemente). En el excelente libro de J. Laurent sobre Castilla surgen los cofrades de la ciudad de Segovia, con las oscuras capas de su cofradía. Unos esquiladores con zahones cortos, de pastor. Unos oficiales de caballería con casacas, botas altas; los políticos de la Carrera de San Jerónimo, con chaqué...

En los conocidos repertorios de las cartas de visita, en Francia o Inglaterra, las familias se retratan con sus mejores ropas. Éstas corresponden a su clase, la proclaman después.

Siempre miran a la cámara. La fotografía exhibe, no vela. La familia, los gremios, se muestran como tales. Y como tales miran de frente a la cámara, sin sesgar nada de la imagen.

Ajuares bordados; encuadernaciones con iniciales; los cubiertos grabados... Un vecino nos enseña, orgulloso, unas monturas de sus bisabuelos. Tienen todas - mohosas, comidas las zaleas - el hierro de la casa, la marca de aquellos. La esquilas que conserva en el guadarnés la llevan también.

Delitos modernos. La vanguardia había prescrito el ornamento. Pero también el marco, la presentación - social, histórica - de todo objeto.

En un gran espejo que limpiamos de polvo - las rayaduras, las manchas de escayola que lo cubren - aparece por fin el marco ornado con un sobredorado liso sobre las molduras de madera. Un frontón partido, unas columnas jónicas, un óvalo ciego lo coronan.

El dorado es falso, es retórico. Como la falsa cornisa de un entablamento que no corresponde a ningún templo. Sino a un simple espejo.

En él, la imagen está vacía. El azar, el momento, la llenan. Pero el que se mira en él tiene que hacerlo ya a través de su condición retórica, ceremonial. Sin ella toda imagen, todo momento carecerían de sentido. La retórica, el gesto aún no habían sido prohibidos.

lunes, 4 de abril de 2011

El día de San Vicente.



Ocho razones ay de quándo verná el antichristo: la i. es fundada en la vida de santo Domingo, que sinon fuera por sancta María ya fuera fenescido el mundo. La ii. por revelacion que fue fecha a un homne religioso que era enfermo e non podia guarescer, al cual dixo Dios que viniese e pedricase esto del Antichristo e quanto durase el pedricar suyo duraria el mundo (...) La tercera porque en Lonbardia pedricando él puede haver ocho años le dixiera un hermitaño que viera mensajeros suyos dél.  La iiii. porque un mercader de Venecia le dixo que ha ocho años que unos niños, deciendo el Benedicamus que fueron levados, non sabían por quién e que salieron cantando: "Nascido es el Antichristo".  (...)  La vi. porque él vido mensajeros del Antichristo. La vii. porque le es dicho de personas de fe e de creer que les es revelado el Antichristo.  La viii. porque non ha obediencia la Iglesia, según de suso es dicho (Ad Thesabe : Inten ii non ebem obedienciam egleia )

  - Predicación y sermones en Castilla de San Vicente Ferrer.

La festividad de San Vicente Ferrer, patrono del Reino de Valencia, como todo el mundo sabe, fue trasladada en época del Papa Clemente VIII desde la primitiva fecha del 5 de abril - día en que el santo predicador muere en tierras de Bretaña - al lunes de la 2ª semana de Pascua, día en que se ha celebrado en Valencia tradicionalmente.

La razón era la frecuente coincidencia del 5 de abril con la Cuaresma. Al trasladarse al lunes de Pascua su celebración coincidió a veces con las fiestas y los ritos de los aplecs- las salidas pascueras al campo, de origen pagano. Junto con el Dia dels Combregars,  fecha en la que se llevaba el Viático a enfermos, ancianos e impedidos.

domingo, 3 de abril de 2011

El correo del zar



Grabados en el interior de un viejo volumen de Julio Verne, que adquiero de la biblioteca de B. Todo remite a un escenario, del siglo XIX, con el que tropiezo continuamente desde hace unos meses.

El libro, un volumen en folio de cerca de mil páginas, de novelas de Verne, es la edición de 1875  de la "Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig". Posee abundantes ilustraciones. Algunas, la mayoría, son excelentes. Curiosamente, figuran el nombre del editor o del traductor o la imprenta en cada una de las portadas de las novelas que componen el volumen. Pero nunca figura el nombre del grabador. Este sólo podemos adivinarlo, cuando podemos, por la oscura firma al pie de la ilustración. En la mayoría, no podemos. Compañera subalterna del texto, complemento para la lectura - y la venta - de aquél, los grabados, evidentemente, carecen de individualidad. Son ilustraciones genéricas, nunca personalizadas. No aparecen reseñadas. Su nombre no figura en los créditos del libro.

Realizando un ejercicio de erudición, podríamos averiguar de quién son los grabados. De hecho, días después, lo consulto en varios repertorios, generalmente agrupados bajo el epígrafe de "Grabadores de Julio Verne". Pero lo que estaríamos estableciendo con ello sería ese ejercicio de distanciamiento que, en realidad, es propio del crítico, o del historiador - o modernamente, del viajero con cámara. (De uno de sus autores, J.L. Borges decía que "no pertenecía al arte, sino a la historia del arte"). La obra de varios de estos ilustradores es bastante interesante. Su relación con el autor del "Viaje a la luna", también.

Pero estos grabados en principio son anónimos. El lector que adquiría el volumen como tales los entendía.

Nunca habría elaborado el ejercicio de renuncia que en realidad es una clasificación. Ni, en última instancia, los habría catalogado bajo el epígrafe de un título, de una firma. Son anónimos. Pertenecen a la edición adquirida de las novelas. Entran en el precio - elevado, podemos suponer, dadas las características del libro- al que, además, ayudan a encarecer. Y son parte de la obra, de la lectura del viejo volumen. Ningún nombre los distancia.

Ha pasado el tiempo. Los grabados , algunos - especialmente los que figuran en la edición de "Veinte mil leguas de viaje submarino" o "Miguel Strogoff" - son memorables. Pura retórica del siglo XIX, tradición discursiva, en la que un romanticismo narrativo se estaba sosteniendo en un paisaje que comenzaba a ser, ya, un paisaje moderno. Los grabados sustentan ambos. Esto es, el gesto heroico, la pose dramática, junto al escenario de la calle moderna, la urbe anónima y un cielo ciudadano. La tradición, acentuada en el siglo, del paisaje pintoresco, del Oriente, junto a un nuevo sujeto que planea como fondo de las representaciones del siglo: el de la multitud, las clases sin rostro, sin marcas, su número.



Los grabados, en su mayoría, subrayan entonces aparentemente un momento puntual, que aparece reiterado además en el lema al pie del mismo. Son momentos decisivos, todos, en una narración en la que casi todos los momentos son decisivos. Los lemas lo expresan: "El yemschik, saltando de su asiento, se arrojó a los pies de los caballos". "¿Iba a quedarse en tierra Alcides Jolivet?", " ¡Por la patria y por el padre!"...

Ilustran la narración. Se inscriben en principio en el orden del relato.

Pero ésta es una primera descripción, falsa en última instancia. Pues lo que encontramos en el fondo, y aquello que inconscientemente reconocemos en el orden de estos grabados, no pertenece al acontecimiento, al instante. Sino en realidad, a un arquetipo, a un modelo ideal, del cual la imagen muestra apenas un detalle.

Nada en las escenas es trivial. Nada es casual. Pues que todo pertenecía a un repertorio, a un paisaje ideal - que el buen lector recuerda, puesto que él también lo conocía, antes de leer la escena - del que el instante concreto no es sino un fragmento, un ejemplo más.

El grabador era anónimo, recordemos. Pues también él pertenece a ese escenario, detrás de la obra, del que ningún nombre, ninguna erudición, ninguna excepción nos separa. Y su tarea entonces es simplemente, evocarlo, avisarnos de su recuerdo.




"¡En efecto, veo, no estoy ciego!". Los viajeros han llegado a Irkutsk, finalmente. Allí se encuentran con el traidor, Ivan Ogareff, que ha estado refinando su traición haciéndose pasar por el correo del Zar. Miguel y Nadia le descubren en una escena final, hacia la que ha ido encaminándose toda la pesarosa, heroica narración. Miguel vence al impostor, descubriéndose él mismo.

La escena transcurre en un salón alto de la ciudad, bajo una ventana abierta. En ella, a lo lejos, las cúpulas, las torres, las nubes de Irkutsk, apenas esbozadas.

Para qué iban a estarlo más. Si su misión, la del grabado, no era crearlas, dibujarlas desde el principio. Sino simplemente citar el paisaje ideal, anterior a la escena, que entonces recordamos. La ciudad de Irkutsk, tal como siempre la habíamos conocido.