sábado, 15 de noviembre de 2014

De algunas peculiaridades del carácter de La Mancha




 Cap. X  "En el Toboso "

 "[ Sancho Panza ] (...) viendo  que Don Quijote no parecía, se apeó del jumento y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mismo y a decirse :

- Sepamos ahora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? -No, por cierto. - Pues, ¿qué va a buscar? - Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto - ¿Y dónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? - ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso - Y bien, ¿ y de parte de quien la vais a buscar? - De parte del famoso caballero Don Quijote de La Mancha, que desface los tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha hambre - Todo eso está muy bien. ¿ Y sabéis su casa, Sancho ? - Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios alcázares. - ¿ Y habéisla visto algún día por ventura? - Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás - ¿ Y parecéos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos y no os dejasen hueso sano? - En verdad que tendrían mucha razón cuando no considerasen que soy mandado, y que

Mensajero sois, amigo,
no merecéis culpa, non.

- No os fiéis en eso, Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios, que si os huele, que os mando mala ventura - ¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Ravena o al bachiller en Salamanca (...) "


- Segunda parte del Ingenioso Cavallero don Quixote de la Mancha  , por  Miguel de Cervantes, autor de su primera parte   
en Madrid, 1615.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El congreso de Guarda



Del Instituto de Literatura Ibérica de Ciudad Rodrigo - institución animosa, si bien no muy provista de recursos - había recibido una carta solicitando mi colaboración para un congreso poético que tendría lugar en noviembre, en la ciudad portuguesa de Guarda. Me pedían que enviara una especie de ponencia - que nunca llegué a escribir, ni siquiera a imaginar - y sobre todo, mi intervención para traducir alguno de los poemas que la Institución había seleccionado, a fin de incluirlos en el curriculum de los participantes. A esto último me puse manos a la obra con cierto entusiasmo.

No puedo concebir nada más aburrido que un congreso lírico en una tarde de otoño. Ni nada menos legible que la edición regional de la biografía de unos poetas casi anónimos de la raya de la Lusitania... Pero Guarda es una ciudad fascinante, y melancólica - esto último quizá sobre el apuntarlo -, posee una antigua judería, pobre y lírica sobre el valle, una catedral con cierta retórica, unas tascas rancias y varios restaurantes populares, con aroma a familia venida a menos, ciertamente considerables... No había visitado la ciudad en todo el otoño así es que me puse a trabajar al poco.

El Instituto me había enviado los apuntes de una serie de autoras - no sé por qué eran todas mujeres - perfectamente desconocidas para mí - y me temo que para el resto de los mortales. Minuciosa y profusa, su literatura poseía el reconocimiento previo de la provincia y el olvido, sin ninguna esperanza de redención posible. Lo que por otra parte era de agradecer.

Recordé la expresión memorable de Borges en El oro de los tigres cuando alude a "un poeta menor":   "La meta es el olvido. Yo he llegado antes."

De entre la profusión de metáforas y de epítetos y de nombres me llamó la atención, de pronto, el de una poeta absolutamente indigente en ellas - en las metáforas, que el nombre sí era portugués. Thereza Margarida de Sousa e Horta se denominaba la para mí hasta ese momento ignorada escritora. La cual, si en las notas biográficas o editoriales apenas se apartaba del tono de sus compañeras, añadía en cambio una lírica mínima, sustantiva e historicista, que difería profundamente del carácter máximo, adjetivo e instantaneísta del común de los congresistas líricos en cuestión.

Qué sorpresa.

El poema que elegí para la traducción, entre los que me enviaba el Instituto en fotocopias gastadas - podían haberlo hecho con otras - se titulaba aproximadamente " Uma história prolongada ". Digo aproximadamente porque el encabezamiento no se distinguía muy bien entre las confusas manchas de tinta. La traducción - la traición - que envíe a la institución mirobrigense era, más o menos:

Los turcos no tomaron Constantinopla.
Trebizon aún permanecía en la costa.
Las huestes del sultán pasan de largo
ante el rezo, los monjes de Coreses.
Ningún traidor muestra el desfiladero
a los persas. La flota veneciana
salva las islas. La princesa otomana
reside aún en el Bósforo. Armenia
no es incendiada. Las tropas del Soviet
no llegan al Cáucaso. Tamerlán
no arrasa Alepo: los templos perduran.
Alejandría no es una llama inútil.
Sobre el Imperio reina aún Valente:
ningún bárbaro exhibe sus insignias.
Las turbas respetan Medina-Azahara,
 la ira se posterga ante los jardines,
los muros sagrados. Perdona el tiempo
San Salvador, la Cámara, los códices
de Oviedo... Piteas el marsalo emprende
su periplo de nuevo, divisa Thule
- última isla -, nombra el limes y el libro
se conserva en la sede de Conflert.
En Goa me llamaba Joao, de nuevo,
y esa tarde no me perdía en las playas.


En la traducción intenté conservar la prosodia del endecasílabo blanco que poseía el poema. No sé si lo conseguí. (La facilidad para la sinalefa interversal no es una característica del español). Intenté mantener también el encabalgamiento a que dan lugar las oraciones simples del mismo. Esto último era inevitable, y creo que no se pierde. Incluso queda acentuado al pasar de una lengua mucho más musical, como es la original del texto, a la abrupta fonética de la lengua de Castilla, que suprime diptongos y consonantes líquidas, de la misma manera que suprimió el tributo a los reyes de León. Hay que pasar un invierno en las montañas de Burgos para reducir de inmediato el sistema vocálico al mínimo...

Del resto nada puedo decir. Se perdió, creo, en algún momento de la traducción - quizá en el primer verso.

El Instituto mirobrigense me enviaba unas notas sobre la ignota escritora, que no destacaban del resto de animosos líricos de la Lusitania. A mí me inquietó la parquedad de las mismas. Que a uno la sencillez biográfica le inspire sin embargo no sé qué recónditos enigmas, inscritos en la pobreza de las fechas, de los lugares y de las ediciones, no deja de ser un defecto personal, que se obstina en encontrar más sugestiva la biografía del pintor Giorgio Morandi, allá en su Bolonia natal, que la de un Benvenuto Cellini, inmerso en todos los avatares del siglo - bien que la novela legible sea la de este último, y no la hipotética del primero, que da si acaso para un Robbe Grillet cualquiera.

Según los datos que me habían enviado, y que, estos sí, traduje sin más objeciones, nuestra autora, D. Thereza Margarida de Sousa e Horta había nacido en 1957 en Guimaraes. Había vivido unos años, del 75 al 86 en la ciudad de Goa, donde dirigió una suerte de colegio portugués, financiado por las familias que aún se decían herederas de los discípulos de Santo Tomás. Debió de casar y separarse en la India, porque a su regreso a Guimaraes nada se dice de ningún acompañante. Publica al retorno algún libro, mínimo, de prosa poética en editoriales locales que apenas despierta algún eco.

En 1998 una antología editada en Lisboa - la "Nova Antologia de poetas portugueses " - recoge alguno de sus poemas y un autor como Eugenio de Andrade habla en términos elogiosos de la calidad de su - escasa - poesía. El antólogo, Joaquim da Figueira, ya había destacado lo inusual de su estilo, cultista y escéptico - y raramente sustantivo - frente a la profusión verbal a que había dado lugar la última hornada lírica en el país.

Apenas se cita a nuestra autora en otras publicaciones ni revistas. Ésta, se nos dice, hace años que vive en el municipio de Covilha, inmediato a la Serra da Estrela, junto a una hermana menor en una antigua posesión familiar, no sabiéndose de ninguna actividad profesional posterior a los años de Goa. Recientemente ha editado dos plaquettes de versos en edición de autora, que, curiosamente han tenido una elogiosa acogida en la Revue des Soliloques Litteraires de Marsella.

Intrigado a medias por mi torpe traducción y por la leve biografía del personaje hablé con el benemérito Instituto para ver si me podían enviar las señas de D. Thereza. Me respondieron al poco con una dirección postal de Covilha absolutamente tradicional, sin mail ni nada parecido. Escribí a las señas indicadas, acompañando la solicitud de una entrevista personal con mi abstrusa traducción de la "prolongada história" . Al poco recibí una breve respuesta, cortés y elusiva, en la que se indicaba que la escritora residía casi permanentemente en la villa y que podía visitarla cuando quisiera. Nada se decía de la traición cometida - de la traducción al español.

El viaje no fue memorable, ciertamente. Covilha es una agradable ciudad, al pie de la sierra, y el otoño hacía todavía más melancólico el paisaje - al modo portugués. Esto es, sin estridencias.

Fui recibido en la fría mansión por una señora amable y distante, que decía ser la hermana de la poeta. Ésta, me dijo, había tenido que ausentarse y me ofrecía sus disculpas. La mesa camilla en la que nos sentamos caía debajo de una ventana alta, que daba a un jardín interior, con algunos frutales, arriates descuidados y muchas hojas secas. La casa, pensé luego, abundaba en visillos pálidos, tapetes de crochet y veladores inútiles.

 Con la atenta hermana no hablamos nada de literatura moderna, recuerdo. En cambio demostró ser una profunda conocedora de la poesía inglesa, de la obra de Gerald Manley Hopkins en concreto, y terminamos describiendo en tono elegíaco la bahía de Spezia, donde como todo el mundo sabe se ahogó el joven Shelley. Ella - no recuerdo el nombre - se puso entonces a recitar al poeta, la conocida elegía Adonais en recuerdo de su amigo John Keats. No se extendió demasiado, pero por el tono con que lo hacía pensé que conocía el poema de memoria.

Nada comentamos de la obra de D. Thereza. No tenía el menor interés en hacerlo, advertí, y no supe si habían recibido mis notas, o si las habían leído siquiera. Regresé a Ciudad Rodrigo en el día.

En mi carta yo le había solicitado su opinión acerca de algunas cuestiones sobre el poema, para las que no encontraba solución - una prosodia interna que se había perdido, sobre todo, la ambigüedad de los sustantivos... Al cabo de unos días recibí una respuesta, manuscrita, en la que D. Thereza se disculpaba por no haber podido recibirme - al fin y al cabo, yo las había llamado cuando ya estaba en Covilha. No decía nada acerca del poema, ni de su traducción. En su lugar me enviaba una copia de The Borderers, los conocidos versos de Wordsworth

Action is transitory - a step, a blow,
The motion of a muscle - this way or that -
´Tis done, and in the after vacancy,
We wonder at ourselves like men betrayed:
Suffering is permanent, obscure and dark,
And shares the nature of infinity.

A una traducción me respondía con otra - bien que el poema, del que yo conocía una excelente versión de Ángel Rupérez, figurara en el inglés original.

No hablamos más. En los primeros días de noviembre - helaba ya, un cierzo frío se abatía sobre la raya - acudí a Guarda, al insólito congreso.

De las primeras sesiones no recuerdo gran cosa. En un salón del ayuntamiento, en la parte alta - la antigua - de la ciudad, se reunían los esforzados vates ibéricos,ansiosos porque llegara su turno, y esos personajes indefinibles que acuden en silencio a todos los actos, se sientan en butacas apartadas y asienten sin un parpadeo a todo cuanto allí sucede - si es que sucede algo. Yo tuve la fortuna de encontrarme con Brian, un irlandés pintoresco y desmesurado, que vive desde hace algunos años en Bañobarez, población oscura cercana a la frontera - cercana a nada en realidad.

Brian al parecer había sido invitado al congreso, en calidad de antiguo crítico de The Criterion, en la homérica Dublin. Me confesó que le habían encargado un texto teórico, pero que no había preparado aún nada. ( Siempre que nos encontrábamos me recibía, entre carcajadas, con la definición de Joyce :  " Irlanda... tierra de encanto que siempre envió sus artistas y escritores al destierro". Después yo le exigía que me describiera su lugar favorito en la ciudad, un antro humeante que no podía resistirme a imaginar ).

Con Brian abandonamos de inmediato el salón concejil y elegíaco. En ese momento, recuerdo, una artista conceptual ejecutaba una suerte de poema aleatorio sobre la tribuna, intercambiando  sustantivos y epítetos que extraía de una saca sobre una pizarra métrica, y aquello era más de lo que en una tarde lluviosa en el Alto Douro se podía soportar.

Esa noche agotamos las tascas y Brian terminó recitándome la epopeya de San Brandan, santo por el que siempre he tenido una especial devoción. Nunca he sabido cómo el crítico había ido a parar a Bañobarez y aquella noche tampoco lo supe.

Al día siguiente, un tanto ojeroso, me dejé caer por el congreso de nuevo. Tras la lectura lírica e interminable de una autora lisboeta, que había sustituido el paisaje de Rosalía de Castro por los barrios marginales de la ciudad, subió al estrado la hermana de D. Thereza Margarida de Sousa e Horta, la cual leyó, algo cansinamente, "Uma história prolongada" el poema que yo, vanamente, había intentado transcribir.

No me miró, ni yo hablé con ella. Ahora pienso que no había tal hermana, ni tal traducción, ni tal poema. Porque estos siempre remiten a otro, el cual nos remite a otro más. Y así, sucesivamente... No hay resolución última de la metáfora, pensé. Y a su interminable desvío nos remitimos, incansablemente, sin solución.