martes, 25 de diciembre de 2012

Sobre algunas raras apariciones en una finca de los Montes de Toledo































                    (   De un informe reciente enviado por la Sociedad Excursionista del Barco de Ávila.  Incluido en  la  Memoria Anual sobre vías pecuarias orientales de los Montes de Toledo. AA. VV. , s.f., El  Barco, eds. Orientales de Ávila.

                               Finca El Arreciado.    Toledo.
                    
                                Fotografías:  Iraida Cano

                                Rocas y ramas, grafitos, caminos y agricultura japonesa :  Iraida Cano )




jueves, 13 de diciembre de 2012

Isla Elefante



Nadie llega hasta la isla Elefante. Situada en el extremo noroeste del mar de Wedell, dentro del grupo de las South Shetland Islands, ninguna factoría, ningún observatorio, ningún campamento de verano se ha instalado jamás en este abrupto islote de elevados riscos, costas imposibles y glaciares perennes.

Una descripción contemporánea, inglesa, advierte que en la zona " the weather is normally foggy with much snow and winds can reach 100 miles per hour " . Algunas cartas de principios del siglo XIX daban cuenta ya de ella, y de su situación exacta. 61º 08´ S y 55º 07´ W. También daban cuenta de la distancia : a 1253 kms. al suroeste de South Georgia, 935 kms. al sur de las Falkland y 885 kms. al sudeste de Cape Horn. La casi constante presencia de vientos del noroeste hace empero más difícil la travesía a cualquiera de estos dos últimos puertos. La banquisa de hielo cubre regularmente el litoral, durante el largo invierno austral.

" Elephant Island was remote, uninhabited, and rarely visited by whalers and any other ships " describiría Ernest Shackleton a la isla. Quien no obstante se vería obligado a alcanzarla meses después del naufragio de la Endurance, la célebre fragata de la Expedición Imperial Transantártica. Su propósito inicial, como se sabe, después de la pérdida del barco y la deriva en el hielo hubiera sido el de arribar a Bahía Esperanza, o a la Isla Decepción donde por lo menos  " a small wooden church had been erected for the benefit of whalers ".

En la isla Elefante no había capilla, cabaña, ni nada que pudiera favorecer a los náufragos. La fuerte corriente del Nordeste, que impide a los botes de la Endurance llegar hasta la isla Decepción, les obligaría finalmente a arribar a ella. Antes, el capitán Shackleton habría escrito que " Esta última - Elephant Island - tiene un cierto atractivo para nosotros, aunque, hasta donde yo sé, nadie ha desembarcado allí jamás".

Alcanzaron la isla, finalmente, el 12 de abril de 1916, dieciséis meses después de haber iniciado la pretendida ruta antártica desde la factoría ballenera de South Georgia.


 
 

Elephant  Island se encontraba vagamente documentada. En un extremo del profundamente inhóspito Mar de Weddell, nadie presumía  de haberla alcanzado o haber desembarcado en ella alguna vez. Incluso el nombre carece de una atribución exacta. Según una versión fue bautizada por primera vez en 1821 por el capitán inglés George Powell, uno de sus primeros observadores. Según otra el nombre se debe a los balleneros y foqueros de la región, que pescarían en la zona, y la denominaron así a principios del siglo XIX por alguna razón que desconocemos. Algunos han señalado la posible presencia de leones marinos, advertidos por los cazadores. Otros aluden al perfil de la isla , abrupta e inaccesible. También desconocemos los nombres de aquellos, ni si hubo alguna vez algún desembarco en la misma. La historia de las navegaciones de los balleneros raramente guarda alguna relación escrita y de sus periplos y descubrimientos al sur del Cabo de Hornos no se conservan apenas registros. Por indiferencia, en algunos casos. Pero también porque los cazadores de focas y ballenas se cuidaban de exponer en los puertos y comandancias las noticias de sus expediciones, que conservaban celosamente para sí.









La imprecisión había cubierto durante muchos años la exploración y el descubrimiento de estas tierras del sur, las que cercan el hasta entonces desconocido continente antártico. Durante siglos aún perdurará la idea de la geografía antigua de una Terra Australis Incognita , la cual rodeaba el mundo por su extremo austral y unía, de manera hipotética, las islas de Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea o las regiones septentrionales más allá de la Tierra del Fuego.

La imprecisión, el anonimato... En 1603 la expedición del español Gabriel de Castilla debió de haber alcanzado los 64º de latitud sur. Pero no se han conservado documentos. Un testigo holandés, Laurent Claesz, se referiría, años más tarde a la llegada a islas desconocidas y mares cubiertos de hielo. En algún momento habrían divisado, según anota, remotas " montañas cubiertas de hielo". Pero la expedición no había dejado ninguna relación escrita. Años más tarde el oficial francés Pierre Bouvet, intentaría descubrir la tierra del sur descrita por " un semilegendario Binot Palmier de Gonneville". No la alcanzarían, aunque su expedición dio nombre a la isla Bouvet, bautizada así a partir de entonces en los mapas europeos. " Lo más extraordinario - se nos indica en otro lugar - es que el francés la encontrara : me refiero a la diminuta isla Bouvet, de sólo ocho por cinco kilómetros y uno de los lugares más solitarios del mundo, ya que hay una distancia de más de mil quinientos kilómetros en cada dirección hasta la tierra más próxima ".

La Terra Australis... Divisada a veces : la distancia, la niebla, la imprecisión la rodearán durante siglos. Ya en fecha tan temprana como en 1504 el florentino Americo Vespucio había relatado en carta a Piero Soderini, su corresponsal desde Lisboa , que " las noches eran muy largas que tuvimos una la del 7 de abril que fue de quince horas (...) En medio de esta tormenta avistamos (...) una nueva tierra de la cual recorrimos cerca de 20 leguas encontrando la costa brava, y no vimos en ella puerto alguno ni gente, creo que era por el frío tan intenso que ninguno de la flota se podía remediar ni soportarlo ".

En la " Historia del descubrimiento de las regiones austriales..." se nos informa del incierto viaje en 1605 del general Pedro Fernández de Quirós , al servicio de la Corona de España , en pos del impreciso continente. El general , se nos dice , " a los cinco meses de travesía, al encontrarse con una gran isla de las Nuevas Hébridas, la del Espíritu Santo (...) sin más averigüaciones creyó haber llegado a la tierra Australia (...) Dio por fundada la ciudad de la Nueba Hierusalem, de la que sólo edificó una iglesia de madera, pero sí concedió cargos municipales de esa ciudad, que sólo existió en su fantasía".

Un documento holandés, anónimo, afirmaba que a los 64º se divisaba tierra " muy montañosa y alta, cubierta de nieves, como el país de Noruega, toda blanca que parecía extenderse hasta las islas Salomon ". Publicado en Amsterdam nunca se ha sabido el nombre, ni la expedición a que hace referencia la citada relación.

No menos incierta había sido la isla Pepys, presuntamente avistada en 1683 por el corsario inglés Ambrose Cowley desde su goleta Bachelor´s Delight . En sus memorias el pirata Cowley afirmaba que: "Seguimos navegando al SO hasta los 47º de latitud. Entonces avistamos al oeste una isla desconocida y deshabitada a la que llamé Pepys. Su puerto es excelente, y capaz de recibir con seguridad a mil buques. Vimos una gran cantidad de aves en esta isla, y opinamos que el pescado debía abundar en sus costas, por estar rodeadas de un fondo de arena y piedra. "


 Perfectamente delineada en los mapas a partir de ese momento, la isla Pepys sin embargo nunca volvió a ser divisada. Navegantes posteriores como John Byron, Bougainville, John Cook o Jean FranÇois de la Perouse no pudieron encontrarla, a pesar de las referencias más o menos precisas que Cowley había dado de la misma. En un determinado momento, y ya a finales del siglo XVIII, la referencia desaparece de las cartas de la zona. Lo cual no sería obstáculo para que en una fecha tan tardía como en 1854 el publicista napolitano Pedro de Ángelis reuniera una profusa documentación sobre la fantástica ínsula, reclamando además la propiedad para su aventurera persona.

 Balleneros o cazadores anónimos habrían descendido al sur de los 60º con anterioridad durante estos siglos, y se especula con que alguno pudo haber sido el primero en alcanzar el continente austral . Pero el sigilo encubría sus viajes.

También pudo haberlo alcanzado la tripulación del San Telmo , el navío de línea de la  Armada española, desaparecido en 1819 en aguas del Estrecho de Magallanes. Los barcos que lo acompañaban lo vieron por última vez en medio de una fortísima tormenta dirigiéndose hacia el sur , " con graves averías en el timón y la verga mayor ". Cuando meses después el capitán William Smith arriba a las costas de la Antártida encontró en la isla Livingston los restos de lo que consideró era un buque naufragado frente a la misma. Años más tarde el también británico James Weddell escribiría sobre " varias piezas de un naufragio (...) halladas en las islas del Oeste , en apariencia pertenecientes a un buque de 76 cañones, probablemente los restos de un buque de guerra español perdido cuando hacía el  pasaje hacia Lima" . Sus tripulantes pudieron haber alcanzado la Terra Australis, inadvertida hasta entonces. Pero ninguno sobrevivió para relatarlo.


En 1904 la Expedición Antártica Sueca desembarca en Grytviken, en las Georgia del Sur, para instalar allí el puerto ballenero que años después alcanzaría el capitán Shackleton en busca de ayuda para los náufragos de Isla Elefante . Alguien anotó que la Expedición habría encontrado numerosos calderos de los siglos XVIII y XIX , de origen español, que habrían sido utilizados " para fundir la grasa de cetáceos, pinnípedos y pingüinos " durante largas temporadas, de las que no se tenía otra noticia. Se trataba , en palabras del capitán Cook, que había bordeado la isla en 1775 , de " una tierra salvaje y horrible".

O Livingston Island, al sur del paralelo 60º, avistada por primera vez por el foquero inglés William Smith, en 1819. Las Orcadas del Sur, por James Shields. O Hope Bay, en el extremo norte de la Península Antártica, descubierta oficialmente en 1902 por la Expedición Antártica Sueca. La cual  figuraba ya en las cartas del ballenero George Powell en torno a 1822. Aunque ninguna otra noticia nos da cuenta de ello...




 
 

" Me atrevo a afirmar que nadie osará llegar más lejos de lo que he hecho y que las tierras que tal vez se extienden al sur nunca serán exploradas. Espesas nieblas, tormentas de nieve, frío intenso..., es el aspecto horrible del país, de un territorio condenado por la naturaleza a no experimentar jamás el calor de los rayos solares y a permanecer enterrado bajo la nieve y los hielos eternos "  había escrito el capitán James Cook en su diario a raíz de la expedición de 1775 en torno a la inexistencia del continente austral.
  

Shackleton y los náufragos de la Expedición Imperial tuvieron que alcanzarlas, después de la pérdida de la nave en el Mar de Weddell. " Todo este tiempo estuvimos bordeando la costa bajo altísimos acantilados rocosos y escarpados glaciares que no ofrecían la mínima posibilidad de desembarcar en ninguna parte ", afirma Ernest Shackleton en el relato de la malograda expedición de la Endurance.  Agotados por el viaje en los botes, una vez que el hielo se hubiera abierto , los expedicionarios hubieron por fin de desembarcar en una mínima franja de roca, sin ningún resguardo y alcanzada por la marea alta, para finalmente acampar en el llamado Cape Wild, una playa arenosa de unos 200 ms. al nordeste de la isla.

Este lugar, rebautizado como Point Wild, sería el campamento de los náufragos durante más de cuatro meses. En su cruel cobijo construirían una cabaña con los dos botes restantes y los restos deshechos de algunas tiendas, refugio al que bautizaron como Shuggery.

El resto de la historia es bien conocido. El capitán Shackleton junto a cinco tripulantes emprendería el largo y milagroso viaje de más de 1200 kms. en el bote James Caird por el infernal océano austral hasta alcanzar la factoría de Grytviken en las Georgia del Sur. La prodigiosa capacidad del navegante Frank Worsley - el cual declaraba haberse incorporado a la expedición después de un sueño en el que vio cómo Burlington Street aparecía cubierta por bloques de hielo y él navegaba entre ellos - les permitió llegar a la bahía. Posteriormente tres intentos de retornar a Elephant Island desde las Falkland o desde la costa chilena serían infructuosos, hasta que finalmente el 30 de agosto de 1916  el vapor chileno Yelcho al mando del capitán Luis Pardo lograría rescatar a los náufragos de la isla.

Las memorias de Frank Wild, el capitán al mando del azaroso campamento recordarían después que "como la isla Elefante estaba en el extremo exterior de la banquisa, los vientos que pasaban sobre el relativamente cálido océano antes de llegar a ella la cubrían con una constante mortaja de niebla y hielo". Leonard Hussey , el metereólogo de la expedición,  aludiría también a la isla como " almost continously covered with a pall of fog and snow".


Reginald James , físico de la Endurance, otro de los náufragos de la isla, compondría algún tiempo después un conocido poema, en recuerdo de la jefatura de Frank Wild en el campamento de Point Wild

My name is Frankie Wild-o
Me hut´s on Elephant Isle.
The wall´s without a single brick
And the roof´s without a tile.
Nevertheless I must confess
By many and many a mile,
It´s the most palatial dwelling place
You´ll find on Elephant Isle






lunes, 3 de diciembre de 2012

Los lugares del relato. II

                                                        

                                          

                                                                Las afueras


Debían de existir todavía aquellos escenarios... Esa suerte de territorio urbano en los límites de la ciudad , de difícil denominación, sin mapas precisos, sin numeración en las calles o, en última instancia, sin calle siquiera. El poeta Gil de Biedma dedicaba un poema de su libro  " Compañeros de viaje" , en 1959, a la zona que en la noche acechaba a la ciudad, desde fuera, sin referencias. Lo tituló precisamente " Las afueras".  Las afueras se intitula asimismo, una de las mejores novelas de Luis Goytisolo, - ganadora en 1956 del premio Sésamo y en 1958 del Biblioteca Breve de novela - en realidad, una serie de relatos cortos.

Una región sin términos precisos. " Más allá de la última parada" era el nombre de un cuento de Ignacio Aldecoa, del año 1959, en el que el protagonista se dirigía a ese territorio sin marcas, en el límite, en el que la única denominación era que estaba " más allá".

En otro relato anterior de Ignacio Aldecoa - " Quería dormir en paz"  del año 1953 - dos guardias tropezaban con un hombre, indocumentado, en un paseo. El hombre no sabía explicarles dónde vivía. Estaba al otro lado del río. No tenía nombre.

" - ¿ Dónde vive?
- Al otro lado del río, cerca del Puente Grande.
- ¿ En qué calle?
- No es una calle.
- ¡Cómo que no es una calle!
- No, es que vivimos allí algunas familias. "

Paradoja de la literatura de posguerra, la denominada a grandes rasgos novela del realismo, ésta, en sus mejores momentos, y a despecho de la imposición teórica de la época, que la obligaba " a dar cuenta de las circunstancias históricas de la época ", nos describía un espacio al margen de la historia, al límite de la geografía, en un tiempo insólito. El del escenario de los límites de la ciudad, el de los barrios sin nombre, el tiempo sin acontecimientos de los solares extremos, las quintas aisladas, de las ventas suburbanas.

Quizás aún perduraran las colonias de hoteles, ensimismadas y al margen... Barcelona, sede urbana de la colonia de escritores de la editorial Barral - la otra era el Hotel Formentor, en Mallorca, o el Hotel Suecia, cuando acudían a Madrid a seguir departiendo entre copas - era una ciudad ejemplar en ese sentido. Rodeada de colonias en dirección a la costa o al Tibidabo , nada más cruzar el Puente de Vallcarca la urbe se disolvía en un amable caos de hoteles en las colinas, de jardines encrespados y profusas verjas oxidadas, que no podían sino guardar quién sabe qué secretos al margen del tiempo. A despecho de la obligación del concurso del Premio Biblioteca Breve, al que los autores frecuentaban,  de que " el Jurado tomará primordialmente en consideración aquellas obras que por su contenido, técnica y estilo respondan mejor a las exigencias de la literatura de nuestro tiempo ".

Las exigencias de nuestro tiempo... A los barceloneses el tiempo sin referencias se les escapaba, en medio de aquellos hoteles donde la ciudad se había clausurado en un momento incierto. La definición más precisa, - aparte de una referencia casi constante en todas las obras a cierta guerra civil ocurrida en el pasado - fuera quizá la del propio Gil de Biedma, cuando declaraba " Yo nací en la edad de la pérgola y el tenís". Definición inolvidable que nos remitía de nuevo a tardes inacabables en jardines invisibles desde afuera.

Pero es que, a despecho de las imposiciones teóricas de un Sartre omnipresente en aquellos años - y de la expresión " nuestra época " referida al franquismo y al imperialismo yanqui a partes iguales - al propio Biedma se le escapaba en cuanto podía la noción de cierta intemporalidad latente en el fondo de una poética formada en  noches inagotables, y en los barrios de imposible certeza de aquella Barcelona de fiestas y jardines privados.

Como cuando nombra en " Barcelona ja no es bona..."

Algo de ese momento queda en estos palacios
y en estas perspectivas desiertas bajo el sol,
cuyo destino ya nadie recuerda.

Quizá. O esas colonias de veraneo , en la costa o la montaña, donde todo acontecimiento carecía de referencias, más allá, y era la repetición de un verano igual : absorto, mudo, sin marcas.  ( García Hortelano, entre otros, lo dibujaba en su conocida " Tormenta de verano". O Ignacio Aldecoa en   "Los Pájaros de Baden-Baden" ).

Una nueva urbanización iba a arrasar ese paisaje. Y el espectáculo global clausuraría la posibilidad de todos los territorios al margen.


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En " Volverás a Región" la emblemática novela de 1967 en donde Juan Benet recreaba - una vez más - el mítico territorio de Región, la fantasiosa comarca situada  vagamente en la montaña leonesa, el escenario poco a poco iba perdiendo su teórica localización para ir adentrándose, según se ascendía por el páramo y la montaña, hasta Mantua, la inalcanzable región del Numa, su no menos mítico guardián. Allá donde muy pocos accedían y, desde luego, ninguno  regresaba.

Hasta cierto lugar la comarca aún poseía nombres propios : el río Torce, Bocentellas, la Torre de don Salvador... Más allá los nombres se pierden, y aún las referencias. Y es en torno a este lugar , situado en el límite, más allá del mapa y la historia, al que la novela va a hacer constante mención,  a su obsesiva y  remota presencia.

Éste es, de nuevo, un lugar de momento impreciso, sin historia.

" La gente de Región -  nos dice Benet - ha optado por olvidar su  propia historia :  muy pocos deben conservar una idea veraz de sus padres, de sus primeros pasos,  de una edad dorada y adolescente que terminó de súbito en un momento de estupor y abandono ".

Y en su estupor impreciso, en su paraje innombrable y suspenso, se establecerá de nuevo el relato. Sin acontecimientos, sin sucesos. Que no se refieran, una y otra vez , sino a una morosa, ausente repetición.



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El escultor Alberto habría hablado de sus primeros encuentros con Benjamín Palencia, el pintor de Barrax, alrededor de 1927. Frente a la noción de Paris en el horizonte - adonde en uno u otro momento tantos artistas plásticos iban a parar, entre otros el propio Palencia  - ellos eligen un escenario más inmediato y cercano, teñido por la marca de lo suburbano, en los alrededores de un Madrid que aún conserva la memoria , y los signos, del orígen rural de sus habitantes. Y de sus calles y sus casas, tan próximas aún a un extrarradio que no ha trazado todavía el corte, tajante, con el mundo rural que lo rodea. ( Antes, hacia 1926, se había iniciado la amistad del toledano con el escultor canario Francisco Lasso, en el Café de Oriente. Según se nos relata en otro lugar " Ambos recorren los alrededores de Madrid, buscando motivos de inspiración en suburbios y campos" ).

Alberto y Palencia inauguran, según las palabras del escultor , la costumbre de citarse todas las tardes, "hiciera el tiempo que hiciera ", en un andén de la estación de Atocha. A partir de ahí, y siguiendo en cierto modo el itinerario paralelo a las vías del tren, su periplo cruzaba por los barrios del este de la capital, hasta Villaverde Bajo, para alcanzar finalmente el pueblo de Vallecas, un villorrio manchego y campesino aún, en donde , sobre un austero cerro, rebautizado como Cerro Testigo, divisaban la llanura, gris y de estériles barrancos, de los alrededores.

Con el tiempo, diversos personajes se irían incorporando al periplo vallecano de aquellos - como Moreno Villa, Maruja Mallo, Rodríguez Luna, Luís Castellanos, el poeta Alberti y aún el propio García Lorca, según testimoniara años más tarde el recuerdo del tabernero de Vallecas.

Clausurada la costumbre peripatética por la Guerra Civil - en donde el poblado de Vallecas fue frente durante algún tiempo - otra tradición nos habla de cómo el periplo, y la estética de los campos desolados, se habrían reiniciado en cierto modo con el encuentro de un grupo de jóvenes pintores, aún en la Escuela de Bellas Artes, con la figura un tanto iniciática de Benjamín Palencia. Quien , poco a poco, iría descubriéndoles de nuevo los rituales de aquel itinerario suburbano y manchego que la contienda había clausurado . Flotaba, vago, el recuerdo de la estética del escultor Alberto y Álvaro Delgado, el mejor narrador del grupo, reconocería siempre que aquél había sido " el descubridor de aquel paisaje de greda y cal " que luego ellos reconocían en el pueblo madrileño, en las eras, los cerros y las ventas de aquel itinerario.

Unas fotografías en el opúsculo de Rául Chávarri sobre la denominada " Escuela de Vallecas", en 1975,  nos lo describen, su escenario antiguo y reconocible. Los campos sin árboles, los cerros secos, las casas de labranza, un merendero en medio de un camino, la ciudad a lo lejos.

La ciudad en el horizonte... Mito o realidad , la denominación posterior de la llamada " Escuela de Vallecas" hacía alusión, de nuevo, a la presencia de este escenario de las afueras en la poética de la posguerra.

En un relato posterior, el pintor Álvaro Delgado narraba el itinerario del mismo.

" Quedamos citados en el malecón de la estación de Atocha e iniciamos la marcha hacia el pueblo de Vallecas (...) Recuerdo que era un día gris , hacía frío y los pocos árboles que flanqueaban el camino no tenían hojas. Hicimos parte de la ruta por la carretera general de Valencia y ya próximos nos metimos campo a través para ver la pequeña villa desde la vía del ferrocarril de Barcelona. La torre de la iglesia se alzaba sobre un paisaje de casas de labor, rastrojeras y tierras de barbecho. Al fondo, un cerro grande salpicado de manchas de tomillo "

Y, más adelante:

" Algunos pares de mulas retornaban del trabajo a la cuadra cabalgados por hombres de campo, sin edad. Entramos en el pueblo, deambulamos por las calles y pasamos a un viejo café que había en la plaza, junto al Ayuntamiento y donde un grupo de campesinos se calentaba junto a la estufa ".




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Aisladas, en tierra de nadie, en un tiempo cuyos últimos acontecimientos se han clausurado en un momento anterior, que casi nadie recuerda... La narrativa de la llamada " Generación del Medio Siglo" retorna una y otra vez a estas quintas, estos jardines arruinados, estos símbolos - gárgolas, fuentes, cariátides, verjas cerradas - de una remota celebración que ya a nada remiten.

" De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la  de mi abuelo, con ser de la más modestas, era una de las mejor emplazadas ". Con esta alusión a una quinta apartada, se inicia  Una meditación ,  una de las novelas más conocidas de Juan Benet .

En " Las afueras" la novela con la que Luis Goytisolo ganaría el premio Biblioteca Breve en 1958 el primero de los relatos comenzaba con la referencia a una finca, de nuevo, a la que el protagonista regresa después de un tiempo que no  alcanzamos a medir. Era una quinta, una villa en las afueras.

" Durante un cierto trecho no era posible ver de la casa más que aquella torre asomando sobre los árboles del jardín, envuelta en viña vírgen ". Más adelante, se repite la configuración, melancólica, de aquella quinta entre lo rural y lo urbano. " Era una construcción ochocentista, mezcla de masía y villa de recreo".

La constitución melancólica de estos lugares del relato se reitera en las condiciones de la propiedad. Ésta, La Mata, habia conocido tiempos mejores.

" De las tierras en las que habían  trabajado más de veinte jornaleros, ahora se ocupaba una sola familia, más en calidad de guarda que de otra cosa y el bosque y las zarzas fueron invadiendo los sembrados ".

En este escenario limítrofe ya, en donde todo suceso se remite a un tiempo anterior, clausurado en virtud de una antigua condena, cuya formulación nunca se enuncia, se desarrolla, a partir de su incierta geografía , el relato, todos los posteriores acontecimientos .

El novelista Juan Marsé había hecho alusión a este escenario marginal, desde luego, en su excelente recreación del barrio del Guinardó - hoy desaparecido - en su " Si te dicen que caí" o, más adelante, en   " Ronda del Guinardó". Todo el hipotético acontecimiento de la novela " El Jarama" , la tan citada creación del joven Sánchez Ferlosio, - si es que alguno hay - transcurría en un merendero, banal, del banal escenario de las afueras del río Jarama , en un periplo dominguero y sin sentido alrededor de la ciudad.

Juan Benet , desde luego, regresa una y otra vez a este tiempo de las quintas, de los hoteles en las afueras.

Como un ejercicio casi emblemático, el cuento " Duelo  " - incluido en  "Nunca llegarás a nada" , su primer libro de relatos, del año 1961, que pasó completamente inadvertido en su primera edición  - incluye una descripción de la casa más allá de la villa. Y más allá , en cierto modo , del tiempo de ésta.

" La casa se hallaba en las afueras del pueblo, en un lugar a trasmano visitado algunos domingos templados por unas pocas parejas de excursionistas. Una quinta residencial desplazada de lugar y de estilo (...) rodeada de una pequeña huerta baja, que hoy es una selva de corpulentos matorrales ; erigida sobre una terraza de años ha desaparecidos jardines italianos (...)  Empero se conservaba todavía un antiguo cenador estilo floreal, un montón de herrumbre, junto a una fuente (...)  "

Y , en otro lugar  del libro, en el relato" Después", como un escenario que se reitera :

" En otro tiempo la casa había tenido un  cierto tono; una residencia de tres plantas, construida en un cuartel apartado con la honorable pretensión de figurar un día en el centro más estricto de un futuro barrio distinguido (...)".   Para reaparecer , más adelante, los emblemas del mismo  escenario:  la verja que se oxida, la puerta clausurada, la maleza del jardín...  En otro relato describirá a " la señorita Amelia , una de las más significativas reliquias de las grandes familias ".

Paisajes de después de la historia, escenarios clausurados, periplos sin destino...Olvidado el origen, pero en cierto modo condenados a su oscura presencia, Mantua, la finca inalcanzable, el Numa, su misterioso guardián, flotan sobre  Región, la comarca emblemática sobre la que retorna todas las veces la narrativa del escritor. Pero " En Región apenas se habla de Mantua ni de su extraño guardián"  nos recuerda éste.

Se reiteraba la advertencia barcelonesa de Gil de Biedma

estas perspectivas bajo el sol
cuyo destino ya nadie recuerda



El tiempo había  quedado en suspenso, de nuevo. Estas quintas, estos lugares de los límites, estos emblemas ya sin sentido, lo nombraban. En paisajes sin historia, escenarios de las afueras.