viernes, 29 de junio de 2012

El bar de Diego






El hombre en el bar estaba esperando. Había llegado pronto. Saludó a Fernando.

- ¿ Quiere usted una mesa?
- No. Prefiero la barra.

Era temprano. Era todavía una hora en la que se podía tomar algo en los taburetes de la entrada. Habló distraídamente con Fernando, con los otros camareros.

- ¿ Cómo está todo?
- Bien,como siempre. Hace mucho tiempo que no venía usted por aquí.
- He estado fuera.

El barman limpiaba vasos, cocteleras. Colocó una batidora, reluciente, sobre el mostrador.

- Estoy esperando a Joao. Ha estado de viaje en Perú. Tuvo que subir al altiplano, a no sé qué ruinas de los incas. Lo sorprendente es que haya vuelto, parece.
- Tomaría hojas de esas, que ayudan a volver de las alturas.
- Sí, supongo que sí.

Hacía mucho que no acudía al bar. Hubo una época en la que venía todas las noches.

Fernando le sirvió la copa. El gimlet era excelente, como siempre. Miró alrededor. Estaba casi solo, al lado del guardarropa. La encargada, sentada en una silla, seguía siendo la misma. Tenía el pelo de color anaranjado. Siempre llevaba el mismo tinte.

A su derecha charlaba una pareja. Eran muy jóvenes. Ella era guapa, y rubia. Excesivamente guapa y rubia, pensó. Bebían, hablaban en voz baja, como compartiendo algo de lo que habían descubierto en el local. No había nadie más en la barra.

El resto, que apenas atendió, eran unas mesas ruidosas. Un grupo de edad indefinida organizaba un alboroto en los bancos de la pared del fondo. Tenían aspecto de profesores. Hablaban a voces,se reían. Una mujer se levantó del banco y se sentó encima de uno de ellos, sin dejar de hablar. Los demás lo celebraron. Alzaron más la voz.

- Qué ruido hacen... - le comentó al camarero, que preparaba un cóctel en la barra.
- Un poco - contestó éste sin mirarle. Parecía triste, pensó.

Luego, se dió la vuelta, repasó todo el local. Nada había cambiado, pareció advertir y se concentró en el gimlet, que ahora brillaba bajo las luces del mostrador. Seguía siendo el mejor bar de la ciudad. He
 estado aquí tantas veces, se dijo.

Por un momento era, de nuevo, el lugar ideal. Luminoso, sofisticado, distante. Había pasado mucho tiempo y tuvo la sensación de que jamás había salido de allí.

Le pidió otro cóctel al barman.

-  ¿ Seagram´s otra vez ?
- Sí. Estaba muy bueno.

No sabía por qué, recordó una noche en que había acudido allí con Blanca y una amiga. La amiga era joven, hablaba poco. Nunca la había visto antes y era la primera vez que venía al bar de Fernando. Habían estado antes por ahí, no recordaba dónde. Su amiga comentó que le gustaba el lugar, y que él le gustaba más que sus otros conocidos. Blanca sonreía. Al final no supo cómo se llamaba la otra.

Luego, Blanca se encontró en el bar con Paolo, con quien andaba rompiendo promesas a cada instante. Paolo estaba muy tenso. Les saludó. No tenía nada que decir, por otra parte. Había bebido. No tenía buen alcohol, pensó él. Tampoco le gustaba sin alcohol. Les dejó enseguida y se puso a hablar con la amiga de Blanca. El otro le odiaba, probablemente.

Se fue al rato. Aquella era una velada que tenía que arreglar Blanca y él no pensaba intervenir. No se despidió .

Qué recuerdo más raro, más inoportuno de pronto. Hace mucho tiempo de eso, cuando él salía con Blanca todas las noches.

Hace tiempo que no la ve. Se ha ido a vivir a Setubal, cree. Ahora apenas viene por la ciudad. Cuando se encuentran siempre hay un momento que le sorprende, porque tiene una memoria excelente y recuerda con nitidez algo que él ha olvidado.

La otra noche recordó el día en que Amaral casi monta un escándalo, bailando con ellos en el bar del Palace. Besuqueó a todos y luego intentó desnudarse en la pista de baile. Amaral estaba enamorada de él aquel invierno, según afirma Blanca, y le perseguía entonces. Él no lo recuerda así, aunque sí se acuerda de la falda de ella y de las bragas, que se veían por encima de la falda. No sabe.

- ¿ Qué ha sido de aquella periodista tan nerviosa, que tenía una hija ? - le preguntó otra vez.
- No lo sé. No sé nada de ella.

Blanca recuerda cosas que los demás han perdido. Deben de tener importancia, cree. Pero, como siempre, él ha llegado demasiado tarde a darse cuenta y ella vive ahora con un arquitecto brasileño y no viene mucho por la ciudad. La última vez que estuvieron en el bar de Fernando él se emborrachó enseguida y ella tuvo que llevarle en un taxi a casa. Ahora, hace tiempo que no hablan.

Más tarde, entró Joao.

- Qué hubo, buey... ¿ Ya has pedido algo?
- Sí. No iba a esperarte a secas.
- Ya veo. Buenas noches, Fernando. El mio de vodka. Nada de ginebra.
- Buenas noches, don Joao. Es un placer verle aquí, como siempre.

Joao viene de un pueblo en la costa. Baja a la ciudad a veces. Le habla a él de su viaje al Perú.

Ha estado en unos pueblos del altiplano, cuenta. Buscaban restos coloniales para una rara publicación. Pero apenas vio sino alguna iglesia, reconstruida, y un barrio en ruinas en una capital de la costa. El resto eran llanos sin árboles y carreteras polvorientas, en las que no encontraban a nadie durante horas. Unos alcaldes en la frontera no tenían noticias de lo que les preguntaban.

- Habría tabernas, por lo menos.
- Sí, muchas, con terraza y piscina para los gringos en el patio... Tenías que llevarte tú la bebida, huevón. Y las botanas. No había nada.
- Ya . Un paseo por las alturas.
- Cerquita de los dioses, mijito, decía la guía, que era una gringa un poco ida. Pero lista. Citaba todo el día a Viracocha y su corte parental. Nos subió a las piedras de la antigua calzada inca. Y defendía el colectivismo agrario, claro. Y la Larga Marcha... El caso es que había leído.

Y añadió:

- Al final el que invitaba era yo, que había guardado un vino chileno desde el aeropuerto. La gringa era mística y prochina, pero tomaba.
-  Sally Bowles en el altiplano.
- Más bien, la ex novia de Regis Debray. Y luego de un barbón que quiso liberar a las masas con el libro del chino en la mano. Acabó recitándoles el libro a los guardias de Lima. El barbón, digo.

Joao miraba alrededor, al local, que se había ido llenando.

- No conozco a nadie ahora. Llevo demasiado tiempo fuera.
- Yo no llevo tanto tiempo y tampoco conozco a nadie.
- Esta raza me parece rara. ¿ Qué ha sido de Heiner y la peña?
- Ya no viene ninguno por aquí. Heiner vive ahora por  Busaco, o algo así.
- ¿ Y el marqués?
- Ninguno sabemos nada. Parece que dejó de acercarse cuando un día le reclamaron la cuenta.
- Debía de ser cariñosa.
- Debía, porque siempre invitó a todo el mundo y nunca le vi pagar. La lista de lo que le apuntaban daba la vuelta al mostrador, según contaron luego.
- Qué hubo... Era un cuate rumboso.
- Con dinero del altiplano, sí.
- No conozco a nadie, buey.


Ha entrado más gente. Fernando les ha buscado a los dos un sitio en la esquina, desde donde pueden tomar algo tranquilamente. Joao pide otra ronda. Después, le relata una fiesta que tuvo lugar hace tiempo.

- Aquello fue el final de la vanguardia, cuate. Después de ese día yo pensé que no se podía ir más adelante.
- No sabía que la borrachera de Marga fuera el final del arte moderno...
- No se podía ir más allá .

Y. con cierta inconsecuencia, añade:

- Yo después me fui a Mexico.

Él recuerda entonces la fiesta. Una cita en un club hípico en el campo adonde van todos y donde Marga se presenta como la galerista de moda en Lisboa. Se emborracha con el herrero del pueblo , en la terraza de la plaza. Lleva una amiga, guapa y ociosa, que persigue a uno de los jinetes. Los demás, mientras, siguen en el palco de la finca, rodeados de caballos y copas de jerez. El herrero y Marga aparecen más tarde, mientras se celebra el concurso hípico, y terminan pidiendo a voces más café y más coñac. Ella recita a Brassens. Al final, entre canciones de la Rive Gauche y coplas locales, alguien se cae por las escaleras. Alguno se ha perdido por el campo, dicen. Finalizado el concurso, los jinetes cargan los caballos en los remolques y se marchan, ajenos al recital en la plaza.

El día termina en un bar de carretera con Marga y Joao cantando canciones de Boris Vian. Se besan en la esquina mientras el tabernero espera, paciente, y los del pueblo miran hacia otro lado. Una del grupo intenta abrazar a un número de la Guardia cuando entra en el bar. La llevan fuera. Le hacen firmar no sé qué papel en el coche. Al cabo de un rato ella entra de nuevo en la taberna. No dice nada. Luego, empieza a llorar. Él ya no recuerda si queda alguien del pueblo dentro. Sólo una pareja que bailaba en la terraza, abrazados y sin música.

- No me acuerdo cómo terminamos. Yo acabé en un merendero al pie de un río, con el americano y su mujer.
- No era su mujer, buey.
- Él tampoco era americano... Qué más da.
- Creo que yo me volví en el coche del abogado aquél, el que coleccionaba cuadros. No sé cómo regresamos. Paramos en una carretera. Hubo un accidente o algo así. Con nosotros venía aquel pintor tan raro. ¿ Cómo se llamaba?
- Luis Cereijho.
- Eso, Cereijho. No abrió la boca en todo el viaje. Por cierto, venía todas las noches por aquí. ¿ Qué ha sido de él?
- Murió hace dos años. Te llamamos para contartelo.
- ¿ Murió ? No me lo habéis dicho. No me acuerdo. Recuerdo que él no cantaba. Y que después vi una exposición suya en la Gulbenkian, con cuadros de árabes. Era muy buena. En el coche sólo cantábamos Marga y yo. Ella repetía :
" Je bois
Systemátiquement
Puor oblier les amis de ma femme
Je bois
Systemátiquement
Pour oblier
tous mes emmerdements "  

Sin darse cuenta , Joao había comenzado a cantar. Se paró. Luego, añadió:

- No sé cómo volvimos.

Hace una pausa para terminar el gimlet.

- Entonces decidí que hasta allí se llegaba.
- Y te fuiste a Cuernavaca.
- Y me fui al D.F. primero. Y terminé en Cuernavaca. No vinieron a verme, buey.

Ahora ha entrado una pareja, dos mujeres vestidas de negro riguroso, y con grandes collares. Ambas llevan el pelo teñido, casi blanco. Miran hacia la barra y se dirigen a donde está Joao.

- ¿ Es usted el dueño de este bar?
- En este momento, sí, doñas.
- Un placer ¿ Nos invita a una copa?
- Qué hubo, Blancanieves. Pues que no más que hoy me dejé la cartera, princesas.

Las dos le miran, enfadadas. Se marchan y se pierden en el tumulto del local. Fernando , que ha visto la escena, les sirve en la barra dos martinis, sin decir nada. Sonríe.

- La otra noche me encontré a Marga. - le cuenta él a Joao.
- Hace siglos que no tengo nuevas ¿ Qué hace ahora?
- No lo sé. Ya no tiene la galería y se ha ido a vivir al lado del puerto. Debe de vender algún cuadro. A veces organiza alguna exposición, he oído.
- Venía aquí todas las noches.
- Sí.  Y nosotros también. Todavía estará su antigua cuenta en alguna parte.
- ¿De aquí también les botaron?
- No lo sé. Dejaron de venir muy pronto. Las últimas fiestas de la galería se celebraban ya en el bar de la plaza. Daban cerveza Sagres y mantequilla como tapa y era mucho más barato.
- Abrirían cuenta allí también.
- Sí. Y hay que tener mérito para dejarse una fortuna en botellines y pan con mantequilla...

Ahora el bar de Diego se ha ido llenando, definitivamente. Los camareros van y vienen con bandejas desde el mostrador al fondo de la sala. Las dos mujeres con el pelo albino se han sentado en una mesa. Parecen conocer a los del grupo. Hablan como si les conocieran. Ríen a carcajadas. Una de ellas se mira todo el rato en un espejo que saca del bolso. Se arregla los ojos, las pestañas, las cejas.

Joao ha terminado la copa. Mira el vaso del martini,  vacío.

- Qué hubo... Aquí ya no canta nadie.




          - De    Antonio de Andrade       Histórias de Lisboa          PublicaÇao do Renascimento    2008