Fotografías nómadas. El mapa de Armenia,
A mediados del siglo XX el mapa de la diáspora armenia es muy extenso, difícilmente reproducible. Llega por una parte hasta el otro lado del Océano, a Argentina, Mexico o Nueva York. O, en torno al exilio en Europa, a Bulgaria, Rumanía, la llanura moldava, Grecia, París… Encontramos empresas armenias en la antigua Persia, en Siria, en los puertos rusos del Mar Negro, la remota Cachemira...
No era nuevo. La historia recordaba entre otras la temprana emigración hacia Cilicia, tras la conquista de los turcos selyucidas; la creación del barrio armenio en Jerusalén; la retirada del sha Abbas I en 1064 frente a los ejércitos otomanos, que causó la muerte de unos 300000 exiliados, se dice, en el paso del río Aras, obligados a acompañarle en su marcha hacia Isfahan. Una noticia sobre la publicación de los primeros libros impresos en armenio destaca que estos – Urbatagirk o Libro del Viernes, o Sagmosahran o Libro de los Salmos – estaban editados en Venecia hacia 1512. La misma noticia recuerda que: “Se fundaron imprentas armeníes en Venecia, Estambul, Milán, París, Marsella, Leipzig, Londres y San Petersburgo”, estas últimas ya en el siglo XVIII. [1]
Enmarcada en una tradición de emigración de los armenios desde su país natal, estos habían constituido colonias en las ciudades de Levante desde el siglo XVII. Pero también compañías de comercio – los conocidos “New Julfa Merchants” entre otros, bajo el dominio de los iraníes – en lugares tan distantes como la India o San Petersburgo. O, se nos dice en otro lugar: “Kabul, Herat, Qandahar, Marsella, Venecia, Génova, Moscú o Ámsterdam”. [2] Un pasaje de El libro de los susurros recuerda esta tradición comercial en la infancia del narrador, en la ciudad de FoÇsani:
“Los caminos recorridos por los convoyes eran largos. Los mercaderes esperaban sus mercancías en los puertos, las ordenaban en los almacenes de Alepo, Tabriz o Tiflis y luego se ponían en camino por rutas más resguardadas vía Odesa y Lvov. Algunos bajaban hasta Suceava, donde había ferias de ganado y, desde allí, atravesando la cordillera, tomaban el camino de Viena. Otros llegaban hasta las brumosas regiones del mar del Norte”. [3]
Una referencia frecuente a la diáspora recoge la noción del antiguo mapa de Anatolia como un lugar que ha quedado vacío a finales del siglo XIX. (A Waste Land, en muchas de las crónicas de la época). Escribir esta historia era, por ejemplo, para el historiador Erik Jan Zürcher, especialista en el Imperio Otomano, como “dibujar figuras en un paisaje vacío”.
Miré las
montañas, y vi sólo nieve,
Sobre los
montes, y nubes rotas,
Más allá, sólo
el cielo gris,
Y alrededor de todo, sólo un país vacío.
Se lamentaba en el poema “Mi destino” el escritor Tlgadintsi, contemporáneo de las masacres en su ciudad, Kharput, en 1915. [4] (Él mismo sería asesinado al poco tiempo). Esta desolación, esta diáspora mantenida desde finales del siglo reflejaba su melancolía frente a una historia tradicional de la región, sostenida hasta la Edad Media, en la que, como nos recordaba el Steven Runciman historiador de las herejías medievales: “Dios trajo el Arca a reposar sobre las pendientes del Ararat; y Armenia, entonces elegida para ser la cuna de la Humanidad, permaneció durante incontables siglos como el centro del mundo Antiguo”. [5] (Los valles de la región del lago Van serían, en su minucioso estudio, el refugio y la permanencia de tradiciones y comunidades maniqueas, monofisitas o incluso mazdeístas, que resurgían de pronto en las aldeas tras largos siglos de persecución y silencio).
El relato armenio acumularía los términos de "Yeghern" - el crimen o catástrofe; "Abrilian Yeghern" - el crimen de abril; o "Aghed" - catástrofe, el más usado-, para aludir a esos años del final del Imperio otomano. “El fin de la deportación es la nada” le había confesado un wali turco al alemán Franz Werfel, testigo de las masacres y autor más tarde de una leída novela en su época, Los 40 días del Musa Dagh sobre las matanzas a las que había asistido. [6] Cuando la guerra mundial hubiera acabado, en 1920, y con ella el Medz Yeghern – o Gran Crimen- el doctor Riza Nun, ministro otomano de Asuntos Exteriores, frente a las demandas occidentales, recomendaría que ¨las reliquias y restos de los monumentos de Ani – la antigua ciudad de las 1000 iglesias, capital del reino medieval de los bagrátidas- sean borrados de la faz de la tierra”.
Algunos relatos posteriores recogen esta dispersión de los armenios, y la profusión de lugares y nombres y fechas. La descripción – velada, contada apenas, como en voz baja – de los parajes de las familias que han sobrevivido a las deportaciones del primer tercio de siglo XX es prolija. Nombran ciudades como Ereván, Tesalónica, Adana, Plovdiv, FoÇsani, Sochi, Esmirna o Sebastopol. Otros relatos son más imprecisos porque no hay exactamente ciudades en ellos. Aluden a regiones despobladas como Mesopotamia, los puertos de Anatolia, la provincia de Sopheni, la llanura moldava y el destino final del siniestro campo de Deir-el-Zoz en Siria, en el desierto que lo circunda, o por fin, acabada la guerra, los gulag de Siberia. [7]
El eco de la gran deportación – el Medz Yeghern – perduraría durante mucho tiempo en la región. En una novela sobre su infancia en Bakú, - “Los Días del Cáucaso”- la azerbaiyana Banine, posteriormente exiliada en París, recordaba cómo a sus juegos infantiles en una villa cercana al Mar Caspio asistía a veces una pariente lejana, Tamara, de origen armenio. Al pronto, comenta, se convertiría en el sujeto pasivo de una persecución constante por parte de sus primos – que sin saberlo quizá reproducían el clima, y la memoria de una época. (Ella, la bella Tamara, sin embargo, siempre volvía a la merienda familiar).
“En días de fiesta, jugábamos a las matanzas armenias, juego que preferíamos a cualquier otro. Ebrios de pasiones racistas, inmolábamos a Tamara en el altar de nuestros odios ancestrales”. La prima armenia, que regresa al jardín y nada dice, le cuenta a la novelista en otro momento que sus primos Said y Alí han inventado para ella otro juego en los invernaderos, que se llama “las violaciones armenias”, mezcla de ingenuidad y de una oscura crueldad infantil. De regreso del veraneo al Bakú de sus ricos padres petroleros la escritora comenta: “Condenada también la reproducción de figuras humanas (por el Corán), aún así, los fotógrafos no daban abasto, y los musulmanes se hacían retratar de perfil y de frente sobre fondos de parques pintados o cortinajes tumultuosamente drapeados”. [8] Entre los fotógrafos, recuerda, abundaban los armenios. En la región, el escritor Essad Bey - cuyo nombre era en realidad el del judío Lev Nussimbaun- recordará asimismo el papel de aquéllos, perseguidores a veces y perseguidos tantas otras, en la caótica ciudad de Bakú, antaño próspera y en donde al final de la guerra bolcheviques, tropas turcas, alemanes y rusos blancos luchan por sobrevivir - en una región que quedará finalmente desalojada de sus antiguos comerciantes.
Estas historias de los armenios, según las releemos ahora, son muchas veces historias de la disolución. Todo lo que se nombra se está desvaneciendo en ellas. Las casas que habitaban en tiempos o la iglesia a la que acudían al rezo, o a charlar en los patios. Los parientes que nombran, cercanos o más remotos. Los negocios, las costumbres. Las montañas natales o los puertos en los que comerciaban. Los muebles o las joyas. Los aperos de trabajo o los libros familiares… Todo lo que se nombra ha sido trastornado y los propios armenios han sido exterminados en una gran parte. Las imágenes sustituyen progresivamente en el relato, sostenidas en las páginas, a las personas que, en cambio, se desvanecen.
“En El libro de los susurros las fotografías sustituyen a menudo a las personas vivas. (…) Los armenios, colocados en su círculo cada vez más menguado, cuando desaparecía alguno, para no romper el círculo ponían en su lugar una fotografía. Por eso, en las regiones de origen, en el triángulo formado por los tres lagos, Van, Sevan y Urmia, (…) la fotografía suponía, de alguna manera, el presentimiento de la muerte”. [9]
La fotografía ambulante y la difusión de estudios en las calles de las ciudades levantinas se había extendido desde la segunda mitad del siglo XIX. Una tradición que se remonta a la década de los 50 recoge las noticias y las primeras imágenes estereoscópicas del paisaje armenio como un escenario en ruinas. Entre ellas las de los restos de Ani, la legendaria capital medieval del reino de los Bagrátidas- abandonada desde el siglo XVIII- como un símbolo de la devastación de la antigua Armenia. El viajero Lynch, que recoge más tarde estos restos, hablará de: “Las torres desmoronadas y las iglesias de la antigua fortaleza (como) las melancólicas señales de la ruina progresiva de los habitantes armenios”.
La ciudad vacía había sido conquistada por los seléucidas ya en 1064, quienes “después de un asedio de 25 días ocuparon la ciudad y mataron a gran parte de su población”. El relato de un testigo, recogido por el historiador árabe Sibt Ibn al-Yamazi, contaba cómo: “El ejército entró en la ciudad, masacró a sus habitantes, saquearon y quemaron, dejando todo en ruinas y tomando prisioneros a todos los que quedaron con vida”. Una pequeña población marginal se mantuvo entre los muros durante el siglo XVII. Hasta que es abandonada en su totalidad en el siglo siguiente.
De la obra del fotógrafo armenio Ohannes Kurdjian, que había recogido hacia 1880 los restos de la fortaleza en una vasta colección estereográfica, se nos comenta en algún lugar que: “Ani, en esencia, presentaba unas ruinas sin ninguna redención”. [10] La publicación de estas imágenes, que muestran siempre unos edificios en ruinas, o a los escasos habitantes que vagan entre los restos de un derruido monumento, aparecían en revistas como la británica The Graphic, en torno a 1876, con una clara intención elegíaca. No era una recreación de los edificios del presente. Sino el signo, siempre melancólico, de un pasado desvanecido. Y con él, los ominosos augurios de la destrucción de Armenia. (El fotógrafo Ohannes se instalaría más tarde en las Indias Orientales Holandesas, en donde abriría el próspero estudio O. Kurdjian & Co., conocido por sus tarjetas coloniales y retratos de la aristocracia local).
Figuras de la disolución: El relato del exterminio está lleno de alusiones y figuras que se pierden, es impreciso a veces. Muchos de los personajes que se nombran han desaparecido en algún momento del relato. A veces se ignora el final. Los escenarios han cambiado: el mapa más o menos reconocible de la población armenia a principios del siglo XX ha sido transformado en un mapa de la diáspora.
Mucho tiempo después, una bibliografía extensa ha recogido, ya desde la distancia, la historia de la persecución y la dispersión del pueblo armenio después de la Primera Guerra mundial. Existía alguna descripción primeriza de la última década del siglo XIX, como la del periodista George Hepworth (“A través de Armenia, a caballo, se examinan las causas y efectos de las recientes matanzas”) [11]. Las notas del viajero James Bryce hacia el monte Ararat en 1876 – “Transcaucasia and Ararat: Notes on a Vacation Tour in Autumn of 1876”-. O la temprana producción hecha en Hollywood, “Ravished Armenia”, de 1919, dirigida por Óscar Apfel. (Muchos años más tarde, en 2015, el belga Francis Alys elaboraría en la frontera turca un melancólico cortometraje que titularía The Silence of Ani, rodado en la devastada meseta).
Algunos relatos posteriores, como los de Stefan Zeromski, Franz Werfel o Arnold Toynbee, se remontan también a la primera mitad del siglo XX. [12] Otros son mucho más inmediatos, como los estudios de Raymond Kevorkian, Noah Berlatsky. Incluidos los filmes de Atom Egogan o los hermanos Taviani: “Ararat” del 2002, o “La masseria delle allodole” del 2007, sobre la novela de la armenia Antonia Arslan. [13] . Un artículo reciente, de la escritora Haiganush Dzhezarlian, escrito ya desde la Bulgaria de este siglo- en 2015- recuerda "la vida de sus padres en la ciudad de Van, sus actividades cotidianas y sus contactos con otras comunidades como los kurdos o los turcos antes del genocidio". Para más tarde apuntar "las terribles vicisitudes que mi madre y mi padre experimentaron antes de que se asentaran y encontraran refugio en la ciudad de Varna". Bulgaria, como describirá el sefardí Ángel Wagenstein en su novela "Lejos de Toledo", situada en la ciudad de Plovdiv, será un refugio final de las comunidades armenias, kurdas y turcas. Pero también sefardíes y griegas. Antes de la segunda guerra mundial, en donde al principio los nacional socialistas y al final los soviéticos terminarán con esta tradición secular.
Entre estos relatos tardíos figura El Libro de los Susurros, crónica de los armenios del siglo XX del escritor Varujan Vosganian. Es una crónica de recuerdos, nombres y lugares que se desvanecen. Es una narración dispersa, interminable. (“Aunque el libro parece autobiográfico no se trata en realidad de mis recuerdos. Son de mis abuelos, de los ancianos armenios de mi infancia o quizás más antiguos todavía“) [14] En él figuran historias en voz baja, personajes apenas aludidos, ciudades que ya no se nombran… Cuando, cuenta en el libro, los mayores bajaban la voz en casa el autor, un niño todavía, sabía que estaban hablando de lo velado y que ningún extraño debía oírlo. Los armenios susurran, recuerda. El relato es una crónica de ausencias, de recuerdos a medias, de sobreentendidos.
“Esta historia que nosotros llamamos El libro de los susurros no es mi historia. Empezó mucho antes de los tiempos de mi infancia, cuando se hablaba en susurros (…) Y no empezó en el FoÇsani de mi niñez, sino en Sivas, en Diyarbakir, en Biltlis, en Adana y en la región de Cilicia, en Van, en Trebisonda, en todos los valiatos de la Anatolia oriental donde nacieron los armenios de mi infancia”.
En medio de esta crónica de la devastación, de la disolución de los lugares y las fechas, la fotografía a veces acude como una vaga certeza de lo que ha sido. Su práctica, común en las familias de la ciudad y los pueblos, se erige como un deseo de permanencia, un instante detenido en medio de la desolación cotidiana. “Indudablemente, el espejo con memoria en los años 1850 del autor americano Oliver Wendell Holmes, la fotografía era pensada para realizar una sólida y durable impresión de lo que era efímero y fugaz”. [15] De la citada ciudad de Van, ampliamente reproducida desde mediados del siglo XIX por los viajeros de la región, primero en grabados muy difundidos, y a partir de un momento en fotografías, se nos dice en algún lugar, tajantemente: “Fotografías y grabados de la ciudad vieja son doblemente preciosos porque Van ya no existe”. Para añadir más adelante: “Su destrucción total por los turcos durante la defensa de la ciudad por la población armenia ha sido ampliamente documentada”. [16]
La fotografía imponía en ocasiones su presencia física como parte de su eficacia simbólica. Así, seguía citando David Low:
“Los pasajes de Tlgadintsi y Rendell Harris a los que me he referido emplean los motivos fotográficos para diferentes objetivos, y son tan sugestivos como fotografías y como objetos físicos, clavados en las paredes y sostenidos entre las manos, con unas funciones domésticas, permitiendo a los emigrantes mantener una presencia en la casa familiar de la que estaban ausentes”. En otros casos, la fotografía sostendrá su carácter de evidencia frente a lo que estaba sucediendo. Como en la actuación del médico alemán Armin T. Wenger, el cual comienza a extraer imágenes de los campos de refugiados durante sus viajes por el Oriente Medio, desde un destino militar inicial en Estambul. “A pesar de las prohibiciones, realiza centenares de fotografías de los campos de deportados, (…) envía cartas a Alemania, escribe un diario, recoge apuntes y se arriesga a hacer llegar a su destino parte del material”. Ineficaces las misivas que envía – entre otros al presidente Wilson, o al propio Hitler más tarde-, su diario aparecerá publicado – inútil al fin- en 1919 bajo el título “El camino sin retorno. Un martirio en cartas”. [17]
En sus fotografías había desaparecido ya totalmente cualquier intención simbólica. Ni imagen alegórica ni evocación a una otra parte que no se nombra. Eran imágenes directas de aquello que recogían, sin más simbolismo. Eran las imágenes de la matanza y la deportación. Su autor fue obligado a abandonar Turquía al pronto y, denunciada más tarde la persecución a los judíos alemanes, pasó por varios campos de concentración, antes de poder abandonar Alemania en la guerra.En una ocasión, por lo menos, la fotografía había sido no sólo la huella simbólica de lo perdido, sino la última marca física de ello. Así cuando el pastor evangélico Rendell Harris, testigo en 1897 de las primeras deportaciones en las provincias, recordaba en sus cartas cómo:
“Una sola cosa encontré que había escapado a la destrucción. Dentro de las paredes de una casa en ruinas, en el segundo piso, estaba clavada una fotografía … Era de un grupo de trabajadores armenios en una factoría de Worcester, y había sido indudablemente enviada por algún emigrante afortunado a sus parientes”. [18] Era, comentaba el pastor, el último resto de una aldea que había sido devastada. Y con ella, la memoria de sus habitantes. (“Estas huellas espectrales, las fotografías, constituyen la presencia vicaria de los parientes dispersos”, nos recordaba al principio de Sobre la fotografía, la escritora Susan Sontag). [19]
Algunos viajeros tempranos habían ya recogido en sus imágenes la noción de un paisaje de ruinas- como una presentación de un escenario ausente, de otro momento, en el que los restos apenas indicaban su existencia disminuida. El fotógrafo Thompson, que con su cámara había elaborado un amplio reportaje sobre el Oriente Medio – ampliamente reproducido después-, en concreto sobre la ciudad chipriota de Famagusta, ocupada igualmente por los turcos, hablaba en sus notas de ésta cómo: “La ciudad fue derrocada por los turcos en 1571, y fue devastada por los invasores de tal forma que el asedio parecía haber tenido lugar el día anterior. Es un paraje de ruinas, una ciudad de muertos, en donde el viajero se sorprende de encontrar un solo inquilino”. [20] Otros viajeros habían recogido este escenario devastado en las montañas armenias. Como el escritor de origen irlandés HFB Lynch el cual publicaba en 1901 dos gruesos volúmenes sobre sus viajes por la región. [21] En una nota sobre los restos del monasterio de Surb Karabet hablaba de las piedras que cubrían “Las tumbas de antiguos príncipes y guerreros, de los que leemos en las páginas de los historiadores armenios“. Y, prosigue el viaje, más adelante: “Entre la superficie nevada estaba enclavada una aldea armenia con tres notables edificios, ahora en ruinas: una reliquia de los tiempos pasados”. En otra nota comentaba cómo: “Algunas familias armenias se arrastran entre las ruinas de un pasado que ignoran”. Ani, la antigua capital, había constituido antes para el ruso Nikolai Marr – que perseguía los restos de los templos cristianos entre la dominación otomana- un “centro para los recuerdos históricos”.
Los fotógrafos armenios habían establecido desde mediados del siglo XIX una amplia red de establecimientos, dedicados al retrato fundamentalmente, en toda la región. (Pero gran parte de los fondos de los estudios de fotografía se pierde también, durante las dos primeras décadas del XX). Durante la última mitad del siglo la fotografía se había extendido como una práctica común en el Mediterráneo oriental.
Los primeros fotógrafos habían sido reporteros ambulantes. La situación de la región armenia como centro de todas las vías desde el Cáucaso al Bósforo y a Siria, favorecía el nomadeo. También, en algún momento habían sido ambulantes las fotografías que en las aldeas se guardaban:
“Un cercano examen de una fotografía hecha en Kharpert por un misionero muestra páginas de unos magazines ilustrados americanos colocadas en los muros de una panadería, con una de ellas, aparentemente sobre el tema de la ciudad moderna americana, soportando la imagen de un rascacielos y el lema Ciudad de Cristal”. [22]
En la práctica ambulante, y, más tarde, en los estudios, llega a establecerse una suerte de género extendido como fue la “pintura de novia”; los retratos de familia o las fotos de los recién graduados en los colegios o universidades locales. “El retrato fue la actividad más común de los fotógrafos, sostenida por una clientela local más que por los turistas de algún mercado exterior. Particularmente sillas, mesas, columnas, balaustradas, telas, cortinas y escenarios se repiten en las imágenes de lugares diferentes”. [23] Algunos relatos de escritores armenios recuerdan aún la llegada de las primeras cámaras a su población:
“Yake Haig, (…) un escritor de Kharpert formado e influido por Tlgadintsi describe cómo el primer encuentro de la provincia con la fotografía tuvo lugar en 1860, con la visita de un fotógrafo que venía del Cáucaso”. [24] En alguno de los dispersos lugares del Imperio son también los primeros en establecer un estudio, se describe en otra parte. Como el establecimiento del constantinopolitano Pascal Sebah en El Cairo, el más conocido en la época.
O en Palestina. “Garabed Krikorian (1847-1920) es indudablemente el fotógrafo más prolífico y conocido de Palestina. Aprendió fotografía de las manos de Yesayi Garabedian, el patriarca armenio de Jerusalén, quien estableció el primer atelier nativo en Palestina – seguramente en el mundo árabe – en el monasterio de San Jaime en 1859”. [25] Una biografía relata cómo: "Yesayi Garabedian, que en 1865 se convertiría en el Patriarca Armenio en Jerusalén, aprendió fotografía de los hermanos Abdullah en Estambul, volvió a Jerusalén y abrió un estudio en el monasterio ortodoxo de San Jaime". Un sucesor tardío de éste sería el fotógrafo Elia Kahfedjian, superviviente del campo de Deir En Zof, que es acogido por una familia siria y que comienza a retratar la ciudad vieja y sus alrededores a partir de los años 20.
Además de los numerosos fotógrafos ambulantes, los armenios, se nos dice en otro lugar, son conocidos en las décadas finales del Imperio otomano por la profusión de estudios para retrato en centros urbanos. Los primeros locales se instalan en la Constantinopla de fin de siglo. Pero otros amplían su negocio, en ese momento próspero, a ciudades como El Cairo, Tesalónica o distintos escenarios del Líbano. [26] Tienen una clientela numerosa, se afirma, entre la que figura algún personaje de las casas reales europeas a su paso por Estambul.
(De los conocidos hermanos Abdullah, con locales en El Cairo y Constantinopla, se cuenta que el “Gran Duque Nicolás comisionó a Kevork Abdullah para sacar un retrato de grupo con 107 personas. Irritado por ello el sultán Abdulhamid II prohibió a los hermanos que usaran el monograma real y retiró los anteriores retratos del sultán que habían tomado”). [27] La mayoría de los clientes son, no obstante, los propios armenios, que gustan de ser fotografiados junto a sus familias. Entre los estudios más famosos figura el citado de Pascal Sebah, que abre un segundo local en El Cairo. O el de los “Abdullah Fréres”, como aparecen nombrados en la prensa de la época, con estudios en las dos ciudades, igualmente. El primero editaría un conocido álbum Les costumes populaires de la Turquie, que llevaría a la Exposición Internacional de Viena de 1873. Los segundos abren con el tiempo otro estudio sobre el Mar de Mármara, igualmente frecuentado, en el barrio armenio de Brousse. En el Líbano son asimismo populares los salones de Camille el Kareh o de Yartchan Karkikian. Esta tradición, relata una historia de la fotografía, “fue abruptamente interrumpida y olvidada después del genocidio de 1915 y de la partición bolchevique de Armenia en 1920”.
Dos eran, cuenta una historia de la fotografía en la época, los temas repetidos por los grandes estudios en Turquía: de un lado, la vista panorámica desde la Torre de Galata, vista que incluía el puente sobre el Cuerno de Oro y la antigua Constantinopla, con los minaretes turcos al fondo. (Solían ser incluidas en una colección de diez o doce fotografías que se plegaban en un álbum). El otro tema repetido era la fotografía de estudio, en la que la misma historia señala la recreación de un Oriente idealizado que las copias deseaban de algún modo reproducir.
Las fotografías de estudio tienen siempre algo de ejemplar: los vestidos, los gestos, las actitudes, algunos personajes característicos… El salón principal cuenta con un decorado y unos objetos tradicionales que acompañan a los clientes, que recrean este modelo y posan, inmóviles, de frente al objetivo. En algunos casos, un soporte invisible les ayuda a mantener la quietud, necesaria para la larga exposición. En cualquier caso, el retrato aspira a la inmovilidad, la permanencia. Las imágenes aspiran, no a la individualidad, sino a mostrar un mundo tradicional del que los retratados no son sino un ejemplo. [28] Hay un afán notable – nos cuenta Julia Grimes- en posar con trajes, tocados y dagas tradicionales que seguramente en el momento ya habían dejado de ser usados. Los objetos, la vestimenta, nombraban una posición social, que aspira a ser conservada en la imagen. Resultarían típicos, en este sentido, anuncios como los del local en Grecia del fotógrafo Nikolaos Pantzopoulos, a mediados de siglo, el cual anunciaba en griego y francés: “El estudio pone libremente a disposición de quienes deseen ser retratados suntuosos trajes nacionales (vestidos de campo y fustanellas de corte) para hombres, mujeres y niños de todas las edades”. [29]
Debió de existir una cierta separación entre el imaginario urbano y un escenario rural que aún pervivía en fotógrafos de provincias que nunca salieron de allí – como la dinastía de los Karastoyanov en Plovdiv; o los Soussourians del distrito de Sopheni.
“En un tiempo en que los telones de fondo de los estudios estaban dominados por decorados arquitectónicos, con columnas, arcos, arquitrabes, frisos y escaleras, frecuentemente de un estilo clásico, adornando representaciones de un interior burgués y urbano, el escenario dispuesto por los Soussourians sugería en cambio una vida provinciana y rural”. [30]
En numerosos relatos de la época se insiste en la afición de los armenios a ser retratados. “Las fotografías me mostraban un mundo estrafalario. – nos cuenta Varujan Vosganian - Mi bisabuelo Kevork Vosganian llevaba fez. Junto a él, en la foto, el abuelo Garabet (…) toca la mandolina, vestido con un chaleco bordado y pantalones anchos. Al fondo se ven las azoteas blancas con tejas semicirculares de un puerto del Mediterráneo, quizás Aldana. El cielo parece en calma. Habían transcurrido, como indica la fecha al pie de la fotografía, dos años desde las matanzas que tuvieron lugar en la ciudad, en 1909. Entonces fueron pasados a cuchillo decenas de miles de armenios en Adana y los alrededores. (…) Así pues, aquél había sido el mundo de mi abuelo Garabet”. [31] La fotografía, inevitablemente, remite a la disolución. Los rostros que surgen en ellas se desvanecen, intuimos, en un tiempo más o menos inmediato.
Vosganian recuerda en algún momento a un fotógrafo concreto de FoÇsani, su ciudad natal. Era Arsag Sâvagian, retratista y relojero. El niño que era él entonces contemplaba con cierto temor siempre la llegada de aquél a su casa, donde enseñaba y manipulaba placas con su abuelo.
Arsag Sâvagian había sido testigo involuntario unos años antes de una muerte, la de Nicolae Iorga, rector de la Universidad de Bucarest, asesinado por la Guardia de Hierro rumana. En algún lugar de su estudio conservaba las placas. Con el abuelo del escritor comentaban en voz baja a veces el hecho.
“En realidad, al ampliar la fotografía, (…) Arsag Sâvagian se provocaba dolor, rascaba la costra con la uña para que no se cerrase la herida. “¿Por qué?”, le preguntaba el abuelo. “Al fin y al cabo has fotografiado un sinfín de muertos, de todas clases”. “No lo sé”. Temblaba Arsag, tiritando de un frío que no se le iba. “Creo que me recuerda a mi padre. Tenía ese mismo aspecto cuando lo encontré entre los cadáveres, en Pera, en el incendio del barrio armenio. Me recuerda a todos nuestros muertos. Cuando están llenos de sangre, los muertos se parecen entre sí”. [32]
Pero en los años
de La Gran Matanza los fotógrafos también habían desaparecido: “En 1915
los Kharpert de Tlgadintsi y los Soussourians llegaron a su final cuando la
provincia fue vaciada de armenios en el breve espacio de dos meses, un proceso
relacionado no con la emigración, sino con la deportación y las matanzas
masivas”. [33]
En su recuerdo infantil de las experiencias de las matanzas la armenia Bertha Naksian describe la muerte de los Soussourians en la ciudad:
“Arrestaron a Arkanaz Soussorian junto con otros hombres prominentes en Husenig. En prisión golpearon y torturaron a los hombres jóvenes sin piedad. Justo antes de que muriera transportaron el cuerpo ensangrentado a la puerta delantera del hogar de los Soussourians y lo dejaron allí”. [34] Un viajero posterior, el diplomático Leslie A. Davis, “visitó muchas ciudades y villas en la meseta de Kharpert, entre ellas Mezre, Sursur, Husenig y Tgladin, con cada lugar una escena de destrucción y desolación”. [35]
Entre las dos guerras mundiales, se nos cuenta en otro lugar de El libro de los susurros, un grupo de familias armenias se había instalado finalmente en Moldavia, en la llanura rumana. La lista de los puertos, las aduanas, los pasos de montaña o los campos de refugiados que han surcado hasta llegar a Rumania es interminable. Los viejos hablan de ellos en voz baja. Otros, callan.
Las fotografías de las familias, más tarde, recogen en cierto modo el único momento de una cierta inmovilidad, un instante detenido en esta historia incesante de desplazamientos y de continua disolución. Hay todavía una cierta solemnidad en ellas.
“En Focsani, al igual que en otras ciudades moldavas, vivieron muchas familias armenias ricas. Como a todos los armenios, les gustaba hacerse fotografías. Posaban con los bigotes retorcidos, con los chalecos a punto de reventar por la barriga, con miradas serias dirigidas hábilmente por el fotógrafo a un lado o por encima. Se sentaban en sillas de respaldo redondo y las mujeres se colocaban detrás, de pie, ataviadas con pesados vestidos y ceñidas por unos corsés que las tenían al borde del desmayo”. Es un raro instante de inmovilidad. El mismo relato añade a continuación que: “La guerra dispersó a las gentes y el comunismo las igualó con mano dura”. [36]
En esa época anterior al Gran Crimen, recuerda Vosganian, por los pueblos de la llanura se había extendido la costumbre de la fotografía ambulante. Los fotógrafos, armados con cámaras enormes y pesados trípodes, anuncian su próxima llegada con bastantes días de antelación. Así, a los vecinos les da tiempo a prepararse. “El fotógrafo avisaba con unos días de antelación. Iba de pueblo en pueblo”. (Una historia de la fotografía en Bulgaria recordaba asimismo que: "Los primeros fotógrafos en Bulgaria eran fotógrafos ambulantes extranjeros que aparecieron a mediados del siglo XIX").
Existe un a modo de diferenciación social. A las familias ricas se las retrata en el salón principal de la casa. Buscan el sillón más grande, bajo un fondo solemne, para que, sentado el patriarca, se disponga toda la familia alrededor de él. Las más humildes, en cambio, se retratan en la plaza del pueblo, delante de una suerte de telón ambulante que el fotógrafo trae consigo. En el telón figura una balaustrada a veces, jarrones clásicos, un busto arcádico, incluso alguna columna que surge de un jardín impensable en la llanura.
Vestidos con cuello duro y vestidos largos, son de ver los rostros abotargados en las imágenes por el calor, agotados por la lenta espera, con una indumentaria que es, ciertamente, un suplicio para las largas horas de sesión de una fotografía que se retrasa siempre. Todos llevan, no obstante, sus mejores galas, a despecho de la estación.
Semanas más tarde, el fotógrafo vuelve por el pueblo, esta vez con las copias en cartón. Los patriarcas compran sus fotografías.
"En casi
todas las casas de los viejos armenios he encontrado fotos como ésas. Las
familias reunidas alrededor de los ancianos. Sin sonreír, rígidos, parecían más
bien objetos de exposición que seres humanos. Los armenios, en aquellos
tiempos, se volvían locos por fotografiarse. Era su modo de permanecer juntos
ya que, poco después, las familias se redujeron y dispersaron. De esa forma,
aunque muchos murieron, desorientados y en condiciones tan humildes que ni aún
hoy se han encontrado sus sepulturas, sus rostros han quedado impresos en los
cartones sepia descoloridos en los bordes. Queriendo hacer patente a toda costa
que alguna vez existieron". [37]
Muchos años más tarde, una crónica de Bakú en la era postsoviética remedaba este escenario ambulante, que en cierta manera había quedado inmovilizado:
“Por lo demás el escenario tenía mucho de la era soviética: fotógrafos ambulantes provistos de viejas cámaras Polaroid que hacían fotos a niños colocados junto a viejos y polvorientos animales disecados, un parque de atracciones cuyos caballitos y coches pedían a gritos que los pintaran y repararan”. [38]
Notas
[1] Vid. armenianhouse.org
[2] George A. Bournoutian A Concise History of Armenian People Mazda eds. , California, 2006.
[3] Varujan Vosganian El
libro de los susurros ed. Pre-Textos Valencia, 2010. pg. 70
[4] David Low
“Photography and the Empty Landscape: Excavating the Ottoman Armenian
Image World” en rev. Études Arméniennes
Contemporaines 6. Diciembre 2005.
[5] Steven Runciman The medieval Manichee Cambridge Univ. Press 1947,
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[6] Franz Werfel
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[9] Varujan Vosganian, o. cit. pg. 184.
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[11] George H. Hepworth Through Armenia on Horseback. New York,
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[14] Entrevista en El Espectador ,
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[15] David Low, o. cit., pg. 9
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[29] Cit. en Michele Hanoosh, o. cit.
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[30] Davis Low, art.
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[32] Varujan Vosganian,
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[33] David Low,
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[34] Bertha Naksiam Ketchian In the shadow of the Fortress Zoryan Institute , 1988. Pg. 53.
[35] Leslie A. Davis The
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[36] Varujan Vosganian,
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[37] Varujan
Vosganian El Libro de los Susurros , o.
cit..
[38] Robert D.
Kaplan Rumbo a Tartaria Malpaso ediciones, 2017.






















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