Los días de frío agudizan los recuerdos, parece. Con A. hemos rememorado algún invierno remoto, que él ha conocido bien, de carboneras en el monte y chozos en las mohedas. Olor a humo, el tizne negro entre la niebla.
En la ciudad, en la feria del libro antiguo, algunos hallazgos que remiten, azarosamente, al exilio. Surgía en un raro ejemplar, editado tardíamente, de artículos de Unamuno En el destierro, textos que el catedrático de griego había ido enviando a publicaciones, normalmente argentinas, y que alguien - ediciones Pegaso- recoge en una tardía edición del año 1957. Un raro tono periodístico, esto es, apresurado e impresionista, aparece en los artículos de Unamuno, escritos en el destierro de Fuerteventura primero; en París después; por último en Hendaya. Antes de que el autor regresara definitivamente a España después de la caída del dictador Primo de Rivera.
En la sucesión de paisajes isleños, parisinos y más tarde de la muga vasca, la sensación de que, frente a una opinión generalizada en su momento, el lugar de más valor de estos escritos surge en los poemas intercalados en el libro. Como si, libre de la urgencia periodística, el pensamiento, la escritura del autor se condensaran por fin. (Luis Cernuda, con su aguda lucidez poética, ya lo había advertido en su ensayo sobre la literatura española del siglo XX). Y en ellos resurge, nítida, esa pregunta sin respuesta que fuera la religiosidad de Unamuno. O su devoción frente a la sequedad del paisaje.
También a un cierto exilio remite otro volumen de Pio Baroja, no menos raro, "Los enigmáticos", editado en Biblioteca Nueva el año 1948. Recoge una colección de relatos breves en torno a personajes habituales en la obra del novelista. La creación de una trama más o menos compleja en las novelas anteriores aquí desaparece. Para dar lugar a una serie de narraciones sin trama, a modo de escenas únicas, en las que se recrea un paisaje, y unos personajes, descritos con la melancolía, el escepticismo o incluso la simpatía a veces, de su prosa, libre de cualquier complejidad novelística.
En ellos podemos reconocer la reelaboración de unas notas, los apuntes que Baroja hubo de redactar en su exilio en el País Vasco francés primero. En París y Suiza después, apuntes que años después irían surgiendo en forma de novelas inacabadas, artículos en prensa o publicaciones sueltas. O reflexiones sobre la guerra - como en su "Miserias de la Guerra", "La guerra en la frontera", "Susana o los cazadores de moscas" o en el "Aquí París", entre otras-, que nunca terminaron de formar un relato definitivo sobre la contienda. Y que en algún caso fueron censuradas por la familia - y aquí recuerdo la polémica que Andrés Trapiello hubo de mantener con aquella sobre la publicación de algunos de los textos de esa época.
Entre los paisajes que el libro recoge, la recreación de un París en el que el autor se había refugiado después del primer año de guerra, que, a despecho de la pretendida pasividad de éste, dio lugar después a varias novelas - con la sensación de incompletas siempre-, apuntes y memorias. Entre ellas alguna de las más notables que este libro recoge. Como en donde se da cuenta de una tertulia de rusos blancos en la ciudad. Noticias del exilio de nuevo.
"Como la memoria mía es tan pobre en detalles, no recuerdo en qué calle de París estuve yo en una tertulia de rusos blancos una noche hacia 1939 o principios del 40". O la recreación de una tertulia de desterrados varios en "una pequeña prendería, que no llegaba a tienda de antigüedades, de la calle Oudinot". Un París de hoteles en calles sombrías, parques melancólicos, personajes que deambulan por las afueras, que Baroja recrea con especial dedicación. Frente a la indiferencia de Unamuno, que en París se dedicó a acudir diariamente a las tertulias de exiliados, desdeña el paisaje de los bulevares y recuerda en su lugar las calles de su Bilbao natal, Baroja recogerá en sus páginas la sensación de una ciudad melancólica, de pasajes a trasmano, jardines invernales y personajes del exilio. (Y en algún caso, de los crímenes célebres del pasado siglo, noticias que al vasco le eran particularmente llamativas).
Había buscado también, sin encontrarla finalmente, alguna edición de otra rara novela barojiana de la época, Las veladas del chalet gris, que me interesaba por las referencias a una tertulia de personajes refugiados en el Madrid de la guerra - entre los que figuraban José María de Cossío o Víctor Carande. Pero no había podido encontrarla en la feria, desde luego. Ni en algún otro catálogo que había consultado. Una mañana el amable encargado de una tienda de antigüedades a donde bajo a tomar café en el barrio de Salamanca se había dedicado, mucho más experto que yo, a buscar la referencia de la novela en algún lugar de las redes. Pero ésta no aparecía en ningún lugar. Excepto en la edición de Novelas Sueltas de José Carlos Mainer en donde finalmente había podido leerla.
En ella, la guerra apenas aparece, excepto como una referencia lejana a un conflicto que está teniendo lugar en otra parte. Sí aparece, en cambio, la descripción melancólica de un paisaje de chalets y calles sin salida sobre las laderas del arroyo Abroñigal, más allá de Chamartín y cercanas a la entonces moderna Ciudad Lineal, en donde sus personajes se han refugiado. Que la guerra, la violencia y los desmanes del Madrid sitiado tengan lugar más allá no hace sino reproducir, en este caso con una referencia histórica, la situación de tantas narraciones de Pio Baroja, en las que los acontecimientos y las noticias están ocurriendo en otro sitio, lejos de sus personajes.
Lecturas sueltas, divagaciones entre los encuentros, los viajes de estos días. Rebuscando el conocido poema de J. L. Borges sobre los dones, me encuentro en su lugar con otro, que no recordaba, sobre James Joyce, en su Elogio de la sombra. Unas excelentes líneas sobre la precariedad y el coraje de los días - recordando al Leopold Bloom de una jornada en Dublin- que se inicia con la certera, y lírica afirmación, de que: "En un día del hombre están los días del tiempo" para culminar con la demanda: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día".
Un opúsculo sobre el culto al Cristo de la Luz y la orden franciscana en el convento de Porta Coeli, perdido entre robledas y zarzales, que hemos visitado una mañana fría. (Entre las rejas de la clausura oíamos un coro que era un canto jubiloso y solemne sobre la oscuridad del día). Un temprano El alma castellana, firmado aún como J. Martínez Ruiz, de ilegible dedicatoria, que encuentro en la angosta librería de viejo frente a la fachada de la Clerecía - y en donde un joven Azorín nombra a los autores rancios y ciertamente olvidados que disertaban sobre la decadencia de Castilla ya desde el reinado de los últimos Austrias. Un reencuentro un tanto decepcionante con El laberinto español del inglés, vecino de la Alpujarra, Gerald Brenan. En donde la admiración por el anarquismo andaluz cobra a veces los tintes de una frivolidad típicamente inglesa sobre lo pintoresco de la España anterior a la guerra. (Aunque sus noticias sobre el milenarismo libertario y rural sean a veces acertadas). Noticias de nuevo medievales: me envían la reedición de la Carta Puebla de la fundación del lugar de Benidorm sobre el viejo castillo, con referencias a los peligros de la piratería en la costa y los azares de la repoblación de los alfaces cercanos a las playas. Releo entonces las noticias que Georges Duby ofrece en su ensayo sobre el cristianismo medieval, las referencias de las crónicas clericales acerca de los bosques, los páramos, la foresta sin ciudades... Y sobre la represión de la herejía, que surge de las sombras en los montes, y en otros casos, de los navíos que llegan de Bulgaria, las ciudades balcánicas de los paulicianos.
En el pueblo M., entre café y café, me describe el recuerdo, que alguien me había relatado poco antes, de los niños de la comarca, sus compañeros, que iban a la escuela entonces y de los caminos hacia el pueblo. A pie, en una bicicleta precaria, entre el hielo y la nieve a veces. Llevaban, me cuenta, una lata en la mano con unas ascuas que debían durar toda la mañana.
No sé por qué, los recuerdo en la escuela de una finca, mirando a la cámara con los ojos abiertos, las mejillas coloradas, unos mocos que le cuelgan al más chico en otra imagen.



