jueves, 7 de marzo de 2013

De los oficios. II



Olegario siempre se dedicó a la pesca - y a la caza - furtiva. Ignoro cuán productiva puede ser esta actividad. Pero Olegario tiene ahora más años que una encina y de momento sigue paseándose por todas las charcas y cadozos de la provincia, y su rastro se sigue divisando -a lo lejos, siempre - en los cercados más apartados de la comarca.

Esta es una actividad solitaria. En la ciudad no se conoce de estas tareas realizadas en los páramos, en horas de labor callada, sin testigos, en parajes a los que nadie llega normalmente. En tiempos tuvo un compañero, Ovidio, pero éste ya desapareció hace años, y ahora él ha continuado solo su enigmático oficio.

Cuando caminaban los dos juntos, eran siempre el último recurso de las meriendas y celebraciones de toda la Huebra.

- Ovidio, que necesito unas tencas para una merienda mañana.
- ¿ Cuántas?
- Pues un par de docenas.

Y al día siguiente se recogían las tencas, recien pescadas, en la trasera de su casa.

- Olegario, ¿ no me podrías conseguir unos conejos?
- Depende. Qué tal de prisa tienes.
- Para el sábado,que nos juntamos unos cuantos.
- Está la cosa muy mal. Hay epidemia.Veremos qué se puede hacer.

El sábado estaban los conejos, extraidos del último refugio conejil de la zona. Que sólo ellos conocían.

A  veces liebres, tencas, ranas y gazapos provenían de la misma finca de aquél que se las hubiera encargado. Detalle sin otra importancia dentro de la economía concejil. Si la merienda se celebraba en el mesón de F. - que ya ha cerrado - o en la propia finca los proveedores furtivos participaban en ella. Dentro de las normas del comercio local, figuraba el que los productores se incluyeran en el consumo.

Tampoco conoce uno los balances financieros de la economía del furtivismo. Pero largos inviernos pasaban , uno detrás de otro, y los pescadores seguían sonriendo, Olegario se fumaba un puro interminable - que nunca jamás le abandonó de la comisura  de los labios - y los dos asistían a cuanta merienda se celebrara en la comarca.

En la perspicaz teoría del mercado en la vega del río se incluían todas las actividades no contables, y casi no designables, de los oficios. Olegario poseía un huerto en el pueblo - una huebra que daba los mejores garbanzos del continente - y proveía regularmente de legumbres a los más selectos paladares. Tanto él como su compadre criaban además algunos cebones en los corrales de su casa - antes de que las normas  burocráticas prohibieran tal actividad,  y con ella todas las demás tradiciones del mercantilismo comarcal -  y la matanza casera siempre ayudó también a pasar el año, por crudo que éste viniera.

Y por supuesto, Olegario además andaba al monte.( Ovidio no, que era más señorito ).

Oficios de la precariedad, tareas del silencio. El oficio del campo incluye una soledad que ahora, conectados siempre a algo, apenas podemos concebir.

De todas ellas, las de los cortacinos era la que más nos impresionaba. Aislados en el monte, en cercados remotos a los que nadie accedía, su labor, en pleno invierno, era la más distante, la más lejana, la más silenciosa. Y esta sensación se acentuaba más todavía cuando se alcanzaban a conocer los chozos, levantados con palos y escobas, en los que los antiguos carboneros vivían la temporada en los mohedales.

Una geografía antigua, y remota, nombraba estos chozos en el campo, las casetas perdidas en los cuartos de las fincas.

Los furtivos las conocían todas.

- Ovidio, ¿ dónde puedo encontrar berros?
- En el cuarto de Encinasola. Pero está muy lejos.
- Ovidio, ¿ de quién es una plaza de tientas de piedra, que está en lo alto del castillo?
- Del marqués. Pero hace mucho que está abandonada.
- Ovidio, se me ha perdido un perro cerca de la laguna.
- Vete a buscarlo al cordel. Todos van a parar ahí.

Paradojas de la economía antigua, los mismos que esquilmaban las charcas eran los que surtían luego de alevines las mismas.

Los furtivos vendían tencas nuevas, y sardas, y gazapos, y perdigones para repoblar las fincas. A ellos se acudía cuando se quería cebar una charca nueva.

- Olegario, necesito unas sardas para unos cadozos.
- ¿ Dónde están?
- No te lo digo, que luego vas.
- Bueno, pues no me lo digas. ¿ Cuántos cántaros quieres?
- Pues unas diez docenas.
- Vale. Mañana te las llevo.

Luego, inevitablemente, descubrían la charca. No se lo decían a nadie, pero en su topografía privada, y minuciosa, figuraba toda la provincia. Con los regatos con más pesca o arruinados, los pasos más abundantes en  torcaces o las conejeras más ricas en gazapos , perdidas en medio de algún berrocal remoto.

También suministraban los utensilios de la pesca. Ovidio remendaba nasas y luego las vendía. Y reteles para los cangrejos. Y anzuelos para las tencas, y cebo para las sardas, y alevines de galápago, y perdices para el reclamo. Y escopetas de perrillos  exteriores, y cartuchos usados. También vendían , y esto era peor,  hurones para la caza con bicho en las huras, que estaba terminantemente prohibida . A estos los tenían en jaulas y cuando alguno se escapaba - o una comadreja, o una donosilla - los primeros en enterarse eran todos los gallineros vecinos, que recibían la desaforada y minuciosa visita de aquellos diminutos criminales.

Así se iba tirando. Los oficios de la soledad se escapan a la norma , a los reglamentos de Hacienda y a los balances de fin de año. Los inviernos son largos, y las tareas muchas.

La otra tarde , oscureciendo ya, percibimos un inusitado movimiento de ganado, en un cercado distante. La zorra, o algún perro asilvestrado, pensamos. Nos dirigíamos a la raya, cuando cruzó, cercana , una sombra incierta, que se alejaba hacia la finca vecina.

No nos dio tiempo a llegar a ver quién era. Cuando alcanzamos la raya, la sombra ya había desaparecido.

- Qué raro. Si estaba aquí hace un momento.

Nos volvimos a casa. En cierto modo era un consuelo saber que Olegario sigue recorriendo las fincas.




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