martes, 24 de julio de 2012

De ficciones




En un relato, cuyo título ahora no recuerdo, se narra la historia de una familia a principios de siglo. Es una narración fascinante. De destierros y encuentros, de alguien que recuerda siempre a otro, de premoniciones, lealtades y diásporas... Por un momento no sé si el relato es real , es la descripción de una familia judía acomodada en la Varsovia de entreguerras, o se trata de una ficción literaria - la novela pertenece a Bashevis Singer, a quien estoy leyendo estos días.

Pero en ese momento la narración ha quedado, de pronto, desvalorizada. Pues la intensidad que le habíamos supuesto al creer que se trataba de un relato real - de historia al fin y al cabo - queda en un segundo plano, devaluada, al conocer que se trata de una ficción literaria.

Cuál es la gloria, la intensidad de lo real; qué intensidad secreta alcanzan las cosas a la que la literatura - de repente - nunca accede. Al modo del mito de Pigmalión, que tantas veces hubimos de citar en tiempos. Toda la fuerza del mito, toda la intensidad del arte semejan , de pronto , inanes , insignificantes, al lado de un momento que nadie - excepto Pigmalión en el mito - alcanza. Esto es, el instante en que la estatua, el deseo, los nombres, cobraban al fin vida. Al lado de su certeza - siempre aplazada - el arte, el relato,  parecen tan inútiles, un instante.

Y ese, el instante inapreciable en que la estatua cobraba vida - un paso apenas, un leve gesto en el sueño del artista - es el que, descubrimos entonces, nunca se producía. Su leve, abismal inutilidad.



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